BAQUERO NARIÑO, Alberto
Joropo: Identidad llanera
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PROLOGO

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Durante la década de los ochenta se publicaron unos setenta libros sobre los llanos colombianos que tratan la historia regional, la evolución socioeconómica, la producción poética, el ensayo, la narrativa. Este balance es altamente promisorio si se toma en cuenta que los autores son hombres y mujeres de los llanos que se echaron al hombro el compromiso de tratar los asuntos de la "Terra Nostra" por fuera de patrocinios oficiales y al calor de un entusiasmo que no ha sido de buen recibo entre los altos sanedrines de las letras nacionales y los depositarios de la verdad revelada.

Con anterioridad a los años ochenta, apenas sí se conocía una producción episódica y salteada de autores no llaneros que incluía los incunables de Gumilla, Rivero, Cassani y Humboldt; los recuentos geográficos y etnográficos de Brisson, Delgado, Restrepo, Fabo y Cuervo Márquez, y las daimonianas ficciones de José Eustacio Rivera y Rómulo Gallegos. En ese larguísimo período no hubo de parte del raizal testimonios escritos sobre la sociedad en formación pese a existir una rica tradición oral de "corridos" y cuentos hilvanados con intencionalidad didáctica

¿Por qué reaccionan los escritores llaneros en los años ochenta? La violencia generalizada de mitad de siglo, alteró por completo la organización social y económica de corte pastoril y tipo patriarcal que operaba en los llanos. Numerosas familias se ven obligadas a buscar los centros urbanos para sobrevivir al desastre y muchos jóvenes toman contacto con otra forma de cultura y con la educación formal. La "revolución" de los cincuenta empezó a decantarse como hecho político y del análisis de los factores aparecen tímidos bocetos sociólogicos que desembocan en la búsqueda de diferentes vertientes del pensamiento para analizar, sin consuetas de por medio, las raíces y los acentos de la llaneridad.

Alberto Baquero Nariño es uno de estos exponentes. Riguroso, cerebral, metódico, ha venido cuestionando en su ya extensa obra literaria la cultura del despojo que se gestó en el llano desde la llegada de los primeros arcabuceros del Rey hasta la oleada empresarial de nuevo cuño que viene desarraigando al mestizo plánico de todo lo noble y digno en un arrebato de positivismo redivivo que el autor tilda de "capitalismo salvaje". En su condición de rector de la Universidad Tecnológica de los Llanos, en Villavicencio, (1986-1988) Alberto creó y sustentó un movimiento doctrinario llamado "La Alcaravanidad" para hacer frente a las expresiones del conformismo secular que atan al raizal de los cuatro cabos frente a la rampancia del poder económico y político. Huelga decir que la lucha fue muy desigual y que Alberto retornó al laboratorio macondiano de sus libros sin haber podido probar las virtudes de imán pero —eso sí— con el valor y la fe intactos.

De nuevo en la palestra con la obra "Joropo, Identidad Llanera", el profeta de la alcaravanidad retoma sus ideas señalando que el faro y norte de la llaneridad se encuentra en los ancestros del joropo, tal como el africano se reconoce de cuerpo entero en el camdombé o el eslavo en el lejano rastro del kazachok.

Pero es indispensable partir de una base: antes que música y danza, el joropo fue una institución social del medio rural y, más en concreto, del hato llanero. La errancia del peón (atavismo imperfecto del indígena nómada y recolector) se orientaba hacia la casa del anfitrión que organizaba el convite con motivo de un acontecimiento religioso o profano. Concurrían los hateros vecinos con hijos e hijas "en edad de merecer" y se daba paso a un ritual social: entrega de armas (el dueño de casa era la primera autoridad), presentación de desconocidos, requiebros a las muchachas, encuentro de cantores, musica, baile, libación, cierre de tratos y negocios y comida... mucha comida. Estas prácticas, advertidas en toda la comprensión llanera de Colombia y Venezuela, respondían a una necesidad de integración de gentes que vivían aisladas, mas no como un desfogue orgiástrico, malsanamente interpretadas así por autores despistados. Estas reuniones sacaban indemnes la hospitalidad, la firmeza de la palabra empeñada y la sociabilidad indiscriminadora del llanero.

Ahora bien, qué tipo de música y qué clase de instrumentos se empleaban para ejecutar esa música en las fiestas del hato? Ese es otro problema. Para llegar a esta cuestión es preciso rastrear los orígenes de la música llanera.

Hay un hecho incontrovertible, tan incontrovertible que aún se puede demostrar a la luz de la vivencia: la música indígena de la panamazonia es fundamentalmente ritualista e imitativa por excelencia de la naturaleza próxima. Las ejecuciones del aborígen no se orientaban, ni se orientan, a exaltar la capacidad del individuo como autor o ejecutante sino a reverenciar un poder superior para atraer sus beneficios sobre la tribu. Es música animista hecha por una sociedad colectivista. El hombre se hace individualista en la medida en que los medios de producción le permiten ser autosuficiente.

El mestizo llanero fue, por definición, un aislacionista porque llegó a ser autosuficiente. Hoy no lo es porque la sociedad de consumo le creó nuevas y traumáticas necesidades.

El hato llanero de principios de este siglo, con excepción de los artículos donde interviene la metalurgia, podía producirlo casi todo: alimentos, edificación, drogas, menaje, prendas y miscelánea de consumo. "En esta casa —me decía un viejo llanero araucano- no usé ni un clavo ni una cuarta de alambre!". Orgullosa autosuficiencia!

La presencia del negro africano en los llanos de Colombia fue mínima si nos atenemos a los datos de los cronistas. En sus épocas de apoco el hato jesuita de Caribabare apenas sí llegó a contar con 18 esclavos, y el de Macuco con 6. Caso contrario ocurrió en el alto llano de Guárico, donde se formaron rochelas al estilo de los palenques de Colombia, como lo refiere José Antonio de Armas Chitty en la historia de ese Estado venezolano.

Si en el caso colombiano se descarta la procedencia del joropo de la génesis aborígen y negroide, es necesario buscarla entonces en la matriz española y, sin reatos de conciencia por el facilismo que comporta, en la índole de Andalucía, cuya historia —ya lo ha escrito Zapata Olivella— se hunde en los tiempos de Tartessos, ciudad-estado a la vera del Guadalquivir que gustó de los toros y la música en jacaranda mucho antes de que los españoles bailaran una jota.

"Pero es que entre los jesuitas que evangelizaron el llano colombiano no hubo andaluces", se puede argumentar con validez. Esto es cierto como también lo es que los curas Observantes de Granada y los Capuchinos andaluces si desarrollaron un papel de primer orden en la aculturación del indígena llanero venezolano. Posiblemente aquí se presenta el sincretismo cultural. Y siguiendo la hipótesis, vale la pena recordar que bajo las administraciones de Guzmán Blanco numerosos hateros del llano venezolano emigraron al colombiano y se establecieron prósperamente en Arauca y norte de Casanare. Allí encontraron un mestizo, un paisaje y un modus vivendi que en nada diferían del suyo propio y allí prendió, por generación espontánea, la música y la danza traídas del otro lado del Arauca.

Esta obra ofrece un panorama analítico más dispuesto hacia lo español como un patrón íntegro que a lo Andaluz como la única huella matriz. Es decir, también Andalucía, pero también Castilla, Navarra, Galicia, etc.

El elemento negroide en la música llanera está representando en la percusión rítmica impresa con las maracas, la cual también puede marcarse con el furruco, la carraca de vaca etc. porque no es el instrumento sino la periodicidad la que marca el ritmo.

En otros apartes la presente obra nos concede la razón en esta apreciación cuando señala que en Villavicencio y San Martín se desconocía el joropo que, a través de la academia y los festivales, popularizaron los cultores araucanos. Es que las cabeceras del Meta y los asientos del Ariari se mantuvieron ex-órbita de la influencia venezolana.

Pero hay otro hecho: el joropo tuvo una célula geosocial germinativa pero en los tiempos presentes en un aire binacional: el llano es una unidad geográfica y cultural perfecta que, según Roncayolo, sólo se ve escindida por formulismos políticos.

Pasemos ahora a otro punto. De qué argamasa surgió ese poema libertario, vibrante e insumiso que es la letra que se canta en el joropo? Ramón y Rivera señala como primer filón los galerones ultramarinos que se ponían en contacto con las tierras campas venezolanas a través de la Guaira y Cumaná. También estarían los cosmopolitas "corridos" o "corridillas" que se conocían en Méjico y en el Mar del Plata. Y, finalmente, la más versátil de las composiciones llamada Copla que parece tener cuna en las endechas mozárabes.

La copla es repentista, intuitiva y muy a propósito para el cantor relancino; el corrido es argumental, temático y mejor dispuesto para la disquisición. La gran innovación que se introdujo al joropo actuó en dos sentidos: emplear el arpa en la ejecución y tomar cadencias del vals para elaborar el pasaje. Este tipo de composición surgió con esplendidez pero involuvionó y dió lugar a corruptelas que han desfigurado el valor folclórico por su ramplonería y su afán comercialista.

Alberto se duele con sobrada razón de los nuevos "aires" que se vienen adueñando del llano al amparo del "capitalismo salvaje" que todo lo carcome y todo lo salpica. Y propone —erguido sobre la alcaravanidad— rescatar las instituciones más caras y genuinas para que la etnia llanera se convierta realmente en alternativa de cambio en un país que dialécticamente agotó sus argumentos, y estratégicamente melló sus espadas.

Eduardo Mantilla Trejos

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