Continuamos nuestro recorrido por el río Orteguasa que es ancho
y caudaloso, sobre todo ahora después de las lluvias que subieron
su nivel. Las riberas y las islas están inundadas y navegamos por
el medio del río sin temor de tropezamos con un tronco hundido.
Cuando el nivel del agua baja, la navegación por el río requiere de
mucha atención por parte del piloto. Los troncos sumergidos reciben
aquí un nombre original, los llaman
"compradores", ya que ellos
"compran" las vidas de los que se tropiezan con
ellos. Cuando una lancha estrecha y de poco fondo se choca con un
tronco ésta pierde el equilibrio fácilmente y hunde a sus ocupantes
y a su carga. Poco antes de que llegáramos una de las víctimas de
uno de los "compradores" fue una profesora de una
escuela de misioneros que regresaba de Florencia en una lancha
cargada de maíz.
Al mediodía nos detuvimos para visitar al corregidor local que
administraba el juzgado entre la población indígena. Don Javier era
un hombre muy interesante que en el pasado se dedicaba a la compra
de caucho en esta región y la conocía a la perfección. Además
hablaba muy bien muchos dialectos indígenas. Lo encontramos ocupado
en las labores domésticas; en ese momento estaba salando carne. El
ganado aquí se sacrifica una vez por semana y la carne debe ser
salada y curada inmediatamente. Su oficina estrecha e incómoda
estaba ubicada en una choza cuyas paredes estaban hechas de bambú,
y el techo, de hojas de palma. En los estantes estaban colocados
numerosos expedientes cubiertos de telaraña. Su secretario estaba
aburrido de no hacer nada. Al lado del juzgado en una espaciosa
casa de dos plantas vivían varias familias de los cultivadores de
tabaco. En ese momento se estaba realizando la sarta de tabaco. La
aguja está hecha de la ya mencionada palma chonta. La corteza de
una árbol cortada en tiras finas y torcida sirve como cordón. Aquí
mismo las mujeres fabrican cigarros con mucha destreza.
La Curiosidad del Cacique
En la tarde, después del almuerzo llegamos a la aldea de los
indígenas de otra tribu llamados Correguajos. Apenas nuestra lancha
se atracó, varios indígenas vestidos con camisa manga corta y con
las caras, manos' y pies pintadas de rojo y negro salieron a
nuestro encuentro. Apareció el cacique de la tribu sosteniendo un
cetro en las manos como símbolo de poder. No había hostilidad sino
una discreta curiosidad hacia nosotros. Nos condujeron a la escuela
destinada para nuestro alojamiento gracias a la orden escrita por
el señor De Pinel, mientras el jefe de la tribu mandaba a toda la
población masculina a llevar nuestro equipaje.
De las numerosas tribus indígenas que habitan los infinitos
espacios del Amazonas pudimos conocer solamente dos. Los
mencionados anteriormente Huitotos forman un grupo independiente;
en cambio los Correguajos pertenecen al grupo de las tribus del
Caribe igual que los Carijanos quienes viven río Caquetá
abajo.
Los Correguajos se distinguen por su baja estatura pero sin embargo
son fuertes. La piel es de color canela, la cara es ancha y de
pómulos salientes de tipo mongoloide. El cabello es liso el de los
hombres se corta en circulo, el de las mujeres se recoge en trenza.
Todos los coreguajos se afeitan escrupulosamente: los bigotes, la
barba, las cejas y las pestañas. Los indígenas dicen que como no
debe haber maleza en el patio, tampoco debe haber pelos en la cara.
A los niños desde muy temprana edad se les depilan las cejas y las
pestañas arrancándolos con la ayuda de una delicadas fibras de la
palma cumare.
Brazaletes Aromáticos
Es muy típico para los Correguajos pintarse la cara, las manos y
las piernas de rojo y negro. Pintarse la cara es un privilegio de
los hombres, los cuales cubren los pómulos y la frente con
círculos, espirales, cuadritos, etc., especialmente con diseños
geométricos. Las manos hasta los codos y las piernas del pie hasta'
la rodilla se cubren con una pintura común y corriente.
También es muy común entre los hombres llevar aretes en la nariz y
las orejas. Los más modestos adornos consisten en un palito
lisamente pulido hecho de la madera de la palma chonta. Los atavíos
más sofisticados se hacen de unos palitos de bambú o de caña y con
plumas de los tucanes, cardinales y guacamayas introducidas en
ellos. El manojo de plumas siempre va puesto hacia atrás. Un
anciano llevaba un adorno muy original hecho de una puntiaguda
espina de la palma chuchana, la cual atravesaba de lado a lado el
labio superior y se apoyaba con su punta la lengua.
Casi todos los hombre llevan en sus antebrazos manojos de hierbas
aromáticas o de corteza desflecada. El hombre blanco llama
brazaletes a esos adornos. Durante las fiestas el cuello se adorna
con collares hechos de colmillos de animales salvajes tales como el
jaguar o de las semillas de unas plantas partidas por la mitad. Las
semillas tienen un sonido muy melodioso cuando son sacudidas. Los
collares llevan plumas coloridas de guacamayas, tucanes y otros
pájaros. La cabeza también se adorna con una corona de plumas de
pájaro. Las mujeres, por el contrario, se visten muy modestamente y
lucen collares y brazaletes de cuentas pequeñas en el cuello, las
muñecas y el tobillo.
