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VERTEBRADOS TERRESTRES

Silvio Vergara 

Intentar describir la fauna terrestre del litoral Caribe no es tarea fácil; por una parte, la diversidad de habitantes facilita la diversificación de especies o, como dicen los evolucionistas, la especiación; y, por otro lado, la topografía, la orografía, la hidrografía, proporcionan condiciones ecológicas aptas para la riqueza faunística beneficiada por la variada vegetación rica en semillas, frutos y follaje, sustento de animales como las aves, algunos reptiles y buen número de mamíferos.

El clima seco, ardiente y árido de la Alta Guajira, la región fresca, boscosa y semilluviosa de la Media y Baja Guajira, la zona alta, nublada y fría de la Sierra Nevada de Santa Marta, las llanuras boscosas y pantanosas del Magdalena, Bolívar, Córdoba, Cesar y Sucre, las sabanas de Bolívar, Córdoba, Sucre y Atlántico, proporcionan condiciones ambientales propicias para que la fauna terrestre sea numerosa en especies y abundante en ejemplares a pesar de aparecer destruidos buena parte de los recursos forestales, hábitat por excelencia y refugio del recurso faunístico.

Si cuidáramos mejor los bosques y las fuentes de agua podríamos esperar supervivencia de un mayor número de especies, hoy amenazadas de extinguirse como lo serían las aves, los anfibios, muchas serpientes, buena parte de los lagartos y casi la totalidad de los mamíferos.

Qué bueno sería, si se hiciera más conciencia de la necesidad de preservar la fauna no sólo terrestre como la que aquí se presenta sino también la acuática, porque en el equilibrio entre las especies se apoya el equilibrio y la estabilidad del ecosistema terrestre.

Buscamos con este capítulo mostrar no sólo la diversidad de animales del litoral Caribe, sino también ver en ellos la importancia ecológica; es decir, qué papel desempeñan frente al hábitat y las otras especies depredadoras, carroñeras y presas en la cadena alimentaria. También la importancia económica no sólo porque aportan alimento al hombre directamente, sino por los beneficios que proporciona la crianza en cautiverio.

Describiremos también las variaciones morfológicas y crípticas costumbres, hábitats y referencias folclóricas para algunos ejemplares con mayor connotación en la región.

 

Los anfibios

Los anfibios son un grupo de vertebrados muy antiguos que en el devónico, hace 300 millones de años, dejaron la vida totalmente acuática que llevaban sus antepasados por otra que muchos de ellos aún mantienen: pasan parte del tiempo en la tierra y parte en el agua. Sin embargo, no todos los anfibios adoptan está forma de vida. A modo de ejemplo, veamos cómo el anfibio llamado cecilia, que parece más una anguila o una serpiente acuática ciega, es eminentemente acuática; conocido científicamente como Typhlonectes compressicauda, clasificada por Medem (1968) como propia de los ríos San Jorge, Cauca, Magdalena y sus afluentes.

Es un anfibio muy diferente al patrón morfológico tradicional; tiene el cuerpo segmentado como una lombriz de tierra; los ojos diminutos, casi imperceptibles; la boca como la de una anguila, no posee escamas en la cabeza y alcanza una longitud igual a 570 mm. No se parece en nada al pequeño sapo con apariencia de rana Geobatrachus walkeri que mide sólo 200 mm, el cual es eminentemente terrestre y habita en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y las montañas de San Lorenzo a 2.800 metros de altura.

 

[1,2] El orden Salientia o Anura identifica a los amfibios saltantes y sin cola en el estadio adulto. Es el orden con mayor numero de especies. Tienen gran representación en la Costa norte desde el nivel del mar hasta los 4850m de altura. (Fotos: Juan Manuel Renjifo)

Anfibios característicos podrían ser dos sapos de tamaños divergentes; aquéllos pequeños que tienen aspecto de rana, de color café claro, que miden sólo 15 mm y que son propios de las llanuras cálidas costeras. Extremamente ágiles, depositan sus huevos en el agua y salen por la noche para posarse sobre los tallos y las hojas de las plantas acuáticas emergentes y deleitan con su croar que se parece al chirrido de un grillo.

Se conocen científicamente como Pseudopaludicola pusilla: son tan abundantes que no solamente llaman la atención del coleccionista sino de las babillas adolescentes que inician su faena de caza; los otros, son aquéllos que tienen un tamaño hasta de 125 mm y un peso de hasta 850 g, como las ranas de clima cálido, de patas muy largas Leptodactylus bolivianus; la primera con una amplia distribución en el país y, por supuesto, en el litoral Caribe; la segunda, habita en las islas de San Andrés y Providencia como lo anota Dunn (1944). 

El orden Gymnophiona o Apoda hace referencia a las cecilias, si estas últimas son terrestres y especialmente minadoras o subterráneas. La familia Caecilidae está representada por las tatacoas que se confunden, usualmente, con culebras ciegas o en el mejor de los casos con las lombrices gigantes de tierra.

De los cinco géneros que esta familia tiene en Colombia, por lo menos uno, Caecilia, se distribuye ampliamente en la costa norte extendiéndose desde Urabá con Caecilia ochrocephala y pasando por el departamento del Atlántico con Caecilia caribea, hasta llegar al Magdalena con Caecilia subnigricans.

El orden Caudata se llama así en razón a que los ejemplares adultos tienen cola; por su apariencia se asemejan más a una lagartija, a diferencia de lo que nos enseñaron tradicionalmente. De hábitos crípticos, se les encuentra en la hojarasca, bajo las piedras y en las basuras en descomposición.

Se les conoce comúnmente como salamandras, que aparecen registradas desde el nivel del mar. La especie Oedipina parvipes en el Chocó, hasta llegar a San Lorenzo, en la Sierra Nevada de Santa Marta, a 2.100 metros sobre el nivel del mar, con la Bolitoglossa savagei. Otra salamandra del área andina, que se localiza en el Cesar, es la Bolitoglossa adspersa.

Todas las especies de salamandras que habitan en Colombia, y por ende en la zona que nos ocupa, pertenecen a la familia Plethodontidae, que tiene como característica sobresaliente el hecho de no tener branquias ni pulmones, ya que su respiración se efectúa por la piel, que es, en extremo, húmeda.

El orden Salientia o Anura identifica a los anfibios saltantes y sin cola en el estadio adulto. Es el orden con un mayor número de especies. Tiene una gran representación en la costa norte, desde el nivel del mar, con el Bufo marinus o sapo común, hasta los 4.800 m de altura, con la rana de vivos colores que habita en los riachuelos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Atelopus carrikeri; es una rana diurna y como dice Dunn (1944), "prefiere caminar en vez de nadar".

La familia Dendrobatidae, muy llamativa por su vistoso colorido, invita a su captura. Sin embargo, su cromático disfraz oculta un gran peligro, pues el veneno que lleva esparcido en su piel, el famoso curare, al entrar en contacto con el torrente sanguíneo humano ocasiona parálisis severas.

Estas son ranas diurnas con el hábito de cargar los huevos y los renacuajos sobre la espalda; son propias de bosques húmedos y se agrupan en dos géneros: Dendrobates y Phyllobates, colonizadoras de zonas como Urabá, con Dendrobates lugubris, y del Alto Sinú y el San Jorge, en Córdoba, así como en la Sierra Nevada de Santa Marta con Phyllobates brunneus.

 

[3,4,5 y 6] Los amfibio, los lagartos e iguanas hacen parte de la diversidad de habitantes del litoral Caribe, que es necesario conservar para mantener el equilibrio del ecosistema terrestre. (Fotos: Juan Manuel Renjifo)

La familia Microhylidae comprende un grupo de ranas y sapos de cuerpo regordete, cabeza pequeña y puntiaguda que, en su conjunto, da un aspecto ovalado, como el Elachistocleis ovalis, habitante de lugares pantanosos, utiliza el agua para la cópula. La especie Relictovomer pearseis es otro microhílido que se encuentra a lo largo de los valles del Magdalena.

La familia Pseudidae tiene una rana que es muy particular por varios aspectos: es de las pocas con dientes en la maxila; posee una falange extra en cada dígito; depende exclusivamente del agua para poner sus huevos en masas gelatinosas. Aparece a todo lo largo de la costa norte desde Magdalena y Cesar, pasando por Atlántico, Bolívar y Sucre hasta Córdoba, en donde Nicéforo María encontró el primer ejemplar, en 1966. Es una rana de tamaño mediano, 51 mm de longitud total, y se conoce científicamente como Pseudis paradoxa.

La familia Bufonidae agrupa a los animales de tamaño tan pequeño como Bufo granulosus de las sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba, que mide 41 mm, hasta el Bufo marinus o sapo común, que alcanza los 98 mm. Este vive regularmente a lo largo de la Costa Atlántica, pues se adapta, incluso, a las zonas secas.

La presencia de glándulas postcefálicas, secretoras de "leche", llamadas paratoideas, le han ganado una injusta fama de peligrosidad, al extremo de que, aseguran, estos animales cuando son molestados lanzan su "leche". Los sapos utilizan como mecanismos de defensa contra sus depredadores naturales, los perros y los zorros, el color y el sabor acre de estas glándulas.

La familia Hylidae representa las verdaderas ranas típicamente arborícolas extendidas a lo largo de la costa. Agalychnis epurreli de Córdoba; Cryptobatrachus boulengeri de la Sierra Nevada y sus alrededores; Hyla crepitans, conocida comúnmente como platanera, de color blanquecino y de mayor rango ecológico.

La familia Leptodactylidae concentra a los sapos cuyo mejor distintivo es el cuarto dígito de la pata mucho más largo que los restantes. Son sapos de reducido tamaño, como el Eleutherodactylus cruentus que mide 24 mm y se encuentra en la Sierra Nevada de Santa Marta; hasta el Leptodactylus insularum que mide 82 mm y el Ceratophrys calcarata o sapo cuerno que llega a los 74 mm.

Las especies de esta familia, además del control biológico que ejercen como todos sus congéneres, ofrecen algunas perspectivas económicas como el caso de Leptodactylus insularum. Común a lo largo de las sabanas de Córdoba, Sucre, Bolívar, Magdalena y Guajira, el Cesar y las islas de San Andrés y Providencia, por el tamaño de su cuerpo, la longitud del fémur y la amplia distribución, se considera potencialmente apta para la zoocría, como fuente de alimentación no sólo para animales carnívoros como las babillas, sino para el hombre.

Las tortugas

La familia Chelydridae habita en el Alto Sinú. La Chelydra serpentina es una especie que permanece casi todo el tiempo en el agua, pese a que el desove lo hace generalmente en tierra. De tamaño grande y pecho en forma de rombo, por ser muy brava, se ha ganado el calificativo de guáchara o bache.

Se conoce otra familia, Kinosternidae, con ejemplares tan típicos que el pecho o plastrón aparece bisegmentado y permite que las partes anteriores y posteriores del cuerpo se cubran totalmente, mediante el cierre hacia arriba de estas tapas abisagradas.

De cuerpo ligeramente cilíndrico, con este tipo de cierre, nos hace pensar en un animal diseñado para una perfecta vida anfibia, como en realidad sucede con los tacanes (Kinosternon scorpiodes) o K. spurrelli de las sabanas de Córdoba, Sucre, Bolívar, Cesar y Magdalena o con Kinosternon albogulare de San Andrés. Son tortugas carnívoras, por excelencia, que se convierten en azote de los piscicultores.

Pertenece a la familia Emydidae la Pseudemys scripta o icotea llamada también galápago; y la Rhinoclemys melanosterna, que se conoce como tortuga palmera o icotea fina. Estas dos especies son muy importantes en la Costa Atlántica ya que su carne tiene gran demanda, especialmente en las llanuras costeras del Magdalena y en las sabanas del Atlántico, Bolívar, Córdoba y Sucre.

El mayor consumo se registra en Semana Santa. Durante la sequía estas tortugas se ocultan en el lodo, bajo las malezas de los "playones de ciénagas" y aprovechan para hacer la postura. Dentro de las tortugas que son eminentemente terrestres está el morrocoy o morrocoyo, Geochelone carbonaria, habitante pacífico, de lento andar, omnívoro y que en el momento de la postura no se preocupa por la escogencia del nido; sus huevos quedan al garete, a merced de las condiciones medioambientales, para su incubación.

La tortuga de río, Podocnemis leuyana, de la familia Pelomedusidae, vive en los lechos de los caños, ríos y en los cuerpos de agua en movimiento. Salta a las orillas y se encarama en los troncos o árboles flotantes para asolearse. Su carne y sus huevos son muy apetecidos, no sólo por los depredadores naturales, sino por el hombre.

Pone en suelo arcilloso y arenoso sus huevos y los entierra en los barrancos de los ríos o caños. La última de las tortugas que citaremos aquí es la carranchina, Phrynops dalhi, habitante de un área muy reducida de las sabanas de Sucre y Córdoba.

Es una tortuga mediana, que no tiene importancia económica, ya que posee una glándula almizclera en la cloaca, que produce un olor desagradable cuando se le agarra o se le molesta. Vive junto con los tacanes en los estanques y potreros ganaderos. Se clasifica en la familia Chelidae al lado de otras especies, que no han sido ubicadas en las zonas de la referencia.

Cocodrilos y babillas

El orden Crocodylia aparece en la zona con dos especies que pertenecen a dos géneros y a dos familias diferentes. Los Crocodílidos tienen demanda en sus diferentes edades; desde los pequeños que se exportan como mascotas hasta los adultos cotizados por su piel y su carne.

Estos animales, carnívoros por excelencia, adoptan hábitos alimentarios que cambian con la edad. Por ejemplo, los recién nacidos prefieren los insectos, los caracoles y los cangrejos, mientras que los adultos se inclinan por los pequeños peces, los anfibios, los reptiles y los mamíferos.

A lo largo de la costa Caribe en la familia Alligatoridae se encuentran las babillas, Caiman sclerops, Medem (1968) o Caiman crocodilus, Sánchez (1968). A la familia Crocodylidae pertenece al caiman aguja, Crocodylus acutus, que llega hasta los 7 metros, Medem (1968).

Las babillas alcanzan los 2.64 metros de longitud total, Dunn (1945). El Caiman sclerops es un habitante del valle del Magdalena en sus numerosos caños, ciénagas, llanuras pantanosas, jagüeyes, e incluso en los manglares magdaleno-caribeños como lo anota Pachón (1982), citado por Rodríguez (1988).

Los lagartos, propiamente dichos, están dentro del orden Sauria. Tienen escamas o placas córneas epidérmicas y un órgano copulador doble y protráctil. Abunda en una alta distribución, en el litoral Caribe e inclusive en islas como San Andrés y Providencia, islas del Rosario y otras.

 

[7] Las salamanquejas son un grupo de pequeñas lagartijas de pies adhesivos, pertenecientes a la familia Gekkonidae, que habitan a lo largo de la Costa Atlántica. (Foto: Juan Manuel Renjifo).

 

Lagartos e iguanas

La familia Gekkonidae está representada por un grupo de pequeños lagartijos de pies adhesivos y conocidos como salamanquejas. Varias especies conforman esta familia en la región. Según Ayala (1986), Gonatodes albogularis habita a lo largo de la Costa Atlántica y Gonatodes vittatus en La Guajira y Magdalena; Aristelliger georgensis en las islas de San Andrés y Providencia.

La familia Iguanidae hace referencia a los lagartos con lengua carnosa no protráctil. Incluye las iguanas (Iguana iguana) muy apreciadas por sus huevos y carne, en La Guajira y en el Cesar. Otros lagartos del género Anolis, especialmente los machos, se caracterizan por desplegar una especie de abanico o saco guiar de distintos colores: rojo, morado, azul, verde y blanco.

El más común en la zona es Anolis tropidogaster que se encuentra en todos los departamentos de la costa norte. Uno de la misma familia es el lagarto llamado saltarroyo o pasarroyo Basiliscus basiluscus, que se mantiene en las orillas de los caños, en los ríos o arroyos a la espera de un insecto, o de un pequeño pez, o de un fruto suculento. También hay que destacar al camaleón (Polychrus marmoratus) considerado de gran valor ecológico por el mimetismo, que se manifiesta en sus cambios cromáticos acordes con la vegetación propia del medio.

Pertenece a la familia Scincidae la salamanquesa (Mabuya mabouya), propia de regiones boscosas, que con sus colores plateados, la esbeltez de su cuerpo y su agilidad, impresiona a quienes la observan. Dentro de la familia Teiidae es preciso resaltar al lobito mato, de llamativos colores, en los que predominan el morado, el azul y el verde.

Es la Ameiva ameiva, un lagarto carnívoro que devora por igual a insectos, caracoles, babosas y otros invertebrados que encuentra a su paso sobre las ramas, en los troncos y en el suelo; se ayuda con su lengua larga, bífida y protráctil. En la misma familia encontramos a un minúsculo representante, el lobito listado, de tierra caliente, Cnemidophorus lemniscatus.

Estos lagartos prolíficos, que se alimentan fácilmente y que tienen un grado alto de convivencia gregaria, deberían motivar el estudio de su crianza, en cautiverio, para alimentar al Caiman sclerops, en sus estadios recién nacido y juvenil.

 

[8] Las culubrides son serpientes muy útiles a la agricultura, por cuanto controlan plagas como insectos y otros vertebrados. (Foto: Juan Manuel Renjifo).

La familia Gymnophthalmidae se reconoce gracias a un lagarto pequeño, de cuerpo serpentiforme, que tiene unas minúsculas extremidades anteriores, y que es considerado venenoso en el campo. Se le da incluso el calificativo de culebra araña (Bachia bicolor).

Es un lagarto subterráneo, común en los jardines, inofensivo, tiene una gran importancia ecológica porque controla las plagas subterráneas y adquiere un valor económico por cuanto es para la agricultura muy beneficioso, gracias al consumo de nemátodos.

Para concluir lo referente a los lagartos hay que mencionar al lobo pollero Tupinambis nigropunctatus y al Tupinambis teguixin de la familia Teiidae, considerados muy importantes ecológicamente ya que son los mayores depredadores de muchos vertebrados como las tortugas, las iguanas, las babillas y las aves. Atacan incluso a otros lagartos. Su piel es codiciada y en aras de esto su crianza en cautiverio resultaría económica.

Las serpientes

Orden Serpentes. Su locomoción ondulatoria es la razón por la que han adquirido un cuerpo cilíndrico, con pérdida de las extremidades, salvo pocas excepciones. Por lo mismo, sus órganos internos se han alargado y se han reducido otros como los pulmones.

Las culebras ciegas desempeñan un papel importante, desde el punto ecológico, ya que controlan a muchos invertebrados minadores de los cultivos y jardines. Se destacan en la familia Typhlopidae las especies Liotyphlops aibirostris, Liotyphlops cucutae y Leptotyphlops dugandi, de la familia Leptotyphlopidae.

 

[9] La taya X pertenece al género Bothrops; es de las serpientes más venenosas y de las que más daño han hecho a los campesinos. Su hábitat lo constituyen las zonas húmedas, ubicadas en el monte y en las áreas rocosas. (Foto: Juan Manuel Renjifo).

La familia Boidae acoge a las serpientes grandes que tienen también una cintura y unas extremidades pélvicas rudimentarias. Se encuentran a lo largo de la Costa Atlántica y tienen un valor económico representado en su piel y en su carne.

Además, son importantes ecológicamente por controlar los roedores, su alimento preferido, y otros vertebrados de sangre fría y caliente. De esta familia hay tres géneros presentes en la región: Boa Epicrates y Corallus y Boa constrictor, llamado también güío perdicero, que crece hasta cuatro metros, Dugand (1975), Medem (1968), Boa hortulana llamada mapaná tigre. Estas serpientes ofrecen grandes posibilidades para su crianza en cautiverio por su piel y su carne que tanta demanda tiene en Japón.

De la familia Colubridae hablaremos brevemente; resaltaremos que son serpientes muy útiles en la agricultura, por cuanto controlan plagas como insectos y otros invertebrados: moluscos, artrópodos y un buen número de vertebrados; aves, mamíferos y lagartos. Pertenecen a esta familia las serpientes ofiófagas, es decir aquéllas que se alimentan de otras como la cazadora negra (Clelia clelia) y la cazadora ratonera (Drymarchon corais), las cuales por su tamaño, más de un metro, se convierten en buenas controladoras de alimañas.

Entre las Colubrides sobresalen las aglifas, que carecen de dientes portadores de veneno, a diferencia de la gran mayoría. Unas pocas tienen dientes opistoglifos, es decir, ubicados en la parte posterior del maxilar, con un veneno que no es lo suficientemente potente como para matar vertebrados mayores, pero sí para paralizar a sus pequeñas presas como las ranas y los lagartos. La bejuquilla (Oxybelis aeneus) es una trepadora ágil y diurna que acecha a las ranas y a los lagartos desde las ramas de un arbusto.

Encontramos también a la llamada bejuca verde (Leptophis pleei) especializada en comer ranas e insectos y a la bejuca berrenda (Imantodes cenchoa) que prefiere como alimento a las ranas y los lagartos. Se consideran dentro de esta familia a las falsas corales: Pseudoboa newrriedii o coral macho y la falsa coral (Erythrolamprus bizonus). Finalmente, existen las culebras venenosas de mayor peligrosidad, de aspecto inofensivo aparentemente, pero que tienen el veneno más potente del mundo.

Se trata de las verdaderas corales con dientes proteroglifos, es decir, rectos y situados en la parte anterior del maxilar y conectados a una glándula venenosa del tipo neurotóxico. Constituyen la familia Elapidae, el género Micrurus y las especies: Micrurus disseleucus o coralilla y Micrurus mipartitus o rabo de ají.

Otra familia de serpientes venenosas que se encuentran en el litoral Caribe es la Crotalidae; tiene ejemplares grandes y pequeños muy peligrosos. La cascabel, habitante de las zonas áridas y semiáridas de menor humedad como La Guajira, el Cesar y el Magdalena, es mortal no sólo por la cantidad de veneno que inyecta, en proporción a su tamaño, sino por la clase de veneno: neurotóxico, es decir, paralizante. El sonido de sus cascabeles constituye una advertencia; éstos se forman como residuos epidérmicos de muda en el crecimiento.

Se le conoce científicamente como Crotalus durissus; del veneno se obtiene el suero anticrotálico que contrarresta los efectos tóxicos de la mordedura. Otras especies altamente peligrosas pertenecen al género Bothrops: taya x, cuatronarices, boquidorada, barba amarilla, etc.

Las más comunes, como Bothrops atrox, son las más venenosas y las que más daño han hecho a los campesinos. Su hábitat lo constituyen las zonas húmedas, ubicadas en el monte, y las áreas rocosas. Suelen alcanzar un tamaño hasta de 2.50 m.

Una especie, muy común en los cultivos como los arrozales, es el patoco o patoquilla (Bothrops lansbergi); con su mordedura produce un envenenamiento hemolítico, es decir, aquél capaz de destruir los glóbulos rojos de la víctima, por hemorragias nasales, gingivales, oculares, etc.

También necrosamiento de la herida, dolor y "shock" en el paciente. El suero antibotrópico contrarresta la acción del veneno. Actualmente se conoce un suero llamado polivalente que actúa sobre los dos tipos dé envenenamiento: el crotálico y el botrópico.

Las aves

El litoral alberga una 300 especies de aves que constituyen aproximadamente 65 familias. Estos vertebrados plumados, con un aparato bucal que se transformó en pico, han evolucionado hasta el punto que su diversidad de formas y tamaños responden a la variedad de sus hábitos alimentarios.

Otra característica evolutiva importante son los pies que concuerdan en el número y en la disposición de dígitos, a su adaptación en el hábitat. Ecológicamente las aves han jugado un papel decisivo en los cambios del medio ambiente por el transporte de semillas, huevos, esporas de hongos y por las interacciones con los distintos modos de vida. Han servido como sustento del hombre y de otros mamíferos, de las aves, los reptiles y hasta de los peces.

Casi todas las especies de la familia Tinamidae se encuentran en el Caribe; algunas como la perdiz de monte o gallineta de monte (Tinamus major) habitan en Urabá y se propagan hasta el Alto Sinú. La más común y numerosa es la perdiz enana o mocha (Crypturellus soui) que Dugand (1947) ubica en el Atlántico y en el Magdalena; sin embargo, Rodríguez (1982) describe su hábitat a lo largo del litoral Caribe.

En la familia Palecanidae encontramos al gran pelícano o alcatraz (Pelecanus occidentalis) habitante de las playas y regiones costeras. Dugand (1947) lo identifica en sus incursiones a lo largo del río Magdalena a unos 55 Km del mar y en la Laguna del Guájaro. La majestuosidad de su vuelo, la estrategia de agrupación para pescar es de admirar en estas imponentes aves.

La familia Phalacrocoracidae está representada en los ríos, caños y ciénagas por aves buceadoras de agua dulce que se agrupan en grandes bandadas y después de la pesca se posan sobre los árboles para secarse, en un lindo espectáculo, con sus alas extendidas. La especie de esta familia es el pato cuervo o yuyo (Phalacrocorax olivaceus), buen buceador, que levanta vuelo fácilmente. El pato aguja (Ahinga ahinga) de cuello largo y color café claro, pertenece a la familia Anhingidae. Es también un buen buceador, pero le resulta difícil levantar el vuelo desde el agua.

La familia Fregatidae está constituida por aves marinas con una alta capacidad de vuelo; planean casi todo el tiempo, con la expectativa de bajar hasta tocar la superficie del agua; capturan a los peces con el pico y se remontan inmediatamente. Las fragatas, rabihorcadas o tijeretas dé mar (Frafata magnificens) extienden su hábitat hasta los ríos afluentes del mar Caribe como el Magdalena, el Sinú y otros menores del golfo de Urabá.

La Ardeidae es la familia por excelencia de las bellas garzas que adornan los playones de las ciénagas, las riberas de los ríos y los sitios bañados por sistemas fluviales. La garza morena (Ardea herodias) es grande, esbelta y solitaria; gran pescadora en ciénagas poco profundas; tiene el cuello y las patas largas.

La garza blanca o real, Egretta alba, se encuentra en los pantanos, ciénagas, caños y en la orilla de ríos; con frecuencia esta garza merodea los alrededores de los jagüeyes en las zonas alejadas del litoral. Al igual que la anterior, es pescadora y vive sola la mayor parte del tiempo. Hay una garcita esquiva y silenciosa que frecuenta los pantanos, desde una simple charca hasta las lagunas y las ciénagas; se le conoce como garcipolito, vaquito o vaco (Butorides striatus); se alimenta de insectos y de otros invertebrados acuáticos, además de los peces a los que caza con gran maestría.

 

[10, 11 y 12] Las aves han jugado un papel decisivo en los cambios del medio ambiente por el transporte de semillas, huevos, esporas de hongos y por las interacciones con los distintos modos de vida. Han servido como sustento del hombre y de otros mamíferos. (Foto: Juan Manuel Renjifo) (Fotos: Andrés Hurtado).

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