Biografía de Marco Palacios

Semblanza de un universitario

Marco Palacios (Bogotá, junio 13 de 1944) estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Libre de Colombia, Bogotá, y en 1970 recibió el título de Abogado. En el 2013, con motivo del 90° aniversario de la fundación, su Alma Mater le concedió la Orden Benjamín Herrera en el Grado Gran Cruz Gens Nobilis, como Egresado Ilustre. En 2016 COLCIENCIAS lo reconoció como Investigador Emérito de Colombia.
Gracias a una beca México-Unesco realizó estudios chinos en la Maestría del Centro de Estudios Orientales, actual Centro de Estudios de Asia y África, CEAA, de El Colegio de México. Se incorporó al Centro de Investigaciones para el Desarrollo, CID, de la Universidad Nacional de Colombia, UN, en donde investigó la Alianza Nacional Popular, ANAPO, que sirvió de base al ensayo El Populismo en Colombia, Ed. Siuasinza, Bogotá, 1971. Obtuvo una beca del St. Antony’s College de la Universidad de Oxford y en 1978 recibió el doctorado (D. Phil Oxon). Ganó el Research Fellowship del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres para el año 1977-1978. Invitado por el Centro de Estudios Internacionales, CEI, de El Colegio de México, se incorporó a su planta docente en 1978.


A comienzos de 1983 el Presidente Belisario Betancur (1982-86) lo llamó a trabajar directamente con él en asuntos de política internacional y, a la vez, asesoró la sección cultural del Banco Popular que incluía la Casa Museo de San Jorge y su extraordinario fondo arqueológico, así como una prestigiosa colección editorial.


En mayo de 1984 grupos de estudiantes e instigadores habituales libraron con la Policía enfrentamientos muy violentos en predios de la Ciudad Blanca de Bogotá que llevaron al “cierre” de la Universidad; como era usual forzaron la renuncia del rector. En campaña electoral Betancur había prometido que la UN no se cerraría más puesto que de 1974 a 1984 se habían cancelado unos 10 semestres académicos por este tipo de “cierres”. La pérdida social era inconmensurable y el prestigio de la UN rondaba el cero. Parecía como si el campus de Bogotá estuviese en manos de grupos de violentos, pequeños traficantes de droga y seudo-revolucionarios. Ante semejante situación, inesperadamente para él, el Presidente lo designó rector en agosto, tres meses después de los acontecimientos que habían llevado al último cierre y le prometió todo el apoyo gubernamental en aras de volver a una normalidad firme. Palacios aceptó el encargo con la idea de que la tarea podría realizarse en un lapso de 18 meses a dos años que, por demás, era el tiempo que aguantaban los rectores.


Para que lo académico fuese el centro de la gestión rectoral, desplazando el “mantenimiento del orden público”, había que formar un amplio consenso de las comunidades universitarias alrededor de una política de cambio radical; nada fácil. En ese empeño tuvo la fortuna de encontrar un grupo de destacados profesores de la UN, comprometidos a fondo con el proyecto académico y que aceptaron conformar un nuevo cuadro directivo. Mencionarlos será un riesgo porque la memoria siempre es tenue y a veces antojadiza y muchos quedarán por fuera. El equipo rectoral obtuvo amplio apoyo interno para emprender drásticos cambios en el plan urbanístico de la Ciudad Blanca y reformas en el régimen académico. Así, por ejemplo, se creó la Vice-Rectoría de Estudiantes y Bienestar Universitario encargada, entre otras funciones, de administrar un elaborado sistema de préstamos-becas que sustituyó las viviendas y el servicio de dos cafeterías enormes ubicadas en el campus; clausuradas, se transformaron en instalaciones académicas, deportivas y administrativas. En noviembre de 1985 la rectoría ofreció el Diagnóstico para un Reforma Académica y Administrativa de la Universidad Nacional de Colombia, documento- guía de la gestión y que sirvió a posteriores administraciones en sus propósitos de cambio.
Normalizada la vida universitaria, restaurado el prestigio social y académico de la UN, el presidente Virgilio Barco (1986-90) le pidió continuar en el cargo; además, lo integró a un Comité ad-hoc que trabajó con el mismo Presidente para reorganizar el Archivo Nacional y dotarlo de unas instalaciones adecuadas. Así se sentaron las bases del actual Archivo General de la Nación: su edificación, organización, instalaciones físicas, así como el modelo básico para la Ley General de Archivos del año 2000.


A mediados de1988 Palacios renunció a la rectoría; en cuatro años se había logrado lo principal: estabilizar y restablecer los calendarios académicos que, por fortuna, así continúan, y “reconciliar la Universidad y la Sociedad”, como señala un pergamino que le entregó el Consejo Superior Universitario. Entre los diversos factores que explican esos logros uno muy importante fue la recuperación de los espacios físicos que estimuló un ambiente universitario de autoconfianza y optimismo mesurado, apto para reafirmar el Ethos académico y de servicio al país. Así se abrieron los primeros doctorados en la historia colombiana, en el área de Ciencias Naturales y surgieron nuevas carreras como Cine y TV. Para balancear tanto las áreas del conocimiento como las relaciones entre docencia e investigación se crearon el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI, y el Centro de Estudios Sociales, CES, en la Facultad de Ciencias Humanas. También se constituyó la Empresa Editorial Universidad Nacional. Con apoyo presidencial fue posible recuperar un área de terreno en Leticia y el otorgamiento de la licencia correspondiente para que la Universidad tuviera Emisora propia, que dio sus primeros pasos. Además, se negoció un nuevo Estatuto Docente, más comprensivo que creó un sistema de bonificaciones por mérito y permitió el año sabático de los docentes y se estableció la Vice-Rectoría de Manizales para reconocer y fomentar la expansión y alta calidad de las actividades en esa importante Seccional, como entonces se llamaban las actuales Sedes.


El período fue un semillero de iniciativas. Verbigracia, en el Seminario Internacional sobre Educación Superior y Medio Ambiente, promovido en 1985 por PNUMA-UNESCO, evento apoyado por la UN, el rector se comprometió a integrar la dimensión ambiental en los programas de investigación y docencia. Para el efecto se formó un Comité de Área de Estudios Ambientales conformado por profesores de Bogotá, Medellín, Manizales y Palmira. Después de surtir diversos trámites universitarios el proceso terminó felizmente en 1989 con la creación del Instituto de Estudios Ambientales, IDEA.


Palacios regresó al país en 1989 después de cumplir una estancia de investigación académica en Madrid y el Presidente Barco le pidió ponerse al frente del Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior, ICFES. Uno de los primeros objetivos administrativos era superar el enorme rezago en la ejecución de un importante préstamo internacional (BID-ICFES) destinado a dotar de laboratorios modernos a las principales universidades públicas del país, lo que se realizó en corto tiempo. Se propusieron y desarrollaron políticas intervencionistas, muchas impugnadas ante los tribunales por el poderoso sector privado pero avaladas por el Consejo de Estado; buscaban mejorar la “eficiencia, calidad y equidad” y superar fallas evidentes en la educación superior del país, sistema en pleno crecimiento, aunque eran evidentes los rezagos de la matrícula de las universidades públicas frente a la las privadas. Con el correr de los años algunas de esas propuestas terminaron transformándose en: (a) el Sistema Nacional de Acreditación, SNA, y (b) el sistema de evaluación de estudiantes universitarios que en un comienzo se llamó ECAES.


Cumplida la tarea, renunció a mediados de 1990 y obtuvo una cátedra Edward Laroque Tinker en el Departamento de Historia de la Universidad de Chicago para el Fall Term de 1990. De entonces a la fecha ha sido ininterrumpidamente profesor e investigador universitario, inclusive cuando el Consejo Superior Universitario de la UN lo designó rector para el período abril 2003-abril 2006. Desde el momento que anunció que se inscribiría en la lista de candidatos a la rectoría conforme a las normas de la consulta interna, (el mismo día que asistía en Madrid a la gigantesca manifestación popular contra la Guerra de Irak) fue objeto de vilipendio y estigmatización por parte de sectores de profesores y estudiantes. Así, por ejemplo, se le impidió exponer sus puntos de vista en auditorios de la Facultad de Ingeniería, (Bogotá) el Auditorio de la Sede de Palmira y el Auditorio León De Greiff de la Ciudad Blanca (de allí tuvo que huir protegido por guardaespaldas de la UN). Designado rector, se organizaron agitaciones callejeras y dentro del campus de Bogotá así como en la Sede de Palmira. En dos semanas la agitación cedió. El nombramiento fue demandado ante los juzgados de esas dos ciudades y, finalmente, llegó a las altas cortes del país; en diciembre del 2003 el Consejo de Estado y la Corte Constitucional fallaron de modo que Palacios fue ratificado en la rectoría.


Aunque los sectores que se sintieron desplazados atizaron ambientes de inestabilidad y pugnacidad extrema, y forzaron el entredicho judicial, desde el primer momento el nuevo equipo de rectoría (que al inicio de la gestión ni siquiera tuvo acceso físico a las oficinas, encontrando breve asilo en instalaciones de la Biblioteca Luis Ángel Arango) propuso una ambiciosa reforma académica que debía superar el escollo de esa enseñanza recargada, libresca y enciclopedista que había sido detectada en el mencionado Diagnóstico de 1985. La UN se estaba convirtiendo en una de esas instituciones que “enseñan mucho” pero los estudiantes “aprenden poco”. Los dos pilares de la reforma eran: (a) los principios contemporáneos de la universidad investigativa y (b) los de aprendizaje permanente, el aprender a aprender humboldtiano, principios contrarios, además, a las prácticas gremialistas establecidas. Así se adoptó el sistema de créditos curriculares y el acortamiento de los ciclos de pregrado a cuatro años. Simultáneamente se expandió la oferta en todos los ciclos y programas de posgrado, creándose nuevos. Consecuentemente, y venciendo fuertes resistencias corporativas, la UN aceptó el sistema de acreditación de sus programas.


Para enfrentar la grave crisis generada en las áreas de la Salud Humana debido al cierre injustificado y muy prolongado del Hospital San Juan de Dios, por iniciativa de la rectoría la UN adquirió con recursos propios predios e instalaciones aptos para establecer su propio Hospital Universitario, localizados en el Centro Administrativo Nacional, CAN, muy cerca de la Ciudad Blanca. El Hospital ha tardado en hacerse realidad, debido en buena medida a resistencias y apetitos internos, de arriba y abajo, en la jerarquía administrativa. Pero, principalmente gracias al tesón de muchos docentes y estudiantes de la Facultad de Medicina, parece salir adelante.
Con argumentos legales y de orden práctico Palacios persuadió al Gobierno Nacional para que traspasara a la UN: (a) el edificio de la Hemeroteca Universitaria Nacional; (b) las instalaciones del Centro Cultural Jorge Eliécer Gaitán y los archivos del eminente político, quien fuera egresado y profesor de la Facultad de Derecho; (c) el Claustro de San Agustín, joya arquitectónica que data de la primera parte del siglo XVIII, que hoy día sería propicia para realzar las ceremonias solemnes y avanzar en la proyección social, académica y cultural.


Pese a todo esto, la “universidad investigativa” es una idea incómoda que marcha en contravía de los criterios dominantes en los gobiernos latinoamericanos, incluidos los de Colombia, adeptos a los dogmas de educación pública de bajo costo por estudiante, que no toman en cuenta ni la calidad, ni la equidad, ni los efectos sociales en largo plazo. Los desacuerdos del rector y el Gobierno fueron in crescendo al punto que en febrero de 2005 demandó ante la Corte Constitucional secciones de la Ley del Plan Nacional de Desarrollo (2003-2005) que lesionaban la autonomía presupuestal de la UN. La Corte falló en favor del querellante como puede consultarse en la sentencia C-926/05.
Cumplidos dos años de gestión, aprobado un nuevo Estatuto General, quedando para aprobación un nuevo Estatuto Académico (lo que se efectuó el 4 de mayo) y puestas en marcha las regulaciones urbanísticas de la Ciudad Universitaria que facilitaban una mejor integración con la ciudad de Bogotá, Palacios renunció irrevocablemente a la rectoría en abril de 2005.


Quizás ante los desacuerdos anotados, el Gobierno consideró que más valía mantener un interino en la rectoría. Contraviniendo la normatividad de la UN y las leyes generales del servicio público que establecen que los interinos no pueden serlo por más de tres meses, lo dejó en el cargo todo un año, lapso en que empezaron a diluirse los impulsos de cambio institucional autonómico.
Las dos gestiones rectorales de Palacios y las políticas que adelantó en el ICFES estuvieron marcadas por el estilo de conformar y trabajar con equipos directivos. Por su alcance y consistencia unas y otras han sido controversiales, aunque no siempre en el espíritu crítico moderno, ajeno a las prácticas de lapidación y descalificación. En sus papeles personales Palacios guarda un copioso registro fotográfico de la violencia simbólica ejercida contra él, plasmada en muros y paredes de la Ciudad Universitaria, especialmente en el bienio 2003-2005, ante la cual la comunidad académica mantuvo el más absoluto silencio.


Quizás en un futuro próximo, cuando la UN dé el “adiós a la guerra”, pueda reflexionarse sobre victimizaciones de esta naturaleza y adelantarse una conversación razonable sobre políticas universitarias, propuestas y modos de ejecutarlas. Mucho más importante, en la Colombia del post-acuerdo con las guerrillas debería prevalecer una atmósfera en la cual los dirigentes del estado colombiano se despojen de prejuicios, abiertos o encubiertos, y sus sesgos clasistas e ideológicos frente a la educación pública y muy en particular frente a la universidad pública. Así aflojará el asedio externo. Pero también habrá que lidiar con el asedio interno. Esto exigirá a las comunidades de profesores adentrarse con sinceridad al mundo de la auto reflexión; indagar, con métodos científicos, sus sistemas burocratizados inerciales, sus resabios corporativistas, sus redes caciquiles y de clientela, la arrogancia en la torre de marfil y, por qué no, descifrar los mitos y demonios que les impiden ver, escuchar, tolerar y conversar inteligentemente, armados de razón.


Profesor-investigador de El Colegio de México, Palacios imparte regularmente cursos y seminarios en el Doctorado de Historia y dirige tesis sobre temas latinoamericanos de violencia colectiva y política; empresarios; estado nacional. Es Investigador Nacional, Nivel 3, del Sistema Nacional de Investigadores. En 2003 se vinculó a la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, Bogotá, y hace parte del Grupo de Historia Empresarial. Además de pertenecer a diferentes asociaciones académicas y científicas internacionales es Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia, Miembro Regular de la Academia Mexicana de Ciencias y ha sido invitado, entre otras, por las Universidades de Tsukuba, (Spring Term, 1980) Duke, (McWane Distinguish Visiting Professor, 1991-1992) Autónoma de Barcelona, (Professor Visitant, 1992-1994); en varias ocasiones ha sido Senior Associated Fellow del St. Antony’s College, Oxford.


En sus líneas de trabajo académico, Palacios ha colocado el estado colombiano en diversos puntos de perspectiva: las tensiones de liberalismo, democracia y populismo; los regionalismos y el centralismo; las dinámicas políticas y estructuras socio-económicas de las sociedades agrarias; violencia y paz pública; los mercados del café. Sus obras también han sido publicadas por las principales casas editoriales universitarias de lengua inglesa: Coffee in Colombia, 1850-1970. An Economic, Social and Political History. Cambridge University Press, Cambridge, Eng., 1980, (reimpreso en 2002); Between Legitimacy and Violence. A History of Colombia, 1875-2002, Duke University Press, Durham, N.C., 2006; "Knowledge is Power: The Case of Colombian Economists", en Economic Doctrines in Latin America, V. Fitzgerald and R. Thorp (Eds.), Palgrave/Macmillan, St. Antony's Series, London, 2005. Lo mismo puede decirse de sus trabajos como coautor: con Christopher Abel en The Cambridge History of Latin America, Vols. VIII y X, Cambridge University Press, New York, 1991 y con Frank R. Safford, Colombia. Fragmented Land, Divided Society, Oxford University Press, New York, 2002.


Entre sus libros más recientes se cuentan: Violencia pública en Colombia, 1958-2010, FCE, Bogotá, 2012; ¿De quién es la tierra? Propiedad, politización y protesta campesina en la década de 1930, FCE-Universidad de los Andes, Bogotá, 2011; Populistas: el poder las palabras. Estudios de política, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2011; la 4ª edición, corregida y actualizada, de El café en Colombia 1850-1970, fue publicada en el 2009 por El Colegio de México. Ha sido Editor o Coordinador de diversas obras de historia latinoamericana; recientemente de: Negocios, empresarios y entornos políticos en México, 1827-1958, El Colegio de México, México, D.F., 2015. Historia General de América Latina, Vol. VIII, UNESCO-Trotta, Madrid, 2008 y Las independencias hispanoamericanas. Interpretaciones 200 años después. Norma, Bogotá, 2009.
Ha participado en dos misiones presidenciales colombianas: primero, en la Misión Ciencia, Educación y Desarrollo (1993-1994) cuyas recomendaciones centrales quedaron en papel mojado aunque una y otra vez son alabadas por las burocracias de COLCIENCIAS; más recientemente hizo parte de la Misión de Expertos de Café (2013-2014) que, igualmente formuló un conjunto de recomendaciones.
En 2008 adquirió la carta de naturalización mexicana de modo que Colombia y México son sus patrias.


Con Ann Farnsworth-Alvear y Ana María Gómez es coeditor de The Colombia Reader. History, Culture, Politics, que publicó Duke University Press en 2017; prepara una Historia Mínima de América Latina para la respectiva colección de El Colegio de México y trabaja intensamente en un libro de historia de Bogotá. En plan de combinar el quehacer del investigador universitario con las preocupaciones del ciudadano, Palacios continúa trabajando en temas de violencia, narcotráfico y paz pública y del “homo academicus” colombiano, con miras, naturalmente, a publicar los resultados.