Támara fue fundada en el año de 1626, en el lugar donde
tenían su asentamiento los indios de ese nombre descendientes de la gran familia Muísca
y venidos del reducto de Chita cuando la persecución de los conquistadores los desalojó
de sus tierras. Al cura Dadey se le atribuye su fundación y seguramente fue él quien
así la denominó en honor a la tribu que ocupaba esa pequeña planicie inclinada y
resguardada por dos cerros de baja altura, a los que se les llamó Santa Bárbara y San
Antonio. Estas pequeñas elevaciones no mayores de trescientos metros constituyen un bello
mirador desde donde se comtempla la inmensidad de las llanuras.
Allí los jesuitas establecieron un resguardo al que
dieron la misma orientación que sus hermanos de comunidad habían dado a los resguardos
Guaraníes. Los curas, además de instruir a los indígenas en la Fe Católica, les
enseñaron a cultivar la tierra. Dividieron su producción en campos del hombre, campos
del pueblo y campos de Dios. La primera, de exclusiva propiedad de la familia; la segunda,
para la comunidad, con ella se atendían las necesidades de aquellos que lo hubieren
menester, y la de los campos de Dios era administrada por los religiosos que dedicaban su
tiempo a la construcción de iglesias y escuelas.
Este resguardo se extendió Nunchía Morcote, lugares
que, al igual que
Támara, vieron totalidad
de algodón. Como r
esultante tomó vida una industria que
compitió ventajosamente en los mercados de la Nueva Granada y provocó los celos
comerciales de quienes manejaban los grandes mercados de la capital del virreinato.
En Támara establecieron los hijos de la compañía de
Loyola su cuartel general. De allí partió la penetración a los llanos y la fundación
de pueblos como: La fragua, más tarde Moreno, en memoria del general Juan Nepomuceno
Moreno, San José de Pore, la Parroquia de la Santísima Trinidad, Chire, Santiago de las
Atalayas, Manare, Ten y San Miguel de Macuco. A todos ellos llevaron ganados vacuno y
caballar que más tarde darían vida a enormes haciendas ganaderas y vendrían a
constituir, con el correr del tiempo la principal fuente de la economía de esta región.
Fueron los padres Gumilla y Valverde, de la comunidad
jesuita, quienes iniciaron la navegación por los ríos Orinoco y Meta y trajeron por esta
vía las primeras semillas de café llegadas a Venezuela, Brasil y al oriente Colombiano.
Los vacunos que llegaron por primera vez a los llanos
eran de razas lecheras y de una mansedumbre a toda prueba, que sí constituyó una enorme
ventaja para su transporte, no lo fue así, para la multiplicación de la especie, pues se
convirtieron en fácil presa de cacería para indígenas y tigres. Esto obligó a los
propietarios de reses a traer sementales de lídia que cornearon y mataron a muchos de sus
depredadores. El cruce del ganado chino-español con la nueva sangre tomó la naciente
ganadería en una media casta, cuyas condiciones de bravura le permitieron multiplicarse
con menor peligro.
Después de un siglo y varios lustros el Llano se pobló
totalmente de ganado y aparecieron las famosas cimarroneras de las que se fueron
apropiando los colonos formando hatos y adueñándose del trabajo de indígenas y
mestizos. Estos eran poco menos que esclavos, mal pagados y maltratados por los nuevos
señores.
Con la dolorosa expulsión de los jesuitas acaecida por
desacuerdos en la Madre Patria, entre el monarca y la comunidad, y en la Nueva Granada,
coadyuvados por los comerciantes, se cerró la ventana a que se refiere Indalecio Liévano
Aguirre así: La civilización que ha debido entrar por el oriente se convirtió en
causa de abandono y retroceso para los Llanos. Las tierras entregadas por cédula
real a los hijos de Loyola, fueron vendidas por
ellos a particulares, o rematadas más
tarde por la corona, lo que dió origen a actual estado de la propiedad del subsuelo.
Los indios, huérfanos de sus protectores, abandonaron
sus resguardos volvieron a sus costumbres, desapareciendo la mano de obra y en
consecuencia, la industria del algodón. De esos tan sólo quedaron coplas, que registra
el autor de Grandes conflictos políticos, económicos y sociales d nuestra
historia, vagando en las gargantas de los viejos Florentinos y plasmadas en versos
como éstos que, seguramente, hicieron parte del entonces naciente folclor: Desde
Támara y Morcote hemos venido, con orgullo hilar el tafetán, hoy somos reyes de la
industria unidos que hilamos telas más finas que el olán´
Durante gran parte del siglo XIX y principios del nuestro
las plumas de garza constituían el último grito de la moda en los elegantes salones
Europeos Con
abanicos de ellas, las damas del
viejo continente calmaban los sofocos producidos por la fiebre de los valses de Strauss y
en sus sombreros lucían grandes penachos de las mismas. También eran visibles en las
cimeras de los cascos de los soldados imperiales, las plumas llevadas desde los Llanos de
Colombia y Venezuela.
La ley del Llano que,
promulgada por el libertador y tomada de la costumbres centenarias que habían hecho curso
en estos territorios, rigió en ambas repúblicas, reglamentó en uno de sus artículos la
comercialización de plumas y dispuso el remate de los dormitorios de garzas.
Quienes salían favorecidos en la subasta tenían
el derecho de recoger la regadas durante la noche por una especie de aves zancudas llamada
chumbíta No era fácil explotar esa industria. A más de que era necesario ejerce
permanente vigilancia en los garceros durante el día y la noche, su tenencia y trasporte
constituía un enorme peligro. El escritor Rómulo Gallegos en su obra Doña Bárbara
señala cómo Balbino Paiba robó dos arrobas de pluma que el amo del hato de Altamira, el
doctor Santos Luzardo, enviaba para la
venta, y
su precio fué tasado en veinte mil pesos oro. Más adelante dice: la quince
morrocotas enviadas por La Doña a Maricela, su hija, tenían un valo de trescientos pesos
oro
Con un artículo tan valioso,
los comerciantes exploraron todas la posibilidades para hacer más fácil su transporte,
encontrando como vía indicada para llegar a los Llanos occidentales y orientales de
Venezuela
y
Colombia, respectivamente, la navegación por los
ríos Orinoco y Meta. Pero era necesario encontrar algunos otros productos de fácil
comercialización en el Viejo Mundo y se decidieron por los cueros, el café y la
sarrapia.
En el año de 1850 nació Orocué. Dicen que su nombre
viene de una palabra indígena que ignoro. Pienso que significa oro y cuero, aunque
algunos historiadores afirman que esa palabra, según los indigenas, significa
paraíso de pescadores o rincón para pescar, otros. En esa
población, más tarde, José Eustasio Rivera escribiría su famosa Vorágine, tomando los
nombres de sus principales protagonistas, según el connotado historiador casanareño don
José Luis Merizalde, de personas que allí conoció: Alicia, dueña de una pensión
donde el abogado de los herederos del hato de Mata de Palma, el doctor Rivera, tomaba su
alimentación y cortejaba a su propietaria, o Arturo Coya como se llamaba el esposo
burlado, sólo por citar algunos.
Desde su fundación se convirtió en un importante puerto
fluvial. Su nacimiento terminó con el caserío de San Miguel de Macuco, situado en el
lugar donde el caño de ese nombre vierte sus aguas al Meta. En Orocué existieron
consulados de algunas Repúblicas y allí se establecieron comerciantes de diferentes
nacionalidades: Italianos, Franz, Portugueses y Alemanes, siendo los más importantes los
hermanos, Comelius y Francois Espeidel, de nacionalidad Alemana, quienes junto con Bonet,
monopolizaron el transporte y establecieron enormes almacenes con mercancías de
procedencia Europea. Tan grande sería la importancia de ese puerto que la Armada Nacional
estableció allí una importante base. Al retirarse la unidad naval pasó a manos de la
Policía Nacional y, al ser abandonada por ellos, fue saqueada totalmente y sus
edificaciones se fueron a tierra. Así permanecieron hasta 1979 en el gobierno del
presidente Turbay, cuando el Intendente de esa época y el director del Departamento
Administrativo de las Intendencias y Comisarias, doctor Gustavo Svenson Cervera, iniciaron
conjuntamente su reconstrucción, para convertirlas en el actual centro vacacional, cuyo
primer director fué el licenciado Luis Carlos Ríos.
El café y la sarrapia eran producidos en Támara y
Nunchía, hasta adonde llegaban los vapores, hasta la vereda de La Plata, jurisdicción
del municipio de Pore. Esta población, como puerto obligado para transportar los
cargamentos que a lomo de mula iban y venían, e iban, trayendo desde allí la sarrapia y
el café y llevando toda clase de mercadería Europea.
La exportación de cueros se hacía en gran escala,
calculándose en cincuenta mil las pieles de vacunos embarcadas cada año. La carne de las
reses sacrificadas quedaba botada en la sabana, para las aves de rapiña que no lograban
ingerir las enormes cantidades.
A finales de la segunda década del siglo XX perdieron
actualidad las plumas de garza. Y más tarde, con el tratado Eduardo Santos
López
Contreras, se fijaron límites entre las dos Repúblicas. Como resultante, de doloroso
impacto, se terminó con la navegación, que constituía el pilar del desarrollo alcanzado
en esa época. De su reactivación depende el futuro de los Llanos, pues por el Meta y el
Orinoco, un día no lejano, abasteceremos los mercados de las Antillas y nos proyectaremos
al viejo continente.
De tan importante ventana mercantil sólo nos quedaron un
sinnúmero de apellidos de origen europeo que, aunados a los Españoles, formaron con
nuestros Indios el prototipo del actual llanero, libre de mezcla negroide hasta comienzos
de la década del sesenta. Apellidos como Qüenza, Bestene, Svenson, Latriglia, Curcho,
Caropresse, Braydy, Bellizzia, Colamarco, Lomónaco, Margfoy Diterich, Abunazar, Dalel,
Magne y muchos más, confundidos con nuestra sangre e historia, han perdurado en el
tiempo, convirtiéndose en testigos de lo que fue la más esplendente realidad de
desarrollo que jamás haya tenido la Llanura.
La posterior llegada de las carreteras traería la
migración de centenares de familias, venidas para solucionar el problema del minifundio
del altiplano en el latifundio de Casanare.
Támara, desde luego, fue la más beneficiada con la
presencia de los Jesuitas, quienes se convirtieron en permanentes defensores de los
indígenas, inculcándoles un espíritu de libertad que es orgullo y blasón de nuestro
pueblo. No obstante el calor con que los hijos de la compañía de Loyola defendieron los
nativos, allí se cometieron algunos excesos como el remate de indios, cuya
acta hace figurar el historiador Líévano Aguirre en el libro antes mencionado. En
Támara se estaba atento al desarrollo cultural y social de la América Hispana, por eso
los levantamientos allí acaecidos en respaldo al cacique inca Tupac Amaru y al Comunero
del Socorro, José Antonio Galán.
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"La fiesta brava del
llano es el coleo". Y no le iguala de la tierra española su toreo".
(Foto: Constantino Castelblanco)
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Tipico descendiente de la
Gran Familia Llanera... "con cuchillo en la cintura" (Foto:
Constantino Castelblanco)
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