CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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El brujo de la Costa del Pauto


R ecién pasada la confrontación partidista, —según me decía Saúl, el Niño Mentiroso —llegó a mi finca, ubicada en el municipio de Paz de Aríporo, en el cajón que conforman los ríos Aríporo y Tate, un hombre un poco menos que anciano, a pedirme el favor de que le trajera del pueblo unos remedios de urgente necesidad, para calmar unas dolencias que lo estaban aquejando. Él no podía ir personalmente a adquirirlos por encontrarse prófugo de la justicia, sindicado de varios delitos, que jamás supe si en verdad había cometido. Le manifesté que no tenía ningún inconveniente, que ese mismo día tenía pensado viajar al pueblo y que aprovecharía la oportunidad para hacerlo. Me dijo que en la tarde volvería, o en las primeras horas del día siguiente.

Regresé en la noche a la finca e indagué si había venido o no don Agapito, como se llamaba el enfermo. Los muchachos me informaron que no. Me acosté y al otro día me levanté muy de mañana. Ya estaba el viejo esperándome, le entregué sus encargos y me canceló su valor. Me contó que hacía días lo estaba molestando cierto dolor en la garganta, que sentía un impedi­mento muy grande al ingerir los alimentos, que algo grave le estaba pasando y si no obtenía ningún resultado con las drogas que le había traído, se pondría en manos de un brujo muy famoso de apellido Piriachi que vivía cerca de San Luis de Palenque y que según decían había realizado curaciones casi milagrosas, entre otras a un señor muy rico, dueño de uno de los hatos más grandes de la región.

Don Lisandro, como se llamaba el hacendado, se estaba muriendo a causa de un desgano que sentía por la comida, además de un dolor lento y permanente en la parte inferior del estómago y que por causa del mismo, en las tardes se soplaba como un Sapo; le cogía un desasosiego que no le permitía estar quieto siquiera por un momento y le daban unos desmayos que lo dejaban cerca de la muerte. Lo habían tratado varios yerbateros sin ningún resultado, hasta que le hablaron de don Abelardo. Entonces pidió a sus familiares que lo llevaran. Lo pusieron en lomos de un caballo viejo y lo condujeron al recomendado.

El brujo lo ensalmó y lo encerró en un cuarto oscuro y luego en un platón de aluminio quemó un poco de yerbas y derramó sobre ellas un bálsamo de suave aroma, entró en trance y al salir de él, tembloroso y con voz entrecortada manifestó que una de las personas en quien don Lisandro más confiaba le había mandado hacer una brujería, que él era capaz de sanarlo si le entregaba diez toros de cuatro años de edad. Aceptado el precio, se fue para el monte e hizo una caja en el tronco de un árbol de higuerón, recogió el látex o leche que da en abundancia esa especie, la puso al sereno durante dos noches, hirvió unas hojas de ipecacuana, llenó unas botellas con el brebaje y se las entregó para que tomara todas las mañanas medio pocillo tintero. Lo hizo desnudar en presencia de sus familiares y procedió a derramar poco a poco, sobre su cabeza, el contenido de una botella de brandy, luego empezó a pasarle la mano una y otra vez, frotándolo fuertemente y, a medida que lo hacía, se iba cubriendo el escaso pelo de don Lisandro de abundante espuma. El brujo entonaba unos cánticos en lengua indígena, al tiempo que les decía a los parientes que se fijaran cómo le iba saliendo el mal. Los parientes de don Lisandro se santiguaban y sus ojos no daban crédito a tanta sabiduría. Terminado el rito lo cubrió con una cobija y lo mandó a acostar. El pobre anciano, según don Agapito, con ese día caluroso y arropado sudó durante todo el tiempo.

Entrada la noche lo mandó destapar, le dijo que el peligro había pasado y le dió a tomar un pocíllado de leche de higuerón con aguapanela. Durante el día siguiente, no le permitió comer nada hasta en la tarde. Le prepararon un caldo de pollo que él ingirió con los respectivos perniles. A los tres días empezó a tomar la ipecacuana. A la semana siguiente le informó que se pondría bien, que podía irse y le recomendó seguir tomándose los remedios. Cuando fue el curandero por los toros, don Lisandro salió a la sabana y se los entregó. Estaba totalmente recuperado.

Le expliqué a don Agapito que lo que don Lisandro tenía era una cantidad de parásitos y que el brujo, acertadamente, le había formulado la leche de higuerón que es un magnífico purgante, y que el jarabe de ipeca era lo mejor para la amebiasis. Que cuando yo estaba pequeño un tío me había salvado la vida con ella. Que en cuanto a la espuma, debía de ser que el tal Piriachi había revuelto el brandy con jabón. Don Agapito me miró incrédulo y se rió de mis apreciaciones, manifestando que de todas maneras él estaba dispuesto a acudir a donde el afamado médico, que a una parienta de él se le había enfermado su crío por haberlo llevado a un velorio, que él le había recomendado no hacerlo, pues lo podía tocar el difunto, que el frío de los muertos se apoderaba de los chicos y les producía una palidez de cadáver, soltura de estómago y vómito permanente, hasta que les ocasionaba la muerte, Que su pobre parienta desesperada se lo había llevado a don Abelardo y que él lo había curado con unas purgas e inyecciones. Se despidió y jamás lo volví a ver.

A los pocos días supe que don Agapito había acudido al brujo, y que éste le había dado un poco de aguas y le había informado que su enfermedad se debía a un vecino que sabía mucho de brujería y que lo tenía jodido. Que él iba a hacer lo que pudiera, pero que le tocaba andarle con cuidado, porque si no lo acababa de envainar. Don Agapito, que era muy aficionado a jalar del gatillo, salió de donde el brujo con la determinación de acabar con la vida de quien él creía ser el causante de su desgracia y llegó a la casa de la inocente víctima, quien venía llegando del jagüey con una tinaja de agua en la cabeza. Don Agapito, sin pronunciar palabra alguna, le descargó el arma causándole la muerte de inmediato.

No duró mucho don Agapito: a los pocos días murió víctima de un cáncer en la garganta, según el diagnóstico del director del puesto de salud de Paz de Ariporo, el Doctor Jorge Camilo Abril, el mejor y prímer médico casanareño cuya muerte, hace poco tiempo, le ocasionó una gran pérdida al departamento y a sus amigos, pues su generosidad, su don de gentes, su lealtad y demás atributos que él poseía en alto grado, hicieron de él, una especie de hombres llaneros que jamás volverán a nacer.

El general Qustavo Rojas Pinilla se había tomado el poder dando término a una lucha fratricida que le había costado al país más de trescientos mil muertos, en una orgía de sangre desatada por el enfrentamiento partidista entre las dos grandes colectividades que han manejado la República desde su nacimiento.

A fines de un invierno, recién llegada la paz a Casanare, viajé a San Luis de Palenque, población que había tomado ese nombre en honor del Coronel Luis A. Castillo, personaje de funesta y dolorosa recordación para los llaneros. Iba acompañado de los hermanos Ortega, dueños del hato de Las Tigras. Llegamos e inmediatamente fuimos informados de que en ese lugar estaba la hija del señor Presidente. Había llegado con una comisión de la Caja Agraria y estaban repartiendo dinero a quien lo solicitara, en cumplimiento de un programa que llamaron Rehabilitación y Socorro. Fuimos requeridos y aunque no deseábamos endeudamos, pues tanto los hermanos Ortega como yo éramos medianamente acomodados, se nos entregó, en menos de cinco minutos, previa firma de un documento, la cantidad de dos mil pesos a cada uno, que por esa época representaba una enorme suma de dinero. Además, se nos obsequió con herramientas de trabajo y ropa.

Bebimos durante dos días, al cabo de los cuales fuimos convidados a la celebración de Los angelitos en la vereda de Maporal del Pauto, en una fundación de nombre Macarabure, donde vivían unas muchachas muy hermosas. Aceptamos la invitación, compramos una docena de botellas de ron, las echamos en los sacos polleros y partimos hacia el baile. Llegamos al lugar y allí nos encontramos con el tatareto Juan Elías y su hermano Mauricio Oropeza. Casi todo el vecindario pertenecía a esa familia.

La casa estaba llena de gente. El baile aún no había comenzado. Al poco rato llegaron los músicos, traían maracas, tiples y requinto. Fuimos invitados por los dueños de casa a destapar una canoada de guarapo de más de diez días de batido. La canoa, que por lo menos tenía ocho metros de larga por unos cuarenta centímetros de ancha y cincuenta de honda, estaba tapada con hojas de topocho puestas sobre pedazos de guafa, y amarrada con majagua. La enorme curiara nos mostró su contenido: un líquido color topacio que hervía dentro de ella y cuyo olor se esparció por cada uno de los rincones del enorme rancho de palma. Nos dieron el honor de ser los primeros en probarlo, nos tomamos cada uno una totumada de regular tamaño y al rato sentimos su efecto, un calor y sueño se iba apoderando, sin quererlo, de nuestra voluntad.

Llegaba gente por todos los lados en canoa, a través del Pauto, en caballos, burros, mulas y a pie. Venían viejos, niños de pecho y jóvenes; traían capoteras dentro de ellas, además de sus chinchorros y colchas, ropa suficiente para varios días pues la fiesta era para largo. Las mujeres, después de saludar extendiendo la mano a todos los presentes, o por lo menos a la mayoría, pasaban a la cocina o a los cuartos donde dormía la familia y los hombres ocupaban la sala.

De pronto hizo aparición don Temístocles, el dueño de casa. Traía de la mano a su esposa, que parecía entrar contra su voluntad. Sonó la música. ‘¡A bailar too bicho de uña!’, gritó el anfitrión. Los jóvenes abandonaron apresuradamente la sala y, al poco rato regresaron con sus parejas de la mano, quienes recelosas, comenzaban a danzar. ‘jQue vivan los dueños de casa!’, gritó un mocetón. ‘¡Que viva! , respondieron todos. ‘¡Qracias!’, respondió don Temo, ‘¡que viva quien dijo viva! ¡Que viva!, ¡Que vivan todos los presentes! ‘¡ Que vivan!’.

Una vez terminado el son, un golpe de tiradera, las mujeres se sentaron en bancas de madera, una junto a la otra. Los hombres, de pie, dialogaban, fumaban y dejaban bajar por sus gaznates sendas totumadas de guarapo. La alegría se iba apoderando de todos quienes amables y hasta ahora pacíficas, celebraban el Día de inocentes que las gentes del Llano dieron por llamar los Santos Angelitos, en memoria de los niños que dejan de existir a temprana edad y que ellos consideran que fallecen exentos de pecado. Cuando uno de ellos muere se organiza un gran baile y se sirve, a la medianoche, una suculenta comida. La comunidad no muestra tristeza por considerar que, como inocentes de todo pecado, van al cielo y que los padres tendrán allá una persona que intercederá por ellos.

El guarapo en poco tiempo cumplía con su deber. La gente se tornaba menos tímida. Se daba comienzo al contrapunteo y, entonces, los copleros dejaban oír sus versos dedicados al Llano, a la mujer, o cualquier hecho del momento, No era permitido que el hombre le dirigiera la palabra a la pareja y los familiares estaban prontos a hacer respetar esa costumbre. En oportunidades se presentaban peligrosas disputas por que un enamorado galán quebrantaba la norma.

A la medianoche se servía la cena y el plato fuerte eran las famosas hayacas echas con carne de marrano y de res. Los convidados se iban acercando a la cocina por grupos. Atendidos unos, pasaban otros. A ninguna hora se interrumpía el baile. Cuando a una persona la vencía el sueño o los efectos del guasparrio y se acostaba en su chinchorro guindado previamente, de allí era levantado por sus amigos o amigas, con una totumada del famoso castaño, y si con el descanso habían pasado ya los efectos del alcohol, de nuevo volvía a quedar iniciado.

El galanteo era común, aunque se desarrollaba con el mayor disimulo, el éxito estaba en lograr de la pareja una cita en la platanera, que por esos días se convertía en el lugar de los romances. En oportunidades, algún Donjuán llanero lograba concretar varios encuentros durante la noche. Lo importante era no ser descubierto, pues de ser así se podían presentar disgustos que muchas veces terminaban en tragedia.

Las peleas eran muy frecuentes, en ocasiones por causa de un verso que hería al contendor en el contrapunteo o por cualquier cosa, por insignificante. Las gentes eran en extremo belicosas. Además, por estar recién terminada la contienda partidista de la década del cincuenta, el porte de armas de fuego era apenas normal y éstas eran accionadas en cualquier momento. En algunos parrandos, después de un tiroteo, los heridos eran atendidos, los muertos llevados de los pies hasta un rincón y el joropo continuaba. Sólo los familiares muy cercanos al extinto se daban por aludidos.

Todos los días, mientras durara la celebración, se sacrificaba una mamona que era consumida con plátano, yuca y arroz. Se dormía a cualquier hora. El reloj era el sueño: cuando éste era satisfecho se despertaba, para continuar nuevamente.

A mi amigo Ramón Ortega lo hirieron en un brazo con un cuchillo, por excederse en las visitas a la topochera, y para evitar que le dieran muerte nos fue preciso intervenir con las pistolas en las manos.

A los cuatro días de estar en Macarabure viajamos con un buen número de compañeros de fiesta con el fin de atender la gentil invitación hecha por el dueño del Mangal, fundo ubicado en la margen opuesta del mismo río, a dos horas de camino en la vereda de Qavíotas.

En el Llano todos son músicos. Cuando unos se rendían, eran reemplazados por otros. El baile de angelitos siempre duraba varios días y esa regla no se podía quebrantar. junto con mis compañeros suspendimos el guarapo, pues fuera de sentir sus efectos tóxicos, se nos había pelado el ‘guarguero’ por incapacidad para soportar el paso de un líquido tan fuerte y nuestros estómagos, frecuentemente, nos obligaban a visitar la topochera, no propiamente para cumplir con una cita amorosa. Afortunadamente teníamos buenas existencias de ron y nos lo bebimos. La herida de mi amigo fue leve y le permitió, además de seguir bailando, cumplir con sus románticas visitas al platanal.

De la vereda de Maporal se hicieron presentes algunos vecinos invitados por el dueño de casa y algunos otros sin ser convidados. Entre estos últimos me llamó la atención un hombre ya entrado en años, con su piel llena de carate. Llegó jinete en un burrito viejo que dejó amarrado en la caballeriza. El mencionado señor entró y saludó de mano a todos los presentes. De alguno de ellos oí decir que ese era el tal Abelardo Piriachi, el famoso brujo. Tal vez por lo que sabía de él me pareció un personaje repugnante, además, era dueño de unos ademanes bruscos que le hacían honor a su contextura física.

Como si fuera poco, para hacer crecer en mí el mal concepto que tenía de tal brujo, una de las mujeres que habían asistido al baile le comentaba a un grupo de personas que la rodeaban, cómo Abelardo había sido la causa de la muerte de su niño, que se vio atacado de una’disentería y vómito intenso y se negaba a tomar alimento alguno. Ella resolvió por consejo de una comadre llevárselo a Pinachi para que lo alentara del mal que lo tenía al borde de la muerte. El brujo apenas lo vio, y luego que la pobre madre le explicó los síntomas de la enfermedad, conceptuó que el muchachito estaba escuajado, pero que él lo podía alentar si la madre le pagaba determinada suma de dinero. La pobre mujer le suplicó que le hiciera una rebaja, pues ella era una mujer pobre. El maldito hechicero aceptó, pero le manifestó que por tan poco dinero no podía responder por la vida del enfermo. Sin embargo, se encargó de recetario y tratarlo personalmente y procedió a colgar a la pobre criatura de los pies a una madera de la casa y empezó a sobarle el estómago largo rato, para subirle el cuajo, que debido aun golpe se le había salido de su puesto. Tan insólito tratamiento fue repetido varias veces en dos Días. Viendo que el criaturo no respondía a sus remedios y métodos, él mismo aconsejó que se lo llevara al médico de San Luis de Palenque. La pobre madre así lo hizo, pero al poco tiempo de haber llegado el niño murió, sin darle tiempo al doctor de tratarlo. El médico le manifestó a la dolida madre que su hijo había muerto por gastroenteritis.

Ese día me había puesto una camiseta de seda azul turquí, pantalones blancos de lino y zapatos tenis del mismo color, conjunto que pertenecía al uniforme de gimnasia del Instituto de La Salle donde había estudiado unos años. En un cinto de pana roja portaba un par de revólveres de fabricación inglesa. De pronto se me acercó el brujo y me pidió un trago de ron que le di en contra de mi voluntad.

Estaba cansado, el sueño me dominaba. Resolví acostarme a dormir. Serían las diez de la mañana cuando lo hice. Como a las dos de la tarde me despertó una de mis conquistas amorosas para informarme que el brujo se había puesto de ruana el parrando, que les había buscado pelea a todos y por último se había bajado los pantalones y se había cagado en plena sala.

Me levanté, fui en su búsqueda, lo llamé para afuera, y lo invité a tomarse otro ron, pero le hice saber que lo tenía escondido en la platanera. Estando allí, le pregunté que si me conocía. Me dijo que no. `¡ Yo soy Mata jugando!’, dije, ‘y he matado más de veinte personas, y cuando me da una piquiña en las manos tengo que matar a alguien’, al tiempo que me las rascaba con fuerza. Y agregué que ese día le había tocado a él, que matándolo le hacía un favor a la gente, pues sabía que él era muy malo y los engañaba con sus malditas brujerías. Trató de defenderse, pero le propiné un golpe con las cachas de mi revólver. Luego procedí a atarlo con su propia correa a una mata de plátano con las manos atrás y le dije que se arrepintiera, que apenas se ocultara el sol volvería para mandárselo al diablo, que con seguridad lo estaba esperando. El brujo lloraba, me pedía perdón y aducía que no era malo, que simplemente formulaba yerbitas pero que a nadie le hacía mal. Le recordé lo de Agapito y le repetí que a la hora señalada volvería.

Como a las cinco de la tarde empezaron a preguntar por el brujo. Nadie lo había vuelto a ver desde que había salido en mi compañía. Seguramente pensaron que yo lo había matado y echado al río. Nada dije. Los comentarios crecían. Cuando iban a ser las seis invité a la gente a que fuera a verlo y todos salieron tras de mí. Cuando íbamos llegando al lugar donde lo había dejado se oyó un grito de espanto, Abelardo se había logrado soltar, salió corriendo y le cayó se río. Hice unos tiros al aire, nos acercamos al turbio viajero y no lo vimos salir. Algunos pensaron que no sabía nadar y se había ahogado.

Al otro día muy de mañana, un hombre hacía señas desde un mangal. Le gritaron que se acercara pero él siguió haciendo señas. 1Jn muchacho fue hasta allá: era el brujo y preguntó que si aún estaba Mata Jugando, le dijo el muchacho que quién era ese fulano, que él no lo conocía. Abelardo le explicó que era un joven que tenía puesta una camisa de seda azul, pantalones Y zapatos tenis del mismo color y que cargaba un par de revólveres en el cinto. ‘—Ese es don Saúl, el Niño Mentiroso’, respondió el muchacho, ‘...El es una persona muy buena’. El brujo insistió en que era ‘Mata jugando’ y le díó cinco pesos para que le trajera el burrito y agregó que le dijera a ese hombre malo que él jamás volvería a hacer brujerías.

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