Geografía humana de Colombia
Región Pacífico

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GRUPO INDÍGENA WAUNANA


ALVARO CHAVEZ MENDOZA

Waunana 

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Alvaro Chaves Mendoza, Cursó estudios deArquitectura y es Licenciado en Antropología por ICAN, Bogotá. Doctorado en historia deAmérica por la Universidad Complutense de Madrid, con postgrado en Antropología social del Centro Iberoamericano de Antropología. Catedrático. Investigador. Director del departamento de Antropología de la Universidad Javeriana de Bogotá. El resultado de sus investigaciones se ha publicado en varios libros y artículos de revistas especializadas. Entre los años 1972 y 1990 contribuyó con sus conocimientos en la asesoría, montaje y guión para varios trabajos museográficos.


MEDIO AMBIENTE
 

El Chocó

El departamento del Chocó está situado al noroeste de la República de Colombia, en la parte septentrional de la región geográfica de la costa Pacífica, una de las cinco que forman el territorio colombiano. Tiene 600 kmts. de largo y una anchura que oscila entre 90 y 160 kmts. cuadrados. Con costas en los océanos, el Chocó cuenta con tres hoyas hidrográficas; al norte la del río Atrato en la vertiente del océano Atlántico, y al sur las del Baudó y San Juan en la vertiente del Pacífico. Localizado en la zona intertropical de las calmas ecuatoriales, tiene baja presión atmosférica, alta nubosidad, lluvias constantes y altas temperaturas, aunque con oscilaciones diurnas de baja intensidad. La precipitación pluvial varía entre 2.000 y 12.000 mm. anuales. La influencia del mar es decisiva allí, tanto para las condiciones climáticas como para la vida de las plantas, animales y humanos; se presenta por el traslado de las temperaturas de la masa oceánica hacia la atmósfera continental, como resultado de las corrientes marinas. El mar, calmado debido a su posición ecuatorial, está sometido a una abundante y constante evaporación, que es empujada por los vientos hasta encontrar la barrera de la cordillera Occidental, descargando en forma de lluvia intensa y continua sobre la pendiente montañosa y sobre toda la llanura chocoana. Las cálidas tierras del Chocó, compuestas por llanuras y colinas bajas, son consideradas la segunda región más húmeda del mundo. Estas condiciones limitan las actividades agropecuarias y han determinado unas características específicas de vida para los grupos humanos que allí residen. 

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Río Pichimá en la selva chocoana.

El territorio Waunana

El territorio donde viven los Waunana está al sur del Chocó y podemos considerarlo dividido en dos zonas; la primera comprendida por la cuenca del río San Juan, a partir del lugar donde desemboca su afluente, el Bicordó, y está localizado el poblado de Noanamá y siguiendo el curso fluvial hacia el delta, donde se abre en varias bocas para tributar sus aguas al océano Pacífico. La segunda zona está formada por la porción costera que comienza en las bocas del San Juan y continúa al norte hasta llegar al río Usarragá.

Al río San Juan lo llaman los Waunana Dochadó o Docharamá, que significa río grande y es el más caudaloso de los tributarios suramericanos del océano Pacífico, por sus numerosos afluentes y por las torrenciales lluvias que lo nutren. Nace al sur de los farallones de Citará y en la primera parte de su recorrido baña y erosiona tierras altas del departamento de Risaralda, luego desciende a las llanuras del Chocó y se torna más lento mientras las recorre; al recibir al río Calima sirve de límite entre los departamentos del Chocó y el Valle del Cauca, y avanza, ya con dominio del mar en su corriente, hasta la desembocadura, donde se abre como una enorme mano fluvial con múltiples dedos de caños y bocas.

La otra zona territorial de los Waunana es la franja costera que comienza en las bocas del río San Juan y se prolonga hacia el norte hasta las cercanías del río Baudó, comprendiendo las cuencas de los ríos que tributan al Pacífico que son: de sur a norte, el río Togoromá, el Pichimá, el Orpúa, el Ijuá, el Docampadó con su afluente el Siguirisúa, el Sivirú, el Dotenedó y el Usarragá.

Las cabeceras del San Juan son ricas en oro y plata de aluvión y tienen yacimientos de platino que presentan un potencial económico incalculable; en sus orillas se encuentran áreas con pastos y la selva que lo circunda es una notable reserva maderera. A los lados de este río, y de los otros ya nombrados, hay fajas de suelos aluviales, compuestos de lodo, arena y arcilla, que son excelentes para la agricultura porque contienen fósforo, potasio y nitrógeno, que son buenos nutrientes para las plantas. La erosión por causa del viento es escasa y la región, de morfología plana y cenagosa, tiene una temperatura media superior a 24°C. La humedad es uno de los fenómenos ambientales más descollantes; el cinturón de manglares y la faja de selva del litoral son superhúmedos, alcanzando valores de humedad atmosférica relativa de 75 a 90%, sostenidos a través de todos los meses del año.

El promedio anual de lluvias es de 5.000 a 7.000 mm. Estas precipitaciones figuran entre las más altas del mundo y son una de las causas de la exuberante selva tropical pluvial.

La poca elevación del territorio Waunana y su posición cercana al Ecuador, hacen que la evaporación de sus tierras sea muy alta. Cada día el sol, al ir ascendiendo, aumenta su calor y ello hace crecer también la evaporación, de tal manera que al mediodía, condensado el vapor y sin viento que lo mueva, forma nubes que descargan en lluvia torrencial. Al terminar el aguacero se inicia un nuevo ciclo de evaporación, acumulación y descargue, que termina en un fuerte chaparrón crepuscular, que se prolonga toda la noche en lluvia pausada, que alterna con intermedios recios y con aumento de electricidad en la atmósfera que se ilumina con relámpagos. Estos fenómenos de vapores ascendentes, formación de nubes y lluvias, se repiten cada día y solamente a principios del año, cuando llegan los vientos del noroeste, se rompe la rutina y da paso a días soleados, de limpio cielo azul.

La vegetación es de cinturón costero de árboles de mangle, de raíces semiacuáticas; predominan en la selva las formas arbóreas altas, con abundancia de plantas trepadoras y un sotobosque espeso.

La fauna es variada. En la parte más densa y alejada de los caseríos se encuentran los jaguares, los pumas leonados, los osos y las dantas; también los venados, los tatabros, los tigrillos, los zorros, los pericos ligeros, los saínos y las guatinajas. Más cercanos a los sitios poblados están la guagua, el armadillo, la ardilla, el oso hormiguero, el erizo, el perezoso, el guatín, los conejos de monte y los ratones silvestres. Hay mono maicero, mono chongón, tití y marimonda; serpientes como la taya-x, la coral y la verrugosa, o culebras sin veneno como la boa petacona. Abundan las palomas, mirlas, azulejos, paujiles, pájaros carpinteros, pavas de monte, gavilanes, cardenales, garrapateros, gorriones, pelícanos, gaviotas y garzas. En quebradas y charcas nadan tortugas, babillas, caimanes, ranas y sapos.

Peces como el barbudo, la mojarra, la dorada y muchos más se encuentran en los ríos, lo mismo que el camarón de agua dulce, que se oculta entre las plantas de las orillas. Del mar son muy preciados la corvina, el sábalo, el pargo rojo, el róbalo y muchos otros, así como cangrejos y caracoles.

En este territorio feraz, rico en recursos naturales pero inhóspito y difícil para quienes no lo conozcan y controlen, habitan los Waunana.

LA GENTE

Tipo físico

Los Waunana pertenecen a la raza mongoloide o amarilla, que con la blanca o caucasoide y la negroide, forman las tres divisiones físicas de la humanidad actual. Los mongoloides son muy numerosos y están localizados en el Asia y en el continente americano, al cual pasaron por primera vez por el estrecho de Behring, como cazadores y recolectores, en una fecha calculada en 30.000 años, pero algunos arqueólogos consideran la posibilidad de un poblamiento inicial hace 100.000 años. La entrada a América del Sur se supone dada 20.000 años atrás, pues en el año 10.450 a.C. ya el hombre habitaba en la Sabana de Bogotá. Fueron mongoloides los individuos de las variadas y numerosas sociedades que encontró el conquistador español en el siglo XVI y lo son los grupos indígenas actuales de Colombia.

Los mongoloides, en su amplia dispersión, se dividieron con el tiempo en varias subrazas, debido a la diversidad de los territorios ocupados, cada uno con un medio ambiente distinto, y a la adaptación específica a cada uno de ellos. Los Waunana pertenecen a la subraza surpacífica, distribuida desde México a la Patagonia, en el oeste de América Central y América del Sur, que se define por una estatura pequeña (1,55-1,58 m.), una gran braquicefalia (ind. 82-88) y un rostro facies en donde los rasgos mongoloides aparecen particularmente atenuados.

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Mujer Waunana.

Del estudio antropométrico efectuado por el antropólogo Graciliano Arcila en la comunidad Waunana de Noanamá, en 1967, resumimos sus principales conclusiones: el hombre promedio tiene estatura de 1,50 m., cráneo casi redondeado, frente amplia y curva, ojos negros mongoloides, pómulos salientes, nariz mediana, oreja con lóbulo adherido, labios medianos y cuello normal. La mujer, de 1,40 m. como promedio de altura, comparte las características del varón, pero tiene la frente estrecha y recta y los ojos más frecuentemente de color castaño oscuro.

Se puede añadir que la calvicie y las canas se dan en contados casos, el mayor porcentaje del cabello es grueso y liso, el pelo púbico es escaso en el hombre y aún más en la mujer; los miembros son cortos y ágiles, la complexión robusta y la figura esbelta en la pubertad y luego con tendencia a engrosar, especialmente en las mujeres, quienes al nacimiento del primer hijo pierden también la turgencia de los senos. El parasitismo deforma los cuerpos con el abultamiento del estómago, principalmente en los niños.

Vestidos y adornos

En relación con la indumentaria de los Waunana, no podemos limitarnos a una descripción general, que diferencie solamente el atuendo masculino del femenino, puesto que, además de lo sexual, el factor de influencia del blanco desempeña un papel importante para determinar diferentes tipos de indumentaria. Debemos referirnos a lo tradicional, como lo básicamente considerado propio, además de los cambios, aditamentos y supresiones debidos unas veces al deseo de emulación y otras a la necesidad de adaptación a las normas de la etnia dominante.

La vestimenta tradicional de los hombres consiste en un guayuco o cubresexo, formado por una larga tira de tela de un solo color, generalmente roja, amarrada a la cintura con una cuerda y colocada entre las piernas de tal manera que cubra el sexo y monte sobre el cordel, cayendo hacia adelante hasta más abajo de la rodilla. Llevan el rostro, el pecho, los brazos y la espalda, decorados con diseños geométricos pintados con bija o con jagua, a veces muy elaborados. La bija o achiote es un colorante que se extrae de las semillas de una planta (Bixa orellana L.) originaria de América tropical.

La jagua es un árbol (Genipa americana L. y Genipa karuto H.B.K.), de cuya fruta se extrae, macerando la pulpa carnosa que envuelve las semillas, un colorante negro azulado muy persistente, soluble en agua, aceites vegetales y resinas; la cáscara se usa como recipiente para mezclar y aplicar luego el colorante a la piel del cuerpo, dibujando diferentes diseños.

Los hombres se adornan con collares de semillas, de cuentas de chaquiras, a veces con colgantes de monedas agujereadas, medallas, llaves o tallas de madera con figuras de animales. En las orejas lucen zarcillos de monedas martilladas y recortadas y en las muñecas bandas de chaquiras con diseños geométricos en colores vivos. Los mayores lucen en ocasiones especiales orejeras compuestas por un palito de un centímetro de ancho por ocho y medio de largo, que lleva en uno de sus extremos una semiesfera de madera recubierta por lámina de plata que se obtenía martillando una moneda antigua; de ella cuelgan, sostenidas por aros de metal, medialunas elaboradas con la misma lámina. Estos zarcillos se usan incrustando el palo en el orificio de la oreja, que para tal función se ha ensanchado desde la niñez por medio de espartos y cañas; la semiesfera y las medialunas quedan al frente y complementan el adorno masculino de collares, gargantillas y pulseras. Algunos conservan chalecos de paño recubiertos de monedas, que usaron en su juventud, cuando asistieron a las fiestas engalanados y perfumados para conseguir novia.

Pero este atuendo masculino ha cambiado mucho en aquellos lugares más cercanos a los poblados negros y mulatos, especialmente en los individuos que tienen una relación continua con otros grupos étnicos, ya sea porque viajan a comerciar o porque son visitados en busca de productos artesanales o de madera para construcción. Por un lado el deseo de emular al blanco y por otro el temor a sus burlas, hacen que el corte de pelo con capul y a la altura de las orejas, la pintura corporal y facial y el uso de orejeras desaparezca o se restrinja al ámbito puramente local; aparecen en cambio las camisas o camisetas de algodón o fibras sintéticas con variedad de colores, los pantalones largos, los cortos y las pantalonetas que son las preferidas, los zapatos y las botas de cuero o caucho y también cachuchas, gorras con visera y algunos sombreros. El indígena así vestido intenta asimilarse en su indumentaria a los mulatos de Istmina o Buenaventura, aunque se le puede distinguir porque casi siempre conserva el collar y las pulseras de chaquira. Algunos vuelven al guayuco y a la decoración pintada del cuerpo y la cara cuando están en sus viviendas o poblados; pero otros, principalmente los que por temporadas salen a trabajar fuera, rechazan pintura o adornos que les distinguen de los blancos y tienen preferencia por las camisas con letreros en inglés y los zapatos de tennis; en ellos el radio transistor y la grabadora se puede decir que forman parte de su indumentaria, porque los llevan constantemente.

La camisa del hombre, aunque sea un elemento tomado del blanco, en su inclusión dentro de la indumentaria indígena tiene un significado especial, relacionado con el color: si es de un solo fondo y de tono suave corresponde a un indígena tradicional, de los más apegados a las normas y costumbres de su cultura, principalmente a las relacionadas con las actividades de los curanderos; si el color es vivo o tiene diseños de rayas, cuadros o flores, identifica a un hombre más abierto a la aceptación de costumbres y objetos del blanco y también a las relaciones con éste.

La mujer lleva una tela de 2 X 1,50 mts. de color vivo: rojo, amarillo, verde, azul, a veces negro, envuelta de la cintura a la rodilla, cubriendo las caderas y los muslos, llamada paruma. Para elaborar estas parumas y los guayucos de los hombres, se consiguen telas de algodón o fibras sintéticas, mediante el intercambio comercial con blancos y negros. El cabello lo usa largo, el torso descubierto y los pies descalzos; se adorna con collares de chaquiras de muchas vueltas, alternando con monedas, medallas y semillas; la cara y el cuerpo los pinta con jagua, adicionando para las fiestas y el ritual de la pubertad la tintura del achiote en diseños geométricos en el rostro o el colorete de los blancos en círculos sobre las mejillas o en rayas sobre la nariz. Es la mujer quien pinta al hombre y a las demás mujeres, por medio de pequeños tridentes de caña untados del colorante.

En la mujer el traje y los adornos también han cambiado, aunque no tanto como en el hombre; algunas de ellas, las que han estudiado en escuelas de religiosas o las que viven en cercanías de poblados de distintas etnias, usan blusas o vestidos completos, sandalias o zapatos y a veces ropa interior y medias, porque la relación con el blanco les ha inculcado el sentimiento de vergüenza ante la desnudez y de honestidad directamente ligada a la mayor cantidad de ropa que se lleve puesta. Sin embargo, podemos decir que el mayor porcentaje de mujeres guarda la tradición en el vestir, aunque se dé el caso de muchachas vestidas como blancas y pintadas como indígenas, o con paruma y luciendo un sostén con adornos de encajes, que se convierte en motivo de orgullo y factor de prestigio.

Como adorno para la cabeza, hombres y mujeres usan en ocasiones especiales como el ritual de la pubertad, gorros hechos de cuentas esféricas de material plástico o cerámica, ensartadas, formando diseños geométricos de línea recta como triángulos y rombos, en colores rojo, amarillo, azul, negro y blanco. Los jóvenes se colocan flores en las orejas o formando coronas; además les gusta perfumarse con zumos de hojas y flores aromáticas o con esencias y perfumes de los blancos.

Varios indígenas, hombres y mujeres, se mandan cubrir de oro o de plata uno o varios dientes delanteros, con un propósito ornamental y estético, que también se convierte en factor de prestigio y causa admiración entre los demás. La originalidad en este aspecto puede llegar hasta usar caja de dientes para ocasiones especiales o lucir una incrustación de oro en forma de mariposa en uno de los incisivos.

Los niños y las niñas hasta los cinco años van desnudos o cubiertos por una camiseta, pero nunca les falta el collar de chaquiras, monedas y semillas, de las cuales algunas tienen la función protectora de amuletos. A los varones en la actualidad no se les perforan las orejas, aunque los mayores tienen la perforación para los zarcillos; a las niñas se les horada el lóbulo a los pocos días de nacer. La pintura facial y corporal, protectora y decorativa se usa periódicamente y con más esmero y profusión para las ocasiones de festejos.

Podemos generalizar diciendo que los Waunanas guardan su tradición en el vestido y los adornos en los sitios más alejados del blanco, pero esa tradición se debilita con el contacto, aunque tiene mayor persistencia en la mujer. Los viajes a centros como Buenaventura o Istmina marcan la pauta del cambio y traen al indígena principalmente la ropa fabricada en Taiwan, que llega de contrabando a las costas del Pacífico; también llegan modas, telas y adornos con los indígenas que visitan a sus parientes en Panamá.

Datos demográficos

De la población total de Colombia, calculada en 27.326.462 habitantes para 1986, al Chocó corresponden 374.717. El porcentaje racial corresponde a un 80% de negros, 10% de mulatos, 6% de indios y 4% de blancos y mestizos, con una tendencia al aumento en la población negra y mulata. Los indígenas que habitan el Chocó, según datos de los censos realizados entre 1970 y 1980 por la División de Asuntos Indígenas del Ministerio de Gobierno son 222 Cunas de Arquía y Cuti en el Golfo de Urabá, 10.976 Emberá de la región norte del Chocó y 2.140 Waunana de la región del río San Juan. Como puede apreciarse, los Waunana alcanzan apenas entre 16% y 30% de los indígenas del Chocó y entre 0,057% y 0,106% del total de habitantes de ese departamento.

En el poblado de Pichimá se estudiaron los porcentajes por sexo y edad de sus habitantes, con los resultados de 50,2% de hombres y 49,8% de mujeres. Entre los hombres hubo 74,3% de adultos, clasificando como tales a los mayores de 15 años, pues ya a esa edad entre los indígenas el individuo ha adquirido las obligaciones que afrontará en toda su existencia; el restante 25,7% correspondió a los infantes. De las mujeres, 19% eran niñas y 81% ya había llegado a la pubertad, considerada a partir de la primera menstruación y sancionada socialmente por una ceremonia especial que se describirá más adelante. Reconocidos como ancianos por el grupo hubo 7% de hombres y 2,6% de mujeres, sin un conocimiento exacto de sus edades. No se tienen datos de mortalidad, morbilidad y natalidad entre los Waunana; un alto porcentaje de madres consultadas opina que nacen más mujeres que hombres y que el número de hijos es de 5 a 10, pero casi la mitad muere en la infancia.

Los Waunana comparten el departamento del Chocó con los Emberá, con grupos negros y mulatos y con una pequeña fracción de blancos y mestizos, pero tienen su territorio claramente delimitado, según la descripción ya dada. 

La lengua

La familia lingüística Karib tiene su centro de dispersión en al Alto Xingú y en el Tapajoz (Brasil), de donde, según algunos autores, se desplazó a territorio colombiano.

En Colombia, la familia Karib se divide en cuatro grupos: el Chokó, el Perijá-Magdalena, el Caquetá-Apaporis y el Amazonas; el grupo Chokó, a su vez, se divide en ocho dialectos: Andágueda, Baudó, Citará, Chamí, Cholo, Katío, Kimbaya y Noanamá. Al contrario de otros grupos dialectales, el Chokó conserva en sus componentes la estructura gramatical y fonética con el carácter de la lengua primitiva Karib, con muy pequeñas variaciones.

Hemos optado pon utilizar la denominación de Waunana, "gente", para los indígenas del río San Juan y aledaños, porque este es el término con que ellos se denominan y el que prefieren para que se les identifique. En Colombia, tanto a los Waunana o Noanamá como a los Emberá del norte del Chocó se les da el nombre de "cholos", voz quéchua que significa raza inferior, sirviente, mestizo y que en sus orígenes debió aplicárseles en un sentido peyorativo, pero que, a nuestro entender, ha cambiado de connotación. Si hoy en Chocó se habla de un cholo, depende de quién lo haga para que varíe su sentido; para el negro sigue teniendo significación denigrante; para el blanco y el mestizo una referencia paternalista.

El idioma Waunana tiene un habla homogénea en toda su extensión, en contraste con el Emberá, cuyas variaciones dialectales son tan diferentes las unas de las otras que las que se hablan en las regiones del norte no se entienden en las del sur. El Waunana posee seis fonemas vocálicos, cinco con los mismos valores que en español y uno cuyo sonido se encuentra entre el de "u" y "eu" del francés; los fonemas consonantes son dieciséis y la conjunción del verbo carece de modos y tiempos; para el futuro se agrega la palabra mañana y para el pasado la palabra ayer; así, la expresión "yo correré" se dirá "yo correr mañana". Los artículos no existen como tales, se forman con el sufijo "a"; de tal manera que si "pakaru" es árbol, pakurua" es el árbol. Agregando a los pronombres personales el sufijo "ni", se forma el posesivo; "mu" equivale a "yo", y "muni" a mío. Para el aumentativo se utiliza el sufijo "poma" y para el diminutivo "dama".

La gran mayoría de los indígenas habla el castellano; la excepción es el reducido número de los ancianos del grupo. Por lo general lo hablan mejor los hombres que las mujeres, porque ellos son los encargados de las relaciones con los blancos y viajan más que ellas a comerciar, a estudiar o a conocer otros lugares y ciudades. Su conocimiento y utilización del idioma del blanco se limita al vocabulario y a las expresiones de la vida cotidiana, acomodando la construcción de las frases y el sonido de algunas palabras a sus normas lingüísticas; pero algunos individuos con estudios secundarios se expresan con un lenguaje más pulido y variado. Los padres desean y procuran que sus hijos aprendan el castellano, para que puedan manejarse mejor en los tratos con el blanco, que son más frecuentes cada día, a medida que se acrecienta la dependencia.

Los nombres y apellidos son en parte indígenas, en parte castellanos y también algunos resultantes de la mezcla de las dos lenguas, formados en el proceso de sincretismo que afecta a toda la cultura. En algunos se aprecia la adecuación local de nombres castellanos, como Aliseo por Eliseo, Tarsilio por Tarcisio, Vilfido por Wilfrido, Esteba por Esteban, o Gilmenia por Jimena, Geraldina por Gerardina, Endocia por Eudocia, Ismeni por Ismenia; hecha guiándose por su apreciación de la musicalidad del nuevo nombre resultante. También los hay de procedencia inglesa o norteamericana, como Wilson, Jerry, Willington y Jacquelina, que se tomaron de figuras conocidas por la televisión y los periódicos, principalmente astros del fútbol, su deporte favorito. Utilizan con frecuencia sobrenombres, en el trato familiar o para gastar bromas.

Los apellidos en 44% son españoles en su procedencia; como Cárdenas, Peña, Valencia, Mesa, Tobar, Cabezón, Carpio, Cuero; 66% son aborígenes, como Chamapuro, Wacoriso, Chichiliano, Chiripúa, Churiá, Burgará, Nembash, Cheucarama, Opúa, Ismare y Chocho. Utilizan dos apellidos; primero el del padre, usado siempre para la identificación, y luego el de la madre, que se tiene en cuenta para las normas de exogamia.

Es corriente asignar a los niños el nombre de sus padres o abuelos y en algunos casos el del padrino o la madrina.

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