COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

51. EL CHOCO Y EL DESCUBRIMIENTO DEL PLATINO  

 

RODOLFO SEGOVIA SALAS
Senador de la República de Colombia
Ex-ministro de Obras Públicas y Transporte
Historiador

CONDOTO
Fotografía Diego Arango
 

Carlos III, rey de España (1759-1788) y déspota ilustrado, abrazó fervorosamente el contagioso optimismo de la Ilustración. Ese entusiasmo dio origen a la leyenda del platino, nuevo elemento químico satisfactorio para el orgullo científico hispánico y no tan peligroso para el orden establecido como las infecciosas nociones en boga durante el Siglo de las Luces. 

El platino es, después del oro y la plata, el más común de los metales nobles. En estado natural hace parte de la platina, un mineral donde se combinan el platino y otros metales de su grupo, también nobles pero más raros, en duras aleaciones de diversa composición. El maleable platino y sus compañeros funden a altísimas temperaturas, demasiado elevadas para los hornos y sopletes del siglo XVIII. En la naturaleza, la platina aparece sólo donde hay oro, mezclada con él, aunque no aleada, y sin que sea posible, dada la proximidad de los pesos específicos, separarla eficientemente por sistemas mecánicos tradicionales, como el lavado. 

En 1783, Francisco Chabaneau, un hombre de ciencia francés al servicio de la Corona española, descubrió un método químico para purificar el platino. Por entonces, el Chocó, la más joven frontera de la Nueva Granada, era la única fuente de platina en el mundo civilizado. En el alto Atrato y en el alto San Juan se la tropezaban los mineros y la consideraban una calamidad porque dificultaba las operaciones de lavado de oro y hasta los obligaba a abandonar los placeres.  

La historia del platino en el Chocó no comienza con Chabaneau. Desde los albores de la penetración en la provincia, durante la segunda mitad del siglo XVII, la platina arribaba ingeniosamente dispersa en los lingotes de oro a las Casas de Moneda de Santa Fe y Popayán. Burlando al fisco, los mineros se resarcían de los malos ratos que les hacía pasar el engorroso mineral. Se sabe, además, que los mineros no discriminaban contra la Corona y que también pasaban gato por liebre a los contrabandistas en las bocas del Atrato. Alguna vez uno de ellos, holandés por más señas, tomó a mal el engaño y, enfurecido, capturó e hizo colgar del palo mayor a los culpables. Más pacíficamente, la platina se almacenaba bajo llave en las Casas de Moneda y una vez reunida una cantidad apreciable se procedía a arrojarla a las aguas del Bogotá o del Cauca. La ceremonia, presidida por los oficiales reales, destilaba todo el engolillado formalismo de la época e iba acompañada de actas y demás fórmulas legales para proteger el patrimonio del Rey. 

El primer envío oficial desde el Chocó tuvo lugar en 1766. Un despacho de 47 libras se remitió a Junta de Comercio, Moneda y Minas que había recibido una propuesta de un cierto Barón de Plániz, quien afirmaba que la platina abarataba y mejoraba la aplicación de la cochinilla. Sin embargo, a la hora de la aplicación práctica, el Barón, más charlatán que científico, desapareció sin dejar huellas. Pero es gracias a Chabaneau que la platina deja de ser una plaga para el oro. El francés había llegado a España a regentar la cátedra de química de un típico producto de la Ilustración española: el Seminario de Vergara de la Sociedad Vascongada de Amigos del País. En el bien dotado laboratorio del Seminario dedicó largas horas al estudio y experimentación, sin que se sepa cómo nació su interés en la platina. Quizá bastaba la disponibilidad de muestras y la curiosidad por lo nuevo y potencialmente útil, lo cual apasionaba a los hombres de la época. 

Su patrón y protector, el Marqués de Aranda, valido y ministro real, tenía fe en los experimentos de Chabaneau. Por su conducto llegaba a Vergara la platina y, como aquello era asunto de paciencia, se encargaba de estimular al científico cuando éste se descorazonaba. Carlos III no ocultó su satisfacción cuando, al fin, el sabio francés dio con la concentración adecuada de agua regia que disuelve el platino sin atacar a los otros metales de su grupo. Se acuñaron medallas conmemorativas, en platino naturalmente, y para aprovechar el descubrimiento, Chabaneau fue invitado a dirigir en Madrid un laboratorio con los más modernos equipos. Su misión: purificar toda la platina que llegase de América y enseñar a jóvenes talentosos los misterios de la química. España deseaba no únicamente ganarse unos pesos, sino también demostrar que tenía su vagón de conocimientos útiles enganchado al tren de la Ilustración. 

Desde el descubrimiento de Chabaneau hasta el lánguido final del monopolio hispano sobre el platino, España no cejó nunca en su empeño por valorizar el platino. Se observan, sin embargo, dos fases bien diferentes en la concreción de esa política. La primera, aproximadamente hasta 1790, es modelo de coordinación y celeridad, excepcional en los anales de la lerda burocracia colonial. La segunda, bajo el signo de la incompetencia real, de la falta de medios y de las complicaciones internacionales, borra sin dejar huellas aun la más modesta significación que el platino pudiese haber tenido como fuente de ingresos. 

La estrategia de Carlos III parece extraída de los textos de administración moderna: se basa en mantener el control estricto de la patente de fabricación, en acaparar el suministro de materia prima y en mercadear inteligentemente el nuevo y exótico material. El primer paso consiste en trasladar a Chabaneau a Madrid y reservarle la licencia exclusiva para purificar platina. A los poseedores accidentales del secreto, como Juan José D’Elhuyar, quien por entonces se encontraba en Mariquita con la misión de resucitar las minas de plata del Nuevo Reino, se les prohibe, bajo amenaza de ejemplar castigo, hacer uso de él o divulgarlo. 

A América llega orden real de ocuparse activamente de la platina. La reciben virreyes y capitanes generales y en particular, Antonio Caballero y Góngora, bajo cuya jurisdicción se encontraba el Chocó. En el Arzobispo-Virrey, la Corona contaba con un funcionario ejemplar. Prontamente, pero sin exagerar la nota para no despertar la codicia de los asombrados mineros, el gobernador Carlos Smith compra onza tras onza de platina a un precio de dos a tres reales por libra. En diciembre de 1787, año y medio después de firmada la orden real, arriban a la península aproximadamente 650 libras de platina. No contenta con estos excelentes resultados preliminares, la Corona ordena depositar en las cajas reales toda la platina que obtengan los mineros so pena de severas sanciones. El mineral se convierte en monopolio real y al mismo tiempo se autoriza al Virrey para mejorar el precio de compra. 

La coherencia del esfuerzo requiere mayor atención administrativa de la provincia, habida cuenta que también el oro pasaba por un buen momento en el Chocó. La respuesta es la visita de Vicente Yáñez. Por recomendación del visitador se libera la, hasta entonces, restringida navegación por el Atrato, y la Corona pone en práctica un esquema de financiación de la compra de esclavos, que había sido largamente acariciado por los mineros, a condición de que parte de su precio se pague en platina. Esta vale ahora dos pesos por libra; una bonanza si se considera que el minera (1) constituía el lastre de los veneros. Se insiste, eso sí, en el monopolio real; el comercio ilícito de la platina se castiga con multas y trabajos forzados. 

Desde Madrid proponen la explotación estatal de las minas, pero el visitador se opone. Prefiere dejar la platina en manos de la iniciativa privada. Sus esfuerzos y su confianza rinden pingües frutos. En menos de un año, las cajas reales reúnen 3.000 libras de platina que el Arzobispo-Virrey conduce personal y triunfalmente a España. Este despacho, el más abundante en los anales coloniales, representa por sí solo más de una tercera parte del mineral exportado legalmente hasta la Independencia. 

Una vez asegurada la materia prima, el último eslabón en la estrategia real es el mercadeo del producto. Se trata de crear una demanda que subraye el orgullo español por haber domesticado el platino y lo convierta en fuente de ingresos. Se distribuyen muestras por las cortes de Europa y se pondera su condición de metal precioso, especialmente útil por su extraordinaria estabilidad química y alto punto de fusión, ideal para fabricar instrumentos científicos. Se tallan delicadas joyas y los espectaculares cálices destinados a su Santidad el Papa reciben amplia publicidad. En poco tiempo queda asegurado el éxito comercial y comienzan a recibirse pedidos de toda Europa. Aquello, sin embargo, no habría de durar. 

Después de 1790, la incompetencia de la Corona convierte en pesada carga lo que prometía ser un lucrativo negocio. Carlos IV continúa la política trazada por su progenitor: preservar el secreto, intensificar los despachos de América y comercializar el platino. Sólo que ya los medios no son adecuados a los fines. Hacia 1797 se han acumulado 3.500 libras de platina sin refinar en los laboratorios, o sea, dos terceras partes de lo remitido a España desde el Nuevo Mundo. El inventario de platino comercial es de apenas 28.5 libras. En enero de ese año se dan al servicio nuevas instalaciones de refinación espléndidamente equipadas. Al frente de todos los laboratorios y de la cátedra de química queda Joaquín Cabezas, un talentoso discípulo de Francisco Chabaneau. El Sabio francés, enfermo y cansado, regresa a su patria, pero sólo con una licencia, lo que deja a Cabezas en interinidad - durante dos años - y sin poderes para continuar activamente la purificación. El síndrome del secreto lo maniataba. 

De otra parte, la penuria era lastimosa. Los funcionarios de la Real Hacienda no consideraban prioritaria la refinación del platino. Más de una vez Cabezas interrumpió sus labores por falta de fondos. A principios de 1800, el joven químico recibió la orden de purificar suficiente platino para la confección de los nuevos patrones del sistema métrico decimal: un metro y un kilogramo. Como no tenía fondos para adquirir reactivos, acudió al Rey y le fue librado un vale contra el Real Tesoro. De nada valió la intervención de Su Majestad; a pesar de su persis­tencia, Cabezas no logró hacerlo efectivo. 

Carlos IV siguió distribuyendo muestras y artículos de platino, pero su magnificencia parecía carecer de objetivos definidos. Se ignoraba, por ejemplo, el valor de la platina y del metal puro en los mercados de Europa. Cuando en 1796, el Comité de Educación Pública de París solicita 250 libras de platina - cantidad considerable para propósitos meramente educativos - ni el Rey, ni su ministro Manuel Godoy, ni Chabaneau conocían el precio y optan, finalmente, por enviarlas gratis. La decisión final pudo haber sido dictada por razones políticas ya que España era casi un satélite de la nueva y triunfante República Francesa, pero es indicativa del divorcio entre los propósitos y la ineptitud real para concretarlos. Un año más tarde, el precio seguía siendo una incógnita y hubo de solicitársele un informe a Chabaneau, ya de regreso a Francia, sobre la valía del metal en los mercados extranjeros. No se sabe si el achacoso profesor dio respuesta, pero es evidente que los precios constituían un misterio para la corte española. Ello no quiere decir que se desistiera de la comercialización: en 1802 se creó un taller especial para fabricar instrumentos científicos de platino, pero, como siempre, sin disponer de los recursos. Cabezas, con la misión de encontrar usos prácticos para el metal, se desesperaba. 

La triste suerte que corrían la producción y el mercadeo pronto alcanzó la raíz americana del monopolio, que poco a poco escapó del control imperial. Avances científicos conducen a nuevos métodos para purificar y aun fundir la platina. España pierde la ventaja científica y el hecho queda tácitamente admitido por Cabezas quien, en 1806, viaja a París para actualizarse con sus colegas. No estaba en manos de Madrid el amordazar la ciencia universal, pero hubiese podido beneficiarse como proveedor conservando el control del suministro de materia prima. Cabezas se quejaba de la prodigalidad real que eximía parcialmente al extranjero de comprar platina hispana; los beneficiarios de esas graciosas mercedes, destinadas a museos y otras beneméritas instituciones, vendían descaradamente el mineral. El joven químico sufría doblemente porque él bien sabía que la venta de la platina refinada en España no era suficiente para cubrir los costos de operación.  

Don Joaquín Cabezas, en sus denuestos contra la incompetencia oficial, que a su juicio afrentaba el honor científico de España, no percibía el mal que socavaba el monopolio imperial y que era mucho más insidioso que la manirrota liberalidad real; mientras la Corona pagaba dos pesos por libra de platina consignada en las cajas reales, los contrabandistas en el golfo de Urabá la adquirían a 12 pesos. No sin razón, los suspicaces mineros del Chocó decían, ya en 1791, que el precio oficial de la platina no correspondía ni al interés demostrado por la Real Audiencia, ni a los severos castigos que pesaban sobre su comercio ilegal. 

Qué tan importante era el contrabando puede deducirse de las cifras oficiales de exportación de la Nueva Granada. Dado que entre 1792 y 1802 el tráfico con la metrópoli quedó casi totalmente interrumpido, podía esperarse una sustancial acumulación durante esos diez años. No ocurrió así. Al reiniciarse los envíos, y hasta la Independencia, los despachos totales no llegaron a la quinta parte de los embarcados antes de 1792. El Arzobispo-Virrey pudo haber contado con los desechos de un siglo, pero ello no justifica el pronunciado descenso. Mejor lo entendía el virrey Mendinueta, quien reconoce, en 1802, que después de la apertura del Atrato había sido muy difícil controlar el contrabando y sugería que se pagase un mayor precio en las cajas reales. 

El informe de Mendinueta coincide con la llegada a Nueva York de 300 libras de platina procedentes de Jamaica. Hacían parte de un inventario mucho mayor que, con recibos de Tierra Firme, había ido acumulando un comerciante de la isla. El monopolio real, enfrentado a diaria erosión por el ánimo de lucro, había perdido toda vigencia. Demasiado tarde la Corona decide aumentar, en 1804, su oferta a ocho pesos. Para esa época, ya la mayor demanda en Europa había empujado el precio en las bocas del Atrato a 20 pesos por libra. 

Tanto la mala administración, como las complicaciones internacionales en las cuales se vio envuelta España, resultaron causas decisivas del fracaso final. Poco provecho se sacó de laboratorios, reactivos y salarios, como no sea el orgullo de haber participado en los avances científicos de la época y una elegante letrina de platino que aún puede admirarse en Aranjuez. Unas cuantas cifras demuestran el fracaso comercial. De las 6.400 libras, aproximadamente, que se despacharon a la península, apenas 250 se purificaron. Cuando menos del 5% de la materia prima se convierte en producto final, el negocio no puede ser bueno. Peor aún, más de 5.000 libras quedaron almacenadas en Madrid para botín de las tropas napoleónicas. La invasión francesa de la península no sólo confisca los inventarios de platina sino que, además, liquida los activos de la factoría: las retortas y probetas en que se purificaba la platina toman el camino de París. 

El Chocó, en cambio, sí puede agradecer la tenacidad y la intuición de Francisco Chabaneau, quien convirtió en artículo de comercio, legal e ilegal, un barro hasta entonces inútil. Además, la visita de Vicente Yañez dejó saludables reformas y constituyó, sin duda, la más benéfica presencia de la Corona en la lejana provincia durante toda la Colonia. En su restringido vuelo, la Ilustración española derramó algunas dádivas sobre el Chocó.  

 

PRODUCCION E IMPUESTO A LA PRODUCCION DE PLATINO EN EL CHOCO
1991
- 1992

  Impuesto $ Producción 
Onz. Troy
Particip. Nal.
1991 492’053.157 52.127 97.5
1992 643’460.152 61.239 97.4

Fuente: Banco de la República - Metales Preciosos.

  

APENDICE

Datos tomados del Archivo General de Indias, Sevilla, Audiencia de Santafé, Legajo 835 (folios sin numerar).

EMBARQUES DE PLATINA DESDE LA NUEVA GRANADA CON DESTINO A ESPAÑA 

Palacio, junio 30, 1766 
Madrid, junio 18, 1784 
Cartagena, julio, 1786
Madrid, diciembre 6, 1787 
Cartagena, noviembre 24, 1787,  
Madrid, agosto 10, 1789 
Cádiz, octubre 9, 1789
Cartagena, junio 4, 1790 
Cartagena, octubre 29, 1790
Cartagena, julio 13, 1791 
Santafé, febrero 19, 1792
(Guerra con Francia)
Cádiz, junio 17, 1795
(Guerra con Inglaterra)
Cartagena, febrero 4,1802 
Cádiz, septiembre 17,1802
Cádiz, noviembre, 1803  
Cádiz, agosto, 1804 
La Coruña, febrero 12, 1805 

47 lbs.
129 lbs.
25 lbs.
650 lbs.
Probablemente 100 lbs. (9 cajones)
3.000 lbs.
45 lbs. 
1.125 lbs.
9 lbs.
100 lbs.
? (2 cajones)

146 lbs.

117 lbs.
493 lbs.
22 lbs.
275 lbs.
114 lbs.

Total 

6.397 lbs.

Las cifras corresponden muy de cerca alas del inventario levantado por Cabezas, en junio de 1805, poco antes de su viaje a Francia. Este inventario relaciona las cantidades refinadas, los regalos y la platina que aún queda en los almacenes. Su total es de 6.200 libras, o sea una diferencia de 200 lbs., con el total de los embarques. Puede haber alguna duplicación en éstos o más probablemente algo de platina que no llegó nunca a los laboratorios.

No se conocen cifras de despachos después de 1805. No debieron ser significativos porque después de esa fecha la travesía transatlántica se toma una vez más muy arriesgada por el conflicto con Inglaterra (octubre 21, 1805, es la fecha de la batalla de Trafalgar).

 

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