MITOPOETICA DE LA ORILLA FLORIDA

Alfredo Vanin
Tumaco, Noviembre de 1996

PREÁMBULO

La historia segruirá siendo incierta. Pero contará siempre que en los tiempos finales, de los indios bravos llegaron los negros. De los anteriores quedaban unas cerámicas indescifrables y unos descendientes que ignoraban la historia de sus antepasados. Y estos indios descendientes contarían que una vez llegaron hombres europeos fascinados por el oro y los diezmaron y luego trajeron negros que se regarían como verdolaga en playa por todas las orillas silenciosas, cimarrones o libertos, pero libres de todos modos, para fundar raza y cultura, con todo en contra, sin medios ni peniques, pero con la gran orilla florecida para ellos y sus parientes venideros, con la gran riqueza de paisaje, de árboles y animales de caza y pesca.

Después de indagar códices y fatigar páginas, es conveniente entonces volver sobre las rnetáforas no escritas, sobre aquellas que deambulan por las orillas del Pacífico con sus lujos y carencias, ternuras y violencias, cataclismos y nacimientos. El propósito es conjugar esas metáforas y aportar las que también han nacido en el camino, ajenas o propias.

I- LAS GRANDES Y PEQUEÑAS METÁFORAS

1. El tiempo saltado en la poética popular

Ningún tiempo pasado fue mejor, porque se trataba de vivir del presente, repensando el pasado. En situaciones así, no hay futuro que valga. Porque se estaba haciendo una cultura asentada sobre barro movedizo, sobre aguas fluyentes. Tampoco era posible tener una imaginería estática ni una vida estancada. Por eso el verso glosado chispeaba en la décima, fluía en el arte de la retahíla y se condenso en fórmulas ligeras y disparadoras en el relato de tiempos y espacios destrozados. Frente a la gran verbosidad, se impuso a su vez una gran economía del relato y el verso, fórmulas de lenguaje que de una manera u otra decían quienes eran y para dónde iban, en muy pocas palabras, como lo puso en boca de sus personajes el aeda de la gran Odisea.

2. Los señores del agua.

El de Merizalde no  conoce el agua

Dos o tres vueltas antes, se le ve: imponente, de casi seis metros de estatura sobre una iglesia situada en lo alto, lo cual dobla su presencia en la altura. Los brazos extendidos pareciera que salieran al encuentro del viajero. Pero amaga y  uno cree que ya se va a tirar al agua, pero no, no se tira, se queda en el remedo.

Pero es el Cristo que para todos defiende el pueblo. Pueblo reciente, asentado en el río Naya, por donde pasó un cura sempiterno, que según todos lo fundó, le dio nombre (Merizalde) y posiblemente (según lenguas picantes) también hijos clandestinos. Dejó una historia escrita. El Cristo fue obra suya, no como arquitecto del yeso y el hierro, sino como gestor de Cristos congelados, de santos irremediables que trascienden los mismos propósitos de la bendición o la desgracia. Pero nunca se lanzará al vacío, nunca andará sobre las aguas de las que debe proteger al pueblo porque el río fue cambiado de curso y según los entendidos, un día romperá por una vuelta y enfocará su cañón de destrucción directamente a la iglesia. Y allí se verá si cumplirá o no su misión destinada, o se hundirá con su iglesia y con su pueblo de principios de siglo.

Los ojos del Señor del Mar de Salahonda son los ojos de un náufrago

Entonces cuentan que un pescador, atajando con sus redes, pescó a principios del siglo una estatua sedente, armada de corona tridente, de ojos rasgados y mirada viva, de pequeña complexión, posiblemente una especie náufraga de algún buque español desconocido, pero que para la gente representó el hallazgo milagroso enviado por una divinidad multividente. El Señor de madera se fue haciendo carne, se fue convirtiendo en parte de la vida del pueblo y llegó a su cumbre de milagros cuando detuvo la gran ola de 1906 que venía a acabar con todas las playas y luego detuvo la otra gran ola del 12 de diciembre de 1979, que arrasó con gran parte de las playas pero no pudo arrasar con el pueblo porque el Señor -lo dicen a pie firme- la detuvo. Lo cuentan con asombro todavía: cuando menos pensaron, en medio del corre y corre que había producido la gran sacudida de la tierra y el temor que les produjo ese infierno ruidoso del mar que avanzaba encrespado hacia la costa, la estatua apareció frente a la iglesia. Había salido sin que nadie la hubiera tocado, dicen, con el animo de salvar al pueblo.

El santo está vivo en la conciencia de la gente. Su estatua está en un lugar visible de la iglesia. A su lado, un mural la reproduce, en lo alto de una bahía. Y abajo del mural, el mismo santo, pero ya no sedente sino abrazando a los niños que juegan junto al mar. El mismo santo se contempla. Pero también, en la calle principal, un gran mural reproduce una procesión en uno de los días de noviembre en que se celebra su fiesta. Los ojos rasgados de la estatua sobresalen. Pero al recorrer la expresión de los fieles, todos llevan los ojos parecidos, como si al pintor nativo se le hubiera quedado congelada en la mano o en el pincel la almendra de una mirada que es de todos.

Yo entré como cualquiera puede entrar a admirar una estatua de corte grecolatino. La estatua se renegrió después de sufrir un incendio en la iglesia "porque el santo quería ser negro", dice la gente. Me disponía a tomar unas fotografías a la estatua y al mural, y alguien me dijo que él aparecía en fotos cuando lo quería. Lo cierto es que días después, al revelar el rollo, apareció el mural, pero el otro negativo, quizá por falta de luz, no mostró la imagen.

El Señor de Callelarga (Napi) se lanza a caminar por la orilla

Lo cierto es -dicen- que llegó en una partida ecuatoriana que lo trajo en peregrinacion. Llegó a Callelarga, un pueblo aguas arriba del Napi y al parecer se sintió a gusto, parece que hubiera encontrado por fin su casa, porque el día en que los portadores decidieron llevarlo, no cupo por la puerta de la iglesia. Luego se volvió tan pesado que ni todos los hombres del pueblo pudieron levantar el anda donde se sienta el santo de mirada penetrante. Hubo que regresar sin él. Pero como su vida había sido andariega, nunca ha podido estar quieto. Sale en las noches a merodear por las orillas. Le vieron en otro tiempo las sandalias llenas de barro de las peñas del Napi, los brazos cortados por las ramas espinosas. Un pintor debió retocarlo y le pintó musarañas. El santo lo tumhó del andamio. Monseñor quiso cerrar las puertas de la iglesia cuando no hubiera sacerdote, "para evitar la idolatría" y el santo tumbó las puertas de la iglesia a las doce de una noche. Pero lo cierto es que todo esto ocurrió antes y no ha vuelto a ocurrir. Ahora está allí, milagroso dice la gente, pero va no hace ostentaciones de fuerza ni camina entre el río.

3. La selva guarda todos los secretos

Todo lo que es y será vivió en el monte. En él se guarda el poder, el secreto, la fuerza. Los espíritus más poderosos están allí, se conservan las plantas que curan o dan maleficios. Los árboles y animales están dotados de sensaciones y de sentimientos. Es el espacio inculto donde el poder del hombre es limitado, pero algunos pueden llegar a conjurarlo para el bien o para el mal. En lengua de los Eperara-Siapidara, Jaipana, el curandero, el mago, el guía, significa, el invocador de los espíritus voladores. Jai, espíritu; Y, labios; pana, pájaros.

4. El mar es la metáfora suprema

El mar se tiene o no se tiene. Se está junto a él, con ánimo de señor y dueño, o él se vuelve irrecuperable, lleno de tantas distancias y eternidades, inalcanzable desde la orilla de los refugios o de los exilios montañosos.

Lo que mejor ilustra el contacto del hombre del Pacífico con el mar son sus navegaciones. Estas navegaciones llevan varios sentidos

 

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Vanin

* LA NAVEGACIÓN DE LOS HOMBRES. Arduas y llenas de peligros  y las primeras canoas de los indígenas surcaron el océano solitario con la certeza de que estaban muy lejos de otros hombres. Pero un día las espadas y arcabuces europeos aparecieron por el istmo y declararon suyo el mar. Desde entonces se empezaron a fundar tantos puertos como bahías se encontraran, para la navegación doméstica. Después de Balboa, llegaron las temerarias naves de Pizarro en busca del oro del Virú, armado en guerra contra el imperio dividido de los Incas. Un indio desterrado, caminando por las playas peruanas, los guió hacia Atahualpa.

Siglos después, las canoas a canalete y vela de los negros cruzaron las orillas. Luego los buquecitos veleros, construidos en Yurumanguí o en los astilleros de los Culímochos de Mulatos, para el transporte de madera y pasajeros y algunos productos.Las leyendas son muchas. Los Culimochos descendientes de españoles y dueños de territorio mediante Real Escritura de fines del siglo XVIII, recibieron la leyenda de descendientes de vikingos por su arte naval y su destreza en las navegaciones costaneras.

Las navegaciones en canoas veleras se arriesgaban al NON PLUS ULTRA del mar llamado Gorgona, isla de leyendas de piratas, de peces gigantescos, de transformaciones biológicas, de aguas tan transparentes que permitían ver el fondo a mil metros, a donde iban los ribereños por pesca y sal marina hasta cuando la isla se convirtio en penal. Pero cuentan los obreros del naciente penal que en tiempos de desoves y migraciones de sierras, se paraba uno de noche en la playa con una antorcha y llegaban tantas que se podían capturar cuantas quisiera con la mano.

* LA NAVEGACIÓN DE LOS ESPÍRITUS. Ellos navegan desde hace mucho tiempo, desde antes o después de los hombres. El Riviel fue primero hombre, ser humano. En el norte, un descreído que pisoteó el rosario de la Virgen del Carmen. O un muerto desapacible cuyo ataúd salió en plena creciente y se fue a la deriva. En el sur, un francés que fue asesinado por el amante de su mujer en su propia canoa y se fue río Telembí abajo y luego mar adentro hasta cuando se convirtió en vísíon. Cualquiera que sea el origen que le atribuya la leyenda, el pobre navega solitario, con una canoa mocha y desvencijada, con una lucecita en la proa, a gran velocidad cuando va a abordar y a hundir a pescadores o navegantes solitarios a altas horas, y luego se lamenta de si habrá ahogado a alguien que tenía o no familia.

El buque Maravelí,tripulado inicialmente solo por demonios, ahora carga en su vientre las almas de los hombres muertos que hicieron pacto. A los vivos los llama a lista en la madrugada, arrimando a cada puerto.
Pero no podemos olvidarnos de las sirenas. Ellas, no navegantes pero sí nadadoras de las aguas. tienen ciudades encantadas bajo las aguas donde el oro resplandece. A veces se llevan a hombres a vivir con ellas y por amor los premian con la inmortalidad.

*LA NAVEGACION DE LOS SANTOS

Carmela viene llegando

     como que  viene de Roma,

con su vestido de seda

    se lo han mojado las olas.

Es el tema central de un arrullo de Esmeraldas (Ecuador), también un litoral de negro-pacíficos de marimba y arrullo.

En todo el Pacifico, los santos navegan solos, yendo a sus fiestas donde las celebran (en la mente de los hombres y mujeres) y luego sus estatuas pasean en barcas festonadas para finalmente llegar al sitio del arrullo, velorio o adoración, donde se ha rezado y cantado nueve noches, para ser festejada por todo lo alto, hasta cuando a los músicos se les "mete el santo" por la cabeza o por el instrumento. La Virgen del Carmen, San Antonio, la Inmaculada de Guapi, son navegantes viejos.

5. Los peces precedieron a los hombres.

Porque el mar fue el origen de todas las demás especies. Y así lo entendieron los ribereños. Las islas de Tumaco se formaron cuando tres ballenas se vararon en la orilla. Se quedaron allí y sobre ellas se fue acumulando arena hasta formar las tres islas. Pero algún día, no lejano, las ballenas se sacudirán y se irán a lo profundo del mar y nosotros con ellas.

II - LAS CULTURAS FLUVIALES DEL ENCANTAMIENTO

Cuando era niño, me fascinaba sentarme a orillas del río y contemplar el agua durante horas, hasta cuando la marea volteaba su cola y las aguas cambiaban de sentido. Durante algunas noches, mujeres adorables y viejas -demasiado viejas para ese tiempo que parece no transcurrir para mí desde la perspectiva de este adulto asombrado- se sentaban en el centro de una sala, con las faldas recogidas y un aire entre cómico y grave, imponían silencio y rompían a hablar como no he vuelto a escucharlo en ninguna otra parte, como no volveré a oírlo ahora que ya no soy un niño pero de alguna manera prolongaban en mí la sensacion de un río de aguas encontradas y cambiantes.

¿Qué magia que todavía persigo había detrás de esas palabras, rumorosas húmedas de selvas y ríos, con jadeos de fieras tironeadas por cataclismos bestiales y surgiendo invictas de su propio ahogamiento? ¿Qué reinos remotos tomados a sangre y fuego en regiones remotas emergían o perduraban en secreto a lo largo de unas narraciones que ya no recuerdo y que pretendían no tener otro sentido que el facilitarnos el tránsito hacia la obediencia y el sueño?.

Sea lo que hayan sido, en mí no ha terminado el deslumbramiento. Recuerdo regiones, animales y hombres encantados, trabajos desmesurados y bíblicos que emprendían hombres y mujeres en hosca de la suerte esquiva, por penitencia ante alguna culpa o en persecución del amor enajenado a veces por potencias extrahumanas, trabajos que para algunos terminaban en el éxito definitivo y para otros en el fracaso y la muerte. Había reyes sin poder y sin gloria, príncipes transformados en animales insufribles, como en los relatos de muchos pueblos, y hechiceras poderosas que eran capaces de alterar el espacio-tiempo y desmaterializar realidades. Aquí también, como en los hechos de magos de las Mil y Una Noches, la ciencia-ficción está en el pasado.

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Barca de colores

La imaginación de un pueblo trabaja con los mismos materiales de su historia, pero su proceso y sentido van por lados diferentes aunque pertenezcan a esa misma e indisoluble presencia y armonia.

¿Cómo desligar las frustraciones históricas y las despiadadas injusticias de los infinitos trabajos y fatigas de los hombres plantados desnudos en el mundo? El encantamiento es la única salida, la articulación del universo como una caja de resonancia cuyos enrevesados secretos poseen hilos conductores que solo la inteligencia y la paciencia permiten descubrir a través de personajes- espíritus que guardan la sabiduría, la vida feliz o la desgracia.

Y aún la vida cotidiana del Pacífico está poblada de misterios. Descendientes de esclavos del oro y la codicia, el instrumento de la dominación generó también sus defensas, alianzas del bien y del mal que unidos dialécticamente producen su más profunda razón de ser y obrar. Monte, selva, ríos primigenios, oscuridad total de las noches, sonidos lejanos e indescifrables, palabras como balbuceos rescatados de los fantásticos lugares de donde siglos atrás vinieron los abuelos aherrojados. La resultante es un aleteo de espíritus y ritmos que configuran lo más hondo de la "expresión Pacífico", de pulsaciones misteriosas que gobiernan el destino y se encarnan allí mismo donde la religión católica había creído derrotar al Diablo. En Guapi una señora prometió contarme su máximo secreto. Años después en Buenaventura, todavía temerosa de que no llegase a creerle, porque nadie le había creído, me contó que su hermano había muerto muy joven siendo ella una niña, hacía muchos años, en el Charco. El había salido a pescar con el padre la faena prometía ser excelente. De pronto, mientras el padre cobraba un sedal, oyó un golpe en el agua. El hijo no estaba en la canoa ni se le veía en metros a la redonda. Penso que de pronto había querido asustarlo, pero esas bromas no se hacen en el agua y esa es una lección que todos aprenden muy temprano. Durante el resto del día lo buceó sin resultado y al anochecer llegó al pueblo con la mala noticia. Al día siguiente se alistaron los mejores buzos para el rescate del cadáver no sin antes conjurar madres de agua en caso tal que alguna se lo hubiese llevado. Durante tres días la búsqueda resultó un fracaso y al cabo de un mes se dijeron que el misterio no estaba en manos de ellos resolverlo. El joven pescador desaparecido y la mujer que me contaría después esta historia, eran tan amigos como hermanos. Ella me dijo que él era el varón más apuesto del pueblo, que tenía un porte de príncipe. Lo lloró mucho, jamás se consoló de su muerte injusta y misteriosa. Se decía que al menos si su cuerpo hubiese aparecido para enterrarlo dignamente y que su alma no navegara por aires esquivos aposentándose en casas abandonadas y grietas de murciélagos. Por fin, veinte años después, ella tuvo la visión reveladora cuando estaba sentada a la orilla del río. El sol se ocultaba ya y oyó que la llamaban con una voz conocida. Después de mirar hacia todas partes lo vio en el agua. El rostro hermoso resplandecía en el fondo. Le contó que aquella vez unas sirenas lo habían sacado de la embarcación y lo habían encantado para llevárselo a las profundidades donde tenían una ciudad hermosísima, donde se era inmortal, todo resplandecía en oro ‘e habia jardines y música. Que ya no le era posible regresar al mundo de acá y que estaba feliz. Pero había hecho una petición y se la habían concedido: que una hermana muy querida por él se viniera a vivir para siempre a la ciudad sumergida. Se le rogó de todas las maneras posibles y ella ya estaba a punto de arrojarse al agua para reunirse con él cuando vio la forma de pez de la cintura hacia abajo y las escamas horripilantes. Ya no valieron los argumentos de la inmortalidad y la riqueza. Corrió hacia la casa llena de terror dejando atrás al nostálgico hermano encantado.

Las historias del oro y sus efectos sobre los hombres o del espíritu del oro que se resiste a la codicia, abundan como la pobreza. Hay historias de vetas de oro capaces de darle la vuelta a la tierra pero que desaparecen como por encanto cuando entre los que trabajan existe alguno avariento o lleno de mala fe. Hay historias de tesoros enterrados junto a los horcones de las casas, entierros que solo es posible verlos por su llamarada fría o desenterrarlos un viernes santo a las doce de la noche. Pero para hacerse a él hay que armarse de valor y perder la codicia. En el momento en que se está cavando, el finado, cuya alma pena por ese entierro, está feliz detrás de uno haciendo toda clase de mojigangas y con los pecados pintados como monstruos en la cara y el pecho. Si se voltea a mirar hacia atrás y el valor no nos acompaña, se pierde el conocimiento y el tesoro, que tardará siglos en ser mostrado a otro.

En lagunas remotas sobre cerros escarpados, hay tortugas que están allí desde el principio de los tiempos y han crecido del tamaño de una casa,, hay peces fabulosos que de tanto vivir adquieren alma y entendimiento y dan cuenta de su existencia a hombres y mujeres ribereños cargados de magia en la palabra, de perlas en la boca. Como también diminutos viringos encantados que se convierten en aliados de los niños y narrar esa alianza es obra de muchas horas en noches sucesivas que perdurarán en la memoria con el llanto que impone una historia desgarradora y un final no feliz. Al cabo de muchos meses los niños querrán otra historia, otras motivaciones para seguir explorando el mundo, para soñarlo e inventarlo.

Los antepasados africanos de estos hombres ribereños que hicieron su vida junto al agua, sabían -como todos los pueblos sabios del mundo- que los animales habían aparecido primero que el hombre y que por lo tanto en ellos estaba depositada una fuerza de secretos y conocimientos que solo iban entregando de a poquito; y que podían proteger al hombre o enfurecerse por sus desmanes y aniquilarlos o retirarles su amparo. Pero a medida que el hombre los fue cercando y desmitificando, los desciende de sus pedestales totémicos y el mito cede el lugar a la fábula. Estos animales vienen cargados de virtudes y defectos, apetencias y prohibiciones. Para delicia nuestra llegaron Tío Conejo, con su permanente astucia triunfadora; Tío Tigre, burlado siempre por confiar en su fuerza; Tío León, arrogante e insípido; Tío Mono, saltarín y tímido; Tía Zorra, bochinchera y malévola; el Anancio, inmutable en su tela de araña; Tía Tortuga, lenta y azarosa en una selva donde no todos se comen a todos; Tío Sapo, torpe y sufrido; Tía Culebra, inofensiva y rastreadora de caminos que no conoce nadie.

Pero la fascinación sigue. Dioses paganos invisibles por el zarpazo y el desgaste del exilio) siguen rigiendo el mundo al lado de la divinidad católica paganizada. El chamanismo de Emberas y Waunanas, portadores de los bastones que controlan espíritus del aire, tierra, agua, selva y oscuridad, alterna con el animismo negro para conjurar maleficios o producirlos, para mover las potencias ocultas de la naturaleza en pro o en contra de la vida. La exuberancia de la naturaleza se domestica en una cosmovisión mágica que es otra manera de actuar sobre el mundo y poner sus fuerzas al servicio de hombres perecederos e insignificantes en al ancho y despiadado universo. La enfermedad no es únicamente la reacción biológica por la invasión de agentes patógenos y desórdenes orgánicos, es más que todo la intromisión de fuerzas negativas o manipulaciones de iniciados o transgresiones sociales que afectan al individuo y pueden trascender al grupo si no son expulsadas a tiempo. Viene el auxilio del canto y el conjuro, la actuacion invocada de la potencia de los espíritus capaces de exorcizar el mal y desterrarlo largo tiempo. Un Jaibaná puede ordenar el desalojo de un lugar por haber caído la maldición y la muerte.

Un asomo a la formación de las especies animales científicamente explicada por los sabios, produce acá regresiones, metamorfosis contrarias que son otra manifestación del encantamiento. La leyenda dice que hace muchos pero muchos años, cuando todavía el Diablo andaba a gatas, habitaban en la isla de Gorgona unos hombres pacíficos que nunca abandonaron su isla. El volcán submarino hizo erupción y todos los habitantes fueron arrojados al agua. Entonces se convirtieron en bufeos, mamíferos marinos cuyas hembras alimentan a sus hijos como cualquier hembra terrestre, y cuyos crios lloran como niños humanos. Por eso los delfines salvan a los náufragos, corren paralelos a las embarcaciones para protegerlas de la ronda de las fieras y se trenzan en arduos pleitos cuando saben que están amenazando a los humanos.

Cada vez que se escucha un relato, un poema popular del Pacífico, sabemos cuánto tuvieron que prestarle los recién llegados al europeo para construir con algunas de las estructuras literarias su propio universo de fascinación. Los decímeros navegan por los siete mares en conchas de almeja, derrotan con su sabiduría al mismo San Agustín, pelean con Sansón y Fierabrás; Carlo Magno y sus hombres siguen combatiendo en Aguas Muertas y en los relatos los pícaros se convierten en yernos del rey. A partir del lenguaje se creó una fiesta y esa fiesta del relato y la décima y la copla corrió pareja con el momento fuerte de la música de currulaos y jotas, con el jadeo de los tambores y el rumor de las marimbas encantadas que tocó el mismo Diablo, señor y arte de todo lo que resuena y palpita. Detrás de las nueve de la noche del velorio está la lastimera súplica, la alegre esperanza de que el alma deje el cuerpo sin sufrimiento y vaya a reposar o a recibir su castigo de acuerdo con sus hechos en la tierra, porque el canto es la mejor manera de que el alma no se sienta sola en ese tránsito irreversible. Aunque un famoso africano, en la aldea de Joffure (Gambia), según Alex Haley, le había dicho a su hijo Kunta Kinte que en cada aldea habitaban tres clases de hombres: Los visibles, los que van a nacer y los que han muerto.

Los hombres y las mujeres dedicados al mazamorreo del oro, la agricultura, la cestería, la pesca, la labranza de canoas, crearon con palabras las imágenes de oscuros endriagos enemigos del hombre, pero a la vez connotadores de límites frente a la naturaleza para que el hombre no la provoque sin motivo y al desbordarse lo destruya. El Riviel navega veloz por el mar, amenazando y ahogando viajeros y pescadores solitarios en la noche, marinero en su canoa mutilada que de ser gobernada por un mortal se iría a pique. La deforme señora llamada Tunda, dueña de artimañas como la de transformarse ante los niños en figura de mujer conocida, impide aventuras prematuras en una selva pródiga en peligros. La Madre-de-Agua, espíritu que según la tradición crean los hechiceros indígenas y solo ellos pueden deshacer, acecha en el fondo del río, entre palizadas y remolinos. El Hojarasquín del Monte es el bosque en movimiento. El Duende es el señor de las artes de la lucha, de la guitarra trasnochadora y el enano sediento de ternura y senos de mujer doncella. El buque Maravelí, cargado de espíritus satánicos y esqueletos de endemoniados, fondea en los pueblos cada noche a las doce para llamar a lista a quienes tienen trato con el Indigno, mal llamado Mandinga. Es un buque inmenso, negro y silencioso que va arrastrando con toda la escoria de la otra vida, desapareciendo cuando se intenta fijarlo con alguna luz y dejando brotar terribles voces cuando alguien de cerca pronuncia palabras sagradas. Las ánimas del purgatorio se convierten en aliadas de los vivientes, en un claro retomar de catecismos apócrifos. Son ellas las que interceden por los hombres, recorren las calles en procesiones que ahuyentan a los malos espíritus con sus voces nasales. El Toma más indígena es un monstruo de quebradas y esteros que ahoga a los trasnochadores empedernidos.

En Santa María del Sesé, Timbiquí, se celebra la noche del Viernes Santo con una procesión que rondan hombres disfrazados de ánima sola que de vez en cuando se acercan a la fila y castigan ritualmente con un látigo. Pregunté por qué eran tantas si ánima solo hay una. Me respondieron que en un comienzo era una pero en algún Viernes Santo apareció otra. El que había defendido el privilegio de disfrazarse siempre se acercó al usurpador para reconocerlo por la voz. Le preguntó qué horas serían. En ese momento eran más de las siete y el ánima intrusa le contestó con voz nasal: "Cuando salí de Jerusalén eran las cuatro". Desde entonces se disfraza mucho sabiendo sin querer constatarlo que alguno de entre ellos es el Judío Errante.

Así, dentro de este mundo aparentemente sin historia, donde todo parece fluir con lentitud, donde las hojas del mangle cambian sin prisa del verde al ocre tornadizo, donde las mareas parecen eternas, donde hay tiempo de puja y de quiebra, lunas y menguantes dilatadas, menstruaciones de moluscos y migraciones de saínos, tiempo de pesca y de siembra, de corte de árboles y de ocio, se fue configurando una cultura nutrida por ríos cortos y poderosos en playas amenazadas por el mar bello y vengativo. De la oscuridad impenetrable de las noches y el calor de los tragos, del miedo y del asombro, de la desdicha histórica y la felicidad danzante, surgió la fábula, empezó el encantamiento.

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