CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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El Llano, ayer y hoy

Morichal llanero, susurro de palmas en la canícula veraniega  (Foto:  Juan Jacobo Carrizales Casas) "Arpista manos de oro; por tener sangre llanera lleva música en sus venas"  (Foto:  Constantino Castelblanco)

Una tarde de verano, al final de Marzo, en compañía de Saúl, el Niño Mentiroso, sentados en un barranco de la orilla del río Cravo, contemplábamos morir de la tarde: el sol se perdía en el occidente en medio de colores en los que predominaba un rojo intenso, semejante a un gigantesco cuajarán de sangre.

El llano todo era desolación. Las aves hendían el aire con sus alas. El río agonizaba en la ardiente arena, luchando por llevar sus contaminadas aguas al que antes fuera el majestuoso Meta. Los guamos extendían sus sedientos brazos sobre la superficie del agua. Detenidos sobre sus hojas, flotaban a profusión toda clase de desechos de polietileno y envases de cerveza de todas las marcas, que el moribundo río con sus exiguas fuerzas no era capaz de transportar.

En una y otra orilla se veían los vestigios de desaparecidas plataneras. Los montes que en otro tiempo daban frescor y detenían la erosión habían desaparecido a causa de la tala indiscriminada, hecha por el peor depredador:   el hombre.

Nos pusimos de pie dando la espalda al río. El espectáculo aún era más dantesco, una sabana calcinada cubierta por una espesa capa de ceniza, producto de la quema de sus pastos. La tierra mostraba profundas grietas de desecación a consecuencia del intenso verano.

Más allá se veía una putrefacta charca de lodo, en el lugar donde antes existiera un imponente estero. Las garzas, patos, gallitos de agua, garzones, alcaravanes, güéreres, codúas, chigüiros, venados y miles de especies más que pregonaban con su multiplicidad de colores y gritos un himno permanente a la vida, habían desaparecido por completo, para ser sustituidos por un paraje de desolación y muerte. Los cielos, antes de un límpido azul, lucían cubiertos por el negro de las alas de las aves de rapiña que por centenares se lanzaban sobre los esqueletos de las agonizantes reses que encontraban su final enterradas en el barro, tratando de calmar su devoradora sed.

Por la ribera de un lejano caño avanzaba una candela. Las esbeltas palmeras, luego de ser abrazadas por el fuego, mostraban su tronco renegrido y sus hojas le daban vida a una gigantesca llama que parecía elevarse al infinito para suplicar al creador con su sacrificio ablandara el corazón del hombre y lo enseñara a convivir con la naturaleza.

La escasez de las aguas, la desnudez de las riberas de los ríos, la erosión, la desaparición casi total de los peces y especies animales que antaño poblaban este lugar paradisíaco, me transportaron al Llano que hace mucho tiempo, de niño, conocí. Mi mente se llenó de recuerdos y las palabras fueron aflorando sin control. Mis labios empezaron a moverse, mientras Saúl, el Niño Mentiroso, por primera vez me escuchaba, dejando escurrir por sus curtidas mejillas una lágrima, como homenaje a ese Llano en el que nacimos y en el que hubiéramos querido morir, con sus costumbres y su exuberante belleza, adornado con las flores de Mayo, impregnado por el perfume de los mastrantales, con todas sus especies animales y vegetales, en medio de una paz milenaria, respetando la vida y la naturaleza, para entregar así, a las generaciones por venir, una tierra igual a la que nos legaron nuestros mayores.

Mi corazón y mi espíritu me transportaron a mi infancia y describí el Casanare que por primera vez, retrataran mis pupilas, así:

Nací en un pueblecito enclavado en medio de dos cerros, San Antonio y Santa Bárbara, en un pequeña planicie inclinada, en el mismo lugar que antes ocuparon mis antepasados, los indios Támara, en las últimas estribaciones de la cordillera oriental de los Andes colombianos. Allí donde los cerros parece que doblan sus rodillas ante la majestuosidad de la llanura. Pueblo de calles empedradas, casas e iglesia de arquitectura indo’colonial. Sus habitantes se dedicaron desde épocas inmemorables, al cultivo del café,   traído a esas tierras, según el historiador Liévano Aguirre, por el padre Gumilla. Así pues, mis primeros años trascurrieron en medio de copos de algodón y del perfume de los cafetos en flor, rodeado de un ambiente austero y religioso, fruto de las enseñanzas impartidas por los curas jesuitas y posteriormente, por los Agustinos Recoletos.

En las tardes subía al cerro de Santa Bárbara, que se levanta sobre la superficie del poblado algo más de doscientos metros, y desde donde contemplé por primera vez el Llano.

Mis ojos se extasiaron ante la inmensidad de un paisaje, para mí ignoto. El verde de sus pastos, sus montes lejanos, las cintas plateadas que de lejos semejaban sus ríos, me indicaron que allí estaría mi futuro.

Apenas me pude sostener sobre los lomos de un caballo, mi padre me llevó a su hato denominado ‘La Reserva.’

Por Pore penetré a la llanura. La brisa agitaba las crines de mi pinto, cuyos cascos horadaban por primera vez la tierra que amo más que todas las cosas que existen en el universo. Me embrujé en su inmensa lejanía, me deslumbró el talle de las palmeras. La sabana se perdía en el lejano horizonte, miles de cabezas de ganado pastaban tranquilas y libres, en donde no existían cercas. El cielo era cubierto en pequeños intervalos por bandadas de patos reales, güiriríes, caretos, carreteros y zumbadores que se alejaban para dar paso a bandadas de garzas blancas, rojas, rosadas, paletas, morenas, coclíes, tantas y tautacos que vestían el cielo con una policromía imponente.

Un concierto de trinos era perceptible en las copas de los árboles que nacían en las riberas de los caños y ríos, gracias al milagro de las abundantes aguas con que el Creador regaló nuestra tierra.

A medida que me adentraba en la llanura, me embriagaba aún más de Paisaje, de paz y de quietud impresionantes. No existía el temor, había seguridad para la vida. Nacer y morir era apenas lo natural.

En la tarde, cuando el sol se perdía en un mundo de arreboles, llegamos al hato, con una casa de palma construida a la orilla de un caño de abundantes aguas, corrales y potreros. Al desmontar de mi caballo corrí de un lado a otro. No podía dar crédito a tantas y tan bellas cosas que durante ese día habían Contemplado mis ojos.

Pero fue mayor mi asombro cuando se iluminaron los montes del Canuare con un fenómeno desconocido hasta ese momento para mí: Sobre la copa de los árboles apareció la luna menguantina en medio de colores imposibles de describir, mientras los arrendajos, turpiales, mirlas y un sinnúmero de aves saludaban al naciente astro. Bandadas de garzas pasaban presurosas, en busca de su cercano dormitorio, más allá, se escuchaba el canto del paujil y la pava montañera. La luna seguía, lenta, iluminando con su tenue luz la infinita quietud de la noche.

Se dormía con las puertas abiertas sin ningún temor. Si de noche latían los perros y se sentía que llamaban en el tranquero, se pensaba en el vecino que solicitaba un favor, o en un cansado viajero que requería posada. El Llano era un remanso de paz, un paraíso sin límites. Sus gentes, de una conciencia elemental y simple.

Al día siguiente conocí El Esterón de los Fuentes, cercano a las instalacio­nes de la finca; me negaba a aceptar lo que vejan mis ojos: confundidos con dos o tres centenares de reses se veían dos o más docenas de venados, compartiendo con patos, garzones de todas las especies, gallitos de agua, garzas corocoras, morenas, chumbitas, paletas y con un inmenso rebaño de chígüiros, las abundantes aguas. Los alcaravanes levantaban su vuelo y amenazaban caer sobre nosotros, creyendo en peligro sus polluelos. Los güéreres, aguaitacaminos y murrucos, huían a nuestro paso.

En una banqueta cercana al estero, dos caballos padrotes se disputaban una potranca: sus dentelladas, coces y relinchos interrumpían la infinita quietud del paisaje. Más allá, dos toros criollos, retorciendo sus cuerpos, avanzaba el uno sobre el otro en actitud desafiante. Con los remos delanteros se echaban tierra sobre sus cuerpos y con su pitar a manera de clarín, parecían pregonar que cada uno era el dueño absoluto de la vacada. Al fin se trenzaron en ardua lucha, entrelazaron sus cuernos y midieron sus fuerzas. Luego, se separaron algunos centímetros y con insólita violencia, moviendo su cabeza de uno al otro lado, lanzaban escalonadamente sus cachos buscando romper con ellos la frente de su contrincante. Por fin, uno de ellos empezó a retroceder, volvió su cuerpo y emprendió veloz carrera, dejando escuchar un bramido de derrota al reconocer la superioridad de su émulo.

En los montes de los caños y ríos había árboles de guarataro, algarrobo, caracaro, floramarillo, caruto, cañafistol, samán, yopo, laurel, aceite, guamo, yarumo, palmas, moriches, saray, maporas, cubarros y en fin, de todas las especies nativas; dándole frescor a su idílico entorno y escondiendo en su seno lapas, saínos, chácharos, cafuches, marranos salvajes, puercoespínes, gallinas de monte, pajuíles, pavas montañeras, guacharacas, pumas, terribles jaguares zorros, morrocoyes y venenosas serpientes.

Las abejas anidaban en los huecos de los árboles, de donde se trasladaban a la casa, acomodándolas en troncos secos o en calabazos. Las Quanotas, pintadas y Cumayes, se terminaron con la invasión de la abeja africana, peligrosa para hombres y animales. Todo ese mundo de belleza desapareció. El Llano está delimitado por una maraña de alambrados. Hasta los micos, ardillas, guacharacas y palomas pasaron a hacer más nutritiva la dieta de las gentes que, en avalancha, llegaron de los cerros en busca de un pedazo de tierra para vivir.

Conocí manadas de bestias cimarronas, perseguidas incansablemente por los dueños de hato. Salir a la sabana significaba volver con cinco o más cachicamos. A las hembras se les daba la libertad. Los esteros estaban llenos de galápagas; tos ríos y caños, de terecay y tortuga. Hoy, ¡nada de eso queda!.

Tampoco ha escapado el folclor: muchos golpes llaneros han desapareci­do. La tiradera, los corazones, los morrocoyes y algunos más se fueron para darle paso al vallenato, el merengue antillano, al rock ya toda clase de música moderna. Ya no son famosos los bailes de angelitos, ni la chicha, el guarruz y los buñuelos en Semana Santa. Toda la generosidad, hospitalidad y gallardía de sus gentes se ha perdido en el tiempo.

La costumbre de arrebiatar la soga a la cola del caballo, vieja costumbre llanera, fué sustituída por hacerlo a cabeza de silla, el tremolear el rejo para enlazar, por el chipiado; el cabo de soga de cuero de ganado, por el nylon, la silla vaquera, por chocontana, mesacé o galápagos; el acomodas el caballo, por el potrero. Desde luego, muchas de las cosas con que se reemplazaron las viejas son de incuestionable bondad.

Los viejos como yo, añoramos todo aquello que se fué para siempre. Pero por sobretodo, toque constituía el ser llanero, sinónimo de honradez, bondad, respeto, veracidad, amor a su Llano, a la patria, a sus símbolos y a la naturaleza. Todo, o casi todo, se ha perdido. Comprendo que, dentro de un proceso de desarrollo, todos los cimientos de tas culturas se conmueven. Pero es doloroso que, quienes en alguna oportunidad hemos ostentado poder, en Una u otra forma, culpables como somos, en menor o mayor grado, del estado de desculturización y corrupción de nuestras gentes, no hayamos hecho lo suficiente por evitarlo, ni mucho menos por defender nuestra fauna y nuestra flora, nuestro folclor y nuestra cultura.

Es hora de que nuestros gobernantes obliguen a quienes toman en canales, venas rotas de nuestras cuencas hidrográficas, aguas con fines agrícolas, las vuelvan a sus cauces sin contaminación alguna, para que no se mueran los peces, ni de sed los que antes fueran imponentes ríos.

Nuestros legisladores están en mora de presentar un proyecto de ley, creando una reserva o parque Nacional, para defender y multiplicar las especies en vías de extinción. Así se ha hecho en los países desarrollados y en aquellos lugares ha vuelto a florecer la vida y les ha permitido a las generaciones de hoy, conocer lo que un día conocieron sus mayores. El desarrollo y la civilización de los pueblos no pueden ir en contravía con la conservación de los recursos naturales.

Pero nadie, absolutamente nadie, hace nada por nuestro Llano. Y lo peor es que el pueblo perdió la fe en sus gobernantes y está convencido, con razón, de que quienes llegan al poder sólo lo hacen para enniquecerse, pero no para buscar el mejoramiento del hombre como tal, que es, por esencia, la obliga­ción de quienes están encargados de conducir los destinos de un territorio. Los mandatarios del futuro deben procurar que el pueblo vuelva a creer en ellos y así, conjuntamente, emprender una cruzada, aunados en la búsqueda del progreso, pero viviendo en armonía con la naturaleza.

‘¡Chico!’, me interrumpió Saúl.

“¡Esas vainas que dice usted son la punta verdá y me llenan de tristeza! No joche, cuña’o, to’esa carajá es cierto, ípero que podemos jacer!. Ya to’o cambió-pa’ bien o pa’ mal, pero de to’as jormas jamás golverán a ser lo mesmo qui’antes. Yo me recuerdo cuando se iba a trabajar llano: el dueño’el hato, salía p’uai a los vecindarios y le avisaba a la gente pa’ que jueran a ayudale. Siempre se convidaba a los que eran más facurtos con una soga, que supieran tratá bien la remonta y que no jueran faramayeros. A más d’eso debían ser probaos pa’ montar un cabayo machiro, que supieran nadar y que no le tuvieran miedo a un toro, ni a trueno, ni aún al mismo mandingas.

El llanero dí’antes, sí que en verdad lo era, no como los patiquines di’hoy, que dicen que son puntos crioyos, pero no saben qu’es un nudo moreno ni pa’ que si’usa, mucho menos un Botón, un riñón, un medio riñón, o un nudo’e suerta, tampoco la lazáa que si’usa pa’ guind’á la colgadura, ní’an siquera echar en nudo de anzuelo, no saben que’s una cachera, ni como se lajea un noviyo. Yo que sí sé a ‘onde es que ponen las garzas y de qué color son los güevos dí’una baba. Le voy’echar una historia de cómo era un trabajo de yano, así como los jacía mi taita que tenía más güevos que un terecay macho.

El día anterior ar convenío pa’ empezá los trabajos, se madrugaba a matá una res, que si’había achica’o a pat’epat’e palo el Dia’ntenior. Se componía la carne, si era tiempo de invierno, en tasajo y, si nó, la mayoría en cecina. El encarga’o de pic’á la res cogía la punta del mono, la doblaba, y en el lugar onde yegaba er garro, se metía el cuchiyo, claro qui’atravesa’o pa’ pode’le rompé la vena al bicho, luego se procedía a quitale la piel, primero por un la’o y el sacador de carne casi siempre empezaba por la pierna, sacando primero el poyo, luego en herradero, la purpa negra, la chocozuela y luego sí, la pateta. Cada cortá’ debía de ser pu’el sitio señalao, por la pegadura de las presas y, si no era bien trujano, se yevaba un buen rajatablas der blanco.

Los güesos se picaban a lo largo pa’ pode’los componé más fácil, Luego se procedía a salá la carne, y los piones le preguntaban al salador que si no había tao esa noche de frondio, cogiéndole la entre pierna a la mujé’, porqu’entonces, la carne se apichaba.

  CONTINUAR


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