COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

35.  LA RELACION CHOCO-ANTIOQUIA
¿UN CASO DE COLONIALISMO INTERNO?

 

PETER WADE
Department of Geography and Institute of Latin American Studies
University of Liverpool

Texto propuesto por Alexander Cifuentes.

MANUEL MARIA PAZ. PLAZA DE BARBACOAS.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.

 

 

La relación Antioquia - Chocó se ha convertido en uno de los factores más poderosos en la determinación del proceso de desarrollo del departamento del Chocó. La proximidad de una región negra, subdesarrollada y rica en recursos naturales, con otra región no negra, desarrollada y en busca de la expansión económica ha engendrado una serie de relaciones regionales y raciales que han marcado fuertemente el destino del Chocó, así como el de Antioquia. Sin embargo, la relación Antioquia ­Chocó es solamente la forma más reciente de la relación Chocó - Resto del País, que ha existido desde principios de la época colonial.

En este ensayo, empiezo con el fondo histórico en el cual se desarrollaron las relaciones contemporáneas entre el Chocó y Antioquia. Se enfoca la sociedad quibdoseña en este análisis y de ahí se procede hacia una caracterización más general de la economía del Chocó. Luego, se examinan dos contextos específicos de la relación Antioquia - Chocó, a saber, el Urabá chocoano y los migrantes chocoanos a Medellín. En conclusión, hago un resumen del concepto de colonialismo interno para ver hasta qué punto se presta para un análisis de la situación del Choco.    

 

El fondo histórico 

Para entender las relaciones que existen entre el Chocó y Antioquia, o, más generalmente, el interior del país, es preciso remontarse a la época colonial y seguir las fortunas del Chocó como región periférica y aislada hasta hoy. 

Se puede empezar con la época colonial a fines del siglo XVIII. Lo que existía era una sociedad netamente esclavista, creada y mantenida con el propósito único de saquear la riqueza aurífera de la región (1) . Según el censo de 1778, la población se conformaba así: blancos, el 2%; indios, el 37%; libres, el 22%; y esclavos, el 39% (Pérez Ayala 1952). Los blancos eran una pequeña minoría integrada por mineros, oficiales administrativos y algunos pocos sacerdotes. La mayoría de los dueños de las minas vivían fuera de la región, muchos en Popayán. Los indígenas vivían apartados de los pueblos de la sociedad colonial, pero su fuerza de trabajo se explotaba en la construcción de la vivienda, los acueductos y las canoas y en el cultivo de los alimentos para los campamentos mineros. Los esclavos trabajaban en la minería y en el cultivo de los alimentos en grandes cuadrillas, el 90% de ellos en cuadrillas de más de 30 esclavos (Sharp 1976). 

Los libres, principalmente negros y mulatos, estaban poco integrados a la sociedad colonial. No había mucha demanda para la mano de obra libre y aunque los libres cultivaban cosechas que se vendían a los pueblos y campamentos mineros, estos vínculos comerciales no significaban un alto grado de integración. En un informe al rey en 1801, Carlos de Ciaurriz, escribió: 

“La situación de lo interior de estas montañas [del Chocó] no tiene otro recurso que el de las vegas que hay distantes unas de otras en la longitud de los ríos; en ellas residen precisamente dispersos los mulatos, zambos y negros libres de dichos partidos para cultivar y subsistir (...) y haciendo comercio, proporcionando a sus cosechas con los mineros y los pueblos y con las gentes de otros ríos”. (citado en ortega 1954:276). 

Con todo, el Chocó nunca avanzó más allá de ser “una frontera minera de las márgenes de los centros del comercio, educación y autoridad que se desarrollaban en la Nueva Granada” (Sharp 1976: 3). En su Relación del Chocó de 1780, Juan Jiménez Donoso comentó que “el comercio interior.., es muy corto... solamente el oro, única materia comerciable que hay, y con ella se proveen de cuanto han menester, estando por esta razón ricos los lugares circunvecinos y miserables los del Chocó” (citado en Ortega 1954: 224). Visitando el Chocó en 1820, el francés Mollien se sorprendió al ver que el oro se encontraba doquiera, pero que “en medio de toda esta riqueza, el hombre es pobre y miserable” (1824: 304). Igualmente, el viajero inglés Charles Cochrane, encontró que Nóvita era “un pueblo miserable”, calificando a Quibdó también como “un lugar miserable” (1825: II, 417, 441). 

La razón de esta miseria no se tiene que buscar muy lejos. En 1851, Mario Espinosa describió cómo los mineros blancos que vivían en el Chocó no hacían sino “zambullirse, buzos codiciosos en aquel mar de calor, de humedad y de plaga... para amontonar a todo trance y a toda carrera con el trabajo del esclavo, fuertes riquezas, para ir luego a disfrutarlas a otra parte... sin dejar en (el Chocó) un monumento de piedad, ni una muestra de civilización” (citado en Velásquez 1983: 54). Para la sociedad colonial, el Chocó se veía como una región inhóspita, peligrosa, salvaje y destinado a ser poblado solamente por indígenas y negros, vistos igualmente como “primitivos” y “salvajes”, mientras la población blanca utilizaba la región y a su gente para la extracción de los recursos naturales. 

Después de la Independencia y la emancipación de los esclavos hubo cambios radicales, pero también continuidad estructural. El régimen esclavista se empezó a desintegrar desde las vísperas de la Independencia. Ya en 1808 la población esclava había disminuido al 20% del total debido, en parte, a la retirada de esclavos ante la caída de la producción aurífera (Sharp 1976: cap. 10; Colmenares 1979: 87). Mientras tanto, la población libre había aumentado hasta conformar el 61% del total, más por el crecimiento natural de la población que por los casos de manumisión (Sharp 1976: 199, Wade 1989a). Con el colapso total de la esclavitud, la población blanca se retiró en su mayor parte, afrontaba problemas insuperables de mano de obra. La población negra ya no quería trabajar para ellos, una actitud comprendida por los blancos como simple “pereza”. Aún antes de 1851, Cochrane había observado que los negros libres eran “demasiado perezosos para trabajar y se contentaban con procurar una suficiencia de plátanos y maíz para subsistir” (1825,11, 420). Otro viajero norteamericano dijo: “Los negros continuaron sacando oro por su propia cuenta en s puntos más favorables y donde se requiere escasa labor, con el único fin de atender a sus diarias necesidades; pero como éstas son pequeñas y es aún menos su ambición, se entregaron a la pereza que los caracteriza” (White, citado en Restrepo 1979: 82). Brisson, el explorador francés, comentó en 1895 que “hay escasez de brazos: cada negro tiene su minita donde trabaja algunos días de la semana... prefiere ganar poco pero ser libre y trabajar por su cuenta” (1895- 151).  

Ante esta situación, los blancos no podían seguir trabajando como antes, pero no se retiraron del todo. Se mantenían en los centros urbanos, desempeñando actividades fundamentalmente mercantiles. Brisson nos describe cómo “en las arcas de hierro se amontonan el oro y el platino que cambian los negociantes a los negros que vienen cada sábado y domingo a comprar desde los ríos lejanos” (1895: 128). Para ese entonces, “los antioqueños introducen ganado, marranos, fríjoles, papas y cebollas” (1895: 129). 

Para poder comerciar, se necesitaban rutas de entrada y salida. En la época colonial ya existían caminos que vinculaban Nóvita con Cartago y Anserma, y Bagadó con el Chamí (Risaralda). Por vías fluviales (con arrastraderos) Bebará y Beté negociaban con Santa Fe de Antioquia; Sipí se comunicaba con el Naranjal (Valle); y del bajo San Juan se llegaba al Cauca por el río Dagua. Quibdó tenía salida por el Atrato, salvo entre 1698 y 1789, cuando el tráfico fue prohibido; y finalmente, había rutas marítimas que conectaban la costa chocoana con Panamá, Lima y Guayaquil (Velásquez 1983, Ortega 1954: 224). Terminada la época esclavista, algunas de estas rutas de comunicación cayeron en desuso y el comercio se hacía principalmente a través del Atrato con Cartagena, aunque, como hemos visto, los antioqueños ya introducían productos agrícolas que venían del sur de Antioquia en recuas de mulas. 

El Chocó ha sido y sigue siendo una región sumamente aislada, pero el oro, como el agua de sus ríos, siempre ha encontrado salida, mientras que los artículos importa­dos han penetrado para facilitar la extracción del metal, como medios de intercambio. El control de este comercio ha estado a través del tiempo principalmente en manos de una minoría no negra que mantenía vínculos con el interior del país o con la costa Atlántica. Debido a su control cuasi monopolista sobre el comercio, esta minoría podía explotar la región y su población negra sin mayor problema, y se permitía un estilo de vida lujoso.

Quibdó en el siglo veinte 

Podemos entender mejor la situación del Chocó en los primeros decenios del siglo veinte al reconstruir, un poco, la sociedad quibdoseña de aquella época. Este cuadro recuerdo se basa en entrevistas con el doctor Félix Arenas, ingeniero de minas y exalcalde de Quibdó; el doctor César Rivas Lara, escritor y catedrático de la Universidad Tecnológica del Chocó; Miguel A. Caicedo, poeta y escritor chocoano; Emilio Bechara comerciante de ascendencia siria y Judith Ferrer, descendiente de la familia Ferrer que en una época representó la flor de la élite blanca de Quibdó. (2)    

En aquella época, Quibdó era un pueblo mediano, vinculado más que todo a Cartagena, de donde venían muchos artículos importados, incluso, desde Europa. Socialmente había dos grandes categorías: los blancos y los negros.

La élite blanca estaba formada por los descendientes de las antiguas familias coloniales y los inmigrantes del Cauca y Antioquia. Desde 1915, los turcos, inmigrantes siriolibaneses, llegaron a controlar gran parte del comercio quibdoseño. Esta élite blanca era fundamentalmente comercial, aunque también poseía tierras mineras. Vivían en la Carrera Primera, que daba al Atrato, y tenían grandes casas de madera con sus negocios en la primera planta y sus habitaciones arriba. Había también blancos y algunos mestizos, venidos de afuera, que no alcanzaban la posición social de la élite blanca: empleados públicos y comerciantes de un estatus mediano. 

La población negra tenía su propia “élite”, la cual con base en la minería, la agricultura y el pequeño comercio había adquirido cierta posición social que le permitió mandar sus hijos a estudiar a Cartagena y Medellín. (3)

Los Valencia, los Londoño, los Mayo, etc.... 
eran legítimos chocoanos, negros, de 
ascendencia africana, y lograron su posición por la 
educación y porque amasaron pequeñas fortunas 
con trabajo, con minería, con agricultura 
y con comercio también” (Félix Arenas).

La mayoría de la población negra era pobre: estibadores, sirvientas, artesanos, mineros, agricultores y trabajadores en las pequeñas industrias manufactureras de hielo, fideos, gaseosas, jabón y espermas; la educación para esta clase de personas era casi nula. Existía una Escuela Modelo en 1929 y la Iglesia se encargaba de la educación de algunos (Gutiérrez 1929), pero los colegios buenos estaban reservados principalmente a los blancos: la Presentación, colegio femenino fundado en 1912 por monjas y el colegio Carrasquilla para hombres, fundado en 1915. En fotografías de alumnos de ambos colegios en 1929, se aprecian una o dos caras negras, pero ambos colegios eran exclusivos y la matrícula era costosa.   

Aunque se pueden distinguir de modo preliminar las dos categorías, blancos y negros, la realidad era más compleja (4). Existía el mestizaje en diferentes formas. Hombres de la élite blanca tenían hijos con mujeres negras de clase social baja, aunque muchas veces no reconocían la paternidad. Cuando la reconocieron, los apellidos de la élite se iban difundiendo entre las masas negras. Los hombres blancos y mestizos de posición más baja en la escala social también engendraban hijos con mujeres negras, y eran menos recelosos en reconocer su prole. Los turcos buscaban a sus esposas entre las mujeres blancas de la clase alta, pero también reconocían los hijos tenidos con otras mujeres. En lo referente a la élite negra, Félix Arenas cuenta que era un grupo “cerrado contra el blanco” y que “no lo mezcló nadie nunca”. Sin embargo en épocas posteriores a los años 1940 se dada el hecho de que algunos de los negros más acomodados, que salían a estudiar al interior, terminaban casándose con gente blanca o mestiza, aumentando así la categoría de mulatos. No se puede descartar la posibilidad de que el mismo proceso ya existiera en el Chocó en los primeros decenios del siglo XX.

Además del mestizaje físico, había una interacción social que cruzaba las barreras sociales. Por ejemplo: 

“Entre la élite blanca y los demás ha sido 
perfectamente común el compadrazgo... 
se daba mucho que la persona le pedía al 
acomodado que le cargara su hijo” (Felix Arenas). 

Los procesos del mestizaje lógicamente dieron lugar a una categoría mulata como grupo distinto. El censo de 1918 registró el 24% de la población del municipio de Quibdó como “mezclado”. Muchos eran personas de condiciones sociales humildes, pero un numero apreciable podía aprovechar la posición del padre para luego adquirir un estatus social más alto que la mayoría. En efecto, así se formó lo que César Rivas denomina “una mulatocracia” que ocupaba una posición intermedia entre los blancos y los negros (5) . Según Rivas, este grupo no se identificaba con los negros sino con los blancos, quienes, sin embargo, lo rechazaban. 

Quibdó en aquella época era una sociedad compleja, compuesta de diferentes categorías de gentes y grupos sociales. Sin embargo, un hecho queda relativamente claro: la mayoría de la gente negra ocupaba una posición social baja y la élite blanca controlaba el comercio y la política. Por más que hubiera una “élite” negra y unos mulatos acomodados, un pequeño núcleo blanco tenía un control cuasimonopolista sobre el manejo mercantil y político de Quibdó y la región circundante. “En Quibdó no había ley, no había elecciones; la gente no participaba en nada y los blancos tomaban las decisiones a su propia conveniencia” (Miguel Caicedo). 

Sobre esta base histórica sobrevinieron sucesos importantes que rompieron con las estructuras viejas. Desde 1939 aproximadamente, los negros chocoanos, ya dota­dos con mayores niveles de educación, empezaron a presionar contra el control político de la élite blanca. Bajo la dirección de Diego Luis Córdoba y su partido Acción Democrática, políticos negros ganaron el apoyo de las masas y ganaron puestos en el concejo de Quibdó. Las escuelas exclusivas tuvieron que abrir sus puertas a todas las clases sociales, incrementando la formación de gente negra educada. Paulatinamente, los negros ganaron la dirección de la maquinaria política de la región. Cuando en 1949 la intendencia se convirtió en departamento, la burocracia regional se amplió, dando más espacio a la creciente clase administrativa negra (Rivas Lara 1986, Cuesta Moreno 1986, Caicedo 1977). Al mismo tiempo, el Chocó se independizó de Antioquia en términos electorales y del Cauca en términos jurídicos, rompiendo la dependencia administrativa y política que antes había caracterizado las relaciones entre el Chocó y el interior del país (Rivas Lara 1986: 347, Rivas Lara 1974: 17, Velásquez 1983: 91). Frente a estos cambios, la élite blanca empezó a desintegrarse y a salir de la región. El golpe final, que culminó el proceso, fue en 1966 cuando un incendio terminó con mucho de lo que quedaba de los negocios de la élite negra. La época en la cual, según Judith Ferrer, “cada cual conocía su lugar” había pasado para siempre.    

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MANUEL MARIA PAZ. VISTA DE UNA CALLE DE QUIBDO.
Acuarela de la Comisión Corográfica.
Fotografía Oscar Monsalve.

 

Sin embargo, algunos se mantenían firmes a pesar de los cambios radicales; en primer nivel, el control político del departamento no rendía grandes beneficios económicos. El Chocó tiene un presupuesto minúsculo y han surgido diferentes grupos políticos que según un abogado chocoano se mantienen en “guerras fraticidas... por apoderarse de la tajada más grande del ponqué burocrático” (Cuesta Moreno 1986: 70). La debilidad de la administración chocoana se refleja en la situación de algunos pueblos chocoanos localizados en los límites del departamento con Antioquia. Por ejemplo, en el periódico chocoano El Presente (no. 125, febrero - marzo 1983), un joven de Riosucio, pueblo al norte del Chocó, alega que los antioqueños pretenden obtener varias poblaciones chocoanas ubicadas cerca de la frontera con Antioquia. Parece que esta pretensión se estaba realizando por medio del suministro de servicios públicos, a estas poblaciones, como el nombramiento de maestros, enfermeras, policías, etc. En vista del abandono de estas localidades por la administración chocoana, los antioqueños encontraban un campo abierto. En otro caso, Yépez (1986) informa que algunos habitantes de Boca de Opogadó (municipio de Bojayá) se pasaron al otro lado del Atrato, y fundaron un pueblo en el municipio antioqueño de Vigía del Fuerte donde podían reclamar los servicios públicos de un departamento más rico (6) . En este sentido, el Chocó como región negra sigue empobrecido a tal punto que no puede defender bien sus límites territoriales. 

En segundo lugar, es notable que la nueva élite política tiene una marcada participación de los mulatos. Los puestos más altos están ocupados por mulatos y mestizos. Ha habido, únicamente, un gobernador negro, Ramón Mosquera (1966-68). Es así como a pesar de todo se mantiene una cierta estratificación de color. 

Finalmente, es importante anotar que mientras iba saliendo la vieja élite blanca, iba entrando otra población no negra, los antioqueños. Estos siempre habían estado presentes como parte de la población blanca residente en los pequeños centros urbanos del Chocó, pero desde la apertura de la carretera Quibdó-Medellín en 1946 (Gómez 1980), su flujo aumentó (7) . Ellos han logrado mantener el control sobre el comercio lo que antes ejercía la vieja élite blanca. Conforman un grupo étnico que convive con la gente chocoana, pero que tiende a relacionarse socialmente entre sí (Córdoba 1983, Wade 1983, 1984). Son personas que vienen, generalmente, como colonos comerciales y con aspiraciones materiales. Gracias a su experiencia y tradición comerciales, a sus vínculos con el interior del país, al acceso al capital en algunos casos y a la cooperación mutua del grupo étnico, los antioqueños se han podido establecer, fuertemente, en el sector comercial de Quibdó y en otros pueblos del Chocó. En este sentido, entonces, no ha habido una ruptura fundamental con las estructuras económicas del pasado. Aunque los blancos tienden ahora a ser de origen más plebeyo, reduciendo así la relación jerárquica entre blanco y negro, el grupo blanco sigue ocupando una posición importante como intermediario en las redes comerciales que vinculan la región con el resto del país.

 

 

 

La economía chocoana 

La historia de Quibdó aclara un aspecto de las relaciones de la región con el resto del país, particularmente con Antioquia y nos permite acercarnos a las características más generales del Chocó. 

En los términos de Whitten, el Chocó sufre una situación de “marginalidad económica” (1974:4). Con esto no se refiere a la marginalidad como forma de desarticulación ni como una condición de supuesta anormalidad, sino más bien al hecho de estar localizado el Chocó en la periferia del sistema nacional e internacional que, a través de las limitadas rutas de comunicación ya anotadas, impone una demanda esporádica y variable de los recursos de la región, sometiéndola a un régimen cíclico de bonanza - recesión. Mientras tanto, la región queda relativamente aislada con respecto a las fuerzas integradoras del desarrollo estatal (Whitten 1974:5). A través del tiempo, el oro ha sido objeto principal de una demanda nacional e internacional que, a pesar de ser continua, ha sido muy variable. Otros productos también han tenido su auge. Brisson encontró negros recolectando caucho en el alto Atrato a fines del siglo XIX (1895:3-4). El caucho era importante en el bajo Atrato a principios de este siglo, junto con la raicilla y la tagua (Parsons 1967, Wade 1983, 1984). La demanda tropical sigue siendo un recurso importante que se extrae en grandes cantidades del medio y bajo Atrato. Productos agrícolas y pesqueros también se exportan, considerablemente como el banano, el plátano, el coco, el arroz y el pescado seco.    

La extracción de los recursos naturales tiene lugar bajo dos modalidades básicas. Una es la explotación directa en la cual una compañía viene de fuera, con su propia maquinaria, y emplea trabajadores asalariados. En esta forma grandes empresas nacionales y multinacionales han sacado muchas toneladas de metales preciosos. Más recientemente, grandes compañías de propiedad antioqueña y extranjera han sacado miles de toneladas de maderas tropicales del Chocó. Otra modalidad es la explotación indirecta en la cual los productos pasan por una serie de intermediarios. A cambio de estos productos primarios, se importan artículos manufacturados de toda clase y también comida. De esta manera se forma lo que Whitten y Friedemann denominan una “sociedad compradora marginal” (1974:109), en la cual los negros compran artículos a cambio de los recursos naturales que extraen.  

Los vínculos vitales en este intercambio comercial son los comerciantes e intermediarios que compran los productos primarios y proveen artículos importados. Ellos forman una cadena cuyos eslabones más pequeños se extienden hasta las zonas más apartadas. A veces, las actividades de estos intermediarios o patrones, se extienden más allá de lo meramente mercantil; son propietarios de minas y concesiones de tierras para sacar madera. Pueden ser dueños de maquinaria, como trilladoras de maíz o arroz, aserríos, motobombas para la minería y motores fuera de borda. Estos intermediarios no presentan un cuadro uniforme y pueden controlar una gama variada de recursos capitales y comerciales. La mayoría, sobre todo los más fuertes, tienden a ser de fuera del departamento de Antioquia y otras regiones del interior del país; éstos son precisamente los vínculos con los cuales el sistema nacional e internacional absorbe los recursos naturales de la región. 

Sin embargo, no todos son inmigrantes. Como anotamos anteriormente, en Quibdó así como en otras partes del Chocó, familias negras también han podido adquirir un cierto grado de poder económico a través de la minería la agricultura y el comercio. Individuos de estas familias, en el pasado como hoy en día, desempeñan el papel de intermediarios. Puede haber, por ejemplo, un patrón chocoano que posee una tienda, varias motobombas y algunas minas. A veces estos chocoanos están ligados a la élite política de Quibdó: Yépez (1985) registra el caso de dos mulatos hermanos de un ex-gobernador encargado del Chocó que eran propietarios de una trilladora de arroz y un pequeño aserrío en un asentamiento rural del medio Atrato (Boca del Amé). Lógicamente, los chocoanos negros empiezan con poco capital y tienden a ser intermediarios de poder económico reducido. Además, el patrón chocoano se encuentra ligado a una red de parentesco, compadrazgo y amistad que mientras le permite movilizar mano de obra y establecer contactos en diferentes zonas, también, puede actuar como mecanismo de equilibrio económico cuando parientes, compadres y amigos le piden favores, crédito en su tienda, etc.. Abad et al (1982) observan, por ejemplo, que a pesar de la tecnificación reciente de la minería con la motobomba, las cuadrillas de trabajo tienden a absorber mano de obra superflua, así convierten la mina en un sistema colectivo de subsistencia organizado con base en el parentesco. 

Los comerciantes y los intermediarios dependen mucho del mecanismo de crédito, por el cual anticipan artículos de subsistencia, materiales de trabajo, ropa, trago, etc., al productor que luego le vende los productos (oro, madera, etc.). Félix Arenas describe la minería en la zona de Quibdó hace unas décadas: 

“La organización de la mano de obra se basa en la cuadrilla según el estilo de la época colonial y se le pagaba al trabajador casi que en especie; también había el jornal, pero (no mucho). La gente siempre iba en deuda porque le anticipaban alimentos y de todo y cuando el tipo traía el producto (se lo entregaba). Estos señores (la élite blanca), casi que feudales, conseguían del gobierno central la concesión y después mandaban a su gente - su capataz de la región y su gente de la región - y le traían el producto; y con base en el producto les retribuían. Tal vez pagaban (un salario) su caporal, pero para el trabajador era en base a lo que producía. [El sistema de los blancos era:] “Yo soy dueño de estos: ustedes trabajan. Y yo les compro lo que produzcan. Yo les doy para que ustedes coman, se vistan, etcétera...”. Y siempre les hacía las cuentas del gran capitán - compraba barato y vendía caro - y siempre quedaban debiendo. Entonces cada minero estaba ligado a un cierto patrón - dependencia completa -”. 

En 1943, la Contraloría General de la República anotó el predominio de “una economía de consumo”, caracterizada por la ausencia de capital y el papel central del comerciante que provee mercancía por anticipado para la subsistencia durante el proceso de producción (1943:290). Hoy en día, el sistema sigue siendo lo mismo. Los informes sobre el medio Atrato preparados por los operativos de la Corporación para el Desarrollo del Chocó describen qué tan difundido es este sistema (Yépez 1985, 1986; Valencia 1984, 1985). Los patrones anticipan mercancías y, a veces, herramientas a los campesinos o trabajadores que van a cortar madera monte adentro. Cuando traen la madera - quizá con la ayuda de canoas con motor fuera de borda, también propiedad del patrón - la venden al mismo patrón. Este sistema, con algunas variaciones, se encuentra en la pesca, la agricultura y la minería.    

 

MANUEL MARIA PAZ. VISTA EXTERIOR DE LAS CASAS DE PALMA EN LAS PLAYAS DEL MAR FRENTE A LA ISLA DE GORGONA.
Fotografía Oscar Monsalve

Con frecuencia se supone que el sistema de explotación descrito arriba es fundamentalmente injusto. Se le ve como un medio de atar al campesino pobre al comerciante codicioso por medio de la deuda. Es un mecanismo difundido en muchas partes de América Latina y tiene una historia larga. Sin embargo, su índole es objeto de debate y se ha comentado que, lejos de ser testigo de una cruel explotación, puede indicar una situación en la cual la mano de obra es escasa y/o hay poco deseo de elaborar productos para la venta. Los patrones se ven obligados a ofrecer incentivos en la forma de mercancías por anticipado (Bauer 1979). Como mencioné arriba, la mano de obra en el Chocó siempre se ha visto como un problema: “escasez de brazos”. El mero hecho de anticipar plata o mercancías no es necesariamente una extorsión en sí. Tal carácter lo adquiere cuando los intermediarios ejercen un monopolio sobre la oferta de artículos que desea o necesita la población local. Es precisamente este cuasimonopolio manejado básicamente por antioqueños y otros inmigrantes no negros lo que caracteriza al Chocó. El monopolio no es completo, pues inmigran siempre más antioqueños que compiten con ellos y existen intermediarios chocoanos, pero hay un elemento fuerte de control desde afuera.

Este esbozo de la economía regional se ha considerado importante en vista de la frecuente insistencia sobre as­pectos de la historia chocoana, relacionados con las grandes compañías mineras (Melo 1975, Cedetrabajo 1984, Caicedo Licona 1980, Moncada 1979, Escalante 1971). No se trata de desconocer el interés fundamental de este asunto (en el cual algunos antioqueños jugaron un papel cuando junto con otros capitalistas nacionales compraron la Compañía Chocó - Pacífico a la International Mining Corporation en 1974, para luego vendérsela a una cooperativa chocoana al descubrir que no se percibían ganancias), sino de ubicarlo dentro de un esquema más general que abarca tanto la explotación directa como la indirecta. Desde esta perspectiva, el Chocó aparece como una zona periférica que se utiliza para la explotación esporádica de sus recursos naturales. Ambas formas de explotación están manejadas principalmente por personas, empresas y grupos que tienen sus raíces fuera de la región. 

Resulta irónico que, al parecer, sólo se transfiera el poder o el control a los chocoanos cuando ya no vale nada. El poder político que manejan los chocoanos no vale sin el control económico; y el control económico de una empresa como la Chocó - Pacífico no vale nada cuando el oro ya se ha agotado. 

Su vecino poderoso, Antioquia, aparece como personaje principal en la economía chocoana. Es inevitable que, bajo las presiones que existen en el interior de Antioquia, así como en el resto del país, y ante las posibilidades que representa el Chocó en términos económicos, los antioqueños ricos y pobres, capitalistas y campesinos, penetraran al Chocó en búsqueda del progreso, la riqueza o la simple subsistencia. Cada cual en busca de su propio beneficio. El problema de los chocoanos es que la historia los ha preparado mal para una competencia económica con gente del interior. Tienen menos educación, menos experiencia comercial, menos capital, menos acceso al crédito. También, sienten racismo de parte de algunos inmigrantes del interior que consideran al negro como persona inferior e incapaz de progresar. Veamos ahora dos contextos específicos que ilustran la relación Antioquia - Chocó en el proceso del desarrollo económico y social. 

 

El Urabá chocoano 

El Urabá chocoano abarca el territorio de los municipios de Acandí, Unguía y una parte de Riosucio, todos en el margen occidental del Golfo de Urabá; es un caso distinto al resto del Chocó. Sin embargo, conserva a grandes rasgos las estructuras típicas de la relación Antioquia - Chocó (8) . Los factores específicos de esta zona son (i) la presencia de grandes extensiones de tierra apta para el uso agropecuario; y (ii) la influencia histórica de la región de la costa Atlántica. Estos dos hechos significan que no se trata de una zona típicamente chocoana (sobre todo al norte de Riosucio donde la influencia costeña ha sido mayor), sino de un área que se ha ido poblando desde fines del siglo XIX por dos corrientes contemporáneas, costeña y chocoana, y luego, por un flujo migratorio del interior del país, principalmente de Antioquia.

Hasta los años cincuenta, la región alrededor de Unguía se fue poblando de inmigrantes chocoanos y costeños (de la costa Atlántica) que iban desplazando a los indígenas cuna y embera que antes habitaban la zona. La raicilla, la tagua, la madera, el oro y el caucho eran la atracción inicial, junto con las buenas tierras de la parte plana de la cuenca del bajo Atrato. Había un número pequeño de comerciantes antioqueños que compraban productos primarios y éstos se complementaban con uno que otro comerciante chocoano o costeño: en aquella época, los antioqueños no tenían un monopolio sobre el comercio. Se trataba de una economía de extracción de productos forestales manejada por intermediarios de origen étnico variado, al lado de la cual se iba estableciendo una economía de agricultura (básicamente de subsistencia) que producía un excedente de cosechas para el comercio, como en el caso del cacao. 

A fines de los años cincuenta, la colonización aumentó, alimentada por la creciente presión de la expansión de los latifundios costeños y, más que todo, por la apertura de la carretera Medellín - Turbo y la bonanza bananera en el lado oriental del golfo de Urabá (Parsons 1967). Antioqueños y otra gente del interior empezaban a asentarse en mayor cantidad en la zona como comerciantes y, también, como agricultores pequeños y como finqueros capitalistas. El proceso de aprobación de la tierra se intensificó y se fue incrementando una creciente polarización en la tenencia de la tierra. 

En 1982-1983, cuando se realizó el trabajo de campo sobre el cual se basa esta parte del ensayo, la situación era, a grandes rasgos, la siguiente: económicamente, los antioqueños dominaban la región. Entre ellos había comerciantes pequeños, medianos y grandes así como finqueros con predios de 20 hectáreas y otros, con predios de mas de 1.000 hectareas. En conjunto, eran dueños de la gran mayoría del comercio y del 75% de las 14.159 cabezas de ganado de la zona alrededor de Unguía. En el grupo antioqueño, había individuos pobres, pero como grupo, dominaban la riqueza de la región. Los costeños eran principalmente agricultores y, también, constituían el grueso de la mano de obra agropecuaria de la región en forma de administradores, contratistas y jornaleros; los ganaderos costeños poseían casi el 20% del ganado de la zona, teniendo aproximadamente igual poder económico que los pequeños ganaderos antioqueños (o sea, los que tenían menos de 200 animales), pero sin las fincas grandes que tenían los capitalistas antioqueños. Esto era un poco diferente en otros sectores más al norte de Unguía donde había grandes fincas de propiedad de hacendados costeños. El grupo costeño tenía algunos comerciantes, pero eran en promedio menos acomodados que los antioqueños. Los chocoanos (el grupo más pobre) eran mineros, empleados públicos, profesores, enfermeras, obreros dentro del casco urbano (en la construcción, etc.), con un pequeño núcleo de agricultores y ganaderos: éstos tenían sólo el 6% del ganado de la región en sus fincas. Los datos mencionados corresponden a lo que se encuentra en la mayoría, pero, también, hay algunos mineros antioqueños y costeños, así como algunos chocoanos que tienen pequeñas tiendas, kioscos o bailaderos. 

En cierto sentido, la situación de Unguía presenta las características de una estratificación simplemente de clase. Hay una pequeña clase “alta” de grandes hacendados y comerciantes; una clase “media” de hacendados y comerciantes menos acomodados y empleados; y una clase “baja” de campesinos, trabajadores, mineros, etc. En casi todas las clases se encuentran individuos de cada grupo regional, pero esto es una visión parcial e incompleta. La etnicidad crea una serie de divisiones dentro de esta estructura de clase. En primer lugar, está el hecho de la participación relativa de cada grupo étnico en la economía, ya descrita. Hay un par de chocoanos que tienen buenas fincas y hatos ganaderos, pero no se acercan a las alturas de los grandes hacendados antioqueños. El dominio antioqueño del comercio es aún más notorio. En segundo lugar, las relaciones sociales están sesgadas por criterios étnicos. Cada persona tiende a relacionarse y a formar uniones conyugales con gente del mismo origen étnico. Los antioqueños ricos patrocinan a otros antioqueños más pobres antes que a chocoanos o costeños. Los chocoanos trabajan con otros chocoanos más que con antioqueños o costeños. Existen lugares de recreación que atraen clientelas según criterios étnicos: bares de antioqueños, chocoanos y costeños. En todas estas formas, la etnicidad se hace evidente en la vida social de la región. En tercer lugar, existen imágenes y estereotipos étnicos y raciales como aspecto del sistema cognitivo de clasificación que emplea la gente para entender y explicar las acciones y posiciones de los demás. Por ejemplo, los antioqueños alegan que el negro es “perezoso”, no “progresista”, o “irresponsable” para explicar su posición económica. De otro lado, los chocoanos muchas veces acusan a los antioqueños de ser codiciosos inescrupulosos y rapaces cuando hablan de su posición de dominio económico. De esta manera, la etnicidad es un factor importante en la cultura del desarrollo. En suma, no solo hay una creciente estratificación de clase en el Urabá, sino, también, desplazamiento y subordinación de un grupo étnico-racial por otro. Los chocoanos han sido físicamente desplazados de la tierra y del comercio, y económicamente subordinados en el sistema de clase de la región.  

Las causas de esta diferenciación étnica son múltiples y complejas (véase Wade 1984: cap. 5). Aquí quiero destacar las principales que se ajustan a lo descrito en el caso de Quibdó. El dominio de los antioqueños se debe fundamentalmente al mayor acceso al capital y al crédito. Sin embargo, algunos se hicieron ricos después de llegar con pocos recursos, y ahí inciden factores estructurales del proceso de colonización de zonas fronterizas. Estos individuos supieron manejar su posición de intermediarios entre una región desarrollada como es Antioquia y una zona subdesarrollada como es el Urabá chocoano, al controlar los vínculos comerciales que los ligaban, comprando productos primarios y vendiendo artículos manufacturados. También tienen impacto otros factores culturales. Los antioqueños, generalmente, están respaldados por la experiencia y la ambición material que son parte de la tradición comercial antioqueña. También es importante la cooperación comercial entre los antioqueños como aspecto de la solidaridad étnica: confían más en un paisano que en un costeño o un chocoano, y están dispuestos a ayudarse mutuamente. De ahí se desprende la existencia de un cierto grado de racismo hacia el negro que bloquea el acceso de éste a las oportunidades, lo que implica el proceso de desarrollo que manejan los inmigrantes antioqueños. 

El racismo es sólo un aspecto de la posición económica de los chocoanos. De mayor importancia es la historia de su región que les ha brindado muy pocas oportunidades para la acumulación del capital, el acceso al crédito, la experiencia en el comercio, en la agricultura estable o en las empresas agropecuarias. Es preciso anotar, sin embargo, que esta historia no se puede separar del racismo entendido, no simplemente como la discriminación directa y contemporánea de una persona hacia la otra, sino también como la discriminación indirecta y acumulada que empezó con la esclavitud y fue factor fundamental en convertir al Chocó en una región pobre y negra.

 

Migrantes chocoanos a Medellín 

La relación Antioquia - Chocó se revela mejor en la comparación de sus respectivos flujos migratorios. Desde ambos lados sale gente buscando una mejoría en su posición económica. Pero mientras van de Antioquia al Chocó comerciantes, capitalistas y algunos campesinos pobres, que en términos generales, se ubican en los estratos medios y altos de la sociedad chocoana, los migrantes que del Chocó van a Antioquia, en su mayoría, se ubican en los estratos bajos de la sociedad antioqueña (9). Hay excepciones importantes por ambos lados: algunos antioqueños, sobre todo en el Urabá chocoano, quedan como jornaleros y campesinos pobres. Así mismo, hay una minoría importante entre los chocoanos en Medellín que son estudiantes universitarios y profesionales, contadores, médicos y abogados, etc. Pero como tendencia general que se desprende de la relación estructural entre los dos departamentos, los flujos migratorios se diferencian en la forma descrita. En todo caso, la emigración profesional del Chocó hacia Antioquia se encaja perfectamente en la relación de dependencia que existe entre los dos. En términos sencillos, el Chocó no tiene los medios adecuados para educar y emplear a esa cantidad de estudiantes y profesionales que se ven obligados a salir de la región en búsqueda de educación y empleo. 

 

MANUEL MARIA PAZ. VISTA DE UNA CALLE DE NOVITA.
Acuarela de la Comisión Corográfica
Fotografía Oscar Monsalve

 

El Estudio de Población llevado a cabo en 1981 por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) en Medellín, nos puede servir de base para entender la posición de los chocoanos en Medellín (10) . La muestra del censo era del 10% de la población de Medellín y captó 712 personas chocoanas. De éstas, 670 tenían más de doce años y 415 tenían empleo en ese momento (11) . Las mujeres superaban a los hombres en la proporción 65:35, mientras las mujeres eran el 60% de los chocoanos con empleo. De éstas, el 60% eran trabajadoras domésticas en casas privadas. En comparación, sólo el 24% de las antioqueñas inmigrantes a la ciudad eran sirvientas. En los hombres, la actividad más común es la construcción, el 20% de ellos trabaja en esto (vs. el 11% de hombres antioqueños inmigrantes a la ciudad). Siguen en importancia otras ocupaciones, a saber:  

•Para las mujeres: trabajos de servicio en hoteles, restaurantes, etc. 

•Para ambos sexos, dos categorías ocupacionales denominadas “comerciantes propietarios” y “vendedores y empleados de comercio” (el 21% de los hombres y el 9% de las mujeres). Aunque el censo no lo especifica, la observación y las entrevistas llevadas a cabo durante la investigación revelan que estos individuos son en su gran mayoría “vendedores ambulantes”, que venden comida preparada en lugares públicos. Hay cierta variedad en esta actividad, pues algunos individuos tienen operaciones muy pequeñas, la venta de “chuzos” (carne molida pegada en un palito y asada) desde una caja de madera o cartón, mientras que otros tienen puestos más grandes con una variedad de comida y bebida, mesas y sillas que colocan en lugares establecidos (por ejemplo, alrededor del estadio de fútbol). 

•Para ambos sexos, categorías que comprenden profesionales, técnicos, educadores y empleados (el 16% de los hombres y el 10% de las mujeres). Aquí sobresalen abogados, contadores, médicos, así como maestros, enfermeras, secretarias, cajeros, etc. En comparación, en estas categorías, los inmigrantes antioqueños se reparten así: 15% hombres y 25% mujeres. La mayoría citada, atrás, de hombres chocoanos inmigrantes se debe básicamente a su super - representación como maestros (el 5% vs. el 2% para antioqueños). La cifra baja para mujeres chocoanas se desprende de su poca vinculación laboral como maestras y empleadas. Parece que el magisterio es una ocupación, principalmente femenina, para los antioqueños (el 8% de mujeres vs. el 2% de hombres), mientras que emplea proporcionalmente más hombres (el 5%) que mujeres (el 3%) entre los chocoanos. 

•Ocupaciones variadas: mecánicos, trabajadores industriales, celadores, sastres, zapateros, carpienteros, etc. Generalmente, estas ocupaciones diversas emplean más hombres que mujeres.

En lo referente a la vivienda, el 40% de los chocoanos con empleo viven como trabajadores domésticos en casas ajenas. La mayoría, de los demás, vive en condiciones similares a las de los inmigrantes antioqueños. Sin embargo, los datos revelan un perfil para los chocoanos. Aunque casi la mitad (el 46%) de ambas categorías étnicas viven en lo que el DANE clasifica como vivienda de “estrato tres” (en una escala que va de uno a seis), es decir “medio-bajo”, una mayor proporción de chocoanos viven en vivienda de estrato dos, “bajo”, y estrato uno, “bajo-bajo”. El 5% de los chocoanos habita en los inquilinatos del centro (vs. el 0.5% de los inmigrantes antioqueños) y el 4% en “ranchos”, y “vivienda de desecho” (vs. el 2% de los antioqueños). 

 

Lo que sobresale de estas cifras es la importancia del servicio doméstico como fuente de empleo para las chocoanas: ellas constituyen el 6% de todas las sirvientas y el 40% de todos los chocoanos con empleo. Aun, tomando debidamente en cuenta la variedad de empleo de los demás así como el papel importante de los profesionales y empleados, se destaca la relación patrón-sirvienta como una de las más frecuentes en la relación Antioquia-Chocó desde el punto de vista urbano. Si se agregan todos los chocoanos empleados en la venta callejera de comida y en trabajos manuales de construcción, se llega aproximadamente a los dos tercios de los chocoanos económicamente activos y se refuerza la imagen de mano de obra poco calificada sirviendo a la ciudad. 

El caso del servicio doméstico nos da luces sobre este aspecto de la relación Antioquia-Chocó (véase Wade 1989b). Datos de una muestra de trabajadoras domésticas remuneradas (12) revelan que las chocoanas tienden a ser madres solteras y a tener relaciones de unión libre con más frecuencia que las mujeres antioqueñas. Una proporción relativamente menor de las chocoanas eran solteras y sin hijos (el 33% vs. el 55%). Esto significa que el hecho de tener hijos no retira a la mujer chocoana del mercado laboral, como sí lo hace en la mujer antioqueña (véase también Bohman 1984) (13) . Lo interesante aquí es que una mayor proporción de las chocoanas viven como “internas” en la casa de la patrona (el 80% vs. el 54%). Esto implica que el cuidado de los hijos está a cargo de otras personas. En efecto, muchas mujeres mantienen a sus hijos con sus familiares en el Chocó, mientras trabajan en Medellín y envían dinero para ayudar con la manutención. En otras palabras, la existencia de redes de parentesco y una economía de subsistencia en el Chocó permiten a estas mujeres ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado laboral de Medellín. El Chocó provee mano de obra barata a la ciudad. Wolpe (1972) ha demostrado la existencia de una estructura similar en el Africa del Sur donde la mano de obra negra se reproduce en los “Bantustans” a poco costo para el Estado y luego, presta su fuerza de trabajo al capitalismo industrial: existe una articulación entre el capitalismo y una economía de reproducción simple en los “Bantustans”. Este caso, por supuesto, es distinto al de Colombia por el papel activo del Estado Surafricano al crear los “Bantustans” e imponer un sistema jurídico de apartheid. El Chocó actúa como reserva de fuerza de trabajo barata por razones históricas que han creado una región pobre y negra, y también por la simple negligencia del Estado (14) .

La relación Antioquia-Chocó que se revela en Medellín es también una relación étnica y cultural, como en el caso del Urabá chocoano. Lo chocoanos no entran a la sociedad urbana simplemente como mano de obra (o como estudiantes o profesionales), sino también como negros en una ciudad no negra, centro simbólico de una región cultural que, con el mito de la raza antioqueña, reclama una supuesta pureza y superioridad racial y étnica (Twinam 1980). Basta con señalar lo siguiente (15) :  

Primero, el racismo es una experiencia inevitable para muchos chocoanos en Medellín. Tomemos el ejemplo de la vivienda: los chocoanos cuentan haber sido rechazados al tratar de alquilar una pieza o una casa únicamente por ser negros. Con base en estas experiencias individuales, hice un experimento más controlado en el cual dos grupos, iguales en términos socio-económicos y educacionales, uno de negros y otro de blancos/mestizos, visitaban casas donde se alquilaban piezas. Mediante un procedimiento cuidadosamente diseñado se pudo medir estadísticamente si los negros experimentaban un mayor grado de rechazo o no. Se encontró que en la gran mayoría de los casos, la persona, blanca o negra, fue aceptada; sin embargo, el 20% de los negros sufrieron rechazo (8 casos), comparado con sólo el 3% de los blancos/mestizos (1 caso). Otro caso importante es el del barrio Antioquia, que en los años sesenta era un barrio donde se concentraban muchos chocoanos en piezas arrendadas. Alrededor de 1967, los dirigentes cívicos del barrio emprendieron una campaña encubierta para convencer a los dueños de los pasajes e inquilinatos que no arrendaran a los chocoanos, o más precisamente, a las mujeres chocoanas que en ese entonces eran numerosas. Se consideraba que las negras eran bulliciosas, groseras y “boquisucias”. Otros barrios que por razones históricas tienen concentraciones de chocoanos, también, han sufrido conflictos raciales. La Iguaná (barrio de invasión de los años cuarenta) es el barrio de mayor concentración de chocoanos en la ciudad y durante una época se veían peleas y conflictos entre chocoanos y antioqueños, alrededor de los bailaderos que montaron algunos chocoanos y que atraían chocoanos de otras partes de la ciudad. Igual historia vivió Zafra (lotificación semilegal en la periferia de la ciudad) en una época anterior. En suma, la discriminación racial existe en el campo de la vivienda pero no es constante, ni sistemática, ni generalizada.  

Segundo, lo anterior da lugar a dos clases de reacción: Por un lado, los chocoanos cambian su modo de ser adaptándose a la cultura antioqueña para poder evitar el racismo que los afecta tanto por su supuesta cultura como por ser negros. También como participantes en los procesos urbanísticos de la ciudad, los chocoanos se van dispersando hacia diferentes barrios del área metropolitana. Por el otro lado, los chocoanos se aglutinan en ciertos barrios o lugares de recreación del centro, donde reestablecen una forma nueva de la cultura negra, muchas veces con la música y el baile como focos centrales.  

Tercero, aunque es importante el proceso de reagrupación (cf. Friedemann y Arocha 1986), parece que el proceso de mayor peso es el de la dispersión y adaptación, sobre todo entre los hijos de los inmigrantes. Esto refleja un elemento básico en la relación Antioquia-Chocó que es la jerarquía racial en la cual esta relación se encaja. La cultura negra tiene un estatus bajo en la jerarquía nacional de cultura y color. Por lo tanto, los chocoanos que van a Medellín se enfrentan con un medio en el cual el racismo se expresa, también, en el desprecio general hacia la cultura negra, vista como “primitivista”, “rural”, “sub-desarrollada”, etc. Para evitar el racismo y para alejarse de una cultura clasificada de este modo por la ideología dominante, los chocoanos tienden a cambiar su modo de ser por un modelo aceptable en el mundo antioqueño. Es así como en el movimiento desde el Chocó hacia Antioquia se puede percibir la incidencia de la poderosa ideología del blanqueamiento que premia lo “blanco” y desprecia lo “negro” y lo “indio”. Esto le da a la gente negra un fuerte estímulo para tratar de escapar a la categoría “negro”, definida física y culturalmente. La relación Antioquia-Chocó no es simplemente una relación entre región fuerte y región pobre, sino también entre “blanco” y “negro”.  

 

Conclusión: ¿colonia interna? 

La situación del Chocó tiene fuertes similitudes con las definiciones de “colonialismo interno” hechas por varios autores (e.g. González Casanova 1971, Blauner 1972, Hechter 1975). Como Hechter (1975: 33) observa, no existe un acuerdo académico sobre lo que constituye el colonialismo interno o si se trata de una relación de desigualdad regional que tiene alguna especificidad. En el discurso radical de la población negra norteamericana, el término ha tomado matices netamente retóricos (Blauner 1972: 82), mientras que Stone escribe que algunos lo ven simplemente como una analogía inapropiada. Stone termina diciendo que no hay conclusiones definitivas sobre los méritos generales de la idea (1979:253, 258). Como observa Roberts (1978: 82), el modelo de la colonia interna, al enfocar el aislamiento regional y el control monopólico, puede disfrazar las formas reales de integración que vinculan una zona periférica con áreas centrales, mientras Vinger (1986:34), también, señala la tendencia a mirar la colonia y los colonizadores como dos grupos homogéneos, un concepto que disfrazaría la heterogeneidad tanto de los negros como de los no negros en el Choco. 

Sin embargo, las características definidas por Hechter y otros tienen mucho que ver con la situación del Chocó. En términos generales, el colonialismo interno se refiere a una situación en la cual un grupo étnico, muchas veces segregado en el sentido espacial, se encuentra en una relación estructural de subordinación con otro grupo identificado étnicamente, el cual fomenta sus propios intereses en la región. El comercio tiende a ser monopolizado por miembros del grupo inmigrante; el desarrollo de la economía de la región periférica sigue una pauta dictada por la economía de las regiones centrales; la economía de la región depende de uno o dos productos primarios de exportación; existe una división del trabajo cultural en la cual la gente de la región subordinada desempeña las ocupaciones más bajas; hay falta de servicios públicos y un nivel de vida bajo; y existe la discriminación (Hechter 1975:33; véanse también Blauner 1972: 83-89, González Casanova 1971:221-251). Aunque no lo mencionan estos autores, se puede destacar el rol de la colonia interna en proveer mano de obra barata a otras regiones más desarrolladas, así como la necesidad que tiene la gente educada de la región de salir de ella para poder desempeñarse adecuadamente. Blauner agrega la dimensión cultural, en la cual la gente de la región subordinada puede rechazar su propia cultura e identidad étnica. En el caso del Chocó, es menos obvia la presencia de la serie de relaciones especiales en el campo político y legal que identifican Blauner y Hechter y que existen para imponer la dependencia económica. Desde la salida de la vieja élite blanca, el Chocó ha sido una entidad administrativa normal dentro de las estructuras políticas de la nación, y los chocoanos manejan su propia administración. Sin embargo, como hemos visto, el poder que tienen los chocoanos es muy limitado, sobre todo cuando se trata de apoderarse del control económico. 

El concepto de colonialismo interno es un poco incoherente, y por tanto, no quisiera utilizarlo como teoría general para entender la situación del Chocó. No obstante, ese concepto dirige nuestra atención hacia los factores históricos y estructurales que inciden en el análisis. Enfoca al Chocó como (i) una región distinta con respecto a su identidad racial, creada en la sociedad colonial, según los propósitos específicos de una élite colonial; (ii) una región cuya situación actual se parece mucho al régimen antiguo, en términos de su posición periférica y su articulación con la economía nacional principalmente, a través de una minoría inmigrante y étnicamente distinta; y (iii) una región cuya cultura particular sufre el desprecio de la ideología dominante, un desprecio que se convierte en un factor más que reproduce su posición de dependencia.

 

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1. Confrontar con Sharp 1976, West 1952, 1957, Colmenares 1979, Velásquez 1983 y Córdoba 1983 para estudios sobre el Chocó. Véase también Whitten y Friedemann (1974). (Regresar a 1)

2 Confrontar con Caicedo 1977, Varela 1983, Cuesta 1986 y Córdoba 1983. (Regresar a 2)

3 Córdoba (1983:53), nota en la que ya a principios del siglo XIX “algunos negros se habían convertido en ricos mineros”. (Regresar a 3)

4 Aquí no se trata de la posición de los negros indígenas. Véase Córdoba 1983, Friedemann 1977. (Regresar a 4)

5 En los años 1820, el viajero francés, Gaspar Mollien, observó que “los mulatos son la clase patricia” (1824:307) (Regresar a 5)

6 Vale la pena anotar que todos los territorios del margen oriental del bajo Atrato, así como los del lado oriental del Golfo de Urabá, pertenecían al Chocó, como parte del Cauca, hasta 1905 cuando fueron asignados a Antioquia (Parsons 1967). (Regresar a 6)

7 El número de antioqueños en el Chocó creció de 5.924 (3.3%) en 1951 hasta 9.218 (4.5%) en 1973. (Regresar a 7)

8. Para mayor detalle sobre este caso, confrontar con Wade (1983, 1984, 1986), que resume los resultados de una investigación antropológica llevada a cabo entre 1983 y 1984 en el pueblo de Unguía. El estudio fue financiado por el Economic and Social Research Council de Gran Bretaña. (Regresar a 8)

9. En este ensayo, se enfoca el tema de los migrantes chocoanos a Medellín, pero cabe anotar que la migración chocoana hacia la zona bananera del Urabá antioqueño también es importante. Según los Estudios de Población del DANE de 1981 (los cuales no incluyeron a Cali, gran foco de la migración chocoana), sólo Medellín tenía más migrantes chocoanos que Turbo y Apartadó. Los chocoanos en esta área usualmente trabajan como mano de obra manual en las fincas bananeras, hecho que sustenta el análisis que se presenta en esta sección.  (Regresar a 9)

10. La investigación sobre los chocoanos en Medellín fue llevada a cabo entre 1986 y 1987 y fue financiada por el Social Science Research Council de los EEUU, por la British Academy y por un Research Fellowship de Queens College, Cambridge. El DANE me proporcionó una cinta magnética de los datos del Estudio que pude reanalizar según mis propósitos específicos. (Regresar a 10)

11. Según estas cifras, los chocoanos eran el 0.58% de la población total de la ciudad. (Regresar a 11)

12 La Asociación Colombiana para Estudios de la Población (ACEP) tenía en Medellín un programa de ayuda jurídica y capacitación para trabajadoras domésticas remuneradas. La directora de la oficina, Joel Arango, me dio acceso a sus archivos, de donde pude sacar una muestra de 330 hojas de vida de mujeres que trabajaban en el servicio doméstico. (Regresar a 12)

13 Esto se debe a varios factores. Aspectos de la estructura familiar chocoana tienden a imponer a la madre la responsabilidad por la manutención de los hijos en mayor grado que en el caso antioqueño. Es así que la proporción de madres solteras es mayor entre las chocoanas de esta muestra. Sin embargo, no toda la diferencia en la frecuencia de la maternidad se explica por las madres solteras, lo que implica que las chocoanas que tienen relaciones conyugales, también, trabajan como sirvientas con mayor frecuencia que las antioqueñas. Esto sería una respuesta a la necesidad económica. (Regresar a 13)

14. Caicedo Licona (1980) toma una posición más radical, argumentando que el gobierno colombiano, junto con los EEUU, trata activamente de mantener el Chocó en un estado de subdesarrollo, para explotar mejor sus recursos naturales. (Regresar a 14)

15. Véase Wade 1986, 1987, 1988 para una mayor discusión.   (Regresar a 15)

 

 

 


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Título: 35. LA RELACION CHOCO-ANTIOQUIA, Por: Peter Wade 
Colección: Afrocolombianidad


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