Geografía humana de Colombia
Región Pacífico

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Familia Waunana.

Organización social

Entre los Waunana, la familia extensa es una institución predominante; se basa en el hecho de considerar como parientes no sólo a los padres, hermanos e hijos, sino a familiares hasta el cuarto grado de consanguinidad, a quienes se aplica el sistema de la exogamia; no será por lo tanto permitido el matrimonio entre ellos, debiendo buscar cónyuge en otra familia extensa. Esta regla la siguen los indígenas del sur del Chocó, quienes, por otra parte, son endógamos en cuanto a tribu y sólo pueden casarse con miembros de ella, con la prohibición de hacerlo con individuos de otras etnias, con negros, con mestizos y con blancos; esta es una de las estrategias culturales tendientes a la conservación de la unidad étnica, dentro de una diversidad familiar.

Cada familia extensa se subdivide en varias otras nucleares, compuestas por el padre, la madre y los hijos. Estas familias nucleares son las células sociales de los Waunana, aglutinadas por el grado de parentesco ya dicho. Cuando la unión del hombre y la mujer inicia una nueva familia nuclear, el tipo de residencia puede ser patrilocal o matrilocal, o sea que la pareja se queda viviendo en la casa de él o en la de ella, pero también existe la posibilidad de habitar en una nueva vivienda, en cuyo caso se trata de neolocalidad.

En cuanto a la herencia, es patrilineal, pues los hijos heredan de los padres tanto los apellidos como el derecho a seguir usufructuando las tierras cultivadas. No hay herencia de propiedad de tierras porque, como ya se ha dicho, éstas pertenecen a la comunidad.

La autoridad familiar la tiene el padre, quien toma las decisiones y planea y ordena la vida de sus hijos y nietos, de acuerdo con las leyes y tradiciones tribales. Cuando él muere, cada uno de sus hijos será el jefe de su propia familia.

Podemos analizar, en el caso de los Waunana, un tipo de organización social relacionado no sólo con la familia extensa sino con la zona de residencia: es el de las comunidades, considerando como tales al conjunto de individuos que comparten una misma localidad, que para el caso que nos ocupa es el territorio ribereño de una quebrada o río. Fuera de la relación consanguínea de cada familia extensa, se da una relación afectiva y práctica que une a quienes viven cerca, a toda la comunidad. Hay un sentimiento de pertenencia a ella que genera la emulación ante las otras comunidades. Los indígenas se identifican no sólo por sus apellidos, sino también por el lugar donde habitan, por el cabildo que los gobierna y en algunos casos por ciertas características propias de su comunidad, como es el caso de Pichimá con sus tejedoras de güérregue y Docampadó y Siguirisúa como detentores de un mayor apego a sus tradiciones. En los últimos años, el cambio trajo la organización de equipos de fútbol, que representan a cada comunidad, en campeonatos internos y también en juegos intertribales.

Para la tribu en general, para la etnia Waunana, existe una organización que la representa ante el país: es la Orewa: Organización Regional Emberá Waunana, encargada de la preservación de los valores culturales, del mejoramiento de las condiciones de vida, de la defensa del territorio y de la autonomía socio-política.

Gobierno

El sistema de gobierno, adoptado hace unos pocos años, es el de Cabildo. Anualmente se reúnen todos los miembros de cada una de las diversas comunidades que conforman la etnia Waunana, o sea los habitantes de un mismo río o quebrada, como Pichimá, Togoromá, Docordó, etc., para elegir las autoridades que los representen. Todos los individuos votan: hombres, mujeres y niños; la norma establece que "todo el que habla vota", y de esa manera se elige un Gobernador o Cabildo, que será la suprema autoridad en la comunidad durante un año; para que lo ayuden se eligen también un segundo Gobernador, un Alcalde Mayor, un Alguacil Mayor y cuatro cabildantes. La labor que debe cumplir el grupo de funcionarios del Gobierno es la de velar por la tranquilidad, estabilidad y mejoramiento de la comunidad, solucionar los problemas que se presenten, castigar a los infractores de las leyes, tanto de la sociedad mayor como de la propia etnia, vigilar los límites de las tierras de reserva o resguardo para impedir la penetración de extraños, representar a la comunidad ante la etnia y ante las etnias vecinas de mestizos o negros, y decidir, ordenar y organizar los trabajos colectivos. La comunidad propone los candidatos y quienes sean elegidos tienen la obligación de aceptar y no reciben ninguna remuneración por su trabajo, que es entendido como un honor y como una obligación de los individuos para con el grupo. Aunque no es lo corriente, algunas veces las mujeres son elegidas como cabildantes, aunque no se ha dado el caso de que ocupen el cargo de Cabildo Gobernador. El sistema anterior de gobierno en el Chocó fue en tiempos de la conquista y la colonia el de caciques guerreros que gobernaban en parcialidades, las cuales formaban provincias, una de las cuales era la de Noanamá o Waunana. Varias veces las provincias se unieron contra un enemigo común, que podría ser otra provincia o el español. Pero algunos caciques se convirtieron en gobernantes títeres del gobierno colonial y la gente de muchas parcialidades huyó a refugiarse en sitios de más difícil acceso al blanco. Vino una dispersión que se acrecentó con la finalización del poder colonial en tiempos de la independencia y luego con la libertad de los esclavos que en gran número se establecieron en territorios vecinos a los aborígenes. Buscando una cohesión política, el gobierno republicano pasó a designar caciques indígenas como intermediarios con el poder central, pero tales mandatarios no contaron nunca con una total adhesión de las comunidades, que se rigieron mucho tiempo por un control indirecto ejercido por el shamán, con base en su prestigio y su poder religioso y mágico. En los últimos años, el sistema de cabildos se ha establecido y al momento predomina.


RELIGIÓN

El "jaibaná"

En la lengua Waunana "jai" es la palabra que designa a los espíritus de los muertos, que desde el más allá ayudan a sus descendientes. Existen también los espíritus de los animales, que son los causantes de las enfermedades, para vengarse de la persecución y la muerte que les causan los cazadores. El shamán, curandero y sacerdote, se llama "jaibaná" o sea "el que tiene los espíritus", porque por medio de invocaciones cantadas, música y ofrendas de comida y bebida, establece una relación con ellos para procurar las curaciones.

Para ser jaibaná no se necesita una predestinación ni existe ningún indicio sobrenatural que determine la dedicación al oficio; quien desee serlo debe recurrir a un "jaibaná" ya consagrado y dedicado a la función de servir de intermediario para curar las enfermedades y dirigir las ceremonias durante los rituales de peticiones o agradecimientos a los dioses. El aprendiz acuerda con el maestro un precio para la enseñanza y durante un tiempo de varios años, que varía según el prestigio del shamán, se dedica al aprendizaje, que incluye los ritos necesarios para obtener la ayuda de los "jai", la memorización de los cantos para invocarlos y el conocimiento de las plantas curativas y también de las plantas dañinas o venenosas, pues el jaibaná puede además llamar en su ayuda a los espíritus causantes de las enfermedades y de la muerte, para provocar el mal. Se dice que el shamán, cuando tiene corazón bueno, ayuda a sanar a los enfermos, pero si tiene corazón malo provoca las desgracias. Para el ceremonial de agradecimiento y petición de favores, el aprendiz debe conocer los cantos y los bailes adecuados para la ocasión.

Planta por planta, el "jaibaná" va indicando a su alumno las propiedades que las distinguen, tanto benéficas como maléficas, pues a estas últimas es necesario conocerlas siempre, tanto para utilizarlas en contra de alguien como para anular sus efectos nocivos. El prestigio de un shamán depende, por una parte, del número de maestros que haya tenido y, por otra, de los éxitos que consiga en su vida de curandero o dañador; por eso el aprendiz, luego de haber recibido todo el conocimiento de su mentor, procura estudiar con otros "jaibaná" para acrecentar su sabiduría y se da el caso de algunos que han tenido hasta veinte maestros, varios de ellos pertenecientes a la etnia Emberá y aun a la de los Cuna, que por otra parte se han considerado siempre enemigos de los Waunana.

Mientras dura el aprendizaje, el alumno debe ir tallando bastones en la madera dura del árbol del "mare"; estos bastones tienen de cincuenta centímetros a un metro de altura, son cilíndricos adelgazados hacia la base y rematan en la figura de un ser humano cuando van a servir para invocar a un "jai"; tienen forma de cabeza de serpiente cuando se usan para curar la mordedura de ese animal, o semejan una mano cuando su función es la de hacer peticiones de favores. También talla el aprendiz, en la madera blanda del balso, un barco con cabina como los que cargan madera en los ríos, y muchas figuritas de hombres armados con machetes y escopetas, que irán dentro del barco representando a los jai encargados de aplacar a los espíritus de los animales de presa en el ritual de la curación.

Las enseñanzas sobre las plantas se hacen en la casa del curandero, en su huerto o en una casa escondida que tiene para guardar la parafernalia del ritual. Lo relativo a los conjuros e invocaciones se aprende bajo el barco de los espíritus, que cuelga del techo sobre el maestro y el alumno. Cuando el "jaibaná" considera que el aprendiz ha completado su estudio, organiza una ceremonia que consagra al nuevo sacerdote y curandero, en la cual éste recibe los bastones que serán receptores de sus ancestros tutelares y el barco con los espíritus que le ayudarán a luchar contra la desgracia, la enfermedad y la muerte.

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Tabla mágica con representación de un espíritu. Achote sobre balso.  

Dioses, espíritus y mediadores

Ewandama es el dios de los Waunana; se le supone con figura de anciano, pero no se le representa ni en pinturas ni en tallas de madera; es dios creador del mundo, de los animales y de las plantas, dador de la vida y personificación del bien. A él se dirigen cantos de rogativa solicitando su ayuda para obtener buenas cosechas, que haya abundancia de animales, que no cambie la tierra, que la gente sea buena, que no haya inundaciones, que no caiga granizo, que no lleguen las plagas, y conservar la salud y poder trabajar.

Estos cantos de ruego los entonan hombres y mujeres que al mismo tiempo danzan alrededor de un tambor de madera en forma de canoa, que cuelga del techo de la casa y es tocado por una mujer vieja golpeando rítmicamente con dos palos cortos en las paredes internas y en el exterior. Las mujeres bailan en rueda y los hombres formando una fila circundante, algunos de ellos tocando flautas y pitos de cañas.

El mal, las desgracias y las enfermedades provienen de los espíritus de los animales de presa, que son temidos y se aparecen en figuras monstruosas, como "pulvichi", la madre del agua, dueña de los pescados, las tortugas y todos los animales acuáticos; un ser peludo y negro que acecha las canoas en la noche para voltearlas y devorar a sus ocupantes. También se hacen presentes en forma de un gran oso, el "alpada"; de un felino, el "dosata"; de un tatabro, el "doataumía"; o en figura de seres humanos que hace confundirlos con un indígena, como el "dugurana". Estos entes sobrenaturales que matan o son precursores de desgracias, son la representación simbólica del río y de la selva, de donde el hombre obtiene recursos alimenticios; ellos controlan la acción depredadora mediante su presencia actuante y vengativa, que se contrarresta con la acción del shamán.

Los "jai", la contraparte benéfica, que invocados por el shamán influyen en los espíritus del mal para ahuyentar las enfermedades y las desgracias, son los ancestros masculinos, de ascendencia patrilineal, generalmente los que en vida se distinguieron como curanderos de corazón bueno. Se los representa en los bastones, en forma humana y todo indígena recibe uno al nacer, dado por el "jaibaná". A lo largo de su vida puede obtener otros, que le ayudarán para tener éxito en la caza, para conseguir buenas cosechas, para sanar o para causar daño, pero siempre con la mediación del shamán, que aparte de "curarlos", o sea consagrarlos para que dejen de ser meras figuras de madera y se conviertan en depositarios del espíritu tutelar, es quien conoce y ejecuta el ritual que desata sus poderes sobrenaturales.

La vida del Waunana gira en torno a la agricultura, la cacería y la pesca. Cada indígena conoce perfectamente las técnicas de siembra y de cultivo y es diestro en el manejo de las flechas y arpones; pero para que las circunstancias ambientales le sean propicias, es necesario un equilibrio con las fuerzas naturales y sobrenaturales, que logra el "jaibaná" con sus rituales mediadores y petitorios. De ahí la importancia de este personaje, que goza de gran prestigio pero también atemoriza con sus poderes. En cada comunidad hay varios y entre ellos se desatan envidias y tensiones; sus casas son centros de reunión y sus consejos solicitados y atendidos. No se dedican solamente al oficio de curar mediante ha magia de los conjuros, unidos a la aplicación de las hierbas medicinales; esta labor es un deber para con los miembros de su tribu por la que reciben un pago en especies o dinero en el caso de obtener resultados satisfactorios para los clientes, pero en la vida diaria tienen que buscar el alimento como todos los demás, atendiendo sus cultivos y buscando en el río y en el monte los peces y la carne que complemente la dieta. Aunque no es costumbre, algunas mujeres estudian y practican el oficio de curanderas.

Para el ritual, el "jaibaná" utiliza la chicha de maíz y alucinógenos como el "pildé", cocimiento de la liana machacada del Banisteriopsis, que se ingiere para "ver" a los espíritus y reconocer si son benéficos o dañinos, así como la poción obtenida de la maceración de la flor de las Daturas o borracheros. Esta capacidad de "ver", que no es sólo apreciar con la vista sino tener un conocimiento de la naturaleza de esos seres, puede perderse por influjos negativos de otros shamanes, en cuyo caso se recurre al "tonguero", individuo que aunque no sea "jaibaná", tiene la capacidad de detectar la llegada de esos seres sobrenaturales como resultado de las invocaciones.

Rituales de curación

Los males llegan a los indígenas por tres causas: puede ser la acción directa de los espíritus de los animales de presa, o la maldad de un shamán que por envidia, o por encargo de un enemigo, induce a esos espíritus a la acción dañina; la tercera causa es la introducción en el cuerpo, por medio de las artes mágicas y sin intervención de espíritus, de objetos como espinas, pelos, piedras o puntas de flechas, que traen trastornos, causan dolor y pueden ocasionar la muerte.

En los dos primeros casos se hace necesaria la intervención de los espíritus tutelares, para aplacar a los que causan el mal. En el tercero, el shamán debe extraer el cuerpo extraño del organismo del paciente.

En la casa del shamán o en su choza secreta del monte se hace la consulta inicial, en la cual el enfermo describe sus dolores, temores y ansiedades y el curandero le pregunta sobre sueños y presagios, para luego indicarle cuáles hierbas usar y la manera de prepararlas, con recomendaciones sobre alimentación especial y sobre pintura protectora corporal y facial.

Cuando el caso es grave, la ceremonia se realiza en el "dichardí" o casa del "jaibaná", que en este caso tiene la función de templo de curación, albergue de los espíritus. El enfermo se acuesta sobre una damagua, dentro de una pequeña casita a dos aguas, levantada en el centro del recinto con tablas y varas y pintada en negro y rojo con figuras geométricas; su cabeza y sus pies salen por los extremos abiertos del cobertizo. De las vigas y postes cuelgan figuras de madera de animales y hombres, efigies de espíritus participantes. El "jaibaná" se coloca a la derecha del enfermo, sentado en su banco, llevando en la mano izquierda un bastón mágico y en la derecha una hoja de palma que agita constantemente; canta para llamar a los "jai" y suplicarles ayuda, para que sus ancestros le den el poder curativo a las figuras de madera, para lograr el diálogo de espíritus que traerá la curación. Y mientras canta frota el cuerpo del enfermo con la parte tallada de los varios bastones que lleva para la ocasión: después del frotamiento voltea la cabeza hacia el exterior y sopla o hace con las manos el ademán de expulsar la enfermedad. La chicha o los alucinógenos ponen al curandero en trance para su intervención, y a veces pasa varias noches repitiendo el proceso, hasta que considera que los entes del mal han cedido y el paciente puede recuperarse.

Si el caso corresponde a mordedura de culebra, el shamán frota el cuerpo, la cabeza, los brazos y especialmente la herida con bastones tallados en forma de serpientes; luego liga la pierna y succiona fuertemente para extraer el veneno.

Cuando el diagnóstico inicial indica que la causa del mal es un cuerpo extraño que ha penetrado en el enfermo, al rito de la invocación sigue el del frotamiento en varios puntos, seguido de succiones, hasta que el "jaibaná" escupe el insecto, la espina o la piedra que incrustó el enemigo.

Mitos de creación del hombre

Se conocen diferentes versiones sobre la creación de los seres humanos. Luz Lotero cita, entre varias, la siguiente: "El Ewandama (Dios) quien tenía un hijo, el cual vivía siempre triste, le pidió a El que creara más hijos. Cogió barro blanco e hizo muchas mujeres. Pero esto estuvo mal hecho pues las mujeres sólo se bañaban y vivían molestando. El hijo de Ewandama le dijo al papá que tenía que hacer hombres y éste los formó en la misma forma. A unos los hizo feos y a otros bonitos. El mundo fue hecho en el Baudó. El Ewandama se pasaba todo el día haciendo más hijos, en la playa del Baudó, la cual llenó de muñequitas. Como las mujeres estaban sin bayetica, su hijo le dijo que tenía que buscar paruma y fue como entonces, fue dando a cada uno su bayetica. Como las mujeres y los hombres estaban separados, el Ewandama los unió diciéndoles que siguieran juntos, pero no podían hacer relación sexual hasta que El se lo dijera. Uno de los hijos del Ewandama cortaba leña en Noanamá: se fueron del Baudó a este sitio, donde había una chola que era familiar. Esta chola se enamoró del hijo de Ewandama pero él no quería. Al fin ella lo convenció y vivieron juntos. Por este motivo Ewandama mandó un castigo: se creció el río y casi acaba con todo. Al fin todos se ahogaron, hasta los animales. Los únicos que se salvaron fueron los que todavía no habían pecado. Toda la gente se puso a llorar y a rogar para que el río se secara. El Ewandama mandó que el río bajara y quedó la tierra blanquita porque ya no había pecado, pero ahora el barro es negro porque hay pecado; muchos pecan con familiares, con libre (negro) y con blanco.

Cuando se secó el río el hijo de Ewandama y su mujer estaban convertidos en piedra: así permanecen hasta ahora y el hijo no hace sino rogar al papá".

Hermenegildo Peña, indígena de Pichimá, líder comunitario y promotor de salud, relató la creación así:

«El Ewandama creó el mundo, con el mar y los ríos, la selva y los animales. Después creó, en las playas del Baudó, con barro blanco, a las mujeres. Pero las mujeres estaban solas en la selva, sin nadie que las acompañara. Los animales las miraban y decían: "Mira esas cholas tan bonitas, vamos a acompañarlas". Y el saíno dijo: "A mí me gusta ésta"; y la tortuga dijo: "A mí esta otra". Y así se fueron acercando y acercando hasta que cada uno de los animales se acostó con una mujer y se fueron para Noanamá. En el viaje comenzaron a nacer los hombres, hijos del oso, del venado, del gavilán y del tatabro, del armadillo y de la lechuza. Nacieron niños y nacieron niñas y el mundo se llenó de gente».

Hermenegildo dice que los espíritus de los animales causan las enfermedades en castigo a sus hijos, los hombres, que los matan; por eso hay que llamar a los "jai", que son los muertos sabios y de corazón bueno, para que ellos conversen y pidan que les quiten el castigo y los curen.

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