COLOMBIA PACIFICO
TOMO II
Pablo Leyva (ed.)
© Derechos Reservados de Autor

68. CONSERVACION DE LA BIODIVERSIDAD
EN LA PROVINCIA BIOGEOGRAFICA CHOCOANA DE COLOMBIA
Una aproximación regional

 

GERMAN I. ANDRADE
Biólogo
Coordinador del Area de Ciencias Naturales
Proyecto BIOPACIFICO

 

Fotografía Diego Arango 

 

 

La fauna chocoana es abundantísima y en su territorio se encuentran casi todas las especies de las regiones húmedas tropicales. Esto no se debe considerar, como lo estima la mayoría de los colombianos que desconocen al Chocó, en el sentido de juzgar que este territorio es la madriguera de toda suerte de animales salvajes y ponzoñosos. Abundan; es verdad, los ofidios y algunas especies feroces, por que es mucho el territorio todavía cubierto de selva, y son grandes las extensiones de tierra cenagosa, y por consiguiente apta para la vida de ciertas especies. 

Este párrafo, tomado de la ‘Geografía Económica del Chocó”, de la Contraloría General de la República, publicado en 1943, es todavía válido. Diferente es el tono que hoy se usaría para escribir acerca de lo mismo: cincuenta años después, despierta mayor preocupación la posibilidad de que, por primera vez, deje de estar cubierto de selva, por el futuro de la gran cantidad de animales y plantas que alberga en sus ecosistemas naturales - su biodiversidad -, y el de sus habitantes.  

 

Vistazo de la diversidad biológica de la región 

Todavía no es claro cuántas especies hay en el mundo. No obstante, es evidente que las formas vivientes no se encuentran distribuidas de manera homogénea, en los mares, ni sobre las tierras emergidas del planeta. De hecho los trópicos fueron reconocidos muy temprano como especialmente ricos en especies. Hoy se estima que por lo menos un 40% de las especies vivientes se concentran en menos de diez países, llamados de la ‘Megadiversidad”. Colombia, situada en el extremo noroccidental de Suramérica, con costas en dos mares, tierras de grandes contrastes climáticos y topográficos, y un complejo historial evolutivo, se encuentra entre los cinco primeros. Se ha llegado a decir que, en promedio, hasta un 13.92% de las especies se encuentra dentro de los límites de este país, que no supera el 0,77% de las tierras emergidas del planeta (Center for Conservation Biology, 1993). 

Esta falta de homogeneidad en la distribución de los organismos a escala planetaria, se repite en espacios más restringidos. Al examinar el conjunto de la fauna y la flora del país, se encuentran grandes desequilibrios. Aún así, definir las regiones más ricas es asunto complejo: la riqueza de especies varía en el espacio de manera diferente según el grupo animal o vegetal bajo estudio, y sobre todo, de acuerdo con la escala espacial en que se considere. Mientras para algunos la diversidad de la flora, por ejemplo, puede definirse comparando parcelas del orden de una hectárea (ver Gentry 1990), para otros, la biodiversidad es un fenómeno regional, relacionado con la heterogeneidad del paisaje (Noss, 1983). 

Se tienen, así, cuadros diferentes: con la primera aproximación, Gentry (1986a) estima que las selvas del Pacífico colombiano contienen unas de las comunidades de plantas más ricas del mundo, con 262 especies mayores de 2.5 cm de diámetro en 0.1 hectárea. Con la segunda, Fjeldsa y Krabbe (1990) argumentan que la cordillera de los Andes, con un 1.3% de la superficie de la tierra, alberga el 17% de la avifauna del mundo. Con todo, la porción territorial situada al oeste de la cordillera de los Andes, entre Panamá y Ecuador, contiene una de las mayores concentraciones de especies, desde la parcela de estudio hasta toda la región. 

La heterogeneidad ecológica de esta región se manifiesta en formaciones como el matorral subxerofítico tropical, las selvas pluviales más húmedas del planeta, hasta la variedad de ecosistemas de las vertientes y cumbres andinas. Por su situación geográfica, fue escenario de un historial evolutivo marcado por el intermitente intercambio entre las faunas y floras de las Américas, a través de su extremo norte. Además, existieron uno o más refugios húmedos durante él Pleistoceno, que permanecieron cubiertos de selva cuando las sabanas alcanzaron su máxima extensión (Haffer, 1970; Brown, 1979; Gentry, 1986). 

Al interior de esta región se encuentran entre siete y ocho mil especies de plantas de las 45.000 que pueden haber en Colombia. Sólo en la lista del Chocó de Forero y Gentry (1989) hay 3.866 especies, siendo las familias más diversas las Orchidaceae con 335 especies, seguida de Rubiaceae con 268, Fabaceae con 183, Melastomataceae con 181 y Piperaceae con 140. 

En este territorio se encuentra, además, uno de los mayores índices de endemismo continental de plantas del planeta: un cuarto de su flora no existe en ningún otro lugar del mundo, fenómeno notorio en las familias de los “anturios” y afines (Araceae), ‘orquídeas (Orchidaceae), “palmiches” (Cyclanthaceae) y “bromelias o “quiches” (Bromeliaceae). 

La fauna, aunque es el aspecto menos conocido de la diversidad biológica de la región, especialmente por la enorme cantidad de invertebrados terrestres que están sin describir, es también muy rica. Los escorpiones, por ejemplo, alcanzan una alta diversidad y endemismo, presentándose afinidades con las faunas amazónicas y centroamericanas (Lourenço y Florez, 1990). La región biogeográfica del Chocó es además centro de diversidad y endemismo de las mariposas diurnas (Brown, 1979). Entre los vertebrados, los anfibios presentan niveles muy altos de diversidad, en comparación con otras regiones del neotrópico. En las ranas de la familia Leptodactylidae, por ejemplo, en las selvas nubladas de la vertiente de la cordillera Occidental se continúan descubriendo nuevas especies (Lynch, 1986). Un poco menos diverso es el grupo de los Crocodylia (caimanes y cocodrilos) y los Testudinata (tortugas), para los cuales Medem (1962) presentó una compilación de datos sobré su distribución y ecología en el departamento del Chocó; este autor menciona siete especies y una subespecie de tortugas y dos de cocodrilos. En cuanto a las aves, el Pacífico colombiano ha sido definido como una de las 57 áreas con grandes concentraciones de especies endémicas de Suramérica (ICBP, 1992).  

Al interior de la región se observan también tendencias geográficas en la riqueza de la biodiversidad. Especialmente rica es la zona de transición norte, entre el río Atrato y el Sinú (Urabá). En los primates, por ejemplo, la mayor riqueza se encuentra en el extremo norte, con seis especies entre el Sinú y Urabá, disminuyendo a cinco en la mayoría del departamento del Chocó, tres en el occidente del Cauca y Nariño, y una en la isla Gorgona (Hernández y Defler, 1985). Las cuencas altas de los ríos Sinú y San Jorge, y el Nudo de Paramillo, son, sin duda, unas de las áreas de mayor concentración de especies del norte de Suramérica , que corresponde a un refugio del Pleistoceno y un centro de endemismo de primer orden en toda la región (Hernández et al., 1992). Esta transición está marcada por el cambio de fauna, entre la darienense en Juradó, Truandó, Salaquí y Sautatá y la Serranía de Los Saltos, y la sinuense hacia el oriente (Haffer, 1959). Se presenta el reemplazo de algunas especies, como el “paujil” del Chocó (Crax rubra), distribuido a lo largo de toda la región hasta el río Sinú, y el “paujil” de la costa del Caribe (Crax alberti), cuyo límite occidental de distribución está en el río San Jorge (Hilty y Brown, 1986). También se produce en esta franja el reemplazo de algunos primates: al occidente del río Atrato se encuentra el “tití” (Saguinus geoffroyi) y hacia el oriente desde Urabá el “tití de cabeza blanca” (Saguinus oedipus); una situación similar se presenta en los “monos aulladores”, con el “araguato” (Alouatta seniculus) hacia el oriente y el “negro” (Alouattapalliata) hacia el occidente, con una franja entre los departamentos del Chocó y Córdoba, donde se encuentran ambas especies (Hernández y Cooper, 1975). 

Otra zona de transición con alta biodiversidad en la región es la vertiente occidental de los Andes. Es sabido, por ejemplo, que los piedemontes de la cordillera Andina poseen la mayor diversidad y endemismo de plantas (Gentry, 1986), y en la cordillera Occidental, entre Colombia y Ecuador, la riqueza de especies es aún mayor que en otras cordilleras. 

En la familia de los “anturios” (Araceae), en las franjas con mayor precipitación en la transición entre las selvas de las tierras bajas y las premontanas, hacia los 1.500 m, se encuentra la mayor diversidad de especies del mundo, siendo el Bajo Calima la localidad con mayor diversidad de todo el país, con 11 géneros y 133 especies (Croat, 1992). El mismo fenómeno ocurre en la familia de los “uvos de monte” o “quereme” (familia Ericaceae), que en las vertientes húmedas de la cordillera Occidental, a alturas entre los 1.300 y los 1.800 m, presenta nueve géneros con 41 especies, equivalentes al 15% de las especies de esta familia en toda Colombia (Luteyn, 1986). 

Esta vertiente posee, además, una de las mayores concentraciones de aves endémicas, o con distribución restringida a menos de 50.000 km cuadrados, con 24 especies, de las cuales 21 se encuentran por debajo de los 2.000 m (Terborgh y Winter, 1982). 

 

Ecosistemas amenazados 

A pesar de que la región del Pacífico colombiano es todavía considerada como una de las grandes áreas silvestres de Colombia - por predominar los ecosistemas naturales -, la ocupación humana y explotación de los recursos han hecho que algunos ecosistemas con distribución natural restringida se encuentren en vías de ser completamente transformados o fuertemente afectados en su estructura y funcionamiento. Estos son las selvas inundables, los matorrales de los enclaves secos y algunas selvas nubladas de serranías bajas. 

 

Selvas inundables 

Además de las ciénagas y lagunas que se encuentran en el Bajo Atrato, principalmente, en esta región se encuentran los “humedales forestales” (forested wetlands sensu. Lugo, 1990), o selvas inundables. Las características de estos ecosistemas son la presencia de palmas, la zonación acentuada de las formaciones vegetales en los gradientes de agua en el suelo, un dosel no continuo y la baja diversidad de especies; los árboles tienen hojas pequeñas, evidenciando tensión por nutrientes o agua y hay estructuras para el intercambio de gases. 

Aunque se cuenta con algunos trabajos sobre su estructura y composición, o de aspectos silviculturales, hay muy pocos estudios sobre su dinámica, siendo uno de los ecosistemas forestales tropicales menos conocidos. Se desconoce su importancia ecológica, aunque se presume que estas selvas juegan un papel en los ciclos biogeoquímicos, por la producción de material alóctono que cae al agua - en la forma de hojas, ramas, frutos - y que puede ser la base de cadenas alimenticias, a la manera de lo que ocurre en las selvas inundables de la Amazonia (varzeas). Se presenta, además, una subestimación de su extensión, por falta de estudios de campo detallados. Existe la tendencia generalizada a creer que la biodiversidad de estas selvas es baja, por la tendencia a la homogeneidad florística en el estrato arbóreo, aunque no se ha documentado de manera profunda la diversidad de estos ecosistemas.  

Los extensos humedales forestales de la región reciben nombres locales, según la especie arbórea dominante. Los “guandales” representan una serie ecológica, que comienza, después del manglar, con el natal, donde domina el “nato” (Mora megistosperma) en áreas afectadas periódicamente por el agua salada; le sigue el “guandal” propiamente dicho en áreas inundables y dominadas sea por el “sajo” (Camnosperma panamensis) o el “cuángare” (Dylianthera spp. y Virola spp.). Las áreas dominadas por la palma “naidí” (Euterpe cuatrecasana) y los denominados “naidizales”, aparentemente, representan etapas seriales tempranas del “guandal”. 

Estos ecosistemas se encuentran crecientemente amenazados. Los “naidizales”, por ejemplo, ocuparon una superficie de 100.000 ha y actualmente son objeto de una explotación intensiva para producir palmito, sin que se haya evaluado el efecto que esta actividad tiene sobre la dinámica de este ecosistema. No se sabe cuántas hectáreas se encuentran en pie, aunque es posible que su extensión sea estable o, incluso, que pueda estar aumentando a expensas del guandal maduro. 

El “natal” cubrió una superficie aproximada de 30.000 ha y es la menos afectada. En cambio del “guandal”, con una superficie original de 240.000 ha (por lo menos 140.000 en el departamento de Nariño), quedan unas 18.000 ha en estado original, 34.000 ha han sido intervenidas y el resto están en proceso de regeneración; la madera que se obtiene del “guandal” tiene gran valor comercial y representa hasta el 70% de la producida en la costa Pacífica colombiana (PAFC, 1992). 

En las llanuras periódicamente inundables del bajo Atrato, en los paisajes de vegas y diques naturales, o en las terrazas planas e inclinadas y los abanicos aluviales, sobre suelos fértiles de limos y arcillas, crece el “catival”, denominado así por la dominancia del “cativo” (Prioria copaifera). En su estado original, cubría una superficie estimada de 363.000 ha, especialmente entre los ríos Cacarica y Salaquí, y extendiéndose por las partes bajas de los ríos Atrato y León. 

Según Linares (1992), en lugares con al menos 10 meses de inundación anual esta formación alcanza su mayor desarrollo fisionómico y estructural, con árboles de 45 m dé altura, rodales puros y un sotobosque poco denso, con dominancia de variedades jóvenes de la misma especie. Conforme la periodicidad y duración de las inundaciones disminuyen, en las terrazas disectadas y colinas bajas se encuentra la selva mixta con las especies acompañantes como el “mangle duro” (Cynometra sp.), el “bambudo” (Pterocarpus officinalis), el “paco” (Gustavia sp.), el “guiro” (Carapa guianensis), el “caracolí” (Anacardium excelsum), el “guasco” (Eschweilera sp.), el “caucho negro” (Castilloa elastica) y el “olleto” (Lecythis sp.). 

Se estima que en el bajo Atrato el 30% de la madera proviene de “cativales”, con una extracción anual de cerca de 150.000 metros cúbicos, proceso que genera 700 empleos directos y 200 indirectos; las áreas en explotación contienen más de 150 metros cúbicos de madera por hectárea, con promedios de 80 a 100; se aprovechan los árboles con diámetro a la altura del pecho (DAP) superior a los 52 centímetros. De la extensión original, en 1978, según el Mapa Preliminar de Bosques del Centro y Norte del Chocó y Urabá (citado en Azobional, 1988), quedaban 173.000 ha; para 1987 restaban unas 90.000 ha, conformando una tasa de destrucción de 8.200 ha por año; de la cuales el 20% equivale a áreas de concesión o permiso y el 80% a la colonización o al aprovechamiento espontáneo (Linares, 1992). 

Como resultado, el “catival” se encuentra en peligro de desaparecer (Linares, 1992), habiendo sido definido como uno de los ecosistemas de la región que deberían recibir mayor atención para su conservación (García­Kirkbride, 1986). 

La desaparición del “catival” representa una pérdida significativa de biodiversidad, aun a pesar de su relativa homogeneidad florística. En el río León, por ejemplo, quienes no hace mucho más de veinte años alcanzaron a conocer los magníficos cativales, que fueron talados por las compañías madereras, quemados por los colonos y transformados en plantaciones agroindustriales, relatan una gran riqueza faunística. También disminuye la biodiversidad, por la alteración de los procesos ecológicos regionales. 

Se perderá, además, un ecosistema de gran valor estratégico, pues las selvas con tendencias a la homogeneidad florística se encuentran entre las pocas que tienen un potencial silvicultural probado para la utilización sostenible (Budowsky, 1988).

 

BAHIA SOLANO
Fotografía Martha Lucía Súarez.

 

Enclaves secos en los cañones transversales 

En algunos cañones profundos que atraviesan en el sentido transversal la cordillera Occidental, por el efecto de la “sombra de las lluvias”, se desarrolla una vegetación de tipo xerofítico o subxerofítico. Por su aislamiento, respecto a otras formaciones vegetales similares, presentan gran importancia evolutiva; han sido llamados “refugios negativos en contraposición con los de la selva húmeda durante el Pleistoceno (Hernández et al., 1992). 

Los enclaves secos del Patía y el Dagua presentan una biota menos rica en especies y diferente a la de las zonas húmedas, lo cual contribuye a la biodiversidad regional. En sectores de Cauca y Patía, la avifauna es rica en subespecies endémicas, con 13 de 30 especies restringidas a esta zona (Haffer, 1967). 

En este tipo de vegetación es frecuente el “trupillo” (Prosopis juliflora) y otros elementos característicos del desierto o de las áreas semiáridas. Se encuentran algunos elementos con distribución muy restringida, como los cacti Frailea colombiana, y Armatocereus humillis, el primero endémico del Dagua, mientras que el segundo se encuentra también en el Alto Magdalena (Hernández et al., 1992). En los cañones del Patía y Juanambú hay elementos como el género Borzicactus, una cactácea, y el “pájaro carpintero” (Veniliornis callonotus), también representado en las zonas áridas del Ecuador. En el Dagua se registró además una subespecie del “venado de cornamenta” (Odocoileus virginianus tropicalis), hoy probablemente extinta (Hernández et al., 1992). 

En algunos sectores del cañón del Dagua el efecto climático local es tan abrupto, que la transición hacia la selva nublada se produce súbitamente, lo cual se añade a su interés ecológico y biogeográfico. Este se comporta además como una barrera geográfica, entre las selvas del norte y del sur, por lo que allí confluye una gran diversidad de plantas y mariposas diurnas, conformando un corredor biogeográfico con el hipotético corredor árido en el Pacífico durante el Wisconsiniano (Hernández et al., 1992). 

La vegetación se encuentra en extremo alterada, no quedando sino pequeñísimos relictos, o individuos aislados, siendo uno de los ecosistemas más amenazados de la región. 

 

Selvas nubladas de las serranías bajas 

Aunque falta mucho por documentar la diversidad biológica de las selvas nubladas situadas sobre las serranías bajas aisladas de los Andes, la información disponible indica que además de contener una gran diversidad, tienen altas concentraciones de especies en áreas muy res­tringidas, o endémicas. Estas selvas se encuentran en la serranía del Darién y en porciones aisladas de la serranía del Baudó, principalmente. 

El cerro Tacarcuna, en el Darién, reviste especial interés, pues con una altura de sólo 1.500 m, está cubierto de una selva de “roble” (Quercus sp.) y con una flora diferenciada de las selvas bajas circundantes; no menos del 24 % de la plantas con flores (angiospermas) parecen ser exclusivas del cerro. Patrones de distribución como éste, hacen de estas selvas lugares de alto riesgo de extinción de especies. Gentry (1986) documentó el caso del Cerro Centinela en el Ecuador, que sobresaliendo sólo 300 metros de las tierras circundantes, albergaba al menos 38 especies de plantas que, debido a la deforestación masiva, pueden hoy considerarse extintas. 

Las serranías de los Saltos y del Baudó son accidentes orográficos que se constituyen en un corredor por el cual penetran elementos de la biota centroamericana, tales como la recientemente descrita “rata cavadora” o “covatierra” (Orthogeomys thalery) (Alberico, 1990). También allí hay importantes endemismos, entre los cuales se destaca, por ejemplo, el “tinamu” del Chocó (Crypturellus kerriae). La flora del Alto del Buey, en las partes altas de la serranía, presenta elementos afines con las selvas nubladas de los Andes, como las criptógamas y helechos (Lellinger y de la Sota, 1978).

 

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