COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

32. MANUMISION, LIBRES Y RESISTENCIA NEGRA EN EL CHOCO COLOMBIANO  1680 - 1810

 

WILLIAM E. SHARP
University of North Carolina at Chapel Hill
Texto propuesto por Alexander Cifuentes (*) .

Por casi un siglo y medio durante el período colonial, 1680-1810, el Chocó colombiano se convirtió en una fuente importante de oro para el imperio español. Debido a su geografía y al clima, los españoles rara vez intentaron la colonización aunque algunos obtuvieron millones de pesos por la extracción del precioso metal amarillo. Los oficiales españoles y los propietarios de las minas constituían una clase gobernante cuyo principal interés era acumular riqueza. Las leyes eran violadas, los indios y los negros maltratados, y el oro en barras producido en grandes cantidades. 

La producción de oro en el Chocó necesitaba de miles de esclavos y cientos de exploradores independientes, blancos o negros liberados, que trabajaban en pequeños resguardos. Los indios producían la comida para estos mineros y servían también de transportadores de las mercancías. Los mercaderes blancos compraban y vendían varios productos y los oficiales reales comerciaban regularmente e impedían el fraude, colectaban los impuestos para el Rey, protegían a los indios y esclavos del maltrato y supervisaban el crecimiento y desarrollo de la minería de aluvión. De ahí que, virtualmente, todo el mundo dependía en alguna forma del producto de las minas. Sólo los esclavos escapados y aquellos indios y negros liberados, que voluntariamente se separaban de la sociedad, permanecían por fuera de la economía orientada por el oro, y por eso contribuían muy poco a la estructura económica del Chocó. 

La rentable explotación de la minería significaba para los españoles la concentración de sus esfuerzos, casi por completo, en la extracción del oro en los sitios de minería de aluvión. Al hacerlo, a veces de una manera temeraria, explotaban también los alrededores. Los indios morían por millares y aun los esclavos perecían de inanición debido a que sus amos, intentando amasar grandes fortunas, no les suministraban una alimentación apropiada. A menudo maltratados y limitados en su posición, educación y oportunidades, los negros tenían toda la razón para rebelarse; y se deduce, de sus numerosos actos de resistencia, que estaban resentidos por su cautiverio, Pero los sitios de minería de aluvión en el Chocó ofrecían, también, para muchos negros, una vía de escape de la esclavitud. Como Frank Tannenbaum lo anotó, sucintamente hace casi treinta años, la manumisión fue una parte integral del sistema de esclavitud español. Los negros podían comprar su propia libertad siempre y cuando hubieran reunido el dinero para ello. En muchas regiones de Latinoamérica, en donde los esclavos eran empleados de las plantaciones agrícolas, le era difícil ganar dinero extra y dependían sólo de la buena voluntad de sus amos para buscar su libertad.  

En el Chocó los campos auríferos, sin embargo, daban la oportunidad a los esclavos de acceder al dinero mediante la realización de trabajo extraordinario y así reunir los fondos para comprar no solamente provisiones extras, sino también su libertad. Los incidentes de violencia hubieran sido quizás más grandes en el Chocó si no hubiera existido esa válvula de seguridad presente y efectiva, representada por la manumisión. Es significativo anotar, no obstante, que una vez liberados, muchos negros libres rechazaron la coexistencia con los blancos y, en su lugar, buscaron hogares aislados en la selva, lejos de la dominación española. Las ventajas de esta gran autodeterminación, aparentemente, sobrepasan cualquier otra consideración. Sus oportunidades de éxito, medido de acuerdo con los niveles monetarios y políticos de la época, eran muy escasas como resultado de su aislamiento pero, de hecho, las oportunidades de empleo, educación o autoridad les estaban siempre restringidas aun cuando permanecieran integrados a las comunidades españolas.  

Los españoles sabían que había oro en el Chocó desde 1511, cuando el conquistador Vasco Núñez de Balboa entro en el área desde el norte (1) ; pero la topografía, el clima y los irascibles indígenas nativos repelieron los intentos de penetrar en este potencial “El Dorado” (2) . La conquista del área de la selva, que los españoles llamaron Chocó, fue pues una labor ardua y prolongada; pero el precioso metal dorado fue el gran y poderoso incentivo que calmaba, inclusive, las heridas que podían sufrirse en estas aventuras tan fatigosas. Aunque la conquista fue lenta, nunca estuvo en duda. Desde el comienzo los españoles fueron afirmándose en el Chocó y a partir de 1690 (3) quedaron perfectamente establecidos hasta el final del período colonial en 1810; en ese lapso, las minas de aluvión del Chocó produjeron más de 75 millones de pesos en plata (equivalentes a 375.000 libras de oro) (4) .  

La existencia humana en el Chocó se centraba, casi exclusivamente, en la producción de oro y más del 90 por ciento del metal provenía del trabajo de los negros importados. Los blancos sólo llegaban como amos y explotadores; procedían de una manera tan desconsiderada que con frecuencia olvidaban, en sus sueños de conseguir oro, suministrar a sus esclavos suficientes alimentos lo cual determinaba el sombrío espectro de la hambruna como común acompañante de los trabajos en el Chocó. Esto fue particularmente cierto, al comenzar el siglo XVIII, cuando los propietarios de esclavos estimaban que cerca de 300 habrían muerto de inanición (5) .

Los blancos residentes en el Chocó eran, generalmente, pequeños propietarios de minas o supervisores, oficiales de la corona, sacerdotes o pequeños mercaderes. Los mineros mas ricos y los dueños de las grandes cuadrillas de trabajadores esclavos, casi invariablemente, vivían fuera del Chocó en los pueblos del interior de la Nueva Granada, especialmente, en Buga, Cartago, Cali y Popayán (6) . El clima caliente y húmedo del Chocó no era considerado saludable para el hombre blanco y los pocos que permanecían podían alquilar supervisores para encargarse de sus asuntos (7) . Los blancos llegaron, entonces, como explotadores y no como colonos. En el año de 1782, por ejemplo, cuando el Chocó central tenía un total de 17.898 habitantes, sólo 359 eran españoles. El resto de la población incluía 7.088 esclavos, 6.552 indígenas y 3.899 libres de color (8) . Con una serie de campos de minería, almacenes comerciales, el Chocó realmente no tenía ningún centro grande de población o un sitio que pudiera ser llamado, por lo menos, ciudad durante el período colonial. Ni siquiera un solo pueblo español, —si el término se usa—, era lo suficientemente grande como para merecer tener un cabildo y un alcalde (9)

La ocupación española durante el siglo XVIII fue muy poco útil para el desarrollo chocoano. Más tarde, en el período final colonial hacia 1808, el gobernador del Chocó, Carlos de Ciaurriz, informaba que los asentamientos humanos eran sucios y desorganizados y que había muy pocas casas decentes, edificios oficiales, iglesias o escuelas. El área estaba muy mal provista, los precios de los comestibles eran altos, y el gobernador concluía diciendo que existía una evidencia muy escasa de cualquier refinamiento social (10) . A pesar de la importancia aurífera de la región, la población siempre fue muy pequeña como para justificar el uso y el gasto de administradores y de militares quienes, generalmente, componían la amplia base inferior de la burocracia española. La autoridad gubernamental en el Chocó residía en las manos de unos pocos individuos. La población estaba dispersa; las cuadrillas de esclavos, aisladas; los oficiales eran pocos y la monoexplotación que se desarrolló en ese medio dependía de los esclavos y era altamente provechosa. El aislamiento físico de otras regiones - debido a las montañas, la selva y los ríos - implicaba que cada español era su propio amo ya fuera minero, mercader u oficial.

Por lo menos un aspecto de las costumbres sociales españolas relacionadas con la esclavitud parece haber tenido éxito con los esclavos. Este aspecto fue la manumisión que no solamente era posible en el Chocó sino también frecuente. Por el año de 1782, más de un tercio de la población negra (3.899 personas de 10.987) estaba ya libre (11) . Cualquier español podía, durante su vida misma o en el momento de hacer el testamento, liberar a sus esclavos sin ninguna restricción y es indudable que muchísimos españoles lo hicieron (12) . El medio de manumisión más común en el Chocó fue el provisto por el sistema mediante el cual el esclavo compraba su propia libertad. El valor de un esclavo era legalmente establecido por cada uno de los oficiales españoles de turno en la región, generalmente de ello se encargaba el teniente gobernador; y el propietario tenía que aceptar este precio. Los esclavos podían trabajar en su tiempo libre, lo cual incluía el trabajo en las festividades religiosas, y guardar lo ganado durante ese tiempo. Los propietarios esperaban que los esclavos usaran este dinero extra para comprar mas comida, tabaco y licor, vendidos por ellos a altos precios (13) . Pero con suerte y trabajo duro, muchos esclavos de las minas de aluvión podían ahorrar lo suficiente para comprar su propia libertad (14) . Como no existen registros notariales del período colonial en el Chocó, es imposible calcular el número de esclavos que fueron capaces de comprar su libertad, pero está claro, hoy día, que ese número fue sustancialmente grande. Aparentemente, muchos propietarios estaban de acuerdo con que los esclavos hicieran esta autocompra; por lo menos, en el siglo XIX algunos esclavos ya habían hecho arreglos con sus propietarios para el pago de su manumisión en especie. Estos esclavos eran liberados del servicio de sus amos una vez que habían dado, simplemente, una parte de su valor (esa cantidad variaba entre el diez y el cincuenta por ciento) pero se esperaba que continuaran pagando una vez quedaran liberados (15) . Así, siguiendo este método de dar una cuota inicial, algunos esclavos buscaban su propio empleo y, al mismo tiempo, trabajaban por su propia cuenta.

Naturalmente muchos propietarios objetaban el derecho de los esclavos a manumitirse. Ocasionalmente un heredero o pariente, quien había dado testimonio liberando a esclavos, protestaba pero sin ningún resultado (16) . En efecto, aun el testimonio verbal se aceptaba, en lugar de los testamentos escritos, para probar que el propietario muerto intentaba manumitir a un cierto número de esclavos (17) . También está claro que unos pocos propietarios disputaron, agriamente, el derecho de los esclavos a comprar su libertad porque temían que, una vez liberados, este hecho produjese una disminución de la productividad de las minas de oro. Quienes tenían esclavos y no estaban de acuerdo con la manumisión, generalmente, reclamaban que el esclavo había robado el dinero, lo cual era muy difícil de probar, o, simplemente, que deseaba causar perturbaciones (18) . Un ejemplo típico de esto ocurrió en 1728 cuando Isidoro, un esclavo propiedad de don Francisco José de Arboleda, trajo $600 al teniente gobernador de Nóvita y reclamó su libertad. Arboleda protestó por este hecho, acusando a Isidoro de haber robado el dinero; este argumento, sin embargo, no sirvió pues todos sabían que los esclavos podían robar algún dinero de las minas y luego pretender haberlo ganado en su tiempo libre. El testimonio, no obstante, fue favorable al esclavo. Los testigos dijeron que Isidoro había trabajado de una manera muy eficaz, en largas y duras jornadas de su propio tiempo, y había logrado recolectar una considerable cantidad de oro (cuya cantidad exacta se desconocía); y finalmente, ningún testigo ofreció ninguna prueba de que el dinero había sido robado como lo afirmaba el señor Arboleda. Arboleda perdió la demanda e Isidoro ganó su libertad; pero los españoles furiosos predijeron, de una manera ominosa, que la provincia terminaría por arruinarse si se generalizaba el robo por parte de los esclavos para comprar su propia libertad (19) .

 

MANUEL MARIA PAZ. MODO DE LAVAR ORO.
Acuarela de la Comisión Corográfica
Fotografía Oscar Monsalve

 

Otro propietario amargado se vio forzado a liberar a un esclavo de 15 años y arguyó que sus derechos de propiedad privada estaban siendo violados. Puesto que él no estaba obligado a vender ni sus muebles ni ninguna otra propiedad contra sus propios deseos, seguramente, él tampoco tenía por qué verse obligado a vender los esclavos, simplemente porque ellos podían comprar su libertad. Al revisarse este caso en la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, el fiscal no tuvo en cuenta los aspectos inhumanos de la protesta y se puso de acuerdo con el propietario que se quejaba; sin embargo, el fiscal concluyó que la ley era muy clara y la única salida era la de declarar libre al esclavo (20) . Es muy posible que los disgustados propietarios de esclavos esperaran intimidar a éstos para que renunciaran a sus derechos legales a la libertad; y es indudable que consiguieron que muchos de ellos por miedo se abstuvieran de comprarla. Aunque este sistema de la manumisión estaba, sin lugar a dudas, abierto a algunas injusticias, por lo menos en algunos casos en que los propietarios no estaban de acuerdo con ella, el esclavo terminaba, finalmente, encontrando a un oficial de la corona deseoso de iniciar una investigación al respecto, la cual ordinariamente concluía con la aplicación de leyes favorables a su manumisión. Esta fue, pues, una válvula de escape; de lo contrario, habría habido más esclavos agresivos. 

Los negros liberados y los mulatos adquirieron en el Chocó un grado de protección ante la ley mayor que el de sus hermanos esclavos en cualquier otra parte, pero muy pocos de ellos sacaron ventaja de esta protección - posiblemente porque no conocían sus derechos legales o estaban demasiado intimidados para usarlos -. Una de las demandas, descubiertas por este investigador, se relacionaba con el caso de un negro libre contra un blanco, ocurrido en 1747, cuando un bozal (un negro traído directamente de Africa) ya liberado se quejó de haber sido encarcelado y secuestrada su mina por el teniente gobernador de Quibdó. El bozal libre admitió deber $50.oo al dueño de la mina, por algunos derechos de minería, pero rehusó pagar los intereses usurarios que se le imputaban. La Audiencia de la Nueva Granada al revisar el caso, estuvo de acuerdo con que la tasa de interés había sido excesiva y sancionó al teniente gobernador; el bozal fue liberado de la cárcel, su propiedad devuelta y, solamente, se le obligó a pagar la suma original de la deuda (21) . Los negros libres, como los esclavos, podían ganar disputas legales a los blancos, pero sufrían de una obvia desventaja al desconocer la ley y al no alquilar los servicios de los abogados que los defendieran. 

Aunque los negros libres tenían, legal y socialmente, un estatus ligeramente más alto que los esclavos, muchos de los reglamentos aplicados a éstos también se les aplicaban. Legalmente, los libres no podían portar armas ni desempeñar ningún oficio político ni militar sin un permiso oficial de la Corona; no podían vivir entre los indígenas ni tenerlos como sirvientes (22) ni, tampoco, usar signos de tanto prestigio como un bastón para caminar (23)

Incuestionablemente, muchos negros libres estaban desempleados o subempleados y el término de libre vagabundo, frecuentemente usado para describirlos, aludía a esta situación. En parte ésta se debía a la estructura económica relativamente sencilla del Chocó, en donde, excepto en la minería, había muy pocos cargos disponibles para trabajadores adiestrados o semiadiestrados. Pero, además, los negros libres tenían dificultades para adquirir posiciones que no requerían mucho entrenamiento, como la de bogas o la de cargueros, porque los corregidores del Chocó deseaban retener el monopolio del transporte y utilizaban a los indígenas de sus propios corregimientos para desempeñar este tipo de trabajos serviles (24)

Las posiciones oficiales en el Chocó eran muy pocas y se reservaban, casi exclusivamente, para los blancos. La mayor parte de la documentación colonial registra cuidadosamente la raza del individuo, especialmente si se trata de un individuo con ancestro indio o africano. Este investigador descubrió que la mención de negro, mulato o zambo para un individuo que aspirara a ser corregidor o teniente gobernador o gobernador o administrador mayor de la Corona en el Chocó era un impedimento. No había tampoco mercaderes importantes que tuvieran origen africano. Los blancos podían fácilmente ex­cluir a los negros de la mayor parte de los negocios comerciales en el Chocó, pues los contratos de transporte de suplementos a la región estaban garantizados para los oficiales españoles (25) , sin duda alguna, solidarios con sus colegas blancos.  

Los negros libres podían poseer, y en efecto poseyeron, esclavos y minas en el Chocó aunque muy pocos fueron los poseedores importantes. De 72 individuos, que aparecen en una lista entre 1755 y 1759 como propietarios de esclavos, solamente dos, Miguel Ibo de Tovar, con cinco esclavos, y Miguel Soliman, eran negros libres. A manera de comparación diez españoles propietarios de esclavos poseía cada uno mas de cien esclavos; el mayor propietario era el Sargento Mayor don Salvador Gómez de la Asprilla y Novoa con 567, y cuarenta y cuatro españoles poseían cuadrillas de esclavos de mas de 30 esclavos cada una (26)

En las minas se hallaban empleos disponibles y los salarios eran, a menudo, de un peso diario (27) ; pero pocos negros libres mostraban deseos de trabajar en las minas de sus antiguos patronos (28) . Aunque los libres hacían algún trabajo de minería, solo unos cuantos podían ser calificados de mazamorreros, o sea, explotadores independientes. El término se usaba, generalmente, para designar a explotadores de minas que trabajaban de tiempo completo en territorios que les habían sido asignados. En la provincia de Citará (una de las provincias del Chocó), donde habitaban 814 hombres negros libres en 1782 (29) , solo existían 188 mazamorreros (30) y algunos de estos eran, sin lugar a dudas, españoles. Algunos hombres libres intentaron la agricultura comercial, instalándose cerca de las minas y de los poblados, para vender el maíz y los plátanos a los supervisores de las grandes cuadrillas de esclavos (31) . A menudo, sin embargo este tipo de trabajador no era bienvenido entre las comunidades españolas y mineras, ya que estas temían que los libres ejercieran una influencia corruptora sobre los esclavos que habían permanecido en la esclavitud (32)  

MANUEL MARIA PAZ. VISTA DEL RIO SAN JUAN.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.

Muchos de los libres se reunieron con los esclavos fugados, los llamados negros cimarrones procedentes tanto del Chocó como de regiones vecinas del Valle del Cauca y de Antioquia, y se retiraron a sitios muy difíciles de alcanzar en las montañas, cerca de las cabeceras de los ríos y de numerosas corrientes de agua, que atraviesan todo el Chocó formando meandros. Allí establecieron comunidades, que se abastecían por medio de una agricultura muy primitiva y realizaban, también, trabajos de minería suficientes para proporcionarles lo necesario básicamente (33) .

Ciertamente, una de las más serias desventajas que encaraban los libres era su virtual imposibilidad de recibir cualquier tipo de educación formal. Esto les impedía ocupar cualquier tipo de posición que requiriera un cierto grado de alfabetismo (como por ejemplo la de empleado del régimen español). No era necesaria una política deliberada por parte de los españoles para privar de la educación a los negros (aunque es preciso que se sospeche que algo había de esto), puesto que en Latinoamérica, las mismas escuelas para todos eran muy escasas. En efecto, ningún tipo de escuela existió en el Chocó hasta finales del siglo XVIII y cuando se creó fue exclusiva y específicamente para los indígenas (34) . Pocos negros podían costear los gastos de enviar a un hijo a una escuela situada por fuera de la provincia, como sí lo hacían la mayor parte de los blancos. Y finalmente, las instituciones de alto nivel educativo eran exclusivamente para los blancos, así que la posibilidad de recibir entrenamiento y educación para alcanzar un título de doctor, abogado o escribano, les estaba prácticamente impedida. La mayor parte de los estatutos de las universidades sólo permitían la entrada a los descendientes puros de españoles (35) y la Corona española misma miraba con ceño desaprobador el ingreso de negros a las universidades. El 23 de junio de 1765, por ejemplo, cuando llegaron a España los informes de que algunos mulatos y negros habían sido matriculados en la Universidad de Santo Tomás en Santa Fe de Bogotá, el Rey ordenó inmediatamente al rector terminar con esas admisiones (36) .  

Una de las pocas ocupaciones de prestigio abiertas a los mulatos o negros libres era la de formar parte de las milicias coloniales. En el siglo XVIII los negros podían ingresar a la milicia con la aprobación de la Corona, pero formaban regimientos segregados, excepto en tiempos de emergencias muy terribles. Por el año de 1761 existía una compañía de mulatos libres en Nóvita (capital del Chocó) (37) y en 1774, el virrey ordenó al gobernador del Chocó formar otra de mulatos en Quibdó (38) . La Corona no siempre aprobó la formación de milicias de color en el Chocó, sin embargo, en 1779, por ejemplo, el gobernador Manuel de Entrena requirió permiso para establecer varias compañías de milicia urbana que incluían mulatos; a fin de favorecer su petición el gobernador mencionó el gran aumento de las cuadrillas de esclavos y el peligro siempre presente de una invasión de los indígenas cuna (39) . El virrey de la Nueva Granada negó el pedido al gobernador De Entrena, mencionando que había un problema dual al permitir que se alistaran negros en las milicias del Chocó. En primer lugar, el virrey explicaba que los negros se necesitaban en las minas para garantizar la continua producción de oro; y en segundo lugar, aunque hubiera una necesidad de unidades militares, los negros no eran personas confiables y algunos temían que, una vez armados, pudieran convertirse en líderes de las rebeliones de su propio partido (40) . Aunque las unidades militares existentes en el Chocó contenían negros libres, esta participación nunca tuvo importancia.  

No obstante el ingreso en la milicia no dependía del color de la piel, éste sí era un factor decisivo para llegar al rango de oficial. Un hombre con ancestro negro rara vez avanzaba en el rango y si lo hacía, sólo podía lograrlo en los regimientos de mulatos. Aun en estas compañías, la mayor parte de los oficiales eran blancos (41) . Sin embargo, un mulato libre, Juan Antonio de Lasprilla, fue designado capitán y comandante de la Compañía de Mulatos Libres de Nóvita en 1761. El gobernador Ponce de León, quien hizo este nombramiento (que dependía para su aprobación de Santa Fe de Bogotá), le garantizó al virrey que Lasprilla poseía un carácter honorable, una tez clara y prometía que el mulato no derivaría de este nombramiento ningún tipo de privilegios especiales o de fueros, “ni ninguna distinción diferente de la de portar un bastón de mando lo cual, según decía el gobernador en su carta al virrey, era muy admirado en la región...” (42)  

Los censos que se conocen informan de la presencia de un gran número de negros libres en el Chocó, pero no incluyen un considerable número de cimarrones que, obviamente, no podían ser censados,. Los negros a menudo sacaron ventajas de las revueltas para escaparse de su servidumbre y se congregaron en sitios inaccesibles para cualquier intento español de recapturarlos; estos esclavos fugados o cimarrones representaban una amenaza real para la prosperidad de la región pues regresaban a las minas de los españoles y a los villorrios en grupos que, periódicamente, llevaban a cabo ataques inesperados con robos, asesinatos y violaciones; y también, incendiaban, robaban mujeres y destruían muchas de las cosas que encontraban (43) . Usualmente, los cimarrones se retiraban antes de llegar las fuerzas militares enviadas para combatirlos y, en verdad, nunca fueron realmente eliminados. En el comienzo del siglo XIX, por ejemplo, los esclavos del Chocó, Barbacoas y el Valle del Cauca formaron un palenque (comunidad cimarrona) localizado, justamente, al sur del Chocó. Las expediciones organizadas contra este palenque sólo encontraron casas desiertas y los negros se adentraron aún más profundamente en la selva donde nunca fue posible capturarlos. Una correría emprendida por el gobernador del Micay, en 1819, obtuvo algún éxito al capturar, finalmente, a unos pocos cimarrones y de esta manera logró suspender sus invasiones inesperadas a la región. Pero el gobernador admitió que lo más seguro era que se presentarían nuevos problemas (44) .  

El número de los cimarrones en el Chocó es imposible de calcular porque nadie trató de hacer una estadística al respecto, sin embargo, debieron haber sido un problema vejatorio y continuo, puesto que las cartas enviadas por los propietarios y los documentos oficiales escritos del Chocó, a través de todo el siglo XVIII, enumeran los gastos que representaba el intento de recapturar algún negro fugado, mencionándose también a aquellos que escapaban de las cuadrillas de esclavos (45) .  

Ciertamente, la compra de la libertad o la huida del trabajo forzado de la cuadrilla de esclavos eran formas de resistencia negra y podían, obviamente, representar para el dueño de las inversiones de capital muy serios problemas para sus ganancias en la mina; pero no eran estos, justamente, los problemas que los españoles más temían; la amenaza real era la agresión negra. La docilidad no es una palabra que se pueda usar con certeza para describir a los negros en Latinoamérica, y los españoles conocían, por experiencia en todas las Américas, la oposición física de los africanos y de sus descendientes. Por lo tanto, las insurrecciones de esclavos, que se presentaban periódicamente en el Chocó, eran hechos esperados, aunque es especialmente significativo que ocurrieran justo en esta región particular del imperio español. Los negros por todas partes se resistían a la esclavitud pero rara vez tenían la oportunidad legal de escapar a la servidumbre como sí la tenían en el Chocó. Había una fuerte corriente de negros capaces, de sangre joven, que compraban su propia libertad. Las revueltas armadas, por otra parte, eran un crimen serio que todos conocían y cualquier tipo de rebelión grande estaba condenada a fracasar en últimas y a conducir a la muerte de sus impulsores. Los españoles querían el oro del Chocó y ningún esclavo ni grupo de esclavos podría evitarles que continuaran explotando a los hombres y los metales. Pero significativamente, las confrontaciones ocurrían una y otra vez y demostraban, claramente, las frustraciones y la impaciencia ante su cautiverio y servidumbre.  

Como era de esperarse, muchos negros esclavos reaccionaban al maltrato con actos menores de obstrucción y sabotaje y, algunas veces, explotaban su odio en violencia extrema. En 1788, por ejemplo, un esclavo en el pueblo de Bebará golpeó a muerte a su ama con una masa, luego huyó de la casa en busca de un hacha con la cual retornó para cortar un pedazo a su víctima. Una investigación demostró claramente que el esclavo había recibido un tratamiento injustificadamente cruel por parte de su ama antes de cometer su asesinato. Ella, en efecto, lo había sobrecargado con el trabajo de la mina; lo azotaba continuamente en forma tal, que el doctor que le examinó la espalda la describió como una sola llaga abierta ulcerada. Pero aún más, ella había torturado al esclavo colocándole aceite hirviendo y salsa de ají ardiente sobre sus genitales. Los oficiales españoles convinieron en que, a pesar de no haber actuado en defensa de su vida (que era quizás la única justificación legal de su acto), el ama se había comportado de manera que había provocado su asesinato. Una discusión ulterior, sin embargo, convenció a los oficiales de que la pena de muerte debería ser ordenada con el objeto de servir de escarmiento y para desalentar cualquier acto similar por parte de la gran población de esclavos, que podía poner en peligro la vida de los habitantes blancos de la región. Las autoridades ordenaron, entonces, que el asesino fuera colgado y su brazo derecho cortado y colocado en un lugar visible en la plaza central de Bebará, como una lección para que los esclavos no fueran a golpear y a maltratar a sus amos (46) .    

Cuando sólo uno o dos esclavos se rebelaban y permanecían en el área, los españoles los capturaban fácilmente y les infligían duras penalidades - usualmente la muerte por ahorcamiento (47) . Pero debido a que sólo pocos españoles residían realmente en la región, las insurrecciones mayores eran mucho más difíciles de manejar. Afortunadamente, para los propietarios de las minas del Chocó, estas confrontaciones fueron escasas y cuando ocurrieron, siempre fue posible obtener ayuda disponi­ble de las provincias españolas vecinas. El primer altercado grave ocurrió en 1684, cuando los esclavos se unieron a los indígenas rebeldes del Chocó y fueron derrotados, finalmente, por tropas enviadas desde el Valle del Cauca (48) . La revuelta de esclavos más grande ocurrida en la región tuvo lugar en 1728, cerca del pueblo de Tadó. Cuarenta negros esclavos, que habían sido severamente maltratados por su supervisor, se reunieron y asesinaron al malvado español. Su odio no se sació con ese simple acto de venganza e inmediatamente fueron a sublevar a las poblaciones de negros en las áreas vecinas; mataron a otros catorce españoles y alistaron más seguidores. Los españoles habitantes de Tadó estaban aterrorizados de que los esclavos pudieran llegar a atacar al pueblo mismo y se sentían verdaderamente indefensos. Pero en lugar de hacer un asalto directo al pueblo de Tadó, los negros se distribuyeron e intentaron sublevar a esclavos de otras cuadrillas en el Chocó para aumentar su rebelión de masas. Los negros tenían pocas armas y, obviamente, creían que su gran fuerza de salvación y efectividad se hallaba en su número. Pero esta táctica les salió ‘como un tiro por la culata’ puesto que el salvaje estallido de la rebelión terminó por convertirse en pura habladuría y finalmente en inactividad, que dio a los españoles el tiempo suficiente para enviar refuerzos militares a la región. El gobernador de Popayán, temeroso de que se organizara una revuelta de esclavos y se extendiera al Valle del Cauca, inmediatamente envió una expedición armada a Tadó. La paz fue restaurada en el área cuando el comandante militar de la expedición española, el teniente Julián Tres Palacios Mier, engañó a cuatro líderes rebeldes, llevándolos a rendirse para luego ejecutarlos. El teniente Tres Palacios estuvo muy acertado en la forma como resolvió la rebelión. En efecto, al suprimir a los líderes, los negros restantes, aunque eran una masa numérica significativa, se sintieron perdidos y sin poder, al carecer de dirigentes y así fue como la mayor parte de ellos regresaron sumisamente a poder de sus dueños. Algunos, sin embargo, permanecieron escondidos, como cimarrones en los arroyos de la selva, pero ya, en estas condiciones, no representaban ningún problema ni amenaza para la dominación española (49) .  

En 1728, la idea de oponer una resistencia violenta encontró bastantes seguidores entre los esclavos. Cierto número de ellos ya tenía experiencia en actos rebeldes contra sus amos; y sus cuadrillas, a todo lo largo del Chocó, sabían cómo era la situación en el caso de una revuelta. No obstante las efectivas medidas tomadas por el teniente Tres Palacios para terminar la revuelta, se mantuvo muy alta la tensión en la zona. En 1737, el gobernador del Chocó concluyó que la situación había llegado una vez más al nivel explosivo y denunció que se preparaba una revuelta masiva. Como resultado de sus sospechas, ordenó al teniente gobernador de Nóvita hacer una recolección de todas las armas que se encontraban en posesión de los esclavos. El teniente gobernador cumplió con sus instrucciones y él mismo comandó a los propietarios de esclavos, en su propio distrito, para reunir todas las herramientas al final de cada día, con la amenaza de que si no lo hacían sufrirían una multa de mil pesos (50) . Estas medidas parecían combinar el sentido común con la medicina preventiva, pero representaban dificultades para los propietarios de esclavos e iban contra los procedimientos tradicionales de la región (51) . Las órdenes del gobernador demostraron claramente que los oficiales militares del Chocó estaban temerosos acerca de la creciente cantidad de población negra y de su insatisfacción.    

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  * Traducción de Alexander Cifuentes de: Slavery on the spanish frontier: The Colombian Chocó 1680 – 1810, by William Frederick Sharp. Copyright © 1976 by the University of Oklahoma Press. (Regresar a *)

1.  Kathleen Romoli. Balboa of Darién: Discoverer of the Pacific (Garden City, N.Y., 1953), p. 154. (Regresar a 1)

2. Existen en general excelentes fuentes primarias para este período histórico del Chocó, incluimos Documentos inéditos para la historia de Colombia, 10 vols, editor y compilador Juan Friede (Bogotá, 1955-1960); Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, 3 vols. (Bogotá, 1955); e Historia documental del Chocó, ed. Enrique Ortega Ricaurte (Bogotá, 1954). Para una completa descripción de la conquista el Chocó, ver William E. Sharp, “Forsaken but for Gold: An Economic Study of Slavery and Mining in the Colombian Chocó, 1680-1810” (Ph. D. diss., University of North Carolina at Chapel Hill, 1970, pp. 45-62 (en adelante se citará como Sharp, Forsaken but for Gold”). (Regresar a 2)

3. Los españoles fueron derrotados por los indígenas en 1680 en una serie de batallas. En 1690 el Chocó fue considerado pacificado. Ver Archivo Histórico Nacional de Colombia (AHNC), Bogotá, Colombia. Caciques e Indios 10, f. 605 (1695); AHN. Empleados Públicos del Cauca 2, f. 311 (1688); AHN. Caciques e Indios, 23, ff. 849-853 (1685); AHN, Reales Cédulas 4, f. 142 (1685). (Regresar a 3)

4. Sharp, “Forsaken but for Gold”, pp. 338-341. (Regresar a 4)

5. Archivo Central del Cauca (ACC), Popayán, Colombia, signatura 8174, 1717. Véase también AHNC, Caciques e Indios 10, f. 509 (1691); AHNC, Caciques e Indios 23, f. 955 (1708). (Regresar a 5)

6.AHNC, Poblaciones del Cauca 2, f. 854 (1793), y f. 935 (1793). (Regresar a 6)

7 .  AHNC, Visitas del Cauca 5, f. 282 (1808). (Regresar a 7)

8.  AHNC, Censos de Varios Departamentos 6, f. 377. (Regresar a 8)

9. AHNC, Poblaciones del Cauca 2, f. 937 (1793); AHNC, Estadística 11 (Part. 1), ff. 221-222 (1808). (Regresar a 9)  

10. AHNC, Visitas del Cauca 5, ff. 273-285 (1808). (Regresar a 10)

11. AHNC, Censos de Varios Departamentos 6, f. 377 (1762). 
Desafortunadamente los documentos específicos que conciernen a la manumisión en el siglo XVIII localizados en los Archivos Provinciales y en las Notarias de Quibdó y en Nóvita fueron destruidos por sin incendio en cl siglo XIX. En la Notaría de Quibdó reposan documentos para los años 1814 y 1817, sin embargo, se puede encontrar una docena de ejemplos de manumisión, Ver Notaría Pública de Quibdó, Quibdó, Chocó Colombia, años de 1814-1817 (en adelante se citará como Notaría de Quibdó). (Regresar a 11).

12. Hay varios problemas que conciernen a la manumisión, documentos que pertenecieron a la Audiencia de la Nueva Granada en Bogotá, y que se preservan en el Archivo Nacional de Bogotá (AHNC). De aquí, tomaremos varios ejemplos de manumisión en el Chocó, ver AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 617-618 (1732); AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 3, 822-826 (1780); AHNC, Miscelánea 2, ff. 390-391 (1797). En general se refieren a casos que involucran a amos españoles y sus descendientes mulatos. (Regresar a 12)  

13. AHNC, Reales Cédulas 9, ff. 225-228 (1733). (Regresar a 13)  

14. Para este trabajo, los propietarios de minas daban un permiso expreso a los esclavos, durante los días de fiestas. Pero los esclavos podían trabajar para su propio beneficio sin problemas legales con los propietarios. (Regresar a 14)  

15. Notaría de Quibdó, años de 1814, 1817, 1818, 1819. (Regresar a 15)  

16. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 3, f. 822 (1780); AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 972 (1804). (Regresar a 16)  

17. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 617-618 (1732). (Regresar a 17)  

18. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 1-40 (1728); AHNC, Negros y esclavos del Cauca 3, f. 913 (1790). (Regresar a 18)

19. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 1-40 (1728). (Regresar a 19)  

20. AHNC, Real Hacienda 40, ff. 276-278 (1797). (Regresar a 20)  

21. AHNC, Minas del Cauca 2, ff. 467-504 (1757). (Regresar a 21)  

22. Estas restricciones fueron repetidas frecuentemente durante el período colonial, un hecho que muestra tanto su continua importancia como su probable falta de respaldo. Para un ejemplo sencillo, ver Carlos I al Presidente de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada, 27 de febrero de 1549, Valladolid, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica, compilación y edición de Richard Konetzke, 3 Vols. (Madrid, 1953), I: 256. (Regresar a 22)  

23. AHNC, Caciques e Indios 67, f. 766 (1761). (Regresar a 23)  

24. Los Corregimientos en el Chocó fueron originalmente Corregimientos de Indios (gobernados por un oficial llamado Corregidor). Los indígenas residentes en un Corregimiento tenían sus propios jefes (Caciques), gobernadores y mayores, que tenían el control y la responsabilidad ante el oficial, llamado El Corregidor. (Regresar a 24)  

25. AHNC, Visitas de Cauca 5, ff. 857-861 (1788) (Regresar a 25)

26. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 961-964 (1755); AHNC Negros y Esclavos del Cauca 4, ff. 588-591 (1759). (Regresar a 26)

27. AHNC, Minas del Cauca 5, ff. 314-320 (1730), AHNC, Minas I (Parte 2), f. 100 (1773). (Regresar a 27)

28. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 414-415 (1785): AHNC, Poblaciones del Cauca 2, ff. 116-118 (1803). (Regresar a 28)

29. AHNC, Censos de varios Departamentos 6, f. 377 (1782). (Regresar a 29)

30. AHNC, Minas 3 (Parte I), ff. 38-39 (1780-1781). (Regresar a 30)

31 Un balance de las cuentas de la mina del propietario Francisco de Rivas para los años 1752-1765. ACC, sig. 10362, ff. 55-90. La lista de consumo de maíz y plátano algunas veces fue comprada a negros libres. (Regresar a 31).

32. AHNC, Minas del Cauca 5, 284-285 (1804). (Regresar a 32)

33. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 2, ff. 414-415 (1785); AHNC, Poblaciones del Cauca 2, ff. 116-118 (1803).(Regresar a 33)

34. AHNC, Visitas del Cauca 5, ff. 277-278 (1808). (Regresar a 34)

35. La regla del Colegio Real y Seminario de San Carlos en Cartagena, 29 de Diciembre de 1786, Konetzke (ed.), Colección, 3: 622-623; ver además Juan B. Quiros “El contenido laboral en los códigos negros americanos”, Revista mexicana de Sociología 5, No. 4 (1943): 475.  (Regresar a 35)

36. Carta de Carlos III al Rector de la Universidad de Santo Tomás en Santafé de Bogotá, 23 de junio de 1765, Madrid, Konetzke (ed.), Colección, 3:331-332.(Regresar a 36)

37. AHNC, Virreyes 16, ff. 169-171 (1761).(Regresar a 37)

38. AHNC, Milicias y Marinas 30, ff. 633-634 (1777).  (Regresar a 38)

39. AHNC, Virreyes 9, f. 40 (1779); AHNC, Milicias y Marinas 52, ff. 478-479 (1782).(Regresar a 39)

40. AHNC, Virreyes 9 ff. 4-6 (1782).(Regresar a 40)

41. AHNC, Virreyes 16, ff. 169-171, 173-175 (1761).(Regresar a 41)

42. AHNC, Caciques e Indios 67, f. 766 (1761). (Regresar a 42)

43. AHNC, Miscelánea 100, ff. 365-366 (1767); AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 3, ff. 963-964 (1802-1803); AHNC, Juicios Criminales 134, ff. 195-223 (1802).(Regresar a 43)

44. AHNC, Minas 3 (Parte2), ff. 315-318 (1812) 439-441 (1819).(Regresar a 44)

45. Ver por ejemplo AHNC, Minas del Cauca 5, f. 298 (1726); AHNC, Miscelánea 130, f. 634 (1741); AHNC, Milicias y Marinas 116, ff. 253-254 (1788); AHNC, Esclavos 1, f. 500 (1789).(Regresar a 45)

46. AHNC, Negros y Esclavos del Cauca 1, ff. 511-561 (1788-1789).(Regresar a 46)

47. Ibid.; AHNC, Juicios Criminales 133, ff. 223-224 (1802); AHNC, Juicios Criminales 134, ff. 195-223 (1802). (Regresar a 47)  

48. AHNC, Caciques e Indios 23, ff. 849-853 (1686; AHNC, Minas del Cauca 6, f. 649 (1702)).(Regresar a 48)

49. AHNC, Reales Cédulas 9, ff. 225-228 (1733).(Regresar a 49)

50. Norman Maiklejohn, “The Observance of negro Slave Legislation in Colonial Nueva Granada” (Ph. D. diss., Columbia University, 1969), p. 87. (Regresar a 50)

51. Aunque las leyes españolas prohibían claramente la posesión de armas para los esclavos, necesariamente esta proscripción fue aplicada con laxitud (ver Meiklejohn, “Negro Slave Legislation”, pp. 82-87). En el Chocó, cuando los suministros de alimentos se constituyeron en un problema mayor, fue común la práctica de designar algunos miembros de la cuadrilla como cazadores, provistos con armas, y asignados a la tarea de buscar provisiones frescas con la cacería. La colección de herramientas de la minería en el Chocó tuyo como finalidad en la vida diaria estas actividades.(Regresar a 51)

 

 

 

 


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