CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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Los delfines dorados

H ace muchos años me decía Saúl, el Niño Mentiroso, que mucho antes de presentarse en la Nueva Granada el grito de independencia, Casanare ya poseía una enorme riqueza ganadera. Los primeros vacunos llegaron a estas tierras en el año de 1542 traídas por don Luis de Lugo a Santafé de Bogotá. Se dice que esos semovientes fueron vendidos a razón de mil pesos oro. Según otras fuentes no muy dignas de crédito, gracias a las diligencias de los curas Jesuitas, los trajeron de La Española. O, tal vez, como dicen otros historiadores, llegaron de Venezuela donde había crecido tanto el hato ganadero que dió origen a las famosas címarroneras, que poco a poco fueron ocupando toda la llanura de ese país y, aprovechando el verano, pasaron el río Arauca y poblaron nuestro territorio.

Fueron los Alemanes los primeros en descubrir, para el mundo civilizado, nuestros Llanos, territorio que encontraron poblado por un sinnúmero de tribus indígenas en las que dejaron notoriamente la huella de su sangre Sajona.

Para la época que nos ocupa, don Antonio Heredia era propietario del más importante hato, situado en el cajón de los ríos Pauto y Quachiría, casado con una hermosa dama bogotana, de la alta sociedad, Pero su familia era venida a menos económicamente, razón que la obligó a resígnarse a vivir en esta provincia.

Las instalaciones de La Rubiera, como se llamaba la gran hacienda, estaban ubicadas a la orillas del río Pauto cerca de su confluencia con el Meta

Tan grandes serían sus dominios que los piques se hacían desde las sabanas de La Hermosa y Muese, y los ganados duraban tres días y tres noches pasando por los vados de La Soledad y Las Guamas, al cabo de los cuales el gran rodeo se reunía en el cajón del Orosia y Yaguarapo.

Allí se escogía el ganado destinado a la saca y se vendía a razón de uno por morrocota. Estas enormes cantidades de oro eran enterradas en diferentes lugares y a quienes ayudaban a hacerlo se les daba muerte para que no divulgaran el secreto. Se dice, también, que en algunas ocasiones a los mensuales se les pagaba con ese metal y, cuando se iban definitivamente del hato, los dueños enviaban a familiares o a gente de su confianza para que los esperaran en el camino, los asesinaran y los despojaran del dinero.

Comerciaban con plumas de garza: tenían rematados los dormitorios de éstas y nadie osaba competirles. Todos sus muebles o mercancías eran de procedencia europea y llegaban hasta ellos, durante el invierno, en embar­caciones por los ríos Orinoco y Meta.

Tenían una única hija de nombre María de los Ángeles, tan bella como un amanecer llanero, Había estudiado en Bogotá y pensaban enviarla a España a especializarse y lograr así un pretendiente que estuviera a su altura.

Mientras tanto, a orillas del Meta vagaban día y noche, sin futuro, desterrados de sus propias tierras y despreciados por los blancos, los indios Sálivas. Entre ellos se destacaba el Catire José Amalio, un joven alto, rubio, de ojos azules, que a más de ser cacique de tribu, había aprendido de sus antepasados los secretos de las plantas. Por tal razón venían en su búsqueda sus hermanos de sangre los Chiripos, los Quahíbos, los Piapocos, los Tunebos, losBetoyes, los Masiguares y hasta los blancos de lejanos lugares con el fin de solicitar su presencia en la curación de un enfermo grave. Su fama se había extendido por todas partes y él pasaba la mayor parte de su tiempo solo en la montaña, buscando en las plantas los elementos necesarios para su oficio.

Era un hombre solitario, Parecía que la sangre alemana que llevaba dentro hubiera sembrado en su alma la inconformidad y un deseo de superación que quería para él y para su pueblo.

Aborrecía, el rubio hechicero la lucha que sostenían los de su raza con quienes ocupaban las tierras que antes fueran de sus padres. Creía que ella alcanzaba para todos, sin odios ni envidias. Discrepaba del barbarismo de las otras tribus y había tenido enfrentamientos con ellos por defender gentes de su color, pero no de su pueblo. Quería que quienes vivieran en los Llanos formaran una sola familia y perdonaba, aunque no compartía, el hecho de ser tratado por los colonos con desprecio.

Había trabajado en varias oportunidades en La Rubiera, a donde acudió con varios compañeros con el fin de ganar algún dinero, pero no fue así, les pagaron con unos miserables terrones de sal. Aquella vez conoció al dueño de la hacienda y a doña Juana, su esposa.

Una tarde, estando José Amalio en la hacienda, una ‘cuatronarices’ mordió a un caballicero cuando venía del río, Los peones del hato lo rezaron sin ningún resultado. A la media hora el caballicero estaba botando sangre por los poros y mostraba dificultad en el movimiento de sus miembros, tenía afectado el sistema nervioso. Don Antonio le dio un frasco de Curarina y otro de Caribe. Al comprobar que el enfermo seguía aún más grave, y convencido de que una mujer embarazada le había hecho ‘mala sangre’, ordenó no hacerle ningún otro remedio y tener listo un cuero para envolverlo en él y darle sepultura.

El Catire José Amalio al ver el estado de abandono del enfermo, sintió un enorme pesar y pidió permiso a doña Juana para atenderlo. Fueron tantos los cuidados y tan eficaces las pócimas que pocas horas después empezaron a desaparecer los síntomas de envenenamiento ya los pocos días, Andrés, como se llamaba el paciente, estaba completamente bien. La fama de José Amalio creció, Doña juana, a escondidas de su esposo, le regaló una moneda de oro.

Llegó el verano, Desapareció el verdor de las sabanas y las aguas cada día eran menos. El río perdió su caudal y le dio paso a unas hermosas playas. María de Los Ángeles llegó después de un penoso y largo viaje. La fiesta en la casa fue grande. Invitaron a los vecinos que vivían en Mata de Vaquero, hubo peleas de gallos, mamona asada, carreras de caballos, chicha y, en la noche, se dejaron escuchar las notas de la bandola, el requinto, la sirrampla, el furruco y las maracas. Se bailó joropo y se formó el contrapunteo. Una vez terminada la fiesta el hato volvió a su rutina normal.

María de los Ángeles acostumbraba a salir en las tardes a visitar el estero de La Perra, donde se extasiaba allí, contemplando los millares de patos, garzones, garzas de todas las especies y las inmensas manadas de chigüiros que allí se reunían gracias al milagro de las aguas que aún quedaban.

Una tarde de esas encontró una manada de patos carreteros lejos de la laguna. Veloz en su caballo trató de impedirles el regreso al agua y partió la manada, algunos lograron penetrar en el estero y se alejaron nadando plácidamente. Los otros, incapaces de volar porque sus plumas habían sido maltratadas por el excesivo recalentamiento de las aguas, presurosos se refugiaron en los pajonales aledaños. María de los Ángeles desmontó de su caballo y rauda corrió tras ellos. Había logrado coger algunos que iba entregando a sus compañeras. Todo era risas y alegría. Pero de pronto lanzó un grito de angustia: había sido mordida por una serpiente ‘rabo de ají’ al sacar un pato de su escondite. El áspid salió colgando de su dedo pulgar derecho. La joven, presa de terror sacudió la mano, la víbora se desprendió y sigilosa se perdió en la maleza.

Sus compañeras, con dificultad la subieron al caballo y apuraron la marcha. Llegando a la casa cayó de su montura. La peonada que estaba en la caballeriza corrió presurosa. La joven fue alzada y conducida a su habitación, presentaba hemorragia por la comisura de sus labios y dificultad respiratoria. Doña Juana corría como loca.

Con el fin de conseguir medicamentos, despachó un propio a San Miguel de Macuco, un caserío situado en la desembocadura del caño del mismo nombre, en donde tenían sus almacenes los hermanos Cornelius y Franz Speidel, de nacionalidad alemana. Mientras tanto, un viejo llanero la ‘ensalmó’ y se le aplicaron baños con plantas que se decían medicinales. Pero todo fue inútil, pues María de Los Ángeles perdió el conocimiento y la fiebre se hacía cada vez más alta.

Don Antonio, angustiado, no sabía qué hacer, De pronto se acordó de la cura de Andrés, que él atribuía a la Curanna y al Caribe, mandó a su esposa a traerlos y le dieron a tomar. Ordenó salir de la casa a todas las muchachas que él creyó podrían estar embarazadas e hizo retirar aquellas con algún defecto visual, y puso guardia en el tranquero para evitar que llegara gente extraña, con defecto físico alguno, que pudiera hacerle ‘mal ojo’ a su hija.

Al amanecer llegó el propio con los remedios. Le fueron aplicados inmediatamente, pero el resultado no se vió. La muerte parecía rondar en el hato. Todo era silencio, no se oía un ruido distinto al emitido por los animales domésticos y el trino de las aves en un gigantesco bambú. Las brisas del Meta parecían improvisar una plegaria por la recuperación de la niña. Todo esfuerzo parecía inútil. La desesperación reinaba, y la esperanza se hacía cada vez más lejana.

Doña juana, tímidamente se decidió proponerle a su esposo que mandaran por el indio. Tenía fe que él haría el milagro de salvarla, como lo había hecho con Ándrés, el peón del hato. Nada habría podido disgustar tanto a don Antonio como la propuesta hecha por su esposa. Para él el poder medicinal de la Curarina y el Caribe habían salvado a Andrés y no el Catire. Además, él preferiría ver muerta a su hija antes que permitir que un salvaje pusiera su mano sobre ella.

De nada sirvió el llanto y las súplicas, para que don Antonio permitiera la venida de José Amalio, menos aún cuando en esos días los indios habían matado a unas mujeres que estaban solas, lavando en las bocas del caño de La Hermosa. Todos le explicaron que no había sido la tribu de José Amalio, pero no transigió y prometió que si veía al indio en su casa lo mandaría matar, o lo haría él con sus propias manos.

La salud de María de Los Ángeles cada momento que pasaba era más precaria, y en la noche doña Juana tomó la heroica determinación de contrariar las órdenes de su esposo. Mandó llamar a Ándrés y, sin que nadie lo supiera, le dio orden de buscar al indio. Ella tenía fe que su hija se salvaría si lograban encontrarlo a tiempo y si accedía a venir.

Impartió órdenes al emisario sobre la forma cómo debería llegar al hato y tomó las precauciones necesarias para que su hija pudiera ser tratada sin que don Antonio lo supiera.

Andrés partió con presteza, pasó por La Atravesada, tomó la costa del río Yatea y se dirigió con rumbo al Meta. En ‘Matezamuro’ se encontró con una manada de indios y fue informado por ellos del paradero de José Amalio, que por fortuna, no estaba muy lejos. Reinició su marcha y al poco tiempo llegó a las Bocas del Pauto.

José Amalio estaba allí, parado en un barranco, con su arco tenso, contemplando el aguaje de un gran pez. De pronto silbó la flecha al ser despedida y voló rauda en busca de su presa, una enorme cachama que segundos después flotaba sobre la clara superficie de las aguas.

La llegada del mensajero terminó con la faena de pesca. El emisario se acercó a José Amalio, le tendió la mano, lo abrazó e inmediatamente pasó a referirle el motivo de su visita. El Catire no halló inconveniente y, sin esperar un momento, penetró en la montaña de donde regresó al poco tiempo con un manojo de raíces y plantas. Montó en el caballo que Andrés había traído de cabestro y partieron al galope hacia el hato de Don Antonio.

La luna se asomaba en el oriente como una inmensa bola roja. La tarde agonizaba, era la primera noche de menguante. Una constelación de arreboles se retrataba sobre las aguas del Pauto. Las sombras de los jinetes se perdían en la inmensidad de la sabana. El paso de sus cabalgaduras era rápido, y ellos lo querían mucho más, pero la marcha que habían soportado los caballos había diezmado sus fuerzas. El Catire, con el torso desnudo, sus ojos verdes y su cabellera rubia recibía sobre su cuerpo los últimos rayos del sol. Los dos astros, moribundo uno y naciente el otro, competían desde diferentes puntos cardinales, en una sinfonía de luces imposible de describir.

La noche seguía su curso. Mucho antes de asomar el lucero becerrero estaban llegando a su destino. Andrés, durante el camino, puso al corriente a su compañero acerca del peligro que correría si Don Antonio se enteraba de su presencia. Le manifestó que si aceptaba, contaría con el eterno agradecimiento de doña Juana, quien confiaba en él ciegamente.

José Amalio respondió que lo hacía de buen gusto sin importarle el peligro que pudiera correr, pues los dioses y sus hermanos le habían enseñado el secreto de las plantas para hacerle bien al Hombre, que a él no le interesaba el color, sino el dolor de los enfermos, y que si llegaba a morir, ya le había trasmitido sus conocimientos a la persona escogida, y que tal vez así, los blancos algún día entenderían que los indios peleaban por la tierra que les pertenecía, pero que en ella había cabida para todos, que ella era generosa y no tenía preferencias de color ni de razas para entregar sus frutos por igual.

Andrés le pidió al indio que lo esperara mientras él iba hasta la casa a dar aviso. Mientras tanto en La Rubiera seguía la misma angustia. La salud de María de Los Ángeles era cada instante más delicada, sin conocimiento y sólo de vez en cuando daba muestras de vida. Doña Juana esperaba por momentos la llegada de Andrés. Al verlo, le preguntó sobre el resultado de su viaje. Él le informó que el Catire estaba esperando su orden para pasar.

Don Antonio que se había excedido de tragos, se durmió temprano, hecho que fue aprovechado por el indio para entrar sin contratiempos. Inmediatamente pidió unos utensilios que le fueron entregados. Puso sobre ellos unas ramas secas, les prendió fuego y empezó a entonar unos cánticos en su lengua nativa, que parecían lamentos. Pidió que todos se salieran, luego descubrió d la enferma sin dejar de cantar y el humo del brasero cubrió su cuerpo. Llamó y pidió la presencia de Doña Juana, cortó en forma de cruz la parte afectada, aplicó sobre la herida una cataplasma de hierbas, preparo una pócima que dio a beber a María con cuchara, se sentó en el suelo, metió la cabeza entre sus manos y pareció entrar en trance. Duró así, ajeno al mundo, durante largo tiempo, luego permaneció de pie hasta que el cantar de los gallos se hizo frecuente. Repentinamente María abrió sus ojos, los fijó en el indio, y nuevamente los cerró. el Catire la contempló unos minutos más, le pidió a doña Juana que durante el día le aplicara otros medicamentos y le enseñó cómo hacerlo. Les dijo que iría a buscar otras plantas pero que regresaría en la noche, y se perdió en el amanecer pauteño.

Las estrellas cubrían el firmamento. El lucero becerrero mostraba toda su plenitud. José Amalio había avanzado un largo trecho en su eterno trajinar, comenzaba el amanecer y el sol se insinuaba en el oriente. Las aves trinaban, las garzas abandonaban sus dormitorios volando en busca de peces.

El indio llegó a un espeso morichal. Quindó su chinchorro pero no pudo conciliar el sueño. La imagen de la enferma se había metido en tomas profundo de su corazón y éste no acepta barreras de sangre, de color, de religión o de raza. El amor no pide permiso para aflorar como una llama que abrasa con su fuego el espíritu para trasformar al ser humano en soberano o esclavo.

Él sabía lo imposible que era dejar crecer su sueño. ¡Pero acaso era delito soñar! . La amaría en silencio y su vida en adelante le pertenecería por completo si lograba salvarla o, de lo contrario, su recuerdo lo acompañaría mientras durara su existencia.

Se levantó, fue al río, se bañó y pescó con su arco un enorme yamú. Cortó un racimo de plátanos, del que asó algunos, comió y se dedicó a buscar yerbas que creía definitivas para salvar la vida de quien se había constituido en lo más importante para él, halladas éstas esperó, tratando de dormir.

En el hato el día fue más tranquilo. La enferma parecía más calmada, su respiración se había hecho menos agitada y aunque no había recobrado el conocimiento su aspecto mostraba una notoria recuperación. Doña Juana se mostraba llena de optimismo y esperó con ansiedad la noche para que el indio pudiera regresar. En la tarde tuvo de nuevo una leve crisis, pero con los remedios, pronto se sumió en un sueño profundo. Don Antonio se embriagó nuevamente ese día, y como la noche anterior, se fue a dormir temprano.

Andrés fue por el curandero y sin demora regresó con él. Doña juana lo recibió con gran amabilidad. Él pidió ver con prontitud a su paciente, se repitió en gran parte el rito de la noche pasada, fueron cocinadas un montón de yerbas que él había recogido durante el día, una vez satisfecho su pedimento, empezó sus cantos e interpretó una danza desconocida. Tomó un platón, lo puso en el suelo y efectuó sobre el cocimiento un rito extraño. Al terminar, pidió a la señora que procediera a bañar a su hija. Se recostó de cara a la pared, sin dejar de cantar, hasta que se le avisó que se había efectuado lo ordenado, volvió su rostro, fijó sus ojos en María de los Ángeles y así permaneció.

La pobre madre, cansada, quedó dormida en una butaca, El indio seguía sin efectuar ningún movimiento. De pronto la enferma recobró la conciencia, vió al indio y trató de hablarle. Él cerró los labios de la niña con temblorosa mano, Llegó el amanecer. El indio despertó a doña Juana, le dijo que su hija ya no corría ningún peligro y le prometió que volvería en la noche por última vez.  

CONTINUAR  

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