COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

46. LOS NEGROS, EXPERTOS EN BRICOLAJE

 

JAIME AROCHA RODRIGUEZ
Profesor Asociado
Departamento de Antropología
Facultad de Ciencias Humanas
Universidad Nacional de Colombia

CORNELIO. ESCULTOR NATIVO. 
PUERTO MERIZALDE.

Fotografías Diego Arango.

 

 

Los franceses usan la palabra bricoleur para referirse al improvisador de artificios e in­ventor de soluciones que parecen imposibles, dado lo absurdo de los materiales e instrumentos que emplea. A diferencia del ingeniero, no parte de la conciencia y el propósito, sino de la intuición, tratando de recordar cuál de los desechos que por años ha coleccionado podrá formarse en la pieza que necesita (Bateson 1991: 471-478). Como la improvisación está sujeta a la impredicción individual, las soluciones que plantea no coinciden con las formuladas por otros ante el mismo problema. Aún careciendo de las herramientas adecuadas, acepta todos los trabajos que le propongan, como me tocó ver en el caso del vecino del adalid de pescadores, Rafael Valencia, en el barrio Panamá de Tumaco. A él le debía mis noches de insomnio porque, cuando arreglaba radios o televisores, lo sorprendía la madrugada sintonizando ruidos.  

Una noche lluviosa de septiembre de 1983, sacó un destornillador enorme, unas tijeras de sastre y un soldador de plomo y comenzó a desarmar una joya de la tecnología alemana, mi filmadora Nizo Braun. En un comienzo, no me atrevía a mirar cómo hacía la limpieza de sus lentes y motores atascados con arena, después de que la cámara se me hubiera caído en una de las playas de la Caleta Viento Libre, aldea localizada sobre la ensenada, frente al puerto. 

Estando en esas, tuvo lugar el tercer apagón de cada noche. Mientras buscaba una esperma tropezó con la cajita en la cual había metido los pedazos del aparato. Usando la luz tenue, encontró unos en el piso y los otros sobre su mesa de trabajo, revueltos con restos de ollas pitadoras, viejos tubos al vacío, transistores, bujías de automóvil, cabezas de grabadora de video y cables. Pero los halló todos y en espacios para mí impredecibles. Soldó los contactos que había dañado al meter un chiro grasoso por los rincones más apretados. Pulió su labor con un pedazo de papel periódico amarillento y apretó las tuercas que había removido, sin que le sobrara o faltara alguna. Con aire triunfal, me dijo ensaye a ve. Todo perfecto. ¿Cuánto? Naa. 

No sólo la gente es capaz del bricolaje, sino que éste quizás sea el desarrollo más característico de la evolución de las especies. François Jacob (1985), un premio Nobel en biología, destaca cómo la selección natural no crea órganos de la nada, sino que los va improvisando a partir de lo que existe: “Fabricar un pulmón con un trozo de esófago es algo muy parecido a hacerse una falda con una cortina de la abuela”.

 

Cacharrear identidades 

Nuestras voces cacharreo y cacharrero quizás sean las más cercanas a las francesas en este intento por resaltar un proceso del cual muchos se vanaglorian. Old Sturdbridge Village, en el estado norteamericano de Massachussets, es un pueblo “artificial”. Se erigió llevando construcciones que iban a demoler y habían existido desde la primera mitad del siglo XVIII en diferentes puntos de Nueva Inglaterra. El grueso de las exhibiciones consiste en artefactos que los colonos inventaron para resolver problemas que no enfrentaban en Europa, con base en recursos desconocidos allá. El cacharreo marcó las formas y funciones de máquinas para cortar madera, doblar hojalata, moldear cerámica, hacer zapatos e hilar y tejer algodón. Museos comparables existen por casi todas las regiones de los Estados Unidos. 

En Francia, pasa algo similar. La iglesia de Saint Martin des Champs, escena del primer capítulo de la última novela de Umberto Eco, alberga el péndulo que le da el título a la obra. Alrededor de ella está la Academia de Artes y Medidas que incluye los rastros que troqueló el cacharreo en los instrumentos y aparatos de cuantificar espacio, tiempo, luz y sonido. Museos menos modestos que éste, como el Palacio de los Descubrimientos o la Ciudadela de la Ciencia y la Tecnología, recogen la memoria estampada en el transcurso de Francia por el bricolaje del entorno y la improvisación con sus cosas (Arocha 1991b).

 

Hacer custodias derritiendo poporos 

CORNELIO. ESCULTOR NATIVO. 
PUERTO MERIZALDE.

Fotografías Diego Arango.

Dentro de esta perspectiva, España figura al extremo opuesto. Los cálices y las custodias de oro con incrustaciones de esmeraldas, rubíes y diamantes almacenados en los tesoros de las catedrales, dominan las exhibiciones que dibujan la identidad nacional. No hay lugares que indiquen cómo trabajaban los orfebres. Mucho menos que hablen de las técnicas empleadas por los quimbayas, calimas, cenúes, taironas y muiscas para elaborar los poporos o las figuras de jaguar, murciélago, rana o balsa que alimentaron las fundiciones auríferas de la península. 

En esto de expresar cómo somos, nos pesa el legado hispánico. Ni en Mompox ni en Barbacoas hay exposiciones que ostenten las prácticas de los orfebres de ascendencia africana que han elaborado las piezas codiciadas en los mercados extranjeros. Los museos del oro, que el Banco de la República tiene a lo largo del país, alardean del arte indígena o del español, como sucede con la custodia de las Clarisas y famosa Lechuga de los jesuitas. Sin embargo, no montan exhibiciones que enaltezcan la orfebrería negra o la que está impregnada de memorias africanas. 

La invisibilidad de las huellas africanas en la evolución de las culturas presentes en nuestra nación, entonces, depende de dos factores. En primer lugar, la poca relevancia que los colonizadores ibéricos le conceden al bricolaje en su formación cultural. En segundo lugar, la práctica de la exclusión, como medio de discriminar y anular lo diverso (Friedemann, en prensa). 

Comencé hablando de un bricoleur de electrodomésticos que resultaba intuyendo el arreglo de un instrumento de precisión; éste último, a su vez, se había averiado retratando una existencia que le debe su proyección actual al bricolaje. La Caleta Viento Libre era una aldea de agricultores. Pescaban cuando las mareas y el cuidado de sus cultivos se los permitían. Pero una noche, el terremoto - maremoto, de diciembre de 1979, les arrancó las formas de producción que habían desarrollado. Inundados los campos y salinizada la tierra, tuvieron que cambiar de destino. Marcharon a los basureros de Tumaco y “bricoleando” con cuerdas viejas, pedazos de icopor y alambres, fabricaron más anzuelos de los que habían tenido. Transformaron la pesca ocasional de cangrejos en actividad permanente, sobreviviendo hasta que las tierras recuperaron la fertilidad perdida. Volvieron a vender cocos y, con el ingreso adicional, pudieron reemplazar los aparejos improvisados por redes de nylon delgado que aumentaban las capturas (Arocha 1991a).  

Estas no se obtienen al azar, sino en concordancia con los cambios climáticos y, por lo tanto, en sincronía con otras actividades del ciclo productivo (ibid.). El oleaje puede arrastrar el trasmallo, que se extiende durante una pleamar, o impedirle al pescador cobrar su presa. Por eso, los caleteños, como los chajaleños y demás pobladores de la ensenada, aprovechan los días de puja para ir a los colinos y cuidar sus cultivos. Con sus instrumentos de trabajo, los hombres portan escopetas y, después de terminar el trabajo agrícola, van al monte y cazan tatabra, borugo u otros animales de presa. Entre tanto, las mujeres pueden haberse quedado raspando la arena con trozos de coco para recoger almejas chipi y cocinarlas con arroz (Machado 1990). 

Cuando llegan las quiebras (bajamares), le ponen los motores a las canoas para arrastrar las changas de pescar cangrejos y camarones o para extender los hilillos (trasmallos); otros reman hacia los bajos donde lanzan pequeños chinchorros camaroneros, que puedan cobrarse tan sólo con ocho o diez pescadores. Y los más experimentados navegan por parejas, hasta la media mar, donde extienden largas líneas de anzuelos gruesos (espineles) para sacar tiburones y rayas (Arocha 1991a). 

Si el colino es de selva ribereña, sembrar, desyerbar y vigilar los cultivos ha sido cosa del “verano”, cuando hay menos lluvia y, por lo tanto, el flujo natural de las quebradas no es suficiente para llevar a cabo las labores comunales de la minería, la cual se hace en los largos canalones dentro del bosque (Friedemann 1974). Sin embargo, hoy ya es posible extraer oro durante todo el año. Mediante créditos estatales, se han introducido motobombas y draguetas. Las primeras permiten regular el caudal de las quebradas y de manera constante tener un buen suministro de agua para el canalón. Las segundas flotan en el centro de los ríos, con sus dos buzos quienes se sumergen
para succionar gravas que otro minero lava y zarandea en una canal que recibe aguas bombeadas por el mismo motor. Los operarios de estas máquinas provienen del grupo comunitario tradicional. Por ello, alrededor de las motobombas y a lo largo de los canalones comienzan a quedar las mujeres solas, con la consecuente dilución del papel del capitán de la mina. 

En su estudio sobre los mineros de La Aurora, un poblado sobre el río Magüí, Hernando Bravo (1991) muestra cómo ni ellos ni ellas han vuelto a los colinos. Enmontados, se les considera enfermos de un tipo de malaria. Rinden tan poco que toda la comida debe importarse, pero no desde algún lugar del Patía, sino ¡desde la costa de Esmeraldas en el Ecuador! 

Es muy posible que semejante trayecto fuera innecesario si la producción agrícola de regiones, como la de la ensenada de Tumaco hubiera continuado. La disminución de ésta se debe a que las explotaciones tradicionales le han cedido su territorio a las grandes plantaciones de palma africana y a los estanques para la cría industrial de camarones. Ambas innovaciones se han desarrollado en tierras campesinas cuya producción estaba entramada tanto con la pesca, como con el otro entramado al cual he hecho referencia: el de la agricultura y la minería de selvas y ríos. Así, los productos de las cosechas podían fluir desde la ensenada hacia la zona del río Telembí o desde esta parte hacia la anterior, según el ciclo de cada región. 

Entonces, el bricolaje de los negros había logrado formar un sistema de integración regional, hoy roto por la modernización. Entre más avance el cambio, más se impondrán los alimentos provenientes de mercados distantes. El costo de sus fletes, sumado al de los créditos necesarios para adquirir la nueva tecnología minera pueden desembocar en la quiebra de las empresas artesanales y en el consecuente embargo y pérdida de sus tierras (Arocha 1990b). Reducida la polifonía cultural que ha per­mitido hacerle frente a la incertidumbre característica del litoral, ¿cómo enfrentar estos nuevos retos?

 

Cacharrear prótesis sociales 

El bricolaje de los negros también ha permitido desarrollar “prótesis sociales”. En un principio, tenían el objetivo fundamental de compensar la escasez de energía mecánica. Esta limitación tiene raíces ambientales y humanas. Por una parte, el calor, la humedad y la lluvia son enemigos persistentes de las ruedas de metal o de madera, que se entierran, patinan, oxidan, pudren (Friedemann/Arocha 1986). Por otra parte, la marginalidad geográfica y política en la cual el centro ha mantenido al litoral ha significado poco. hierro. Desde la Colonia son los inventarios de herramientas mineras que deben ser reconstruidas y “recicladas” en las forjas (ibid.). 

La alternativa: una hilera de hombres y mujeres metidos en el canalón, agachados con las manos dentro del agua, ablandando las arenas auríferas mediante barras, almacafres y cachos (Friedemann 1974). Bateas llenas de guijarros y greda pasan de mano en mano, hasta que cientos de toneladas de piedra y arcilla han cambiado de lugar. 

Esta prótesis social construida mediante una cadena de brazos que se mueve rítmicamente tiene un aglutinante de clara memoria africana: la familia extendida (Friedemann y Espinosa, en prensa). Hecha vinculando a las parejas con su prole o a las solas madres con sus hijos, el bricolaje ha permitido que, quienes  quieran asociarse con ella, lo hagan aludiendo de preferencia a los vínculos de la sangre o en menor grado, a los del parentesco político. La puja por los derechos mineros dio origen a linajes que, dependiendo de la región y del periodo, han reconocido la línea que une a las abuelas con sus hijas y nietas o a la de la pareja de abuelos con sus descendientes de ambos sexos. En los dos casos los miembros de la enorme familia aceptan la figura de un antepasado fundador, hoy de perfiles casi legendariós. Cuando esa figura es masculina y las líneas de ascendencia son tanto del lado paterno como materno, los mineros hablan de un tronco (ramaje bilineal, dentro de la terminología que emplean los estudiosos de organización social). Como lo señalan Friedemann y Espinosa, su persistencia ha sido insuficiente para que algunos expertos en el tema de la familia dejen de insistir en la manida símplificación de la poligamia africana, incluido el estereotipo del “marido” ocasional, caracterizado como fuente de inestabilidad e ilegitimidad, simpático con los niños, pero instrascendente en sus papeles económicos, sociales y políticos. 

No obstante, la realidad retrata fenómenos diferentes, como el del capitán de mina, cuyo prestigio y aceptación crecen a medida que emula las cualidades del ancestro fundador del tronco. Por su parte, la territorialidad ejercida por los miembros de éste milita contra la inestabilidad sugerida. 

La mal denominada ilegitimidad de las familias asociadas de tal modo, habla mas de ausencia e  intolerancia de Estado e Iglesia, así como de trabas de burocráticas impuestas por curas y empleados oficiales. Su talante es muy parecido al de los obstáculos que se deben vencer para escriturar las tierras en las cuales, por siglos, los negros han cultivado y producido riqueza ajena. Tropiezos que dicen bastante de la asimetría en el trato a los negros, a quienes no les sucede lo que a los indígenas con sus familias y tierras, gracias a la Constitución de 1992: basta con la palabra de emberas y waunanas para que la una y la otra adquieran legitimidad ante expertos universitarios o funcionarios gubernamentales (Arocha 1992). 

Aun en el caso de las familias extendidas, que se centran en el eje que une abuelas, madres y nietas, los maridos están lejos de la insignificancia. En Tumaco, entre los iniciadores de la pesca con chinchorro, la enseñanza de técnicas pesqueras le corresponde al hermano de la adalid del grupo, por lo general dueña de aparejos y equipos (Arochas 1990). Además, de los poderes del tío materno dependen la delimitación de las proporciones que rigen la repartición de capturas y la escogencia de los compradores de la producción (ibid.).

 

Redes para ir y venir 

En el Chocó es frecuente ver que al saludarse, dos personas enumeren todos sus apellidos. Con ello, buscan conocer el grado de consanguinidad o afinidad que los liga, así como la proximidad de sus regiones de origen. Entre más cercanos los vínculos, mayor la confianza para conversar o realizar empresas conjuntas. Repetido por los afroamericanos de otros puntos del litoral, este ejercicio permite apreciar redes intrincadas que - por medio de parentesco - conectan los puertos del litoral con las al­deas localizadas en el interior sobre los ríos y entre las selvas húmedas y con áreas metropolitanas de Bogotá, Medellín, Cali y Popayán. Apoyándose en ellas, los afi­liados pueden circular en todas las direcciones y en respuesta a las ofertas de trabajo que surjan. Por ejemplo, a principios del decenio de 1980, corrió la noticia de que en la población de Payán empresarios norteamericanos iniciaban una explotación minera mecanizada. Pidiéndole posada a primos, tíos y cuñados, hombres y mujeres comenzaron a circular desde la zona del río Telembí hacia la del río Magüí. Un lustro después, la gente reiniciaba el éxodo en sentido inverso. La empresa foránea había sido diseñada para evadir impuestos, no para darle trabajo a los negros. Cuando cumplió su cometido,   su desmantelamiento dejó en la ruina a decenas de familias, las cuales reconstruyeron su existencia aferrándose a las cadenas de parientes (Friedemann/Arocha 1986: 258-268). 

Levi y Olivia Estupiñán también lo hicieron, pero por causas muy diferentes. Vivían de la pesca y la agricultura en Ensenada, sobre la desembocadura del río Iscuandé, en Nariño, cuando el maremoto, de diciembre de 1979, les quitó todo. Excepto, una paila “(...) para cocinar miel de caña, susunga para colarla y cagüinga para menearla con el coco rallado (...)” (Friedemann 1989:117). Agarraron las tres cosas y con sus hijos buscaron ayuda de sus parientes de Guapí donde lograron montar una empresa para preparar dulces. Esta prosperó y a los cinco años les permitía una vida holgada. 

En el litoral del Pacífico, no solo terremotos y maremotos cambian destinos sin previo aviso. También lo hacen las inundaciones, los incendios y los cambios cíclicos en las temperaturas del aire y del agua, por cuenta de la corriente marítima de El Niño. Y por si fuera poco, las caídas abruptas en los mercados internacionales de minerales preciosos, maderas, camarones y pescados sacuden la economía local y ocasionan sismos sociales de intensidad comparable a las de los naturales. Estando en lo que quizás sea el ámbito más incierto de Colombia, esa búsqueda de alternativas manipulando lo que ya se tiene, usando la intuición como brújula y el cacharreo como estrategia, encierra las claves del porvenir para los legatarios de la herencia africana. Desconocer el bricolaje de los negros puede significar la ruina para las empresas que la apertura neoliberal abrirá en esa región. 

 

BIBLIOGRAFIA 

Arocha Rodríguez, Jaime. 1990a, Etnicidad e Inventiva entre los pescadores artesanales de la Ensenada de Tumaco, Nariño, Colombia, Santafé de Bogotá: Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.     

     - 1990b. Desarrollo, pero con los grupos negros. “Cien días” vistos por Cinep, vol. 3 No. .11, septiembre, pags.: 24, 25.  

- 1991a. La Ensenada de Tumaco: entre la Incertidumbre y la Inventiva. Imágenes y reflexiones de la Cultura, Colombia, págs.: 198-225. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura. 

- 1991.b. Rebuscadores y creadores: la nueva división Internacional del Trabajo “Huellas”, No, 31, págs.: 44-52 Barranquilla: Universidad del Norte. 

- 1992 Afro Colombia Denied. The Black Americas, 1492-1992 Report on the Américas, vol. XXV, No. 4, pags.: 28-31. Nueva York: North American Congress on Latin America. 

Bareson, Gregory. 1980. Espíritu y Naturaleza. Buenos Aires: Amorrortu Editores. 

- 1991 (original 1972) Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé-Planeta Editorial. 

Bravo Pazmiño, Hernando. 1991. Mineros negros de la Aurora: la creatividad y la supervivencia. Bogotá:  trabajo para optar por el título de antropólogo, ‘Plan Curricular de Antropología, Universidad Nacional de Colombia. 

Friedemann, Nina S. de. 1974 Minería, descendencia y orfebrería artesanal: Litoral Pacífico, Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. 

- 1984 Estudios de Negros esa la Antropología Colombiana. Un siglo de investigación social: antropología en Colombia, págs.: 507-572, edición a cargo de Jaime Arocha y Nina S. de Friedemann. Bogotá: Etno.                

- 1989 Criele son: Del Pacífico Negro. Bogotá: Planeta Editorial. En prensa. Presencia Africana en Colombia. México. 

Friedemann, Nina S. de, Arocha, Jaime. 1986. De Sol a sol: Génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia. Bogotá: Planeta Editorial de Colombia. 

Friedemann, Nina S. de, Espinosa, Mónica. En Prensa. La mujer negra en la Historia de Colombia. Bogotá: Presidencia de la República, Consejería Presidencial para la Juventud, el Niño y la Mujer. 

Jacob, Francois. 1985. El Juego de lo Posible, Madrid: Grijalbo.  

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Título: 46. Los negros expertos en bricolaje. Por: Jaime Arocha Rodríguez 
Colección: Afrocolombianidad


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