CUENTOS, MITOS Y LEYENDAS DEL LLANO
Getulio Vargas Barón
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La tertulia de la italiana

Polvareda por huella deja la vacada en libartad bajo el cielo llanero.  (Foto: Juan Jacobo Carrizales Casas) Jinetes de sol perdido vadeando las aguas que quedan del verano  (Foto:  Juan Jacobo Carrizales Casas)

En un día de invierno me encontraba en el cafeteadero La Italiana en compañía de mi ‘consejero espiritual y literario’ el ingeniero Julio Pineda, sabio al cuál no se le ha construido aún su merecido pedestal, pues así lo señalan sus muchas cualidades, tales como: cultor de una crítica bien orientada, defensor insobornable de las buenas costumbres, esposo ejemplar y viejo verde, que en compañía de su camal y contradictor amigo Alfredo Mesa, conforman, según ellos mi único patrimonio electoral, hasta que mi conducta lo amerite.

Tratábamos animadamente sobre los últimos aconteceres políticos y económicos de nuestra común tierra, mientras en el oriente el vetusto cerro de los Venados perenne guardián de la ciudad, se cubría con un penacho de negras y huracanadas nubes, y en el señorial parque los árboles que dan frescor a sus visitantes, improvisaban al influjo del viento una turbulenta y recia melodía, presagio ineludible de tormenta.  

El agua empezaba a caer en gigantescos goterones, cuando conjuntamente vimos avanzar hacía nosotros a un hombre totalmente vestido de negro. Llegó hasta nuestro lado, era ‘Saúl el Niño Mentiroso’ lo invitamos a compartir un café y él entre sorbo y sorbo de la negra y aromada pócima para responder a nuestra inquietud del por que de su vestimenta? haciendo gala de su mente imaginativa nos contó la siguiente historia:

‘Había en este pueblo una familia con varios hijos que era extremadamente pobre, trabajaban sin descanso pero sus pocos ingresos apenas les permitía una vida llena de penurias, pero aún así sobrevivían y hasta les alcanzaba para prodigar a sus pequeños una mediana educación.

En las noches y por muchos años hacían durante ellas, un sin número de planes para el día en que tuvieran suficiente dinero, pero con la misma facilidad que los elaboraban eran cambiados, para ser sustituidos por otros, no sin antes haber llegado a acaloradas discusiones en razón de la proyectada inversión de su anhelada riqueza.

Vivían en una vieja casona de pared de tapia pisada heredada de los padres de ella. Un día en que el buen hombre logró unos ingresos fuera de los usuales, y tras de muchas discusiones, que los llevaron casi a terminar con el sagrado vínculo matrimonial, decidieron tumbar las viejas paredes que estaban por venirse a tierra y construir allí una pieza que les permitiera vivir con un poco más de comodidad.

En procura de lo anterior .madrugó el sufrido consorte y adquirió en un almacén una barra de hierro y después de quitarle el goteroso techo a su vivienda, empezó su ardua tarea. Luego de varios días, y cuando estaba por dar por terminado su oficio, dentro de la gruesa pared, !Oh, milagro de Diosl ‘encontró una botija llena de morrocotas’.

Como es apenas lógico, empezó la disputa sobre lo que se debía hacer con el precioso tesoro. Ella opinaba trasladarse a Bogotá para venderlo en el banco de la República, él era partidario de enterrarlo mientras conseguían un comprador, pero ambos discrepaban sobre la cantidad que debían pedir por cada una de las monedas, luego de repetidas y acaloradas discusiones y de golpearse mutuamente resolvieron dejar una moneda de muestra y el resto enterrarlo.

El diligente hombre no volvió al trabajo, ni se te ocurrió ponerle un techo provisional a su vivienda, quedando todos a merced de la lluvia y obligados a dormir en un rincón, a los pocos días empezó a faltar la comida, los niños lloraban frecuentemente, pero ellos no se molestaban, pues todo su tiempo lo dedicaban a su objetivo. Luego de ofrecerlas y de recibir igual número de propuestas, fueron vendidas a un ciudadano americano que se las pagó a un precio razonable.

Con el dinero en efectivo vino la consabida discusión, ella era partidaria de comprar una casa y dotarla con los más modernos elementos, él quería comprar una finca y dedicarse a la cría de ganado. Ella aceptaba hacer parte del gremio ganadero pero únicamente en ¡o referente a la ceba, y como ni llegaban a ningún acuerdo proponían de nuevo otras soluciones. Por fu aunaron ideas: pondrían el dinero en los bancos a interés y luego de discutí en cual lo harían, decidieron investigar cual de todos ofrecía mayores ventajas.

Mientras tanto los niños que carecían de comida no dejaban de llorar preocupados por ellos, fueron a consignar el dinero, en cuya tarea demoraron toda la mañana, por fin lo lograron y por primera vez tuvieron el mismo propósito sin discutir, dejarían una buena cantidad de pesos para comprarle comida y regalos a sus hijitos. Llegaron a la recién construida vivienda llenos de felicidad y optimistas de su futuro, pues por fin habían logrado entre ambos una determinación, de ahora en adelante nada les faltaría ni a ellos ni a sus hijos. Pensando en la cara de felicidad que pondrían sus pequeñuelos al ver tanta comida y tan bellos regalos, abrieron las latas de zinc que hacían de puerta, todo estaba en silencio, los dos niños estaban recostados a la pared, fueron a despertarlos, los llamaron repetidas veces los movieron y por fin se dieron cuenta que habían muerto.

Consternados y sin entender el por que de la muerte de sus hijos, decidieron llamar a un facultativo para saber la causa del fatídico desenlace, el galeno examinó los delgados cuerpos y conceptuó que ‘habían muerto de hambre’.

Esa es la causa de mí vestido negro pues quiero acompañarlos en tan doloroso trance acotó ‘Saúl el Niño Mentiroso.

Al momento de despedirse el popular cuentero, uno de mis contertulios anotó ‘eso pasa cuando llega un dinero a quienes no están acostumbrados a manejarlo y no esperaban tal riqueza sino en sueños y por tal motivo no habían hecho la adecuada planeación’.  

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