CARIBE COLOMBIA  

FEN COLOMBIA  

LA PARÁBOLA DEL CARIBE, NUESTRA TIERRA PROMETIDA

 

Jesús Ferro Bayona

  "Tú dices que el arte es mentira.

 Es mentira el mar? 1

 

El Ilustre geógrafo francés Eliseo Reclus, viajero infatigable del siglo XIX, escribió en su Nueva Geografía Universal, la Tierra y los Hombres 2 , esta frase iluminadora: "la península Guajira ofrece sitio favorable de refugio a la nación caribe".

La idea del Caribe como nación, sea cualquiera el sentido que le haya dado Reclus, nos sirve de puerto de embarque para emprender nuestra observación viajera por el Mediterráneo de las Mil Bocas, como lo llamara el barón de Humboldt, y de puerto de llegada para adentrarnos en la región costeña, la interiorana, surcada de ríos y de ciénagas, de llanuras y sabanas, de sierras y serranías, en la que reconocemos hoy, junto con la del litoral, con sus playas y acantilados, islas y arrecifes, esa peculiar agrupación sociocultural a la que llamamos el Caribe colombiano.

Nos hemos acostumbrado a decir la Costa Atlántica, relente de una inclinación a darle la espalda al Caribe, resultado eficaz de una educación para el olvido que nos ha encantado con su exaltación de los Andes para dejarnos, por muchos años, tirados sobre nuestras playas, sin atender al mar que nos integró a la historia universal desde los orígenes de nuestro encuentro mítico con la cultura de Europa. No obstante, ya aprendimos a balbucir las primeras letras del mar Caribe y a encontrarle sus consonancias con el rumor indígena, con el ritmo africano y con la métrica europea.

Esa señal que nos invita a llamar las cosas por su nombre nos ha arrastrado, como los huracanes del segundo invierno, a reconocer en el Caribe nuestro espacio vital, nuestro ámbito propio, nuestra tierra prometida. Por eso mismo, al igual que los viajeros antiguos de la etnografía, registramos aquí nuestras notas de búsqueda que intentan comprender la relación entre el hombre, la naturaleza y la historia, entre la cultura, el paisaje y las crónicas, de esta gran comarca del Caribe colombiano.

Las coordenadas geográficas y vitales del Caribe

La sola mención de un espacio geográfico, como la que acabamos de hacer, nos trae consigo resonancia del viejo problema intelectual de lo uno y lo múltiple. Si nos dirigimos al mar Caribe, de acuerdo con sus coordenadas de islas, cayos y tierra firme, encontramos reinando a la diversidad, porque cada cual reclama en inglés, en francés, en neerlandés, en patois o en español la propiedad del Caribe.

Ciencias como la antropología y la etnología les dan la razón porque lo que hallamos en el Caribe es una pluralidad de las culturas, de lenguas y de hábitos, pero sin que ello impida que, fundamentados en esas mismas disciplinas científicas, podamos decir sin temeridad que existe una Cultura Caribe que recoge lo que hay de común en toda la cuenca, como también la variedad que distingue, por ejemplo, a Cuba de Curazao.

La Cuenca del Caribe 3 comprende, en sentido lato, tanto el golfo de México como el mar interior que tratan de enclaustrar al archipiélago de las Antillas, América Central, desde la península de Yucatán, y el norte de América del Sur.

El barón de Humboldt la vio así, y al llamarla Mediterráneo de las Mil Bocas, abarcaba con su mente de geógrafo tanto el conjunto de islas y cayos que se desprenden de La Florida y se extienden como un arco templado hacia el occidente, para caer en la costa norte de Venezuela, como todo el litoral continental en donde se encuentran Estados Unidos, México, los países de Centroamérica, Colombia y Venezuela.

El archipiélago está formado por las Antillas Mayores, que son Cuba, Haití, República Dominicana, Jamaica y Puerto Rico, y las Antillas Menores, que se han calculado en el orden de siete mil islas, islotes y cayos, entre las que sobresalen Guadalupe, Martinica, Barbados, Dominica, Trinidad y Tobago, Aruba y Curazao, incluyendo a las Bahamas, al norte de Cuba y occidente de Florida. [1]

El Sombrero de palma tejido es uno de los implementos más característicos del "modo de ser costeño" . (Foto: Juan Camilo Segura)

Cuando el barón de Humboldt llama al mar interior Mediterráneo de las Mil Bocas, está apoyándose en un símil mutatis rnutandis que es el mar europeo, por lo que tiene que acudir a la figura de las mil bocas, que establece la diferencia que existe entre el Mediterráneo y el Caribe.

El nuestro es un mar con muchísimas entradas y salidas que lo ligan con el océano Atlántico, por donde vinieron españoles, y después portugueses, holandeses, ingleses y franceses. El mismo océano por donde también vinieron a crearle zozobra al Caribe los piratas y corsarios, de los que todavía hablan los navegantes, si es que no se trata de sus fantasmas.

Es al océano Atlántico al que se halla atado el nombre oficial de nuestra Costa, denominación que supone un salto maratónico que clavó entre paréntesis nuestra inmediata relación con la cuenca caribeña, y uno de los tantos equívocos que ha llevado al país andino a ignorar el mar.

Otros aducen que la falta de proyección al mar interior es una herencia de la actitud colonial española, pues con la construcción de plazas fuertes en las ciudades del litoral vino el predominio del sentido estático, a saber, el defensivo, sobre el de conquista del mundo exterior 4 .

Esa explicación además de ser sociológicamente endeble, puede utilizarse como absolución histórica a un pleito viejo que el sentimiento colectivo costeño ha mantenido, no sin razón, con el país andino. Desde el punto en que las cordilleras pierden sus nombres hasta los límites nórdicos de nuestras costas, se habla de ese estilo centralista del altiplano, que no sólo recorta, quita y prohíbe, sino que además obra como una fuerza centrípeta que obliga a mirar para allá y no hacia el mar. Y a pasar por allá, antes de llegar al océano Atlántico.

Pero el hecho es que el trópico encuentra en la región Caribe su espacio natural. Por el norte, la línea de demarcación, que coincide con el Trópico de Cáncer y que corta la península de la Florida, señala la entrada en un mundo particular que Colón describió con palabras míticas, pertenecientes al lenguaje del paraíso, que Bolívar amó y conservó en el alma como lugar de referencias vitales y que nosotros vivimos como el único espacio posible para verificar nuestra identidad cultural y mantener en pie las razones existenciales de la dicha.

Una visión de esas coordenadas vitales y culturales se halla muy bien narrada por Cabrera Infante 5 cuando en la novela coloca a su personaje en un solar de La Habana y lo pone a vivir sus ritos de iniciación al amor y a la cultura: Julieta Estévez, la initiatrix, le dice que le gustaría oír el mar mientras hacen el amor. El joven piensa que habrá de buscar un lugar cerca de la costa.

"—Una playa entonces —le digo yo, recordando que ella colecciona crepúsculos y conchas.

"—Pero mira que eres tonto! —me dice—. Yo quiero decir El Mar la Debussy".

El joven narrador tiene que irse a buscar un tocadiscos portátil y el disco El Mar a donde Olga Andreu, que se lo había comprado no hacía mucho, cuando estaba en su fase impresionista, impresionada por Debussy. Y es así como, en ese contexto de sensualidades caribes y de connotaciones musicales europeas, se construye un mundo de experiencias, sensaciones e ideas, que el descubrimiento de Cristóbal Colón estableció, siglos atrás, a su manera. [2]

En el contexto de sensualidad caribes y de connotaciones musicales europeas se construye un mundo de experiencias, sensaciones e ideas. (Foto: Milcíades chaves)

El Caribe como parábola del encuentro

El Viejo Mundo se encontró con el Nuevo cuando las tres carabelas del almirante Colón llegaron, en una madrugada de octubre de 1492, a unas islas que confundió con el Extremo Oriente, el Cipango, una especie de metáfora para navegantes ávidos de riquezas y para aventureros recién salidos de las cárceles. Colón no era lo uno ni lo otro.

Era más bien una almirante piadoso que perseguía su propio destino y que trataba de cumplir fielmente con la misión de la reina. Dividido entre el deber de hacer un inventario del oro indispensable y la misión cristiana que lo urgía a ponerle nombre a las cosas, dejó consignado en su diario el relato de ese Génesis en tierra americana que le seguía los pasos al de la Biblia, su libro de cultura básica. Era en eso, como en muchas otras cosas, un europeo de su tiempo.

El descubrimiento de América, su invención, o más bien el encuentro de dos culturas, que es el comienzo de la era moderna 6 , acontece en la región del Caribe. El sentido de ese hecho histórico nos interesa vivamente para comprender aún más nuestra identidad americana y caribeña.

Porque cuando Cristóbal Colón llega a América, y en sus sucesivos viajes a nuestras tierras deja consignada una experiencia de la geografía y de la naturaleza a la luz de la cosmovisión cristiana, sobre todo, la que él ha interiorizado como Almirante piadoso: "Yo estoy creído que ésta es tierra firme, grandísima, que hasta hoy no se ha sabido, y la razón me ayuda grandemente por esto deste grande río y mar, que es dulce, y después me ayuda el decir de Esdras, en el libro IV, Cap. 6, que dice que las seis partes del mundo son de tierra enjuta y la una de agua, el cual libro aprueba Sant Ambrosio en su Hexameron, y Sant Agustin..." (Diario del Tercer Viaje, transcrito por las Casas) 7 [3,4]

" Y todos los que yo vide eran todos mancebos muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras... y hay muy lindos cuerpos de mujeres...". (Foto: Diego Samper) (Foto: Richard E. Cross)

  

Colón recorre en sus cuatro viajes el Caribe llevado de la mano de esa cosmovisión medieval, que se convierte para nosotros, por medio del relato, en un material mítico. El progresivo interés por el "descubrimiento cristiano" de estas tierras es patente, y se manifiesta en todo el relato, no obstante que la permanente referencia al oro lo inundo desde el comienzo: "Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz" (anotación en su Diario, correspondiente al 13 de octubre, un día después del descubrimiento 8).

Y, líneas más abajo, añade: "Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde [...] y así ir al Sudueste a buscar el oro y piedras preciosas". Pero está presente la salvedad de su intención final en aquel descubrimiento: "No me quiero detener por calar y andar muchas islas por fallar oro. [...] Mandó el Almirante que no se tomase nada, porque supiesen que no buscaba el Almirante salvo oro".

La expansión del cristianismo está más cerca del corazón de Colón que el encontrar oro, como la anota Todorov 9 , ya que Nuestro Señor ... bien sabe que ya no llevo estas fatigas por atesorar ni fallar tesoros para mí, que, cierto, yo conozco que todo es vano cuanto acá en este siglo se hace, salvo aquello que es honra y servicio de Dios".

Así, pues, cuando Colón llega a tierra, y después de poner la bandera real, comienza a observar la naturaleza, con tal detalle que el lector comprende el sentido vital y trascendente del relato: "Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversa manera".

Esta experiencia de la naturaleza, habida dentro de unas referencias claramente cristianas, es notable: "San Isidro y Beda y Strabo y el maestro de la historia escolástica y San Ambrosio y Scoto y todos los sanos teólogos conciertan que el Paraíso Terrenal es en el Oriente, etcétera", anota en su tercer viaje, cuando toca tierra firme y, sin saberlo, llega a la desembocadura del Orinoco.

Es cierto que la relación de sus observaciones sobre la naturaleza con la imagen del mundo cristiano se establece progresivamente, pero el hecho es que Colón, antes de partir de España, navegaba en la lectura de esa imagen del mundo: había leído en la Imago Mundi de Pedro de Ailly que el paraíso terrenal debía encontrarse en una región templada más allá del ecuador.

No encuentra nada en su primera visita al Caribe, lo cual no es de asombrar; pero ya de regreso, en las Azores, declara: "El Paraíso Terrenal está en el fin de Oriente, porque es lugar temperatísimo; así que aquestas tierras que agora él ha descubierto, dice él, es el fin de Oriente " 10 .

Los indicios de ese encuentro del Paraíso Terrenal son para Colón infinitos, ahí donde el esplendor de la naturaleza tropical parece no tener fin: es el encuentro del "agua dulce [que] fuese dentro y vecina con, la salada", en la desembocadura del Orinoco; es "la suavísima temperancia" del clima; "vinieron al navío más de cuarenta pardeles juntos y dos alcatraces.

Vino a la nao un rabiforcado y una blanca como gaviota; y vide muchos árboles muy disformes de los nuestros, y delios muchos que tenían los ramitos de muchas maneras y todo en un pie, y un ramito es de una manera y otro de otra, y tan disforme, que es la mayor maravilla del mundo cuanta es la diversidad de una manera a la otra"; es el recuento de cada maravilla que se ve, para llegar a la conclusión: " Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a las señales de estos santos e sanos teólogos..." Y no puede faltar la descripción intensamente alegórica: "Creo que allí es el Paraíso Terrenal, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina [...] Yo no tomo que el Paraíso Terrenal sea en forma de montaña áspera, como el escrebir dello nos muestra, salvo que sea en el colmo, allí donde dije la figura del pezón de la pera (y fuese como una teta de muger allí puesta)".

Es disfrute de la naturaleza, como lugar en el cual el almirante quiere quedarse para siempre, porque se ha encontrado el Paraíso Terrenal, creencia que se apoya en la imago mundi que Colón lleva en sí para entenderlo todo, es lo que llamamos material mítico que nos orienta en nuestra interpretación del Caribe. Al mito le es connatural el ser hablado: tal como la palabra "mito" lo indica, es un "decir".

Colón lo dice al escribirlo. El acto de escribir su Diario tiene para nosotros el doble resultado de fijar su pensamiento y de liberar su expresión individual: el relato del descubrimiento que hace Colón es, así, un mito que llevará la marca de una elaboración interpretativa de los datos recibidos.

Tenemos así el "primer" relato del Caribe, de su geografía, de su espacio concebido como un Paraíso Terrenal, que se transmite a nosotros como tal y, consecuentemente, como un paradigma de sentido. Por tanto, al leer el relato, y de acuerdo con las claves del mito, podernos decir que nos encontramos en ese paraíso. Qué otras coordenadas, además de la geográficas, que ya mencionamos, necesitamos para que nuestra imagen del mundo caribe sea un génesis del disfrute?

Las constantes antropológicas del hombre caribe

Colón nos ha legado en su Diario la visión de ese acontecimiento único en la historia del mundo que es el descubrimiento de América, en la espléndida realidad del Caribe. La cultura del hombre europeo se topa titubeante con la del hombre americano, el precolombino, que asiste al espectáculo de la llegada del europeo, con curiosidad compartida.

Este encuentro del primer día con los indios, quedó relatado así: "Luego vinieron gente desnuda. [...] Desnudos todos, hombres y mujeres, corno sus madres los parió. Y todos los que yo vide eran todos mancebos muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos, e cortos... y ellos son de la color de los canarios 11 , ni negros ni blancos... Hay muy lindos cuerpos de mujeres" 12 .

Hay que entender la manera como los ve Colón en su plena desnudez y despojados de esas propiedades culturales que él sí posee, como europeo cristiano y culto, porque Colón se aferra a su imago mundi, que no permite colocar a los indios todavía dentro de una cultura: "Esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda como dicho tengo, sin armas y sin ley. [...] Ellos no tienen secta ninguna ni son idólatras".

En esta última remisión a la ley y a la religión, se encuentra un dictamen sobre la carencia de lo que para Colón es la tabla con la que mide a los indios: la civilización europea. No obstante, el encuentro de las dos culturas se irá realizando paso a paso comenzando con la fusión de las razas, a semejanza del poblamiento del Diario con la visión del paisaje tropical, de la vegetación exuberante y el esplendor de otras tierras nunca vistas antes: "Ha sido descubierta América y de repente, por una serie de circunstancias, resulta que nuestro suelo, y muy particularmente el suelo caribe, se hace teatro de la primera simbiosis, del primer encuentro registrado en la historia entre tres razas que, como tales, no se habían encontrado nunca: la blanca de Europa, la india de América, que era una novedad total y la africana que, si bien era conocida por Europa, era desconocida totalmente del lado acá del Atlántico", escribe ese amante ilustrado del Caribe, que fue el cubano, y también europeo, Alejo Carpentier 13 [6]

La mochila junto con la hamaca son parte de la viva herencia indígena que caracteriza al costeño de hoy. (Foto: Juan Camilo Segura)

Pero la historia del Descubrimiento y de la Conquista traen consigo tanto la visión mítica del Nuevo Mundo como los asaltos de su apropiación cruenta. A la descripción paradisíaca del primer encuentro siguen los relatos de las conquistas devastadoras de los indios en México, en Yucatán, en el litoral y las tierras vírgenes de Colombia.

Nuestra identidad cultural, que toma vuelo en esos días míticos del Descubrimiento, empieza casi al tiempo a construirse dolorosamente con sangre, con violaciones, con expoliaciones, con muerte. Esa simbiosis monumental de tres razas, cada una con su riqueza cultural extraordinaria, que es la fuente de "una civilización enteramente original" 14 , sufre una evolución con cada paso que se da: con la conquista, con la colonización, con la esclavitud. La fusión de indios, negros y blancos se hizo a precio de sangre que palpita con la diástole, liberadora pero también esclavizadora, en las arterias de cada uno de nosotros.

Una cultura, la europea, somete a la otra, la precolombina 15 : imperio, religión, derecho, cultura, civilización, todos esos conceptos que el europeo traía en su mente, y con los cuales percibía la nueva realidad, apuntan a acciones de posesión física, de dominio espiritual, de disciplina y orden militar.

Conceptos que se hallaban en el recinto de una lengua única y significante para designar cada una de las realidades materiales y humanas: fue así como al orden de la lengua española se llamó a la yuca, al ñame, al maíz, al aguacate, al fríjol y al guanábano de monte; se llamó a la lisa, al lebranche, a la mojarra, al bagre; se llamó al jobo, al yarumo, a la caña brava, al tabaco; se llamó, en fin, a toda la vegetación, a la flora y a la fauna, a la codificación de la lengua española, ya fuera traduciendo los nombres nativos, ya fuera acogiéndolos en el sistema fonético del conquistador, pero adaptados a una grafía dominante.

Se llamó, en definitiva, con dominación, al hombre nativo para indicarle cuál era el árbol del bien y del mal. Fue como la llegada de Dios al paraíso terrenal para imponerle nombre a las cosas: "La parte de la comunicación humana que capta la atención de Colón es entonces precisamente aquel sector del lenguaje que sólo sirve, por lo menos en un primer tiempo, para designar a la naturaleza" 16 .

De ese ordenamiento cultural provenimos; de esa mezcla de razas y culturas nació la costa Caribe colombiana, en donde la fusión de indios, negros y blancos dio como resultado una cultura plural, típica de la región, que la enlaza con la pluralidad cultural de la cuenca del Caribe.

A ese proceso de fusión de razas se le ha llamado con propiedad producto del concubinato cultural 17 , dándose a entender que en la costa Caribe no hubo la preservación colonial de las formalidades, sino una natural cohabitación de los cuerpos sin fronteras de colores.

Esa cultura triétnica fue desplegándose o concentrándose con las corrientes inmigratorias, que, a todo lo largo del litoral como de las riberas interioranas de los ríos, ha ido determinando unas constantes antropológicas, un "modo de ser costeño".

Esas constantes no son otra cosa que el resultado de un entrecruzamiento racial, lingüístico y cultural con sus características propias: desde los desiertos de La Guajira hasta los cerros que abrazan al río Sinú, por el sur: desde la Depresión Momposina hasta las sabanillas del departamento del Atlántico; desde el valle de Upar hasta el archipiélago de San Andrés y Providencia, se encuentra uno con las mismas constantes del hombre universal costeño y caribe.

Sin pretender reducir esas constantes al determinismo geográfico, ni a la sola fusión racial, ni a la omnipresente confluencia de culturas, sino remitiéndolo todo a una simbiosis inmensa de razas y de culturas en ese espacio esplendoroso del Caribe, se puede decir que nos encontramos aquí con un típico modo de ser, que se entronca a la historia del Caribe y a la evolución de la impronta regional.

Efectivamente, la unidad cultural y social de la región costeña, que se apoya en la geografía peculiar de la cuenca del Caribe, con sus mares y ríos tropicales, de ninguna manera niega la diversidad de las subregiones, en el interior de la Costa, pero, en definitiva, encuentra un fundamento de integración en la comunidad de sentimientos de sus habitantes.

Se dan las diferencias en la concepción del honor entre un guajiro y un cordobés, se dan los matices del habla que distinguen a un barranquillero y a un sampuesano, se dan las diferencias musicales entre el vallenato y el porro; y una fiesta propia es el carnaval de Barranquilla y otra, también propia, es el fandango de los pueblos del antiguo departamento de Bolívar; todo ello es diversidad y riqueza cultural que distingue, pero nada altera el sentimiento, y la conciencia de que estamos todos marcados por una historia común y por una relación típica con la naturaleza tropical del Caribe, por constantes antropológicas que nos unen y nos identifican como región ante los Andes, y en distinción clara con las otras regiones del país, que López de Mesa clasificó y describió al responder la pregunta "cómo se ha formado la nación colombiana". Aquí cabe por completo la frase de Hegel: la naturaleza "es el punto de partida del cual puede un ser humano lograr una libertad interior " 18 .

Ese escenario natural se distingue también por la luminosidad de nuestro paisaje, esa luz ubicua que lo inunda todo, como el mar y los ríos, presentes en la vida cotidiana, configurando nuestro modo de ser y de sentir.

Hay, por eso, un sentimiento vital, una pasión de arraigo ligados a la tierra, al paisaje, que pintores como Alejandro Obregón han traído al espacio de sus cuadros. Todo el espectáculo de humedad y de canícula, de silencios, de caños y de ciénagas, de naturaleza febril del Caribe está desparramado en su pintura: caimanes apesadumbrados, flores cálidas, camarones inermes, niñas de coleocanto, aves que caen al mar, garzas desorientadas, el gavilán pollero, la lluvia, el mar revuelto, los volcanes sumergidos, barracudas y mojarras, manglares del Magdalena y de la Ciénaga Grande, todo el espectáculo de la naturaleza del Caribe, que presenciamos y vivimos con el sentir común de costeños de esta parte de Colombia.

Entrelazadas, se hallan la historia del mestizaje y las costumbres en vigor. Historia que está llena de violencias carnales como también del rumor que brota del amor libre, tal como se entiende en la época esta noción del mundo moderno.

La mayor parte de los españoles vivían amancebados con las indias; se daban el lujo de poseer varias a la manera de los caciques. Las costumbres precolombinas eran atractivas, gustaron a los españoles, que empezaron a entender las coordenadas de una nueva cultura, completamente otra y rejuvenecedora para su Viejo Mundo, como lo dijera Hegel: "América es el país del inmenso anhelo para todos aquellos a los que parece el histórico arsenal de la vieja Europa un panorama tedioso" 19 .

Sin rastrear las guías de la ciencia sexual occidental, y mucho menos del arte erótico de Oriente, los actores de la nueva civilización se buscan entre sí: indias con españoles, negras con indios y con hispanos, y salen los mulatos, y prosiguen los mestizos, y continúa la lista con zambos, con cuarterones y quinterones.

El saber inmediato busca en la sexualidad una nueva forma de roturar la cultura, que en la costa Caribe es una fiesta del cuerpo y de la sensualidad, constante antropológica cuyos cuadros se repiten a lo largo de la Colonia, de la Independencia, la República y esta modernidad tan propia nuestra.

Desde el comienzo apareció también el exorcismo a tanta abundancia de la sexualidad, porque todo ese festejo ha sido visto, formalmente, como capítulos sucesivos del apocalipsis: "Fluctuando en dos contrarios extremos de placer y de pena, prevalecía ésta y se anegaba mi pecho en un proceloso mar de tribulaciones al advertir y experimentar la universal relajación y corrupción de costumbres de los fieles...", escribe el obispo de Cartagena en su informe de 1781 sobre una visita a los pueblos de la Costa 20 .

La fiesta, ese ritural mítico que se cumple interminablemente en los poblados de las riberas del Cauca y del Magdalena, en las haciendas y caseríos de las sabanas, en las poblaciones del Sinú y San Jorge, es una constante que caracteriza la cultura nuestra y que desorienta tanto a la hermenéutica de los funcionarios clericales de la Colonia como al moderno observador foráneo: "los que concurren son indios, mestizos, mulatos, negros y zambos, y otras gentes de la inferior clase: todos se congregan de montón sin orden, ni separación de sexos, mezclados los hombres con las mujeres, unos tocan, otros bailan y todos cantan versos lascivos, haciendo indecentes movimientos con sus cuerpos", anota el obispo de marras.

No se ha entendido la metafísica que hay en la fiesta costeña, no se ha sabido interpretar la trascendencia espiritual del gesto sexual: "Ya se dejan considerar las proporciones que hacen para el pecado la obscuridad de la noche, la continuación de las bebidas, lo licensioso (sic) del paraje, mixturación de los sexos y la agitación de los cuerpos", descripciones todas que cambian de signo, es decir, se vuelven liberadoras y manifestaciones sacrales del espíritu cuando se ven a través de una lectura más sana; la misma que proponen los europeos de hoy para ver en los comportamientos sexuales de la antigua cultura grecolatina una expresión del "sujeto que tiene conciencia de sí como actor de la historia y que asume, en consecuencia, todo ese horizonte de creatividad subjetiva, toda esa riqueza de vivencias que se originan en el seno de la comunicación intersubjetiva" 21 [7,8]

Ese escenario natural se distingue por la luminosidad de nuestro paisaje, esa luz ubicua que lo inunda todo, configurando nuestro modo de ser y sentir. (Fotos: Santiago Harker)

La confluencia de las razas, que se aposentó en todas las poblaciones del Caribe, definió también en nuestra Costa una serie de comportamientos y de actitudes vitales, que se manifiestan, por todas partes de la región, en la sexualidad natural, en el trato franco de la gente, en el arraigo de todos a la tierra caribe, en el sentido del tiempo, que pasa por aquí sin sobresaltos, como si el hombre costeño tuviera un sentido más de la adaptación realista al ritmo de los procesos normales de la corriente del río y del vaivén del mar, sentido que se puede verificar en el empleo de la hamaca, esa red maternal que nos une apaciblemente al rumor de nuestro paisaje, hundido en el sopor.

Brotan de esas actitudes vitales ciertas certidumbres sobre la feracidad de la tierra, que no nos puede fallar porque entre los caños y ciénagas, en el mar interminable, en la manigua, se encontrarán en abundancia peces y cuadrúpedos, aves y reptiles para la mesa, en torno a la cual se ha tejido una gastronomía que no es tan primitiva como parece: la sola hechura del sancocho requiere de una sabiduría de siglos para conocer el punto de equilibrio del hervor necesario.

Y así hay que seguir con la carne de res, las tajaditas de plátano, el ñame, la sopa de tortuga, el arroz de lisa, el arroz con coco, la yuca con suero; el solo tratamiento de desintoxicación de la mandioca para que se pudieran comer con placer la yuca cocida, las carabañolas, las empanadas de carne, el bollo, exigió una imaginación nada común y un sentido connatural de los procesos químicos de la tierra.

Comenzamos preguntándonos por las relaciones entre el hombre, la naturaleza y la historia. Henos aquí con las respuestas que nos da la observación de la tierra en que vivirnos. El Caribe colombiano es una realidad hecha de música, de agua dulce de los ríos y de agua salobre del mar, de luz que vuelve radiante el escenario de nuestras vidas, de tormentas que asustan y pasan por el trópico, de caminos de amor y de alegría, pero, ante todo, es una realidad humana, construida por seres que hemos reconocido en este espectáculo natural de nuestro mundo un destino común, que une a los habitantes de la región por encima de las diversidades subregionales, y una profecía de la patria que queremos, ya que la convivencia, la solidaridad, el "ñerismo", y tantas otras manifestaciones del común sentimiento de la vida, son las prefiguraciones de esa tierra prometida, apacible, cordial y feraz que los colombianos de hoy estamos buscando. [9]

Brotan de esas actitudes vitales ciertas certidumbres sobre la feracidad de la tierra, porque entre los caños y ciénagas se encontrarán en abundancia peces y cuadrúpedos. (Foto: Richard E. Cross)

 [10] El empleo de la hamaca, esa red maternal que nos une apaciblemente al rumor de nuestro paisaje, nos muestra la adaptación del hombre costeño al ritmo de los procesos normales de la corriente del río y del vaivén del mar. (Foto: Juan Camilo Segura)

1. Cabrera ínfante G., La Habana para un infante difunto, Seix Barral, Barcelona, 1979, p. 373.

2. Reclus E., Colombia. Incunables, Bogotá, 1983, p. 158.

3. Una descripción en detalle, basada en otros estudios, se encuentra en el articulo de Alvaro Valencia Tovar, " El Caribe: Perspectivas geoestratégicas". Revista Carta Financiera de Anif, No. 55, febrero de 1983, pp. 5-32.

4. Véase el articulo, citado arriba, de Alvaro Valencia Tovar, pp. 12-13.

5. Cabrera Infante G., op. cit., pp. 370-377.

6.Una interpretación de esa historia, desde una perspectiva moderna, la hace con mucha propiedad y fundamento el investigador búlgaro, residenciado en Francia desde 1963, profesor Tzvetan Todorov, en un bello libro de reciente publicación en español: La conquista de América. La cuestión del otro. Siglo XXI, Mexico, 1987.

7. Las referencias bíblicas son manifiestas. Y son una clave para entender a Colon en su papel de hermeneuta de la nueva historia.

8. Colón C., "Los cuatro viajes del Almirante y su testamento", textos escogidos, en Cronistas de indias. Antología. El Ancora, Bogota, 1982, pp. 9-22. Las citas que haremos del Diario están tomadas de esta obra.

9. Ibíd., p. 20.

10. Todorov, op. cit., p. 25.

11. Habitantes de las islas Canarias.

12. Diario, op. cit., pp. 10-14.

13. Carpentier A., "La cultura de los pueblos que habitan en las tierras del mar Caribe", en: La novela latinoamericana en vísperas de un nuevo siglo y otros ensayos. Siglo XXI, México, 1981, pp. 177-189.

14. Carpentier A., op. cit., p. 182.

15. Ferro B. J., "El Caribe, nuestro padre mediterráneo". En: Huellas, Revista de la Universidad del Norte, No. 18, Barranquilla, 1986, pp. 5-8.

16. Todorov, op. cd., p. 37.

17. Ferro B. J., "Esbozo de una etnología sobre el modo de ser costeño". En: Huellas, Revista de la Universidad del Norte, No. 2, Barranquilla, 1981, pp. 40-45.

18. Hegel G. F. W., Filosofía de la Historia. Claridad, Buenos Aires, 1976, p. 99.

19. Ibíd., p. 106.

20. Informe del Obispo de Cartagena sobre el estado de la religión y de la Iglesia en los pueblos de la Costa, 1981, recopilación y comentarios de Gustavo Bell. En: Huellas, revista de la Universidad del Norte, No. 22, Barranquilla, 1988, pp. 65-69.

21. Cf. mi trabajo sobre la nueva lectura que efectúa el pensador francés Michel Foucault para interpretar la historia de la sexualidad en Grecia y Roma: Jesús Ferro B., "De la historia de la moral sexual en la antigüedad greco-romana". En: Huellas, revista de la Universidad del Norte, No. 23, Barranquilla, 1988, pp. 5-16.

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