La Trifacética Barranquilla


 

Después de otra travesía en el mar llegamos a nuestro objetivo final: Puerto Colombia. La palabra "puerto" sonaba extraña al acercarnos al pueblito con una cien chozas de bambú unidas con arcilla y hojas de palma. Sería mejor llamarlo desembarcadero, pues en realidad eso era: Puerto Colombia es sólo el desembarcadero del puerto terrestre de Barranquilla que se encuentra situado a 40 kilómetros de aquí.

El primer día de la Pascua, fecha en que llegamos, el funcionario de la aduana nos informó que cada pasajero podía llevar sólo el equipaje de mano y que el resto sería revisado al día siguiente. Sin embargo pudimos convencerlo de darnos todo el equipaje. Nos ayudó el hecho de que con nosotros llegaron dos expediciones más, una belga y una inglesa, sobre las cuales las autoridades tenían conocimiento. El funcionario nos tomó por una de ellas y nos dejó pasar sin demora.

El dueño de la oficina de transporte, un alto mulato llamado Anaya, cuya compañía estaba compuesta sólo por él, venció a la competencia, ganando el derecho sobre nosotros y sobre nuestro equipaje. En cinco minutos nosotros y nuestras pertenencias nos encontramos en el vagón del tren, que dentro de media hora salía para Barranquilla.

Hasta el final del siglo Barranquilla era un pequeño pueblo, situado a orillas del río Magdalena, más exactamente en el brazo este del río. La navegación se efectuaba por el brazo oeste. En el 1893 una compañía inglesa construyó un muelle en el pueblito de Sabanilla y lo unió con una línea férrea a Barranquilla. Desde este momento Sabanilla empezó a llevar el alto nombre de Puerto Colombia, y Barranquilla se convirtió en una activa ciudad con todas las comodidades de la vida europea y con inconfundibles características de las ciudades provinciales latinoamericanas.

En este momento con el proyecto de la construcción del puerto marítimo cerca de Barranquilla, esta ciudad se prepara para hacerle competencia a Cartagena, la antigua reina de las Indias.

Nuestro hotel es de dos plantas con un típico patio interno. En el piso de abajo, de un lado se encuentra el restaurante, y del otro, una fila de habitaciones no muy cómodas. En el segundo piso sólo hay habitaciones divididas por delgados tabiques que no llegan hasta el techo. Esto es necesario para la ventilación sin la cual uno se podría asfixiar por el calor.

Una cama con toldo de muselina contra los mosquitos, un lavamanos, un armario y un escritorio -ésta era toda la dotación -. Todo muy pulcro. En el hotel no había tinas, las reemplazaban regaderas o duchas, que también servían como sanitario. Bastante sucias y desagradables por cierto.

Las habitaciones se alquilaban con la alimentación incluida. Muy temprano por la mañana, mientras uno aún duerme, un sirviente le lleva una pequeña taza de café caliente o aromático. Apenas entreabriendo los ojos, uno se sienta en la cama, toma la taza y saborea los primeros sorbos aún medio dormido. Bajo su influencia uno empieza a despertarse y a sentirse fresco y lleno de vigor. La ducha lo refresca aún más y comienza a despertar su apetito. El desayuno lo espera en el restaurante a las siete. Este se abre con pina, papaya jugosa o con un suave banano. Después siguen huevos preparados al gusto de uno y finalmente todo termina con café en leche, chocolate o té. Después de esto uno puede dedicarse a sus diligencias antes de que llegue el calor del mediodía.



Patriarcal y Pacífica


En realidad aquí comienza el calor con la salida del sol. El cielo que al principio está despejado se cubre de una bruma blanca. El resplandor del sol llega a enceguecer y quema la piel. A la sombra uno se baña en sudor con cada movimiento.
 
En Barranquilla es especialmente desagradable el polvo finísimo y claro, que cubre las calles con una gruesa capa. La ciudad en sí deja una impresión de tranquilidad y comodidad de una provincia patriarcal y pacífica. Es muy notoria la influencia de los yanquis: casi todos los productos provienen de los Estados Unidos; también la moda, incluyendo la de la goma de mascar.

El mercado es amplio, interesante y bien construido. En galerías al aire libre se encuentran frutas y verduras exóticas, así también como muchas flores. En la sección de frutos del mar hay una multitud de pescado ahumado y salado. Más adelante, a la orilla del canal en el suelo se encuentra una gran cantidad de bananos, ñame y yuca. En chozas de madera se ofrecen utensilios típicos como tazas, cantimploras y cucharas de totumo, diferentes yerbas medicinales, resinas aromáticas, abanicos de hojas de palma para atizar el carbón, etc. Aquí especialmente se siente el colorido local y la multitud que lo rodea a uno luce auténticamente colombiana: calzan alpargatas: zapatos hechos de tela con una suela en fibra vegetal. En la cabeza llevan un sombrero de ala, en los hombros la típica ruana -un pedazo de tela de forma cuadrada con una abertura en el medio-. Las caras son morenas, el cabello negro, la mayoría son mestizos o simplemente indígenas civilizados y hay muchos negros y mulatos.

Al segundo día de nuestra llegada tuvimos varios inconvenientes. El principal problema estaba relacionado con nuestra nacionalidad. En París pudimos recibir las visas de varios países de América del Sur sin ningún contratiempo. Sin embargo la visa colombiana se nos fue negada categóricamente. Apelando a la ayuda de contactos de científicos de Inglaterra y los Estados Unidos, dos de nosotros la  obtuvimos en Nueva York y el resto en México. Pero estas visas fueron declaradas no auténticas al salir de La Habana. No obstante pudimos obtener nuevas visas, pero con dificultades. Pensábamos que habíamos llegado a tierra colombiana legalmente pero no fue así.

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