COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

39. LA VIVIENDA RURAL EN EL CHOCO 

GILMA MOSQUERA
Arquitecta
Profesora Titular
Universidad del Valle

 

   

Por medio de un conjunto de observaciones sistemáticas y de investigaciones realizadas, en numerosos poblados del Chocó y del extenso municipio de Buenaventura, se pudo constatar la amplia difusión territorial de varios fenómenos muy particulares que atañen al poblamiento y a las características del sistema urbano-residencial en la región del Pacífico, las cuales se manifiestan con gran fuerza en los asentamientos campesinos que se esparcen en los ríos y playas del litoral. Unos de esos fenómenos habían sido señalados por el geógrafo Ernesto Guhl (1949 - 1967), los antropólogos Roberto Pineda, Virginia Gutiérrez (1950 - 1968 - 1976) y Nina de Friedemann (1974), los registramos entre la bahía Cupica y el cabo Corrientes, en la parte baja y media del San Juan y en el área de influencia de Buenaventura; y los estudiamos detalladamente en la Bahía Solano y en la comarca central del río Atrato.  

Este texto presenta los resultados más relevantes de las investigaciones sobre los caseríos y la vivienda e integra un conjunto de diagnóstico y evaluaciones, que fueron hechas por los moradores de unas aldeas típicas en el transcurso de varias experiencias colectivas de planeamiento y diseño urbanístico y arquitectónico. Igualmente, se refiere a unas posibilidades de mejoramiento de la calidad de vida que considera tanto las particularidades del medio social y natural de la región, como las perspectivas que proporcionan las leyes relativas a la descentralización, la autonomía de los municipios y las funciones transferidas a los gobiernos locales, en 1986, y la participación de las comunidades en los procesos de planificación y ejecución de obras.

El sistema aldeano  

Antecedentes 

Tanto las numerosas fuentes documentales consultadas, como nuestros propios estudios en la región, permiten identificar dos ciclos históricos en el proceso de poblamiento de la vertiente del Pacífico colombiano. No se sabe cuándo se inició el primero, que en términos de cultura se puede llamar indoamericano, o amerindio si se prefiere; sobre su desenlace, puede asegurarse que la intrusión militar española de fines del siglo XVI precipitó su declinación. El segundo, que calificamos como afroamericano, se articula con la penetración hispánica, toma impulso en el siglo XVII y se fortalece en el XVIII, pero adquiere su máxima expresión demográfica y territorial desde fines del XIX. 

En el último ciclo, considerando tanto la magnitud, extensión, volúmenes y ritmos del poblamiento, como la configuración de los asentamientos humanos y sus nexos con los ciclos económicos, es imprescindible distinguir dos etapas en la trayectoria histórica de la provincia del Chocó, una vinculada a la minería y otra articulada a la colonización agraria. 

• Una fase inicial de economía extractiva de aluviones auríferos, mediante el primitivo mazamorreo con bateas en los ríos o las rudimentarias minas de canalones en los sedimentos ribereños. Esta etapa, enmarcada por el régimen colonial español y sus consecuencias, perdura durante más de dos siglos; se inicia a fines del siglo XVI, culmina hacia fines del XVIII y entra en crisis a mediados del XIX con la abolición de la esclavitud. 

Al principio fue una empresa militar, la llamada “Conquista del Chocó”, que en definitiva no lograron en 1540 las expediciones de conquistadores españoles, ni tampoco en el transcurso del siglo XVI; sino que la alcanzaron -parcialmente- hacia 1650-1680, unas abigarradas tropas de milicias civiles que incluían criollos, montañeses, mestizos y mulatos, procedentes de las cordilleras, Cauca, Pasto, Popayán, Cali, Buga o Cartago. Esta conquista tardía se inscribe en la búsqueda de unas bases de economía extractiva de saqueo y en un período caracterizado por una escasa demografía, factores que explican varias peculiaridades del poblamiento. 

Es así como la contada población (más bien, mano de obra) se concentra en los lugares de explotación de los recursos y se conforman unos asentamientos insulares rodeados por inmensos territorios; unos despoblados, otros de muy baja densidad humana; todos permanecen sin dominar ni administrar, unos se quedan sin explorar. La ex­tensión de las zonas ocupadas se limitaba a los distritos mineros más accesibles o, potencialmente, más promisorios y rentables. 

En estos lugares el poblamiento es territorialmente reducido e intensivo. Los núcleos bajo administración colonial nunca alcanzan, en la jerarquía establecida por la Corona, las categorías máximas de ciudad o de villa. Son “Reales” o “Pueblos de indios” y los principales asentamientos se califican como pueblos: pueblo de Nóvita, pueblo de Quibdó, puerto de La Buena Ventura. Al terminarse la ocupación española, desde El Raposo hasta el Atrato Bajo, no se había conformado más de una docena de caseríos, algunos de ellos tan endebles e inútiles, que desaparecieron en la etapa siguiente. 

• La fase de colonización popular agraria y de minería independiente, extensiva y pacífica, fue impulsada primero por cimarrones y luego por libertos y manumisos. Se asoma en el último periodo colonial, progresa en el siglo XIX, prospera después de la manumisión; alcanza su pleno desarrollo territorial a principios del siglo XX; y sigue conservando actualmente su dinámica y su vigencia, aunque está interferida y mermada parcialmente por los efectos de la tendencia nacional generalizada a la urbanización. 

Con la manumisión, la recuperación demográfica y un marcado crecimiento de las fuerzas productivas que auspician la necesidad de tierras nuevas, esta segunda etapa concluye con el surgimiento de numerosas colonias agrícolas espontáneas que se riegan en toda la región; siguiendo las huellas y el ejemplo precedente de los cimarrones. Libertos y manumisos se lanzan en múltiples exploraciones y, por medio de la pacífica conquista de las selvas, fundan miles de pequeñas estancias ribereñas de cultivo de maíz, caña, coco, arroz, yuca o plátano. Sintetizando, donde fracasó la empresa militar del soldado español en busca de oro, tres siglos más tarde, fu exitosa la labor del colono negro.  

Por su misma dinámica interna este proceso culmina con la superación de la mera producción para autoabastecimiento y la obtención de excedentes comerciables; a su vez, la búsqueda de comercialización del plusproducto lleva a la fundación de pequeños centros de acopio. Así nacen, en menos de un siglo (más o menos entre 1870 y 1940), centenas de localidades nuevas a lo largo del litoral, alrededor de Buenaventura, en las riberas del Baudó, en todo el curso del San Juan y del Atrato, igual que en toda la franja caucana o nariñense del litoral Pacífico, generalizándose un tipo genuino de asentamiento residencial colectivo: el asentamiento aldeano. 

De tal modo que con este fenómeno la región presenta una peculiaridad notable en el panorama nacional de la colonización de baldíos del periodo 1850-1940: la verdadera conquista territorial de la provincia del Chocó y su colonización son de carácter endógeno y no exógeno. Obra genuina de los grupos humanos arraigados en la re­gión con anterioridad, actúa por expansión progresiva de sus dos principales segmentos étnicos, los aborígenes -cunas en el Darién, emberas y noanamas, en el centro y sur, chamis en el occidente- y más que todo los vástagos de los esclavos africanos. Desde luego, la especificidad del poblamiento se expresa en forma proporcional a la fuerza demográfica de cada grupo étnico; en no pocos casos, el proceso conduce a la convivencia de colonias biétnicas y a una formación cultural sincrética nueva, que incorporan y solidarizan los aportes de ambas vertientes.   

Las aldeas  

 

Como se vio, la primera etapa de ocupación de la vertiente del Pacífico se caracteriza por la escasez del poblamiento territorial y la obligada concentración demográfica de la masa laboral en unos pocos Reales de Minas, privilegiados tanto por su accesibilidad como por su óptima producción aurífera. Por el contrario, con un movimiento demográfico invertido, la etapa siguiente produjo una prodigiosa expansión del poblamiento territorial, mediante la máxima dispersión de la población y el surgimiento de numerosos asentamientos agrarios. Hoy en día, este último modelo persiste y sigue dando vida a un sistema de pequeños centros rurales de tipo aldeano, articulado al dinámico proceso de colonización agraria que continúa involucrando a la producción de subsistencia a estrechas fajas a lo largo de los ríos y las costas. 

Actualmente, en medio de la selva y azotados por las persistentes e intensas lluvias propias del clima tropical superhúmedo, se desarrollan un sinnúmero de aldeas fluviales y marítimas. Abundan en los municipios costeros del Chocó y en las cuencas de los ríos Atrato, San Juan y Baudó; empleando mapas, fotografías aéreas del IGAC y observaciones directas identificamos más de 150 núcleos. Varios caseríos de los municipios antioqueños de Murindó y Vigía del Fuerte se ubican a orillas del río Atrato y de su afluente el Murrí. En el Valle del Cauca, cerca de 90 asentamientos se concentran en el inmenso municipio de Buenaventura, principalmente a orillas de los ríos Raposo, Cajambre, Yurumanguí, Anchicayá, Dagua y Naya. En el departamento del Cauca los pequeños centros rurales se encuentran en los ríos Micay, Timbiquí y Guapí; un sencillo chequeo cartográfico indica unos 70 núcleos ubicados en los municipios de López, Timbiquí y Guapi. En Nariño se esparcen en los municipios de Iscuandé, el Charco, Mosquera, San José, Barbacoas, Tumaco y Payán; por lo menos 100 caseríos se localizan en las riberas de los ríos Patía, Telembí, Iscuandé, Mira y Mataje. 

De modo que este fenómeno de poblamiento nucleado en aldeas integra a treinta municipios que reúnen más de 400 asentamientos, con una población total que sobrepasa los 300.000 habitantes. Esta población, censada como rural, llega a ser con frecuencia el 90% de la población total del municipio. 

El desmonte de baldíos genera un asentamiento disperso en los cultivos y un conjunto de caseríos lineales, que resultan de la transformación progresiva de la parcela productiva inicial, aislada en el monte. La evolución de la producción agrícola y el incremento geográfico promueven el asentamiento asociado o nucleado, que pronto se transforma en vecindario y más tarde se convierte en centro veredal o comarcal con una cierta complejidad económica y social. El ascenso del poblado puede culminar con su constitución en cabecera de una nueva jurisdicción municipal; sin embargo, por diversos motivos, muchos núcleos incipientes desaparecen o se estancan, mientras otros van surgiendo, fenómeno que permite afirmar la vigencia de estos patrones. De esta manera se ha conformado un sistema urbano-residencial anfibio, constituido esencialmente por pequeños centros rurales, que raramente aglutinan más de 2.000 personas, y por caseríos que albergan de 10 a 100 familias. Los de mayor tamaño físico y demográfico actúan como cabeceras municipales aunque casi nunca alcanzan 5.000 habitantes. En el contexto de la región se destacan las ciudades de Tumaco, Quibdó y Buenaventura, polos de atracción intrarregional, que alcanzaron un máximo desarrollo urbano y cuya población oscila entre 50.000 y 200.000 personas. 

Algunas particularidades socio-económicas 

 

Las comunidades negras que habitan en las aldeas se encuentran en una fase de transición entre la economía de tipo doméstico y la economía mercantil simple. Analizándolas se reconocen, sin mayor esfuerzo, rasgos de las comunidades domésticas agrícolas y de las comunidades rurales o de vecinos. 

• Perduran tanto el uso colectivo o rotatorio de las tierras de labranza, los bosques y las aguas, como el acceso a ellos por medio de la herencia a través de un ancestro focal, la donación o el usufructo. El colono accede al solar residencial del poblado de manera similar y construye su casa sin preocuparse por la titulación del predio. En la mayoría de los casos el fundador, sus descendientes o el inspector de policía, ceden gratuitamente los solares, excepcionalmente los venden por sumas muy moderadas - se paga el derecho y no la propiedad -, y es rarísima la especulación con las tierras. Igualmente, la vivienda tiene un valor de uso, se presta fácilmente a un familiar conocido, y en muy pocas ocasiones las familias alquilan casas o cuartos a funcionarios o comerciantes que se radican transitoriamente en un poblado y no están interesados en construir una vivienda. 

• La familia produce casi exclusivamente para su mantenimiento y reproducción; sin embargo, por medio de la venta de excedentes agrícolas y de productos provenientes de la recolección (caza, pesca, frutas silvestres), ha establecido con la economía monetaria nexos que obedecen ante todo a la necesidad de adquirir elementos procesados, herramientas, telas y vestidos. Esos vínculos con la sociedad dominante y el modo de producción capitalista, cada vez más estrechos, transforman paulatinamente las relaciones de propiedad y de trabajo de tipo doméstico. 

• Con mucha frecuencia existen múltiples relaciones de parentesco entre las diversas familias que explotan un frente común de colonización de extensión reducida; en las aldeas, la comunidad se estructura y organiza alrededor de lazos de parentesco, compadrazgo y amistad.

Muy a menudo en las etapas iniciales de su conformación, predomina el apellido de los fundadores y sólo en una fase posterior surgen nuevos apellidos por medio de la exogamia. 

• Lo anterior incide en las relaciones laborales basadas en la solidaridad y el trabajo en común para los desmontes, rozas y siembras, las cosechas, la deforestación o la pesca colectiva con atarrayas. Usualmente el producto de las labores colectivas se reparte entre “la familia extensa”, muchas veces el pago de jornales, por concepto de trabajo en las parcelas, se hace con parte de la cosecha o se retribuye con trabajo. Así se mantienen costumbres, como la “cesión-cambio”, la retribución de favores y el intercambio de productos (Yuri Semionov, 1978). 

Por otra parte, el predominio de esta clase de relaciones sociales y de producción, consolida la unidad cultural de la región la cual se manifiesta en una gran homogeneidad social de las colectividades locales. En las aldeas más pequeñas la diferenciación social es imperceptible o nula, la mayoría de los habitantes son colonos que dependen económicamente de unos ingresos cíclicos bastante inestables y variables según la abundancia o escasez de las cosechas y la oscilación de la demanda de productos agrícolas y maderas en los centros urbanos consumidores. Una baja proporción de maestros de primaria y secundaria, de funcionarios estatales de menor categoría y de comerciantes e intermediarios de la producción agrícola y maderera, muchas veces provenientes de otras regiones del país, aportan el elemento principal de diferenciación socio-laboral y económica. Algunos nativos poseen unas misérrimas tiendas o graneros pero son, ante todo, cultivadores que tratan de mejorar sus contados recursos monetarios y que fracasan, con frecuencia, en este propósito; otros se dedican a la extracción de maderas o se vinculan momentáneamente a cargos oficiales muy subalternos (inspector de policía, promotora de salud, maestra...) pero con ingresos fijos que mejoran temporalmente su situación económica.

La situación actual 

 

El régimen de posesión de tierras sin legalización de títulos limita en extremo el pago de los impuestos prediales a los municipios; además, el impuesto de industria y comercio depende en la mayoría de los casos de las tiendas familiares. De modo que la pobreza de los fiscos es general y los presupuestos anuales a duras penas permiten el funcionamiento precario de los principales servicios administrativos de la cabecera. En esta se concentran las pocas inversiones del gobierno central y departamental, mientras que los pequeños asentamientos permanecen abandonados en espera de las inversiones del gobierno central o departamental, de la buena voluntad de un congresista o de los fondos provenientes de la solidaridad nacional e internacional que suscitan los incendios, terremotos, inundaciones o maremotos excepcionales.  

Eventualmente unas entidades de carácter nacional, en asocio con organismos internacionales de asistencia técnica o de beneficencia, desarrollan programas orientados a mejorar los recursos familiares y la calidad de vida de las comunidades rurales. Sin embargo, tales intervenciones poco significan con relación a la magnitud de los problemas que afectan la calidad del asentamiento. Tampoco las entidades estatales que se encargan de atender la vivienda popular se han ocupado del problema de la vivienda campesina, ni siquiera en los municipios que polarizan sus acciones, como Buenaventura y Tumaco. 

Estas condiciones han impedido dotar las aldeas con una infraestructura mínima de servicios básicos, sociales y comunales. Con frecuencia, los contados proyectos que se realizan resultan demasiado costosos e ineficientes; son inadecuados al medio natural, social, económico y cultural; y enfocan puntualmente las necesidades de la población, pues se limitan a construir algunas escuelas rudimentarias, puestos de salud y guarderías, elementales o muy precarias, o a proporcionar a los agricultores unas cuantas láminas metálicas o de asbesto-cemento para cambiar el techo vegetal de las casas. 

De manera que, todas las aldeas de veredas y corregimientos y muchas cabeceras municipales se distinguen por los bajísimos niveles de habitabilidad resultantes de la pobreza generalizada de los moradores, de la precariedad y baja calidad de la vivienda, de la ausencia de sistemas sanitarios y energéticos adecuados y de la escasez o carencia absoluta de agua potable, en una región donde el agua es superabundante. Los moradores no saben qué hacer con los desperdicios domésticos y sólo algunos poblados disponen de unas horas de luz eléctrica, por medio de una planta que a menudo no funciona por falta e combustible o de un repuesto. Lógicamente, una situación residencial tan pésima contribuye a elevar los índices de morbilidad general y de mortalidad infantil, a mantener las altas tasas de enfermedades gastrointestinales y, últimamente, incide en la difusión progresiva pero rápida del cólera.

No es extraño entonces que, como lo indica el cuadro No. 1, las áreas rurales de la región presenten una dinámica demográfica regresiva o muy lenta y que las familias campesinas migren hacia los centros de la región más importantes y menos abandonados de la acción estatal o hacia polos externos, como Cartagena, Cali y Medellín. Por ejemplo, en el Chocó, considerando la tasa de natalidad mayor de 30 por mil registrada entre 1973 y 1985 - una de las más altas de Colombia -, el moderado crecimiento demográfico, a escala departamental y municipal, no puede explicarse únicamente por las elevadas tasas de mortalidad infantil; sugiere una emigración considerable hacia otros departamentos, hecho que se puede comprobar observando las densas colonias chocoanas que se forman en Barranquilla, Cartagena, Turbo, Buenaventura, Cali y Medellín. 

Además, el régimen productivo, la vulnerabilidad e inestabilidad de las parcelas o el agotamiento de la tierra, producen una movilidad territorial y residencial constante, local o regional, de una parcela a otra, de un poblado a otro, de un afluente o brazo a otro, trashumancia que afecta a familias completas e individuos solos. Pero cuando la producción agrícola se estabiliza y da al colono una cierta seguridad económica, éste se radica definitivamente en un caserío.   

Cuadro No. 1
EVOLUCION DE LA POBLACION RURAL DEL CHOCO 1938-1985

Año

Población Total

Densidad Hab/km

Población 2 Rural %

1938 

111.000

2.38

90.9

1951

120.000

2.57

85.2

1964

182.000

3.91

76.6

1973 

202.000

4.34

74.3

1985

243.000

5.22

65.0

Fuente: DANE

 

 

Las aldeas del Chocó  

El modelo urbanístico 

Guillermo Wiedemann, ‘Tumaco”. - 1952
Oleo sobre madera. 60 x 80 cms.
Colección privada Galería Iriarte. Fotografía Oscar Monsalve.

 

La gran homogeneidad física, cultural y social de la región se manifiesta en unos prototipos de asentamientos y viviendas que presentan pocas variaciones morfológicas, tecnológicas y estéticas, e igualmente, en una serie de cualidades y carencias que se repiten en la mayoría de los poblados y de las casas. La estructura y el patrón de desarrollo del caserío lineal típico, expresan los nexos simbióticos que se dan entre el río, la selva y las áreas de producción y residencia. Durante el proceso de transformación socio-espacial, que se inicia cuando un grupo de familias dispersas en el río deciden “hacer un pueblo”, se genera una tipología urbanística que opera bajo unos códigos tácitos de uso y manejo del espacio surgidos de las prácticas cotidianas y apoyados en la tradición, en acuerdos mutuos y en el sentido común. 

En los asentamientos de menor tamaño la distribución del suelo entre las distintas actividades aldeanas es muy racional; el control social del espacio se ejerce por medio de pautas de coexistencia basadas en el “respeto del otro”; no se necesitan linderos o cercos para delimitar los lugares de uso privado y posesión familiar. Una de las singularidades de los poblados fluviales del Chocó es la generosa proporción de las zonas de vocación colectiva, en relación con las zonas de estricto dominio privado, pues - incluyendo la calle sobre el río y el talud, las plazas y plazoletas, los senderos, los patios y aislamientos entre las casas - suman fácilmente el 75 por ciento de la superficie ocupada por la aldea; la noción de “espacio compartido” y una máxima socialización del suelo “urbano” priman sobre los intereses individuales. Al respecto recordemos que en una ciudad colombiana, tradicional y de trama reticular, las áreas de carácter público casi nunca sobrepasan el 25 por ciento de la superficie urbana total. 

Con la evolución demográfica y productiva los caseríos alcanzan una complejidad económica y social y unos umbrales físicos, en los que estos sistemas de manejo del espacio colectivo y privado entran en crisis. Por una parte, bajo la demanda continua de solares familiares, se van ocupando progresivamente los espacios libres de uso público y semipúblico que conforman plazoletas y callejones; por otra, los intereses privados de unos cuantos individuos - generalmente foráneos - se oponen a las normas de la comunidad. En consecuencia, las pautas de diseño y estructuración de los caseríos sufren continuas alteraciones y se generan varias patologías que reducen considerablemente la calidad que tenía el asentamiento en las etapas de nuclearización y estabilización residencial de los fundadores. Se hacen intolerables las carencias de servicios públicos y de equipamientos comunales; se manifiestan problemas topográficos y de adecuación y privatización de las áreas libres de carácter colectivo. Se hace necesaria, entonces, la intervención estatal para sustituir la planificación espontánea e individual por unos sistemas más eficientes y acordes con la complejidad física y social adquirida por los poblados.

 

La vivienda 

Según los datos suministrados por el DANE, en 1985 existían en el Chocó 53.900 unidades de vivienda, de las cuales 67.2% estaban localizadas en las áreas rurales. De acuerdo con la clasificación establecida, 98.1% del total se ubicaban en la categoría de “casa o rancho”, 61.3% estaban construidas en madera y las de “guadua o caña” sumaban 10.5%. Los pisos eran de tierra en el 9.3% de los casos y de madera en el 63.4%. Contaban con dos cuartos el 34.2% de las viviendas y con tres el 27.6%.    La tenencia en propiedad cobijaba al 85.2% de las construcciones residenciales, asimismo, se evidenció que del total de viviendas: 

-  33.7% contaban con energía.
-  20.2% disponían de acueducto.
-  51.3% consumían el agua de los ríos y las acequias.
-  23.8% recogían aguas lluvias.
-  10.9% tenían alcantarillado.
-  60.3% no gozaban de ningún servicio.
-  En 72.1% se cocinaba en fogón de leña.
 

Un ejemplo sobre tan precarias condiciones ambientales y sanitarias lo proporcionan las cifras del censo de 1985, sobre la prestación de servicios públicos en las áreas rurales de los tres municipios que integran la cuenca del Medio Atrato (cuadros 2 y 3).

 

Cuadro No. 2
PORCENTAJE DE VIVIENDAS RURALES CON

    Energía  Acueducto Alcantarillado
Bojayá   9.43 17.95 -
Vigía del Fuerte 2.60  -  0.09
Quibdó  4.81 0.78  0.10

               Fuente: DANE

Cuadro No. 3
VIVIENDAS SIN NINGUN SERVICIO EN 1985 

  %
  Bojayá    65.30
Vigía del Fuerte    74.47
Quibdó 30.61

                                 Fuente: DANE  

 

 SISTEMA COMARCAL TIPICO DEL HABITAT FLUVIAL

POBLADO DE LA PLAYA DE MURRI 
Estado en Abril de 1985.

 

CASERIO DE SAN MIGUEL 
Estado en Abril de 1985.

 

La vivienda campesina chocoana evoluciona conjuntamente con la producción agrícola y el crecimiento demográfico de la familia. En el asentamiento disperso, a orillas del mar o de un río, el colono construye inicialmente un precario trabajadero, mero albergue provisional que lo protege de las hostiles condiciones naturales propias de la selva húmeda tropical, durante las labores de siembra y cosecha; aprovecha los materiales que proporciona el desmonte: hojas y esterillas de palmas, horquetas y palos redondos sin transformación alguna. Más tarde, cuando tiene asegurada la producción y vende algunos excedentes, comienza una vivienda de carácter estable, muy modesta pero adaptada a las condiciones del medio natural y a sus recursos económicos; bajo una cubierta en hojas de palma, esta vez procesadas o con algunas láminas de zinc o teja asfáltica, adecua un espacio único en actividades múltiples, lo cierra con paredes en palma abierta y construye un fogón de leña. Anotaba Virginia Gutiérrez de Pineda en los años 60:  

“Un gran cuarto constituye el cuadrilátero de la vivienda, que sirve de almacén, sitio de reunión, comedor, dormitorio y cocina. Carece de instalaciones sanitarias, servicio de agua y defensa contra los insectos, alumbrado eléctrico y el menaje es reducido al mínimo. Esta es la vivienda estable, porque la temporal, construida en las rozas o en los sitios de minería eventual, caza y pesca, es más rudimentaria. Tampoco está técnicamente equipada para defender a su morador de las inclemencias de su hábitat, clima, vegetación, vectores de enfermedades, etc., ni para proporcionar las condiciones mínimas de confort y de estímulos a la vida gregaria”.  

 

PUERTO MERIZALDE.  
Fotografía Alberto Sierra.


A medida que la familia o las cosechas exigen nuevos espacios de vida y producción, la casa crece con agregados posteriores, laterales o frontales y con cobertizos separados. Se avanza el alero para tener un área cubierta para guardar el maíz, el plátano o el arroz; se cierra la cocina o se construye una nueva para destinar a otro uso el sitio que ocupaba; se extiende la cubierta lateralmente para disponer de depósitos o más cuartos; el interior se prolonga en el entorno inmediato con la marranera y el gallinero, el trapiche, el secadero de arroz, cacao o pescado, el embarcadero-lavadero y los cobertizos para los productos agrícolas. Así, la vivienda toma otra forma y otro volumen y se van diferenciando espacialmente las actividades y funciones residenciales y productivas. 

Pero el desarrollo de la vivienda está sujeto a la fragilidad e inestabilidad de los recursos monetarios con que cuenta el habitante de la región. Estos son muy reducidos, cíclicos o esporádicos y dependen de los tiempos de cosecha, pesca y minería; fuera de ello, los cambios climáticos imprevistos, las crecientes de los ríos y los ataques de plagas y animales selváticos en muchas ocasiones arrasan los cultivos que proporcionan la base menos incierta de la economía campesina. Con el producto de una cosecha de arroz o plátano o con el de una pesca extraordinaria, el colono amplía la casa, cambia el autóctono techo de palma por láminas de zinc o asbesto-cemento, cierra la sala o la cocina con tablas aserradas y arregla el piso. 

 

EVOLUCIÓN DEL MODELO DE VIVIENDA ALDEANO - UN PROCESO TIPÍCO

 

El modelo tecnológico y formal, que siguen las viviendas nucleadas en aldeas, es muy parecido al de la casa de la parcela, pero en este caso el proceso de transformación se articula a la manera como evoluciona el caserío. En núcleos incipientes reproduce las condiciones habitacionales del hábitat disperso, pero esta vez compartidas con otras familias, de modo que el ribereño busca soluciones colectivas a los problemas que antes resolvía individualmente. La consolidación del poblado implica un mayor cuidado en la construcción de las viviendas y la diversificación de materiales de cubierta y cerramientos; es una etapa intermedia entre lo más rudimentario y lo más “sofisticado” de la arquitectura vernácula, entre lo útil y lo simbólico; se destaca la veloz segregación espacial de las actividades residenciales y laborales y la expulsión definitiva de estas últimas. En los centros comarcales, en pleno desenvolvimiento demográfico y físico, se mejoran las condiciones del hábitat, pues, ya existen algunos servicios públicos e institucionales elementales, dominan las cubiertas en zinc y las tablas aserradas; hay una búsqueda de efectos ornamentales y de elementos de diferenciación de las casas entre sí.   

 

DIBUJO DE UNA CASA DE CABECINEGRO

 

La casa crece siguiendo dos caminos: a partir de un núcleo básico de unos 20 metros cuadrados, generalmente techado con hojas de palma; o se desarrolla bajo una cubierta de zinc o en tejas de asbesto-cemento que inicialmente tienen cerca de 50 metros cuadrados. Al igual que en la parcela, logra su máximo desarrollo por medio de adiciones volumétricas y excepcionalmente con la construcción de un segundo piso. 

 
REJILLAS Y CALADOS  
   

También es notable la sustitución progresiva de los materiales endógenos y sin transformar por materiales de procedencia industrial y maderas cortadas en empresas artesanales locales. La aspiración individual del techo “en hierro o en eternit” se convierte en aspiración colectiva y, en muchas ocasiones, en norma de la comunidad que va de la mano con el deseo de tener “un pueblo urbanizado”. Aunque el ribereño construya una casa provisional con techo “en hojas”, su idea es adquirir algún día el techo en láminas metálicas o en asbesto-cemento; quizá lo logre hacer de un solo envión, pero lo más seguro es que lo haga por medio de sustituciones sucesivas durante varias fases de transición. Además, sobre todo por razones de prestigio, algunas familias eliminan los pilotes altos en guayacán o en palmas resistentes al agua y construyen sobre pilotes bajos en concreto o sobre losas en el mismo material, olvidando la necesidad de protegerse contra las inundaciones y la humedad permanente del suelo. De tal manera que en un pueblo, o en una misma casa, coexisten las formas de construcción autóctonas y más antiguas con formas más modernas que están influidas por la arquitectura de los polos urbanos regionales.

El carpintero, o el usuario-constructor, emplea maderas finas, pero trabaja con herramientas muy elementales, sus conocimientos tecnológicos son mínimos y empíricos; conoce únicamente dos sistemas estructurales muy sencillos (estructura apoyada en el piso, estructura independiente del piso) y no maneja los diversos componentes como parte de un sistema; tampoco tiene ocasión de experimentar con nuevos materiales y técnicas; a pesar de que en el repertorio de la construcción en madera existen variadas opciones para resolver las distintas situaciones constructivas.  

 
MUESTRA DE ORNAMENTACIÓN - SINTESIS  
   

Como es frecuente en la autoconstrucción espontánea, el campesino del Chocó acierta en muchas de las soluciones que da a los problemas tecnológicos y de diseño, pero también comete muchos errores. Aunque el camino que sigue en la construcción de la casa no es el más racional (si se mide con la lógica de los arquitectos), para el es el más adecuado pues le permite resolver las necesidades más urgentes de espacio y efectuar las reparaciones inaplazables. Sin seguir un plan previamente establecido quita o pone una pared, añade un cuarto o cierra otro, pinta el frente o elabora una ventana decorativa; en realidad, poco se preocupa por el resultado formal de su trabajo; sólo trata de proveer rápidamente los espacios que exigen las actividades cotidianas o de diferenciar la fachada. Por estos motivos, la gran mayoría de los distintos prototipos que se entrecruzan en el proceso de desarrollo progresivo de la vivienda adolecen de múltiples defectos que afectan intensamente la calidad ambiental y arquitectónica de la vivienda. Muchos de los problemas se gestan cuando el fundador del poblado escoge las dimensiones de los terrenos que va a ceder o vender a sus familiares, compadres o amigos, o cuando el jefe del hogar no considera el futuro crecimiento de la vivienda y se posesiona de un solar demasiado pequeño, donde a duras penas cabe un cuarto de uso polivalente que, obviamente, no puede crecer.  

En las aldeas más típicas, las actividades domésticas se extienden a los espacios de uso colectivo, muchas se realizan afuera, en la calle, las zonas comunes a dos o más casas, en el solar; allí se apilan el arroz y el maíz, se secan la ropa y el pescado; la escalera de acceso, o una terraza delantera llamada “baranda” y la terraza posterior de oficios “húmedos” que complementa la cocina, relacionan la vida familiar con la vida colectiva o del vecindario, sin establecer una estricta división público-privado. El río suple las carencias de servicios públicos básicos y ha sido tradicionalmente lugar de encuentro de las mujeres; el lavado de la ropa y la loza se convierten en pretexto para prolongadas y animadas conversaciones.

 

TIMBIQUI  
Fotografía Alberto Sierra

 

La imaginación creativa

Al mismo tiempo que se especializan y segregan los espacios interiores, surge la ornamentación de las fachadas con pinturas de colores, rejillas y calados de ventilación, puertas, barandas y ventanas trabajadas. Estos símbolos son prácticamente los únicos elementos decorativos de la arquitectura doméstica en el Chocó y expresan el proceso de diversificación laboral y social que genera en los caseríos la diferenciación individual o familiar de las actividades económicas, por medio del establecimiento de cantinas, bailaderos, tiendas y graneros y con la presencia de algunos servicios y administraciones gubernamentales. 

En resumen, los motivos geométricos y los colores que ornamentan las fachadas son llamado comercial, distinción social y expresión cultural. Evidencian los nexos universales entre la sensibilidad individual, las expresiones estéticas y las exigencias más elementales de iluminación y ventilación; e igualmente indican el soporte que encuentra cada cultura en los medios disponibles, en el nivel de desarrollo tecnológico y en las prácticas cotidianas. 

Analizando la policromía de fachada y los vanos trabajados, sorprende que en un medio tan precario y con recursos técnicos tan rudimentarios y limitados (martillo, caladora manual, berbiquí, serrucho, hachuela o machete), el usuario, haciendo gala de una enorme imaginación y destreza, produzca elementos de gran riqueza y con posibilidades ilimitadas de elaboración y combinación. La construcción con maderas aserradas, cada vez más frecuente, estimula la imaginación creativa del aldeano, quien buscando que la casa llame la atención y se distinga del conjunto, hace celosías y balcones con tablillas y tablas perforadas o con los bordes trabajados, aunque continúa empleando latas de guadua, palos redondos, varillas de chonta y cañabrava.  

Pero esas casas de una o dos plantas que tanto llaman la atención cuando se pasa por el río y se ven tan bonitas en las fotografías, no representan siquiera el diez por ciento de las viviendas que agrupan los pueblos grandes que actúan como cabeceras municipales; o sea que, en aldeas como San Antonio de Padua, Vigía del Fuerte o Buchadó, en el Atrato Medio, la diferenciación socio-residencial a duras penas cobija 5, 10 ó 15 familias que habitan en construcciones nuevas o bien conservadas. La mayoría de las viviendas se distingue por los agudos síntomas de deterioro y vejez, ya que la intensa humedad del medio ambiente, las frecuentes inundaciones, los detractores biológicos y los insectos actúan persistentemente sobre las maderas y materiales vegetales, que el campesino emplea sin ninguna protección o tratamiento preventivo; por lo cual, está obligado a construir tres o cuatro casas durante su vida, reutilizando los materiales que resisten al paso del tiempo. 

En contraste con la fachada, el interior de la vivienda se destaca por la ausencia casi absoluta de decoración y por la penuria generalizada de muebles básicos: camas, mesas de trabajo y comedor, sillas, alacenas para ropa, alimentos y menaje de cocina. Sólo algunas casas se equipan con salas y comedores comprados en Quibdó, Medellín, Cali o Cartagena y se adornan con relojes de pared y gobelinos fabricados en serie, que llevan cacharreros trashumantes que recorren los ríos y las costas. Mientras que en todas las cocinas - sean modestas, prestigiosas, arruinadas o nuevas -, ollas, platos y utensilios en plástico, resplandecen colgados en las paredes; su abundancia y abigarrado colorido indican el éxito económico de la propietaria (o de su marido), su aspiración a tener una cocina que se parezca a las de la ciudad y sus cualidades como ama de casa.

 

El diálogo de saberes y el mejoramiento concertado 

En varias ocasiones se estudiaron por medio de encuestas y observaciones directas las características del sistema aldeano y de las viviendas. Primero en el poblado de Huina y otros caseríos de Bahía Solano; luego se extendieron las pesquisas a la comarca media del río Atrato, donde se analizaron cerca de 40 aldeas y se estudiaron detalladamente 10 asentamientos; más tarde, se insistió en esta subregión por medio de nuevas observaciones. Pero siempre se involucraron en las investigaciones, en mayor o menor grado según las circunstancias, a los moradores de las aldeas; en los constantes esfuerzos por vincularlos se recurrió a evaluaciones individuales, encuestas, entrevistas; así se comprobó el gran sentido crítico de los ribereños con respecto a los problemas del hábitat aldeano. En talleres de diagnóstico y planeamiento efectuados primero en el Atrato Medio, en los caseríos de Cabecinegro, San Roque, Guadualito, El Tigre y La Boba y reaplicados luego en Bahía Solano, en los poblados de Huaca, Mecana y Huina, hombres, mujeres y niños se dedicaron durante varios días y con gran entusiasmo a analizar sus condiciones ambientales y residenciales, a proponer soluciones que emplean intensivamente los recursos del medio, y a determinar las obras más urgentes en los pueblos y en las casas. También examinaron los aspectos físico-espaciales y tecnológicos, las implicaciones económicas y los posibles apoyos institucionales; definieron los mecanismos de cooperación comunitaria y las modalidades organizativas más apropiadas para ejecutar obras de mejoramiento aldeano; y se informaron y discutieron sobre el Derecho de Petición, los alcances de la reforma municipal y la participación de las comunidades en la elaboración de planes de desarrollo. 

De común acuerdo con las colectividades rurales se logró determinar las prioridades de atención a los problemas de vivienda y desarrollo físico espacial que aquejan a las aldeas, identificar y recomendar algunas soluciones y formas de actuar, que consideran las singularidades de la región del Pacífico. Los parámetros que se establecieron desarrollan los patrones de organización y manejo del espacio público y familiar usados por el nativo, con­servan sus cualidades y perfeccionan las prácticas actuales. Así, se definió un sistema integral para el mejoramiento urbanístico, arquitectónico y ambiental de las aldeas de la vertiente del Pacífico que presenten una problemática similar; este modelo de intervención puede ser aplicado directamente por los gobiernos municipales y las organizaciones campesinas y está compuesto por unos programas básicos, guías de planeamiento y diseño para las aldeas y la vivienda, recomendaciones de diseño tecnológico y propuestas sobre la ejecución colectiva de los proyectos específicos. Además, se redactó un “Reglamento Aldeano” consistente en un Código de Manejo del Espacio Público. 

 

OBRAS PRIORITARIAS SEGUN LOS MORADORES DE TRES ALDEAS 
(Conclusiones de los talleres de Planeamiento y Diseño)

1. Servicios y espacios colectivos  2. Para mejorar las viviendas

Uno de los propósitos del sistema múltiple de planeamiento y acción concertada con las comunidades del Pacífico es apoyar una política de descentralización jerarquizada de los equipamientos y servicios sociales y comunales, que opere desde el polo administrativo principal hacia los núcleos veredales y las aldeas más alejadas, aprovechando que las características socio­culturales y económicas de la región, y los mecanismos de participación comunitaria contemplados por las reformas municipales adoptadas en 1986, propician la aplicación de soluciones basadas en tecnologías sencillas que posibilitan elevar considerablemente, y con costos relativamente bajos por familia, la calidad de vida residencial de sus habitantes.

Desde 1989, en desarrollo de convenios firmados por la Universidad de Valle con el Departamento Nacional de Planeación, la Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó -CODECHOCO- y la Secretaría de Integración Popular de la Presidencia de la República (PNR), se están llevando a cabo, en el territorio del departamento del Chocó, tres programas de carácter experimental. El primero beneficia los caseríos de Cabecinegro, El Tigre y La Boba, los cuales habían sido estudiados previamente durante las investigaciones realizadas en el río Atrato; el segundo, se adelanta en la zona norte del litoral Pacífico e involucra tres poblados del municipio de Bahía Solano: Huina, Mecana y Huaca; el tercero, se efectúa en la zona media del río San Juan en el naciente pueblo de Copomá.  

Se pretende remediar progresivamente las múltiples carencias identificadas a través de las investigaciones, operando poco a poco, por fases sucesivas. El objetivo a mediano plazo es alcanzar un nivel mínimo de desarrollo físico de las aldeas, privilegiando unas acciones que son fundamentales para elevar su calidad arquitectónica, urbanística y ambiental:

- La provisión de agua potable y el saneamiento básico de la casa y de su entorno inmediato.
- La adecuación de los espacios libres de uso colectivo.
- La prestación de servicios comunales y sociales a escala veredal.
- El mejoramiento de la vivienda. 

La estrategia global es partir de un sistema integrado que considera todos los componentes del contexto en el cual se va a aplicar y deba ser capaz de dar respuesta acertada a las necesidades de las familias. Este camino implica recuperar el saber popular y encontrar conjuntamente con las comunidades la solución más apta para el medio - geográfico y social -, evitando que el arquitecto o el ingeniero impongan su diseño, un modelo, un tipo de vivienda o un sistema tecnológico que les parece muy bueno a ellos pero que no entiende ni acepta el habitante de la casa, del poblado o del centro urbano.   

En primer lugar, los esfuerzos se dedican a realizar las obras esenciales, experimentando opciones constructivas y tecnologías de saneamiento básico, que utilizan eficientemente los recursos locales y avanzan sobre las que conoce y maneja el campesino pero que respetan sus tradiciones culturales y sus valores arquitectónicos. Las diferentes acciones se benefician de las relaciones laborales y sociales basadas en la solidaridad y el trabajo en común en las labores productivas y en la construcción de la vivienda, que persisten en la región; e igualmente del amplio sentido de organización comunitaria que caracteriza a todas las poblaciones.

 

POBLADO DE TANGUI - SEGUN SUS HABITANTES.
Plano elaborado sobre dibujos hechos por la comunidad. 1989

 

Por el sistema de autoconstrucción dirigida, respetando las prioridades establecidas por las comunidades, se construyen módulos básicos de equipamiento que actúan como centros cívicos y culturales y han sido bautizados por los usuarios como Casas Comunales. Estas agrupan según el caso: inspección de policía, centro de salud o de promoción de salud, atención del Servicio de Erradicación de Malaria -SEM-, locales para las organizaciones campesinas, aula de uso múltiple; hospedaje temporal para docentes, médicos, funcionarios de paso, etc.; cuentan con sistemas de recolección de aguas lluvias, unidad sanitaria; y en Bahía Solano se ensaya en ellas el alumbrado con energía solar. También se realizan puentes peatonales, se arreglan caminos y se hacen obras menores en el espacio público, tales como, arreglo de plazoletas y senderos. Se construyen nuevas viviendas de desarrollo progresivo, se sustituyen las cubiertas vegetales por tejas metálicas y de asbesto-cemento; por medio de adiciones horizontales o de segundos pisos se amplían las casas cuya estructura y estado lo permiten. Además, se edifican núcleos básicos para las cocinas y se instalan tanques de recolección de aguas lluvias. 

Las colectividades rurales aportan la mano de obra, maderas y otros materiales de origen natural; participan en la elaboración de diagnósticos, definen las urgencias de atención y las necesidades de construcción, con la asesoría de arquitectos ejecutan las obras y evalúan los resultados. En reuniones y talleres se precisan los planes y diseños, se establecen pactos de cooperación y se acuerdan las formas de organización y participación de las familias. El resultado es un proceso de intercambio de tecnologías y métodos de trabajo entre los arquitectos titulados en una universidad y los constructores empíricos: los usuarios se apropian de nuevas formas de concebir la vivienda y resolver las cuestiones del asentamiento; los profesionales se capacitan para trabajar con los recursos del medio. 

Hoy, las pocas centenas de campesinos que residen en los caseríos intervenidos, están muy orgullosos de sus puentes y Casas Comunales, van mejorando progresivamente sus viviendas y aspiran a construir nuevas obras de beneficio colectivo. Saben que estos avances son apenas un pequeño eslabón de una cadena de acciones que debería elevar aún más sus condiciones de vida. Confían en sus capacidades y sueñan con pueblos que se convierten en ciudades, con casas de dos pisos, con balcones y barandas ornamentadas, y con fachadas decoradas con colores contrastantes, rejillas y calados. 

En síntesis, los asentamientos ribereños del Chocó no se pueden considerar como vestigios anacrónicos o residuos arcaicos. Constituyen una de las manifestaciones espaciales de un fenómeno social contemporáneo; el proceso de colonización agraria que prosigue actualmente en los corredores fluviales.  

En las playas del litoral y a lo largo de grandes ríos o de algún tributario, un corte en la selva indica un “tallo” nuevo; de un día para otro aparece un rancho en chontas y cubierta vegetal, con una canoa anclada en el talud y la ropa que se seca al sol... 

En el brazo de Murindó está el rancho de esterillas y hojas de palma de Mateo Heredia, quien abre un “colino” en la selva. Desmontó una faja a lo largo de una “vuelta”, echó los palos al río, recuperó la madera dura para construir su choza, algo de ramas para cocinar; esperó un verano”, quemó la roza, plantó los colinos de plátano sobre el talud bien seco y, atrás, en la depresión más cenagosa, sembró una parcela de arroz y algo de caña. Está sacando maderas para reemplazar su primer trabajadero provisional por una casa cerrada mejor y definitiva. A poca distancia este proceso ya se cumplió y combinando cultivos de arroz y plátano se estabilizaron las fincas de Dimas Palomeque, Ventura Mosquera, Ignacio Chaverra o Eucaria Córdoba. Cien kilómetros al sur, en la “vuelta” de Amaya cinco ranchos nuevos dejan augurar un embrión de pueblo. En el tramo central del San Juan, el caserío de Munguidó sigue creciendo con varias viviendas nuevas o en obras; y un poco al norte el naciente pueblo de Copomá, que no tiene dos años, muestra una hilera de 40 casas en construcción con sus techos de zinc y eternit relucientes bajo el sol. Más al norte, incluso surgieron caseríos de los cuales nadie sabe el nombre; son tan nuevos que todavía no figuran en el mapa y permanecen sin topónimo. Mientras tanto la cartografía sigue indicando la aldea de El Lana, que desapareció de las riberas del Atrato hace diez años, pues se trasladó a otro sitio después de una creciente; algo parecido ocurrió con el poblado costero de Huaca en la Bahía Solano. 

Constantemente en alguna ribera surgen nuevos pueblos, otros se mudan o desaparecen y sólo persisten en un mapa oficial que siempre está desactualizado. Con estos cambios y traslados continuos de la gente y sus asentamientos, operan permanentemente unos “reajustes” territoriales en el mallaje regional y en el sistema de aldeas. Actuante y dinámica prosigue la colonización del Chocó.  

 

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Título: 39. LA VIVIENDA RURAL EN EL CHOCO, Por: Gilma Mosquera
Colección: Afrocolombianidad


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