La fidelidad, según me decía Saúl, el Niño
Mentiroso es sin lugar ~ dudas, el atributo más difícil de encontrar en el hombre.
Me decía que leyó hace mucho tiempo un cuento Arabe que hace parte del libro intitulado
Calila y Dimna, y que trataba de un viajero que encontró a un hombre, un mono, una
pantera y una serpiente, en un hueco profundo hecho en la tierra y disimulado con hojas,
para que los animales, para los cuales se había hecho la trampa, no se percataran de su
existencia. Nuestro viajero, al oír los gritos desesperados que daba el humano, se
acercó al foso y, ante las súplicas y promesas de eterno agradecimiento, resolvió
liberarlo de cualquier manera y, de paso salvarlo de tan peligrosos enemigos.
Para lograr su cometido consiguió unos bejucos de gran
tamaño y grosor, los arrojó hasta el fondo, pero fue para él una sorpresa que el
primeto en asirse a él, fue el mono. Resolvió sacarlo; éste una vez libre, se postró
de rodillas ante su benefactor y le juró, por el dios de los animales que mientras durara
su existencia guardaría en su corazón el recuerdo y la lealtad para con su salvador. El
viajero volvió a lanzar la cuerda, esta vez fue la pantera quien la tomo y una vez que se
sintió a salvo, repitió las promesas y los agradecimientos formulados por el simio.
Repitió su acción, líberó la culebra y nuestro hombre
se retiró lleno de temor. Viendo esto el animal le manifestó que nada debía de temer
pues ella sería desde ese díasu esclava.
Una vez libres los tres animales aunadamente le dijeron
al viajero: No saques ni salves ese hombre del pozo, porque no hay entre todos los
seres vivos, nadie tan desagradecido como él. Dijo el mono: mí morada está
cerca de la ciudad, la pantera agregó: la mía está en los bosques que
quedan cerca a ella e intervino la serpiente, para hacerle saber que ella vivía en
las murallas de la misma y todos a la vez le manifestaron que si algún día pasaba por
allí y llegaba a necesitar de ellos, lo hiciera saber.
El viajero hizo caso omiso a los consejos que de buena fe
le daban los animales, y salvó al hombre, este le contó que era un joyero que vivía en
la ciudad, le expresó su agradecimiento y prosternado ante él, prometió que haría todo
cuanto estuviera de su parte para pagarle tan connotado favor.
Pasaron algunos años y nuestro viajero volvió a
transitar por el mismo camino, venía lleno de necesidades, muerto de hambre y de sed. El
mono que vivía en ese paraje lo encontró y solícito se postró a sus pies, el viajero
le dijo que tenía hambre y sed. Nada tengo por el momento, dijo el mono, pero
espérame unos minutos y algo te traeré. Al poco rato regresó con una enorme
cantidad de frutos deliciosos, que entregó a su benefactor haciéndole una prolongada
venia.
El viajero continuó su viaje y más adelante se
encontró con la pantera. Esta al verlo y oírlo le dijo: no vayas a continuar tu viaje
sin esperarme un poco. Dicho esto se marchó, fue a la ciudad y mató a la hija del rey,
le quitó todas sus joyas, regresó veloz y sin ningún comentario se las entregó a su
salvador.
El caminante pensó: si esto han hecho los animales, ¿qué no hará el joyero?:
si es rico me las comprará y si es pobre me las ayudará a vender y repartiremos el
dinero. Lleno de optimismo apuró el viaje y llegó a casa del joyero, este lo recibió
con muestras de alegría y una vez vió las joyas le dijo:
espérame, saldré por un momento de casa a traerte
algo digno de ti, pues nada de lo que tengo vale para poder corresponder a tan grande
favor que me hiciste. El joyero que había reconocido la procedencia de las alhajas,
por habérselas vendido al rey, corrió a palacio y le manifestó al soberano, que tenía
preso en su casa al matador de su hija y que con él estaba lo robado. El rey presuroso
hizo poner preso al pobre viajero y dio una espléndida recompensa al delator. Luego
llamó a su visir y le ordenó que dispusiera la ejecución del malhechor.
El miserable hombre ante tantos sufrimientos, gritaba que
lo tenía merecido por no haber hecho caso a los prudentes consejos de los animales
La culebra que vivía en las murallas de la ciudad, lo
vió, y se llenó d( pena con la suerte de su benefactor y se ingenió la manera de
salvarlo. En cumplimiento de su plan, corrió a palacio y mordió al príncipe en un pie.
El rey lleno de angustia por la vida de su único hijo, convocó a los más connotados
sabios del reino y les dio a saber su desgracia. Estos le dijeron que el único que podía
salvar la vida del príncipe heredero, era ese santo varón que tenía preso por un crimen
que jamás había cometido.
La serpiente valiéndose de mil argucias, penetró en la
celda donde estaba preso el viajero y después de lamentarse de la suerte de su amigo, le
aconsejó que cuando el rey lo mandara a llamar, se arródillara a sus pies, le contara su
historia y le pidiera permiso para ver al príncipe y que una vez en su presencia,
implorara a los dioses que sí era verdad su inocencia, salvaran de inmediato al
principito. El rey haciéndoles caso a sus sabios, mandó llamar al viajero y le pidió
que pasara las manos por la herida de su hijo, como lo habían recomendado los augures. El
mísero hombre prometió hacerlo una vez que el rey se hubiera dignado escuchar su
historia, el monarca accedió, él procedió a informarlo y luego, al estar cerca del
niño, actuó conforme se lo había aconsejado el reptil. El infante se recuperó al
momento, el rey hizo comparecer al joyero y dio la orden de ejecutarlo y despojarlo de la
recompensa para que fuera entregada al noble viajero, agregando una enorme bolsa de oro.
Lo anterior no quiere decir que no se debe hacer el bien,
ni mucho menos. Siempre el generoso debe hacerlo. Pero no debe esperar por ello
agradecimiento ni recompensa. Cuando se hace el bien esperando una prebenda, pierde el
acto todo asomo de grandeza y convierte a quien así actúa en un ser mezquino. El hombre
en cuanto logra lo deseado se olvida, por completo de cómo lo logró, quién fue la
persona que intervino u otorgó lo conseguido, coloca el hecho en el pasado, y fija su
mente y su ambición en una meta más lejana, lograda la cual, pasa a ser como lo
anterior, algo que se tiene y por ello no se desea. La conciencia tiene un precio: ¡el
dinero! y ante él y por él, se traiciona y se vende lo más caro para el hombre, su
familia, su credo y hasta su misma patria. Por eso hay quienes aseguran que no se debe
dar, sino ofrecer, porque la humanidad no vive de realidades sino de esperanzas. El
agradecimiento es una virtud muy escasa en el género humano, algunos hijos, una vez sus
padres se convierten en ancianos, los tratan como muebles viejos,
para los que no existe
lugar dentro de la distribución de un hogar moderno, por tal razón se toman en un
estorbo y muchas veces son entregados a una casa de ancianos. Aquellos no se acuerdan ni
mucho menos agradecen, el hecho de existir, ni miden la dimensión del sacrificio y las
noches en vela que hubieron de pasar sus progenitores al pie de su lecho, cuando una
enfermedad los aquejaba. Todo se olvida hasta la misma razón de la existencia.
No pasa lo mismo con los animales, como quedó demostrado
a lo largo de esta pequeña historia y quedará aún más con el relato que a
continuación haré.
Conocí a un trabajador de mi casa, llamado
Vicente, era un hombre alto y delgado, amante de la cacería y a ella dedicaba todo el
tiempo que le dejaba libre el trabajo y el aguardiente.
Un día en que andábamos en la vega, encontró un
perrito herido, seguramente mordido por un chácharo, tenía gusanos y no podía caminar,
él le trajo agua en su sombrero. El animal tomó en abundancia, luego de saciar su sed,
le lamió las manos a su benefactor y movió la cola en señal de agradecimiento. Con eso
bastó. Vicente se llenó de compasión lo tomó en sus brazos y lo condujo a la casa,
allí lo bañó y le curó los gusanos. Poco a poco el animal se fué recuperando y él se
privaba casi en su totalidad de su ración de carne para dársela a su nuevo amigo.
Encuentro, como le dió por llamarlo, se recuperó y su
salvador creía que la suerte lo había puesto en sus manos para remplazar a Tony, un
hermoso bramador que había muerto víctima de una de las trampas que él acostumbraba a
dejar en las sendas de los animales nocturnos.
Encuentro, salió bueno para la cacería, extraordinario
como compañero, jamás dejaba solo a su nuevo dueño, a donde iba su amo, allí estaba,
dormía debajo de su hamaca, parecía que el noble can entendiera que a él le debía la
vida.
Cuando su nuevo amo se emborrachaba, que lo hacía con
frecuencia, el perríto permanecía por días y noches a su lado. Él por su parte aunque
no comiera, se preocupaba por que el animal lo hiciera. Cuando se caía de borracho, el
perro permanecía a su lado y no permitía que nadie se le acercara, le cuidaba el caballo
y quien trataba de arrimársele se exponía a sus peligrosas dentelladas.
Pasaron vanos meses, tal vez algunos años. Un día
salió Vicente con su perro, y no regresó en la tarde ni en la noche, al otro día, como
a eso de las dos de la tarde llegó el perro, latía lastimosamente y parecía invitar a
los muchachos a hacerle compañía. Nadie le hizo caso, entonces partió de nuevo al
monte, cerrando la noche regresó y tomó a un trabajador de la camisa, lo soltaba corría
unos metros, se paraba, volvía a ver si era seguido y al darse cuenta que no, regresaba
sobre sus pasos y repetía su acción. Al fin lo acompañaron. Encuentro iba adelante, los
condujo hasta la orilla del río donde estaba su dueño muerto. El noble animal lo había
cubierto con hojas para defenderlo de los chulos, al llegar procedió a retirar con sus
uñas todo aquello con que había tratado de tapar el cadáver.
Esa noche durante el velorio tuvieron que amarrar a
Encuentro con un lazo, pues no permitía que las gentes que llegaban se pudieran arrimar
al féretro. Durante toda la noche aulló y se mostraba inquieto y lleno de profunda
tristeza. Cuando sacaron de la casa al difunto para ser llevado al cementerio, la
desesperación del pobre can fue inmensa, luchó con todas sus fuerzas para reventar las
ataduras e ir en pos de los restos mortales de quien fuera su dueño.
Cuando estaban bajando el cuerpo del extinto a la fosa,
llegó el perro, lo tuvieron que detener para que no se lanzara al hoyo. Todos regresaron
a la casa pero Encuentro no, a los tres días el patrón pasó por el cementerio y allí
lo encontró, el animal estaba moribundo no había comido ni bebido. El se desmontó lo
alzó y lo llevó en cabeza de la silla.
En la casa le dieron de comer, escasamente tomó agua y
probó bocado, y en cuanto recuperó sus fuerzas de nuevo regresó a visitar la tumba y
otra vez tuvieron que ir por él. En esta oportunidad lo encadenaron por mucho tiempo,
pues en cuanto se le daba libertad tomaba el camino del camposanto. Con el tiempo lo
hacía menos, pero aún en las tardes sin excepción, iba a escarbar junto a la cruz que
señalaba el lugar donde estaba sepultado su amigo y lo hacía hasta sangrar buscando
desenterrar a su amo.
Encuentro se volvió viejo, había perdido por completo la vista y el oído,
caminaba con dificultad y tropezaba frecuentemente con las cosas que estuvieran en su
camino. Cada día tenía menos fuerzas y una mañana abandonó la casa, el patrón lo vió
y ordenó que lo dejaran, quería saber qué haría el pobre animal. El noble can avanzaba
con dificultad, tropezaba y caía con frecuencia, pero aún así, se fué alejando poco a
poco. En la tarde ante su
ausencia,
salieron a buscarlo y lo encontraron en el cementerio. Había hecho con sus uñas un hueco
enorme sobre la tumba de su amo y dentro de él había muerto. El patrón cubrió su
cuerpo con la tierra desalojada, permitiéndole así permanecer para siempre en compañía
de quien fuera su dueño.
Y
agregó Saúl, el Niño Mentiroso- que desde ese día se ve en el firmamento un
lucero de gran tamaño y junto a él uno muy pequeño y asegura que son los espíritus del
cazador y su perro que vagan eternamente unidos en el infinito.
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