COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

57. SILVICULTURA Y USO SOSTENIDO DE LOS BOSQUES
REFERENCIA ESPECIAL DE LOS GUADUALES, NARIÑO

 

JORGE IGNACIO DEL VALLE ARANGO
Profesor
Facultad de Ciencias Agropecuarias
Universidad Nacional de Colombia

Fotografía Juan Manuel Renjifo  

En países de escasa tradición forestal, cómo Colombia, los errores conceptuales son letales toda vez que no sólo consolidan el atraso sino que a veces lo acentúan; además, dada la limitada posibilidad de transferencia de tecnología que caracteriza las prácticas de la silvicultura, debemos tener muy claros al menos sus principios generales, su filosofía, que es en ocasiones lo único que pasa incólume el difícil y con frecuencia inútil proceso de adaptar la silvicultura de los países no tropicales a las complejísimas condiciones de los ecosistemas del trópico húmedo. Por esta razón creo pertinente antes de entrar en materia dejar claramente establecidos dos puntos: qué se entiende por silvicultura y qué es un sistema silvicultural.   

Aún hoy existen quienes definen la silvicultura como un arte repitiendo lo que en 1880 estableciera el alemán Karl Gayer, ignorando aparentemente que sus principios están sólidamente afianzados en las ciencias biológicas. Una definición buena y concisa de silvicultura la aporta Baker, quien la concibe como: “la ordenación o el manejo científico de los bosques para la producción continua de bienes y servicios...” (Daniels, Helms y Baker 1982). Entre los elementos positivos presentes en la anterior definición resaltan:  

• El rescate de la silvicultura como ciencia; en consecuencia, universal y predecible. 

• La reafirmación en el principio de los rendimientos sostenidos y, por tanto, en una visión conservacionista y providente del bosque. 

• No se limita a los rendimientos físicos y menos aún sólo a los maderables. Reconoce explícitamente los diversos bienes y servicios que genera y, por ello, las otras producciones.  

 

Flor de Garza. Arbol del género Tabebuia.
Fotografía Jorge Ignacio del Valle

Se podría agregar a la definición que estos bienes y servicios los requiere una sociedad o comunidad, con lo cual se reafirma y refuerza su función social. 

Observemos que esta forma de entender la silvicultura que acabamos de esbozar, se enmarca dentro de la idea de conservación que propugna la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), como lo hace notar De Camino (1986), la cual consiste en “El manejo del uso humano de la biosfera de manera que pueda rendir el mejor beneficio sostenido para las generaciones presentes manteniendo su potencial para satisfacer las aspiraciones de las generaciones futuras”. También vienen al caso las palabras del profesor Norberto Vélez (1988), quien afirma: “el desarrollo forestal y específicamente de los bosques tropicales, o mejor, su vinculación ordenada al desarrollo de la sociedad, es la base para la conservación de las tierras y de las comunidades forestales del trópico”. 

Dentro del tema que nos ocupa, los sistemas silviculturales son tecnologías apropiadas para que dentro de determinadas condiciones ecológicas, económicas y sociales se cumplan los preceptos de la ciencia de la silvicultura. Se comprende, entonces, que sean específicos para una región, tipo de bosque y relaciones sociales existentes. Cambios importantes en los condicionamientos básicos en los cuales se enmarca el sistema silvicultural, requieren el desarrollo de nuevas tecnologías que conduzcan, por ejemplo, a mayores producciones físicas, disminución en el consumo de mano de obra, menor impacto ambiental, mayor eficiencia en los procesos, etc. y, eventualmente, a un nuevo sistema silvicultural. Todo sistema silvicultural implica tanto la extracción de una cosecha como el establecimiento de una nueva similar en esencia a la anterior y que, además, se sigan produciendo los demás bienes y servicios que la comunidad demanda del bosque. O sea que un sistema silvicultural racionalmente diseñado debe asegurar las producciones sostenidas sociales y privadas. 

Podrían citarse numerosos ejemplos en los cuales la producción de madera es marginal, siendo otras producciones como la hídrica, la recreación, la fauna y la protección las más importantes. En este aspecto, nuestro código de los recursos naturales (Inderena 1986) establece una desafortunada clasificación de los bosques en: productores, protectores y productores -  protectores, reflejando un aparente antagonismo entre la producción y la protección que no consulta ni siquiera el postulado básico conservacionista del rendimiento sostenido. 

Sobre la producción de la fauna una opinión tan autorizada como la del Dr. Smythe (1987) dice: “¿Por qué es importante manejar los animales en los bosques neotropicales? Hay dos respuestas básicas a esta pregunta. Primero, en un bosque que sea explotado racionalmente, algunas veces se pueden cosechar como fuente de proteína, pieles, mascotas para investigaciones médicas, y si se maneja adecuadamente podría ser posible mantener tal cosecha indefinidamente. En un bosque que sea manejado para la producción maderera, los animales pueden hacer una contribución sin disminuir (y quizá aun mejorar) la cosecha de productos vegetales tales como la madera. En segundo término, si se logran preservar áreas naturales del bosque, el funcionamiento de toda la comunidad animal puede ser esencial para la sobrevivencia de la comunidad como un todo: tanto plantas como animales”. 

 

Explotación comercial de los recursos naturales renovables en los bosques de guandal del litoral Pacífico 

NATAL, BOSQUE DOMINADO POR MORAMEGISTOSPERMA
Fotografía Jose Iganacio del Valle


La explotación de los recursos naturales renovables en las zonas bajas del Pacífico colombiano, con fines comerciales de exportación fuera de la región, se inició hacia 1850 luego del descubrimiento del proceso de vulcanización del caucho por Goodyear. 

De acuerdo con los resultados del trabajo de West (1957), lo que se puede apreciar en la evolución del proceso maderero, en Delgado y Vallejo (1977), en otros estudios (Inderena - Reid Collins (1976), Corponariño 1989, Baracaldo (1976), The Marag y Roche 1987) y en el conocimiento personal de la región, este proceso de explotación se ha caracterizado por lo siguiente: 

1. La actividad ha sido de tipo recolectora o extractiva sin considerar la perdurabilidad del recurso. Varios ejemplos de esto lo constituyen los colapsos de la producción de caucho negro (Castilla elastica), de corteza de mangle (Rhizophora brevistila) y los actuales síntomas de decaimiento de la industria maderera de la región. 

2. Ha dependido de desarrollos tecnológicos externos, los cuales permiten que se abran y cierren los mercados de esos productos, así como de los conflictos internacionales. En esto, aun pudiendo hacerse algo, el Estado ha sido sólo espectador. El mercado de las semillas de tagua (Phytelephas spp), se inició en 1850 para reemplazar el marfil en algunos de sus usos, pero el descubrimiento del plástico, en 1930, virtualmente lo aniquiló. Así mismo, el establecimiento de plantaciones de caucho (Hevea brasiliensis) en el sudeste asiático con semillas procedentes de la región amazónica, acabó con los intentos de cultivar el caucho negro en la región (West 1957), cuyo potencial y características son aún hoy un reto para la investigación. 

3. Las dos guerras mundiales han estimulado la demanda de materias primas de la región produciendo un espejismo de desarrollo que ha desaparecido con la terminación del conflicto. 

4. Casi en su totalidad, las empresas que se han dedicado a la explotación de los recursos naturales renovables en los bosques inundables del litoral Pacífico, no se han vinculado efectivamente al bosque, no han desarrollado investigación ni tecnologías para que el recurso perdure; las figuras de concesión o permisos existen sólo en el papel para justificar la madera u otros productos que se procesan en las plantas. 

5. Las entidades del Estado encargadas de velar por estos recursos tampoco se han vinculado efectivamente al bosque. Con frecuencia apenas se preocupan por recibir el pago de los derechos que sólo en mínima proporción se invierten en la región y menos aún en el bosque que los genera. 

6. Los derechos de las comunidades negras e indígenas, que son las más genuinas propietarias de estos recursos, no han sido tenidos en cuenta. Las comunidades han sido maltratadas y expoliadas. 

En la historia de la explotación de los recursos naturales renovables de la región se pueden detectar, entonces, ciertos cortos periodos de auge o relativa prosperidad, a medida que, uno a uno, se van explotando y éstos o pierden vigencia, o se agotan. Los más notables de estos boom forestales han sido: caucho, semillas de tagua, maderas tropicales y corteza de mangle. Ahora se inicia con iguales características la era del palmito (Ver Fig. 1). 

¿Cuál será el futuro de la explotación de la madera que declina y la del palmito que apenas se inicia? Es indudable que de las decisiones de hoy depende el futuro de los recursos del mañana y, por lo tanto, el bienestar de las gentes de la región. Al respecto recordemos lo que ya en 1957 decía West: “El aprovechamiento de las maderas tropicales es la última fase de la explotación forestal, pero su vida puede acortarse por la rápida deflexión de las reservas forestales.

 

Estado actual de los bosques de guandal 

VACHYSIA SP. RIO SANTINGA.
Fotografía Jose Iganacio del Valle

Una gran proporción de lo que se diga sobre los bosques de guandal linda con la especulación, debido a que no existe información primaria confiable sobre el área cubierta por las diferentes comunidades forestales que medran en los suelos inundables del Pacífico colombiano, con excepción, quizá, de los estudios recientes efectuados por The Marag y Roche (1987) para los guandales de Nariño. Datos de una misma entidad se contradicen abiertamente, insinuando que ciertas cifras no tienen justificación alguna. Veámoslo: En 1974 informaba el Inderena (Berrío 1974) que el área cubierta por el guandal ascendía a 1’500.000 ha. En 1976 (Inderena - Reid Collins) se indica que los bosques de guandal no aprovechados comprenden 354.600 ha: 163.100 ha en el Chocó (mangual), 154.100 ha en Nariño, 24.400 ha en el Cauca y 13.000 ha en el Valle del Cauca. El total del área, incluyendo los bosques ya explotados, se estimaba en 798.500 ha (las cifras no incluyen 36.000 ha de natal); esto es la mitad de dos años antes. Diez años más tarde aparece publicado el Mapa de Bosques de Colombia (Inderena, Instituto Geográfico Agustín Codazzi, IGAC - Conif 1984) y allí se consignan los guandales y cativales dentro de lo que denominan bosques sobre llanura aluvial, de los cuales en la región del Pacífico registran 460.900 ha sin intervención humana y sólo 65.125 ha intervenidas. Posteriormente, el Inderena (Tibáquira 1989) hace un desglose, tomado según se dice del estudio anterior, y al efecto indica las siguientes cifras: El área de bosques de guandal se estima en 135.225 ha, de las cuales unas 93.500 ha se encuentran intervenidas y 41.675 ha sin intervención. Entre las curiosidades que contiene este informe se destaca el hecho de que los guandales de los departamentos del Valle del Cauca y del Cauca aparecen virtualmente intactos (sin intervención). Para Nariño se asigna una cifra de 108.825 ha del Mapa de Bosques de Colombia en el cual dice basarse. Estos datos aparecen además muy desfasados de la información más confiable disponible en la actualidad que asigna a este departamento 140.000 ha (The Marag y Roche 1987) de bosque de guandal. Este último estudio suministra además datos sobre las existencias maderables actuales de los guandales con diferente grado de intervención. 

De acuerdo con Delgado y Vallejo (1977), entre 1940 y 1968, se otorgaron permisos de aprovechamiento forestal maderero por un total de 399.128 ha en el Pacífico sur y de 333.498 ha en el Pacífico norte. Hacia 1976, Baracaldo encontró en el litoral Pacífico catorce empresas con concesiones por 725.416 ha distribuidas así: 343.264 ha en el río San Juan, 67.770 ha en el departamento del Cauca y 314.382 ha en el departamento de Nariño. Si se tiene en cuenta que la mayor proporción de la producción maderera proviene de los guandales, con cifras que oscilaron entre el 47% y el 84% de la producción total nacional registrada entre 1969 y 1972 (Delgado y Vallejo 1977, Inderena - Reid Collins 1976), se concluye que en promedio toda el área de guandal y de mangual ya ha sido concesionada por lo menos una a dos veces en las últimas décadas. 

En efecto, datos recientes indican que sólo 13,1% de los guandales del departamento de Nariño parecen no intervenidos (The Marag y Roche 1987), debido seguramente a su inaccesibilidad y costos de aprovechamiento. Pero las cifras también son reveladoras de otro hecho común en los guandales del Pacífico: los traslapes simultáneos de algunas concesiones y permisos. Esto evidencia tanto el escaso control que ha ejercido el Estado sobre tales recursos como la casi nula vinculación de las empresas al bosque, como se verá más adelante. 

 

Regresar al índice                            Continuar con el capítulo  

 

 
Comentarios (0) | Comente | Comparta c