CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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 La Leyenda del silbón

H ace tiempo, mucho tiempo, me decía Saúl, el Niño Mentiroso, que cuando aún no había llegado la civilización al Llano y las costumbres eran poco menos que salvajes, Secundino Quanay, descendiente cercano de la raza Achagua a quien llamaban ‘El Cazcorvo’ por la conformación de sus extremidades inferiores en forma de paréntesis, resolvió dejar definitivamente su oficio de caballicero que había ejercido desde su infancia y le había permitido convertirse en un verdadero llanero, conocedor de los secretos de La sabana, domador de caballos cerreros, diestro como ninguno con una soga de enlazar, agüerista, faramallero, dicharachero y mentiroso, como lo son casi todos ellos. Además de lo anterior poseía una ambición desenfrenada y sentía una enorme envidia por aquellas personas que habían logrado hacer un patrimonio, y todo lo que ellas tenían lo quería para sí.

  Por eso decidió que sería rico a cualquier precio. En procura de ese cometido, le pidió a quien había sido su patrón por muchos años la liquidación de su trabajo. Como jamás había pedido dinero, le fué entregada una buena cantidad de monedas de oro que rechazó, solicitando le fuera cubierta esa suma en ganado y algunos caballos. Su petición fué aceptada inmediatamente,

Como estaban en pleno invierno determinó quedarse en el hato hasta el mes de noviembre y entonces sí, para esa fecha, recibir el ganado.

Pidió unos días de permiso, ensilló un caballo al que llamaba ‘El sute, por haber perdido la madre el mismo día en que nació, a causa de la

mordedura de una culebra y él lo había criado con cáscaras de plátano y leche. Una vez en él, se adentró en la llanura y a los pocos días llegó a un lugar en el cual un caño de abundantes aguas le entregaba las suyas a un río. El paraje era extremadamente bello, pero de una soledad infinita. No había ser humano viviente a menos de seis horas de camino a buen trochar, sin embargo, estaba poblado por toda clase de animales salvajes.

Cerca del sitio que escogió para levantar la rancha y los corrales había una inmensa laguna en medio de un morichal, que lo convertía en un verdadero paraíso en cuanto a paisaje se refiere, pero difícil para ser habitado por el hombre. Había tigres, serpientes de todas las clases y zancudos que tanto de día como de noche constituían un verdadero suplicio. Tal vez por todo aquello a Secundíno le dió por llamarlo. ‘El Rincón del Miedo’, y determinó que allí haría su fundación.

Regresó a Los Canaguaros, que así se llamaba el hato donde creció, y se dedicó a ultimar los detalles que le permitieran, una vez entrado el verano, trasladarse al lugar escogido para llevar sus ganados.

Pensó que lo más prudente era conseguir una mujer que le sirviera de compañera y sirvienta, y en esa búsqueda encontró la que él creyó sería inmejorable: una mocetona de raza tuneba que había llegado al vecindario no hacía mucho tiempo, sin ningún asomo de belleza, cosa que a él no le importaba pues aunque era tuerta, se veía fuerte para el trabajo, tenía una hermana menor de diez años y un hermano de nueve, que le servirían para arrear el ganado. Secundino le propuso que se juntaran. Ella como respuesta, tomó su capotera, depositó en ella la poca ropa que tenía, echó además su chinchorro y le dijo que estaba lista, pero que llevaría con ella a sus hermanos.

Llegó el mes de octubre, disminuyeron las lluvias, y empezaron a bajar las aguas. Los ríos perdieron gran parte de su caudal, lo mismo que los caños, el cielo se encapotaba, las nubes corrían veloces hacia los lejanos cerros, las tempestades eléctricas estremecían la llanura, los rayos y truenos llenaban de terror no sólo a los hombres sino también a los animales. Los truenos eran ensordecedores y los relámpagos, uno tras otro, iluminaban el gris de las sabanas y convertían las palmas reales, maporas y moriches en gigantescas llamaradas, Luego, poco a poco, iban desapareciendo lo mismo que las lluvias, se acercaba noviembre y con él, llegaba el verano.

Secundino recibió algo más de treinta novillas y cinco caballos. Al Sute, le puso una jamuga En un par de ‘chivas’ colocaron las provisiones que creyó necesarias y que estaban a su alcance, para emprender el viaje en búsqueda de su destino.

Partieron al amanecer. El que fuera su patrón había enviado tres hombres para que lo acompañaran durante la primera jornada, tiempo suficiente para que los animales se amadrinaran y fuera más fácil su manejo. Secundino convenció a un mocetón llamado Froilán, de unos diez y nueve años, para que fuera su socio en la iniciada aventura.

Al segundo día secundino le ordenó a Esmeralda, la hermana menor de Asunción, que sirviera de cabestrero. Él y Froilán se colocaron a uno y otro lado de la madrina, como orejeros, mientras que a la tuerta y José, su otro hermano, les tocó en la culata.

Desde ese día comenzó a crecer su rebaño con las desprevenidas reses que encontraban a su paso y que voluntarias y después obligadas, empezaban a hacer parte de su haber. Fue así como al final del cuarto día conducían un poco menos de cien reses, más un macho y una mula que aunque de varios años, le cayeron como del cielo.

Al amanecer del quinto día, dejaron atrás todo vestigio del Llano habitado y se internaron en una sabana bravía, Enormes pajonales jamás horadados por el hombre se perdían en el infinito. El cielo se cubría de colores con el plumaje de las aves, manadas de marranos salvajes, saínos y venados levantaban sus cabezas para contemplar a los intrusos. Más allá, se veía agitar las copas de los árboles, sus ramas parecían próximas a desgarrarse en razón del enorme peso que sostenían, varias docenas de indios guahibos contemplaban el paso de los extraños visitantes, trepados sobre las copas de robustos chaparros,

La marcha con el centenar de semovientes, era en extremo difícil, la tierra cedía con el peso y se enterraban hasta más arriba de las rodillas, los jinetes tuvieron que desmontarse y tomar las bestias de cabestro, para que sin carga alguna, pudieran avanzar, aunque con mucha dificultad. Cuando el sol se perdía en el infinito, llegaron al sitio escogido previamente para la fundación del que sería, en un día no muy lejano, el hato de El Miedo.

Una vez allí procedieron antes que todo, a desensillar sus fatigadas cabalgaduras. El ganado, extenuado por tan largo viaje, procedió a echarse inmediatamente, ellos guindaron sus chinchorros debajo de un espeso y gigantesco palmar, que los defendía del sereno y les serviría de ranchería hasta tanto pudieran construír una casa, que harían en su totalidad con elementos nativos.

El ganado, no obstante la fatiga, no se durmió inmediatamente como era de esperar. Pasó largas horas bramando y tratando de defenderse de las nubes de zancudos. Tampoco lo pudieron hacer los compañeros de Secundino. Era tan grande la cantidad de mosquitos, que al recostar los brazos o piernas sobre la tela del toldillo, centenares de chupadores de sangre aprovechaban para darse un festín con los recién llegados. A más de eso, el ruido de sus alas producían un zumbido permanente y molesto que contribuía a hacer más insoportable la noche.

En el río se escuchaban con frecuencia los coletazos de los caimanes, señal inequívoca de que habían hecho presa de su víctima. Sobre la hojarasca de las riberas, el permanente trajinar de decenas de animales nocturnos. Más allá era perceptible un ruido extraño producido por la serpientes, que las gentes del llano señalaban como ‘el latir de las culebras’, y como si todo aquello fuera poco, el ronquido de los tigres o jaguares estremecía la montaña y llenaba de angustia, no sólo el corazón de Asunción y sus dos pequeños hermanos, sino también el de Secundino y Froilán que temían ser atacados por los gigantescos felinos.

Tan sólo al amanecer les fué posible conciliar el sueño. El ganado y las bestias no pudieron dormir tranquilamente y portal razón, hasta muy entrado el día, permanecieron tendidos y luego perezosamente se pusieron en pie y se dedicaron a pacer.

En la mañana, luego de tomar el café, salió Froilán y cazó tres cachicamos de una especie que sólo hay en las sabanas incultas, y que por ser muy pequeños y negros, se les distingue con el nombre de Corocitos. Los asaron y con algunos topochos que trajeron sobre los lomos del Sute, hicieron parte de ese primer desayuno en El Miedo. Enseguida se dedicaron a cortar madera y palma para construír una rancha de vara en tierra, Por la tarde amontonaron leña para prender hogueras durante la noche y con el humo, ahuyentar los zancudos y jejenes.

Todo ese Llano bravío, era en verdad un espectáculo imponente con miles de aves que vestían el firmamento e improvisaban un canto a la vida, mientras otros animales se paseaban tranquilamente junto a la improvisada vivienda.

El anchuroso río, que en ese comienzo de verano bajaba con sus aguas turbias, representaba una importante fuente de alimentación, bastaba lanzar un anzuelo con una lombriz de carnada y en pocos minutos se tenía un bagre, cachama, agujón, payara, yamú o cualquier otro pez. Pero escondía en su seno enormes peligros: rayas, caribes y tembladores. Los caimanes acechaban en sus orillas. Secundino, conocedor como era del Llano con todas sus costumbres y peligros, les recomendó que no se fueran a meter en él y que para bañarse, lo hicieran con totuma. Antes de las seis de la tarde, sirvieron la comida, que tuvieron que consumir parados y paseándose de un lado a otro, nubes de zancudos y jejenes caían sobre ellos. Antes de acostarse, prendieron las hogueras en lugares tales que la brisa llevara el humo hacia donde estaba el ganado y las bestias, y otra un poco más pequeña, junto a los chinchorros.

Pero no sólo en el río y durante la noche existía el peligro y la incomodidad. Durante el día, las serpientes, los tigres y los indios, que poco a poco, empezaron a merodear junto a la rústica vivienda, eran motivo de preocupación.

Habían traído junto con ellos dos escopetas de fisto, tres paquetes de pólvora ‘Barragan’, algunos más de las .Tres Efes’, fique y plomo. Los tacos se hacían con pedazos de tela vieja. Las escopetas permanecían cargadas, en espera de que fueran necesarias. Pero en realidad las armas que poseían no ofrecían plena garantía para la defensa. Por tal razón, cortaron una vara de brasil y con sus cuchillos, abrieron por mitad una de sus puntas en una extensión de veinte centímetros, introduciendo un pedazo de peinilla vieja en la abertura y luego, con fibra de moriche, la ataron con firmeza, obteniendo como resultado una lanza, instrumento por esa época usado para matar los tigres.

A José y Esmeralda se les asignó la tarea de pastorear el ganado. Todas las mañanas lo encaminaban a una punta de morichal muy cercano en donde lo dejaban que se abriera a pastar libremente y cuando estaba diseminando, lo recogían de nuevo para dejarlo otra vez a su antojo. Al mediodía lo recogían y se iban a almorzar, procurando demorarse lo menos posible, para evitar el extravío de algunas reses. Cuando cantaban los loros, que lo hacían al punto de las cinco de la tarde, lo arreaban para la casa y procedían a encender las acostumbradas hogueras.

Secundino y Froilán se dedicaron a la tarea de acabar de construír la vivienda, echarle pisos de tierra y ponerle soropo para resguardarse del frío y hacer los corrales con macana de cubarro y estacones de guarataro, que se amarraban a los parales con bejucos chílingo y chaparro, muy abundantes en la vega del río.

Nada extraordinario aconteció en los primeros cuarenta y cinco Días. El mes de diciembre estaba ya en su ultima década. El verano se hacía más notorio y con él disminuía un poco la presencia de los zancudos y jejenes. El ganado podía dormir más tranquilo, pero de todas maneras era indispensable prender las hogueras. El río había aclarado un poco más sus aguas. Los caballos habían perdido gran parte de su pelo a causa de la plaga que los obligaba a rascarse frecuentemente con los árboles, no así la bestia mular, que se había mostrado más fuerte y resistente.

Para cazar no había necesidad de ir tan lejos, la cancelaría estaba muy cerca de la casa, pero la harina y el maíz habían dísminuído notoriamente y se hacía indispensable proveerse de nuevo, Un día, apenas aclarando, fueron despertados por los latidos de Coronel y Fielamigo, dos perritos que hacían parte del haber de Secundino. El y Froilán saltaron de sus chinchorros, tomaron sus escopetas y fueron a indagar lo que pasaba. En la orilla del río encontraron una canoa y más allá, escondidos tras un barranco, dos indios semidesnudos que hacían señales amístosas, que fueron respondidas de igual manera, logrando que ellos se acercaran.

El de más edad de los recién llegados, tenía rasgos de mestizaje y hablaba un castellano de muy pocas palabras pero aún así, se pudieron entender. Secundino los invitó a pasar a la casa, les ofreció café y más tarde un desayuno llanero, Ese día se componía de carne de cafuche, arroz, arepas y agua de panela, lo que para los indígenas constituía un soberbio banquete. Comieron con mucho agrado y luego como todos los de su raza permanecieron en un profundo silencio interrumpido solamente para tratar de contestar las preguntas que les hacían los residentes de ‘El Miedo’.

Pasadas algunas horas de su llegada, empezaron a inspeccionar todos los objetos que tenían a la vista hasta dar con un talego que contenía sal. Metieron sus manos y extrajeron una puñada, la devoraron con deleite y luego, mitad a señas y algo en palabras, propusieron que se les diera un poco a cambio de sus arcos y flechas, y de un poco de mañoco y casabe que traían en un improvisado talego hecho de fibra de ‘cumare’. Secundino aceptó complacido, recibió lo ofrecido y les entregó una miserable cantidad que ellos tomaron gustosos. Les prometió que les daría mucho más si le traían mucho casabe y mañoco y si le ayudaban a trabajar. Se comprometieron a ello, prometieron volver con la nueva luna, se despidieron y regresaron a su curiara acompañados de los ladridos de Coronel y Fielamigo que los siguieron hasta el río.

Secundíno había conseguido quién le trabajara sin costo alguno y lo más importante, tendría casabe y mañoco suficiente para reemplazar la ya casi terminada harina. Pero se hacía indispensable viajar al poblado más cercano en búsqueda de algunas provisiones. Tenía algunas monedas de oro que su patrón lo había obligado a recibir previniendo cualquier necesidad, y ese momento había llegado.

En un amanecer salieron Froilán y José llevando las dos bestias mulares con sus respectivas jamugas. Esmeralda quedó sola con el pastoreo. Afortu­nadamente el ganado ya estaba algo aquerenciado y su cuido no representaba mayor inconveniente. No obstante, todos los días había que recogerlo en la tarde y aunque la plaga había disminuido a medida que se acentuaba el verano, no se podía prescindir del humo.

Un día que Esmeralda fue a recoger el ganado para encaminarlo se encontró con la feliz nueva de que dos novillas habían tenido cría, eran los dos primeros semovientes nacidos en El Miedo. Corrió a dar aviso de tan buena noticia a su hermana Asunción y a Secundino, quien acudió con premura a conocer los terneros. Procedió a amarrar los pequeños animales a la sombra de un enorme samán. Así sus madres no se retirarían y ellos en los próximos días, se darían a la tarea de amansar las novillas para el ordeño. Muy pronto tendrían leche como complemento de su alimentación.

Al noveno día de haber salido en la búsqueda de las provisiones, regresaron Froilán y José. Venían de a pié, en las dos bestias mulares traían los encargos y en sus monturas, por iniciativa de Froilán, retoños de topocho, yuca, plátanos y semillas de mango, naranjas, totumos, camazos, ahuyamas, guanábanos y toda clase de cogollos de diferentes flores. Asunción se mostró muy contenta con la ocurrencia de Froilán, no así Secundino que se disgustó Y únicamente consideró útil la yuca, el plátano, y el topocho. Lo demás era una pendejada, pues nadie tenía tiempo de rociar matas, ellos lo que querían era ganado y bestias, lo demás le importaba un carajo. Froilán le replicó que según el convenio realizado para su viaje, él tenía parte en la fundación y que el ganado que habían tomado por el camino les pertenecía a ambos por igual. El nada respondió. Se quedó mirándolo de frente, luego le dió la espalda y comenzó a silbar. Su silbo era largo, agudo, triste y parecía producir un frío de muerte.

Una tarde del verano, a comienzo del mes de enero, mientras el sol se perdía en la inmensidad de las sabanas se iluminaron los montes del majestuoso río. El oriente se vestía en un mundo de arreboles, Poco a poco, parecía brotar de las entrañas de la tierna un enorme disco rojo que esparcía una lluvia de diferentes tonalidades, y que el río retrataba convirtiendo sus cristalinas aguas en un manto de hilos de plata y oro. Los suaves destellos de la luna ataviaban los lejanos morichales y maporas, mientras las sabanas, en esplendente majestad esperaban la noche.  

  CONTINUAR

 
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