COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

47. LAS GENTES DEL CHOCO

 

JORGE TAMAYO
Centro Laubach de Educación Popular Básica 
de Adultos

QUEBRADA LA CONCEPCION. RIO NAYA.
Fotografía Diego Arango.

 

 

Las divisiones territoriales administrativas de nuestro país son incoherentes con la realidad geográfica y cultural del mismo. Es así como encontramos que en los mapas, los ríos dividen porciones territoriales: el Magdalena marca límite entre varios departamentos de la costa norte y el centro del país; el Atrato divide en una parte de su curso lo territorios de Antioquia y Chocó; el río San Juan es el límite entre Chocó y Valle. 

Sin embargo, en la realidad sucede una cosa muy diferente: los ríos se constituyen en accidentes geográficos que integran las regiones. Las gentes no se diferencian sustancialmente en la mayoría de los casos por estar a uno u otro lado de un río. No podemos hablar de la cultura de la margen oriental del Magdalena en la zona del Canal del Dique y de otra cultura diferente en el municipio de Calamar (Bolívar), que está situado sobre la margen occidental del río. Podemos sí, referirnos a la cultura ribereña del Bajo Magdalena. 

Pues bien, lo mismo sucede con las gentes de la cuenca del Pacífico en Colombia, Panamá y Ecuador. Esta. cuenca está cortada en Colombia por cuatro líneas limítrofes interdepartamentales: las de Chocó, Valle, Cauca y Nariño. A lo largo de la región se encuentran 24 municipios pertenecientes a estos departamentos, Sin embargo, hay muchas cosas que tienen en común: el contexto ecológico de selva húmeda tropical; el mar como punto de referencia y hábitat para la subsistencia; los ríos como vías de comunicación prácticamente únicas; el abandono en que se han encontrado durante cientos de años por parte del gobierno central; la explotación de sus recursos por parte de compañías nacionales y extranjeras sin ninguna consideración ambiental ni de los derechos territoriales de las gentes que allí habitan; y lo que es más importante: existen a lo largo de todo el litoral una serie de características culturales comunes a sus habitantes. 

De ellos, un 85 por ciento son negros descendientes de africanos traídos por los españoles desde el siglo XVI para trabajar como esclavos en minas, plantaciones y servicios domésticos. Otro 10 por ciento son indígenas pertenecientes a las etnias embera, waunana, tule (cuna) y awa. El cinco por ciento restante son mestizos provenientes del interior del país, sobre todo de los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda y Valle del Cauca, quienes llegan en su afán de colonización hasta estos lugares. 

Si bien estas líneas pretenden hablar un poco acerca de los habitantes del departamento del Chocó, debe entenderse que lo que acá se dice puede extenderse (respetando particularidades, claro está) a los habitantes de toda la cuenca del Pacífico, sobre todo en lo que se refiere a la etnia negra. Los indígenas son un caso más particular y, tal como lo expresamos, son cuatro etnias distintas unas de las otras las que viven en el litoral. 

Específicamente el departamento del Chocó está poblado actualmente por gentes negras (520.342) (1) , indígenas embera (más de 35.000) (2) , waunana (4.500) y cuna (530). El negro está ubicado en pueblos situados a la orilla de los ríos a lo largo de todo el departamento. Los indígenas, viven igualmente, en las riberas, pero especialmente hacia las cabeceras de los ríos, sitios escogidos como una forma de aislamiento y resistencia histórica ante el avance y acoso de conquistadores, colonos y negros.

 

La gente en la historia 

Pero no siempre fue así. En tiempos remotos lo que hoy conocemos como el Chocó estuvo habitado por cazadores recolectores que muy probablemente vinieron de Norteamérica a poblar la parte sur del Continente. Según los arqueólogos (aunque existen serias divergencias entre ellos), en el Pleistoceno, hace unos 30.000 años, estos cazadores emigraron desde América del Norte buscando cotos de caza de megafauna, en una época en que las glaciaciones cambiaban constantemente la temperatura y condiciones ambientales del planeta. Fueron desplazándose hacia el sur, cruzaron Centroamérica y llegaron a estas tierras. Según esta hipótesis, el territorio chocoano fue uno de los primeros pisados por el hombre en América del Sur. Sin embargo, la escasa investigación arqueológica en la zona, no nos permite comprobarlo. Los hallazgos que se suponen más antiguos consisten en una punta de proyectil encontrada en el golfo de Urabá y un complejo lítico hallado por Reichel Dolmatoff en los ríos Jurubidá y Chorí (ubicados en el municipio de Nuquí). 

Estos artefactos son considerados de la época de los cazadores-recolectores por la técnica, la forma y los materiales con que fueron construidos, pues no se encontraron asociados con ningún objeto que permitiera realizar análisis de laboratorio para determinar cronologías absolutas. 

La fecha más temprana determinada para la región del Pacífico colombiano la encontramos en el sitio Sauzalito, municipio de Darién (Valle del Cauca), con una antigüedad de 9670 años Antes del Presente (A. P.). Esto para la subregión de la vertiente occidental de la cordillera. En la subregión costera encontramos, entre otras fechas determinadas por el método del Carbono 14, 2350 años A.P. en el río Mataje (sur de Nariño), 1130 años A.P. en el sitio Minguimalo (río San Juan) y 760 años A.P. en la bahía de Cupica, al noroccidente del Chocó (3)

Tal como puede apreciarse, hace falta aún mucha investigación arqueológica para establecer realmente una cronología de poblamiento de la región que nos ocupa. Por eso daremos un salto en el tiempo y veremos lo que nos dicen la tradición oral, los historiadores y los cronistas sobre la historia de las gentes del Pacífico.

 

Cuando la gente vivía en el cielo 

Según la tradición embera, en la zona de Lloró (curso alto del río Atrato) tuvo lugar la creación del Hombre. Dos personajes de su cultura, Karagabí y Tutruiká, tuvieron alguna vez una disputa para saber quién era el más poderoso. Después de múltiples pruebas, decidieron competir creando al Hombre. Tras varios intentos fallidos, Tutruiká creó al Hombre tal como es hoy en día (4) . Aquel es en la actualidad el Señor de uno de los mundos inferiores, llamado Armukura, donde viven gentes sin ano. 

Para los embera, existen cinco mundos, dos encima de éste y otros dos debajo; Armukura es el más inferior de ellos. Ene1 mundo superior, llamado Bajiá (cielo), se encuentra Karagabí. Según relatos recogidos por varios autores (5) , los hombres y las mujeres tenían comunicación permanente con el mundo de Karagabí por medio de una escalera de cristal. Ante una falta cometida por los Hombres, éste rompió la escalera, quedando en su lugar una gran piedra con inscripciones, que estaría ubicada en la zona de Lloró.

Cuando Karagabí derribó un Jenené (especie de árbol maderable, adecuado para fabricar embarcaciones) y dio origen a las aguas, la gente se libró de las inundaciones subiendo a los cerros Torrá (Alto San Juan) y Mojarrá (Alto Atrato). Según los waunanas, ellos y los embera fueron creados de la misma manera, y vivieron juntos en el río San Juan hasta que éstos últimos se fueron de allí por su maldad (6) . Estos relatos son acordes con planteamientos lingüísticos que ubican la diferenciación de las lenguas denominadas Chocó en el río San Juan (7)

Podemos concluir a partir de las informaciones que nos brindan la tradición oral, los estudios lingüísticos y la etnografía, que emberas y waunanas pertenecen a una misma familia lingüística. Su diferenciación ocurrió en un lapso de tiempo no determinado. Este tipo de diferenciaciones lingüísticas y culturales son muy frecuentes. En la actualidad existen cinco dialectos embera, fruto de migraciones desde la época de la invasión española (8) incluso los embera se diferencian a sí mismos en tres grandes grupos: las gentes de montaña (eyabidá), habitantes de la cordillera Occidental en los departamentos de Antioquia, Caldas, Risaralda y Valle; las gentes de río (dobidá), habitantes de las riberas de los ríos del departamento del Chocó; y las gentes de mar (pusabidá), habitantes de ríos afluentes del Pacífico hacia el sur del puerto de Buenaventura. 

En lo que se refiere a los tule (cuna), la tradición oral embera nos cuenta que fueron creados por la primera mujer, la cual fue instruida por Karagabí para hacer a los humanos a partir de una gota de agua. Sin embargo, esta primera mujer “esparció la gota de agua en forma de llovizna y de ella salieron multitud de cunas, que aprendieron muy bien a manejar el arco y la flecha y vivían en tambos muy hermosos” (Da Santa Teresa: 1959). Según los embera, los tule (jurá para ellos) fueron castigados por Karagabí debido a una traición, a vivir en el río Atrato, de donde posteriormente debieron salir hacia el Pacífico y después a Panamá, ante las continuas invasiones de aquellos a su territorio, guerras de las cuales existe una rica tradición oral (9)

En el momento de la invasión española, los embera se encontraban en plena guerra con los tule. Andagoya relata en sus crónicas algo al respecto al comentar la expedición de Pizarro por el Pacífico. Dicha guerra se intensificó debido a la presión que sobre el territorio embera empezaron a ejercer los españoles, quienes hacia finales del siglo XVI empezaron a invadir los territorios aledaños al río San Juan, en el sur, obligando a los embera a desplazarse hacia el norte (10)

Desde muy temprano los españoles inician la conquista y colonización del Chocó. Hacia 1540, expedicionarios bajo el mando de Jorge Robledo realizan las primeras incursiones en territorio chocoano desde Anserma. Después de varios intentos fallidos, es en 1573 cuando se funda en el interior del Chocó la ciudad de Nuestra Señora de la Consolación de Toro, la cual desapareció pocos años después ante la resistencia de los indígenas que habitaban la zona (11) . Al mismo tiempo, empezaba la penetración española por las bocas de los ríos Atrato y San Juan. 

El río Atrato fue descubierto por Balboa, quien lo bautizó San Juan; más tarde, los españoles lo llamaron Río Grande del Darién, hasta mediados del siglo XVII, cuando toma el nombre de Atrato dado por los embera, quienes ya tomaban decisiones en el antiguo territorio de los tule. Tampoco el río San Juan se llamaba así en el siglo XVI; el Adelantado Pascual de Andagoya, quien sólo vio la boca, lo refiere sin nombre como un “río grande” en una carta de 1540. Posteriormente fue llamado “río de los Noanamá”, hasta bien entrado el siglo XVII, cuando se le habría dado su actual nombre en la parte alta.

 

El Pacífico empieza a tomar su color 

Es a mediados del siglo XVI cuando se empieza a dar el hecho histórico más importante en lo que al poblamienro del actual Chocó se refiere: la introducción de esclavos negros al territorio, arrancados de las costas occidentales de Africa. Los negros constituían una herramienta fundamental para los españoles en su empresa de saqueo de los recursos minerales de la región, pues los pocos indígenas que no opusieron resistencia a la invasión y que pasaron a manos de encomenderos se estaban acabando debido a los arduos trabajos que debían realizar en las explotaciones mineras y a las enfermedades traídas por los españoles, frente a las cuales no existían tratamientos en la medicina tradicional. 

Fray Bartolomé de las Casas, impresionado por el tratamiento que se daba a los indios y preocupado por su exterminio, propuso la importación masiva de negros africanos “para llevar a cabo las labores animales que hasta ese momento estaban relegadas a los nativos de América” (12)

La primera introducción de esclavos africanos se remonta a 1689, concentrándose en Nóvita. Casi cien años después, en 1778, se contaban en el Chocó 5.692 esclavos negros (13) . Antes del siglo XVIII, los esclavos procedían del Valle del Cauca; posteriormente fueron traídos directamente del Africa a través del puerto de Cartagena. Se les daba como apellido el nombre correspondiente a la etnia de procedencia o el del puerto donde habían sido comprados. La región alrededor de Nóvita nos da unos 56 nombres africanos diferentes unos de otros. Entre los más comunes están: Biáfara, Carabalí, Cetre, Lucumí y Arara originarios de las costas de Guinea; Mandinga, del Sudán Occidental y Senegal; también se encuentran nombres como Angola, Chamba, Bran y Luango.  

El fenómeno de los palenques (poblados de negros que escapaban a la esclavitud y resistían el hostigamiento militar español) también se dio en la costa Pacífica. Los asentamientos de este tipo más conocidos son el que existió en las cercanías de Tadó; el llamado Palenque del Castillo en el valle del río Patía, y la República de Zambos en la provincia de Esmeraldas (Ecuador), conformada por descendientes de indígenas mezclados con 23 esclavos africanos, quienes viajaban en una embarcación que encalló a mediados del siglo XVI cerca de las costas de dicha provincia (14)

El poblamiento negro de la costa Pacífica y en particular del Chocó empieza a extenderse prácticamente desde la traída de los esclavos. El movimiento se inicia en el siglo XVIII desde 1780, en los campos mineros del Chocó al río Tuira; más tarde desde los ríos Atrato y San Juan a la costa Pacífica y el valle del Baudó. Entre 1821 y 1851, durante el período de la emancipación, aumentan las migraciones. Durante la guerra de la independencia muchos de ellos, desde Barbacoas (Nariño) y el Chocó, se unieron a las fuerzas de Bolívar. Al terminar las hostilidades, fueron hacia los valles del Cauca y Magdalena. Cuando en 1851 se decreta la libertad de los esclavos por parte del gobierno central, la mayoría de ellos no tuvieron otra alternativa que quedarse trabajando como asalariados pésimamente remunerados por sus antiguos amos, o emigrar como colonos hacia zonas habitadas solamente por indígenas. Tal como se verá más adelante, este proceso de ocupación de territorios indígenas por parte de los negros será causa de enfrentamientos y relaciones tensas entre ambos hasta nuestros días. 

Es de particular importancia el hecho de que el Chocó nunca fue lugar de morada permanente para españoles dueños de minas, debido a su lejanía de los centros de actividad social en la época de la Colonia, tales como Popayán y Santa Fe de Antioquia. A lo sumo existía un capataz blanco o mulato en las minas y “Capitanes de Mina” negros” (15) . Este es uno de los factores causantes de la absoluta predominancia de la gente negra en el Chocó. Allí solamente llegaban algunos misioneros (jesuitas y franciscanos) y fue sólo hasta fines del siglo XIX que empezaron a establecerse en Quibdó colonias de sirio-libaneses dedicados al comercio, actividad hoy en día ejercida en su mayoría por “paisas”, apelativo que se da a los blancos en el Chocó. 

Durante los últimos 25 años se intensifica la migración desde la región hacia el interior del país y hacia el puerto de Buenaventura, el cual vio crecer su población de 3.500 habitantes en 1918 a 35.000 en l950 y 193.185 en 1988, según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística. Otros prefirieron Cali a Buenaventura, otros Tumaco y otros, procedentes de pequeños poblados de la costa Pacífica norte del Chocó, las tierras fértiles del Darién, en la zona del canal de Panamá. Se puede comprobar este acelerado proceso de emigración en el caso del Chocó, que mientras en 1976 representaba el 24.6 por ciento de la población del litoral Pacífico, a partir de 1982 representa sólo el 17 por ciento (Pujol: 1974). 

Tratemos ahora de mirar quiénes son esas gentes del Chocó, esas culturas que hacen parte del gran universo multiétnico colombiano.

 

Los embera y waunan 

Ya hemos hablado del origen común de estos dos grupos indígenas, situación confirmada desde la mitología, la lingüística y la etnología. Sin embargo, es importante anotar que entre ellos mismos se consideran absolutamente diferentes, incluso los embera entre sí. Estos últimos, además de diferenciarse según el medio donde vivan (eyabidá, dobidá o pusabidá), se reconocen entre sí como chamíes (habitan Risaralda, suroeste antioqueño y la zona suroccidental del Chocó) catíos (occidente antioqueño y carretera Quibdó - Medellín); embera (Atrato, Baudó, costa Pacífica y afluentes respectivos) y epera (Cauca y Nariño).

Los waunan, por su parte, se sienten un solo grupo, a pesar de habitar 4 zonas diferentes: Medio y Bajo San Juan; Bajo Atrato (río Chintadó); Panamá y costa Pacífica y, por último, la llamada “Serranía Waunan” en el municipio chocoano del Bajo Baudó. 

¿Qué identifica a los embera y waunan? ¿Cuáles son sus particularidades frente a otros grupos étnicos del país? 

Cuando se llega a una comunidad indígena del Chocó, lo primero que se tiene ante los ojos son las viviendas. Existen varios tipos de vivienda y a este respecto Zuluaga, Villa y Pardo (16) proponen una tipología que consta de tres clases de vivienda: la tradicional, la vivienda en transición y la vivienda propia de las comunidades negras. 

Tradicionalmente, las viviendas o tambos (de en emberá y di en lengua waunan o maash meu) se construyen sobre cuatro pilotes principales que suelen ser de guayacán, a una altura promedio de dos metros sobre el suelo para evitar problemas de humedad y el ingreso de animales a la vivienda. Los techos son cónicos, construidos con hojas de palma de diversos tipos y con dos técnicas fundamentalmente: “hoja raspada” y “hoja entera”. En la vivienda tradicional no existen divisiones internas ni paredes, aunque hay una distribución del espacio en términos de su funcionalidad. Sus pisos son de corteza de palma.   

La vivienda en transición es la que actualmente más se ve en las comunidades. El techo cónico es reemplazado por otro de tipo rectangular hecho en palma y posteriormente cambiada ésta por láminas de zinc o asbesto. El piso empieza a hacerse de madera aserrada y se comienzan a apreciar medias paredes en la parte exterior de la vivienda. 

El patrón de vivienda propio de las poblaciones negras empieza a verse en las comunidades: casas con piso de madera, techos rectangulares de zinc o asbesto, pocas ventanas, algunas divisiones interiores y paredes hacia el exterior. Este tipo de construcción es inconveniente en un medio como el del Chocó, debido a las altas temperaturas en el día, ya que los materiales del techo no son refractarios; al humo de los fogones de leña que se encierra dentro de la vivienda y al hacinamiento que se da cuando aparecen las divisiones internas, dadas las características de la familia indígena.   

 

Las mujeres indígenas usan el cabello largo hasta la mitad de la espalda, llevan el torso descubierto y adornado con pesados collares de chaquiras de distintos colores (cuentas de porcelana traídas desde Panamá o compradas en Quibdó), con preferencia tonalidades fuertes. Cubren sus caderas y genitales con una tela en colores vistosos de 70 centímetros de ancho por 2.5 metros de largo que envuelven en su cintura a modo de falda. Esta tela (paruma) es preferida por las mujeres embera estampada, mientras las waunan la prefieren de un solo color. En el caso de las mujeres chamíes, la indumentaria utilizada consiste en un vestido entero, al modo de las campesinas antioqueñas. 

Los hombres visten generalmente con una tela de un metro de largo por 20 centímetros de ancho llamada guayuco o pampanilla (antiá, en lengua embera), la cual sostienen a la cintura con un cordel. Con ella cubren sus genitales. Es común, también, ver a los indígenas usar pantalonetas y camisetas, sobre todo cuando bajan a los pueblos de los negros. Los catíos y chamíes utilizan en general pantalón largo y camisa a la usanza de los campesinos antioqueños, tal como las mujeres. 

Para adornarse, utilizan collares tejidos en nylon y chaquiras, llamados okama, y otros con cuentas de plata, manufacturados por joyeros indígenas. La plata la consiguen de monedas antiguas que han pasado de generación en generación (hemos encontrado algunas con fecha de 1852). También utilizan las monedas de 20 y 50 centavos para hacer las cuentas de los collares. La forma de estas cuentas es muy variada: gotas de agua, cocodrilos y otras de tipo geométrico. Así mismo, los hombres utilizan aretes, anillos y narigueras, aunque es difícil hoy en día ver un joven usándolas. 

Un elemento de suma importancia en la indumentaria indígena es la jagua (kipara en lengua embera). Es una fruta silvestre (Genipa americana) la cual después de rallada y escurrida produce un zumo transparente que al secarse sobre la piel se vuelve negro. Con pinceles vegetales, dibujan en su cuerpo figuras con infinidad de significados. Hay motivos diferentes según la persona que la use (si es chamán, mujer, adolescente, etc.), la situación en que se utilice o la motivación que se tenga. Con respecto a la práctica del dibujo corporal entre los embera, la antropóloga Astrid Ulloa realizó un trabajo muy completo en el Medio Atrato (17) . Además de adorno, la jagua tiene usos medicinales y rituales para los indígenas.    

Los chamanes (Jaibaná para los embera y Benkún para los waunan) juegan un papel muy importante en el mantenimiento de la identidad de estos grupos indígenas. Son quienes controlan los espíritus. Pueden ser hombres o mujeres. Todos los adultos han aprendido en el transcurso de sus vidas el uso de ciertas plantas medicinales y/o mágicas, pero para convertirse en chamán se necesita más que el manejo mecánico de fórmulas y objetos. Esta habilidad se adquiere con el aprendizaje, el cual está abierto para cualquier persona que pague para ello. En el proceso de aprendizaje del chamán intervienen muchos maestros. Cada uno de ellos enseña a su aprendiz, además de los aspectos secretos de las plantas medicinales, a llamar y controlar ciertos espíritus. Mientras mayor sea la cantidad de maestros que un chamán vaya teniendo, mayor la cantidad de espíritus que puede controlar y, por lo tanto, mayor su poder y reputación. 

Los indígenas del Chocó logran abastecerse de los elementos necesarios para su subsistencia a partir de cuatro actividades económicas fundamentalmente: La caza, la pesca, la agricultura y un incipiente intercambio comercial con negros y blancos. Todas ellas conforman un sis­tema, adquiriendo cada una un peso específico diferente según la región en que se encuentren ubicadas las comunidades. 

Hay zonas donde la explotación forestal por parte de compañías madereras, que han ejercido labores extremadamente depredadoras, afecta de manera absoluta el ecosistema propio de la Selva Superhúmeda Tropical propio de la cuenca del Pacífico. Estas actividades han implicado para las comunidades indígenas una situación de adecuación a una realidad distinta a la que sus mecanismos culturales han respondido durante milenios. 

El indígena ha encontrado en la selva todo lo necesario para su supervivencia. Si tenemos en cuenta las necesidades de consumo de nutrientes en términos de proteínas, carbohidratos, lípidos y vitaminas, encontramos que estas necesidades eran fundamentalmente cubiertas por los recursos disponibles a partir de las prácticas de cacería, recolección, pesca y agricultura, que caracterizaron hasta hace pocos años su economía. Hoy en día, como ya se dijo, estas actividades deben ser complementadas con algún tipo de intercambio comercial, ante la disminución de la disponibilidad de alimentos en el me­dio ambiente selvático circundante. 

Lo mismo ocurre en lo que al cubrimiento de otras necesidades culturales se refiere. Es el caso de la medicina tradicional. Gran cantidad de plantas necesarias para el tratamiento de enfermedades empiezan a desaparecer. En un taller realizado en el bajo San Juan con asistencia de varios chamanes, se lograron ubicar cerca de 1.150 especies diferentes de plantas utilizadas para el tratamiento médico (18) . Lo preocupante es que el 30 por ciento de ellas son en la actualidad de muy difícil consecución. De igual manera, los materiales necesarios para la elaboración de canastos (cestería), para la construcción de las viviendas tradicionales, y las maderas para la elaboración de canoas, entre otros, se hacen cada vez más escasos y en algunas zonas incluso se han extinguido. 

Ante la presión colonizadora ejercida sobre el territorio indígena por gentes negras, mineros del interior del país, grandes empresas madereras y el mismo Estado a través de sus macroproyectos para la cuenca del Pacífico, los indígenas chocoanos han optado por constituir su organización, la cual cuenta ya con más de 10 años de existencia. La Orewa (Organización Regional embera - waunan del Chocó) tiene como puntos fundamentales de su plataforma de lucha la “Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía”. Para lograr esto, desde su surgimiento la Orewa ha impulsado la organización de las comunidades del departamento bajo la forma de cabildos, reconocida por el Estado, y se ha valido de la legislación indígena existente para hacer valer sus derechos como minoría étnica. 

La Orewa hace parte con otras muchas organizaciones indígenas del resto del país de la ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia) y cabe destacar que en las tres últimas Juntas Directivas de la ONIC ha habido un representante del Chocó. Es, además, una de las organizaciones indígenas que mayor cubrimiento territorial tiene en el país y que ha logrado llegar a mayor número de comunidades. Internamente, cuenta con un Comité Ejecutivo como máximo organismo administrativo, cuyos miembros son elegidos en congresos regionales. Cuenta con un equipo de colaboradores indígenas y no indígenas que se de empeñan en los programas de Producción, Salud, Educación, Organización y Comunicación. 

La Orewa cuenta con un amplio reconocimiento por parte de las comunidades. Ha logrado llegar  al 98 por ciento de ellas en el departamento.

 

ISTMINA.
Fotografía Diego Arango.


Afroamérica 

Cununo, guasá, alabaos, chigualos, marimbola, tamborito, timbas... palabras que inmediatamente remiten a ritmos vitales del Pacífico que nos hacen entender la fuerza de la existencia para las gentes negras, su sentido de la vida como una fiesta con todas sus implicaciones. Traídos del Africa, desarraigados de sus pueblos de origen en uno de los capítulos más crueles de la historia de la humanidad, los negros han desarrollado en América una cultura que incorpora elementos europeos, indígenas y africanos. En palabras de Saturnino Moreno, presidente de la Asociación Campesina Integral del Atrato. “Los negros del Andén Pacífico tenemos unas tradiciones, costumbres, usos y manejos del suelo y de los recursos naturales, una religiosidad muy diferente a los del resto de la población colombiana...”. 

La experiencia histórica transmitida de generación en generación la ha enseñado al negro cuál es la mejor manera de relacionarse con el medio ambiente natural de tal manera que se conserve la diversidad necesaria para su sostenimiento. Dicen Luis Alberto Moreno y Roberto Cañete en un boletín editado por Codechocó: “El campesino chocoano establece con la naturaleza una relación espontánea haciendo uso de ella solamente del recurso necesario y permitiendo  así su recuperación natural y mínimos desechos fácilmente reciclables. Esto pone de manifiesto la realidad de un manejo armónico de todos los factores medioambientales, manteniendo la variedad y complejidad necesarias... Este tipo de relación ha permitido históricamente al campesino conseguir sus productos básicos de alimentación mínimos como las harinas contenidas en el plátano, arroz, yuca y el maíz, y las proteínas contenidas   en el pescado..., en la caza de la guagua... o en la cría de aves, ganados, marranos” (19)

En cuanto a la propiedad, la gente tiene su propia concepción. Basta analizar la práctica de los mineros de Barbacoas (Nariño), bastante estudiada por la antropóloga Nina S. De Friedemann. Allí se conserva perfecta memoria del árbol genealógico y se tiene derecho a la explotación de las minas en la medida que el interesado demuestre su pertenencia al tronco familiar. Sin papeles ni escrituras. En el Chocó, el derecho que un miembro de familia tiene a sus terrenos es respetado por todos, así no haya trabajado durante años. La gente sabe que la tierra tiene que descansar. 

El sentido del tiempo y del trabajo es también muy distinto al imperante en nuestra sociedad. Se trabaja duro, pero solamente el tiempo necesario para conseguir lo indispensable para su subsistencia. Debido a la propia visión que se tiene acerca de la vida, el ocio y el trabajo, la gente no posee la mentalidad capitalista de la acumulación. Se vive “al día”. El tiempo se utiliza en el juego, la danza, el arte, la comunicación y el trabajo. Las jornadas de trabajo pueden ser bien de 16 horas o de 4 horas , según los requerimientos. No se es esclavo del tiempo. Est no es entendido por el foráneo que llega a la región, quien tacha al nativo de “perezoso”. 

Entre las muchas expresiones de la cultura negra del Pacífico colombiano, una de las más características son los ritos funerarios. Cuando muere un adulto, el duelo se realiza durante nueve días (novena). El primero y último de ellos, durante toda la noche, hombres y mujeres pasan toda la noche hasta el amanecer entonando unos cantos llamados “alabaos”. A través de los cuales  se expresa el duelo por la muerte de la persona  invocando a Dios y, al mismo tiempo recordando la vida del difunto. El último día, tiene lugar el levantamiento del altar que representa al muerto, el cual se supone abandona definitivamente este mundo después de la novena y se piensa que su espíritu físicamente sale del lugar donde se realizó la novena al levantar el altar, hecho que constituye todo un ritual. 

La situación es muy distinta cuando muere  un niño. A este se le llama “angelito” y no se le hace novena. La noche del día en que muere se realiza un ritual llamado “chigualo”. Consiste en una serie de cantos, danzas y juegos para lograr que el angelito “no pene”. Los niños son llevados al ritual para que miren el angelito (que se encuentra adornado con flores en la boca, la nariz, las orejas y el cabello), e incluso para que jueguen con él. En ocasiones los juegos incluyen pasarse el cuerpo del niño muerto  de mano en mano. El ambiente que se vive es alegre, casi festivo. Pero nunca confundiéndolo con el baile.

 

Relaciones interétnicas 

En el Chocó un departamento donde confluyen tres etnias: la indígena, la negra y la “paisa” (tal como los chocoanos designan y distinguen  a la gente proveniente  del interior del país). En realidad, en muchas partes del país se presenta esta situación. Pero en el Chocó existe una particularidad: las minorías étnicas son la mayoría de la población en el territorio. 

El 20 por ciento de la población del departamento es indígena, el 77 por ciento negra y el 3 por ciento “paisa”. Sin embargo, ese 3 por ciento controla el 70 por ciento de la actividad comercial y es el dueño de todas las empresas explotadoras de los recursos naturales. La población negra controla, por su parte, el poder político y el aparato burocrático. Los indígenas son excluidos de cualquier tipo de instancia decisoria. 

Es en este contexto, en el marco de un país que ha desconocido los derechos de las minorías étnicas, que se desenvuelven las relaciones entre las tres culturas presentes en el departamento. 

Es característica de la sociedad en que vivimos la prevalencia de relaciones de dominación entre los grupos y las personas. La dinámica social implica que siempre hay algunos que poseen el poder político y económico y se sienten superiores a otros en todos los aspectos. Se considera que el dominado es torpe, sucio, no sabe, es peligroso, es pobre porque es perezoso, etc. El Chocó no escapa a esta situación. Los blancos asumen actitudes de dominación y superioridad sobre los negros, y lo que es más preocupante, estos sobre los indígenas. Al respecto es muy diciente el trabajo realizado por Nina S. De Friedemann acerca de la fiesta del Indio en Quibdó. Por su parte, los indígenas consideran que el negro es el “demonio”, que huele mal, etc. 

La prevención que existe entre los indígenas con respecto al negro tiene antecedentes y causas históricas. Cuando los esclavos negros compraban su libertad o se liberaban de la esclavitud a la cual eran sometidos por los blancos, se desplazaban a constituir  sus poblaciones en territorios donde pudieran ejercer sus labores agrícolas. Generalmente esos territorios estaban ocupados por familias indígenas, quienes ante la llegada de los negros (y como una forma de resistencia cultural ante el acoso de los españoles) se iban a vivir a lugares cada vez más apartados, hasta llegar a donde hoy se encuentran: en las cabeceras de los ríos más apartados, donde el contacto con negros, paisas y misioneros es mínimo. Se dio pues, durante toda la Colonia y hasta los tiempos actuales una competencia por el territorio, lo cual generó y genera conflictos entre las dos etnias predominantes en el departamento. 

Sin embargo, existen también entre negros e indígenas relaciones de mutua conveniencia. Es el caso del compadrazgo. Los indígenas buscan entre los negros de los pueblos vecinos a sus comunidades personas que sirvan de padrinos de bautizo para su hijos. Por este medio se establece la relación de compadrazgo. Así, cuando el indígena baja de su río al pueblo para vender algunos productos (carnes de animales del monte, plátanos, etcétera), se hospeda en casa de sus compadres negros, quienes a su vez se ven beneficiados por los presentes que aquellos les traen y por una serie de favores, sobretodo de tipo mágico. El indígena es temido por el negro en este aspecto. 

En los últimos años a partir de la consolidación de la Orewa como organización, el indígena es mucho mas respetado en el ámbito chocoano. Se le reconoce su capacidad de organizarse, de luchar por el mejoramiento de sus condiciones de vida y por la reivindicación de su cultura. Además, con el surgimiento de las Organizaciones Campesinas (Asociación Campesina Integral del Atrato – HACIA, Asociación campesina de San Juan – Acadesan, Organización de Barrios Populares del Chocó – Obapo), se ha dado un proceso de acercamiento muy interesante entre las dos etnias, hasta el punto de luchar por causas comunes, tales como la defensa del territorio y el derecho a la autonomía. 

Los “paisas” siguen, sin embargo con las mismas actitudes tanto hacia el negro como hacia el indígena. La gran mayoría de los que llegan al Chocó (independientemente de su posición económica y social), lo hacen con el ánimo de enriquecerse, con el agravante de que la inversión que realizan en el departamento es mínima; las utilidades las remiten a sus lugares de origen.

 

La gran amenaza 

“Mirar hacia el Pacífico” ha sido una frase continuamente repetida en los últimos tres años en todos los medios masivos de comunicación. La pronuncian por igual el presidente Gaviria, el expresidente barco, Alvaro Gómez, el gremio cafetero, las Fuerzas Militares, los grandes industriales, en fin, todos los que de una u otra manera dirigen el país. El estado colobiano y la empresa privada vienen realizando estudios de factibilidad para la ejecución de macroproyectos en la Cuenca, algunos de los cuales han entrado en la fase de implementación. Se dice de estos proyectos que son prioritarios para el desarrollo del país y de la costa Pacífica, teniendo en cuenta que el siglo XXI será el “Siglo del Pacífico” debido al auge económico que han experimentado los países del sureste asiático (Filipinas, Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Japón en particular), y a la actual situación de apertura de las economías a nivel mundial (20)

Algunos de los proyectos a los cuales nos referimos son los siguientes:  

  Construcción y desarrollo de un puerto en bahía Cupica capaz de recibir embarcaciones hasta de 200.000 toneladas. 

  Construcción y desarrollo de un puerto de iguales características en el golfo de Urabá. 

  Construcción de un ferrocarril transcontinental y de poliductos entre los dos puertos, paralelo a la carretera Panamericana para permitir, a bajo costo, el trasbordo de contenedores y carga a granel del Atlántico al Pacífico, y viceversa. 

   Mejoramiento y extensión de las carreteras existentes en la costa norte, incluyendo un puente o viaducto desde Turbo hasta el lado oeste del golfo de Urabá. 

   Mejoramiento de la carretera Pereira -Tadó- Las Animas y prolongación hacia el norte a lo largo de la margen izquierda de la serranía del Baudó hasta bahía Cupica. 

  Construcción de un puerto para la exportación de café en el golfo de Tribugá. 

  Desarrollo de áreas de transformación industrial a escala mundial a lo largo de la carretera entre Cupica y el golfo de Urabá. Se incluye la declaratoria de este territorio como zona franca. 

  Montaje de industrias dedicadas a la exploración, refinamiento y exportación de recursos petroleros. 

  Ejecución de programas incidentales de carreteras, minas, agricultura y extracción maderera en el área sur del Chocó, incluyendo las áreas del río San Juan, con el objeto de asegurar nuevas y modernas conexiones adicionales con Cali, Buenaventura y bahía Málaga. 

  Construcción de varias centrales hidroeléctricas a lo largo del curso alto del río Atrato y ampliación de la hidroeléctrica del Calima, vaciando las aguas del río Cauca al Calima (afluente del San Juan). 

En sociedades como la nuestra, los grandes proyectos de inversión responden a las necesidades del capital (ampliación de mercados, necesidad de divisas, infraestructura básica para el establecimiento de industrias, etc.). Tal es el caso de las inversiones estatales y privadas que se proyectan hacia el litoral Pacífico colombiano. Si miramos con detenimiento las cifras de Pladeicop (Plan para el Desarrollo Integral de la Costa Pacífica) (21) , en su proyecto inicial (1983) se destinaba un 75 por ciento de sus recursos para inversiones relacionadas con la construcción de obras de infraestructura (carreteras, puertos, aeropuertos, centrales hidroeléctricas) y con estudios destinados al diagnóstico de sectores atractivos para la explotación intensiva, la cual solamente puede hacerse efectiva mediante el concurso de grandes capitales na­cionales y extranjeros. Se parte del supuesto de que este tipo de proyectos generan bienestar social, lo cual está más que desvirtuado por la experiencia de muchas zonas del país (Arauca, Cerrejón, Magdalena Medio, etc.). Con el agravante de que el tipo de inversión planteada apunta al establecimiento en la zona de prácticas meramente extractivas de los recursos naturales renovables y no renovables (22) .  

Por qué el país está “mirando hacia el Pacífico”? Los países de la cuenca del Pacífico manejan el 60 por ciento del Producto Interno Bruto mundial. Hacia el año 2000, el Japón aportará el 25 por ciento de este PIB. En 1986, los países del sudeste asiático participaron con el 22 por ciento de la balanza comercial mundial, es decir, un movimiento de 183 billones de dólares. Son estas las cifras que obligan al Estado y al capital a mirar hacia el Pacífico. No son las necesidades de los hombres, y mucho menos el respeto por su identidad cultural y territorial. La mayoría de los terrenos que habitan negros e indígenas son declarados “baldíos” por el Estado colombiano. Al declararlos como tal, se desconoce la existencia de etnias que los han poseído y explotado durante cientos de años. No existen jurídicamente los negros e indígenas del Pacífico. 

El problema para las gentes del Pacífico es grave. No sólo es una concepción desvirtuada de lo que debe ser el desarrollo lo que los afecta. Es también el encuentro con otra cultura ajena por completo a la propia. Cultura es “el conjunto de instrumentos, técnicas, formas de organización, patrones de conducta, valores y creencias ideado por un grupo humano en respuesta a los retos que le plantean tanto la historia, como el entorno físico y social” (Arocha, 1989). Cuando dos culturas diferentes se encuentran pueden darse fenómenos de sincretismo (en caso de que una retome e incorpore elementos de la otra y viceversa) o de dominación. En nuestro caso, prevalece lo segundo. Somos parte de una sociedad que se asume como el modelo de lo que cualquier sociedad debe ser. Sobre esta base y en el marco de una territorialidad específica, se conforma un Estado que se autoproclama “nacional”, representante supuesto de todos los habitantes del territorio, los cuales deben cumplir con unas leyes que no reconocen la diversidad y consecuente especificidad cultural. Son hechas con la lógica de la cultura dominante. Si en ese territorio viven grupos humanos con culturas distintas a ésta, tienen que plegarse o morir. Lo anterior ocurre no solamente con las leyes sino también con la dinámica económica, social, política, etc. Se imponen por la fuerza (explícita o implícita) los valores de la cultura dominante.

 

La esperanza se mantiene 

Lo anterior ha cambiado en algo a partir de la promulgación de la nueva Constitución nacional, donde se reconoce el concepto de territorio para los indígenas y mediante el artículo transitorio 55 se hace lo propio para los negros de la cuenca del Pacífico. El Pacífico debe ser para sus gentes. Es la lucha que hoy por hoy se encuentran dando las organizaciones populares de la región. 

Citemos un caso. Por iniciativa de la Asociación Campesina Integral del Atrato, se ha propuesto al Estado la titulación comunitaria de las tierras en el Pacífico, teniendo en cuenta las prácticas tradicionales de posesión y uso del suelo por parte de la etnia negra. Esta propuesta viene desde 1988 y en torno a ella se ha logrado una lucha conjunta de ACIA, la Organización de Barrios Populares, la Asociación Campesina del San Juan (Acadesan), la Orewa y otras organizaciones chocoanas. La posibilidad de volverla realidad está en la reglamentación y ejecución de lo contemplado en el artículo transitorio 55 de la nueva Constitución Política de Colombia. En el mismo sentido, Acadesan y la Orewa han propuesto al Incora la constitución legal de un gran territorio Waunan-Negro en la zona del Bajo San Juan. 

No olvidemos que la cuenca del Pacífico es el territorio con mayor biodiversidad en el mundo. Biodiversidad que se mantiene gracias a las prácticas tradicionales de manejo del ecosistema que durante siglos han desarrollado negros e indígenas y que hoy en día se ve en peligro ante los planes que se piensan desde el interior del país. Pero no sólo eso. Es también la diversidad cultural la que se ve amenazada, ante las perspectivas de saqueo e invasión del territorio. Mucho se ha hablado de esta problemática en lo que se refiere a la Amazonia y es la hora de plantearlo para la cuenca del Pacífico. Las organizaciones ecológicas internacionales deben interesarse. Varios representantes de las organizaciones acá mencionadas han realizado en el último año giras por Europa haciendo las denuncias correspondientes, no sólo frente a posible proyectos, sino frente a realidades como las consecuencias que han tenido la Base Militar de Bahía Málaga, las minas de cobre del Carmen de Atrato, la explotación indiscriminada del Catibo (especie maderable) por parte de Maderas del Darién en el Bajo Atrato y otras muchas que hoy por hoy presagian el desierto biológico y cultural en que se puede convertir el Pacífico. 

Regresar al índice                          Siguiente Capítulo

1. DANE. Colombia Estadística 1990. Departamento Administrativo Nacional de Estadística. Bogotá, 1991. (Regresar a 1)

2. Tamayo, Jorge. Ubicación Geográfica de las comunidades indígenas del departamento del Chocó. Investigación realizada para la OREWA. Quibdó, 1991. Mecanografiado. (Regresar a 2)

3. Botiva Contreras, Alvaro y otros. Colombia Prehispánica. Regiones Arqueológicas. Instituto Colombiano de Antropología. Bogotá, 1989. (Regresar a 3)

4. Relato recogido por el autor en 3 zonas diferentes del Chocó: Costa Pacífica, Bajo Atrato y Alto Baudó. (Regresar a 4) 

5. Ver entre otros: Pardo, Mauricio. La Escalera de Cristal. En: Maguaré - Revista del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. Vol. 4 No. 4. Bogotá, 1986. Pág. 21-46 Vargas, Patricia. La Conquista Tardía de un Territorio Aurífero. Tesis de Grado. Universidad de los Andes. Bogotá, 1984. (Regresar a 5)  

6. Versión corregida por el autor en la zona del Bajo San Juan durante una investigación realizada en 1990. (Regresar a 6)  

7. Cli. Vargas, Patricia. La Historia en las Tradiciones de los Emberá y de los Tule. En:    Revista Arqueológica No. 10. Bogotá, Julio de 1989. (Regresar a 7)  

8. Cli. Pardo, Mauricio. Indígenas del Chocó. En: Introducción a la Colombia Amerindia. Publicación del Instituto Colombiano de Antropología. Bogotá, 1987. Pág. 251-261. (Regresar a 8)  

9. Vargas, Patricia. Op. cit. (Regresar a 9)  

10. Ibid. (Regresar a 10)  

11. Cli. Romoli, Kathleen. El Alto Chocó ene1 siglo XVI. Revista Colombiana de Antropología, Vol. XIX y XX. Bogotá, 1976. (Regresar a 11)  

12. Whitten, Norrnan E. y Nina S. de Friedemann. La Cultura Negra en el Litoral Ecuatoriano y Colombiano: Un modelo de adaptación étnica. En: Revista Colombiana de Antropología, Vol. XVII. Bogotá, 1974. Pág. 75-116. (Regresar a 12)

13. Cfr. Ortega Ricaurte, Enrique. Historia Documental del Chocó. Publicaciones del Departamento de Bibliotecas y Archivos Nacionales. Bogotá, 1954. (Regresar a 13)  

14. Whitten y Friedemann. Op. cit. (Regresar a 14)  

15. Ibid. (Regresar a 15)

16. Cfr. Villa, William y otros: Diagnóstico de las comtosidades Wannanas. Traha~ realizado para la OREWA. Quihdó, 1987. Mecanografiado. (Regresar a 16)

 

 

AdjuntoTamaño
583.jpg 0.01 MB
Título: 47. Las gentes del Chocó. Por: Jorge Tamayo
Colección: Afrocolombianidad


Comentarios () | Comente | Comparta c