COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

61. IMPACTOS AMBIENTALES EN EL PACIFICO

 

JULIO CARRIZOSA UMAÑA
Profesor Asociado
Instituto de Estudios Ambientales
Universidad Nacional de Colombia
La selva perenne

ASERRADERO EL CHIGUERO.
Fotografía Diego Arango.

 

Desde que los españoles iniciaron la conquista de nuestra costa del Pacífico predominaron dos actitudes: sorpresa y afán de transformación; estupor al toparse los ibéricos con el ecosistema más húmedo del planeta y decisión de modificar lo incomprensible. La selva resistió por varios siglos sin inmutarse, tragándose conquistadores, encomenderos y negreros y sólo la tecnología de la segunda mitad del siglo veinte ha sido capaz de alterarla. 

En los últimos cincuenta años los colombianos hemos tratado varias veces de destruir la selva de la costa del Pacífico y de Urabá. Hemos ensayado diferentes y variados métodos: construir ferrocarriles y carreteras para acelerar la colonización, extraer tanino del manglar, promover la industria de madera y pulpa, crear empresas para excavar las riberas auríferas, ensayar la siembra de palma africana, importar búfalos para trabajar la tierra y producir carne y leche, sembrar arroz, enlatar las palmas, convertir los manglares en granjas camaroneras, crear cooperativas agrícolas, sembrar plátano y banano; sin hablar de los cientos de proyectos que, para bien o para mal, se han quedado en las mentes de los progresistas que, como el geógrafo estadounidense Crist, pensaban que bastaba con tumbar los árboles para convertir la costa en un emporio agrícola. A pesar de estos esfuerzos cuando uno vuela sobre el Pacífico percibe la selva cubriendo todavía todo el territorio, con pequeñísimas excepciones. Esta perennidad aparente de la selva llena de angustia las mentes progresistas y, paradójicamente, mantiene vivas sus ilusiones. Es difícil convencerlas de que, aunque parezca la misma, la selva que vemos hoy es diferente de la que existía a mediados del siglo XX y pocos comprenden como lo único logrado por el desarrollismo secular, ha sido su empobrecimiento. Porque aunque la selva, atraída extrañamente, siempre retome, su composición florística y sus poblaciones de animales se modifican, llevadas por el azar de las interrelaciones y por la necesidad de supervivencia de cada organismo. Si se cortan los bosques que hoy tienen la mayor diversidad florística del planeta es muy pequeña la posibilidad de que su regeneración natural proporcione el mismo material genético. Este proceso de cambios debidos a la acción del hombre se inició cuando llegaron los primeros descendientes de los caminantes de Bering hace menos de 30.000 años, se intensificó a principios del siglo XVI y se ha acelerado en nuestros días, pero siempre ha tenido por común denominador la utilización primordial del ecosistema para llenar cuatro necesidades sociales: habitar, organizarse, obtener oro y producir madera. En estas páginas trataremos de sintetizar el efecto ambiental de estos conjuntos de acciones. 

 

El efecto del oro 

Desde Balboa los conquistadores creyeron que la cordillera occidental contenía enormes filones de oro; para ellos el litoral era, simplemente, el campo de recolección de los productos de esa sierra dorada, concentrados en las arenas de sus ríos.  

Como sindaguas y chocoes siempre fueron esquivos al evangelio y a la mina fue necesario comprar esclavos. Algunos vinieron de Popayán, desde donde se distribuían a todo el occidente colombiano, otros desde Pasto y Cartagena. Hay registros (1) de la entrada de 272 esclavos a Barbacoas entre 1650 y 1699. Paradójicamente, y sin que lo pretendieran los negreros, esa inmigración forzada de los africanos ha sido lo mejor que le ha sucedido al medio ambiente del Pacífico en los últimos 500 años.

Es necesario recordar que luego de los primeros contactos de Balboa y Pizarro, la costa del Pacífico colombiano fue terreno vedado a los castellanos durante casi cien años; un siglo de resistencia indígena durante el cual quien traspasara la cordillera o se acercara a la costa arriesgaba y, casi siempre, pagaba con su vida. Durante los últimos años del siglo XVI las autoridades de Pasto trataron varias veces de conquistar la región pero siempre fueron derrotadas por los indígenas, quienes llegaron a poner en peligro su comunicación con Quito y Popayán. 

Hay muy pocas descripciones de la vida indígena durante esos años y son contradictorias; mientras el gobernador Gonzales de Saa escribe en 1599 que: “son valles apacibles, sus vecinos andan vestidos...”, el historiador Sañudo interpreta que “tenían hábitos de guerra y para eso se educaban y en eso entendían y ese era su ejercicio cotidiano, teniendo por gloria el desprecio de la muerte y famoso el que prefería el suicidio a la vida sin libertad” (2)

Como sucedió en el resto de las Indias, en el Pacífico la mente castellana confundió estética con riqueza económica: Gonzales de Saa continúa su descripción dicien­do: “traen oro labrado en gargantillas, brazaletes, narigueras y orejeras, lo que es señal de la riqueza que ellos tienen y poseen minas muy finas”. (3) La obseción de lo dorado unida a la necesidad de salir rápidamente al océano motivó sucesivas expediciones armadas que finalmente dominaron a los indígenas a mediados del siglo XVII. Sindaguas y chocoes murieron en masa, dice Jurado Noboa. (4)  En un intento final, los sindaguas se rebelaron en 1635 y los chocoes sobrevivientes invadieron el Valle del Cauca y, hacia 1640, saquearon y quemaron los asentamientos de Anserma, Arma y Cartago. 

Esa primera guerra por el oro del Pacífico terminó con el repoblamiento blanco - mestizo, la estabilización de Barbacoas y el otorgamiento de los sindaguas en encomienda a los dueños de las primeras minas; eran éstas 28 a finales del siglo XVII, de las cuales 12 fueron dadas a vecinos de Pasto y otras a personas nacidas en la península. 

Curiosamente entre los primeros 70 vecinos de Barbacoas hay uno que es censado como “noble español” y 23 como “nobles criollos”; sin embargo, cuando se trata de ganar encomiendas, la mayoría alega ser descendiente de los primeros conquistadores. (5)  

No era muy dulce la vida de estos conquistadores mineros. En 1666 el alcalde de Barbacoas escribe: “los indios que han quedado no quieren servir a sus amos. Están alzados porque conforme se han visitado las encomiendas, se han ido retirando los indios y no hay quien trabaje y están empantanados todos los encomenderos y muy recelosos de ver lo altivo de estos indios (6) .. 

Desde 1617, probablemente para resolver estos conflictos, se habían formado compañías para labrar minas con “gente voluntaria y negros esclavos”. Varios de estos primeros africanos en el Pacífico fueron muertos por los sindaguas y en 1668, cuando existían cerca de 200 esclavos alrededor de Barbacoas, se decretó que los mulatos y negros no podían vivir en los pueblos de indios ni tener trato con ellos. 

Jurado Noboa concluye que los grupos básicos de poblamiento africano en Barbacoas provinieron de Guinea, del Congo y de Angola. El Chocó fue surtido por los mercaderes de esclavos de Popayán, quienes al mismo tiempo eran los propietarios de las minas (7)

Esta combinación minero - negrero produjo buenos dividendos. Los Mosquera tenían en 1759 más de 400 esclavos y los Caicedo, de 1724 a 1767, alrededor de 700 trabajando en 17 minas. Don José Tenorio, abuelo del prócer Camilo Torres, introdujo 461 esclavos de 1737 a 1748 (8) y era al mismo tiempo minero, hacendado y comerciante. A pesar de la mayor acumulación de capital, y tal vez por eso mismo, el efecto social de estas grandes empresas chocoanas parece haber sido más grave que el producido por las pequeñas encomiendas de Barbacoas. Los esclavos de don José y los de don Francisco Javier Mosquera se rebelaron a mediados del siglo y se fueron a fundar los primeros palenques del Pacífico cerca a Barbacoas en donde se encontraban negros libres desde 1732 lavando oro en las riberas o sembrando maíz y plátano (9) .    

Iniciado el proceso de independencia muchas de las minas se convirtieron en botín de guerra de las patrullas realistas o patriotas que se aventuraban en el Pacífico. Ante la huida de varios de los dueños, algunos mayordomos las tomaron por su cuenta y otras quedaron abandonadas. Es interesante una declaración de “Capitanes de Cuadrilla”, que en 1826 sintetiza así la situación: “Más de 14 años viven sin reconocer amo alguno y enteramente destituidos de todo auxilio en lo temporal y en lo espiritual. Hombres y mujeres viven desnudos sin más ropa que una pampanilla de cáscara de árbol, que ni aún puede cubrir lo más secreto, contra las leyes del pudor y de la honestidad. Ni carne, ni plátano, ni un gramo de sal se les ha contribuido en tan largo transcurso de años (10) .” 

Poco a poco la organización de la República y el abandono de los privilegios coloniales conformaron en las zonas mineras una sociedad en proceso de transformación. La esclavitud tambaleaba y esto se reflejaba en la actitud de los últimos dueños de negros y minas. Las descripciones de Cordovez - sirvientas semidesnudas adornadas con collares de oro -, parecen reflejar una sociedad de juicio final en la que convivían lujo y narcisismo de los blancos con lubricidad y epicureísmo africanos. Cuando se decreta la libertad de los esclavos, algunos de los dueños de las minas que habían persistido hasta el final, quienes en los últimos años regalaban a sus hijos bolas de oro para que jugaran y habían llegado a comer “ese metal con plátano maduro” (11) incapaces de reordenar la producción, migraron donde sus parientes de Quito, Pasto y Popayán, incorporándose a la nueva burocracia o, excepcionalmente, terminaron sus días sostenidos por sus antiguos esclavos. 

Sin embargo, la República no trajo el final de la explotación del oro: alrededor de 1880 la fama del metal que se exportaba por Tumaco tentó a mineros norteamericanos que trajeron maquinaria y, en sociedad con descendientes de propietarios colombianos, obtuvieron títulos a perpetuidad. Un proceso semejante se realizó en los ríos chocoanos, en donde culminó con la creación de la Chocó Pacífico, compañía minera de ingrata memoria que sobrevivió hasta mediados del presente siglo. 

¿Cuál es, a posteriori, el efecto ambiental de la explotación secular del oro? ¿Ha sido sustentable el desarrollo que ha generado? Cuáles han sido las generaciones ganadoras y perdedoras? ¿Sería hoy el Pacífico diferente si nunca hubieran existido los filones? 

Evidentemente el efecto mayor fue el genocidio de los indígenas del litoral; los emberas, que se mostraron capaces de defenderse de los franciscanos, fueron impotentes ante la invasión de los empresarios mineros. Sin el oro el Pacífico colombiano sería dominantemente indígena, ya que no hubieran existido los recursos que financiaron la cacería de seres humanos en el Africa.   

 

LAS ANIMAS. CARRETERA PANAMERICANA.
Fotografía Diego Arango.

 

Al mismo tiempo, el oro fue la causa de que los africanos y no otros inmigrantes ocuparan la mayor parte del litoral durante los últimos cuatro siglos. La minería fue determinante del patrón de ocupación del territorio, obligando a la construcción de pueblos, concentrando población en sitios poco aptos para su supervivencia, y forzando su rebeldía, su fuga y su refugio en los sitios más apartados del poder de los negreros. Para fortuna de los ecosistemas, la inmensa mayoría de esta población es y sigue siendo de ancestro africano y tiene tradición de convivencia con la selva tropical, lo cual minimizó el impacto sobre los ecosistemas. 

La tecnología que se utiliza en la extracción de oro ha tenido efectos ambientales negativos evidentes pero de difícil cuantificación. Recientemente se han hecho algunos estudios del impacto del dragado sobre la calidad de las aguas, la vegetación ribereña y los cauces de los ríos, pero no se cuenta con un análisis total. Tampoco se conoce la magnitud del impacto del uso del mercurio ni la distribución del metilmercurio en los organismos acuáticos de las diferentes cuencas. 

Lo que está claro es que el desarrollo económico fundamentado en la extracción de oro no ha sido ni significativo ni sustentable en la región del Pacífico, pero sí ha sostenido procesos de capitalización sobresalientes en el resto del país, especialmente en las ciudades que tuvieron relación con el tráfico de esclavos o que en este siglo asentaron las compañías productoras de oro. 

Paradójicamente la respuesta podría ser diferente si preguntamos por las mejoras en la calidad de vida de los habitantes del Pacífico. Habría que inquirir a los descendientes de africanos asentados en pequeños caseríos a lo largo de los ríos, si ellos prefieren su estilo de vida al que gozan sus hermanos de raza en Lagos, en Brazaville, en los Angeles, en Nueva York o en Medellín y Buenaventura. Cabría también preguntarse si esta situación es producto del oro, o del azar o de la suma de todos los determinantes, como antaño decían los marxistas...    

 

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1 Jurado Noboa, Fernando. 1990. Esclavitud en la Costa Pacífica. Ediciones ABYA - YALA. Centro afroecuatoriano. Corporación Ecuatoriana de “Amigos de la Genealogía” Quito. Página 144. (Regresar a 1)

2 Jurado Ob. Cit. Pg. 46 (Regresar a 2)

3 Jurado Ob. Cit. Pg. 59 (Regresar a 3)

4 Jurado Ob. Cit. Pg. 65 (Regresar a 4)

5 Jurado Ob. Cit. Pg. 98 (Regresar a 5)

6 Jurado Ob. Cit. Pg. 127 (Regresar a 6)

7 Jurado Ob. Cit. Pg. 111 (Regresar a 7)

8 Jurado Ob. Cit. Pg. 199 (Regresar a 8)

9 Jurado Oh. Cit. Pg. 146 (Regresar a 9)

10 Jurado Oh. Cit. Pg. 390 (Regresar a 10)

11 Jurado Oh. Cit. Pg. 428 (Regresar a 11)

 

 
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