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Las chanzas de don Felipe
un municipio que hace parte del
actual departamento de Casanare
y que limita en su totalidad con
Arauca, según me decía Saúl, el Niño
Mentiroso vivió un
personaje descendiente de una de las familias más
respetables que han existido en
este territorio, heredero y hacedor de una
inmensa fortuna representada en
ganados vacunos y caballares.
Sus antepasados, nacidos en Venezuela, coadyuvaron
notoriamente en la campaña libertadora y algunos de ellos alcanzaron grados de
consideración otorgados por el libertador, por otra parte, dos de sus ascendientes por el
lado materno, hicieron parte de los centauros que conformaron los catorce lanceros, que en
el Pantano de Vargas convirtieron una derrota de las Fuerzas Patriotas, en la más
esplendente victoria. De ellos se puede decir que fueron los verdaderos artífices de
nuestra independencia.
Felipe se llamaba nuestro
personaje y lo apodaban el loco. Era un llanero en toda la extensión de la palabra,
generoso como ninguno y amigo del aguardiente, Alto de cuerpo y su contextura no le hacía
ningún honor a su apellido. Permanecía, cuando estaba en su hato denominado el Recuerdo,
de pie junto al tranquero, contemplando sus extensos dominios y esperando para conocer de
muy lejos, a las personas próximas a llegar a su casa. Cuando divisaba a alguien llamaba
a uno de sus mensuales y le decía: aa Ilaaa, viene julano de tal y seguro viiíene
muerto de hambre, een su rancho no tieeenen
que comer yyy se vino aaa que yo le de tragar, vaaya y
Díigale a la coca que aaliste unos pocillos de café. Cuando estaba ya muy cerca el
viajero, procedía a abrir el tranquero y le decía: teeéngase la amabilidad dee
seguir, a donde están esos malditos muchachos queee no le han traído un cafecito, y
hágame el faaavor de decirme en que leee puedo servir. Todo cuanto se le
solicitaba, no tenía inconveniente en proporcionarlo pues era en alto grado generoso y
servicial.
Luego de haber dialogado durante un buen rato y una vez
que se llegaba la hora del almuerzo, procedía a ínvitarlo a pasar al comedor y allí lo
atendía de la mejor manera, obligándolo, por así decirlo, a ingerir una cantidad de
comida que el visitante aceptaba por darle gusto a su anfitrión. Después que se marchaba
llamaba a los mensuales y les comentaba: huyuyuiii, siii se fijaron cómo tragó,
seeegurameiite ese pobre hombre hacía días nooo comía, ojalá queee no vuelva nunca por
que me va a aaaarruínar.
En una oportunidad estaba, como de costumbre parado en la
puerta del tranquero, viendo caer la tarde y contemplando el ganado que llegaba a comer
sal, cuando víó en la distancia, a unas personas que se acercaban. Venían a pié y
traían unas cargas sobre el lomo de unas bestias; reconoció en los viajeros a unos
paisanos o guates, como se les dice en los Llanos a quienes vienen de tierra fría
trayendo productos agrícolas de ese clima. Una vez que llegaron y lo saludaron
procedieron a pedirle posada, no sin antes ofrecerle todo cuanto habían traído. Don
Felipe, que ya tenía dispuesto hacerle una de las suyas a los pobres guates, les dijo:
uuustedes no saben quiéeen soy yo. huyuyuii see loos voy a decir, yo soy teniente
deee la chusma y encargado de la vigilancia en eeeestas tierras, para evitar queee lleguen
por aquí geeentes malas y me parece queee ustedes lo son. Llamando a los muchachos les
ordenó: haagamen el favor yyy me amarran estos malditos guates a eeese palo de
mango, peero eso si bien amarrados, por que si se lleeegan a soltar, se las voy aaa cobrar
bien caro. Los muchachos que conocían las chanzas con que le gustaba distraerse don
Felipe, procedieron inmediatamente a cumplir con lo ordenado. Luego mandó a descargar las
mulas y quitarles las enjalmas, al ver las mataduras que tenían, les dijo:
huyuyuií ustedes son unas personas muyyy malas, cooómo es posible que trabajen a
unos pobres animalitos eeen el estado eeen que se encuentran, eeeso sólo lo hace la gente
peeervertída. Sacando su revolver disparó varias veces sobre las matadas mulas,
causándoles la muerte y para acabar de aumentar el terror que había invadido a los
pobres
paisanos, agregó: deeentro de un rato les toca aaa ustedes por que, eeeso
sí, yo no perdono la gente mala y ustedes vienen eees de espías al Llano.
Los pobres guates lloraban y juraban por Dios que ellos
eran buenos, que no eran espías, que eran muy pobres y habían traído esas carguitas de
mercado y una de cerveza, para venderla y ganarse algunos pesos, para poder mantenerse
ellos y su familia.
Mandó don Felipe que metieran el mercado para la cocina
y que le trajeran la cerveza, que él se iba a tomar algunas, a ver si estaban buenas,
pues él creía que debían tener veneno, peeero eso sí, huyuiyuii a mí no me hace
nada pero si me llega doler eeel estómago, los voy a matar yyy los echo al río paaa que
se los coman looos caribes, Ellos le decían que se tomara la cervecita que esa era
buena, pero que no los fuera a matar, por que quién mantendría sus hijítos. Don Felipe
se tomó junto con los muchachos la carga de cerveza, se emborrachó y se fue a acostar.
Los pobres paisanos pasaron la noche más amarga de su
vida, llevando puya de zancudo y esperando la hora de su muerte que seguramente sería
cuando ese hombre tan malo se despertara. Al amanecer por orden de don Felipe, fue traída
la bestíada, mandó amarrar las tres mejores mulas que tenía, les hizo poner las
enjalmas, mandó soltar los guates y les preguntó que en cuánto pensaban vender el
mercado y la cerveza. Ellos le dijeron que en tres mil pesos. El les respondió:
l.Juustedes son uuunos ladrones, eeeso es muy caro. Los guates llenosde miedo
le dijeron que para él no valía nada pero que no los fuera a matar, por que si lo hacía
sus hijitos se morirían de hambre. El sacó cinco mil pesos y los entregó a los paisanos
junto con la papeleta de las tres mulas, diciéndoles: leees regalo laaas mulas yyy
lárguesen, siii vuelven otra vez por aquí, queee la cervecita sea muuuy buena, lo mismo
que la papita yyy la cebolla.
A los guates les parecía que no era cierto lo que les
decía el buen don Felipe; creyeron que habían resucitado y se hicieron la promesa de
jamás volver al Llano, aunque se volvieran ricos en un solo viaje.
En alguna oportunidad, el autor de estas líneas se
encontró en Quanapalo junto con un hijo de don Felipe, de quien era y es muy buen amigo,
nos dedicamos a revisar una pistola calibre 25, pequeña y muy bonita. El la quería
adquirir, para obsequiársela a su señora, me negaba a salir de ella, pero él insistía
en comprarla y me pidió que le enseñara su manejo. Le saqué el
proveedor, la maniobré
y disparé, con tan mala suerte que la maldita arma tenía un cartucho en la recámara,
que hirió a mi amigo. Este por el impacto del proyectil, al pasar su mano cerca de su
ingle y verla manchada de sangre, sufrió un choque nervioso y cayó a tierra.
Sobra describir la angustia que me embargó al ver a mi
compañero tirado en el suelo y sin conocimiento. Como es apenas obvio, pensé que lo
había matado. Al oír el disparo quienes estaban en la casa salieron presurosos a la
caballeriza, donde se había producido el hecho, sin ningún testigo fuera de los que
habíamos sido protagonistas. Las señoras de la casa me recriminaron por haberle dado
muerte a mi mejor amigo. Les expliqué que había sido sin ninguna culpa, pero todo
sobraba. Nadie me creía y a cada momento que pasaba los improperios eran más ásperos.
Me di cuenta de que mí amigo respiraba normalmente y, sin pensarlo dos veces, amarré un
macho castaño gocho que estaba en el corral. El maldito animal era mañoso por las orejas
y aperarlo con la desesperación que tenía, fue un trabajo arduo. Luego de ensillarlo,
cogí un caballo aperado que estaba amarrado a un horcón, monté en él, llevé el macho
de cabresto y salí como alma que lleva el diablo, con destino a San Luis de Palenque, en
busca del médico. Por el camino pensaba en mi mala suerte, ya me creía en la cárcel
pagando una muerte en la que no había tenido culpabilidad. Mi única esperanza era que mi
amigo viviera para que me eximiera de toda culpa.
Llegué al pueblo como a eso de las siete de la noche,
pasé de largo y, me dirigí a la casa de un amigo, quien vivía en las afueras, le rogué
que fuera a llamar al médico, aduciendo que su señora estaba enferma. No me atreví a
entrar, pues me parecía que la policía ya conocía los hechos y si me veían me
tomarían preso. Una vez que llegó el doctor procedí a contarle lo sucedido y le
supliqué que fuera. Se negó a viajar de noche, no valían para nada mis ruegos.
Desesperado, saqué mi revólver y le dije: seguramente mi amigo estará muerto y para mi
desgracia soy el homicida, así, pues, para mí es lo mismo pagar uno que pagar dos.
Decida doctor: o se va conmigo ahora mismo o se muere. No demoró en tomar la
determinación que más le convenía, aceptó gustoso y pidió volver por un momento al
pueblo para traer los elementos y drogas necesarias para hacer una curación de urgencia.
La malicia indígena me aconsejó que no le permitiera su
proyectado regreso y le aconsejé enviar un papel con mi amigo, quien iría hasta la casa
a traer lo que él ordenara.
Le asigné al médico el caballo en el que yo había
llegado y procedí a montar en el maldito macho, por desgracia poseedor de todas las
mañas que puede adquirir un animal machiro: tiraba pata cuando uno iba a meter el pie en
el estribo, corcoveaba y de qué manera y frecuencia lo hacía, se espantaba. se tiraba de
lomo, en fin, era un maldito animal de carga al que nunca habían montado.
Cuando llegamos a La Bendición, quien nos abrió el
tranquero fué el herido. Estaba perfectamente bien, sólo había sufrido un leve rasguño
y éste había sido la causa del desmayo. Ya les había explicado a todos mi inocencia y
ellos procedieron a pedirme disculpas por no haberme creído.
Viajé a Paz de Anporo. Pasaron varios años y una vez
hubo un desafío de gallos entre ese pueblo y Hato Corozal. Don Felipe vino con ellos.
Estando en la gallera me vió y sin mediar palabra alguna, dijo: huyuyuii aaaquíí
está el hombre queee me quería matar aaa mi muchacho, queee se entieeenda conmigo, queee
yo si le voy aaa enseñar cooomo es que pelean looos hombres. Me miraba y se llevaba
la mano a su faja, ancha de cuero en
que tenía su revólver. Cada vez se me acercaba
más, acordándome a cada momento a mi señora madre, y repetía el mismo estribillo. Yo
que conocía su manera de proceder, y me retiré sin tener en cuenta sus insultos.
Volví más tarde y me sacó corriendo de nuevo con las
mismas palabras y por la misma razón. Al otro día y tras de haberle corrido varias
veces, pues no quería tener ningún enfrentamiento con tan singular y respetado
personaje. Estaba peleando un gallo de mi propiedad al que llamaba el Careador, cuando se
me vino encima don Felipe: Huuyuuyui aaahora si vamos aaarreglar de una vez.
Díiigame, por qué me quería matar miii muchacho. De nuevo llevó su mano a la
chapuza donde portaba su arma. Cansado de tantos insultos salté dentro de la gallera, le
eché mano a mi revolver y le dije:
Mire, don Felipe, yo no tuve la culpa en lo de su
hijo y jamás sería capaz de matar a un amigo, pero a Usted sí se lo voy a mandar al
diablo, para que no
me joda más y, dicho lo anterior, me le fuí encima con el
revolver montado. Entonces grito don Felipe: Huuyuuyuíí, cóoomo se ve que eeesté
muchacho nooo sabe nada de chanzas.
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