Etnografía - Los Guaymies - Costumbres - Los Cunas o Cuna - Catíos, Nutabes y Tahamies - Los Pijaos - Los Yareguies - Los Arhuacos - Los Motilones - Los Arhuacos - Los Goajiros - Raza y lengua

 


 

grande y rostro aplanado, caminador y carguero in­fatigable, se asemeja al otomí de México (1) ; y como el quiche y el cackchiquel de Guatemala, tiene su to­tem o animal tutelar, en especial, según Pinart, una especie de lorito. Cuando se hace adoleseente se le somete á rudas pruebas junto con sus camaradas, y pasa en el bosque, lejos de sus padres, un periodo de noviciado; ancianos con el cuerpo pintarrajeado, una máseara en el rostro y una corona de hojas en la ca­beza, le enseñan las tradiciones, los cánticos com­puestos en el dialecto misterioso y sagrado; después, cando está bastante endurecido, de suerte que puede sufrir sin quejarse, le admiten en el número de los hombres y le dan un nombre definitivo. Por lo que hace á las jóvenes, limitarse á celebrar su pubertad casándolas ó más bien vendiéndolas inmediatamente. La fiesta principal, llamada balzeria por los españo­les, se verifica de ordinario al principiar el verano, el día indicado por los nudos que han hecho en sendos bejucos enviados á las familias. Después de un baño general, las mujeres emplean algunas horas en pintar el cuerpo de los hombres de rojo ó azul y en adornar sus caras con arabeseos y figuras extravagantes, aná­logas á las de sus antiguas vasijas, tras lo cual visten el histórico traje: la pampanilla de corteza y la piel de un animal. Entonces principia la orgía, ú que sigue la danza de los hombres y el juego de la balza trozo de madera liviana que los bailarines se arrojan sucesivamente tratando de derribarse, no siendo pocos los que resultan heridos de gravedad. La religión del guaymi es la del terror: todo ruido le espanta, pues según sus creencias, es producido por un espíritu ma­lévolo, que ora se hace conjurar por el hechicero, ora se con gracia con ofrendas. Cuando se cree segura la muerte de un enfermo los deudos le llevan al bosque y allí le abandonan, sin dejarle otra cosa que algunos plátanos (bananas) y una calabaza con agua. Des­pués de la muerte. se extiende el cadáver sobre un tinglado de madera, y un año después se recogen los restos, se limpian los huesos y con ellos se forma un atado, que se entierra en el cementerio de la fami­lia (2).

Según Pinart; el historiador de los Guaymíes, aún existen cosa de 4,000; pero en 1883 una de las tribus, la Mudi, apenas contaba 300 individuos. En la ver­tiente meridional de la serranía otra tribu distinta, que tiene su lengua especial, los Doraces, está reducida á 1,300 ó 1,400 personas que sean de sangre pura y que usen el antiguo dialecto. Cuanto á los indios Seguas, voz que en lengua terraba significaba "ex­tranjero" fueron también llamados Mexicanos ó Chi­chimecos por los españoles. Eran Nahuas más ó me­nos bárbaros, hallados por Vásquez de Coronado en un valle tributario de la laguna de Chiriquí, y con los cuales no pudo entenderse sino con el auxilio de un intérprete mexicano. Eloy no se sabe con certeza cuál es la zona en que ellos vivían: diversos infor­mes indujeren á Pinart á darles por antiguo asiento el valle del Rovalo, que desagua en la parte occiden­tal de la bahía, atribuyendo á sus artistas la obra de las más bellas vasijas y de los objetos de oro cincela­dos con más primor que se han deseubierto en la co­marca (3). En fin, al Este de la cordillera de Chiriquí, hasta el istmo de San Blas, todos los pueblos indígenas han desaparecido, sea por el cuchillo, sea por fu­sión con los habitantes mestizos de lengua españo­la (4), no volviéndose á encontrar tribus de indígenas sino en la parte oriental de la provincia., en la Costa del golfo y en las islas de San Blas, en las hoyas. del Bayano, del Tuira y del Atrato. Empero, estos indios tampoco se han mantenido en cuerpo de nación que conserve, junto con su independencia, sus tradi­ciones históricas y la memoria de sus antepasados; no recuerdan ya la soberanía de los antiguos Paparos ó Darienes, cuyo nombre se trasmitió á la parte oriental del istmo americano, y que probablemente perte­necían á la misma raza que los Quera ó Cuevas de que hablan Oviedo y Valdés y los otros eseritores es­pañoles de los primeros tiempos de la conquista (5).

Con excepción de los Chocoes, que viven en los macizos del Sur y se relacionan con los indígenas colombianos, los varios pueblos indios del Darién, a pesar de la diversidad de dialectos, pertenecen á una sola y misma nación (6), la de los Cunas ó Cuna-cuna, llamados también Ti ó "gentes de los ríos" porque sus cabañas aisladas y sus pueblos se alzan siempre á orillas de las aguas; por esto mismo en la hoya del

Atrato los indios Chocoes se designan con el nombre de Do, palabra que en su lengua tiene precisamente igual significación (7). Los Cunas, al igual de otras naciones, se llaman Tule, es decir, "los hombres  por excelencia. Se les cree de raza caribe, y los más altivos de entre ellos, los que han mantenido con más energía su independencia - hacia las fuentes del Chucunaque y el Cañaza, afluente del Bayano,-se consideran por algunos como inmigrantes goajiros ve­nidos de la península que media entre Colombia y Ve­nezuela; pero esta asimilación gratuita entre dos tri­bus distantes una de otra ¿no provendrá tan sólo de que los Cunas del Chucumaque han sabido, como los indios de la Goajira, permanecer libres y conquistar el respeto de sus enemigos?

En general, los Cunas son pequeños, macizos, con gran tendencia á la obesidad; asemejase mucho á los Guaymíes, salvo en que de ordinario muestran piel más atezada. Entre ellos los albinos no son raros y algunos hombres de piel blanca y cabello ¡ojo dan 'testimonio del paso frecuente y la larga permanencia de los piratas en el país de los Cunas. El cabello es comúnmente muy negro, abundante y recio entre esos indios, y por decirlo así, jamás cae, ni en la vejez, y pocas veces encanece; fáltales la barba, y los ojos se presentan ligeramente embridados. En otra época se pintaban, pero á la fecha se limitan á untarse el cuerpo con el jugo negruzco de la jagua (garripa americana), que les conserva fresea la piel; en las. grandes fiestas se pintan en el rostro líneas rojas por medio del achiote (bixa orellana) (8). Su lenguaje puede decirse es una cantinela: á cada frase sucede una pausa, que los interlocutores aprovechan para aprobar lo dicho. Entre los Cunas el sistema de nu­meración es vigesimal, como entre los Aztecas, pu­diendo mirarse tal hecho como indicio de que la civi­lización nahua penetró antes hasta la región terminal de los istmos.

Los usos y costumbres de los Cunas difieren poco de los vistos entre los Guaymíes, y hasta los que no se hallan en contacto inmediato con los "españoles" se hispanifican; todos toman parte en el comercio como exportadores ó mercaderes de cacao silvestre, cocos, caucho, ragua, y ese tráfico lleva más y más los obje­tos extranjeros á su comarca. Traje, armas, instru­mentos, todo cambia poco á. poco. El Obispo Thiel, que visitó esos indios algunos años después de Viguier, Wyse y A. Reclus, bautizando entonces la mayor parte de ellos (9), no encontró ya los indígenas descritos por Wagner (10) y los exploradores franceses. Cada grupo de casas tenía un cacique ó capi­tán. (11) y su lelé, á la vez sacerdote, médico y mago. El tercer personaje de la comunidad era el carnotaro, músico oficial, coreógrafo y maestro de ceremonias; cuanto al urunia, es el velador, á la vez agente de policía y guarda rural. La mujer da á luz en una ca­baña aislada, bajo la vigilancia de una vieja, la que después de bañar á la madre y al hijo en el río, los conduce á donde el lelé, á fin de que sean fumigados por éste con tabaco y así combata la mala suerte. Lo mismo que entre los Guaymíes, la pubertad de una niña en motivo de una fiesta en que por primera vez reci­be un nombre público, pues antes no lo tiene sino se­creto, y desde el año siguiente tiene el derecho de casarse con el hombre que sea de su agrado. Yo es raro entre los Cunas que el hermano se despose con la hermana; según Armand Reclus, éstas serían las unio­nes mas frecuentes. El esposo adquiere derechos so­bre todas las mujeres con las cuales lo emparienta el matrimonio (12). Sin embargo, las costumbres son muy severas: el hijo reputado ilegítimo se entierra vivo ó se arroja al río, y el extranjero que presenciase el parto de una mujer sería castigado con la muerte. La costumbre de la "pollazón " prevalece en todas las tribus de esta raza(13); también los blancos y los negros del litoral neogranadino participan más ó menos de la superstición que mueve al marido á creerse solidario de los dolores de parto de lii, esposa; á la en­fermedad de ésta, al madrejón, corresponde el padre­jón del esposo. Cuando un cuna muere, se coloca en su cabaña un pico de tucán, sin duda para que este pájaro acompañe al difunto al otro mundo, y se ponen á la vez en la tumba provisiones para el viaje. En algunas tribus los muertos se colocan en una hamaca y se cree que vagan hambrientos en el país de las sombras en tanto que las cuerdas de aquélla no se han roto naturalmente (14).

La nación de los Chocoes, dividida en tribus numerosas, Baudó, Citará, Noánama, Tadó, ocupa toda la parte occidental de Colombia en los valles del Atrato y el San Juan, y más al Sur hasta el Ecua­dor (15); también señorea los contrafuertes septentrio­nales de la cordillera del lado del Atlántico, la base de las mesas de Antioquia, y aun pequeños grupos de ella la representan en el istmo de la América Central (16). Las diversas tribus de los Catios, entre el Atrato y el Cauca, pertenecían á esta rama étnica; entre los pueblos salvajes de Colombia son quizás estos los que presentan estado social menos avanzado, y aun se dice que en los pantanos del bajo Atrato esos indios viven en el ramaje de los árboles como los antiguos Guaraunos (17). Antes andaban enteramente desnudos ó apenas con una angosta pampanilla de corteza, y se comían sus prisioneros después de engordar­los (18). A la fecha, reducidos á algunos miserables restos, huyen ante los españoles, bien que su lengua­je se mezcle día por día con voces castellanas, no estando quizás lejana la época en que, lo mismo que los quichuas de Popayán y los Muiscas de Cundinamarca, hablen el idioma de sus conquistadores. Todos los idiomas chocoes muestran grande analogía.

Los Nutabés y los Tahamíes de Antioquia, de los que los primeros ocupaban el territorio compren­dido entre el Cauca y el Porce, y los segundos la re­gión montañosa de entre el Porce y el Magdalena, se asemejaban á los Muiscas por sus costumbres y esta­do social; ejercían también una agricultura rudi­mentaria, fabricaban vasijas de barro tejían y te­ñían telas de algodón y trabajaban el oro modelando figurillas de hombres y animales. Aun cuando estos indios no hayan dejado en la historia la fama que los Muiscas, como pueblo civilizado, parece que sus conocimientos no eran inferiores á los de sus vecinos de ultra-Magdalena (19); el olvido en que se les dejó proviene sin duda de que no obedecían á reyes poderosos ni constituían una nación guerrera (20). Los mismos españoles, súbditos de un emperador que as­piraba al imperio del mundo, no medían la civiliza­ción de los pueblos sino por la extensión de los domi­nios que poseían los jefes y por las riquezas que éstos guardaban en su tesoro. Empero, como las regiones de Antioquia eran más ricas que Cundinamarca en yacimientos anrífcros, las tumbas de los Nutabés y de los Tahamíes han dado á los buscadores cantidades de oro más considerables que las de los Muiscas; bien que se hallen mas dispersas y no se agrupen en torno de santuarios frecuentados por un cien mil de peregrinos provistos de su ofrenda. Los guaqueros de Antioquia, los "excavadores de guacas, son muy hábiles en adivinar entre todas las desigualdades del suelo las que encierran restos y joyas. En 1833 de una sola guaca se extrajeron joyas por valor de 90,000 francos(21), ó sean $ 18,000 en oro. los valles pantanosos que al Este de Antioquia se inclinan hacia el Magdalena están habitados por algunos restos de los Pantagoros, antes muy temidos por los colonos españoles. Entre las diversas tribus. que recorrían las selvas bravías de esta vertiente de la cordillera central, la más bárbara era la de los Pi­jaos ó Páez (Páeces) (22), quienes escogían víctimas inocentes para ofrecerlas á sus divinidades. El ene­migo muerto era víctima indiferente para los dioses, en tanto que la mujer, el niño, el extranjero inofensivo, los seres puros, constituían verdadero sacrificio y por lo mismo acogían los bien los genios ávidos de sangre. Sin embargo, la benevolencia divina no se adquiría sino para un cierto número de lunas, pasa­das las cuales ó se cometía nuevo asesinato ó la tribu vivía sin dios (23).

Menos ricos en oro que los Muiscas y los Taha­míes, los civilizados Guanes, que poblaban las tierras.

altas recortadas por las profundas gargantas del bajo Sogamoso, ciertamente no les eran inferiores en civi­lización y aun parece que les aventajaban por sus cualidades morales de valor, resistencia y honra­dez (24); con los Citareros, los Agataes y los Luches, que tenían la singular costumbre de criar como mujer cada quinto hijo nacido en toda pareja familial (25), los Guanes fueron los antepasados de los Socorranos y los Pamploneses actuales, pero dejando á la vez algunos descendientes que han vuelto al estado sal­vaje (26). Indios aún no sometidos viven en el valle del Carare, protegidos contra los blancos por la insa­lubridad del profundo valle y por el espesor de la selva; entre las altas tierras de Antioquia y las del Socorro se prolonga, de Sur á Norte, una zona de más de 100 kilómetros de anchura, en donde no hay colo­nos de origen europeo, salvo en raras escalas ribere­ñas del Magdalena. Estos indios del Carare, que descienden de los antiguos Guanes (27), lo mismo que los mestizos de las mesas vecinas, son conocidos con di­versos nombres: cítanse entre ellos los Aripíes, nietos de los Muzos y que aún reivindican su independencia, bien que sean los aliados respetuosos de los colom­bianos; si no convienen en ir á trabajar como mercenarios en las plantaciones ó en las minas, á lo menos consienten en construir con troncos y lianas los puen­tes suspendidos que franquean el alto Carare ó Mi­nero(28). Mas abajo, en el mismo valle, viven los Ya­reguies, enemigos de los blancos, cuyo contacto evitan cuidadosamente. Otra tribu, la de los Arnacos, lle­va el mismo nombre que los indios de la Sierra Neva­da de Santa Marta; pero esta homonimia de seguro no implica identidad de origen, ya que los españoles llamaron Aravak, Aruacos, á tribus muy diversas entre sí. Según Camacho Roldán, los indígenas del Carare que viven completamente alejados de las gen­tes de lengua española no pasan de un millar (29).

Al norte de las mesas los blancos han abandonado los valles de la cordillera oriental á varias tri­bus poco conocidas y por lo tanto más temidas; sin embargo, algunos viajeros han visitado sus madrigue­ras, en las cuales han sido bien acogidos (30). Aunque sin pruebas, acúsase de antropofagia á los Chimilas de la Sierra de Perijaá. En la misma cadena sus ve­cinos, los Tupes, comprimen el cráneo de los niños. Cuanto á la región montañosa de la frontera situada al Este del río César, está ocupada por los Motilones, que pertenecen á la raza caribe, y apenas son poco mas de 3,000. En época anterior se les había reser­vado expresamente un territorio especial entre el curso navegable del César y la cresta de la Sierra, en el cual se incluían tres pueblos, de los que él uno te­nía el rango de capital (31); pero, a lo que parece, no se supo hacer simpática la colonización, porque a menudo ocurrieron conflictos sangrientos entre los Motilones y los mestizos españoles; organizáronse cacerías de hombres para reclutar colonos, y los Mo­tilones recalcitrantes se vengaron bloqueando las Po­blaciones de la llanura: nadie pudo salir sin riesgo de la vida, y para ir a cortar leña ó á coger agua los habitantes se vieron en la necesidad de hacerlo en partidas (32). El peligro del viaje hizo abandonar un boquerón que atraviesa la montaña entre San Juan do César, en el valle colombiano de hipar, y Perijaá, en el distrito venezolano de Maracaibo.

Respecto a los indígenas que pueblan algunas al­deas de la Sierra Nevada de Santa Marta, los Arhua­cos (Aruacos, Aurohuacos) hace largo tiempo que vi­ven en paz con sus vecinos de lengua española, y ya principió su mesticismo. La mayor parte comprende el idioma de los conquistadores, y los niños hasta lo hablan y lo escriben (33); sin embargo, las lenguas nativas se conservan: el cöggaba en la vertiente septentrional de la Sierra, el bintucua hacia la extremi­dad meridional del macizo, el guamaca al Este y al Sudeste. ¿Cuál es el origen de estos Arhuacos, cuyo nombre coincide con el de una gran familia de tribus indígenas en las Guayanas, Venezuela y el Brasil?

¿Pertenecen á la misma raza y descienden de fugiti­vos arrojados de las llanuras por los invasores españo­les, como lo piensa Simnons? ¿Son refugiados de otra procedencia que recibieron el nombre genérico de Arhuacos aplicado al acaso por los conquistadores, como tantos otros apelativos indígenas? Lo cierto es que los tales indios no se designan á sí mismos con ese nombre, y aun lo rechazan como injurioso. Se llaman Cóggaba, es decir, "hombres" (34). Por poco numerosos que sean, tres mil apenas, se figuran que antes representaron la humanidad por excelencia, al igual de los demás pueblos según Sievers, quizá son parientes de los Muiscas (35), otra nación que también se gloriaba de formar el conjunto de los "hombres.» Los Arhuacos no guardan tradiciones relativas á su llegada al país; se dicen originarios del suelo y muestran unas rocas de donde creen haber salido; todo­s sus relatos míticos están relacionados con las mon­tañas circunvecinas. Venidos de otro punto, traspor­taron sus leyendas aplicándolas á distintos sitios, puesto que no es posible considerarles como descendientes de los Taironas que venció Fernández de Lugo, y aún recuerdan ser pueblo de magos, há­biles en modelar el oro con los dedos. Los Arhua­cos no heredaron esa civilización, toda vez que no saben forjar los metales, pero ni aun conservar los ca­minos embaldosados que existían aquí y allá en las.. montañas(36); á lo menos son hábiles constructores de puentes: en pocos días tienden de ribazo á ribazo un emplanchado oscilante, sostenido por estacones y lia­nas entrelazadas. Los Arhuacos, diferentes de los Taironas en civilización, se distinguen aún más de ellos por su carácter; muy tímidos, no se enfrentan con un blanco, le huyen, y no se miden con él sino en palabras y bajo la influencia de la chicha.

Aunque oficialmente convertidos al catolicismo, los Arhuacos no se toman la pena de ocultar sus su­persticiones paganas; después del bautismo cristiano los padres llevan el niño al río para lavarle en agua pura; el matrimonio de una pareja santificado por un sacerdote no les basta: lo complementan con una ce­remonia de los antiguos ritos: las danzas, una de las. cuales lleva el singular nombre de "subir al cielo," acompañadas con gritos y silbidos que imitan voces de animales. Tienen sacerdotes, los mancas, quienes dirigen sus preces á los astros y á las montañas y sa­ben cambiar el destino por medio de palabras mági­cas también curan las enfermedades, y el pueblo cree que igualmente pueden producirlas introducien­do en el cuerpo arañas, escorpiones, lagartos; atribú­yeseles además la ciencia de los tesoros, y todos dicen que de ellos estriba el que no se hayan descubierto aún por los colombianos los montones de oro y piedras pre­ciosas escondidos por los Taironas en la montaña. A la vez se les honra y se les teme, y sobre sus sepultu­ras se colocan pedruzcos de granito análogos á los "dolmes" bretones. Los Arhuacos celebran sus fies­tas en lugares sagrados, cuyo acceso impiden á los curiosos, á los traficantes blancos y negros. Uno de sus usos ha adquirido fuerza religiosa: el esposo nun­ca vive en la misma cabaña que su esposa y sus hijos: cada grupo de familia tiene dos habitaciones distintas, y cuando el hombre apetece comer, va á sentarse ante una piedra colocada en medio de los dos tugurios, y á ese punto le lleva la mujer los alimentos, llueva ó haga sol. Los Arhuacos cultivan el suelo: en torno de cada choza, que de lejos con su pajizo y cónico techo semeja estupenda colmena, las mujeres siembran cebollas, arracachas, papas, y no lejos queda un cercado con bananos, caña de azúcar y algunas otras plantas ali­menticias. También poseen ganados, pero no se toman el trabajo dé llevarlos á pastorear, por lo cual los animales se alzan y retornan bravíos, salvo que los cazadores colombianos domiciliados temporalmente en el país acaben por apropiárselos. Los productos de la industria local, debidos á las mujeres arhuacas, como sacos (costules), cuerdas (lazos) de fibra de maguey, pertenecen de antemano á los traficantes, quie­nes, según su tradicional costumbre, se adueñan del futuro trabajo de los obreros sosteniendo con crédi­tos hábilmente calculados una deuda que no se can­cela jamás. Consuélanse los Arhuacos de esa esclavi­tud mascando las bojas de la coca (hayo), mezcladas con cal quemada, con la cual se frota el interior del poporo ó calabazo que usan en la mano. En lo general este pueblo no revela buena salud y entre sus hom­bres son comunes las enfermedades del pecho (37).

Los Goajiros-guahiros de los antiguos autores- contrastan con los Arhuacos por su aspecto, carácter, costumbres y género de vida. Habitantes de las llanuras que se dilatan al Este del Ranchería, entre Riohacha y Maracaibo, los Goajiros moran en un suelo absolutamente diverso de las montañas en dónde viven los Arhuacos, separados en grupos distintos por páramos difíciles de franquear. Físicamente son más grandes, más fuertes, más ágiles, y se distinguen so­bre todo por el tinte mucho más claro de la piel, lo que puede atribuirse á su alimentación, casi exclusi­vamente animal. En tanto que los Arhuacos, prácticamente vegetarianos, no comen carne de res ó de cerdo sino en los días festivos, los Goajiros, poseedores de rebaños, grandes pescadores de tortugas y faltos de todo producto agrícola por la aridez de su patria, no mezclan á sus alimentos sino muy pocos granos ó le­gumbres (38). Hasta una edad avanzada los Goajiros, hombres y mujeres, guardan el vigor de los músculos y la belleza de las formas; los jefes, al contrario, tra­tan de engordar, pues creen que con esto ganan en majestad. De ordinario estos indios andan casi des­nudos; pero cuando visitan á los blancos en los pue­blos mercantes de la frontera, llevan una manta, especie de peplum de algodón; hacia el lado de Vene­zuela la tela es blanca, azul en los territorios vecinos de Colombia; también las mujeres de esta zona, que coronan su cabellera con plumas ó una guirnalda de convólvulos, se pintarrajean figuras en el rostro con achiote.

Puede ser que el nombre español do los Goajiros venga de la nominación "Guayu" que ellos mismos se dan. Estos indios parece que no tienen leyendas his­tóricas sobre su origen; sus relatos son de orden mítico, entre otros el que los hace descender de la Luna;  pero su aspecto físico, su carácter audaz y activo, lo mismo que su lenguaje, indican de 8obra que pertenecen á la familia caribe. Su lengua armoniosa, en la cual dominan las vocales, tiene condiciones gramaticales idénticas á las de los dialectos caribes y galibis del Este, y aunque en menor proporción, también se les asemeja por su vocabulario (39). Al presente, y lo mis­mo que sus hermanos los Motilones, se hallan muy alejados del grueso de su raza, cuyos hijos ocupan principalmente las regiones centrales y orientales del continente, bien que algunos indicios permitan creer que antes vivían más al Este. Los Goajiros, dice un viajero de los primeros años de este siglo (40), los Goajiros que en nuestros días viven orgullosamente alejados de los venezolanos y granadinos blancos ó mestizos, fueron antes amigos de los españoles; sus diversas tribus poblaban la península y contornos del lago de Maracaibo hasta las montañas de Mérida y Trujillo, recibían las enseñanzas de los misioneros y se llamaban "cristianos". Más inteligentes ó industriosos que la mayor parte de los indios, prometían ser los colaboradores más útiles de la gente española, cuando la avidez, y sobre todo la lujuria de los "ci­vilizadores," los precipitaron á la revuelta. Con motivo del rapto de unas mujeres goajiras las tribus se sublevan, saquean los campos y destruyen las moradas de los blancos y logran entrar hasta la ciudad de Trujillo, en la cual asesinan á muchos de los vecinos. Esto ocurría hacia fines del siglo XVI y desde enton­ces los Goajiros, renunciando á la religión de sus ene­migos, viven libres en sus extensas sabanas y en los valles de sus montañas.

La Península Goajira ofrece sitio favorable de re­fugio á la nación caribe, por más que la rodee el agua y en su costa se hallen excelentes puertos sobre el Mar de las Antillas. En ella los pastores nómades pueden trasladarse fácilmente de un lugar á otro con sus rebaños, siéndoles fácil ocultarse en el laberinto de colinas que ocupan la parte oriental; en tanto que los inva­sores erran en la llanura, buscando agua en vano, los Goajiros, que conocen los sitios en donde hay pozos, pueden, á su antojo, refocilarse y preparar sus emboscadas (41). Los Goajiros conservaron su indepen­dencia durante el régimen colonial; pero los ma­pas publicados á fin del siglo XVIII prueban que el interior de la península era bien conocido de los tratantes, quienes allí fundaron numerosos pueblos. El período de guerras y revoluciones que en América corresponde á las luchas nacionales é intestinas de España, produjo muchos conflictos entre colombianos y goajiros, logrando éstos tanto expulsar á todos los extranjeros como dar á su territorio límites infran­queables á blancos y negros; del lado de la Nueva Granada el río Ranchería, inmediatamente al Este de Rio Hacha, constituía la frontera, que sólo franquea­ban los mismos Goajiros en los días festivos (42).

Hace tiempos se dice que "la civilización se mide por el respeto que el hombre tiene por la mujer. Desde este punto de vista los Goajiros son una de las naciones más adelantadas: tienen las mayores conside­raciones por sus esposas, consultan con ellas todos los asuntos y nunca cierran un negocio sin su consenti­miento (43). En caso de riña la esposa puede poner en paz á los combatientes, quitarles. las armas, romperlas y arrojar lejos sus pedazos. Si un viajero recorre el país bajo la guarda de una mujer será respetado de todos y nadie le negará hospedaje (44). Y sin embar­go, el matrimonio es una especie de compra: después del período de claustración que sufren todas las don­cellas en la época de su pubertad, el padre fija el pre­cio de la desposada en ganados que reparte en el acto entre su propia familia y la <le su mujer(45). El mando

 

 

(1)      
 Y también á los Cunas - cunas -V. y V.
(2)
W. Gabb, Procedings of the Philosophical Society, Philadelphie, 1876.-Pinart., etc.-E. R
(3)
Revue d'Ethnographie, de Hamy, 1887-E.
(4)
 Aún quedan indios salvajes en esta zona, en especial en Tabasara, los que suelen negociar con los blancos; en Guasaro, cuyos padres no ha mucho saquearon la población de Santa fe, y en Tuabre.-V. y V.
(5)      
 Berend. American Record and Repertory of notes and Queries, 1874.-E. R.
(6) 
 Alph Pinart.-Viguier, Memoires de le Societé d'Ánthropologie, 1878.-E. R.
(7) 
 Alph Pinart.-Armand Reclus-Lucien B. Wyse, obras citadas.-E. E.
(8) 
Alph. Pinart, Revue d'Ethngrophie, 1887.-Lucien B. Wyse, Le Canal de Panamá.-E. R.
(9)
 Polakowsky, Petermann's Mittheilungen, 1886, Heft IX-E. IR.
 (10)
 
Moritz Wagner, Petermann's Mittheilungen, 1862.-
E. R.
 
(11)   
 Personaje que hoy solícita uniforme y nombramiento del supremo Gobierno del país, pues nada seduce tanto a esos indios como las plumas y galones de los millares, no siendo raro que muchos de ellos viajen por las Antillas -V, y V
(12) 
 C. Viguier, memoria citada-E. R.
(13) 
L. E. Wyse, obra citada.-E. R.
(14)
A. Pinart ; B. Thiel ; Polakowsky, obras citadas.-E. R.- Según los escritores colombianos, todo lo que antecede sobre los Cunas es inexacto y simple copia de la relación del Gobernador Ariza. Coda­zzi dice que estos indios en sus viajes no llevan víveres, los cuales to­man en las labranzas del tránsito sin pagarlos, por creer que A ello tie­nen derecho. De los matrimonios indica es costumbre que A poco de principiado el festín los cónyuges se alejen en una harca, no volviendo hasta la noche. Tampoco suelen reunirse para formar pueblos, bien que den tal nombre al conjunto de las casas situadas A orillas de un mismo río, aunque disten entre sí dos o más leguas Codazzi distinguió en esta zona siete grupos de indios, todos de raza caribe. Según E. Restrepo (Viaje al Darién), nunca se casan les hermanos, pero en sus borracheras no respetan vínculo ninguno; los picos de tucán no indican el número de muertos en cada casa, acostumbrándose además quemar las habitacio­nes donde mueren varios individuos; no sufren escasez de alimentos no practican ya la pollazón ; la gran fiesta es la de la llegada de las niñas a la pubertad ; hoy no existen los urunias; los indios tejen sus 'telas, cuentan pos decenas, tienen tradiciones y leyendas, etc.-V. y V.
(15)
Los indios que vivían en el bajo Chocó eran los Barbacoas y Telembíes, pero hoy sólo moran la reducida tribu de los Cuaiqueres y algunos restos salvajes de las primeras.-V. y V.
(16) 
Alph. Pinart, Revue d'Ethnographie, 1887.- E. R.- Los indios de Do y Ti, ó sea los del Darién y el Chocó, se reconocen como pertenecientes a un mismo grupo étnico-V.
(17)
Síu embargo, el Padre Simón afirma que estos indios constituían la nación más culta é inteligente del territorio antioqueño, les atri­buye el uso de los jeroglíficos, dice usaban pesas y medidas, eran antro­pófagos, metempsicosistas, de extraordinaria ligereza en la Carrera y  lo que es más raro, que cuando moría alguno, heredaba A su esposa y bienes el más viejo de sus esclavos. Los Chocoes también eran entera­mente salvajes.-V. y V.
(18)
Manuel Uribe Ángel, Geografía de Antioquia.-E. R.-Lo niega Andrés Posada Arango.-V. y V.
(19)
Estas tribus estaban mucho mas atrasadas que los Chibchas y sólo les aventajaban en orfebrería.-V. R.;-Y en el arte de construir puentes de bejucos y de excavar sus tumbas-V. y V.
(20) 
Al contrario, los cronistas dicen que los indios del valle dé Aburrá, por no sujetarse A la esclavitud, se ahorcaron en gran número con sus propias mantas.-V. y V.
(21) 
Muchas de estas guacas no pertenecen A indios de esas tribus sino a la de los Quimbayas, que moraba en la porción norte del valle' del Cauca y sin duda ninguna eran caribes que señorearon el suelo ocupado antes por un pueblo quichua mas civilizado que ellos; pero en sus tumbas es en donde, salvo las del Zenú, se han encontrado mayores depósitos de oro, metal que trabajaban con suma habilidad.-V. y V.
(22)
Es ésta grave confusión los Pijaos ya no existen, y ocultaban la cordillera del Tolima al Huila, mientras los Páeces viven aun pero mas al Sur. Entre los Pijaos halláronse ídolos de piedra y un reloj de sol y en las tumbas de los jefes una especie de plano de su dominio la­brado en piedra. Como otros muchos indios, creían en la metempsicosis. En caso de guerra, si perdían, el Mohán indemnizaba A las familias de los que morían en la lucha. Cuanto a los Paeces, bueno es indicar que no conocen todos los colores.-V. y V.
(23) 
Piedrahita; Ternaux-Compans, obras citadas-E. R.- Los Píjaos no miraban estas victimas como divinidades, sino como genios protectores de la tribu ; como los Muiscas y tantas otras tribus americanas, creían que sólo la inocencia sacrificada podía establecer lazo en­tre Dios y el hombre. Sorprende hallar en pueblos tan salvajes la idea madre del cristianismo. Cerca A los Pijaos quedaban los Gorrones o indios de Anserma, quienes llenaban de ceniza los pellejos de los prisio­neros devorados, y ponían las cabezas en postes de guadúa dispuestos de tal modo, que el aire producía melancólicos sonidos.-V. y V.
(24) 
Los Guares sin duda alguna pertenecían al mismo grupo étnico que los Chibchas, pero los cronistas hablan mal de la virtud de sus mujeres.-V. y V.
(25)  
Estos Laches, esencialmente guerreros, tenían por diversión principal las momas ó verdaderas luchas en que tomaban parte tanto hombres como mujeres; por desgracia su moralidad era ninguna.- V. y V.
(26)
 Los Guanes se sometieron íntegramente a los españoles y fueron los indios que con mas facilidad aprendieron la lengua de los con­quistadores. V. y V.
(27) 
Los restos de tribus que habitan la hoya del Carare son descendientes de los Yareguies y los Achaguas, y no tienen relación ninguna con los Guanes, que moraban algunas leguas al Oriente.--V, R.
(28)  
 M. Ancízar, obra citada.-E. R.-Hoy puede decirse están ya hispanificados, y han formado pueblos en donde hay autoridades nacionales.-V. y V.
(29)
Los indios salvajes del Cazare-Opón no pueden estimarse en menos de 3,000-V. y V.
(30)
En las selvas del bajo Catatumbo se hallan restos de tribus Motilones llamados en el país Patajemenos.-V. y V.
(31)  
En esto el autor sufre una confusión a dichos indios nunca se reservó territorio especial ; éste se organizó por cuanto el Estado del Magdalena carecía de recursos para administrar esa zona, y sin tal requisito no podía hacerlo la Nación. -V. y V.
(32)
 El origen de la guerra a muerte que allí reina no es ese hasta el año de 1840 los indios vivían en paz y mantenían comercio activo con los civilizados. Por entonces un Cacique llevó su hija a casa de una familia para que la educaran ; pero allí resultó a poco grávida. El Cacique exigió que el seductor se desposare con la niña, lo cual no fue aceptado por la familia, pues en la Costa se considera al indio como inferior al negro Con tal motivo, el Cacique declaró la guerra; los blan­cos propusieron entonces satisfacción y convidaron á los indios al pueblo; algunos bajaron, y cuando estaban ebrios, se les asesinó sin piedad. La lucha se hizo mas y más terrible; una tribu continuaba en paz y fue íntegramente destruida por sus hermanos. Envióse luego tropa ar­mada a Sicarare, se propusieron tratados a los Indios, y mientras los jefes discutían las condiciones, la tropa hizo fuego sobre ellos! La lucha es, pues, a muerte y muy difícil de extinguir. En el Valle de Upar se cree que los Motilones son 10,000 y que á la hora menos pensada harán un ataque serio al valle; pero hasta hoy no han salido de la montaña.
(33)    
 F. A. Simons, periódico citado.-E. R.
(34)
Rafael Celedón, Gramática de la lengua köggaba.-
E. R.
(35)  
W. Siervers, Zeitschrift der Gesellschaft fur Erdkunde zu Berlin, 1886.-E. R-Lo cual es sencillamente pura fantasía: los Arhuacos no tienen relación ninguna con los Muiscas.-V. y V.
(36)    
 
Esos antiguos indios, que no eran antropófagos, tampoco for­maban un solo pueblo. En la montaña era usual que los padres se ca­saran con los hijos mientras hacia la costa había usos singulares: los delitos se castigaban encerrando al delincuente en un templo, donde lo ponían a tejer mantas ; mantenían fuego sagrado; practicaban la gimnasia; el común ayudaba á los pobres y sostenía a los mendigos; los Mohanes celebraban terribles ayunos hasta por diez y seis años y el pueblo sólo por un día, del cual se desquitaba en la noche.--V. y V.
(37)  
   Bien que todos los Arhuacos pertenezcan a la misma familia, os idiomas de sus cuatro tribus difieren bastante entré sí,  siendo la mas antigua la cöggaba. Gustan muchísimo de la música y el baile, deben sus frecuentes enfermedades al abuso del fogón y el bailo frío, A lo me­nos cuatro veces al día, y los enfermos se suicidan con ruina frecuencia. La raza es pequeña, de tez oscura, inhospitalaria, perezosa, aseada, muy pacífica, abyecta, y en vez de aumentar, disminuye, ó poco menos. V. y V.
(38) 
La península goajira, salvo una estrecha zona hacia Calabozo, es íntegramente colombiana. El traje guajiro se compone del guayuco, el She ó manta, especie de ruana, y de una ancha y larga laja ó Sishira; en viaje las mujeres usan un sombrero especial-V. y V.
(39) 
    E. Uricoechea; R. Celedón, Gramática de la lengua goajira-E. R.
(40)
 J. J. Dauxiom-Lavaysse, Voyage aux iles de Trinidad, de Tobágo et au Venezuela-E. R.
(41) 
Dadas las condiciones actuales de la península, la sumisión de los Goajiros a la fuerza no seria difícil, siendo en todo caso un grave descuido no haberles obligado a reconocer la soberanía colombiana- V. y V.
(42) 
El suelo de la península se deseca, y hace ya algunos años que los Guajiros en los fuertes veranos no tienen otro recurso para sus ganados sino las aguas del Calancala, lo cual facilita aun más su someti­miento-V, y V.
(43)
Ese respeto no es sino interés, ya que en la Guajira la esposa trabaja para mantener al marido holgazán, quien si cuida á su mujer es por evitar el riesgo de tenerla que pagar dos veces si tunero por su culpa-V. y V.
(44)
A. A. Simons, periódico citado, 1886, VII.-E. R.-La hospitalidad Guajira se ha exagerado en demasía; la dan si de ello resalta ventaja al indio-V. y V..
(45)
El período de claustración de la doncella goajira, que entrada singulares detalles, es a la vez el de su educación, por lo cual dura poco en las familias pobres y mucho en las ricas, de donde la mayor utilidad y consiguiente valor de las jóvenes acomodadas. El precio de ellas lo reparte el padre principalmente entre sus parientes.
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