COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

33. CIMARRONISMO EN EL SUR-OCCIDENTE
DEL ANTIGUO VIRREINATO DE SANTAFE DE BOGOTA
 

 

FRANCISCO U. ZULUAGA R.
Profesor Departamento de Historia
Universidad del Valle
Texto propuesto por Alexander Cifuentes

LA MAYORDOMA. PUERTO SAIJA.
Fotografía Diego Arango.

 

Al presentar este corto ensayo sobre el cimarronismo en el sur-occidente del antiguo Virreinato de Santafé de Bogotá, no pretendo disertar sobre el tema, en la medida en que se diserta sobre aquello en lo que el conocimiento es amplio, y sobre cimarronismo en los estudios históricos colombianos la bibliografía es bastante pobre. 

Diré entonces que me aventuro por las veredas de un tópico fascinante y prometedor, pleno de espejismos y de imágenes distorsionadas que fácilmente nos pueden llevar a apreciaciones inadecuadas. Por ello, tratando de encontrar una plataforma inicial firme, no me parece impertinente el tratar de encontrar el lugar que el cimarronismo ha tenido en los estudios afrocolombianos. 

Sin pretender la profundidad del balance realizado por el maestro Jaime Jaramillo Uribe (1) , creo que se puede afirmar que los estudios sobre negros en Colombia, además de estar aislados de las grandes corrientes latinoamericanas - en este caso dominadas por los estudios sobre el Caribe - presentan una división tajante entre las áreas trabajadas por historiadores y las trabajadas por otros científicos sociales.

Tan alejados hemos estado de las corrientes internacionales que, mientras en Cuba aparecieron los primeros estudios de Fernando Ortiz en la primera década del siglo XX, sólo en 1952 el padre José Rafael Arboleda empezó a promover los estudios afrocolombianos (2) y, en un balance de la producción sobre esclavitud negra y abolición en Latinoamérica, entre 1971 y 1979, publicado por Magnus Mörner (3) sólo aparecen reseñados dos autores colombianos (Jaime Jaramillo Uribe y Germán Colmenares) y dos autores extranjeros con investigaciones sobre Colombia (William F. Sharp y Michael Taussig). Pero, además, mientras los historiadores se han reservado para sí el estudio de la trata negrera, los estudios económicos de la esclavitud y de su abolición (4) , los antropólogos, lingüistas y sociólogos se han dedicado al estudio de las relaciones sociales y de las manifestaciones culturales (5) .    

En medio de este compartimentalismo del trabajo, sólo tres autores han hecho esfuerzos por mirar los problemas negros como una totalidad con múltiples manifestaciones: Aquiles Escalante, Jaime Jaramillo Uribe y Nina de Friedemann. El primero, Aquiles Escalante, es el pionero de los estudios negros que inaugurando la visión antropológica de El Negro en Colombia se ve obligado a trazar - en líneas generales - el proceso histórico de su objeto de estudio (6) . Jaime Jaramillo Uribe es el Maestro de toda una generación de historiadores que, examinando desde todos los ángulos y trazando derroteros, muestra todas las facetas del problema, tanto en su dimensión económica, como en las relaciones sociales y los debates jurídicos acerca de la esclavitud (7) . Y Nina de Friedemann, a través de estudios antropológicos sobre negros del Atlántico y del Pacífico, de sus formas de vida y de sus formas de resistencia, y con un ánimo reivindicatorio del negro, ha ido acercándose a una visión diacrónica del problema antropológico que se propone (8)

Pero, el distanciamiento entre historiadores y otros científicos sociales no es gratuito, obedece al valor que se le da a la diacronía y a la sincronía. Mientras los demás científicos sociales se preocupan -fundamentalmente- por el presente, construyen visiones sincrónicas en las que el pasado suele estar presente en descripciones rápidas y superficiales que acostumbran presentarse como capítulos titulados “Antecedentes Históricos”. Los historiadores, por su parte, preocupados fundamentalmente por el fluir de los acontecimientos en el tiempo, tienden a desconfiar de los trabajos sincrónicos y a negarse su acceso al presente, con la disculpa de que es necesaria una distancia prudencial - en el tiempo - que permita la objetividad y la imparcialidad científicas. 

El debate sobre estas posiciones es amplio y, seguramente, continuará. Pero al margen y por encima de el, hay temas que van obligando a revisar tales posiciones, y, en el caso de los negros el tema que ha obligado a los científicos sociales a considerar la diacronía, y a los historiadores a avanzar hacia el presente, es el de las relaciones sociales, especialmente aquellas relaciones conflictivas dentro de las que se inscribe el tema del cimarronismo. 

Y es que, tratándose del cimarronismo, él se presenta como una coyuntura que aglutina toda la problemática del negro americano. En el se hacen presentes, agudizan y agolpan la opresión y represión del amo; la resistencia, la capacidad contestataria y el sentido libertario del negro; la presencia efectiva del Estado con su capacidad represiva o asimiladora de las comunidades marginadas y rebeldes; y la capacidad de las comunidades negras de enfrentar un proceso de aculturación - deculturación en el que las sociedades imaginadas del rebelde dan paso, al mismo tiempo, a la construcción de sociedades concretas en las que los valores ancestrales se conjugan con los valores aprendidos o impuestos por la sociedad mestiza dominante, para dar lugar a la asimilación progresiva a la sociedad dominante, con una reiterada reafirmación de sus valores culturales. 

Toda esta riqueza de la temática, unida a la pobreza de fuentes, ha obligado al antropólogo y al sociólogo a recurrir a la fuente tradicional del historiador, el documento escrito; y, en concordancia, el historiador ha debido recurrir a la tradición oral, fuente tradicional de los estudios antropológicos, sociológicos y lingüísticos. Y tras de este primer contacto, se empiezan a compartir técnicas, métodos y conceptos para el análisis. Todo lo cual, hace del cimarronismo un tema clave en las posibilidades de ser un lugar de encuentro de las diversas ciencias sociales en el que se abra una ventana hacia el análisis integrado y la comprensión efectiva de algunas de nuestras sociedades marginadas. 

 

II 

A pesar de todos los atractivos señalados, el estudio del cimarronismo ha sido realmente escaso en Colombia. El estudio más general corresponde a Jaime Jaramillo Uribe, quien en su extenso “Ensayo y Señores en la Sociedad Colombiana del Siglo XVIII” - y en el reducido espacio de doce páginas - nos da una visión general de los diferentes aspectos que tocan con el tema y alcanza, aún, a entregarnos un muy buen balance de los levantamientos y palenques de que se tiene noticia en el suelo colombiano (9) . La otra aproximación general de que disponemos se le debe a Anthony McFarlane, quien analiza las modalidades y procedimientos de la huida de los esclavos (10) .    

Los demás trabajos son de orden regional. Entre ellos pueden señalarse el de Orlando Fals Borda sobre la insurgencia en el río San Jorge; los de Aquiles Escalante, de Roberto Arrázola y de Nina de Friedemann sobre el Palenque de San Basilio; los de Michael Taussig sobre el sur del Valle del Cauca, de Nina de Friedemann y Jaime Arocha sobre la Costa Pacífica y sur del Valle del Cauca; y el del suscrito sobre el Valle del Patía (11) .  

Con mayor o menor vinculación teórica a tendencias internacionales, estos trabajos responden a alguna de las siguientes tres maneras de apreciar el cimarronismo: 

• La visión tradicional institucional quiere ver, como cimarronismo, exclusivamente los palenques y las rebeliones y entiende el cimarronismo como la lucha del esclavo contra los amos y por llegar a conocer una “libertad” individual (la abstracción aprendida por Occidente de la Revolución Francesa). 

Esta tendencia considera al palenque como el punto máximo del cimarronismo y por ello tiende a ignorar las fugas individuales de esclavos y recoge las huidas colectivas, especialmente aquellas que terminan en la conformación de comunidades aisladas, estables y autónomas, que Richard Price denomina “comunidades cimarronas” (12)

• Una tendencia a caracterizar diferentes formas de cimarronismo de acuerdo con la finalidad inmediata de la huida. Presenta un marcado afán clasificatorio y distingue entre la huida colectiva que puede terminar en palenque y la huida individual que puede ser: huida hacia la justicia, huida hacia la libertad dentro de la sociedad mayor, huida individual hacia la libertad fuera de la sociedad mayor. Esta tendencia tiene una gran ventaja, se interroga: ¿hacia qué libertad huía el negro?, ¿qué tipo de sociedad buscaba? (13)

• La tercera tendencia finca su análisis en la cultura entendida en su acepción más amplia. Mira la problemática del negro americano como un proceso de aculturación - deculturación, y bien pudiéramos decir es la tendencia políticamente más activa. En este caso, el problema fundamental del cimarronismo no está en las formas de resistencia sino en “la lucha del esclavo por su libertad y la aspiración igualitaria” (14) , la cual se resuelve en un proceso de “aculturación-deculturación” (15) . En este sentido las sociedades latinoamericanas viven actualmente la “fase de liquidación de la esclavitud”. Esta tendencia amplía las modalidades de la resistencia y la esclavitud a formas “pasivas”, formas “activas” y formas de “sustraerse de la esclavitud”. 

Entre las formas pasivas tendríamos el ladinismo u obediencia aparente, la indolencia, la destrucción de los instrumentos de producción, el desgano en el trabajo. 

Las formas activas serían: la rebelión, el enfrentamiento individual o colectivo. 

Las formas de sustracción de la esclavitud comprenderían: el cimarronaje y el suicidio. Como sustracción de la esclavitud tampoco garantizan la libertad y la igualdad. 

Todas estas maneras de enfrentar el estudio de los negros, de la esclavitud y del cimarronismo, tienen sus ventajas y desventajas, implican posiciones teóricas y políticas diferentes, y sugieren - sobre el mismo objeto - universos distintos con posibilidades y límites diferentes. Quizá, describiendo los acontecimientos concretos y relievando aquello que me parece determinante, esclarecedor o sugerente, pueda definirme con claridad por una de estas corrientes o buscar otra opción.

 

III  

 

En el sur - occidente del antiguo Virreinato de Santafé de Bogotá, el cimarronismo presenta todas las facetas y modalidades posibles. Desde la huida individual transitoria, hasta el palenque activo de duración prolongada.    

GRABADO DE CRANE. JUNTAS DEL DAGUA.
Fotografía Oscar Monsalve

Tomando en cuenta este punto de vista, podemos hablar de un gran palenque como el de El Castigo (fines del siglo XVII - mediados del siglo XVIII), en el que llegaron a localizarse hasta unas cuatrocientas familias en dos poblados, y que se mostró irreductible hasta diluirse y dar como resultado la sociedad cimarrona del Valle del Patía (16) . También se dieron rebeliones nonatas, reprimidas antes de ocurrir, pero que dieron lugar a extensos expedientes en donde se persiguen las intenciones y se demuestra el miedo latente de una sociedad dominante, aunque numéricamente minoritaria, ante la posibilidad de lo que durante el periodo colonial se denominaba guerra de razas, este es el caso de un complot descubierto en 1772 en Cali (17) . Aparecen, también, fugas masivas con intención de hacer palenque que, reprimidas prontamente, no llegaron a fructificar; pero que, como el palenque de los Cerritos (1785) (18) , produjeron un voluminoso expediente en el que se puede reconocer el clima previo -a la fuga- entre los esclavos, sus planes, las circunstancias de la huida, la represión, y las contradicciones en que entraban las autoridades con los propietarios de los esclavos, durante y después de la represión. También existieron levantamientos en los que participaron blancos pobres, mestizos, mulatos y negros que - como en los casos del levantamiento del Hato de Lemos (1781 ) (19) y el levantamiento de Tumaco (1781) (20) - por la participación de negros, esclavos y libertos fueron calificados en su momento como cimarronismo cuando, promovidos más por el establecimiento de estancos de aguardiente y tabaco, deben asimilarse a la insurgencia comunera. Además, existen casos como el de las minas de Napí y Pique (1798) (21) donde, gracias a un golpe de fortuna, un negro pudo comprar una mina y la libertad de sus compañeros para empezar a crear un núcleo de mineros negros y mulatos que, extendido sobre la hoya de los ríos del mismo nombre, defendió - con instrumentos legales y con las armas - su derecho a establecer su propia organización económica y social. Si tratara de analizar o describir todos y cada uno de estos casos, me perdería en el laberinto de las variables, y acabaría perdiendo el sentido de la generalización en medio de las diferencias entre las singularidades acumuladas. Ante este peligro creo más acertada la vía, históricamente no muy ortodoxa, de tratar de construir un proceso abstracto - en su generalización - en el que se aprovechen todos los casos mencionados para describir las características del cimarronismo en el sur - occidente del Virreinato. Predominará entonces, el orden lógico sobre el orden cronológico. Si reconocemos que el cimarronismo surge como contraparte necesaria de la esclavitud y del sometimiento de unos hombres a otros hombres, y de una cultura a otra, encontramos que en su origen laten aspiraciones individuales promovidas por el maltrato infringido por los amos, ejemplos de los cuales abundan en la literatura histórica tradicional, que normalmente los ha utilizado para oponerlos a los casos de amos bien intencionados y cristianos, que han servido para hablar de la morigeración y bondad de la esclavitud en estas latitudes de América. Pero estos casos en los que quizá el maltrato se transforma en la justificación de la huida, no son los que mejor nos dicen qué es lo que impulsaba al negro esclavo a huir y al negro libre a buscar a sus compañeros étnicos en el palenque, o en una sociedad cimarrona.  

Cuando los negros que en 1785 se fugaron, de sus amos en Cartago, hacia el sitio de los Cerritos a orillas del río Otún, no fueron convencidos por los promotores sobre la base de la repulsión al maltrato, sino ante la posibilidad de hacer la guerra al blanco, como lo declara uno de los negros que trató de unirse a los alzados para...  

... apalencarse, pues el rancho que había formado era muy 
grande, en el cual se albergaban todos. Que tienen ya
fundadas sus estancias de platanares y roserías, y que cuando 
supieron se habían huido de esta ciudad varios esclavos y
libres tenían determinado venir a unirse con ellos, con el fin 
de matar a todos los blancos...

o, simplemente para enmontarse, como se decía entonces...

Que es viuda, que el motivo que tuvo para huirse del poder de 
su amo fue el no quererle servir, que los que le aconsejó y
indució fueron Andrés y Martina, que la declarante no indujo
a otro alguno lo hicieran y que el fin con que se huyó fue irse
a vivir con los demás compañeros en el monte...
(22)

Esto muestra cómo, en medio de múltiples razones particulares (resentimiento por el castigo o los maltratos, el acoso sexual, el deseo de unirse con su pareja, el odio al blanco), existía un común denominador, la búsqueda de constitución de su propia sociedad. Este deseo era lo suficientemente fuerte como para que se dieran casos como el de una “... Francisca, esclava de un Carlos Paredes, [quien] prestó 300 patacones para comprar su libertad e irse a vivir en el Patía” (23)  

Tanto para llevar a cabo la fuga como para organizar el palenque, se valían de prácticas y jerarquías en las que se mezclaban formas de organización aprendidas del español, y prácticas culturales remanentes de su origen africano. 

Así, estos cimarrones de los Cerritos siguieron e hicieron capitán al negro Prudencio quien, además de haber sido capataz en la hacienda de don Mariano Matute, también ejercía de alcalde en la comunidad negra de Cartago, en la cual se nombraban sus autoridades para regir sus fiestas, las que “...psicológicamente representaban un fuerte deseo de autonomía y una actividad preparatoria del autogobierno” (24)

Es con este deseo en mente que los negros se organizaban y se confabulaban para lanzarse al monte a construir su propia sociedad, en la que hablan de adoptar organizaciones económicas y políticas acordes con su experiencia y con las facilidades que el medio les brindaba. 

Lo normal era que, llegados al sitio escogido para palenque, adoptaran una organización comunitaria de trabajo, para construir sus casas y establecer las primeras roserías y organizar la defensa. 

Así, en el caso de los Cerritos iniciaban la construcción de un pueblo cuando fueron capturados. 

Uno de los captores declaró que: 

... con cuya razón siguieron adelante por aquellas espesuras y 
encontraron un rancho con su rosería de sembradura y en ella 
unos frisolitos y a bastante distancia de allí toparon una
quebrada profunda de pared y de agua. Y de la otra banda

toparon un bosque de bastante latitud a modo de ensenada y, 
para subir a él un banquete de gradas a especie de fuerte, y en 
su ámbito una rosería de monte derribado, y otro pedacito
socolado en el que estaban unas maticas de plátano, y
prosiguiendo media legua más hallaron otro rancho con
culata, a modo de casa, y siguieron otra legua más adelante
fue donde encontraron a los citados esclavos cimarrones que
se hallaban formando otro rancho...
(25)    

Pero en el Castigo no sólo construyeron dos poblados, a la manera española, sino que lograron estructurar una economía estacional. 

Decía el cura España:

Ya tienen hecha iglesia y casa en el pueblo que hoy llaman los 
negros Nachao y a esta población se añade otra que dista
medio día de camino de ella llamada Nalgua, también con su 
iglesia; capaces, la primera de estar en ella doscientas
personas, y en la segunda ciento... 

... los habitadores de ese país no moran continuamente en sus 
pueblos, porque se retiran a sus granjerías que tienen en las
playas de los ríos buscando un grano de oro para sus
mantenimientos y vestuario, en que se ocupan cinco o seis
meses, desde junio hasta fines de octubre, y sólo se recogen a 
sus habitaciones, otros seis meses, que son desde noviembre 
hasta junio
(26)  

Estos esquemas de organización, donde no fueron reprimidos, llegaron a construir comunidades estables. 

Así, el nunca reducido palenque de El Castigo dio lugar, aún en el periodo colonial, a la comunidad cimarrona del Patía. Mientras que minas sustentadas sobre una cierta legalidad política como las de Napi y Pique, o como muchas minas de la costa Pacífica apropiadas - de hecho - por los esclavos aprovechando la ausencia y abandono de los amos durante las guerras de independencia, permitieron la construcción de sociedades relativamente independientes y autónomas; que sin llegar al choque armado, resistieron pasivamente cualquier intromisión de la sociedad mayor. 

En el caso del Patía, una sociedad fronteriza, ganadera y cimarrona empezó a emerger durante la primera mitad del siglo XVIII. Por este periodo empezaron a asentarse en el Valle del Patía muchos negros provenientes, en su mayoría, de las minas de Barbacoas y que habían hecho tránsito por El Castigo. A partir de esta migración y del establecimiento de algunas haciendas - minas de blancos en el área, en 1749 existía un curato itinerante que, gracias a su libro de bautismos, nos permite identificar la existencia de - por lo menos - los siguientes sitios: la Herradura, la Rinconada, San Miguel de Patía, Moanes y Guachicono. 

Este curato adquirió estabilidad hacia 1751 a raíz de la construcción de la iglesia y de fundarse el pueblo de San Miguel de Patía en tierras cedidas por el negro Fabián Hernández en 1749. En la escritura de donación se señala como Fabián Hernández, pardo libre:  

... por cuanto el curato de dicho valle del Patía se halla 
sin pueblo formal, ni iglesia donde los asistentes de dicho valle
puedan asistir a hacer sus fiestas y enterrar su muertos porque
las capillas que se hacen se mudan de unos sitios a otros por
no tener tierras propias destinadas para fundar pueblos en
forma; por tanto de mi propia voluntad.., otorgo y conozco 
que hago gracia y donación.., a la serenísima Señora
Emperatriz de los cielos Nuestra Señora del Valle y al doctor 
Luis Jaramillo, cura de dicho valle de Patía, de las tierras que 
tengo en dicho valle de Patía en el sitio que llaman Limonar 
o Guavito, cedo y traspaso para que... dicho doctor en su
nombre funde el pueblo señalando a los que quisieren
avencindarse en él los sientos para edifiquen sus casas y
huertas con equidad según le dictare su prudencia.
(27)  

Desde entonces y hasta comienzos del siglo XX este pueblo de San Miguel de Patía sería el centro de todas las ac­tividades del valle. Durante este periodo la unidad económica más notoria para la economía de la Gobernación de Popayán fue la hacienda - mina de propiedad de blancos pastusos o payaneses, que con fuerza de trabajo negra, en parte esclava, explotaba placeres mineros comprendidos por latifundios, dedicados a producción ganadera y de pan coger. Sin embargo, la unidad económica que imprimió carácter a la sociedad patiana fue el platanar, constituido fundamentalmente por pequeñas parcelas, localizadas a la orilla de ríos y quebradas y en los intersticios de las haciendas. Allí el negro y su familia constituyeron la célula fundamental de la sociedad patiana. Se organizó allí una producción de artículos de primera necesidad (plátano, maíz, yuca), complementada con la pesca, el mazamorreo y el ejercicio esporádico del peonazgo en las haciendas vecinas, o el abigeato. El hecho de ser estos negros en su mayoría huidos y la necesidad de unir la producción a la defensa, hicieron que se estableciera una cierta distribución sexual del trabajo donde, a la mujer le correspondieron las labores agrícolas y el mazamorreo, mientras el hombre se encargó de obtener la carne necesaria para complementar la dieta alimenticia, a través de la caza, del trabajo esporádico en las haciendas y/o el abigeato. Estas labores que el hombre realizaba a la par con otros miembros de la comunidad, lo unían a grupos de “bandidos” que velaban por la defensa y seguridad de la familia.  

A esta organización del trabajo correspondió una estructura de familia cuya estabilidad se asentó en la mujer, cabeza de una familia numerosa construida a través del ejercicio serial de la monogamia y que hizo de esta figura (la gran madre), el punto de referencia del poder y del parentesco. Ella dio a la sociedad un carácter de matrilocalidad y matrilinealidad social, unidas a una patrilinealidad legal y un amplio ejercicio del avunculado.    

Esta estructura del parentesco, unida a la forma de asentamiento veredas, constituidas por la concentración de varios platanares, generalmente en la confluencia de los ríos, creó múltiples vínculos familiares en cada vereda (y entre las diferentes veredas) haciendo que cada familia extendiera su red de parentesco por la totalidad del valle, y que, en cierta forma, todos fueran parientes de todos. Este hecho, unido al gran poder concentrado en la gran madre, y cedido por ella a través del avunculado a su hijo o sobrino, permitieron que la autoridad y la defensa fueran ejercidas por hombres que representaban una amplia parentela, quienes delegan parte de su autoridad en sus sobrinos. Este hecho fue particularmente evidente en las estructuras que adquirieron los grupos de bandoleros que practicaban el abigeato y el asalto, al tiempo que defendían la comunidad y la región de las incursiones de las autoridades blancas de la sociedad mayor. Las costumbres familiares y sociales que se dieron en esta sociedad eran diversas y contrapuestas a las de la sociedad criolla hispanizada y dominante. Por lo tanto, rápidamente se creó una imagen negativa de la región, según la cual esta sociedad estaba regida por principios antiéticos de los que regían a la sociedad mayor. En el fondo, esta imagen no era otra cosa que un instrumento ideológico legitimador de la represión ejercida por los señores esclavistas frente a un grupo negro que, legal o ilegalmente, gozaba de libertad y había hecho de la región núcleo de resistencia.  

Las relaciones de la sociedad patiana con la sociedad mayor, fueron siempre difíciles y por ello debieron acudir a procedimientos que permitieran evitar la represión, conservar la cultura y mantener los vínculos necesarios con la sociedad dominante. 

Puesto que existían nexos económicos entre el platanar y las haciendas y el principal instrumento cohesionante de la sociedad fue su sistema de parentesco, la forma más socorrida de establecer comunicación entre las dos sociedades fue el clientelismo. Especialmente aquel que se deriva del coparentesco establecido entre los negros mas importantes y los hacendados, quienes defendían a la sociedad patiana de las autoridades de Popayán y utilizaban su ascendiente en la población negra para ejercer poder en una y otra sociedad. Este tipo de relación encontró una realización plena a partir de 1809, cuando los acontecimientos políticos y militares de la guerra de independencia obligaron a la sociedad mayor a reconocer un papel al Patía, y el bandolerismo patiano se transformó en guerrilla realista. 

A partir de ese momento, aunque continúe la vigencia de la cultura patiana, se inicia un proceso de aculturación-deculturación donde han jugado un papel muy importante la participación del patiano en los ejércitos realistas y republicanos, y en el siglo XX la penetración del capitalismo a través de la construcción de la carretera panamericana a partir del conflicto con el Perú en 1932. Si las guerras de independencia dan comienzo a la decadencia del cimarronismo activo en el Patía, ellas son la coyuntura para su fortalecimiento en el sur del Valle del Cauca y en la costa Pacífica. El debilitamiento del poder de los Arboleda, máximos exponentes del esclavismo en el sur del Valle del Cauca, permitió el fortalecimiento de un movimiento libertario en la región durante el siglo XIX creando suficiente cohesión y resistencia como para darle identidad. Sin embargo, en esta región, como en el Patía, los pilares contra la cultura negra han sido su incorporación al desarrollo capitalista del Valle del Cauca y muy especialmente el desarrollo del monocultivo azucarero (28)

Otro tanto ha sucedido en la costa Pacífica. Allí, la posibilidad emancipadora concreta la brindó el abandono de las minas y esclavos, por parte de sus dueños, durante el período de independencia. La resistencia opuesta por los negros ante los antiguos dueños fue tenaz, pero también el siglo XX con las concesiones mineras y la explotación maderera, van produciendo los mismos efectos que en las otras regiones (29) .

Desde el punto de vista del cimarronismo como resistencia armada o fuga del negro, él se encuentra liquidado. Sin embargo las condiciones en que se han mantenido las zonas ocupadas por los negros, la poca preocupación del estado y el desconocimiento de su cultura cuando se trata de “desarrollar” estas áreas, unidos a una no por soterrada menos existente discriminación social hacen que en buena medida tenga razón, también para Colombia, Germán Carrera Damas cuando asevera que aún estamos viviendo el periodo de liquidación de la esclavitud. Y si así es, también, aún estaremos viviendo la liquidación del cimarronismo.  

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1. Un extraordinario balance de este tópico fue presentado por el maestro Jaime Jaramillo Uribe al primer “Seminario Internacional sobre la Participación del Negro en la Formación de las Sociedades Latinoamericanas”, realizado en Bogotá en 1986. Corre impreso así: Jaime Jaramillo Uribe, Los Estudios Afroamericanos y Afrocolombianos. Balance y Perspectivas, en Alexander Cifuentes (Editor), La Participación del Negro en la Formación de las Sociedades Latinoamericanas, ICAN, Bogotá, 1986, pp. 43-60. (Regresar a 1)

2. Jaime Jaramillo Uribe, op. cit., p. 44. (Regresar a 2)

3. Magnus Mörner, Recent Research on Negro Slavery and Abolition in Latin Ameríca, Latin America Reprint Series No. 15, Center for Latin American Studies, University of Pittsburgh, Pittsburgh, 1979. (Regresar a 3)

4. Quizá los mejores trabajos, en estos aspectos, son: Jorge Palacios Preciado, La Trata de Negros por Cartagena de Indias, Ediciones la Rana y el Aguila, Tunja, 1973. Germán Colmenares, Popayán: Una Sociedad Esclavista. 1680 - 1800, La Carreta, Bogotá, 1979. (Regresar a 4)

5. Muchos son los científicos sociales que desde sus respectivas disciplinas se han aproximado al negro. Sin olvidar los demás, creo que los que han marcado las tendencias son: Nina de Friedemann, Minería, Descendencia y Orfebrería Artesanal, Litoral Pacífico. Colombia, Universidad Nacional, Bogotá, 1974. Virginia Gutiérrez de Pineda, La Familia en Colombia, 2 vol., Universidad Nacional, Bogotá, 1963. Orlando Fals Borda, Historia Doble de la Costa, Valencia Editores, Bogotá, 1980. (Regresar a 5)

6. Aquiles Escalante. El Negro en Colombia. Universidad Nacional, Bogotá, 1964. Abre también los estudios sobre cimarronismo con su trabajo El Palenque de San Basilio. Una Comunidad de Descendientes de Negros Cimarrones. Divulgaciones Etnográficas, Vol. III, No. 5, Instituto Etnográfico del Atlántico, Barranquilla, 1954. (Regresar a 6)

7. Sus trabajos sobre este tema, publicados inicialmente en el Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, fueron editados en un volumen: Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos sobre Historia Social Colombiana, Universidad Nacional, Bogotá, 1968. (Regresar a 7)

8 Además del libro citado en la nota No. 5, tiene: Nina de Friedemann y Jaime Arocha, De Sol a Sol, Editorial Planeta, Bogotá, 1986. Nina de Friedeman, Ma Mgombe, Valencia Editores, Bogotá, 1979. (Regresar a 8)

9 Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos sobre Historia Social, pp. 59-71. (Regresar a 9)

10 Anthony Mcfarlane, Cimarrones y Palenques en Colombia durante el Siglo XVIII, en Ensayos sobre Colombia en la Epoca Colonial, Procultura, Bogotá, en prensa, pp. 108-198. (Regresar a 10)

11 Orlando Fals Borda, Historia Doble de la Costa, Valencia Editores, Bogotá, 1980. Aquiles Escalante, El Palenque de San Basilio, Instituto Etnográfico del Atlántico, Barranquilla, 1954. Roberto Arrázola, Palenque, primer pueblo libre de América, Ediciones Hernández, Cartagena, 1970. Nina de Friedemann, Ma Mgomhe, Valencia Editores, Bogotá, 1979. Mateo Mina, Esclavitud y Libertad en el Valle del Río Cauca, La Rosca, Bogotá, 1975. Nina de Friedemann y Jaime Arocha, De Sol a Sol, Planeta, Bogotá, 1986. Francisco U. Zuluaga, Guerrilla y sociedad en El Patía. Una relación entre clientelismo político y la insurgencia social, Inédito, Cali, 1988. (Regresar a 11)

12 Richard Price, Introducción a Richard Price (Ed.), Sociedades Cimarronas. Comunidades esclavas rebeldes en las Américas, Siglo XXI, México, 1981. (Regresar a 12)

13 Anthony McFarlane, Op. cit. (Regresar a 13)

14 Germán Carrera Damas, Huida y enfrentamiento, en Manuel Moreno Fraginais, Africa en América Latina, Unesco - Siglo XXI, México, 1977, pp. 34-52. (Regresar a 14)

15 Manuel Moreno Fraginals, Aportes Culturales y Deculturación, en Manuel Moreno Fraginals, Africa en América Latina, Unesco - Siglo XXI, México, 1977, pp. 13-33. (Regresar a 15) 

16 Francisco U. Zuluaga, Op. Cit., pp. 28-41. Archivo Central del Cauca, Popayán, Cabildo, T. 6, fols. 47-50, y T. 11, fols. 35-39. (Regresar a 16)

17 Intento de levantamiento de negros de Llanogrande” y Cali para formar palenque en “Los Farallones”, Archivo Nacional de Colombia (en adelante A.N.C.), Negros y Esclavos, Cauca, T. II, fols. 498-561. (Regresar a 17)

18 Palenque de Negros de Cartago en “Los Cerritos”, A.N.C., Negros y Esclavos, T. III, fol. 1-263. (Regresar a 18)

19 Levantamiento de negros en el Hato de Lemos, A.N.C., T. II (Regresar a 19)

20 Autos criminales seguidos contra Don Francisco Sánchez de la Flor vecino de esta ciudad sobre averiguaciones acaecidas en la Isla y puerto de Tumaco.  Autos formados por el comisionado Don Juan González García sobre la pacificación del puerto de Tumaco, Archivo Histórico del Ecuador, Quito, Fondo Popayán, Cajas 24-26. (Regresar a 20)

21 Diego Romero, Esclavitud, Resistencia y Libertad en las Minas del Pacífico Colombiano. Ríos Napí y Pique, Siglo XVIII, Tesis de Licenciatura, Universidad del Valle, Cali, 1986.
El documento central sobre este movimiento se encuentran como: Sobre el despojo de unas minas, casa y sementeras, A.C.C., Colombia, Signatura (adelante sig.) 11378. (Regresar a 21)

22 A.N.C., Negros y Esclavos, Cauca, Tomo III, fols. 198 y 27. (Regresar a 22)

23 Germán Colmenares, Popayán: Una Sociedad Esclavista, p. 103. (Regresar a 23)

24 Jaime Jaramillo Uribe, Ensayos sobre Historia Social, p. 70. (Regresar a 24)

25 A.N.C., Negros y Esclavos, Cauca, T. III, fol. 12. (Regresar a 25)

26 Carta de Don Miguel de España [Pbro.] a Don Francisco Xavier Torijano, Pasto, Octubre 4 de 1734, A.C.C., Cabildo, T. 6, fol. 49. (Regresar a 26)

27 Donación de tierras de Patía, A.C.C., Colonia, sig. 8445. (Regresar a 27)

28 Mateo Mina. Esclavitud y Libertad en el Valle del Río Cauca, passim. (Regresar a 28)

29 Nina de Friedemann, Minería, Descendencia y Orfebrería Artesanal, passim. (Regresar a 29)

 

 

Título: 33. CIMARRONISMO EN EL SUR-OCCIDENTE, por: Francisco U. Zuluaga R.
Colección: Afrocolombianidad


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