GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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6.2 Adaptación y economía entre los ika y los wiwa

De las consideraciones anteriores se desprende un dato capital para entender la vida social de los kogui. Desde el punto de vista de la reproducción social, cada pueblo constituye una unidad social autónoma con respecto a los demás pueblos —y uso la palabra autónoma en la medida en que esta palabra pueda ser usada, dada la actual interdependencia entre los kogui y las sociedades regional y nacional. Hasta hace unos pocos años no hubo pues entre estos indígenas ninguna instancia de centralización organizativa, ninguna forma de control e integración políticas que trascendiera la organización piramidal máma-mayoresvasallos existente en cada pueblo y circunscrita a su respectiva área de influencia —vale enfatizar, el pueblo mismo y su archipiélago de zonas económicas dependientes. Más aún, con frecuencia existen agudos enfrentamientos entre los poblados, antagonismos que se resuelven mediante alianzas políticas precarias entre dos o más pueblos y sus respectivos sacerdotes de mayor jerarquía. Por cierto, como lo veremos más adelante, con la creación de Gonawindúa Tairona los kogui han generado hace pocos años una instancia organizativa que busca integrar todos los pueblos y todas las regiones de su territorio.

Así las cosas, el caso kogui ofrecía un contraste nítido y obvio con el de los ikas. Estos últimos siempre han considerado al pueblo de Nabusímake como su capital. En este sentido, Nabusímake tiene una jerarquía mucho mayor con relación a las demás poblaciones localizadas en los diferentes sectores en los cuales los ikas subdividen su territorio. Además, su sistema de organización política muestra cómo el nivel de autoridad aumenta según sea que uno se desplace desde los cabildos, comisarios y demás autoridades de cada uno de los sectores, hasta el centro de Nabusímake y la figura del cabildo-gobernador, cabeza indiscutible de la organización indígena arhuaca conocida como la Confederación Indígena Tairona.

Cuadro 2
La división del trabajo entre los kogui
Arquitectura e ingeniería
Manufacturas
Hilandería
Tejidos
Tejido de "chinchorros" (hamacas)
Redes de carga
Lavar, remendar vestidos
Coser vestidos nuevos
Torcer cordones de algodón
Torcer cuerdas de fique
Sopladeras
Cueros-cortezas
Cerámica (casi totalmente desaparecida)
Recipientes vegetales
Talla de madera
Producción del fuego
Preparación del terreno para las huertas agrícolas
Siembra, deshierbe y cosecha
Comercio
Trabajos comunales
Consecución de leña
Consecución de agua
Preparación de comidas
Recolección de hojas de coca
Recolección de frutos silvestres
Caza (muy esporádica)
Pesca (muy esporádica)

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Modificación del cuadro respectivo. En: Reichel-Dolmatoff, Gerardo. Los Kogi. Una tribu de la Sierra Nevada de Santa Marta. 2a. ed. Bogotá: Procultura, vol. I, p. 129, 1985.

Varias razones se pueden invocar para explicar el contraste entre los koguis, con su ausencia de una centralización política fuerte que trascienda el nivel de los pueblos, y los ikas y su estructura de poder piramidal que engloba todo el territorio de su resguardo. Este ejercicio es importante en la medida en que el sistema de producción global de los segundos es similar al de los koguis —pues también ellos combinan una forma de horticultura escalonada según niveles de altitud con un pastoreo de alta montaña. Un primer elemento en la explicación lo constituye el hecho de la presencia de la misión capuchina en el núcleo mismo del territorio arhuaco, por algo más de sesenta años continuos durante el presente siglo. Tamaña intromisión que afectó todos los órdenes de la vida social de los indígenas, que llegó inclusive a hacer peligrar su integridad como una minoría étnica viable, hizo que los ikas tuvieran que recurrir a una forma de organización capaz de enfrentar de poder a poder las políticas de extinción cultural de los misioneros y sus aliados locales de Valledupar. Para lograrla, los ikas no dudaron en dejarse permear por los principios organizativos usados por los sindicatos campesinos de la Zona Bananera durante el auge de la explotación del banano en el piedemonte serrano en las décadas de 1920 y 1930. Desde entonces, los ikas han adoptado varias de las formas de lucha y de organización que han sido desarrolladas por los campesinos e indígenas de otras partes del país —participando inclusive de manera muy activa en los procesos y en las reivindicaciones adelantadas por movimientos populares como el de la Asociación de Usuarios Campesinos (ANUC). Resulta claro, entonces, que los ikas tienen ya una larga experiencia organizativa centralizada que les ha permitido enfrentar con éxito toda amenaza de extinción cultural y de despojo de tierras y de bienes. Tanto éxito ha tenido esta forma de hacer política de estos indígenas, que en todo caso no descuida una constante referencia a "lo tradicional", a "lo sacro", al saber y al poder encarnado en los mámas (o mamos, como prefieren denominar a sus sacerdotes nativos los ikas), que ellos mismos lograron que los misioneros salieran definitivamente de Nabusímake y de todo su territorio a comienzos de la década de 1980.

El principal elemento en la explicación, con todo, tiene que ver con las pautas de asentamiento de los ikas. A diferencia de los koguis, entre ellos los pueblos no tienen tanta importancia en términos de "centrar" la organización de la vida económica y social. En realidad de verdad, entre los ikas no existen "pueblos" nucleados, en un sentido sociológico, como entre los koguis —excepto, claro está, Nabusímake, en donde, de paso, son pocos los indígenas que viven permanentemente, y quizás Templado. Los "sectores" ikas, en los cuales la organización política centralizada de los indígenas divide su territorio, constituyen más bien asentamientos dispersos de varias unidades productivas o "fincas ubicadas de manera general en una misma zona ecológica y en una porción más o menos delimitada del territorio. Tales fincas son explotadas económicamente por unidades domésticas independientes —de manera análoga a lo que sucede entre los koguis— y que en todos los casos son propietarias de las áreas que ocupan.

La carencia entre los ikas de "pueblos" —en el sentido kogui— tiene una implicación fundamental en términos de su sistema productivo. Entre los ikas, en efecto, el "control vertical" de los diferentes pisos térmicos opera sobre la base de principios distintos al archipiélago de islas productivas pertenecientes a la jurisdicción de un mismo pueblo. En cambio, existe una cierta especialización entre los sectores, considerados como subdivisiones territoriales, ubicados en las zonas ecológicas mediabaja y media de su resguardo, y los sectores ubicados en las partes más altas y en los páramos. Los primeros corresponden con las áreas agrícolas por excelencia de los ikas, mientras los segundos son ante todo áreas de pastoreo —aunque también los indígenas siembran allí papa, cebollín y otras verduras. Unidades domésticas independientes, generalmente familias nucleares o extensas uxorilocales o virilocales, se encargan de desarrollar la agricultura y la ganadería tanto en las partes bajas como en las partes altas. Lo más usual es que cada unidad doméstica que tenga su finca o sus fincas "abajo" no tenga ninguna posesión "arriba" —y viceversa, las unidades domésticas que asientan sus explotaciones productivas arriba tienden a concentrar todo su accionar económico en esta parte del territorio, sin tener acceso a propiedades en la otra parte. Lo anterior no es óbice para que algunas pocas familias tengan fincas en las dos zonas o para que no exista un activo intercambio entre ambas (cf. Reichel-Dolmatoff 1991:29-31).

Como en el caso de los kogui, el tener acceso a dos grandes zonas ecológicas permite a los ikas cultivar una gran variedad de productos —en general los mismos cultivos en ambos grupos. Sin embargo, entre los ikas se muestra una menor dependencias del plátano en su dieta, y un mayor consumo de vegetales, de carne de animales domésticos, de leche y de huevos. Asimismo, entre los ikas el café, la caña de azúcar, el ganado bovino y porcino y las aves domésticas desempeñan importante papel como cultivos comerciales o bienes intercambiables dentro del circuito comercial regional. A lo anterior hay que añadir la venta de mochilas de lana tejidas por las mujeres, artículo que ha hecho hoy a los ikas tan conocidos en todo el país. Y es que la venta a los criollos de la región o del mismo Valledupar de estas preciadas mochilas, que llega inclusive a constituirse para las familias ika en una fuente suplementaria de ingresos o en un fondo de emergencia para cubrir gastos de calamidades inesperadas, no llega entre los kogui a la dimensión que tiene entre sus congéneres indígenas.

De otro lado, la forma de producción que ha sido adoptada por los ikas tiene mucho sentido desde el punto de vista de la adaptación de estos indígenas a un territorio afectado por serios procesos de deterioro ecológico. Se trata de aprovechar al máximo cualquier porción de territorio que sea potencialmente productiva —y los ikas son maestros en establecerse en todo microambiente en donde se den las condiciones mínimas apropiadas de calidad de suelos, protección contra los vientos e irrigación, para sólo mencionar tres variables, con el fin de su aprovechamiento productivo. Desafortunadamente para ellos, tales microambientes con buenas posibilidades de productividad se presentan en esta parte de la Sierra Nevada de manera discontinua, entre otras razones por las mismas condiciones de deterioro ambiental a la que se ha visto sometida esta vertiente del macizo. Este hecho es, desde luego, un impedimento para que se den los archipiélagos productivos organizados de manera homogénea a lo largo de un eje vertical.

Dos consecuencias se desprenden del patrón disperso del asentamiento ika. La primera resulta bastante obvia. Ante la crítica escasez de buenas tierras de labor en esta parte del macizo serrano, dentro de una clara circunscripción territorial, la competencia por la tierra adquiere un carácter particularmente agudo. Tal competencia reviste, a su vez, varias formas. La más clara es la que se presenta entre los ikas y los campesinos que han colonizado varias partes del Resguardo Arhuaco situación que se presenta, ante todo, en aquellas áreas en las que los indígenas no ejercen un claro dominio del territorio debido a que los límites de éste no son respetados, o a que los campesinos han ocupado terrenos previamente ocupados por terratenientes de Valledupar y que los indígenas claman como suyos. La región conocida como Sabana Crespo es tal vez el área en donde con mayor agudeza, y con un gran potencial de violencia, se da en la actualidad este tipo de conflicto. Otra forma de competencia tiene lugar entre los mismos indígenas, bien sea entre unidades domésticas de los mismos ikas que buscan expandir su base productiva, o entre los ikas y los demás indígenas serranos. Esta última ha dado lugar a que, los arhuacos migren hacia otras regiones de la Sierra que forman parte del Resguardo Kogui-Arsario en busca de tierras para cultivar —como ya vimos más arriba.

La segunda consecuencia del patrón de poblamiento actual de los ikas tiene que ver con su propia organización política. En efecto, una fuerte centralización organizacional y política, cuyas jerarquías estén establecidas de manera explícita, parece ser la respuesta más adecuada ante la dispersión de los asentamientos en varios sectores —algunos de ellos bastante alejados del centro de poder de Nabusímake. Tal centralización puede, además, canalizar el poder sagrado de los mamos ikas, a la vez que se sirve de éste para validar y justificar su control sobre los diversos asentamientos. Sin embargo, existen límites muy claros a la capacidad real que tiene una organización central para integrar efectivamente todo el poblamiento de estos indígenas —algo que de hecho ya se presenta en la medida en que las comunidades ikas localizadas dentro del territorio kogui, y por ello situadas lejos de Nabusímake, siguen los lineamientos que la nueva organización política centralizada de los koguis les presenta.

El caso del tercer grupo étnico indígena sobreviviente de la Nevada, el de los wiwas, muestra unas peculiaridades diferentes. Los arsarios, cuyo territorio principal se localiza entre la cuenca media-alta del río Ranchería, y los cursos superiores del río Cesar y del río Badillo, fueron afectados después de la Guerra de los Mil Días por una colonización agrícola parcelaria y ganadera proveniente de las partes bajas que rodean esta parte de la Nevada. Al impacto de esta colonización se siguió la organización del Orfelinato de la Sierrita, en el antiguo asentamiento colonial wiwa de El Rosario, en donde, como ya vimos en el siglo XVIII los misioneros ejercieron sus actividades de conversión y control de los indígenas. Como si lo anterior fuera poco, a partir de 1972 y hasta 1980, los wiwas vieron cómo su territorio fue invadido por los cultivadores y comercializadores de la marihuana —invasión que desató un agudo proceso de descomposición social y de violencia en esta parte del macizo serrano. Como siempre, los indígenas llevaron la peor parte de este estado de cosas: muchos se vieron obligados a huir hacia otras partes de la Nevada, especialmente hacia la vertiente norte en donde buscaron refugio entre los koguis. Aquellos que no salieron en éxodo intentaron capear el temporal retirándose hacia las partes altas de los valles de su habitat, ante todo el alto río Ranchería y las cabeceras del río Barcino (Fundación Pro-Sierra Nevada 1989; Reichel-Dolmatoff 1989; Trillos 1989).

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Cuando la bonanza de la marihuana pasó, el territorio de los wiwas fue desocupado poco a poco, a excepción de unos pocos colonos que decidieron quedarse en sus pequeños predios. Los indígenas comenzaron a retornar lentamente y a poblar sus asentamientos de Guamaka, Marokaso y Seminbke. Con este retorno se ha iniciado un proceso de recomposición entre los wiwas, que busca rescatar sus formas de organización social previas, sus concepciones religiosas sobre el mundo y, quizás más importante, el sentido de pertenencia a un grupo étnico distintivo. En todo caso, los wiwas han imitado a sus vecinos koguis e ikas en la elección de varios dignatarios políticos que se entienden de las relaciones con los colombianos, los llamados cabildos-gobernadores, dignatarios cuya área de influencia se limita a unos pocos pueblos. En este sentido, el nivel de organización central de los wiwas es el más limitado de los tres grupos indígenas serranos de la actualidad.

Un elemento que merece resaltarse en la dinámica social wiwa de las últimas décadas es la estrecha relación de estos indígenas con sus congéneres kogui. En efecto, localidades como San Francisco en el río Garavito de la vertiente norte y Mamarongo en el alto Ranchería constituyen áreas de contacto en donde convergen wiwas y koguis. El caso de Avingüe, sobre el río Potrero, configura una situación aún más compleja. Dada la proximidad en esta zona de los límites entre los resguardos Kogui-Wiwa y Arhuaco, en Avingüe convergen también los ikas dando lugar a una interesante situación pluriétnica y plurilingüística —muy común también en otras regiones indígenas de la Sierra Nevada.

A pesar de los embates en la vida social wiwa causados por la colonización criolla de su territorio, su sistema productivo se desenvuelve dentro de los patrones generales comunes a todo el mundo indígena serrano. Porque es que, en últimas, los indígenas serranos han logrado sobrevivir como una gran sociedad indígena viable gracias a que su "telar de la vida" ha resistido con éxito los intentos de los "hermanitos menores" por desarticularlo a lo largo de todos estos siglos. En otras palabras, los indígenas serranos han logrado preservar para su propio usufructo una porción, disminuida eso sí, de su territorio montañoso. En esas tierras los nativos continúan adelantando sus propias formas de producción que, aún modificadas a lo largo del tiempo, les han permitido reproducirse desde el punto de vista material. Aunque la economía indígena no se puede ver desligada del conjunto de la economía campesina que se ha consolidado poco a poco en la Sierra Nevada, los indígenas todavía conservan una medida de autonomía en términos de su propio sistema productivo. La clave de la resistencia indígena y de la continuidad de la sociedad indígena serrana es, y hago de nuevo hincapié en este punto, el control de sus tierras, sobre todo, de aquellas franjas de tierras más elevadas situadas por fuera de la frontera de colonización campesina.

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