EL TORO NEGRO PATORREAL
Como todas las historias, los cuentos llaneros nacieron a
la luz de la luna, bajo la sombra de las palmas a orillas de un río, o cobijados por las
frondas de un gigantesco matapalo que servía de albergue a los trabajadores de llano, en
las fechas señaladas para efectuarse las vaquerías. Una vez pasada la comida se dirigía
la peonada a ocupar sus hamacas o chinchorros, en medio de risas, chanzas y bromas. Se
comentaba allí las experiencias o aconteceres en las faenas ganaderas de los diferentes
hatos, y el llanero, hombre dado a la exageración, dejaba volar su imaginación
convirtiendo detalles insignificantes en gigantescos a veces, con caracteres de tragedia,
y en algunas otras oportunidades, en fábulas en que era difícil distinguir lo real de lo
imaginario.
Oí de boca de Saúl, la historia del toro negro
Patorreal, cuyas raíces se confunden en un mundo de realismo, costumbrismo y
mitología, enmarcadas en un paisaje de belleza y poesía.
A orillas de un río, de los de tantos que bañan las
sabanas casanareñas, el Catire Melecio, un llanero bragado, de caballo machiro y
toro parao, bueno para tirar un lazo a costa de monte, amansar caballos, componer
carne o atravesar un río, y lo que es más raro encontrar entre las gentes de Llano,
faculto con una pala, hacha o barretón. Decidió el Catire fundarse en un enorme viso,
donde se contemplaba la inmensidad de la sabana o al caer de la tarde, desde el barranco,
las cristalinas linfas del Ariporo y el aguaje de los pejes jugueteando entre
dos aguas.
Cuando el Catire sentu sus reales haberes en aquellos
parajes, allí no existía vivienda alguna en muchas leguas a la redonda y abundaba en la
sabana el cachicamo, el marrano cerrero, el venado, el chigüiro y en los esteros, patos
carreteros, güiriríes, caretos, zumbadores, reales, y en el monte el tigre, el cafuche,
el saíno, la danta, el picure, la lapa y el paujil. En tales condiciones no era necesario
sacrificar una res para la carne.
El trabajo, la constancia y la dedicación dieron con el
tiempo sus frutos y de un pequeño rebaño nació El Viso, que tendría derechos de
posesión en grandes extensiones de sabana, ocupadas por miles de cabezas de ganado vacuno
y caballar, a más de varios centenares de cerdos.
La casa, que en su totalidad había sido construida con
materiales producidos en la región era, además de confortable, bella. Especialmente su
techo de palma, unida vena a vena, que la hacía fresca y acogedora.
No fue fácil para el Catire lograr ese capital. Cada
parte del mismo fue producto de trabajo, honestidad y de toda clase de privaciones. Muy de
vez en cuando salía al pueblo, pues quedaba a una enorme distancia del hato y sólo la
necesidad de adquirir las provisiones indispensables lo llevaban a él. Esta oportunidad
la aprovechaba para tomarse unos tragos y cortejar a las mujeres más bellas, luego
regresaba a sus habituales costumbres.
Así fueron pasando y pasando los años, sin percatarse
siquiera que ya sus cabellos habían cambiado de color y que sus fuerzas no eran las
mismas, a pesar de ello, su voluntad de trabajo no había disminuido en absoluto. Fue
entonces cuando empezó a sentir el peso de los años y se fue apoderando de él una
extraña soledad, que lo llevó a tomar la determinación de buscar una compañera. No
duró mucho esa búsqueda, pues en un baile para celebrar el día de Angelitos, los ojos
negros de una morena se fueron
metiendo en su corazón. Y aquella niña de quince años, que antes había pasado para él
desapercibida, se convirtió en obsesión, que lo llevó a visitar a sus futuros suegros,
quienes vivían en el raudal del Tautaco, para pedir su mano.
Un
a vez que les fue
explicado el motivo de la visita, no hallaron ellos inconveniente alguno y se procedió a
fijar la fecha del traslado de Rosa Linda a la casa grande, no sin antes haber recibido
del generoso yerno quinientas novillas de tres años, como muestra de aprecio y para
reparar de algún modo la pérdida de la negra.
A los dos años, de ese matrimonio nació un niño,
catire como su padre y llanero como él, quien heredó su nombre. Este creció fuerte y
poco a poco adquiriendo todos los secretos del Llano, amó sus sabanas, sintió el embrujo
de sus atardeceres y, parado junto al barranco, se extasiaba viendo morir el día en el
azul de las aguas ariporeñas que más tarde, al aparecer la luna, reflejaban sus rayos de
mil tonalidades en la diafanidad de la corriente.
Aprendió a manejar el arpón y la flecha que usaron sus
lejanos antepasados e interrumpía con ellos el aguaje de los coporos olas cachamas, al
recibir la verada con punta de acero, en su plateada anatomía. Apenas con doce años
poseía la destreza heredada de su progenitor. Enlazando o toreando un cimarrón, nadie lo
aventajaba. Aprendió a organizarlos trabajos de vaquería, tenía la seriedad de su
padre, amaba la naturaleza y se sentía profundamente orgulloso de haber nacido en
Casanare.
Pero el viejo Melecio determinó que sería bueno para el
muchacho enviarlo a estudiar a la capital de la República, y aunque la separación le era
dolorosa, la aceptó con resignación con la esperanza de hacer del catire pichón, un
profesional que ameritara la familia y luchara por su llanura, abandonada desde antes de
los tiempos.
El viaje a Bogotá fue el primero para ambos. Para llegar
a Pore gastaron algo más de tres días. Para Melecio pichón fue todo un espectáculo
contemplar desde muy lejos la majestuosidad de las montañas, no había oído hablar de
ellas y al estar cerca, le parecían inexpugnables. Se imaginaba que si lograba
coronarlas, sería sacrificando sus uñas, con las que tendría que asirse,
incrustándolas en la tierra o en cualquier saliente, para vencer lo que él consideraba
casi un imposible. A pesar de ello y sin ningún menoscabo de su integridad personal,
llegaron a Támara, un pueblo de calles empedradas y casas de teja de barro que le
parecieron feas al joven viajero y la hicieron añorar su amado Viso. De allí salieron
rayando el día, llegando a la quebrada de Aguablanca, donde pernoctaron. Empezaron a
sentir frío y al empinarse la montaña, se hizo más intenso. Luego durmieron en Minas,
al siguiente día en Chípaviejo y empezó el paso del páramo.
Entonces el viejo Melecio le contaba cómo sus bisabuelos
lo habían cruzado hacía muchos años, casi desnudos, animados en participar en una
guerra que él no sabía si la habían ganado, porque los pocos que regresaron de ella
llegaron más jodidos de lo que se fueron. Por fin llegaron a Socha y conocieron los
carros, cuya estructura les pareció cosa de magia, que no podía venir sino del mismo
diablo. Trabajo le costó al viejo convencer a su hijo de encaramarse en semejante
adefesio.
Llegaron a Bogotá donde dejaron las alpargatas compradas
en Pore, para zampar los pies en zapatos. Era como meter en una cárcel. A pesar de ello,
cojeando y con vejigas, recorrieron muchos almacenes para comprar la dotación, eso sí,
de la mejor clase, pues nada le parecía caro al viejo con tal que su hijo estuviera bien
vestido. tina vez matriculado el muchacho en el mejor colegio, regresó el viejo a su
tierra.
Pasaron varios años durante los cuales el joven
demostró su interés por el estudio, pero de ninguna manera disminuyó el amor a sus
padres y a su Llano. Durante sus vacaciones visitaba el hato y se entregaba a remplazar a
su anciano padre en todas y cada una de las labores. Demostró ser una persona capaz de
manejar el inmenso capital que su padre amasó con tan singular esfuerzo.
El Catire viejo seguía trabajando sin descanso. En una
faena de vaquería, los peones no podían amarrar un toro barroso cachigacho que se había
adueñado de un floramarillal y que, al tratar de enlazarlo, había corneado el caballo
del caporal, causándole la muerte instantánea. Disgustado el Catire, por lo que él
creyó incapacidad de la peonada y acordándose de sus viejos tiempos, tomó el tiro de
soga arrebiatado, corrió veloz con el fin de darles una lección de cómo se trabajaba un
toro parado: se le acercó de frente, le dio vuelta a su castaño, lo obligó a recular
hasta un límite que rayaba en verdadero peligro, logrando que el cimarrón arrancara con
todas sus fuerzas buscando ansioso el cuerpo de su enemigo. Lo esperó aún más y cuando
el animal bajó la cabeza para asestarle la cornada, le metió los talones a su bestia,
que salió como impelida por una fuerza extraña. Él, volteando su cabeza para vigilar
las intenciones de la fiera y haciendo gala de su destreza, le arrojó el lazo
amarrándolo de media cabeza, dejándole libres las dos orejas como lo hacia Quachamarón.
El barroso no desistía en alcanzar al veloz castaño, pero este demostró ser el mejor de
la madrina y rápidamente separó su cuerpo de las peligrosas puntas del astado, que fue
sobreenlazado, maneado y castrado.
Se retiraron los jinetes y uno de los
vaqueros procedió a jalar la cadeneta, dejando libre a la fiera, que.embistíó con toda
su furia al caballo de su primer captor, con tan mala suerte que el castaño se enredó en
un zuro y rodó por tierra, quedando su jinete debajo y recibiendo todo el peso del noble bruto.
Allí los alcanzó el toro y
corneó al Catire brutalmente, tino de los vaqueros
desenfundó su revólver y
disparó toda la carga. El cachigacho cayó mortalmente herido, pero ya la vida se había
escapado de quien fuera uno de los mejores llaneros. Sería desde ese día en adelante una
leyenda que conocería toda la Llanura.
En El Viso todo fue confusión, llanto y angustia. Los vecinos enterados del
doloroso acontecimiento se trasladaron a la casa grande con toda su familia, para expresar
su pesar a Rosa Linda y acompañar al Viejo Catire a su última morada. Los mensuales y
caballiceros repartían sin descanso, aguardientes tabaco y chimú. Se oró y lloró mucho
y más tarde se sirvió una ternera a la llanera, al atardecer del día siguiente se le
dio sepultura a la sombra de unos enormes mangos, sembrados por el finado cuando fundó El
Viso, así lo había querido con el fin de contemplar desde allí sus sabanas y ver morir
la tarde, retratada en el que fuera su amado río. Se rezó durante nueve noches el santo
rosario y en la última se dejaron oírlas notas del cuatro, el arpa y las maracas. Y con
el calor del baile, la música y las coplas, le llegó un joven y nuevo amor a Rosa Linda.
Al Catire pichón le enviaron un mensaje telegráfico desde Moreno, en el
cual se le informaba de la dolorosa tragedia y se le solicitaba no interrumpir los
estudios. Difícil sería explicar el dolor que sintió el joven por tan trágica noticia.
Su padre lo había sido todo para él. Su conducta y su ida serían el camino a
seguir durante toda su existencia y juró terminar sus estudios como lo había querido su
viejo, para luego dedicarse por completo a conservar y aumentar, si esto era posible, la
ya importante riqueza.
Llegó el verano y con él las vacaciones. Melecio viajó en bus a
Villavicencio, de allí, tomó un avión que lo llevó a Moreno, donde lo esperaba un
mensual enviado del hato con el fin de que le tuviera listo el caballo en que se
trasladaría al hato. Por el camino, Cirilo, como se llamaba el encargado de encontrar al
estudiante, le contó que la señora estaba próxima a contraer matrimonio con el
caballicero mayor y que sólo estaban esperando su llegada para tomar una determinación y
fijar la fecha del casorio.
Además, comentó que habían vendido algunas reses y que si no había sido
mayor su número, se debía a un enorme toro negro Patorreal que apareció en
el rodeo de Matarrala, nadie lo conocía, pero tenía el hierro y la señal del hato y
andaba de rodeo en rodeo. En el último trabajo había corneado varios caballos. En la
fecha fijada para entregar una madrina de más de mil machos, como a eso de la media
noche, en el momento en que
estaba haciendo su aparición la luna menguantina, junto a la
tumba del finado, se escuchó pitar un toro. Llegó y empezo a escarbar, tirándose tierra
por el lomo. El ganado encerrado empezó a remolinear, pasó frente a la casa, se paré en
el tranquero y pité con más fuerza. La peonada empezó a sentir un terrible miedo, y
fueron varios los que confesaron que tenían los pelos de punta. Luego,
partió para el corral. La torada se mostró inquieta y empezó a mugir como cuando van a
barajustar.
Hilarión, el caballicero mayor y caporal de trabajo, dió orden de ensillar
los caballos para ponerle velador. Lo estaban haciendo cuando corrió un brisote que se
fue haciendo cada vez más fuerte y que amenazaba con tumbar las casas y arrancar los
árboles de raíz. El toro no paraba de pitar, se oyó un terrible ruido, chirrié el
alambre y se produjo la estampida, el corral resultó destruido y quedaron varios animales
muertos, destrozados por las pezuñas de los demás.
Al tercer día de haber partido del pueblo y al caer de la tarde, como una
cinta de esmeraldas, se proyectaba la montaña. Lejos, en el horizonte, se distinguían
los mangales, señalando el sitio donde su padre había fundado hacía mucho tiempo a El
Viso. La tarde declinaba con el sol perdido en la inmensidad de la sabana, mientras del
lado opuesto el cielo se cubría de arreboles y una gigantesca mancha roja parecía bañar
en sangre las montañas del amado Ariporo. Al aparecer la luna, las maporas se iluminaban
con su luz mientras el cielo llanero se vestía de mil colores, en un espejismo
indescriptible de luces, de plumas, de gritos y de trinos.
Agonizaba el día y las sombras de la noche empezaban a cubrir las sedientas
sabanas con su túnica de quietud y de misterio. Un atardecer llanero plasmado por los
pinceles de los dioses, que no logró distraerlos pensamientos del Catire, fijos en los
recuerdos de su padre y en el problema de los devaneos amorosos de su madre.
El latir de los perros y los gritos de Rosa Linda vinieron a sacarlo de su
mutismo. Por fin estaba en El Viso. Se desmontó, abrazó a su madre y contestó el saludo
de los trabajadores tendiéndoles la mano a cada uno. Sin esperar más, del jardín
hogareño cortó las más bellas flores, se dirigió a la tumba de su padre y se
arrodillé junto a ella. Sus labios se movían imperceptiblemente. tina plegaria elevada
al Altísimo salió de lo más profundo de su corazón. Transcurrido un largo rato, se
levantó, colocó sobre la tosca cruz de madera el ramo y, sin hacer comentarios y
precedido de su
madre, pasó al comedor. Allí indagó por cada detalle de la muerte del
viejo, de su entierro Y sobre la forma como se estaba manejando el hato, señalando en su
momento que a partir de ese instante se haría cargo de su administración.
La luna iluminaba la noche llanera. Parecía que fuera un amanecer, los
talles de las palmeras Y moriches se movían cadenciosamente al influjo de las brisas que
llegaban del anchuroso Meta. Serían las doce de la noche. el Catire había guindado su
chinchorro bajo un inmenso matapalo que extendía y ahogaba con su follaje a un gigantesco
samán. De pronto, en la lejanía, pité el negro Patorreal, y con el trascurrir del
tiempo se hacía más potente claro y alegre, el tañido emitido por sus potentes
pulmones. Cada vez se escuchaba más cerca el tropel de miles de cabezas de ganado.
CONTINUAR
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