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ENTRE LOS INDÍGENAS DEL AMAZONAS COLOMBIANO
De Florencia tuvimos que bajar en lancha río abajo. Dedicamos
cuatro días a la preparación del viaje. Hacía falta encontrar unos
remeros con experiencia ya que la navegación por el río en estas
condiciones representaba un peligro era necesario considerar muchas
cuestiones ya que en esos lugares apartados no se podía encontrar
nada. Llegamos a un acuerdo con el señor Perras para que él se
dedicara a las cuestiones de la organización del viaje, como la
compra de víveres y algunas mercancías necesarias para hacer unos
trueques con los indígenas. El día señalado aunque con el
acostumbrado retraso que rige en este país, a la hora más calurosa,
nos embarcamos y partimos.
En poco tiempo el río desembocó en otro más caudaloso y nuestra
lancha se balanceó fuertemente entre las olas. Nuestros remeros
conocían el río muy bien. Uno de ellos, que era llamado el
"piloto" y que se ubicaba en la popa utilizaba un
corto remo. El otro hombre al que se le llamaba
"boga" remaba en la proa. La corriente era
bastante fuerte, eran muy frecuentes los rápidos por los cuales
nuestra lancha pasaba a toda velocidad y no había necesidad de
remar tanto. Pasamos por un corredor verde del bosque virginal que
se aproximaba a las orillas. De las profundidades de la selva
esporádicamente llegaban hasta nuestros oídos sonidos desconocidos.
Nuestros acompañantes nombraban a cada una de los perturbadores de
la tranquilidad pero para nosotros estos sonidos no decían nada
todavía. El aire era sofocante, sudábamos aunque llevábamos puestas
unas ligeras camisas. Todo estaba en espera de las lluvias que eran
frecuentes aquí las lluvias se alternaban varias veces al día con
los periodos de sol ardiente. De repente el bosque desaparecía y se
veían en las orillas pastizales, cultivos y pequeñas haciendas. Muy
a menudo nos deteníamos para proveernos de huevos y limones. Pronto
cayeron las primeras gotas de lluvia. Pero ésta terminó muy rápido.
En un lugar del bosque donde una densa cortina hecha de bambú se
acercaba a la orilla asustamos a un grupo de monos llamados
"chicos". Era imposible verlos pero todo el
bosque empezó a agitarse como si fuera movido por un ventarrón
debido a sus saltos. De pronto los monos se alejaron hacia la
profundidad de la selva con un silbido particular.
Venecia, el Vaticano y el Capitolio entre los Monos
Antes del crepúsculo atracamos junto a una hacienda y le pedimos
albergue a un arruinado comprador de caucho, el señor Maximiliano
Tovar. La casa de nuestro anfitrión llevaba el gran nombre de
Venecia.rLas propiedades cercanas también tenían nombres semejantes
como el Vaticano, el Capitolio, la Esmeralda, etc. La finca Venecia
estaba situada en la saliente de la unión de los ríos, y desde
ambos lados estaba rodeada de agua. El anciano aprovechó este lugar
para criar cerdos. Por eso la casa estaba rodeada de suciedad y
barro. Y la piara de cerdos que estaba en la planta baja bajo una
cubierta nos acompañó con su gruñido durante toda la noche. Don
Maximiliano además era un apasionado de los gallos de riña. Media
docena de estos estaban amarrados por las patas en la terraza del
último piso donde fuimos ubicados. Por eso este lugar también era
sucio e incomodo. A cambio nos ofrecieron cerdo para la cena y
nosotros le brindamos al dueño de la casa café y té. El hombre era
un buen conversador y estaba muy contento de tenernos en ese
solitario paraje. Nos acostamos tarde, bajo el murmullo de la
lluvia que se prolongó hasta la mañana.
Por la mañana nos dimos cuenta de que el río se había desbordado y
de que el nivel del agua había subido casi a dos metros. Islas
enteras de árboles derribados por la corriente flotaban por el río.
Hasta que el nivel del agua no bajara no podíamos seguir adelante
en nuestra frágil lancha. Llovió casi todo el día y cuando cesó un
poco nosotros salimos para conocer los alrededores y recoger unas
plantas. La lluvia terminó por la noche nos despedimos del
hospitalario don Maximiliano y partimos de nuevo. Pasamos con éxito
los rápidos y muy temprano llegamos a la primera aldea
indígena.
Isaac y los Huitotos
Estos indígenas pertenecían a la tribu de los Huitotos y se
encontraban bajo una fuerte influencia del hombre blanco. El dueño
de la casa donde nos alojamos era católico y se llamaba Isaac. Su
vivienda era muy espaciosa y consistía de dos plantas: en la parte
de arriba se encontraban una terraza y las habitaciones, en la
planta baja había una cubierta para el ganado y la cocina, donde
hallamos a las mujeres preparando la fariña o harina de yuca y
tortilla de casave. La harina se extrae de la planta conocida en
Colombia bajo el nombre de yuca. Sus grandes tubérculos son ricos
en almidón que sirve de alimento a millones de habitantes de
América Central y América del Sur. Para obtener la harina de yuca
los tubérculos se remojan en agua durante uno o dos días y se
exprimen después de diferentes formas. Los Huitotos utilizan para
este fin una bolsa grande de tejido mullido hecha de corteza de los
árboles que se llena con tubérculos remojados y se cuelga al techo.
Al extremo inferior de la bolsa se sujeta un palo perpendicular a
lo largo de ésta y con la ayuda del palo empiezan a girar la bolsa
en una dirección. A fin de que ésta no se desenrolle el proceso se
realiza junto a un poste para que la mujer pueda sujetar con una
mano un extremo del palo y con la otra apoyarlo tras el poste. El
líquido extraído no se bota sino que se hierve junto con un ajo muy
picante hasta que se forma una masa espesa, negra y muy picante
llamada casaramana que sirve como condimento. La harinosa masa
exprimida se seca en unos braseros de arcilla y se guarda en
vasijas de barro. De fariña y agua se hace una masa de la cual se
preparan delgadas tortillas llamadas casave. Cuando está fresco el
casave es muy rico pero insípido y se endurece muy rápido. Por eso
hay que remojarlo en agua al día siguiente para comerlo.
