CARIBE COLOMBIA

FEN COLOMBIA

PRÓLOGO

Ramiro de la Espriella

La tierra colombiana bañada por el mar Caribe, y sus pobladores, no fueron jamás objeto de entretenimiento y sumisión, sino de conquista. Lo cual quiere decir que la noción de la independencia y la libertad como conducta propia del ser humano, y no ciertamente como reflejo de una filosofía política, estuvieron siempre presentes en el ajetreo de sus vidas.

Así fue en el asedio indígena, volvió a serlo en la resistencia española a los cercos que venían de afuera, durante los días heroicos de la resistencia al Pacificador Morillo y, aunque la historia no lo cuente conforme se lo merece, en los palenques que los esclavos negros organizaban en defensa de sus vidas y costumbres.

Pero fueron nuestros caribes, además, feroces, y se les tenía por caníbales, y esa natural condición de su ánima los llevaba inclusive al holocausto individual o colectivo cuando de mantener su suelo y costumbres se trataba. No conocieron el expediente de la rendición, ni aun ante fuerzas superiores en todo sentido, menos tal vez en el del valor, como las españolas de la Conquista. Fue para ellos preferible el aniquilamiento, su virtual desaparición del propio extenso territorio que pisaban y sostenían con la entereza de su carácter y la belicosidad en su acción.

Cristóbal Colón vio a los pobladores del Caribe como de gran apostura física y un innato sentido de la dignidad humana que abroquelaban en el escudo de su indomable rebeldía. Ese fermento humano queda aún como legado de la estirpe, después de la desaparición masiva del indio caribe, y se prolonga en las mezclas que produce en el decurso del tiempo la interrelación racial: blancos, indios, mestizos, más tarde los negros, los mulatos y los zambos, y los cuarterones y lo que en Venezuela llaman los pardos.

Lo cierto es que en el Caribe encuentra la Conquista la mayor resistencia indígena, por lo menos en el Caribe colombiano, en nuestras costas del océano Atlántico. Y si la Conquista se realiza, y tiene, precisamente, en las costas del Caribe su punto de partida, es porque allí la epopeya no es la aventura española de la penetración, asegurada por la descomunal superioridad de las armas, sino la resistencia que el aborigen opone hasta su cruenta desaparición.

Aquello fue en verdad un genocidio desgarrado en la unción de una tremenda constancia de valentía humana. Y así queda en la historia, como el éxodo hacia la eternidad o el sacrificio de una raza que se reconocía en el duro ejercicio de su indomable valor.

Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa fueron de los navegantes más intrépidos que desplazara España hacia el Nuevo Continente. Principalmente el segundo, apodado "el oráculo de los mares". Bordearon ellos las costas del Caribe colombiano, y se adentraron en territorio indígena con desvelado afán de conquista.

La aventura de España en América era como una parábola de tierras ignotas, y poco tenía en verdad de buen juicio, aunque se invocara la cruz y la doctrina. La conversión de los indígenas fue siempre antecedida por su despojo material, la perversidad, el engaño y el latrocinio.

Pero en este caso había que contar también con la resistencia de las tribus caribes, belicosas e indomables como no fuera bajo el implacable exterminio. Y en este caso, la cuenta de cobro se pagaba con la misma moneda. De Coquivacoa pasaron al promontorio del Cabo de la Vela, habiendo sido Ojeda quien primero pisara la Costa Atlántica colombiana, conforme lo recuerda Nicolás del Castillo Mathieu en su vertebrada obra "Descubrimiento y Conquista de Colombia".

Pero ese no es el cuento que nos interesa, ni que se le hubiera nombrado gobernador de "Cuquibacoa y Urabá". Lo que importa es saber que al penetrar a Calamarí y extenderse hacia Turbaco contaron con la oposición armada de los indios caribes, quienes los derrotaron estruendosamente, habiendo perdido la vida en la contienda Juan de la Cosa. De modo que no era fácil la estancia de los españoles en el territorio caribe, sino por el contrario: una guerra cruenta que hablaba muy bien del ánimo superior de la raza indígena.

Van integrándose, así, las esencias hispánicas con el relente indígena, y cuando surja del mercadeo esclavista el aporte africano, con cuanto éste trae consigo también la innata rebeldía que se aposenta en los palenques, se habrá consubstancializado una nueva y fervorosa forma de vivir, que tiene tanto de alegre comparsa como de música sincopada y una varonil prestancia que se confunde con el derecho a vivir la vida y, naturalmente, de defenderla de los más siniestros avatares.

No es poco lo que dejan los palenques de los negros fugitivos como constancia de su histórica rebeldía. Sin tener por qué ir a los cañaduzales de Haití o de Santo Domingo, en Cartagena, no más, incuba la rebelión de una raza al llamado misterioso del tambor, que es aquí un símbolo de la apelación a las más hondas reacciones de su espíritu.

No se ha escrito en Colombia, todavía, la historia de esos días aciagos. No han tenido los negros su historiador. Roberto Arrázola Caicedo dio una constancia documental en el libro "Palenque, primer pueblo libre de América". Si bien O’Neill describió las tribulaciones del emperador Jones embriagado por la majestad de la selva haitiana, este pedazo de la historia de nuestro continente, con sus aportes y contradicciones, y su sangrante espectáculo, la verdad es que permanece inédito como si se tratara de ocultar el inhumanitario tratamiento a una raza que pese a todas las circunstancias jamás se sometió sumisamente.

Sostiene Arrázola en el prólogo de su obra lo siguiente, y, luego, lo reitera en múltiples episodios dentro del texto: "... es un hecho incuestionable que los negros esclavos que se fugaron de Cartagena desde los tiempos mismos de Pedro de Heredia, fundaron, establecieron y poblaron muchos ‘lugaresos’ en el dilatado y selvático territorio de la antigua Provincia de Cartagena de Indias; pueblos que permanecieron segregados, exentos de tributos reales y apartados del resto de la colonia española de Cartagena por centenares de años y cuyos habitantes, habiendo de darse sus propios jefes para su gobierno, constituyeron una comunidad libre y, desde luego, soberana de sus propios destinos todo el tiempo que se confrontó esta situación de insularidad". (Hemos subrayado).

Y más adelante: "El hecho mismo de que estos conglomerados de negros esclavos hubieran de defender su libertad contra las periódicas ‘entradas’ que hacían a dichos ‘lugares’ los españoles con el propósito de someterlos a su antigua esclavitud, sin conseguirlo totalmente; y, lo que es más, el haber podido pasar, andando el tiempo, de la huída al ataque en las verdaderas guerras que sostuvieron contra todos los gobernadores de Cartagena, hasta llegar al exterminio que pretendió hacerles el gobernador interino de la Provincia, don Sancho Ximeno, en 1694, está demostrando la existencia de una situación de rebeldía permanente contra la soberanía del Rey de España y la autoridad de sus gobernadores; rebeldía que, desde luego, era un modo de independencia o, cuando menos, un vivir peligroso pero voluntario por amor a la libertad". (Subrayamos).

El Caribe está siendo poblado, pues, por tres razas instintivamente rebeldes: la indígena, los españoles y los negros esclavos que llegan después. Pero en todas hay fermento de amor a la libertad, y casi que cerrero individualismo, si no es que tributan con su sangre el derecho a la dignidad de la vida.

Tanto, que la tribu de los caribes desaparece del mapa exterminada, no sin antes haber dejado su gota de sangre unida a los españoles y negros africanos. De donde el aporte humano del Caribe tiene esos tres signos redentores.

No fue tampoco la Colonia un tránsito pacífico en cuanto al Caribe se refiere. Estaba Cartagena en el ojo de las rivalidades imperiales por el predominio del mundo. Inglaterra y Francia disputaban a España el dominio de los mares, y habían levado las anclas de sus navíos piratas y corsarios.

Hasta el Caribe colombiano llegaron en busca del oro de la Conquista, asaltaron a Cartagena no una, sino varias veces, estuvieron en San Andrés y Providencia, navegaron por fuera de sus aguas territoriales, esperando el instante del abordaje sangriento.

No sólo Vernon y el Barón de Pointis merodearon por el Caribe, o estuvieron dentro del recinto de Cartagena, disputando el dominio español, también Juan Blight, Morgan, Louis Aury, sitiaron, y depredaron, y abordaron. Y fue siempre la resistencia de un pueblo la respuesta natural a la violencia que venía de afuera.

La tradición heroica se prolonga entonces, y se refleja, a la vez, como una fuerza de la naturaleza humana que tiene, sin duda, proyecciones políticas de afirmación histórica, que luego, en el transcurso de los tiempos, completará la imagen redentora que podría sintetizarse en Cartagena como bastión inexpugnable del sagrado concepto de la soberanía, es decir: de la libertad.

Una digresión cabe aquí, para señalar hitos históricos y culturales. Bien podría decirse que el Caribe, incluyendo al Caribe colombiano, es un subcontinente, y que dentro de esa acepción geopolítica bulle un archipiélago de costumbres y culturas diferentes, pero no necesariamente contrarias.

No son lo mismo el Caribe hispánico y el de las colonias sajonas, o francesas, u holandesas. Ni tampoco el Caribe de San Andrés y Providencia, sus islas y cayos, donde España sentó su planta desde el siglo XVI. Se advierten diferencias y contrastes, y emergen similitudes.

Habría que anotar que dentro de ese heteróclito universo se está perdiendo la oportunidad de gestar un nuevo comportamiento cultural, un nuevo modo de ver el mundo, de interpretarlo y vivirlo. Esa confrontación de culturas no es sólo respetable, sino que debe ser respetada, si se cree de veras en la dignidad humana y los derechos del hombre.

Hoy, por ejemplo, en San Andrés y Providencia se vive un momento crítico de su historia, y es indispensable acentuar la obligación de reconocer diferencias y respetar en sus orígenes y proyecciones la tradición y la cultura de sus pobladores isleños.

Nuestro Caribe es hispánico, indígena y africano, conforme ya lo hemos venido acentuando, pero en el caso de San Andrés y Providencia una evidente levadura de determinante influencia sajona que toma cuerpo en el idioma, los sentimientos religiosos, la música y las costumbres define su proyección humana. Somos, así, pueblos mestizos y mulatos.

Pero también eran mestizos los españoles que nos poblaron: celtas, iberos, castellanos y africanos, sí miramos el largo dominio moro. De donde la gestación política recoge su contradictoria conducta, sin que deje de aflorar siempre la alta temperatura del concepto de libertad. Un episodio, por ejemplo, en el caso de San Andrés y Providencia marcaría esta constante.

Los complotados de Panamá pretendieron buscar apoyo en las islas para su proditorio intento, y encontraron la resistencia armada de los isleños, que con armas blancas, palos, piedras y algunas escopetas de fisto, repelieron ardidamente la incursión.

Ese comportamiento subsiste vivo a lo largo de la historia, y es el caldo de cultivo de la independencia. Por algo está la independencia de modo íntimo ligada al Caribe, y es precisamente Cartagena la primera ciudad que la proclama totalmente del imperio español. Cartagena es la ciudad Heroica, y más allá, en el curso del Magdalena, que es la prolongación del Caribe hacia el sector andino, Mompox es la Valerosa. Dos títulos bélicos que atestiguan su permanente vocación de libertad.

La integración del hombre caribe a la naturaleza es una síntesis del panteísmo. Pero, contrariamente, su lucha a diario reanudada en favor de la libertad lo encuentra en la sola soledad de su orfandad. Pudo haber sido así desde los núcleos indígenas, como lo hemos visto, tal como Colón los viera enhiestos sobre su orgullo, su rebeldía y su indomable coraje, testimonio para la historia de que esa no sería jamás una raza vencida, aunque se le viera sometida, y más que eso: aniquilada. El aliento cósmico que conjuga en una sola existencia las tres estirpes: la blanca, la negra y la india, que insurge lo mismo en Haití que en Santo Domingo o en los palenques que en las intransigentes premoniciones de Martí en su inmenso discurrir intelectual o el machete de Maceo, en Pancho Villa como un centauro arrasando las tiendas de campaña de los soldados gringos del general Pershing, o en algo más acá, y más nuestro, que jamás debe borrarse de nuestras mentes, como son los zarpazos de Padilla cancelando en los mares el precio de nuestra libertad.

Esa es la continuidad irreversible de la historia. Su sentencia inapelable.

Si nos devolvemos en sus páginas, nos encontraremos de una vez con Bolívar. Y Bolívar era eso: un hombre del Caribe. La encina vasca de que hablara Guillermo Valencia, la solidez indígena, el pasmo negro. Tan lo sabía él, y llevaba tan dentro ese fuego que obligara al Duque de Manchester a decir que "la llama había consumido el aceite...", que cada vez que regresa derrotado busca en el Caribe el halago para su renovado insurgir. Lo mismo en 1812 en Cartagena que en 1815 en Jamaica. No es por un azar del destino como Bolívar se reencuentra en la parcela de su fe. En Cartagena es un exiliado político, un pobre diablo aparente, sin nada distinto a su voluntad y sus ideas.

En Kingston casi un mendigo sostenido por la dádiva generosa de Julia Cobier. Pero no deja de hablar de nuestra patria común y la que quiere encender es nuestra guerra nacional, la de la liberación de nuestros pueblos, su identidad, su destino indivisible.

Quien lea hoy los manifiestos de Cartagena o las cartas de Jamaica encontrará ahí toda la teoría universal sobre la autodeterminación de los pueblos, que no es como acaso lo pretendan los trasnochados corifeos del ensalmo revolucionario extranjerizante la gracia sacralizada que derrama a manos llenas el marxismo, sino eso: el producto acerado de una voluntad nuestra, y propia.

Y, así mismo, en Cartagena evocaba, majestuoso y certero, las causas que llevaron a su patria a la derrota.

Si no nos estuviera tutelando desde la eternidad, podría suponerse que está aquí, entre nosotros, cuando afirma casi que diríamos que con gesto de irreductible compasión: "Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo, y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros: porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vió en Venezuela una votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales.

El espíritu de partido decidía en todo, y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron. Nuestra división, y no las armas españolas, nos tomó a la esclavitud". ¿Venezuela? ¿Sólo Venezuela? Entonces también Nueva Granada, y hoy, sin duda, todavía Colombia.

En Kingston ha vuelto sobre nuestra unidad de destino, y nos ha señalado de nuevo el rumbo de la asunción de nuestra autonomía hemisférica. "Nosotros somos un pequeño género humano, ha escrito, poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil".

No reconoce fronteras ni patrias geográficas, ni se inmoviliza en un solo sitio. Su punto de referencia es siempre el mar, un mundo aparte, cercado por dilatados mares". Volverá a verlo así cuando después de Ayacucho pretenda unificar nuestro destino mirando hacia el faro anfictiónico de Panamá.

La suya es así mismo una política de los mares, con miras a la majestad de su dominio. Por eso, en verdad, y no porque lo afiebre la cercanía de la muerte, ya próximo a su cita final, tiene aún alientos para pensar en la libertad de Cuba y Puerto Rico, e imagina que su espada puede fulgurar en manos del Mariscal Sucre.

El Congreso de Panamá no es un ensueño, sino la certidumbre de una gran Patria. La necesidad política de un continente. Bolívar es un agudo observador del devenir social, un rastreador de hechos políticos. Tiene olfato y reflejos felinos.

Desde los comienzos de su carrera, ya lo hemos visto, ha venido insistiendo en el apremio de atar los cabos sueltos de la diversidad de nuestras razas, su indisciplina, su ignorancia, el casi indomable provincialismo, y las reservas secretas de una peligrosa democracia de dientes para afuera, alimentada con los elementos de la disociación colectiva.

Tiene la perspicacia del peligro y de la orfandad. La suya es una idea ya madura desde su germen, y ya viva en el momento de su concepción. No hace más que insistir en cuanto había escrito en los manifiestos de Cartagena y las cartas de Jamaica.

Reacciona ante la expectativa histórica de los hechos. Se adelanta a los hechos. En los manifiestos de Cartagena ha unido la suerte de la Nueva Granada a la de Venezuela, y ha comenzado su recorrido continental, su hazaña de pueblos.

En 1815, en Jamaica, después de la reconquista española, va más allá: Chile, el Perú, Venezuela, el Río de la Plata, naturalmente la Nueva Granada, y como síntesis: el bastión de Panamá. Habla del "hemisferio de Colón", es decir, de todo un continente, y exclama: "Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos".

Su pensamiento tiene aquí un valor universal, además una nueva concepción del derecho de los pueblos. El suyo es un acto de soberanía y afirmación. Hay en Bolívar una patria por hacer, un destino inconcluso, una identificación con el yo trascendente de nuestros pueblos, que es un acto bien pensado de veto a todo poder extraño.

Es aquí, precisamente, donde la noción bolivariana del Derecho Internacional, y de la autonomía del continente, entran en contradicción con el "monroísmo" que aparece un poco después, vale decir: con el intervencionismo, Bolívar lo estaba previendo.

Y tampoco es un azar del destino que haya sido en las propias aguas del Caribe donde con mayor fuerza se sienta su determinante poder. Bolívar, ciertamente, no ha soñado nada, simplemente se ha adelantado a una realidad geopolítica, y en su visión cósmica, universal, del mundo ha tratado de preservar lo que desde entonces ya veía en inminente peligro.

Lo espectacular del genio es eso, que discurre en su soledad como quien va creando de su sola cosecha fantásticos mundos no presentidos por el común. Y éste que Bolívar entreveía entonces es el mismo mundo del Caribe de hoy, convulsionado y combustionado desde afuera por quienes pretenden posesión de dueños, y desde adentro por quienes lo han sido despótica y altaneramente.

Jefferson, Madison y Adams han aconsejado silenciosamente a Monroe. La doctrina es proclamada en 1823, con motivo de un incidente sin importancia. La respuesta de Jefferson, que es un aristócrata de nacimiento, un virginiano, cuando se le inquiere, no puede ser más tajante: "Tenemos que preguntarnos, primeramente —dice— si debemos adquirir, para nuestra Confederación alguna o algunas de las provincias españolas.

Confieso ingenuamente —agregaba— que siempre he considerado a Cuba como la adición más interesante de nuestro sistema de estados federales. El dominio que esta isla, junto con la punta de la Florida, nos daría sobre el Golfo de México y los países e istmos que lo limitan, lo mismo que sobre todas las aguas que en él desembocan, llenaría la medida de nuestro bienestar". Quien así hablaba era el personero bíblico de una religión del estado: el pensamiento liberal de la época, hecho a la medida exacta de sus intereses nacionales.

¿Qué más da?

No es Cuba un estado asociado, como lo pretendía e insinuaba Jefferson, pero lo es Puerto Rico. Y la Doctrina Monroe, tal como fuera proclamada, es la síntesis del destino manifiesto. Lo ha dicho con absoluta claridad el presidente Monroe con estas palabras: "La sinceridad y relaciones amistosas entre los Estados Unidos y las potencias europeas, nos obligan a declarar que consideraríamos peligroso para nuestra paz y seguridad cualquier tentativa de parte de ellas que tenga por objeto extender su sistema a una porción de este hemisferio, sea la que fuere".

¿De qué habla?

De la paz y seguridad de los Estados Unidos, no las nuestras. O lo que en su tiempo llamaba el capitán Mahan, "el derecho de expropiación sobre las razas indiferentes", citado en la Conferencia Panamericana de Santiago de Chile, en 1906, por el general Uribe Uribe.

La invalidez política del área del Caribe, por no haber atendido a Bolívar, se materializa en sus cercenamientos. La absorción de México, el zarpazo de Panamá, la independencia de Cuba maniatada por la Enmienda Platt, las repúblicas bananeras, la maldición de las dictaduras: Trujillo, Machado, Batista, Ubico, Tiburcio Carías, los Somoza, y como si todo eso fuera poco, el asesinato de Sandino, la intervención armada contra Arévalo y Arbenz, y Castillo Armas como un testaferro del poder metropolitano. La floración de la inmoralidad como sistema de gobierno, y la depresión humillante de las conciencias. Más que la historia, que casi siempre se ha mostrado avara en condenar a sus déspotas, el testimonio de nuestros novelistas universales.

Aunque parezca alejada de nuestra inmediatez geopolítica, hay grandes similitudes entre lo que acontece en toda el área y lo que entre nosotros sucede. Los hechos los describe como un sainete don Ramón del Valle Inclán en su Tirano Banderas, pero mucho más allá: el crimen, la prostitución, la droga, el rastreo inmisericorde de los espías, las torturas, el hambre colectiva, el analfabetismo, el desempleo, y, paralelamente a todo eso, el enriquecimiento sin causa de los amos del poder, sus allegados y familiares.

De los heroicos esfuerzos de Martí y Maceo, por ejemplo, se ha pasado a Machado, la Enmienda Platt, la base militar de Guantánamo, y, finalmente, el sargento taquígrafo Batista, que ha sido colocado allí por el embajador Summer Wells.

Si retrotrayéramos la mirada histórica hacia esa isla, podríamos ver en ella algo semejante a cuanto sucede ahora entre nosotros, aquí en la región andina, y más allá en el idéntico Caribe. Es entonces Cuba el imperio descarado de la drogadicción, la baja política, la corrupción del mando y los estados antisociales.

La lotería, verbigracia, conoce de antemano a sus ganadores; prospera el sistema de las botellas, que es como allá llaman lo que aquí conocemos como corbatas; un ministro de estado carga con doscientos millones de dólares a la Florida, y es nada menos que el ministro de educación, en tanto el presidente de la República declara que es imposible su extradición, porque ese —según dice— es un precedente que no se debe establecer; se compran los votos por pulgadas de arrumes de billetes; el apóstol de la reivindicación moral, Eduardo Chibás, asfixiado por la creciente ola de corrupción, opta por suicidarse de un pistoletazo ante los micrófonos de la radio de la audiencia que lo escucha. A Prío Socarrás lo sorprende el "madrugón" de Batista rodeado de cortesanas italianas. Y, después de eso, Castro, y la amenaza que hoy se derrumba de un nuevo amo sobre nuestro mundo.

Pero la lección de Bolívar está latente, sin embargo, es una fuente viva. Se enlaza con una tradición libertaria, que es una permanente parábola, y ha tenido antes y después predecesores y legatarios que escoltan su paso hacia el tránsito de la historia. Cuanto hoy acontece en el área del Caribe, más que en nuestro suelo, en el de nuestros vecinos, es la repetición de un anhelo colectivo: el ejemplo de Nicaragua, de un lado, y, del otro, el manchón de Panamá. Pero ambos fenómenos atestiguan los esfuerzos de nuestros pueblos por encontrar autónomamente su identidad política.

Eso está escrito en forma indeleble en la historia.

Y vale la pena recordarlo.

Es de justicia hablar de Manuel Rodríguez Torices, los hermanos Gutiérrez de Piñeres, Ignacio Cavero y Cárdenas, el Tuerto Muñoz, obviamente del Almirante Padilla, de don José María del Castillo y Rada, y de don Juan García del Río y sus "Meditaciones Colombianas". Ellos amplían poderosamente el círculo del persistente encono por la libertad, por ella se sacrifican y bajo sus enseñas pasan armoniosamente a la historia.

Sería imposible entender ese arduo proceso de integración sin tocar con ellos.

Antes de la fulgurante aparición de Manuel Rodríguez Torices en la escena política de la Independencia, circulan por entre los riesgos de la conspiración y los preparativos del estallido popular dos próceres hoy casi anónimos: Ignacio Cavero y Cárdenas e Ignacio Muñoz, apodado el Tuerto. El primero nacido en Mérida (México) y el otro en Corozal en el hoy departamento de Sucre. Los rescata para la historia don Donaldo Bossa Herazo en folletos publicados en 1961 y 1980.

De Cavero y Cárdenas ha dicho que aunque es un elemento de la derecha, "tiene un ideal, la república, una mira, la patria; un programa, una oportunidad para todos". Fue compañero y activo participante en la lucha por la independencia de Juan de Dios Amador, de los hermanos Gutiérrez de Piñeres, y, en los primeros pasos, del Libertador, en su deambular por el Caribe.

De modo que Cavero y Cárdenas prolonga la tradición geopolítica del área en favor de la libertad. Y lo mismo el Tuerto Muñoz, que ha estado en todas partes con su mismo intransigente ideal de libertad, ya fuera insuflando el hálito popular que se levantaba del barrio de Getsemaní, al lado de los hermanos Gutiérrez de Piñeres y de Pedro Romero, en los cayos de San Luis, o dirigiéndose a la reconquista de la Guayana venezolana o al abastecimiento del sitio de Angostura. Fue de los primeros en proclamar la independencia de Cartagena, enfrentado naturalmente a García Toledo.

Y antes que ellos dos, y con ellos dos, en un permanente ir y venir en busca de la libertad, los hermanos Gutiérrez de Piñeres: Vicente, Germán, Gabriel y Juan Antonio, acompañados del líder popular Pedro Romero, un hombre del Caribe también, puesto que procede de Cuba. Son ellos los que encienden virtualmente la radical independencia de Cartagena, cuando hacen acto de presencia en la desde entonces llamada Plaza de la Proclamación.

El propio Bolívar ha llamado a los hermanos Gutiérrez de Piñeres "fundadores y patriarcas de la independencia". En 1817, en el Fuerte de Barcelona, en Venezuela, Vicente Celedonio, Gabriel Gutiérrez de Piñeres, María Ignacia Vásquez de Mondragón, esposa del primero, y su hijo Manuel Gutiérrez de Piñeres y Vásquez, son ajusticiados a manos de la represión española, dejando así testimonio de su intrepidez y heroísmo, en el que acaso fuera el genocidio más cruel de la guerra de independencia. La familia procede de Mompox, otro de los símbolos heroicos del área del Caribe.

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