FANTASIAS DEL CUERPO, APETITOS DEL ALMA

Ángela Rivas Gamboa

ALONSO DE SANDOVAL. UNA ETNOGRAFÍA HISTÓRICA DE AFRICA EN CARTAGENA DE INDIAS SIGLO XVII. 1

Hacer una etnografía es como volver a contar cosas ya contadas; es hablar de otros tiempos y otros lugares, dar vueltas y curiosear por ahí para descubrir un nuevo encanto en las cosas olvidadas. Para empezar, uno se sienta frente a un viejo baúl forrado en cuero y con chapas bruñidas engastadas en oro y plata. En el interior hay mucho polvo, dos o tres telarañas, un manuscrito, algunas hojas sueltas, un libro voluminoso, una que otra carta desteñida, varios vestidos hechos jirones, una decena de afeites y ungüentos, dos botellas de lavanda desocupadas y seis caracolitos de mar.

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El gran tomo sobresale entre las demás cosas. Aunque más de tres siglos no han pasado en vano, aún se pueden adivinar las palabras, las ilustraciones de tinta de colores y un título enigmático: De Instauranda Aethiopum Salute. También se puede leer que ha sido escrito por Alonso de Sandoval 2 , un jesuita que vivió en Cartagena de indias, del que decían que era un cura medio loco, que en medio de la actividad comercial, propia de un puerto negrero 3 , interrogaba a los marineros que llegaban de las costas africanas. Su curiosidad le llevaba a pasar noches en vela leyendo textos y manuscritos. También satisfacía sus inquietudes sobre los pueblos de etíopes 4 , a través de cartas cruzadas con los misioneros que se hallaban en el continente africano. Y sobre todo, observaba cuidadosamente a los esclavizados que llegaban a Cartagena, y a los bozales y ladinos 5 que vivian en la ciudad y sus alrededores.

De cuando en cuando, llegaba un barco proveniente de las costas africanas. En su interior, venían cautivos Guineos, que eran embarcados en la isla de Cabo Verde y en el Puerto de Cacheo. También venían esclavizados provenientes del África Centro Occidental, que eran embarcados en la isla de Sao Tome. Junto con hombres y mujeres del África Central, que embarcaban en el puerto de Loanda. 6

Entonces, la ciudad alborotada acudía al puerto para presenciar el desembarque. Alonso De Sandoval era testigo de las escenas más desgarradoras. Frente a sus ojos desfilaban los cuerpos de los esclavizados hombres y mujeres que habían sido trasladados desde sus pueblos de origen hasta los puertos de embarque, en las Costas del África Occidental. En estos lugares, los miembros de distintos grupos étnicos, con diversas lenguas y costumbres, eran encadenados y hechos prisioneros.

Los cautivos esperaban a ser embarcados unos junto a otros, de seis en seis con argollas en sus cuellos y de dos en dos con grillos en sus pies. 7 Así zarpaban rumbo a los puertos americanos. Y así permanecían a lo largo de más de dos meses, sin ver la luz del sol, sin alimentarse bien y sobre todo sin saber su destino.

Esa historia la sabía de oídas Doña Inés de Manozca y Vivar, dueña del pequeño manuscrito convertido en un cartapacio de apuntes borroneados por el tiempo. Era una joven de formas redondeadas y piel de durazno. Tenía un hablar pausado y un andar tranquilo; que escondían mal a la adolescente terca y altanera, y a su temperamento caprichoso e impulsivo, que chispeaba en sus ojos penetrantes. Se había casado sin amor con Don Fernando Manozca y Vivar. Un comerciante astuto en los negocios, conocedor de los mares y complaciente con su esposa; a la que compensaba con presentes sus prolongadas ausencias.

Para 1651 Doña Inés ya había leído de principio a fin los mil folios del libro de Alonso de Sandoval, y estaba empeñada en recorrer palmo a palmo las costas africanas. La idea era descabellada pero ella, diestra en el arte de la persuasión, a punta de encantos, palabras, y galanteos, logró que Don Fernando prometiera que la embarcaría al año siguiente en uno de sus navíos. El era un hombre de palabra y el 7 de Enero de 1652 Doña Inés zarpó de Cádiz, a bordo del "Santa Lucía de la Maricastaña".

Los días de viaje fueron un infierno, cuando no era el mareo que le producía el movimiento del barco, eran las voces destempladas de los marineros cantando, o el olor penetrante del mar y la sal que se pegaba a la ropa, al pelo y a la piel.

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Al mes exacto de haber partido, la estremeció un grito Seco: Tierra Firme Tierra Firme. Sin detenerse en las actividades de los marineros, que de un lado para otro se preparaban para desembarcar, fijó sus ojos en el puerto de Cabo Verde, donde empezaba la comarca conocida como la Zona de los Ríos, porque en ella corren el Senegal, el Gambia, el Casamanza, el Cacheo, el Ladigola y el Pogo. En estas tierras, que se extienden hasta la Sierra Leona, vivían un sin número de pueblos de nombres casi impronunciables, conocidos como Guineos.

Al poner pie en tierra sintió la emoción de la aventura que comenzaba, y se obsesionó con la idea de visitar las poblaciones cercanas. Todo fue inútil para hacerla desistir en este empeño. y en compañía de algunos miembros de la tripulación se encaminó hacia la aldea más próxima al puerto.

El día estaba nublado y la borrasca amenazaba con desgajarse en cualquier momento, pero al despuntar la tarde todavía estaban secos y se disponían a entrar en una ciudad habitada por Iolofos y Berbesíes. Había oído que los hombres de este pueblo conocían el secreto de la circuncisión, sus ceremonias y sus peregrinaciones de cuarenta días. En esas ocasiones se detenían las guerras en las que los hombres peleaban a caballo; los jóvenes de catorce años cortaban su cabello y se vestían con camisa y calzón blanco para ser circuncidados. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar que en estas tierras las mujeres también eran circuncidadas. 9

De repente, sus reflexiones quedaron detenidas, ante ella estaba un hombre saturado de nóminas, que llevaba el pelo largo en las sienes y en forma de cretas en medio de su cabeza a lo largo. Le acompañaban tres mujeres llenas de nóminas, que lucían joyas de coral y pedrería de la India, aretes de oro y perlas, y brazaletes y ajorcas de oro. Iban vestidas con varios faldellines azules, junto con una tela ricamente pintada, que les cubría el torso. A este grupo se unieron otros hombres y mujeres, y con todos ellos Doña Inés comió en platos de palo y bebió en totumas, y al igual que los nativos comió en el suelo recostada encima de una esterilla 10 .La noche había estado tranquila y fresca, pero no durmió bien. Se le fueron las horas imaginando los trajes de los jabacos, que eran unos sacerdotes de gran autoridad. Abrazada por la oscuridad, sintió pena por los contibares, fines y judíos, que eran poco respetados y se ocupaban de adular a los nobles. Los había visto en las puertas de las casas aristocráticas, a donde no podían entrar, mientras permanecían parados justo en la entrada, cantando para que les dieran comida. Recordó que la gente decía que eran tan humildes, que al morir sus cuerpos no eran sepultados sino depositados en los huecos de unos árboles llamados cavaseras. 11

Se incorporó antes del amanecer, después de mojarse la cara luchó por acomodar los encajes marchitos de su vestido, y al cabo de varios intentos desistió. Se sentía molesta con su aspecto desaliñado, pero estaba decidida a dar una vuelta por el lugar. Antes del medio día los caminos de la aldea empezaron a animarse, de tramo en tramo se veían hombres y mujeres que para saludarse entre sí se ponían en cédulas y hacían el ¿ademán de coger tierra del suelo. La gente aseguraba que de la misma forma los grandes hidalgos saludaban al rey. También decían que en estas tierras los súbditos debían dirigirse a su rey por medio de intérpretes, y cuando se lo encontraban debían arrodillarse e inclinarse en el suelo, y extender sus brazos y manos para coger tres veces tierra y arrojarla sobre sus cabezas. Todas estas costumbres le causaron gracia, pero se sentía intimidada al imaginarse un posible encuentro con el monarca, y la descomponía la idea de tener que seguir las costumbres de los nativos 12 .

La mañana siguiente, mientras las aguas del río Gambia parecían hablar con las paredes de la canoa, vio a los grandes comerciantes mandingas, que intercambiaban sal por oro en el río, donde realizaban las transacciones sin cruzar palabras entre las partes 13 . Antes del anochecer llegaron a la ciudad, en donde se oían las historias hiladas palabra por palabra por los oradores llamados judíos, que alababan a los reyes y señores refiriendo en público sus victorias y las de sus antepasados 14 . A veces las historias iban intercaladas con las anécdotas de las caravanas que viajaban a lo largo del Sahara, de sur a norte iban los Zapes, Iolofos y Mandingas. 15 .  A su encuentro venían los moros de Berbería, acompañados de caballos, camellos y jumentos, que intercambiaban por niños y niñas menores de siete años 16 . Los Zozoes que viajaban por la región iban comerciando una tinta similar al añil. 17 . En su recorrido se encontraban con comerciantes de marfil 18 y se cruzaban con las nueces de cola, que venían del río de los Cazes. La nuez de cola era una suerte de quintaesencia que hacía las veces de moneda, era analgésico y se comía antes de beber agua 19 .

La ciudad mandinga albergaba a los guerreros que llevaban nominas muy labradas y cuernos o cominos de animales. En ella también habitaban el rey y sus nobles, que lucían nominas de cuero de bandana encarnado y puntas de carnero engastadas en grana, que llevaban colgadas con argollas en los pliegues de sus calzones 20 . Los Mandingas eran grandes comerciantes, que antes de aprender a llevar las cuentas eran iniciados en el arte de la palabra, para que a la par de sus productos difundieran el Islam. Las ciudades mandingas estaban pobladas de escuelas de escritura arábiga y de mezquitas. En ellas vivían los maestros o mores, que anualmente enviaban bexerines a visitar las provincias y aldeas, con plazas en las que se reunía gente de diversas partes. En una de estas plazas, los ojos de Doña Inés vieron a un bexerin que ponía sus esteras y sobre ellas extendía unos pergaminos que sacaba de una bolsa labrada, el bexerin dio gracias a Alá y a su gran profeta Mahoma, y luego expuso lo que traía escrito en sus pergaminos; mientras la plaza llena de hombres y mujeres permanecía en silencio 21 .

Le divertía pensar en el caminar lento del cuerpo pesado de los elefantes, pero al encaramarse sintió que la cadera se le abría en dos, y después de un tiempo de andar sobre el animal tenía la entrepierna raspada. El paso lento se hizo insoportable, le aburrían los caminos que eran poco frecuentados 22 , y se sentía ofuscada al recordar que en estas tierras los hombres podían tener varias mujeres 23 . El sol le quemaba la cabeza, mientras trataba de entender cómo los hijos de los hombres Malembas vivían con sus madres, mientras eran pequeños, y al ser mayores heredaban las riquezas de sus padres 24 . De repente se cruzó en el camino un grupo de jovencitas que llevaban sartas gruesas de cuentas de colores, junto con un trozo de tela pendiente de la cintura, llamado calambe o pampanilla, que revelaba su virginidad 25 .

Cuando amainó el sol llegaron al punto convenido, se bajó aparatosamente y caminó con dificultad hasta la canoa. Llena hasta el tope, la barca empezó a desplazarse a lo largo del río Cacheo. Era agradable sentir el agua corriendo por debajo de la embarcación, mientras aparecían de forma intermitente las aldeas, pueblos y ciudades con edificios de barro y paja 26 . Habían convenido encontrarse con el resto de la tripulación en el Puerto de Cacheo, pero la noche llegó pronto y tuvieron que detenerse en un poblado a medio camino, donde alcanzó a ver las vacas, carneros y cabras, que criaban los nativos 27 . La noche era clara, y después de estirar las piernas se sintió lista para tomar un poco de leche con cereales, trozos de queso y pedazos de carne envuelta en manteca. Sintió que le volvía el alma al cuerpo, y en medio de las notas que tañían los guineos en sus vihuelas con cuerdas de carnero 28 , se dispuso a registrar algunas impresiones de su agotadora jornada:

14 de Febrero de 1652

Después de recorrer estos parajes, parece que por estas tierras los muertos hacen parte de los vivos, sobretodo si los muertos son sus antepasados. Aquí, todos tienen estatuas de sus familiares difuntos, junto con figuras de madera o barro llamadas corofines; que adoran y reverenciaban como hacemos nosotros con las imágenes de nuestros santos 29 .

Al llegar al puerto de Cacheo, sus ojos se amedrentaron ante las sonrisas labradas de los Banunes, Branes, Biafaras, Balantas, Nalues, Bijogoes, Bootes, Zapes, Zozoes y Cocolíes. Su mirada palpaba complacida los cuerpos de los Balantas que llevaban signos de escribano en cada una de sus sienes y encima de su nariz; o dos marcas que les cogían todos sus pechos y les hacían parecer como si llevaran una gorguera labrada de media lunitas. Tímidamente repasó las pintas del grueso de un pequeño garbanzo puntiagudo, que llevaban los Banunes en dos o tres órdenes que les corrían por toda la frente y les ceñía hasta por abajo de las sienes; o en dos cuadros de hileras, en los dos lados de las sienes. De reojo dio un vistazo a las dos rayas profundas y apartadas que cogían a lo largo toda la frente de los Nalues; y descubrió el círculo que corría alrededor del ombligo de los Biafaras. 30

Sus ojos se detuvieron ensimismados en las innumerables marcas de los zapes, que tenían a lo largo de la frente dos rayas de pintas azules, y a los lados de las sienes hasta las mejillas cinco rayas largas que les cogían casi todo el rostro, y debajo de los ojos en las mejillas tres mas pequeñas, azules. Bajando por la garganta, descubrió tres rayas anchas que remataban en cada lado con otras cuatro largas. Siguiendo por el torso desnudo, se regocijó en las cuatro rayas prolongadas que traían en el costado derecho, en los castillos azules que lucían en los pechos, en las señales que seguían por los molledos y que iban por todo el cuerpo 31 .

Al contemplar las marcas de los Guineos, Doña Inés no podía dejar de pensar en los cuerpos de estos hombres, que lucían el orgullo del circuncidado y ocultaban el secreto de la circuncisión. Le intrigaba el misterio de las plantas que ayudaban a cicatrizar, y sobretodo las ceremonias en las que los jóvenes creaban grupos basados en un juramento o chirampa, y aprendían los lenguajes especiales y los diversos saberes. Pero el pudor y la incapacidad de comunicarse eran dos obstáculos que superaban su insaciable curiosidad. La fortuna quiso complacerla, y camino al puerto, en una de las aldeas pudo ver a un grupo de jóvenes circuncidados, que después de un aislamiento prolongado regresaban al poblado. 32

26 de Febrero de 1652

Al medio día, un grupo de afanados o circuncidados entró al poblado. Todos llevaban puestos unos delantales colorados y embijados, y portaban en sus manos unas hondas. Acompañaban su regreso con un ruido ensordecedor que hacían con una especie de tablillas, con voces, gritos, robos y maldades; que dicen que se prolongaran hasta que aparezca la luna nueva 33 .

Habían viajado por dos o tres días, y al salir la luna llegaron a las islas de los Bijogoes. La brisa soplaba pero la noche estaba calurosa, para calmar la sed tomó un gran sorbo, sintió que el líquido ligero y tibio le rodaba por la garganta, mientras un sabor dulzón invadía su boca y una alegría desconocida le subía por la cabeza. El po hecho de millo y salmirón era algo azucarado, a diferencia del vino de palma amargo que también bebían los Bijogoes de estas tierras. Cuando iba por el segundo vaso de po, sus remilgos se desvanecieron y ávidamente metió la mano en el gran plato de comida, del que según la costumbre todos iban tomando los alimentos 34

Entre bocados y sorbos, le contaron las historias de los guerreros valientes, que en esta tierra eran reverenciados y al morir eran invocados como santos. 35 Sus oídos parecían atentos, pero sus ojos no podían apartarse del cuerpo de estos hombres Bijogoes, que llevaban la huella de la circuncisión, la insignia de masculinidad y fuerza, la marca que daba la posibilidad de contraer matrimonio 36 . Tardó varios días en reponerse de la resaca que siguió a su noche entre los Bijogoes. Aún le dolían los huesos, pero al remontar el río Ladigola, el paisaje y la expectativa se conjuraron para hacerle olvidar su desasosiego. Repentinamente, su espalda se puso tensa y un escalofrío le llenó el cuerpo, podía oler el horror de los Branes y Biafaras que temían ser vendidos como esclavos al no honrar cada seis días al dios creador del mundo y protector de los hombres 37 . En todas las aldeas se rumoraba que los reyes le cortaban la cabeza a su mujer si los traicionaba, y de la misma forma castigaban al adúltero. En estos poblados, cada aldeano estaba dispuesto a prender y vender al adúltero 38 .

Las tierras de los Branes y de los Biafaras estaba poblada de poilones, memorias vivientes de los muertos. Testigos de la muerte que se anunciaba en todas las aldeas, y de los llantos a los que acudían los amigos y allegados del difunto, que traían oro, vestidos y mercancías europeas. Estas riquezas se reunían y se dividían en tres partes, una era enterrada con el difunto, otra se le daba al rey de aquella tierra, y otra se la entregaban al pariente más cercano del muerto, que se encargaba de los gastos necesarios para realizar el llanto. La ceremonia de la muerte tenía lugar en la plaza de la aldea, donde se iban sentando los más viejos de acuerdo a su antigüedad. Allí, durante varios días se comía, se bebía vino, se bailaba y se cantaba. Que la gente no pudiera acabar la comida, era una alabanza para el muerto. Para lo cual mataban todas las vacas del difunto, repartiéndolas entre los asistentes, y dejando los cueros para las mujeres del muerto y las cabezas para los que las habían desollado. Fiestas de los vivos para los muertos, celebraciones que también se realizaban en días señalados para la honra de los difuntos. 39

En estas tierras los montones de arena eran vestigios de la muerte. En su interior reposaban los difuntos, sus cuerpos descansaban sobre barbacoas que se levantaban un poco del suelo y eran cubiertas con paños finos. Sobre estos vestigios de la muerte, se elevaban las casas de los muertos importantes. Casas que eran lugares de encuentro para los parientes del muerto que iban a hablarle y a depositar algunas cosas que dejaban allí hasta que se pudrieran. 40

Los arroyos que corrían por estas tierras guardaban en su lecho el misterio de la muerte. En ellos reposaban los cuerpos de los reyes, junto con sus pertenencias y los hombres y mujeres que les sirvieron durante su vida. Las aguas de los arroyos corrían borrando las sepulturas. El corrían de los arroyos recordaba los cuerpos de las personas sacrificadas cada treinta días a lo largo del año que siguió a la muerte del rey. Un rey en cuya honra el soberano de esta tierra convidaría a otros reyes, y sacrificaría algunas vacas, junto con una joven muy bien vestida y aderezada 41 .

Los sahumerios que acompañaban cada entierro permanecían en el ambiente, evocando las imágenes de las primeras esposas de cada hombre muerto, que encabezaban el cortejo fúnebre de sus maridos. El aroma dibujaba las siluetas de las primeras esposas de los hidalgos, que iban vestidas con la ropa de sus maridos y llevaban la adarga y la azagaya, y eran seguidas por un paje que llevaba el caballo del difunto. El olor dibujaba a las primeras esposas de los muertos que no eran hidalgos, que llevaban el aljaba y el arco o coldre de sus maridos difuntos 42 .

Entre Branes y Biafara, volvió a adivinar la circuncisión de los hombres, que esa mañana regresaban al poblado para iniciar y continuar por una semana con sus ceremonias:

29 de Marzo de 1652

Ocho días de procesiones, defestejos y de embriagues. Ocho días después de dos meses de reclusión masculina. Dos meses que se iniciaron con la circuncisión, que se realizó en la elección del rey. Dos meses y ocho días después de los cuales, los nuevos adultos podrán ir a la guerra 43.

3

Abordo se empezaban a sentir los calores ecuatoriales, pero sus ojos no podían apartarse de la costa, sabía que por alguna parte debía estar el Castillo de El Mina, y la ensimismaban los bracitos de agua dulce que salían al mar de la Costa de Oro, de la Costa de los Esclavos y de la zona del Calabar. El litoral era demasiado estrecho para alojar el casco de la embarcación, y sus tripulantes se acomodaron en canoas pequeñas y estrechas que usaban los habitantes del África Centro Occidental. Guiada por estos amos del agua, recorrió los brazos y esteros de las costas 44 .

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No bastaron las voces de los comerciantes que intercambiaban textiles y marfil en el río de los esclavos, ni la sensación del agua pasando por debajo de la canoa. Sólo tenía ojos para el arco y las flechas que ceñían las sienes, saliendo por la parte de los ojos y rematando en las orejas de los Popos. Parecía deleitarse con el cuerpo de los Yorubas que llevaban perforada la ventana izquierda de su nariz y tenían tres rayas largas y profundas, una que les ceñía toda la frente a lo largo hasta la nariz, y otras dos por las sienes, y en cada lado del rostro otras cinco, las tres que venían a rematar en la boca y las otras dos en arco desde las sienes hasta la nariz. Sus ojos se complacían al detallar la figura de los YorubasChabas que tenían en medio de la frente un óvalo, acompañado a los lados de dos cuadros, mientras de los lados de la boca les salían dos rayas hacia las orejas, y de cada lado otras seis; tres les cruzaban el cuello y remataban en las orejas, y otras tres les cruzaban las mejillas rematando en las sienes. 45

La canoa se detuvo, y al poner pie en tierra se vio rodeada de un grupo de Ardas con sus cráneos deformados. No tardo en descubrir que algunos de ellos tenían cuatro rayas largas, anchas y algo profundas, que les ceñían todo el rostro por ambos lados, que se venían a rematar en la boca y que estaban acompañadas por otras dos rayas en la frente y en cada mejilla una señal redonda y azul. Ocupada en recorrer los cuerpos de sus nuevos acompañantes descubrió que varios lucían en medio de la frente seis pintas levantadas de su misma carne, unas en frente de otras, junto con otras doce que les corrían a lo largo desde los ojos hasta las orejas; y unos pocos parecían escritos con caracteres antiguos, o como los que usaban lo chinos. 46

Estaba dispuesta a seguir contemplando a sus nuevos anfitriones, de no ser por una llovizna imprudente que amenazaba con volverse un chubasco torrencial. De mala gana se resguardó del temporal, y entre valijas y barriles tomó su cuaderno para hacer algunas notas sobre la comarca y sus habitantes:

13 de Abril de 1652

Al despuntar el día llegamos a esta tierra de los Ardas, donde se reverenciaban culebras y caimanes, y se adora los ídolos que hay en cada una de las casas. El rey de estas partes tiene un templo muy grande, habitado por ídolos vestidos como europeos. En el palacio real viven muchas mujeres, algunas son las esposas del soberano y otras son las mujeres de los reyes muertos. Ellas, a excepción de la madre del monarca, a la que llaman reina, hacen parte de la herencia que un rey deja a su hijo 47 .

El sol del mediodía le dio en la espalda, mientras permanecía acurrucada para refrescarse con el agua del gran río que atravesaba la ciudad. Sus mansos se confundieron con la multitud de peces que nadaban en la corriente y eran adorados por los Popoes. Además de estos peces, los Popoes reverenciaban las cabezas de perros, de cabras o de otros animales, los colmillos de marfil y una cruz; que tenían en sus casas y a los que acostumbraban a ponerles enfrente todos los alimentos, untándolos con aceite de palma. También le rendían culto a las cabras cuando eran muy galanas y pintadas, y a los gallinazos; le ofrecían sacrificios a sus dioses y les arrojaban en el suelo un poco de los alimentos que comían 48 .

En esta ciudad, los vivos celebraban llantos para los muertos que llevaban una cruz sobre su cuerpo. En estas fiestas de la muerte los vivos hacían tiras de paño y seda, que luego arrojaban en la cuevas donde se hallaban sus antepasados. 49

La resolana de la tarde le puso pesados los párpados y perdió la cuenta de las casas de guardia que había a cada legua del camino que llegaba a la ciudad principal del reino. Dos leguas rodeadas con tapias y un foso grande con puertas, que guardaban las numerosas calles habitadas por los edificios hechos de tapia y cubiertos de paja, que rodeaban el palacio real. El edificio era famoso por sus corredores y portales, con pilares de madera labrados y entreverados con hombres y animales de bronce, hechos por los herreros del reino 50 .

Por un instante sintió la respiración de las figuras que habitaban el palacio, los aleteos y rugidos se mezclaron con la algarabía de los hombres. En ese momento, el impulso incontenible de escribir fue más fuerte que el cansancio:

28 de Abril de 1652

El palacio real es lo más imponente de esta ciudad. En su interior dicen que vive un hombre inmortal y de naturaleza divina, cuyas ordenes son seguidas sin importar lo difíciles que estas sean. Cuentan que a este soberano sus súbditos semanalmente le dan cuenta de todo lo que sucede en la comarca, que sólo pueden verle cuando va al mercado, y que sus mercedes son predicadas por los afortunados que cubren sus cuerpos con cal 51 . Parece que este rey celebra fiestas de difuntos en las que sacrifica cerca de seis mil hombres y mujeres, junto con varias jóvenes de catorce o quince años, que llevan sartas de cuentas de vidrio y un paño blanco a modo de banda. Estos sacrificios van seguidos de una gran procesion en la que participa todo el reino, incluidos los lisiados, que en estas ocasiones reciben alimentos del rey. Durante estos días de fiesta y sacrificios, no se hace otra cosa que no sea comer y beber 52 .

Cuando los primeros rayos del sol parecieron asomarse, ya tenía los ojos abiertos. Sentía la cabeza hinchada y tenía la piel tensa y reseca. Trató de domar su cabellera hirsuta y de componer su vestido. Se sentía molesta, la noche había sido demasiado corta y distaba mucho de ser un sueño reparador:

5 de Mayo de 1652

Por estos lares uno despierta en medio de la algarabía de los nativos que al  levantarse limpian sus dientes con un palo llamado cuaquo, las mujeres suelen conversar a grandes voces, mientras peinan sus cabellos con un aceite que se los deja muy negros y lisos. Luego van al encuentro de los hombres, con quienes se reúnen en corrillos bulliciosos a lavar y bruñir el suelo y las paredes de sus casas, empleando un barro que deja todo de color anaranjado. La mañana era clara, y he podido ver como hacen un puchero con plumas de aves y algunos de sus ídolos que ponen a hervir. Luego, uno de ellos toma en sus manos este hervido y con ceremonias y cantos, junto con todos los de la casa, sale a la calle, donde arrojaba la preparación. Entonces vuelven a la casa y leen la suerte para ver lo que les sucederá en ese día. 53

 

Después de mojarse la cara y comer algo se sintió más reconfortada y salió a dar una vuelta por la ciudad, donde revoloteaban los Lucumies 54 vestidos con costosas libreas, y que servían al rey. En su ir y venir se cruzaban con otros habitantes de la ciudad que andaban desnudos, a excepción de las mujeres casadas y los hombres que tenían licencia real para vestirse. Ellos llevaban unas mantas a raíz de las carnes y otras de algodón hasta las rodillas, y encima de ambas otras más delgadas, desde los pechos hasta el suelo, fajándolas todas con bandas de algodón. Los servidores del rey atravesaban las calles llevando la leña y el agua al soberano. A su paso, hombres y mujeres se hacían a un lado y se hincaban de rodillas. De cuando en cuando, pasaba un grupo de hombres que llevaba los presentes que el rey solía enviar a los europeos, generalmente se trataba de alimentos que hacían parte de la mesa real, y eran llevados dentro de una petaquilla que iba dentro de otra petaca mayor, cubiertas ambas con una estera vistosa. Todo esto lo llevaba una comitiva compuesta por jóvenes muy aderezados, ancianos vestidos de blanco que llevaban sombreros grandes y muchachos desnudos con manillas de bronce en sus extremidades 55 .

Por las calles vio hombres y mujeres saludándose unos a otros. Observó a los hombres sacando la espada de su cinta y poniéndola tres veces junto al rostro de aquel al que saludaban; o saludando con su espada a los europeos, mientras decían en su lengua "Dios te guarde, hijo de Dios". También pudo notar que las mujeres y las personas sin espada, saludaban con su brazo extendido y el puño cerrado como si fuera una espada 56 . Una o dos veces al año, las calles de la ciudad se llenaban de colores. Una o dos veces al año salían los hidalgos con gran acompañamiento, música y fiesta. Llevaban unos paños de muy finas esteras, que les defendían del agua y les cubrían del sol. Salían los hidalgos montados en unos caballos pequeños, en los que iban medio sentados con un pie levantado en el cuello y el otro colgando. Iban acompañados por dos hombres en que estribaban y uno que les llevaba la jáquima. Estos hidalgos marcaban su rango social en no escupir en el suelo, sino en unos calabazuelos que les traían sus criados. Estos hidalgos, cuando hacían parte de las juntas de gobierno llevaban trajes blancos, verdes, amarillos o azules. 57

4

El calor del trópico se hacía insoportable, el sudor mezclado con la humedad empapaba las ropas y penetraba toda la piel. Antes de descender, escondió una manotada de caracolillos o chimbo, que se usaban como moneda en el África Central 58 . Aunque fuera de estas tierras los caracolillos no tenían más valor que el adorno, tenía la maña de guardar una suma suficiente para asegurar el regreso.

Enfundada en seis enaguas y un vestido de seda marchito, con el pelo pegado por el sudor, los pies hinchados y la cara abotagada; sintió envidia de los hombres y mujeres que andaban prácticamente desnudos y llevaban su oreja izquierda perforada. Si venían de Loanda y Angola tenían deformados sus cráneos. Si eran Angicos de dientes labrados, entre ceja y ceja lucían una señal algo levantada y pintada, o tenían unos cuadros vistosos en las sienes y el entrecejo cinco rayas delineadas de pintas iguales. Y si se trataba de Malembas sus mejillas llevaban dos órdenes de pintas que se levantaban cuando sonreían mostrando dos filas de dientes labrados 59 . La tierra de los Angolas se anunció con la música de las guitarrillas de seis cuerdas, que llamaban banzas y tañían colocando la cabeza de la guitarra en su pecho y tocándola a modo de arpa 60. Con estas melodías se dibujó la silueta del palacio real construido en madera. Al acercarse se veían las figuras de las casas de paja adornadas con esterillas labradas. En estas casas aún dormían algunos hombres, sus cuerpos reposaban sobre barbacoas de caña 61 . Mientras, paseaban por la ciudad hombres y mujeres que llevaban lienzos de la India Oriental.

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El rey del Congo pág. 282 Objets Interdist, Fundation Dapper, Editions Dapper, 50 avenue Víctor Hugo 75116 París. Dépot légal: november 1989. ISBN: 2-906067-09-1. Publication Nº 9.

 

Ellos iban vestidos como europeos. Ellas llevaban naguas con muchos pliegues, similares a los vestidos flamencos. Ellas y ellos se vestían diferente a los habitantes de los lugares apartados. En donde los hombres si mujeres se vestían tradicionalmente. cubriendose con la corteza dc un árbol que llamaban alicondo. 62 . Las notas de los banzas la acompañaron mientras navegó por los sembrados de maíz que llamaban mazamamputo, de millo que llamaban mazafori y mazamambala, y de fríjoles. A su paso salieron vacas si cabras que llamaban encombos. Al regresar al poblado, tomó sus alimentos en el suelo al igual que los demas habitantes de estas tierras. Cuando termino de comer, tomo su cuaderno y rodeada de perros si gatos, que a raíz del contacto con los europeos tenían los Angolas en sus casas 63 , escribió:

2 de Junio de 1652

En esta comarca vive un rey tan poderoso que controlo innumerables súbditos reyes y señores de tierras. Sobre todos sus dominios, la gente dice que hay un cielo donde vive un dios llamado Zambiampungo. De esta tierra invadida por melodías, parten los muertos hacia el otro mundo, a donde al morir quieren llevar todas sus pertenencias, por lo que en vida tiene construidos grandes sepulcros 64 .

Al dejar la tierra de los Angolas, su admiración se repartió entre la habilidad de los músicos y la destreza de los guerreros, capaces de disparar veinte flechas seguidas antes de que cayera la primera en tierra, que empleaban para defenderse adargas hechas de piel de dante. 65

No habla pasado el medio día cuando llegaron a la ciudad de San Salvador, donde estaba el rey del Congo o Magnicongo, que vivía en un palacio decorado con ricas colgaduras, junto con piezas de seda, plata y oro que habían sido obsequiadas por europeos 66 .

Las crónicas contaban que el Magnicongo había recIbído a los primeros europeos sentado en una silla de marfil. Llevaba en su cabeza un bonete, como una diadema, tejido con hojas de palma, tenía su torso descubierto y de la cintura para abajo le cubría un manto de seda. Tenía una manilla de metal en su brazo derecho y como insignia de su condición real portaba una cola de caballo pendiente de su hombro que le caía hacia adelante. 67 .

Pero al llegar a la ciudad, vio extrañada que los habitantes vestían a la europea, llevaban capas largas hechas de paño londinense o terciopelo negro, y de la cintura para abajo se cubrían con paños que ellos elaboraban con seda, oro y paja. El Magnicongo llevaba además un birrete de oro y seda, que por ley no le podían quitar de la cabeza. Las mujeres de su corte tenían la cabeza rapada y traían sus pies muy cubiertos por chinelas de terciopelo, que usaban conso signo de prestigio 68 . Jamás espero oír que en el Reino del Congo, el leer y el oír misa diariamente eran motivo de prestigio entre las mujeres de los grandes hombres. Quedó sorprendida al enterarse que el antiguo título de zoba había sido cambiado por títulos de nobleza europeos. Sus oídos quedaron perplejos al oír que el Magnicongo se había convertido al cristianismo y había ordenado que sus súbditos también se convirtieran, aunque en esto no le obedecieron todos 69.

La sorpresa de Doña Inés desapareció al enterarse que el Magnicongo había establecido relaciones cordiales con la iglesia católica, con el Papa si con los reyes de Europa, sobretodo los de Portugal. Entonces, empezó a comprender que era un artista de la diplomacia, si que gracias a este arte sus relaciones con los europeos sc enmarcaban en las mutuas atenciones, expresadas en cartas de los reyes portugueses y en reliquias e indulgencias del Papa 70 . Antes de emprender el largo camino de regreso, pasaron por el puerto de Loango. Allí permanecieron el tiempo suficiente para aprovisionarse de agua y para embarcar algunas mercancías Los marineros revoloteaban por el puerto llevando y trayendo barriles, géneros y objetos curiosos. Sin perder la ocasión, tomó su cuaderno de notas para registrar las últimas impresiones:

Julio 5 de 1652

 

Pasado el inedia día nos detuvimos en Loango, una tierra cundida de ídolos de palo; que adoran los hombres y mujeres que se ciñen la cabeza y la cintura con cerdas de elefante, llamadas gingas; llevan paños tejidos de paja que llamados infulas y ensacas,y lucen plumas vistosas de papagayo que llaman ensalas. Estos naturales comercian con portugueses y holandeses que llegan a su puerto para intercambiar marfil, infulas, ensacas, ensalas y gingas. 71

5

Parecía que el calor de la selva ecuatorial le hacía caldo los huesos. Se pasaba la noche delirando, al despertar estaba bañada en sudor si con la mirada perdida si ausente. Así estuvo toda la semana si así pasó las siguientes. La mañana de un lunes, el "Santa Luiría de la Maricastaña" arribó al puerto de Cádiz. Después de diez meses Don Fernando aguardaba ansioso la llegada de su esposa, que con escalofríos esporádicos y temblores frecuentes descendió lentamente. Había perdido las formas y bajo las telas ajadas del vestido se podían adivinar cada uno de sus huesos. Antes de que terminara la semana, el reposo, los baños de hierbas y el caldo de buey, había hecho milagros si ya tuvo fuerzas para escribir una última nota:

22 de Octubre de 1652.

Reverendo Padre Alonso de Sandoval:

"Cuando el destino pone cadenas a nuestro cuerpo, la imaginacion se desquita liberando nuestra alma"

 

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BIBLIOGRAFÍA

AROCHA JAIME Y NINA S. DE FRIEDEMANN. De Sol a Sol Bogotá. Planeta Colombiana Editorial SA. 1986

COVARRUBIAS SEBASTIAN. Tesoro de la lengua castellana o española Barcelona Editorial Alta Fulla 1987 (1o ed. Martín de Riquer. Real Academia Española de la Lengua 1611)

DE SANDOVAL ALONSO DE Instauranda aethiopum Salute Bogotá Presidencia de la República 1956. (1o ed. Sevilla Francisco de Lyra Ed. 1627)

DEL CASTILLO M, NICOLÁS. Esclavos Negros en Cartagena y sus Aportes Léxicos. Bogotá. Instituto Caro y Cuervo. 1982

MAYA ADRIANA, Historia de América Latina Siglo XIX. Apuntes tomados en Clase. Departamento de Historia. Universidad de los Andes. Primer Semestre de 1994.

_________,Historia del África Precolonial. Apunte tomados en clase. Departamento de Historia. Universidad de los Andes. Segundo semestre 1995

Notas de pie de página

1. Este texto hace parte de mi trabajo de Investigación Dirigida, realizado bajo la orientación de la profesora Adriana Maya. De igual forma, es el resultado de la aproximación a la dimensión etnográfica de la obra de Alonso De Sandoval, que fue posible gracias a los cursos de Historia de América Latina siglo XIX e Historia del África Precolonial, dictados por la profesora Adriana Maya en el Departamento de Historia de la Universidad de los Andes. (Regresar a 1)

2 Alonso de Sandoval vivió en el puerto de Cartagena durante la primera mitad del siglo XVII (de 1605 a 1652) y publicó su obra, por primera vez en Sevilla, en el año de 1627 y después de ser revisada por el autor, fue nuevamente publicada en Madrid en 1647 (Regresar a 2 )

3. A principies del siglo XVII Cartagena de Indias era el principal puerto negrero de las colonias españolas en América. Esta ciudad fue uno de los vértices del comercio triangular, que entre 1580 y 1640 estuvo controlado por los asentistas portugueses. (Regresar a 3 )

4. Etíope quiere decir "gente de cara quemada" era la denominación empleada para referirse a los hombres y mujeres de piel negra (Maya 1994). (Regresar a 4 )

5.  El recién llegado de África, con su lengua o lenguas nativas... [...].. .era considerado un bozal y también un negro de nación, con lo cual quena decir "africano de nacimiento". Cuando este individuo, ya bautizado, adquiría experiencias europeas se convertía en ladino.., (Arocha y Friedemann 1986:167) (Regresar a 5 )

6. DE SANDOVAL Alonso De Instauranda Aethiopum Salute Bogotá Presidencia de la República.1956. (1o ed. Sevilla Francisco de Lyra Ed. 1627) p.97 (Regresar a  6)

7. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p.l07 (Regresar a 7 )

8. Los siguientes relatos se debaten entre la erudición del dato minucioso y la fantasía de un viaje imaginado. Ellos están basados en las descripciones de los pueblos, lugares y costumbres, del África Occidental, que aparecen en la obra de Alonso de Sandoval. Tales anotaciones, han sido un pretexto para esta narracion, que se inspira en la idea de llegar a ser un cuento sin ficción (Arocha y Friedemann 1986), en el que se recrean imágenes a partir de los sentidos. (Regresar a 8 )

9. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p.66,72-73 (Regresar a 9)

10. DE SANDOVAL Alonso Ibíd. p66-67 (Regresar a 10)

11. Ibíd. p.65-66 (Regresar a 11)

12. Ibíd p.66 (Regresar a 12)

13. Ibíd. p.59 (Regresar a 13 )

14. Ibíd. p.74  (Regresar a 14 )

15. Ibíd.p.59, 63-64,73 (Regresar a 15)

16. Ibíd. p.59 (Regresar a 16)

17. Ibíd. p.62 (Regresar a 17 )

18. Ibíd.p.58 (Regresar a 18 )

19. Ibíd.p.62 (Regresar a 19)

20. Ibíd. p.72 (Regresar a 20)

21. Ibíd.p.73-74 (Regresar a 21)

22. Ibíd. p.57-58 (Regresar a 22 )

23. Ibíd. p.85 (Regresar a 23 )

24. Ibíd. p.85  (Regresar a 24 )

25. Ibíd. p.65  (Regresar a 25 )

26. Ibíd. p.57 (Regresar a 26 )

27. Ibíd. p.58,80,88  (Regresar a 27 )

28. Ibíd. p.58,64  (Regresar a 28)

29. Ibíd. p.71-73 (Regresar a 29)

30. Ibíd. p.92-93 (Regresar a 30)

31. Ibíd. p.93 Ibíd. p.72-73 (Regresar a 31)

32. Ibíd. p.72-73 (Regresar a 32)

33. Ibíd.p.72-73 (Regresar a 33)

34. Ibíd.p.67 (Regresar a 34 )

35.  Ibíd. p.61  (Regresar a 35 )

36.  Ibíd. p.72-73 (Regresar a 36 )

37. Ibíd.p.72 (Regresar a 37)

38. Ibíd p. 68  (Regresar a   38)

39. Ibíd.p. 69-70 (Regresar a 39 )

40. Ibíd. p.68-70 (Regresar a 40)

41. Ibíd. p.69-70 (Regresar a   41)

42. Ibíd. p. 69 (Regresar a 42)

43. Ibíd. p.73 (Regresar a 43)

44. Ibíd.p.76-77 (Regresar a 44)

45  Ibíd. p.96 (Regresar a 45)

46. Ibíd.p.95-96 (Regresar a 46 )

47 Ibíd.p.78 (Regresar a 47 )

48 Ibíd. p.82 (Regresar a 48)

49 Ibíd.p.77.  (Regresar a 49)

50 Ibíd.p.78-79 (Regresar a 50)

51 Ibíd. p.80-81 (Regresar a 51)

52 Ibíd. p.81 -82 (Regresar a 52)

53. Ibíd.p.79 (Regresar a 53)

54. Los Yorubas eran denominados Lucumies, por hablar la lengua ulkumí (Maya 1994)
(Regresar a 54)

55 Ibíd. p.79-81 (Regresar a 55)

56. Ibíd.p. 79 (Regresar a 56 )

57 Ibíd. p.79-80 (Regresar a 57)

58 Ibíd. p.87 (Regresar a 58)

59.Ibíd. p.95-96 (Regresar a 59)

60 Ibíd. p.89  (Regresar a 60)

61 Ibíd p.88-89  (Regresar a 61)

62. Ibíd.p.89 (Regresar a 62)

63  Ibíd. p.88-89 (Regresar a 63)

64 Ibíd.p.83-84,89 (Regresar a 64)

65  Ibíd.p .89 (Regresar a   65)

66  Ibíd.p .86 (Regresar a 66)

67  Ibíd. p .86 (Regresar a 67)

68  Ibíd p.85-86 (Regresar a 68)

69  Ibíd. p.85-86 (Regresar a 69)

70  Ibíd p.85-86 (Regresar a 70)

71  Ibíd p.83  (Regresar a 71)


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