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PASADO ARQUEOLÓGICO : LEGADO Y DESAFÍO

Gerardo Reichel-Dolmatoff    

 

No nos aferramos al pasado, Pero construimos sobre el.

 

LA IMAGEN de una región, sea la de un país, una provincia administrativa o un área geográfica coherente, se puede presentar de muy diversos modos y sobre diferentes niveles. Así, se puede hablar de la belleza de sus paisajes, las costumbres pintorescas de su gente, las obras de sus artistas y escritores.

Se puede celebrar su música y sus bailes, sus artesanías y deportes, sus grandes festivales y sus diversiones aldeanas. También se puede mostrar una imagen técnica y factual. Basándose en los conceptos teóricos y utilizando la terminología de moda en un contexto y un momento dados, se puede hablar de infraestructuras, del subregistro de estadísticas vitales, de proyecciones de población disponibles, de productos y potenciales, de agroindustrialización y de desarrollos integrales.

Y esta última forma de describir una región es la que, hoy en día, más se usa por ser la requerida en el mundo moderno. Se mira hacia adelante; se proyecta febrilmente un porvenir el cual se da por seguro será mejor que el presente y el pasado.

La Costa Atlántica se halla en pleno proceso de este desarrollo, de planificación, de progreso, y el presente libro trata en buena parte el gran esfuerzo que el pueblo costeño está haciendo para avanzar hacia un nuevo milenio lleno de promesas.

Para el caminante quien, osadamente, explora dimensiones apenas vislumbradas, quien se empeña en abrir brechas a través de territorios aún poco conocidos, existe una vieja regla: al paso que se vaya avanzando se debe hacer un alto de vez en cuando y echar un vistazo atrás para medir el camino recorrido.

Es necesario detenerse, aunque sea sólo brevemente, para interrogar: ¿de dónde salí? ¿Cuál ha sido mi bagaje cultural? De todo lo que traje conmigo, ¿qué, a la larga, tuvo un valor permanente? Y, en realidad, ¿qué dejé atrás y qué es ahora lo que me impulsa hacia adelante? 

Quisiera que el lector se detenga por un instante para echar, en mi compañía, un vistazo atrás. Acaso, al volver la mirada y evocar algunas etapas del pasado de la Costa Atlántica, se verán con más claridad las metas del futuro y se apreciarán mejor las fuerzas autóctonas que han hecho posible, factible y soportable, todo lo que ha significado y continúa significando este avance hacia lo que hoy es el futuro y que mañana ya será parte del pasado. 

Claro está que en la Costa Atlántica hay una viva conciencia del pasado histórico. La Conquista y la Colonia, los ideales de la campaña libertadora y los sufrimientos de las guerras civiles han marcado para siempre el paisaje y su gente; en cambio, para mí el pasado costeño es mucho más antiguo.

Me refiero al pasado aborigen y me apena pensar que esta dimensión es poco apreciada allí, tal vez por falta de información o por aquel tácito rechazo a la herencia indígena con lo cual se trata de encubrir la realidad de las raíces étnicas de un gran sector de la población.

[1] La única cultura indígena. en la costa Atlántica de la que existían muestras arqueológicas, en los años 40, era la tairona. Collar de piedras y oro tairona. Colección Museo del Oro. (Foto: Juan Camilo Segura)

 

 

Conozco la Costa Atlántica desde finales de la década de los 30. La he recorrido durante años, de La Guajira hasta el golfo de Urabá, desde las cabeceras del Sinú hasta la serranía de Perijá. Conozco Atánquez y Acandí, Carraipía y Mamarongo, el Ariguaní y el Bichichí.

Trabajé en las sabanas de Tamalameque y de Corozal, en las selvas del Darién y en las riberas de los grandes ríos; año tras año, a pie, en lomo de mula, en cayuco o goleta, en "chiva" , "Johnson" o "panga"; y otra vez a pie, año tras año.

Puedo decir que estoy muy familiarizado con la Costa, que la mayoría de mis estudios se refieren a esa región del país y en las próximas páginas mencionaré varios de nuestros hallazgos arqueológicos a lo largo de medio siglo.

Pero a veces me pregunto: ¿es familiar también para quienes viven en la Costa lo que he visto y vivido entre ellos? ¿Acaso veo algo en la Costa que ellos no han visto, que no conocen y que deberían conocer cada vez con más urgencia? 

Fue en aquellos años cuando, primero en misión del Instituto Etnológico Nacional y posteriormente del Instituto Colombiano de Antropología, tuve una experiencia decisiva. Al paso que profundizaron las investigaciones realizadas por mi esposa y yo, pudimos ver, con creciente intensidad, la dimensión histórico-cultural de la Costa Atlántica en toda su gran profundidad temporal y en su dinámica de ecología prehistórica.

Esta visión, que sólo la antropología puede dar al estudioso, contiene hechos y verdades que, a mi parecer, no han perdido su validez a través de siglos y milenios. Porque el mar y los ríos, las sabanas y montañas, han seguido siendo una realidad a la cual las sociedades humanas han tenido que adaptarse desde cuando los primeros hombres comenzaron a poblar esta parte del continente americano.

Y también porque ha habido una continuidad genética, porque se ha efectuado un proceso milenario de interacción entre seres humanos y entre el Hombre y la Naturaleza, el cual ha llevado a formas y contenidos muy propios. 

Fue aquel proceso de creación y adaptación el que llamó nuestra atención y fue así como decidimos dedicarnos al estudio de las condiciones y recursos regionales y locales que el medio ambiente costero podía haber ofrecido a grupos indígenas de tiempos más remotos. A través de los años estudiamos culturas arqueológicas, grupos indígenas actuales, así como también la población mestiza rural. 

En realidad, la Costa Atlántica es una región privilegiada. Posee un sinnúmero de ventajas que hacen posible un desarrollo cultural sostenido, más allá de la mera sobrevivencia, aun para sociedades dotadas de un equipo tecnológico muy rudimentario. 

Sabemos que el inventario cultural de los primeros pobladores había sido muy elemental. Ellos eran cazadores y recolectores que, tal vez cuarenta mil años atrás, llegaron desde Asia por el estrecho de Bering. Pasando por el istmo de Panamá habían entrado, sin saberlo, a aquella América del Sur, la cual se abría ante ellos, en toda su inmensidad de selvas y playas, de ríos, cordilleras y llanuras. 

Aún se conoce muy poco acerca de la vida de estos primeros y antiquísimos suramericanos a quienes la antropología designa como paleoindios. Pero ya en una fase temprana, quizás alrededor del quinto milenio antes de Cristo, cuando en otras partes del continente la vida aborigen era aún nómade y la sobrevivencia incierta, los indios de la Costa Atlántica de lo que hoy en día es Colombia, comenzaron a encontrar formas de vida que atestiguan un ingenio, un empuje muy propio.

 Fue ya en aquel entonces cuando las sociedades indígenas tomaron opciones que trazaron estrategias de desarrollo cultural. No cabe duda que las ventajas locales para un tal desarrollo eran muchas. En pocas regiones del continente americano existe la misma feliz combinación entre condiciones climáticas favorables, recursos naturales abundantes y vías de fácil comunicación, como se encuentran en la Costa.

El principal factor determinante de estas condiciones propicias, obviamente era el ambiente litoral, lacustre y fluvial. Los grandes ríos, el Magdalena y el Cauca, el Atrato, Sinú, San Jorge y tantos otros más, junto con sus centenares de lagunas y esteros, contenían abundantes peces, reptiles y moluscos que constituían una fuente perenne de alimentos ricos en proteínas.

Hasta hace poco la fauna ribereña, sabanera y selvática, era muy rica en especies, y la flora silvestre, sobre todo la de palmas, es aún de una asombrosa variedad. La gran diversidad y cantidad de peces, moluscos marinos, tortugas de mar y agua dulce, caimanes, babillas e iguanas, constituye una base alimenticia como raras veces se encuentra en otras regiones del trópico americano.

[2, 3] Figuras talladas en piedra, representando animales, característicos de la cultura tairona. Colección Museo del Oro. (fotos: Juan Camilo Segura)

    

En vista de estas condiciones sería de suponer que una forma de vida sedentaria en aldeas haya tenido, desde sus primeros comienzos, una orientación marcadamente ribereña y que la agricultura no tuviera entonces un papel tan determinante al fijar los asentamientos en ciertos lugares.

En realidad, la vida sedentaria puede haber sido posible allí con un mínimo de cultivos y bien pueden haberse formado aldeas permanentes cuya base económica se derivase del litoral, del río o de un grupo de lagunas. La colección de moluscos y de frutos vegetales, la pesca y la caza de reptiles, pueden haber sido factores decisivos para dar estabilidad a estas agrupaciones indígenas.

Por cierto, la fertilidad de los suelos aluviales sin duda fue factor adicional importante en este desarrollo. La yuca, el maíz, los fríjoles, la calabaza prosperan en estas tierras, aun con pocos cuidados. En resumen, condiciones tan favorables para el asentamiento humano no son nada frecuentes y es dudoso que el valle de México, las tierras bajas de Guatemala o los valles costaneros del Perú, todos ellos cunas de grandes civilizaciones, hayan ofrecido a los aborígenes americanos de antaño un ambiente más propicio que aquél que acabo de describir para la Costa Atlántica de Colombia.

Cuando, a comienzos de la década de los 40, mi esposa y yo iniciamos nuestros estudios en la Costa Atlántica, la única cultura arqueológica de esta región del país, de la cual existían muestras en colecciones nacionales y, ante todo, extranjeras, era la tairona de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Esta cultura se relacionaba aún con la de los indios del siglo XVI y así era reciente en la escala temporal. Pero, por lo demás, nadie había excavado sistemáticamente en las riberas del Magdalena y otros ríos de la Costa, ni en la región de Cartagena o en el golfo de Urabá. En la Costa caribe colombiana nos encontramos así en una terra incognita, delante de un vacío en la historia del país.

 Y sin embargo era obvio que por estas tierras habían pasado, hace milenios y milenios, los primeros pobladores de Suramérica y se habían efectuado muchas migraciones y contactos culturales. Era obvio que estas llanuras y riberas eran eminentemente aptas para la caza y pesca, la recolección, para el cultivo y la vida sedentaria.

Pero aún no se conocían vestigios de un pasado indígena más allá de las crónicas de la Conquista o de la rapiña de los "guaqueros’. Tampoco había interés en los círculos oficiales e intelectuales por tales problemas.

Para los eruditos locales de la Costa Atlántica, su historia comenzaba apenas con el Descubrimiento y nuestras insistentes indagaciones acerca de testimonios indígenas más antiguos resultaron, por lo general, infructuosas.

Sin embargo, vale la pena resaltar el hecho de que en Santa Marta había conciencia de la importancia de la antigua cultura tairona y algún conocimiento sobre los indios guajiros y la Sierra Nevada. La Gobernación del departamento del Magdalena, ya en la década de los 40, financió y patrocinó nuestros estudios. Fue esta una iniciativa oficial decisiva para el avance del conocimiento de las culturas del Caribe.

Primeramente nos ocupamos del ambiente, de los caminos, de los asentamientos y ciudades taironas, pero al paso que miramos más allá de la Sierra Nevada, detectamos una nueva dimensión. En efecto, a lo largo de todo el río Ranchería hallamos un gran número de yacimientos arqueológicos que contenían vestigios culturales muy distintos a todo lo anteriormente conocido en la Costa.

Efectuamos una serie de excavaciones estratigráficas y pudimos distinguir en ellas una secuencia de diferentes culturas, cada una representada por sus características vasijas cerámicas, figurinas humanas y utensilios de piedra. Encontramos evidencia para el cultivo del maíz, para el intercambio con Venezuela y para ciertos cambios ambientales, no siempre positivos, causados por actividades humanas.

En aquellos años aún no se conocía el análisis del carbono 14, por el cual se podía determinar la fecha en que habían existido estas culturas; sólo sabíamos, por comparaciones estilísticas y estratigráficas, que parte de lo que habíamos encontrado en el valle del río Ranchería era mucho más antiguo que la cultura tairona. En el río Cesar y en el Bajo Magdalena también excavamos docenas de sitios que atestiguaron densas poblaciones asentadas allí por miles de años. 

La década de los 50 trajo nuevos descubrimientos. En las orillas de la ciénaga de Momil, en el bajo río Sinú, encontramos un antiguo sitio de asentamiento aborigen, formado por una acumulación de más de tres metros de capas terrosas las cuales contenían miles de fragmentos cerámicos, figurinas humanas y de animales, volantes de huso y un sinnúmero de artefactos de piedra y concha.

El estudio detallado de esta excavación mostró que se trataba de una fase cultural aún más antigua que la que habíamos excavado en el Ranchería. De hecho, el hallazgo de Momil fue la comprobación de una larga secuencia de la "Etapa Formativa", en territorio colombiano. 

Pero detengámonos aquí por un momento. En términos generales, los desarrollos prehistóricos culturales indígenas se acostumbran subdividir en varias grandes etapas. Ya mencioné la primera, la de los paleoindios, cazadores nómades aún contemporáneos de los grandes mamíferos hoy desaparecidos, tales como los mastodontes y otros.

Este largo período fue seguido por la "Etapa Arcaica", caracterizada por cazadores de presas menores, recolectores y, tal vez, agricultores incipientes, pero sin conocer aún la alfarería. Sigue luego la "Etapa Formativa" la cual, como su nombre lo indica, culmina en la formación de instituciones socio-culturales más complejas o sea los Estados, es decir, la "Etapa Clásica" de las grandes civilizaciones americanas, por ejemplo los mayas, los aztecas y los incas. En el caso colombiano se puede hablar más bien de cacicazgos o sociedades preestatales como lo eran los taironas y los muiscas.

La "Etapa Formativa" es, pues de una importancia fundamental en ésta evolucionan la agricultura, las tecnologías (alfarería, metalurgia, etc.) y, con éstas, la organización social, políticas económica y religiosa. [4] La década de los Cincuentas trajo nuevos descubrimientos. En el río Sinú un antiguo asentamiento de más de tres metros de capas terrosas con miles de fragmentos cerámicos, mostró que se trataba de una fase cultural correspondiente al primer milenio a de C. (Foto: Juan Camilo Segura)

 

 [5] Los desarrollos prehistóricos culturales indígenas se acostumbran subdividir en varias grandes etapas. La primera, la de los paleoindios, cazadores nómadas aún contemporáneo de los grandes mamíferos hoy desaparecidos. (Foto: Diego Samper)

 

Ahora bien: ya en años anteriores los arqueólogos norteamericanos especialistas en los grandes centros de civilización indígena, o sea, México/Guatemala y perú/Bolivia, habían postulado la existencia de una "Etapa Formativa" aproximadamente homogénea, la cual hipotéticamente se extendía desde el norte de México hasta el norte de Chile.

Evidentemente, en ambas áreas se habían encontrado vestigios de desarrollos comparables que se expresaban en detalles estilísticos, tecnológicos y decorativos en la cerámica y otros artefactos; faltaba aún el eslabón, el puente constituido por el territorio colombiano.

Con el hallazgo de Momil, esta brecha comenzó a cerrarse, pues en las excavaciones efectuadas en este lugar del bajo río Sinú se hallaron manifestaciones culturales, las cuales sugerían relaciones con América Central y con los países andinos. Se podía suponer que Momil ocupaba una posición cronológica que correspondía al primer milenio antes de Cristo. 

Un descubrimiento aún más significativo fue el de un yacimiento arqueológico en la costa de Barlovento, a poca distancia, al noreste de Cartagena. Allí encontramos, también en 1954, varias grandes acumulaciones de conchas de moluscos marinos desechados por los antiguos indios de la región, mezclados con fragmentos cerámicos y utensilios de piedra, ambos de estilos enteramente nuevos.

El análisis de carbono radiactivo hallado en este conchero, el primer sitio de este tipo descubierto en territorio colombiano, dio fechas alrededor de 1.500 años antes de Cristo. Súbitamente nos encontramos ante un verdadero abismo temporal para la arqueología colombiana; con Barlovento, la arqueología adquirió una nueva y profunda perspectiva en el norte de Suramérica y el área circumcaribe. [6]  En Santa Marta había conciencia de la importancia de la antigua cultura tairona y algún conocimiento sobre Los indios guajiros y la Sierra Nevada. (Foto: Carlos Salamanca)

 

 

 

El próximo hito fue el descubrimiento, a comienzos de la década de los 60, de los concheros de Puerto Hormiga (hoy Puerto Badel), sobre el canal del Dique, con cerámicas y otros artefactos fechados con una antigüedad de hasta 3.100 años antes de Cristo.

Este complejo cerámico representaba una cultura aborigen fuera de todo lo conocido en la prehistoria del país; la arcilla de las vasijas estaba mezclada con abundantes fibras vegetales, y los antiguos alfareros las habían decorado con adornos modelados y dibujos incisos, con un estilo muy propio.

Además, según las fechas obtenidas por los laboratorios norteamericanos, se trataba de la cerámica más antigua hasta entonces encontrada en todo el continente. Pronto el nombre de Puerto Hormiga, tan humilde, pero tan significativo, comenzó a aparecer en publicaciones científicas internacionales y a figurar en las enciclopedias de arqueología mundial, al lado de Barlovento, Malambo y Momil.

En un comienzo la cerámica Puerto Hormiga fue un fenómeno aislado en tiempo y espacio, pero en la actualidad ya se dispone, además de nuestros estudios, de excavaciones de otros arqueólogos, atestiguándose la difusión de esta cultura arqueológica sobre una amplia zona de la Costa Atlántica, a saber, desde la laguna de Zapatosa y el bajo río San Jorge, hasta los municipios de Zambrano y San Jacinto, y en varios lugares a lo largo del Canal del Dique.

Algunos de estos sitios son bastante más antiguos aún que Puerto Hormiga, alcanzando los seis mil años antes del presente. Cerca de la desembocadura del Canal del Dique en el Caribe excavamos, en 1974, en un gran montículo en el paraje de Monsú, formado por espesas capas de desechos culturales: fragmentos cerámicos, objetos de hueso y piedra, restos de fauna, fogones y otros rasgos culturales, todos ellos pertenecientes a la "Etapa Formativa". La fecha más antigua del material cerámico del montículo de Monsú es de unos 3.350 años antes de Cristo. 

Hasta aquí he hablado de fragmentos cerámicos, de utensilios de piedra y de fechas que se remontan al cuarto milenio antes de Cristo; ahora cabe la pregunta: ¿qué significa todo aquello? ¿No se tratará de meras curiosidades exóticas, de vestigios burdos de pueblos primitivos que nada tienen que ver con nuestro mundo actual y sus problemas apremiantes? Al acercarnos al año 2000 y al entrar la Costa Atlántica al pleno desarrollo del mundo moderno, ¿qué nos importan aquellos indios y sus ollas y hachas de piedra? 

Seria demasiado fácil asumir esta actitud y tratar de ignorar o menospreciar lo que ocurrió en el pasado prehistórico. Al hablar del Sinú, del Ranchería y del Cesar, de la Sierra Nevada, del Canal del Dique y las riberas del Magdalena, del litoral y de las sabanas de Bolívar, me he referido a zonas y lugares conocidos por todos los hombres costeños.

Es allí donde estan los recursos naturales: el mar, el río, las minas y salinas, los cultivos, los ganados; es allí donde se desarrolla en buena parte la vida de la gente y donde sigue en plena validez la herencia indígena, la herencia de Barlovento y de Momil, del Ranchería y del mundo tairona.

Gran parte de la alimentación del costeño es de origen indígena y ¿qué sería de la vida rural sin la hamaca, la canoa y la mochila de fique? ¿Qué sería de las tantas artesanías si no hubiese esta herencia del pasado indígena? 

Pero lo más importante, lo verdaderamente fundamental, es la relación entre el hombre y su medio ambiente. Esta relación se ha formado a lo largo de siglos y milenios, siendo el resultado de experiencias y raciocinios humanos que se forjaron en las costas del Caribe, en las riberas de los ríos, ciénagas y lagunas; en las sabanas, lomas, valles y vertientes montañosas, en todos aquellos lugares donde los arqueólogos hallamos los vestigios de la antigua presencia indígena.

La adaptación a los tan diversos ambientes de la Costa Atlántica no puede haber sido fácil, ni en todas partes ni en todas las épocas; ha habido cambios climáticos e inundaciones desastrosas. Hubo sequías y crecientes, fenómenos que afectaron la flora y la fauna y, con ellos, la salud y la misma existencia de los seres humanos.

Pero por encima de todo existió un potencial de condiciones esencialmente favorables y la gente de la Costa, aquellos indios llamados "primitivos", "salvajes", supieron aprovechar dicho potencial y, hace seis mil años, tuvieron el valor de tomar opciones por las cuales lograron un avance cultural desde todo punto de vista notable.

En ese entonces constituyeron la cultura más avanzada del continente, según nuestros actuales conocimientos arqueológicos. [7]  Cabeza de bastón de mando, pieza de orfebrería tairona en la que se observa un delicado trabajo característico de esta cultura. Colección Museo del oro (Foto: Juan Camilo Segura)

  

[8]  La creación artística y el virtuosísimo con que se adornan los objetos es sorprendente, como lo muestran las ocarinas en forma de ave. (Foto: Juan Camilo Segura)

 

Por rudimentarias que nos parezcan las culturas arqueológicas de la "Etapa Formativa", una serie de factores sugieren que aquellas sociedades ya habían desarrollado sistemas económicos que permitían una vida sedentaria. Muy posiblemente ya existía una forma avanzada de agricultura basada en la yuca, fríjoles y calabazas, suplementada por frutos silvestres o semicultivados.

Las palmas, probablemente, eran otra fuente importante de alimentos, tanto por sus frutos como por la fécula extraída de sus troncos, practica sugerida por cierto tipo de azada hecha de la concha de un caracol marino grande, herramienta que hallamos en varios contextos prehistóricos costeños. 

Al concentrarse la población en aldeas —sitios como Barlovento, Canapote, Puerto Hormiga, Monsú, pueden considerarse como lugares de viviendas nucleadas— pudieron evolucionar las artesanías y surgir maestros y especialistas y, eventualmente, mercados y mercaderes. Por cierto, el mero hecho de la gran antigüedad de la cerámica aborigen costeña, de por sí no tiene mayor importancia, ya que lo realmente importante es el contexto total dentro del cual se desarrolló este artefacto y las implicaciones de la introducción de este elemento cultural. 

La cerámica de la "Tradición Puerto Hormiga", término bajo el cual se agrupan las manifestaciones de, por lo menos, media docena de yacimientos arqueológicos de la "Etapa Formativa Temprana", presenta además características poco usuales.

Aunque burda y pesada, de formas utilitarias sencillas y superficies opacas e irregulares, su decoración es de una asombrosa exuberancia que atestigua un elevado sentido artístico. El alfarero indígena de aquella época era mucho más que un ollero; se había vuelto un escultor, un virtuoso de las artes plásticas, adornando ollas y cazuelas con una multitud de volutas y espirales, de caras humanas, aves, reptiles, anfibios trepando por el borde de la vasija.

Encontrar tal creación artística, tal elaboración barroca en una cultura indígena del trópico americano, que floreció ya en el cuarto milenio antes de Cristo, es en verdad sorprendente. En vano buscamos elementos comparativos en otras culturas prehistóricas, vecinas o alejadas.

No los encontramos. Pues es un hecho que la cerámica de la Costa Atlántica colombiana es unos dos mil años más antigua que las primeras cerámicas de México/Guatemala y de Perú/Bolivia. Así, en el estado actual de nuestros conocimientos, parece que hayan sido las sociedades indígenas de la Costa colombiana las que dieron el impulso inicial a lo que, unos tres mil años más tarde, iban a ser los focos de las grandes culturas clásicas de América. 

Visto en estos términos, desde esta perspectiva milenaria, se presenta la hipótesis de que la Costa Atlántica de Colombia haya sido, en épocas remotas, una zona de despegue, una zona de la que irradió una poderosa influencia cultural, la cual activó o enriqueció en alto grado las entonces incipientes culturas del trópico centroamericano y de los Andes suramericanos, con sus vertientes amazónicas y su litoral del Pacífico. 

Esta interpretación de la prehistoria costeña coloca a sus culturas indígenas en una nueva luz. En vista de la gran profundidad cronológica, de la variedad de formas de adaptación ecológica y del extraordinario nivel tecnológico y artístico, se deben rechazar los estereotipos baratos y tendenciosos con los cuales se ha distorsionado la imagen del indio y debe reconocerse el inmenso esfuerzo humano que ha hecho de la Costa Atlántica un país vivible, amable y lleno de optimismo.

Esta tierra ha sido, desde miles de años, un hogar para incontadas generaciones cuyas huellas siguen vivas, no sólo en el paisaje, en los frutos de la tierra o en las tradiciones populares, sino también en la constitución genética del costeño. Ser descendiente, cercano o lejano, de aquellos seres que supieron crear sociedades con economías eficientes, tecnologías y artes tan llenas de imaginación, en una época cuando, en casi toda América, la vida aborigen todavía se desarrollaba en condiciones mucho menos avanzadas, debería ser motivo de orgullo.

Los grupos indígenas que aún viven en la Costa Atlántica constituyen un potencial —genético, intelectual, cultural— de gran valor para el futuro de la región. Adaptados a condiciones ambientales extremas, desde los desiertos de La Guajira hasta las selvas pluviales de Urabá, fuera de haber tenido la capacidad de sobrevivir a pesar del maltrato y desprecio de los "civilizados" durante 500 años, son aún los poseedores de un gran acervo de conocimientos acerca del buen manejo de la naturaleza tropical. 

Esta herencia milenaria impone obligaciones. Aquí y allá, en las hoyas de los ríos y en las faldas de las montañas, los arqueólogos y otros investigadores hemos observado antiguos rastros de la degradación del medio ambiente.

Con todas sus ventajas naturales, la Costa Atlántica no seguirá siendo indefinidamente una tierra de promisión si sus pobladores actuales no toman plena conciencia de la fragilidad de la naturaleza y de sus recursos.

Desde milenios, los aborígenes demuestran haber tenido ya esta conciencia; por ejemplo, los pobladores de la Sierra Nevada de Santa Marta construyeron centenares de terrazas de cultivo para contrarrestar la erosión progresiva de las vertientes y los indios del San Jorge crearon un sistema de control hidráulico de proporciones gigantescas.

Pero, a veces, estas obras cayeron en desuso; grandes proyectos se abandonaron, culturas aparentemente florecientes se truncaron. ¿Cuántas veces hemos encontrado vestigios de sociedades que no tuvieron continuidad? ¿Se debieron estos hechos a cambios climáticos, a epidemias, a guerras, o a un mal manejo ecológico?

Al viajar de Ciénaga a Barranquilla la moderna autopista atraviesa un paisaje fantasmal, un paisaje de muerte y desolación. Allí la tecnología, el llamado "progreso", destruyó el medio ambiente. En esta costa de Salamanca, en los manglares que yo conocí, había abundantes vestigios arqueológicos de asentamientos indígenas, los cuales consistían hasta de seis metros de acumulaciones de cerámica, artefactos de piedra y concha, y una abundancia de restos faunísticos.

Ahora, allí, hay meros esqueletos de manglares en medio de pantanos malsanos, con costeños que viven en ranchos de una miseria aterradora. Recientemente, sobrevolando la Sierra Nevada de Santa Marta, vi el inexorable avance de la tala de los bosques, marcada por las quemas incontroladas y seguida por la erosión y los derrumbes.

San Andrés, aldea de los indios, donde yo había iniciado mis estudios sobre los kogui en la década de los 40, fue invadida y destruida por los colonos que arrasaron las selvas que antes protegían las cabeceras de los ríos que riegan la zona bananera. 

El arqueólogo, quien conoce la dimensión del pasado aborigen, con todas sus fluctuaciones ambientales y culturales; el etnólogo, quien conoce a los indios y su concepto de lo que es ecología, no pueden sino estar profundamente preocupados por el porvenir de la Costa Atlántica.

Esta Costa, en una época de la historia indígena, dio un gran impulso a la evolución cultural de tierras vecinas y lejanas. Ha sido y sigue siendo un centro cultural, pero ahora, bajo el empuje de la tecnología moderna, está corriendo el riesgo de alejarse de sus raíces y de optar por vías que llevan a la total e irreversible degradación de la naturaleza, de los mismos fundamentos de la vida y la cultura. 

Ojalá que quienes toman las decisiones que orientan la quimera del progreso, sepan detenerse de vez en cuando en el camino para echar un vistazo atrás; que, además de comenzar a apreciar y respetar a los sobrevivientes indígenas y sus modos de vida, se animen a leer de vez en cuando un libro de arqueología, de etnología o de ecología, y acepten que la historia de la Costa Atlántica no se inicia con el Descubrimiento y la Conquista, sino que forma parte esencial de la real historia milenaria de América y que ellos, los mismos tecnólogos que vislumbran el tercer milenio de nuestra era, son descendientes y herederos de un legado también milenario y no menos comprometedor y prometedor que el porvenir que todos anhelamos.

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