CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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AMANECER LLANERO

Llanura amorosa, diosa del misterio, concubina del silencio, el sol te baña en luz cuando amanece el día y en la hora del crepúsculo deposita su amoroso ósculo de colores en el verde esmeralda de tus sabanas, para confundirse en la quietud augusta de la noche, vigilada desde el infinito, por la luna de la esperanza celosa.

¡Qué tiene de cierto una supuesta leyenda mitológica, que cuenta que un día muy remoto un ascendiente de la gran familia Chibcha se enamoró de una bella princesa de su raza y que el gran jefe indio oponiéndose a tales amoríos, ordenó la captura del enamorado mancebo para darle muerte, y evitar en esa forma que una doncella de la realeza uniera su sangre, con un ser a quien ellos consideraban inferior, y por ello indigno de poseer a una descendiente de dioses!

Responde con tu silencio, ¡oh dios de las llanuras!, si es cierto que al igual que en las viejas leyendas escandinavas, el poder era heredado de los poseedores del gran dios ‘fuego’ considerado junto con el sol, el aire y el agua, el generador de la vida y dispensador de todo aquello que existe bajo la bóveda azul del firmamento.

Di, ¡oh llanura!, pebetero de la libertad, si es verdad que antes de producirse dicho romance, no existían tus sabanas y en su lugar había un desierto de arenas calcinadas por un sol canicular, y que cuando la egregia familiar del gran guerrero Nonpamin huyó de su pueblo, fue perseguida obligada a remontar la gran cordillera oriental, y que a su paso la enamorada pareja fue obsequiada por el dios de las alturas con una gigantesca esmeralda, que ellos con mucha dificultad pudieron transportar, y que tras varios días de lucha y sufrimiento en la búsqueda de un rincón en donde se les permitiera disfrutar de su amor, llegaron a la cima de una montaña y contemplaron a los pies de esta un desierto de arenas.

Tú, amorosa sabana, novia de los ríos, fuiste testigo de que la núbil beldad, al contemplar tan desolador espectáculo, le pidió a su amado que le arrebatara la vida, y que este en su desesperación lanzó al abismo la preciosa gema regalo de los dioses, y que al rodar, provocó una explosión de luces multicolores que en gigantescos espirales se elevaban al infinito, y que al caer sobre el desierto, se iban cubriendo sus arenas con un manto verde, dándole vida a las sabanas, mientras que a los pies de la pareja se abría una senda llena de flores de perfumado olor.

¡Decid!, oh, amante de la luz y la poesía, sí es verdad que al diluirse la esmeralda, aparecieron los ríos que como cintas plateadas perdían en las nacientes llanuras, mientras a uno y otro lado de sus riberas se insinuaban esbeltas las palmeras, y a su lado como centinelas surgían árboles de todas las especies, mientras el cielo se cubría de colores con el plumaje de las aves y un concierto de trinos saludaba la creación del más bello paraíso de la tierra.

Pamoare, nombre heredado de la princesa de sus reales antepasados, no entregó su virginal belleza a su amado Casanari, hasta tanto no se cumpliera con el blanqueo, vieja costumbre de su pueblo, de llegar al matrimonio libre de pecado y capaz de ser el tronco de una gran familia. Conscientes de ello, tomados de la mano emprendieron el descenso y sus plantas hora daron por primera vez la tierra que más tarde sería la cuna de la libertad.

Di, ¡oh, llanura infinita!, en cuál de las playas de tus ríos descansaron por primera vez sus fatigados cuerpos y cuál de tus linfas borró, de sus dolidas anatomías el polvo de una sociedad opresora y sujeta por mentirosas normas que hacen a un ser que tiene una misma procedencia, diferente a otro, por causa de poder, dinero, o color. Di en cuál de tus riveras y a la sombra de cuál de tus palmeras, se cobijaron, la noche en que la real pareja se sintió libre, desechando toda clase de ataduras convencionales, y haciéndose dueños de su horizonte, y cerriles como los potros salvajes en las ílimites sabanas.

Cuénta, oh amado río de anchuroso lecho y de cristalinas aguas, cómo eran las formas de la escultural y bella Pamoare, tú que serviste de espejo en

el que durante mucho tiempo se contempló la altiva y noble enamorada. Di si es verdad que las formas varoniles del gran Casanari eran semejantes a una escultura del griego Belvedere, y si es cierto que tus aguas se detuvieron durante mucho tiempo contemplando a los recién llegados caminantes, que llenos de amor y de fe observaron con su mirar incrédulo un mundo lleno de belleza que sólo a ellos pertenecía. Enseña, ¡oh, consentido de las lluvias!, cuántas y cuáles eran tus variadas especies ictiológicas y cómo conservabas el sano equilibrio en tus incontaminadas aguas.

Cuenta, enigmática sabana, —por quien el astro soberano de la tierra se viste en un mundo de colores para despedirse de ti, oh, enamorada amante, y regresar al caer de la tarde para volverte a besar y continuar bajo el entrujo de las noches llaneras su eterno idilio— si es cierto lo que señalan las leyendas mitológicas que antes de posarse humanas plantas diferentes a las de los ilustres y reales herederos de la principesca pareja, sobre las ardientes arenas de las riberas de los ríos, se engalanaba tu cielo con un hermoso azul turquí y lucía al igual que el aire que mecía tus palmeras y peinaba con amor tus extensos pajonales sin contaminación alguna, y agregan que la brisa viajando juguetona improvisaba una suave melodía al chocar sobre las copas de tus gigantescos árboles, para luego continuar brindando ambrosía a todas las especies animales que tenían el privilegio de disfrutar de un paraíso digno de los inmortales del Olimpo.

Cuenten, ¡oh, esbeltas y vibrantes palmares, sombrosos montes y cantarinos ríos!, cuánto tiempo duró el blanqueo de la bella. Aseguran las viejas leyendas que durante tres lunas la núbil princesa permaneció en una choza que Casanarí le construyó, y que él en la noche depositaba a las puertas del bohío, frutas de dulce sabor y mieles traídas por dóciles abejas, mientras ella se sometía a permanentes sahumerios, logrados con tiernas plantas de aromadas flores, y elevaba plegarias a los dioses para que le permitieran ser una magnífica esposa y fiel compañera, y que los hijos de su amor pudieran disfrutar para siempre de esa privilegiada tierra, que los númenes del bien habían creado para ellos.

Al dios de las llanuras, el fuego, los vientos, las tempestades y las aguas humildemente imploraba, que se le permitiera a sus descendientes disfrutar de plena libertad, que nunca fueran privados de ella, que por siempre pudieran caminar sin impedimento alguno y que a su paso se abriera en las descono­cidas sabanas un mundo nuevo, que jamás fueran perseguidos como ellos,.

por diferencias de clase, y que igualmente fueran para todos los animales y plantas que poblaban tan bella tierra, con el fin de conservarlos, y disfrutarlos razonablemente y permitir que esos bienes de sin igual valor permanecieran durante todas las lunas, para bien de quienes habrían de sucederlos.

Casanarí quiso regalar a su regia prometida el día de su desposono, con un elemento que ellos conocían y que se consideraba tan importante como el aire, pues les permitía cocinar y calentarse en las noches de frío, ese elemento era el fuego. Para ello, durante muchos días trabajó sin descanso, frotando toda clase de maderas y golpeando diferentes especies de piedras, junto a las cuales amontonaba yerbas que él creía podrían ser un magnífico combustible, hasta que logró con ellas y un trozo de maguey hallado en la playa, producir el milagro de poseerlo. Al cumplírse el paso de las tres lunas, tiempo fijado para el rito del blanqueo, ella abandonó su encierro, y a las puertas de su choza encontró una llama que era agitada por la brisa, y sentado junto a ella a su amado.

El joven mancebo había recogido durante ese tiempo las plumas más bellas con las que se adornaban las aves, que por millares poblaban las riberas del río, plumas de guacamayas, garzas y paujiles, con las cuales fabricó una corona que depositó en la testa de su amada y le entregó una túnica para remplazar su viejo traje de algodón, y cubrir con un manto de colores sus partes verendas. Luego, tomados de las manos fueron hasta el río, desnudos penetraron en sus aguas, y tras permanecer allí durante mucho tiempo salieron a la playa e hicieron una gran fogata, y sobre ella arrojaron el palpitante cuerpo de un venado. Una vez que lo consideraron asado, tomaron de él sus muslos, que fueron consumidos en un silencio absoluto, y los sobrantes devueltos al fuego como ofrenda para los dioses. Luego con gruesas espinas abrieron levemente las venas de sus manos de las que brotó abun­dante sangre, y colocando una sobre otra, las heridas, lograron que se confundieran sus sangres en una sola, para en esta forma caer sobre la tierra y el agua y simbolizar así, que el recién celebrado matrimonio tomaba posesión de los ríos y sabanas de su desconocido mundo.

Una vez pasada la ceremonia del casamiento, los jóvenes esposos se dedicaron a recorrer sin descanso las vastas llanuras, hasta que por fin llegaron a las orillas de un río de aguas cristalinas, donde los pastos llegaban hasta los barrancos que servían de limites en el trasporte de su caudal, al permanente e incansable viajero, y allí en medio de tan insólita belleza, rodeados de extensos morichales que escondían en su seno cuadrúpedos de todas las especies compartiendo con las aves su pacífico entorno, resolvieron detener su marcha.

Agrega la vieja leyenda que al caer la tarde, cunando el sol se confunde con las sabanas en amoroso beso, Pamoare y Casanari caían de rodillas y elevaban sus plegarias al señor de la luz y de la vida, en medio de un concierto de miles de aves que presurosas iban hasta sus dormitorios, y que el cielo se ataviaba de múltiples colores, mientras el lejano horizonte se teñía de miles de arreboles, y la noche cubría los montes, sabanas y ríos.

íCuánto tiempo, oh dioses de la pampa, vivieron en vosotros los solitarios y siempre enamorados príncipes?. Respónde con tu divino silencio sí es verdad que vivieron durante mil lunas, y durante ese tiempo procrearon dieciocho hijos e hijas que fueron tronco de’las tribus: Achaguas, Amoruas, Betoyes, Chiricoas, Cubeos, Cuibas, Vanibas, Guayaberos, Macaguanes, Masiguares, Piapocos, Piaroas, Puinabes, Salibas, Qoahibos, Chiripos, Tu­nebos y Mariposos, que poco a poco fueron poblando los territorios que hoy se denominan Arauca y Casanare, y luego paulatinamente fueron ocupando el, Meta, el Vichada, el Quaviare.

Por último, ¡oh supremo hacedor de todo cuanto en el mundo existe!, di, os lo imploro, si es verdad que un día Casanari, no obstante su edad y contrariando el querer de su real consorte, salió de cacería, y que al no regresar en la tarde, al amanecer del nuevo día salieron sus hijos en su búsqueda y sólo encontraron sus restos. Había sido devorado por un enorme jaguar y la angustiada Pamoare al conocer la noticia abandonó su bohío y empezó a recorrer todas las llanuras, derramando a su paso copiosas lagrimas y con estas, a medida que iban cayendo sobre la sedienta tierra, se fueron formando las inmensas lagunas y esteros, y a ellos y a ellas acudían millares de aves de policromos vestidos cubriendo con sus plumajes el astro rey, y engalinando los cielos con trajes de fantasía. Mientras una sinfonía de gritos llenaban el azulado espacío, remontándose al éter para saludar con ella al divino creador.

Pamoare siguió caminando sin parar hasta que llegó a un gran río que viajaba henchido con el caudal de sus lágrimas, lentamente penetró en él y sus huellas se borraron para siempre.

Permítíd, ¡oh, musas de la poesía!, que afloren en mi mente las ideas, y con temblorosas manos pueda plasmar sobre el papel sedeño el profundo dolor de las sabanas, los montes y los ríos de esta vasta llanura enlutada por



la infausta desaparición de quienes fueran sus hacedores, y decid si es verdad que los hijos de la soberana pareja se dispersaron por toda la superficie geográfica de sus comarcas en la búsqueda de su regia madre, y por ello pudieron ser testigos del inmenso dolor de la naturaleza que, luego de la gran inundación de la llanura causada por las copiosas lágrimas de la digna Pamoare, tuvo que sufrir un cataclismo cósmico, y que por causa del mismo se calcinaron sus sabanas, montes y que sus ríos y sus lagunas, henchidos otro día por las lagrimas de la real viuda, vieron sus lechos convertidos en un manto de una arena verde, cual si fuera polvo de esmeraldas.

 

Decid, ¡oh dios libérrimo de las sabanas!, si es verdad que los descendientes de la real pareja se salvaron junto con algunas especies animales, por haber ascendido a la cordillera, y por ello pudieron contemplar desde allí lo que parecía ser el fin de la llanura, y estos les contaron a sus hijos y estos a los suyos, que de pronto se licuó todo cuanto existía en la Pampa y se convirtió en un inmenso mar de un líquido espeso y negro semejante al aceite de la palma de Seje, y que después de un rugido monstruoso se abrió la tierra, y absorbió esa masa líquida que empezaba a cubrir las grandes montañas, y luego se estremeció la tierra, y las cordilleras en el lejano occidente caían en pedazos. Que de pronto explotaron los lechos de los esteros, las lagunas y los ríos que se habían conservado incólumes cubiertos por el verde esmeralda, y sus arenas volaron al infinito cubriéndose el espacio de un verde esplendente, y a medida que iban cayendo sobre el renegrido suelo, volvían a tomar vida las llanuras, y el espacio se llenó con la voz de la gran Pamoare, quien amorosa les decía a sus hijos que esa muerte momentánea de su paraíso y el mar de Seje que guardarían desde ese día las tierras del Llano en sus entrañas, serían en el mañana la redención de su pueblo, pero que antes de suceder esto, sus descendientes serían maltratados y esclavizados y despojados por gente de otras tierras venidas de más allá de una gran laguna, que vendrían montados a horcajadas sobre gigantescos monstruos, que ellos les arrebatarían sus dioses, y le traerían a cambio otro, pero los reducirían a la esclavitud, y que sin ninguna consideración destruirían su cultura y todos los recursos animales y vegetales que sus dioses habían creado para ellos, y que sus hijos vagarían por muchas generaciones trashumantes, hasta el día en que su sangre confundida con la de los intrusos, lograran crear de una amalgama al gran dominador de las sabanas, y que ese día sus dioses y sus hijos sacudirían el yugo de la injusticia y harían que las riquezas del suelo y sus entrañas llegaran para el beneficio de todos por igual’.

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