CARIBE COLOMBIA

FEN COLOMBIA

VISIÓN DE LAS ISLAS COLOMBIANAS

Germán Márquez

 

MENCIONAR islas tropicales es evocar una ensoñación. Colombia posee varias islas en el Caribe que no defraudan esta imagen paradisíaca. Los archipiélagos de San Andrés y Providencia, del Rosario, de San Bernardo, isla Fuerte y la desconocida Tortuguilla. Nuestras islas tienen en común su origen, estrechamente ligado a los arrecifes de coral que las rodean, su belleza y la amabilidad de su gente, además de muchos aspectos de la cultura Caribe derivados de su relación con el mar. También comparten amenazas a su medio ambiente y un futuro incierto.

El archipiélago de San Andrés y Providencia

El archipiélago de San Andrés y Providencia está conformado por estas dos islas principales y un conjunto de cayos y bajos colombianos en el Caribe occidental; en conjunto, unos 70 Km2 de áreas terrestres que otorgan a Colombia derechos sobre más de 250.000 Km2 de aguas territoriales y zona económica exclusiva. De esta gran extensión sólo 2.000 Km2 o menos son aguas poco profundas, ocupadas por hermosos complejos coralinos que sustentan una producción biológica importante; el área restante, de aguas oceánicas profundas, es apenas tan productiva como un desierto terrestre.

Recursos naturales: pesca. El principal recurso sobre el cual se sustentó tradicionalmente la vida de las islas es la pesca en los arrecifes: pargos, meros, chernas, barracudas, langostas y caracoles, entre muchos otros productos. Las pesquerías de arrecife son muy riesgosas por el delicado equilibrio ecológico en el cual se sustentan y es así como en la actualidad los recursos pesqueros, en especial aquéllos más apetecidos como langostas y caracoles, están en franco deterioro y vías de agotamiento.

La causa principal de esto es la sobrepesca por nacionales y extranjeros, en particular los últimos, a quienes se ha concedido generosas licencias de pesca que no consultan la ecología de los arrecifes ni los derechos y necesidades de la población local. En cercanías de San Andrés la pesca está agotada; en Providencia aún se conserva, aunque en deterioro, porque sólo hay extracción artesanal de los providencianos; en los cayos, el arrasamiento es acelerado por flotas hondureñas, jamaiquinas y, en menor grado, colombianas. De no establecerse vedas y controles a la pesca, el recurso sufrirá deterioros irreversibles, quizá ya consumados en algunos casos, y con ello se perderá lo que constituye un componente básico del bienestar social en las islas.

Suelos y agricultura. En las islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina se desarrolló, desde los primeros momentos de la colonización inglesa en el siglo XVII, una intensa actividad agropecuaria que aprovechó los escasos pero fértiles suelos de las islas hasta lograr un abastecimiento satisfactorio y exportaciones que, como las de cocos y naranjas, alcanzaron volúmenes importantes.

Para el presente, la actividad agropecuaria está muy deprimida en ambas islas: en San Andrés, donde los suelos cultivados se dedican casi en su totalidad al cultivo de cocos, debido a la competencia del turismo que vuelve relativamente poco rentables tales actividades; en Providencia, también por la baja rentabilidad y falta de mercadeo adecuado, la actividad se limita a cultivos de autoabastecimiento familiar e intercambio en la comunidad, a lo que se suma una abundante producción natural de frutas: mangos, guanábanas, ciruelas, entre otras.

[1] Los archipiélagos de San Andrés y Providencia, del Rosario, de San Bernardo, Isla Fuerte y Tortuguilla, tienen en común su origen, estrechamente ligado a los arrecifes de coral que los rodean, además de muchos aspectos de la cultura caribe derivados de su relación con el mar. (Foto: Santiago Harker)

El hecho es que las islas dependen hoy, y en especial San Andrés, de alimentos importados pues su potencial agropecuario no se aprovecha debidamente; resulta paradójico, al respecto, que la limitada actividad agropecuaria se haga en gran parte por fuera de los suelos más aptos de la plataforma costera de las islas y que, como ocurre en Providencia, se estén generando procesos erosivos por ganadería y cultivo en laderas muy pendientes.

Hacia el futuro parece necesario un reordenamiento de la actividad agropecuaria en las islas tendiente a su abastecimiento en renglones favorables como frutas y carne, lo que quizá podría lograrse por medio del aprovechamiento intensivo de los mejores suelos evitando así los problemas derivados del mal manejo.

Recursos forestales. Según crónicas antiguas, las islas tenían maderas finas que fueron explotadas desde los primeros tiempos de colonización; en la actualidad aún persisten en Providencia extensiones relativamente grandes de bosques que cumplen una importante función de regulación climática e hídrica.

No obstante, no hay recursos maderables, pero parece posible que se pudieran aprovechar las condiciones ecológicas de las islas, también en San Andrés, para actividades forestales. Sería fundamental que éstas se basaran en especies nativas que, como el cedro (Cedrella odorata), fueron abundantes y cuyo valor comercial es significativo y, aspecto importante, no alteran el hermoso paisaje natural de las islas, como lo harían pinos o eucaliptos.

Diversidad ecosistémica y biológica. Las islas constituyen un enclave ecológico de notable interés, donde se conjugan elementos marinos y terrestres de gran atractivo; así, los arrecifes de coral del archipiélago son los más desarrollados del país y de los más importantes del Caribe, se encuentran bien conservados y encierran una enorme riqueza biológica; a ellos se asocian manglares, praderas de pastos marinos y fondos arenosos y rocosos para conformar complejos ecológicos de gran belleza y potencial turístico y científico.

La parte terrestre, especialmente en Providencia, conserva aún importantes relictos de vegetación natural o moderadamente intervenida que contribuyen a la belleza del paisaje y que en el caso de las vegetaciones de palmas Acoelorraphe wrightii de las partes altas, constituyen ecosistemas únicos en el país. Notables son también la flora y fauna locales, con especies muy interesantes y de potencial económico como los cangrejos negros (Gecarnus sp.) que efectúan prodigiosas migraciones entre el mar y la tierra.

Paisaje y turismo.

El archipiélago tiene en su desconcertante belleza natural, en el paisaje de su mar azul, de sus playas y montañas y bosques un recurso que sustenta un turismo ya largamente promovido, a través del comercio, en San Andrés y creciente en Providencia; el clima y la tranquilidad, pero sobre todo la amabilidad de los isleños y el encanto de su cultura británica en el escenario del Caribe colombiano, su singular y hermosa arquitectura, la deliciosa cocina y el inglés isleño, se suman para hacer del turismo una fuente primordial de ingresos para las islas.

Debe lamentarse que, hasta el presente, el turismo no haya tenido la orientación adecuada para aprovechar el potencial natural del archipiélago y que haya sido más bien fuente de perturbaciones sociales y ambientales.

[2] Las islas constituyen un enclave ecológico de notable interés con una enorme riqueza biológica en sus arrecifes coralinos, manglares, praderas marinas, fondos arenosos y rocosos de gran belleza, con su potencial turístico y científico. (Foto: Santiago Harker)

Otros recursos. Las islas poseen además valor estratégico, no sólo desde el punto de vista geopolítico sino financiero y comercial. Ofrecen alternativas también como centros de estudio tanto de la naturaleza como de modelos de desarrollo acordes con ella y para la promoción de tecnologías ambientales.

Problemas ambientales. Contrasta la potencialidad y belleza natural de las islas con su desordenado desarrollo reciente que dio al traste con un modo de vida armónico y apacible que acercaba a las islas al modelo paradisíaco del cual son, aún ahora, tan buen ejemplo. En efecto, la introducción de modelos de desarrollo que, como el puerto libre, poco o nada tuvieron en cuenta los usos y costumbres tradicionales, generó alteraciones que persisten y se prolongan:

El turismo masivo y desordenado, orientado más al comercio que al aprovechamiento de las maravillas naturales.

La sobrepoblación incontrolada de las islas.

La creación de obras de infraestructura que causaron fuerte impacto ambiental y deterioro de la calidad de vida: edificios, muelles, desarrollo urbano desordenado.

La presión sobre recursos escasos como el agua, la pesca y los suelos, que conducen a su agotamiento y deterioro crecientes.

Contaminación por basuras y aguas negras.

Sólo el acervo natural prodigioso de las islas ha podido resistir estos embates sin perder del todo su belleza y atractivo; pero, ¿por cuánto tiempo? El archipiélago de San Andrés y Providencia exige una reordenación de su desarrollo dentro de directrices que conceden la mayor importancia a la conservación del ambiente; su patrimonio humano y natural no puede desaprovecharse absurdamente dentro de modelos de desarrollo que no cuentan con el singular valor que las islas tienen para el país.

 

Islas del Rosario

Las islas del Rosario se ubican al oriente de Cartagena, a pocos kilómetros del continente; son un conjunto de pequeñas islas, que no superan las 20 Ha de extensión si se exceptúa Barú, una isla mayor pegada al continente y de orígenes distintos.

Las islas del Rosario tuvieron su origen en un complejo de arrecife algunas de cuyas partes emergieron para formarlas; así, las islas se encuentran sobre una plataforma coralina que constituye uno de los complejos de arrecife más importantes del Caribe colombiano.

Las islas, muy poco elevadas sobre el nivel del mar, fueron colonizadas por manglares y por alguna vegetación terrestre tolerante a la fuerte influencia marina; a ella se asocia una interesante fauna, especialmente aves marinas e insectos.

En estas condiciones, las islas no dieron lugar a asentamientos humanos permanentes en ellas aunque eran visitadas con frecuencia por pescadores. Más recientemente las ocuparon construcciones turísticas que implicaron fuertes transformaciones y destrucción del manglar y de las formaciones de arrecifes; se llegó al extremo de extraer coral para formar islas artificiales sobre las cuales construir casas de turismo.

A los daños causados por el turismo y la pesca se suma la sedimentación y contaminación propiciada por los vertimientos del Canal del Dique, a partir de su última adecuación y dragado, para generar mortandades masivas del coral. La creación de un parque nacional submarino en sus aguas ha intentado prevenir y controlar los deterioros crecientes con limitado éxito. El futuro ecológico, ambiental y turístico de las islas del Rosario es hoy incierto.

 

Islas de San Bernardo

El archipiélago de San Bernardo, situado en las afueras del golfo de Morrosquillo, frente a Tolú, está conformado por 10 pequeñas islas que, como las del Rosario, tuvieron su origen en un complejo de arrecife algunas de cuyas partes emergieron. Como aquéllas, las islas de San Bernardo se encuentran sobre una plataforma coralina de gran belleza.

Las principales islas son Tintipan, Múcura, Mangle, Cabruna, Salamanquilla, Ceycan y Pajarales, además de un islote artificial, llamado islote del Poblado, donde se reúne la mayor parte de la población de las islas. Las islas de San Bernardo apenas sobresalen del mar y se encuentran cubiertas principalmente por manglares y vegetación tolerante de la salinidad; en algunas se introdujeron palmas de coco y pastos, en un proceso reciente de ocupación que se basa en la construcción de fincas de recreo que conlleva una alteración, hasta ahora moderada, del ambiente.

[3] Las islas del Rosario, poco elevadas sobre el nivel del mar, fueron colonizadas por manglares y por alguna vegetación terrestre, tolerante a la fuerte influencia marina. A ellas se asocia una interesante fauna de aves marinas e insectos. (Foto: Jaime Borda).

La escasa población permanente del archipiélago está conformada por pescadores cuyo producto se lleva al continente. Las islas han conservado más o menos en buen estado sus condiciones naturales, pero preocupa el auge del turismo que tiende a apropiarse y transformar las islas, hasta ahora bastante bien defendidas por los zancudos que las hacen inhabitables.

También hay tendencias a la sobrepesca por extraños a las islas; así, se produjo el arrasamiento, del cual aún no se ha recuperado, del caracol de pala por una compañía extranjera y la preocupante extracción marina actual de caracoles y estrellas de mar para exportación como "souvenirs".

 

Isla Fuerte

Isla Fuerte tiene aproximadamente 300 Ha; situada a unos 10 km de la costa, un poco al sur del delta nuevo del Sinú, en Tinajones. Formada por un plegamiento de la corteza terrestre que levantó los sedimentos coralinos, es más elevada que las cercanas islas de San Bernardo. La mayor elevación y extensión de isla Fuerte posibilitó el desarrollo de suelos y vegetación terrestre y la consiguiente ocupación humana que transformó el bosque seco original y estableció cultivos (coco, yuca, ñame, plátano) y pastos para ganadería.

Alrededor de isla Fuerte hay algunas formaciones coralinas no muy desarrolladas a pesar de que tiene un extenso bajo, llamado El Bobito, por el costado occidental que es relicto fósil de la formación que originó la isla; la pesca es moderada y no constituye un renglón central de la actividad isleña, más fundamentada en agricultura y ganadería. Más recientemente hay desarrollo turístico, basado en fincas recreacionales. De isla Fuerte se dice que fue refugio de piratas y contrabandistas.

 

Otras islas

Al suroeste de isla Fuerte, frente a los límites de Antioquia y Córdoba, se encuentra una pequeña isla llamada Tortuguilla sobre la cual no se dispone de información alguna. No se hace referencia a Barú y Tierra Bomba, cerca de Cartagena, ni a la isla de Salamanca, que separa la Ciénaga Grande del Mar, por ser islas costeras, apenas diferenciadas del continente. Hay otras islas menores como la desolada isla de la Aguja batida por los vientos y las olas frente al parque Tayrona y algunos peñascos e islotes frente al Urabá chocoano, uno de los cuales, llamado Pan de Azúcar por el color blanco que le da el guano de las aves marinas, merece especial mención por ser refugio de una gran cantidad de aquéllas.

 

Consideraciones finales

Colombia posee unas pocas y hermosas islas en el Caribe, entre las cuales se destacan San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Junto con la belleza y los arrecifes comparten el incierto destino que les depara el desordenado manejo de su desarrollo y de su medio ambiente; paraísos cuya exuberancia oculta su fragilidad básica, cuesta creer que puedan ser dañados; con suerte, el tiempo podrá demostrar que estas premoniciones son falsas. De momento, es urgente iniciar claras acciones para proteger este singular patrimonio colombiano.

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