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UN
SUEÑO LLANERO
1. EL MENSAJE
1.1 PARA EL QUE LLEGA
En repetidas ocasiones y
casi obsesivamente el retorno al problema vital de las comunidades del Orinoco invoca
reflexiones nuevas respecto a la identidad, las huellas, las raíces, el ancestro.
Y son muchos los
intelectuales que en el extenso territorio aludido divagan en sus poemas, pinturas,
esculturas, crónicas y ensayos por los adustos vericuetos y dilemas de lo regional,
contrapuesto a lo nacional y a lo universal. El hombre común también divaga. Este, que
parecería ser un problema de las grandes concentraciones, hijo del cosmopolitismo, es
también un asunto regional, por el impacto de una constante colonización en unos casos
ligada al desarraigo violento en la región andina, en otros movida por la economía del
arroz y recientemente de la palma, en su gran medida por las decisiones estatales sobre
Reforma Agraria, particularmente en el Ariari Medio (Avichure y Canaguaro) y a partir de
1975, impulsadas por el tremendo poder económico que generó el auge de las empresas
coceras del Meta (Macarena) del Guaviare y parte del Caquetá por los lados del Yarí y
del Vichada, llano adentro.
Así, grupos humanos de
todos los rincones dc Colombia se asientan en el Orinoco como pueden. Unos como
parcelarios del Piedemonte Alto, otros como colonos, unos de vegueros o de conuqueros,
muchos en los tugurios que crecen en las ciudades, unos cuantos como empresarios que con
el tiempo y su esfuerzo y el de sus trabajadores acumularon riqueza para fugarse a la
capital, otros con sed de oro y de petróleo por Arauca, Casanare, Meta, Vichada y
Guainía.
Otros Colombianos, que
desertaron de la posibilidad difícil de un avance socioeconómico por las vías de la
democracia representativa, decidieron radicar sus huestes en territorios del Duda y del
Guayabero (FARC y EPL), amparados por la selva y por la colonización histórica, del Alto
y Bajo Ariari, por las riveras del Guaviare (FARC y EPL), por las sendas del Tuparro
(FARC) y por el piedemonte Araucano (FARC y ELN). Es la guerrilla histórica que desde
hace varias décadas se desplaza por estos horizontes poco poblados, sumidos en el atraso
y con una ausencia total de los servicios y acciones del Estado.
Esta gama nacional, al
viajar hacia su nueva posibilidad vital perdió mucho en el camino: carrieles, ruanas,
ponchos, paisaje y rutas montañeras, fondas camineras, cultivos maiceros o de chontaduro,
naipes y dados, canciones bambuqueras y de serenata, tiples y guitarras, el escapulario,
mitos y leyendas, secretos de abolengo y raza. Algunos conservaron el sombrero como
símbolo.
La nueva tierra les otorgó
la amplitud del horizonte, caballos, la vaquería, nueve meses de invierno, paludismo, sol
y luna, el Arú viento del Llano, el río explayado, otra fauna y otra flora, otros
secretos, otros mitos.
Y como en todo encuentro
cultural en el llano, el ritmo criollo comenzó su artillada defensa, su delicada misión,
su inconstratable predominio. La fuerza de su expresión recia y romántica se impuso.
Contrastó la timidez de quien está en corral ajeno con la energía y poderío del gallo
en su patio, un patio amplio y generoso, difícil de cultivar y de trabajar con las formas
del ancestro andino o costeño. Y así, sucesivamente, todos se fueron preñando de llano;
sólo con verlo llegaban juntas las erecciones y los coitos del espíritu acongojado por
la huida.
Ahora soy un Llanero
costeño, también un Llanero de Antioquia, un cundilianero de pueblo, un tolimariari, un
chollano, un vallano, un casaboyaco, un arausanto, un tollano.
Y aunque estamos grávidos
de Orinoco y llano, pondremos la pata en el suelo cuando lo cantemos y bailemos sin son de
guate, o cuando sepamos que el código natural para quien habite el Llano, ha de ser el
joropo, que es mucho más que un ritmo, como lo dice este trabajo.
1.2. MENSAJE PARA EL LLANERO
Los Llaneros tuvieron
progenitores que llegaron de otros lados y se mestizaron con nativos de estas tierras, de
las familias lingüísticas Arawak y Chibcha. Eran jiraras, betoyes, tunebos por los lados
del Arauca; Achaguas por el Casanare, Vichada y Meta en los límites con el Vichada; por
San Martín y San Juan de Arama en las zonas del Guayabero y del Ariari estaban los
Guayupe, Sae, Churoya, Mitúa, Tama, Camonigua, Openigua; en la selva abajo del río
Vichada también habitaban Achaguas y Piapocos; en las sabanas de transición en el Meta
se asentaban también los Piapoco; y el Nororiente dc Vichada estaban los Sáliba, los
Otamaco y los Chiricoa. Los Sálibas también visitaban el Casanare en riveras del Meta,
por Orocué.
Los grupos Guahibo o
Chiricoa también se conoce como Cuiva, Sikuani y Aimorúa, pero a todos en general se les
denominó Guahibos y más propiamente Guajibos.
Los únicos pescadores eran
los del nororiente del Vichada. La mayoría cazadores recolectores nómadas; los asentados
en Arauca, Casanare y en los ríos mencionados del Meta cultivaban la tierra, sin ser
sedentarios.
Los Achaguas y Piapocos
siempre fueron cultivadores, tanto los asentados en la selva, como los de las sabanas.
Estas características
facilitan en Casanare principalmente el establecimiento de las más prósperas unidades
productivas de la colonia en los llanos, la cual fué base del encuentro racial, del
surgimiento del criollo y de la aurora de su nueva cultura, la del joropo: Las reducciones
de los Jesuitas. Así, los acentos casanereños pueden ser más Achaguas que muchos
acentos de herencia de los Betoyes o de los Chibchas (Tunebos) de Arauca, porque en la
cultura popular o en la sabiduría popular (demosofía) existen matices bien marcados,
aún dentro del mismo contexto.
El poblamiento criollo del
Meta -en la era colonial- ocurrió más por los lados del sur del Meta que por el
Guayabero o el Duda, a pesar de la antigüedad de San Martín y de San Juan de Arama,
quizá por la presencia de las fiebres y la lejanía a Santa Fé o a Tunja. También,
creemos, porque el tipo de parroquia (Reducción) fué distinta entre los jesuitas, los
franciscanos y los dominicos. Los jesuitas no llegaron a San Martín ni a San Juan. En
estas condiciones, los grupos indígenas mencionados conformaron la base real sobre la
cual surge el llanero en el violento y feraz encuentro étnico del siglo XVI.
En el avance del tiempo,
este mestizaje inicial del cual surge el llanero, viene a nutrirse de uno nuevo bajado del
altiplano cundiboyacense y de Santander por varios motivos: el destierro de muchos
criollos patriotas a partir de la Revolución de los Comuneros, hasta 1819, el envio de
gobernantes y funcionarios con sus familiares hacia los llanos, el empuje de las empresas
de la quina, la dedicación de los misioneros.
A partir de 1850 se nota un
auge sustantivo de la economía llanera y son muchos los hacendados del Oriente de
Cundinamarca, de proximidad a Sogamoso y Tunja, de la provincia de García Rovira en
Santander, muy vecinas a los llanos, que fundan allí haciendas ganaderas. Al final del
Siglo XIX muchos entuertos coloniales de la tierra se han resuelto y el Estado promueve e
incentiva la emigración hacia estas tierras, o envía prisioneros a Acacias y Restrepo,
colonias penales de entonces.
Por último se hallan las
migraciones colonizadoras del Siglo XX cuyo origen es más político, a diferencia del
económico del siglo XIX (1830-1899), y muy parecido al de finales del siglo XVIII y
comienzos de la pasada centuria que culmina con la derrota del imperio español en 1819.
El tránsito de las
migraciones masivas casi siempre tiene connotaciones violentas. Jamás el desarraigo
aluvional ocurre por querencias. Desde el acarreo brutal de las razas negras descuajadas
del Africa, hasta el sometimiento y cuasiexterminio de los aborígenes. Desde las
persecuciones políticas del Virreinato y las renovadas violencias partidistas de los
años 50, hasta las modernas masacres de las extremas en los años 80 y comienzos de los
90, en el presente siglo.
Ante todo ello y a pesar de
ello, la flor del hombre llanero construyó un modo de ser, su forma de cantar, la manera
de ver lo hermoso de la tierra y particularmente el proceso del trabajo que se forjó en
la vaquería y montando a caballo, una cultura, su propia e indeleble huella. el joropo,
único estandarte eficaz contra la desnaturalización de las comunidades del Orinoco, un
epicentro sobre el cual gira la cultura popular de la región e irradia un sentido de
pertenencia en esas tierras, de esos hombres y sus circunstancias.
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