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6.3
Los chimila y la economía regional
Antes de que comenzara la
explotación del bálsamo en las tierras de chimilas, la vida para estos indígenas era
bien diferente en esas selvas húmedas y calientes, de un clima bochornoso todo el año.
Como recordara un viejo indígena, en una noche de nostalgias de 1973:
Antes todo era monte y no
había colombianos ni ganado, solamente estaban los indios por acá. Vivían cultivando en
sus rozas el maíz, que la yuca, que el ñame y la batata y cada uno tenía su roza
propia. Cuando venía la cosecha se guardaba el maíz en los zarzos de las casas y se
cogía poco a poco la yuca. No había sal, se comía era con ají. La gente vestía con
telas de algodón que hacían las mujeres. No se conocía el molino, se molía era con una
piedra. Antes se salía a montear, a buscar morrocoyos, a buscar miel de abejas y en los
arroyos se pescaba con flechas y arpones. Luego llegaron los colombianos y todo esto fue
cambiando. Empezaron a darle a los indios que el arroz, que la panela, la sal y el suero.
Al principio los indios no quisieron recibir nada, pero luego sí quisieron. Después los
colombianos no fueron más generosos, como es ahora cuando todo lo que uno quiere lo tiene
que comprar.
De mucho de este panorama
fueron testigos dos antropólogos, Milcíades Chaves y Gerardo Reichel-Dolmatoff, quienes
realizaron, a mediados de 1944, un reconocimiento de los chimila por comisión del
profesor Paul Rivet, director que fue del entonces Instituto Etnológico Nacional. Como
escribiera Reichel-Dolmatoff en su Etnografía chimila: "retirados en lo más tupido
de la selva, en regiones donde ni el hombre blanco (sic) con todos sus recursos puede
vivir por las enfermedades y malas aguas, allá hay que ir a buscar esta tribu [chimila] y
allá se encontrarán sus ranchos caídos, su gente silenciosa que ha olvidado
reír". Y allá encontraron que:
No obstante esta declinación de una
nación antiguamente tan poderosa y temida, los chimila de hoy son los mismos que los de
ayer. Los pocos núcleos que se han conservado en la selva guardan todavía el conjunto
completo de su civilización material y además siguen sus tradiciones y ritos sin haber
adoptado ningún elemento de la civilización de sus conquistadores. No hubo aculturación
de ninguna especie; utensilios de sal, todos los recursos del hombre blanco han sido
rechazados y hoy, como hace siglos, el indio chimila afila todavía su macana de guerra
sobre una piedra, caza los animales del monte con arco y flecha, se viste con telas que
las mujeres tejen en primitivos telares. No ha adoptado animales domésticos y se contenta
con papagayos y tortugas. De su primitiva organización social, su vida mágica y su
religión, mucho se ha perdido y olvidado porque los chimila ya no son una tribu sino
pequeñísimos grupos, de una o dos familias, sin contacto entre sí. (Reichel-Dolmatoff
1946:97-98).
La imagen de los chimila que
nos presenta Reichel-Dolmatoff en su trabajo sobre estos indígenas es pues la de un
pueblo de horticultores y cazadores, y en una medida muy reducida, de pescadores. En
adición, los chimilas se dedicaban a la apicultura, y la cría de tortugas y aves
monteses.
Según este antropólogo, la
horticultura era la principal área de producción y los indígenas se procuraban con ella
la gran mayoría de su alimentación. Los cultivos se hacían en grandes campos circulares
alrededor de las poblaciones. Eran predominantes los cultivos de yuca dulce y maíz,
aunque también se cultivaban varias clases de batatas, ñame, auyama, fríjoles, ají,
tabaco. La preparación de las rozas y la limpieza de los terrenos la hacían en conjunto
los hombres de cada grupo local, mientras que el cuidado y la cosecha de los cultivos los
hacían de forma independiente los miembros de cada familia, y tanto hombres como mujeres
tomaban parte activa en la preparación de la tierra y en el cuidado de las plantas y la
cosecha de los frutos (cf. Reichel-Dolmatoff 1946:103-104).
Con respecto a la
apicultura, Reichel-Dolmatoff nos informa que los chimila fabricaban colmenares hechos de
calabaza, en los que introducían los panales naturales recogidos en el monte para criar
las abejas y utilizar la miel y la cera en sus lugares de residencia habituales. Estas
calabazas se guardaban amarradas horizontalmente en las paredes de las casas, y los
indígenas apreciaban ante todo la cera (cf. Reichel-Dolmatoff 1946:106-107). Con
relación a la cría de animales, Reichel-Domatoff anota que la cría de tortugas estaba
bastante desarrollada entre los chimila. Según este autor, todos los poblados tenían
corrales de plano redondo y paredes formadas de fuertes maderos enterrados en el suelo. En
el interior del corral se construía un abrigo de piedra para guarecer a unas cincuenta o
sesenta tortugas (Testudo tabulata) recogidas en la selva: "Cuando se busca una
tortuga para la comida, el mismo cacique del poblado entra al corral y escoge
cuidadosamente uno de los machos de cierta edad. Examinando la concha y las patas
detalladamente, se elige, consumiendo sólo un animal que para la reproducción ya no es
indispensable" (Reichel-Dolmatoff 1946:107). Además de la cría de tortugas
realizada de esta manera, Reichel-Dolmatoff encontró que en muchos poblados de los
chimila se guardaban cautivos papagayos y loros, según él con el único propósito de
arrancarles anualmente las plumas que luego se empleaban en la fabricación de adornos
(Reichel-Dolmatoff 1946:108).
Un producto cultivado de
forma muy intensa por los chimila que Reichel-Dolmatoff y Chaves visitaron era el
algodón. De acuerdo con el autor de la Etnografía chimila, tal hecho era
indicativo de un adelanto apreciable en el arte de tejer telas y hamacas. Las mujeres eran
las encargadas de recoger el algodón y de hilarlo, lo mismo que de la confección de las
telas en unos telares verticales similares a los usados por los hombres kággaba. Ellas
eran, asimismo, las encargadas de tejer las hamacas de algodón de uso cotidiano, mientras
que los hombres se ocupaban de la cordelería y la espartería al igual que de la
fabricación de los arcos, las flechas y las macanas de guerra (Reichel-Dolmatoff
1946:112123).
En la página siguiente
aparece el cuadro que presenta Reichel-Dolmatoff sobre la división del trabajo que él
observó entre los chimilas, al tiempo que con Milcíades Chaves realizaron su
reconocimiento etnográfico.
De las antiguas áreas de
producción descritas por Reichel-Dolmatoff en 1946, subsiste en la actualidad la
horticultura, mientras que la cacería y la pesca son apenas actividades esporádicas y
muy marginales. A las anteriores, los chimila han añadido la cría de animales y aves
domésticas por su potencial generador de ingresos en metálico, y todavía se tejen
hamacas y mochilas confeccionadas ya no con algodón sino con los restos de costales
manufacturados con materiales sintéticos que han reemplazado por todas partes al
tradicional fique.
Sin embargo, querer
caracterizar hoy en día una "economía chimila", como si la reproducción
económica de estos indígenas fuese algo autónomo e independiente de las grandes
haciendas que ocupan lo que en otra fuera la tierra de chimilas, carece por completo de
sentido y rigor analítico. Y es que los sobrevivientes chimila participan de una manera
tan íntima de la sociedad y la economía regionales, que hablar de una horticultura
propia, y en general de una organización socio-económica autónoma, resulta un gran
contrasentido. Esta participación de los chimila en la economía regional comienza en la
esfera de la producción con el mismo trabajo de los indígenas. Ella se realiza de dos
maneras principales. La primera tiene que ver con el trabajo masculino en las haciendas a
cambio de un jornal, o como parte del pago de la renta por vivir en las que ahora se
consideran tierras ajenas. Los indígenas son ocupados así en las labores más fuertes
del agro; por ejemplo, la "tumba" del bosque con hacha y machete, la limpieza de
los terrenos de vegetación secundaria, el aprestamiento de los potreros de engorde y el
mantenimiento de los caminos.
Cuadro 3
La división del trabajo entre los chimila
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Construcción
de la vivienda
Horticultura
Roza
Siembra
Cosecha
Apicultura
Cría de:
Tortugas
Aves Monteses
Aves de Corral
Pesca
Caza
Cuidado de los niños
Manufactura de:
Armas
Espartería
Hamacas
Telas
Cerámica
Adornos
Cordelería
Producción del fuego
Preparación de comida
Preparación de bebida
Consecución de leña
Consecusión de agua
Transporte de cargas
Instrumentos musicales
Pintura roja facial
Bailes y cantos
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Fuente:
Reichel-Dolmatoff, Gerardo. "Etnografía chimila". Boletín de Arqueología,
2(2):143, 1946.
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La segunda,
que tiene que verse como una estrategia de los propietarios para preparar las zonas de
bosque y de "rastrojo" para sus potreros de ganado, consiste en el trabajo
masculino y femenino realizado por los grupos domésticos, ahora generalmente familias
nucleares o familias extensas uxorilocales, en sus propias rozas agrícolas. Ya vimos, en
efecto, cómo los chimilas han perdido el control efectivo de sus zonas agrícolas. Tal
pérdida significa, en términos de la reproducción material de los indígenas, que si
éstos quieren cultivar un pedazo de terreno con el fin de cosechar, mediante los
procedimientos usuales de la horticultura de tumba y quema, los productos agrícolas que
constituyen la base mínima de su dieta diaria, deben pedirle permiso al ahora dueño de
la tierra antes de iniciar las faenas. Al terminarse un ciclo agrícola completo de la
roza que entonces se ha preparado, generalmente de uno a tres años, si no antes porque el
hacendado así lo ha determinado, el área de la roza es resembrada con pastos que son
aprovechados por el propietario de la tierra en la ganadería. En esta situación, las
familias indígenas deben migrar a otros terrenos, o en el caso de que el mismo
propietario consienta, reiniciar el proceso en otra parte de su hacienda.
De otro lado, los indígenas
organizan el trabajo en la horticultura según el sexo y la edad de los miembros de la
unidad doméstica. El padre, en el caso de la familia nuclear, o el hombre de más edad,
en el caso de la familia extensa, son los encargados de dirigir la producción, la
distribución del trabajo y la realización de cada una de las fases del proceso. Los
hombres se encargan de la tumba, la quema, la siembra y la limpieza de la roza. Las
mujeres participan con ellos en el cuidado y en la recogida de las cosechas, y además son
las encargadas de cocinar los alimentos.
Existen, asimismo, otras
formas de cooperación que trascienden los marcos de la unidades domésticas. Ellas son la
asociación para los trabajos agrícolas de un grupo de hombres, parientes o vecinos, en
una o varias rozas asignadas por el propietario y en donde se estipula la división de las
cosechas finales; las "cuadrillas", que son grupos grandes de trabajadores que
realizan las faenas, según un orden marcado por el prestigio y la autoridad, en las rozas
de cada uno de sus miembros, y finalmente, los clásicos intercambios recíprocos de
trabajo generalmente conocidos con el nombre de "vuelta mano".
La distribución del
producto en el seno de la unidad doméstica la supervisa el hombre de mayor edad de
acuerdo con la participación de cada miembro en el trabajo, según el número de personas
que sea necesario alimentar y según su edad. No toda la producción se consume de forma
inmediata. La situación con los dos productos básicos de la dieta es como sigue: parte
del maíz se almacena en las habitaciones para el consumo posterior y como semilla de
futuras siembras; la yuca se recoge paulatinamente de la roza, al tiempo que se resiembran
los esquejes para extender su consumo a lo largo del año agrícola.
No toda la producción se
dedica al consumo de la propia unidad doméstica. Una parte debe destinarse al
cumplimiento de las obligaciones del parentesco, real o ficticio, y para satisfacer la
reciprocidad en las formas de cooperación supradomésticas. Otra porción va para el
dueño de la tierra, quien de forma usual demanda una parte del pago de la renta en
especie, sin necesidad de que haya mediado un aviso o acuerdo previo. Por último, un
pequeño margen de la producción puede destinarse al mercado aún si tal margen puede
llegar a hacer falta en el consumo de la unidad doméstica, pues es necesaria la
consecución de dinero en metálico. En general, con todo, el consumo en la propia unidad
doméstica está de hecho limitado y condicionado por una serie de obligaciones y
situaciones sobre las cuales no tiene ningún control.
A pesar de su participación
en las faenas propias de la horticultura, la principal actividad productiva de los hombres
chimila es el trabajo asalariado. De este hecho se desprenden nuevos elementos de
explotación a los indígenas. Ante todo, los jornales diarios que se les pagan son
inferiores a los que se les reconocen a los trabajadores mestizos criollos. Además, es
bien frecuente el caso que cuando los indígenas trabajan como peones en las fincas
vecinas, resulten endeudados con el propietario de la tierra o con el contratante
intermediario de los trabajos. Esto es así porque durante el tiempo que pasa entre la
iniciación de las obras y el momento de su terminación, los indígenas retiran alimentos
y otros artículos de primera necesidad de la casa de la hacienda o del intermediario para
llevar a sus hogares. Si el resultado final de las cuentas es a favor del trabajador
indígena se le paga con dinero en metálico. Si es en contra, como fácilmente puede
suceder pues los indígenas son analfabetos, se genera un ciclo de endeudamiento que
implica el trabajo gratis para el patrón hasta que eventualmente se cubra la diferencia.
Por otra parte, también es frecuente el pago del jornal en especie. Por este método se
aprovecha el interés de los indígenas por hacerse a radios, lámparas de segunda mano,
linternas y ropa usada, convenientes íconos de la "civilización", ahora bien
entronizados dentro de los indígenas. Como es de preverse, tales objetos son
sobrepreciados por el propietario o el intermediario mientras que los jornales de los
indígenas son subvalorados.
Tal vez la modalidad más
difundida de trabajo asalariado es la de los contratos o "ajustes", según el
modo de hablar regional. En rigor de verdad, en esta situación el trabajador indígena
ofrece asimismo su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, pero entre uno y otro
media un intermediario mestizo quien se encarga de contratar al personal necesario
que incluye, muchas veces, otros trabajadores campesinos criollos. En estos casos,
el contratista no paga por jornal diario sino por la cantidad de trabajo. En la
circunstancia de que el indígena acepte la alimentación que le brinda el contratista, se
abren las puertas para el endeudamiento que se veía antes. Si no lo acepta, el trabajador
se verá en aprietos para llevar alimentos como arroz y panela, ahora básicos en la dieta
de los indígenas, a su familia. Pero no se trata aquí de un suplemento alimenticio, pues
como se explicó, las unidades domésticas tienen trabas muy fuertes para producir la
comida necesaria para alimentar con propiedad a sus miembros. De otro lado, es frecuente
en esta modalidad que un indígena subcontrate parte de las tareas a él asignadas con sus
parientes y vecinos, o que varios de ellos se asocien y sean contratados en grupos por el
intermediario.
Por último, es conveniente
añadir aquí que la reciente creación del resguardo Chimila, en terrenos que formaban
parte de la finca "La Sirena" hasta hace muy poco propiedad de una familia
italiana que llegó a la región de San Angel en la época del auge del bálsamo, ha
permitido a los indígenas comenzar a tratar de restituir, por lo menos en alguna medida,
una organización económica y social más viable y menos dependiente de las grandes
haciendas de la zona. Por ello se hace necesario un detallado estudio futuro de las
implicaciones del nuevo resguardo en la vida de estos indígenas que por lo demás parecen
encontrarse en un afanoso proceso de reconstitución cultural en torno al cabildo del
resguardo (Amparo Jiménez, comunicación personal).
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