Condenados a Morir
No voy a describir nuestro viaje de tres días hasta la ciudad de
Neiva que fue bastante monótono y agotador. Hay indicios de que
hace cierto tiempo la sabana era regada por los arroyos y ríos que
bajaban de las montañas y que pudo haber estado cubierta por
vegetación abundante. Mucho antes de la llegada de los europeos el
bosque fue destruido considerablemente por los nativos. El proceso
de deforestación se aceleró por la aparición de los españoles. Hoy
la vegetación se ve sólo a lo largo de las orillas y de los ríos,
la mayoría de los cuales se llena de agua únicamente durante el
periodo de lluvias. En ese momento sus causes estaban completamente
secos. Las cuestas de las montañas contiguas a la sabana estaban
totalmente desnudas. Sobre sus cumbres se divisaban bosques aún
vírgenes, en espera de su fatal destino. Al ir de Girardot a
Saldaña, desde la ventana del tren, se veía en la oscuridad el
fuego de los bosques quemándose. En nuestro camino de regreso del
Amazonas toda la llanura del Magdalena estaba cubierta de humo a
causa de los incendios en las montañas cercanas. Este cuadro se
repetía cada año al final del periodo seco antes de la llegada del
invierno.
Raramente se encontraban poblaciones por el camino. Con más
frecuencia se veían unas humildes viviendas donde recibíamos un
vaso de guarapo o de aniseta, que es una bebida alcohólica con
anís, y muy de vez en cuando algo de comer.
Olegario el Implacable
Olegario, nuestro ágil arriero y los peones llevaban los víveres
consigo, que consistían de panela y pan. El pan se conseguía
únicamente en las ciudades. Los campesinos se alimentan de plátano,
yuca y maíz. El sol quemaba sin piedad y los brazos sacados
desprevenidamente de la ruana, enrojecían en unos pocos minutos.
Poco tiempo después la picazón de la piel quemada era reemplazada
por un dolor agudo. Durante horas nuestra caravana se desplazó por
la sabana cubierta de matorrales que se alternaban con lugares
desérticos cuya uniformidad era perturbada por la presencia de los
cactus en forma de candelabros. En la parte superior de éstos se
posaban unas aves que tenían parentesco con nuestros pájaros
carpinteros y que sin preocuparse por las grandes espinas hacían
sus nidos en los troncos.
Los desiertos cambiaban por las inmensas planicies con trigales,
los llanos. Allí vaga tristemente el ganado en busca de alimento,
agua y protección contra el sol. Los animales están frecuentemente
afectados por llagas purulentas llamadas nuche, provocadas por las
larvas de una mosca que vive bajo la piel, parecidas a nuestros
moscardones. Dicen que su biología es compleja: ésta no coloca sus
huevos directamente en el ganado sino en otras moscas que chupan la
sangre de otros animales. Estas últimas son transmisoras del
parásito. Es afectado principalmente el ganado pero los perros y
las personas también son atacadas por ellas. Esta parte del valle
del Magdalena está habitada por los mestizos e indígenas, que en su
mayoría son enfermizos y de poca estatura, aunque muy resistentes.
Hay muchos enfermos de malaria, con bocio y, de vez en cuando
leprosos.
Donde la Vida se Detiene
Parece que la vida se detiene en esta candente atmósfera, nada se
mueve, excepto las caravanas que pasan por las carreteras. Se ven
muy pocos animales, sólo se encuentran los pájaros que habitan en
los cactus y otras aves negras con un canto asombrosamente
melodioso a los que se conoce como toches, razón por la cual estos
pájaros son capturados por los campesinos.
Nuestro arriero Olegario era implacable en su programa de avance y
paraba la caravana únicamente cuando llegábamos hasta el punto
fijado para el albergue nocturno. De no ser así habríamos tenido
que pasar la noche a la intemperie, nuestras muías se habrían
quedado sin comida en este desierto y correríamos el riesgo de
enfermarnos debido a las frías noches. En plena oscuridad nos
acercamos al río Cabrera y lo atravesamos por un pintoresco puente
colgante pagando con anterioridad alrededor de un dólar por toda la
caravana al cobrador de la tarifa. En la posada que se encontraba
detrás del puente al principio no nos querían hospedar pero después
de unas negociaciones con el dueño, nos acomodaron en una estrecha
habitación y a las muías, en el pastizal.
Con la salida del sol emprendimos la marcha por un desierto aún más
desolador. Pasamos primero por la sabana en algunas partes estaba
cubierta de cactus y en otras completamente desnuda con unas
piedras marcadas por la erosión. Estas eran de raras formas, como
bolas y discos. En algunas partes la carretera que pasaba por una
capa de asperón, se convertían en un estrecho corredor hecho por
las muías. Teníamos que ir por ella con mucho cuidado al movernos
entre las paredes de este pasillo para no maltratarnos los pies en
los estribos.
Cansancio más Hambre
Al día siguiente por la tarde nos detuvimos a la orilla de un río
sobre el cual se elevaban dos cerros cuyas formas erosionadas
creaban la ilusión de un castillo. De esto proviene el origen del
nombre del lugar que traducirlo significa
"castillos". Aquí nos quedamos para pasar la
noche más cómodamente que ayer. Olvidé a nuestro acompañante de
Natagaima, que al principio caminaba animadamente y me preguntaba
cuáles eran las opiniones y credos políticos de mi país. Pero
pronto mis respuestas lo tranquilizaron y rápidamente se unió a los
peones. Al poco tiempo las alpargatas nuevas le hicieron cayos en
los talones y tuvo que caminar descalzo. El joven no llevaba
víveres y por eso compartíamos con él nuestro escaso menú. Al
segundo día de nuestra travesía el muchacho se desmayó, ya que no
pudo soportar el hambre y el cansancio. Tuvimos que subirlo a la
muía que llevaba la carga más ligera. Al poco rato volvió en sí, se
animó y empezó a cantar. Por la tarde me expresó su deseo de
quedarse a descansar y encargar un caballo en la ciudad de Neiva,
adonde nosotros deberíamos llegar al día siguiente después de
cuatro horas de trayecto.
