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La culebra cascabel
Una tarde de verano a orillas del río Cravo, mientras
esperaba que un desprevenido pez cayera víctima del engaño, en uno de mis anzuelos
tendidos de una a otra orilla, en mi largo calandrio, que tenía ancladas sus puntas a
unos enormes estacones de guarataro, le preguntaba a mi amigo Saúl, el Niño Mentiroso,
que si él conocía la serpiente cascabel, pues ya me iba a morir de viejo y, que
habiendo, tantas en los llanos, jamás tuve la oportunidad de conocer una de ellas. Él
con su imaginación me contó la siguiente historia.
Pocos años después de haber pasado en el Llano la
guerra Quadalupana, tenía mi taita una finca para el lao de Aguascalientes, muy cerca de
su amigo Tito Morales. Por ese entonces yo apenas era un sute, eso sí, trujano para todo.
Achicaba los becerros, ordeñaba las vacas, le echaba de comer a las gallinas, rucíaba
las matas y salía en un burrito gocho a darle vuelta a la Sabana, ésta no tenía cercas.
El Llano era libre y para todo bicho de uñas. Me tocaba cargar el agua para la comida,
cortar los topochos y desbellotar las plataneras para salvarlas del julano hereque, que
vino a terminar al fin con el principal sustento del llanero.
Me gustaba trabajar, eso era cierto. No había nada que no supiera hacer. Todo
oficio para mí era bueno, menos pastoriar una marranera que teníamos, de más de un
centenar. Pero me la tenían velada, y todos los días me tocaba madrugar, Me ponía un
guayuco, una franela de La Garantía, un sombrerito viejo y mí ruana, luego me servían
el desayuno y agarraba un zurriago, recogía los marranos, eso sí, no sin antes renegar,
echar unas cuantas
maldiciones,
alegar que yo era un hombre de caballo corcoviador y toro parao, que ese
of
icio era pa los pendejos. Entonces se
enverracaba mi taita, agarraba su mandador de palo de cañaguate y me
encaminaba con todo y marranos.
Por fin me iba, eso sí, más toriao que sapo
llevando sol. Llegaba a un bajo donde se regaba esa marranera a comer boro y a
hozar; y como tenían el chumbo más largo que cañón de fusil, de la guerra de los
mil Días. Dejaban la tierra más revolcada que atascadero de camino
rial. Mientras tanto yo sacaba mi flecha de doble caucho y como siempre tenía los
bolsillos llenos de piedras, me ponía a matar perdices y palomas. Piedra que tiraba era
paloma que caía cuando tenía bastantes y calculaba que ya pesaban mucho, le echaba mano
a mi cuchillo, cortaba un bejuco de chaparro, hacía un sartal, las tapaba con la ruana y
las dejaba a la sombra de una mata de guásimo; luego mataba uno o dos patos.
A eso de las dos de la tarde recogía los marranos, los
contaba y pelaba por mi saco pollero que mi mamá me llenaba con tajadas y carne frita de
marrano o de res, tragaba hasta quedar más lleno que mozo de cocinera. Para
completar, me jartaba una totumada de agua con panela y esperaba que cantaran los loros,
ajuntaba los malditos puercos y me ajílaba con ellos pa la casa.
En la noche, desde
mi chinchorro, escuchaba los cuentos que contaban los piones, cuentos de la Bola de Fuego,
del Silbador, del Mandingas, de Pedro Rimalas o,
lo más frecuente, de toros
bravos y caballos machiros, en los cuales aparecía el narrador como el mejor jinete y
torero que ha habido en El Llano, porque eso sí, pa fantasiosos naide les ganaba.
Echaban unas historias más enredadas que el cabro del sacrificio de Abrahán.
Dormía como
sute atetao, hasta que me llamaba mi taita, cuando ya empezaban a cantar
los gallos de seguidita. Me tomaba mi pocillo de café, más amargo que hiel de cachicamo
con novia. Ya cargar agua, ordeñar vacas, echarle comida a las gallinas, barrer la
caballeriza, botar la mica llena de miaos de una moza que tenía mí viejo. Y luego mi
gran tormento: vuelva otra vez con esos malditos marranos. Así pasaban los meses y yo
más aburrío que guahibo sin puya en una subienda.
U
n día por el
camino, cuando arriaba la marranera, cogí unas pepitas rojas y me las eché al bolsillo.
Más tarde supe que eran de piñón. Me dio
por tragarme una y me pareció muy dulce, esa fue mi salvación, pues como a
la media hora me agarró un dolor de tripa, acompañado de una cagadera, que no me daba
tiempo ni de ponerme los tucos, casi acabo con el pajal donde me tendí, y ya por último
me tocaba limpiarme como señorita en banquete. Me cogió un desmayo que parecía
vaca vieja atascada en lambedero. Como pude me arrastré hasta la casa, me
llevaron pa 1 pueblo en una hamaca, me ¡nyectáron suero y me dieron a jartar un
pocao de remedios que me pusieron bueno como a los tres Dias.
Volver de nuevo a la finca fue un martirio: me tocaba caminar con las piernas
abiertas, como bobo montao en jamuga. Y de nuevo a mi oficio.
Una tarde, después de un aguacero, estaba aplastao encima de una topia,
cuando sentí latir una perríta que siempre me acompañaba, ai la pongo,
igual a la que tiene la señora Magnolia. Me fui barajustao a ver qué pasaba. Pensaba que
era un cachicamo porque la perra estaba escarbando en una cueva, cuando de pronto pegó un
chillido. La había arropado una cascabel que casi le quita la porra del tarascazo, Cuando
la soltó, la perrita salió corriendo y al momentico cayó muerta.
Sin pensarlo dos veces reventé a la carrera como venao corno de
los perros a llamar a mi papá, para que viniera a matar el plago. El viejo se terció la
escopeta, cogió un barretón y me entregó una peinílla y nos fuimos al trote en busca
de la culebra. Llegamos a la banqueta donde la había visto. Me puse a buscar la cueva,
pero no fui capaz de dar con ella. Caminaba de uno a otro lado, me agachaba en todo hueco
que veía, pero nada. El viejo se iba disgustando poco a poco, hasta que se puso
más arrecho que vaca vieja en pastoreo. Al fin me llamó, me cogió de la
mano y me zampó tres o cuatro chaparrazos que me hicieron soltar el chorro de miaos, me
trató de mentiroso y juró, hasta por el mismo Mandingas, que jamás me cambiaría de
oficio.
Un día se fue mi papá de cacería con mis dos hermanos. Por la tarde volvió
con un capón tan trepao, que le tocó mandar por la yunta de bueyes de la molienda,
partirlo por la mitad y echarle a cada uno medio marrano. Tan grande sería que tenía
unos colmillotes que le salían de la jeta como más de cuarta y media.
Nos pusimos a componer carne y ya por la nochecita, fuimos a herrar un par de
becerros que habían traído de vaquería. Mi hermano enlazó uno colorao mamantón,
bien gordo, yo me le pegué a la cola y le zampé una
jalada que lo hice dar vuelta de
campana. El pobre animal quedó con las patas quebradas.
Pensé que con semejante hazaña había demostrado ampliamente que era un
hombre de llano y, que en consecuencia, me libraría del fastidioso oficio de cuidar
marranos. !Oué equivocado estaba¡ Al otro día me mandó mi papá a pastorear mis
odiados enemigos, eso sí, con un pollerao de carne frita de cerdo y casi la mitad
de un pecho del becerro asado, a más de eso llevaba tajadas de plátano y arepas de
harina de trigo fritas con huevo, pesaría tanto el pollero que tenía que caminar de
medio lao.
Como todos los días, procedí de la misma forma: maté palomas y patos,
luego pelé por mi pollero y me puse a tirar más muela que fara en gallinero.
De pronto me fijé en una cueva. Allí estaba la enorme serpiente de cascabel, la misma
que había matado a la perra y que por no encontrarla, me había lambido una pela de mi
taita. Tomé todas las precauciones del caso: me fijé muy bien en el lugar pero, para
mayor seguridad, me quité el sombrero y con mi cuchillo corté una yana de mastranto, la
enterré muy cerca a la cueva y en la punta dejé mi gocho viejo.
Partí a la carrera a llamar a mi papá, llegué a la casa con la lengua
afuera, pero el viejo había salido pa la sabana y se había llevado la morocha.
Me puse a pensar cómo haría pa matar la serpiente. Buscando encontré
tres barras de dinamita al noventa por ciento. A mi papá le gustaba la pesca, y por esa
época era lo más usual hacerlo con ella. Yo me había fijado de qué manera se hacía
pa poderla utilizar, Encontré como medio metro de mecha lenta y un fulminante.
Tomé todo eso, lo puse en un talego junto con un pedazo de piola y partí a toda carrera,
llegué al lugar donde estaba la alimaña, me fue fácil encontrar el lugar por las señas
que había dejado.
Tomé las tres barras de dinamita, las amarré con la piola, luego el
fulminante y le puse la mecha, lo apreté con los dientes con mucho cuidado, prendí un
tabaco que le había robado a mi taita, escarbé la mecha hasta que fue visible la
pólvora, le arrimé el tabaco y la mecha comenzó a chisporrotear. Con la yana de
mastranto arrempujé la dinamita en la cueva. Iba a salir corriendo, cuando me acordé del
saco del bastimento. Por tomarlo ligero se derramó todo el contenido en el suelo y como
cosas del diablo, cayó la marranada a comer. Yo traté de espantarlos pero no fue
posible, viendo el peligro, metí carrera, había avanzado casi cien metros, cuando
¡pummmmmmm¡ sentí la explosión. Caí de jeta en un charco, quedé con la
porra llena de barro y más asustao que guahíbo en un baile de blancos
Dejé pasar un rauco y me fui acercando poco a poco a ver qué había pasado ¡Dios del
cielo, Virgen santa de Manare, sálvame de mi papá!.
Lo interrumpí para preguntarle si
había matado la culebra. Me respondió
No
lo sé. De verdad, no lo sé. Pero lo que sí le puedo
asegurar es que no quedó vivo ni un hijueputa marrano.
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Osa, raya y garza: carne
asada a la usanza llanera, que no puede faltar en las parrandas (Foto:
Constantino Castelblanco)
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Como costumbre legada de
generación en generación , es de suma importancia el rezo del ganado para evitar
los males de la sabana. (Foto: Constantino Castelblanco)
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