GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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8.1 El esquema del sacrificio

En la medida en que los sacerdotes nativos, los mámas, son los especialistas en la interpretación del simbolismo kággaba y en el ritual concomitante, no es de sorprendernos entonces que este personaje figure como uno de los protagonistas principales de las fiestas del solsticio de verano —de las fiestas que tienen lugar hacia junio todos los años y de las cuales todos los indígenas no cesan de hablar, pues constituyen una especie de clímax en su calendario social. En efecto, sólo el máma principal de un pueblo kogui puede juzgar cuándo se deben celebrar las fiestas anuales. Y es que como él es un consumado astrónomo está en la posición de saber, gracias a sus cuidadosas observaciones de los astros en el firmamento, cuándo se inicia el solsticio de verano y cuándo el nuevo año kogui está a punto de comenzar. Un sacerdote de alto rango puede convertirse en el señor del tiempo y controlar los elementos de la naturaleza. Un máma posee la erudición suficiente para invocar las lluvias cuando los campos van a ser sembrados, y puede traer el tiempo seco cuando las fiestas se van a celebrar. ¿Cómo podrían entonces los vasallos sobrevivir sin un máma principal? No pueden y ellos lo saben. Los mámas son a los vasallos "lo que una gallina a sus pollitos" —para usar su propia metáfora. Un máma es como el sol, es como una figura paterna y benevolente que siempre protege a sus vasallos —y máma es una palabra en koguian cuya etimología se deriva de "viejo sol", el "sol de los ancestros", así como de "abuelo", "hombre anciano". Lejano y distante, un máma es temido y respetado. Porque un máma tiene la autoridad y el poder sobrenatural para hacerla cumplir, y el pueblo escucha su voz, porque él es un buen máma, su protector.

Durante las fases finales del festival del año anterior, el entonces máma principal de San Francisco, máma don Juan Moskote, decidió cuáles hombres se harían cargo de las siguientes fiestas —un mayordomo y un oficial, cada uno con sus dos ayudantes respectivos. Los oficiales escogidos para estas celebraciones eran hombres jóvenes, incluso se les habría podido llamar muchachos. A su debido tiempo y de acuerdo con los méritos que acumulen y con los conocimientos esotéricos que adquieran, llegarán a ser nauma o mayores, y sus opiniones se oirán en la nuhué (cansamaría). Los dos ayudantes, en cambio, eran hombres de más edad que sus jefes y por ello con más experiencia ya que habían desempeñado dicho cargo en otras oportunidades —"ellos ya sabían", como dijeron los vasallos. Bajo la supervisión de don Juan Moskote, los oficiales tenían la responsabilidad de organizar la fiesta y de solicitar a los "riquitos" de San Francisco los toros para el sacrificio, que cada oficial debía intercambiar por novillas de su propiedad. Otra de sus obligaciones era hacerse cargo de que los vasallos obsequiaran la comida y la leña necesaria para las comidas colectivas —cuya cocinada debían vigilar en la cocina del pueblo, y asegurarse que no se le agregara sal como lo comanda la "ley de antigua". Por último, los oficiales debían encargarse de repartir con generosidad el guarapo y el ron casero de caña de azúcar ("chirrinche") almacenados para la ocasión en la cantina del pueblo. Para la fiesta de ese año, el máma ordenó que se sembrara abundante caña de azúcar, de tal manera que hubiera suficiente trago y "todos cogieran contento", como dicen los kággaba.

Hacia finales de mayo, con varias semanas de anticipación a que comenzaran las fiestas, los vasallos se congregaron en su pueblo. Don Juan había determinado que el anciano sol estaba llegando finalmente a su "casa" del solsticio de verano —hecho indicado por la salida del sol en el punto más nororiental. En las semanas que precedieron al llamamiento que les hacía su máma, los vasallos debieron trabajar duro en sus huertos agrícolas ya que tenían que almacenar suficientes alimentos y leña para todo el tiempo que duraran las fiestas. Ellos sabían que mientras las fiestas se celebrasen nadie podía salir del pueblo, pues todos los caminos y trochas quedaban. "cerradas". Entonces el pueblo se convierte en un recinto cerrado, fuera de límites para todos los malos espíritus del exterior.

Una vez que los bien aprovisionados vasallos se reunieron en el pueblo, otra serie de preparativos empezó a tener lugar. Todo comenzó con un desfile emprendido por los oficiales y sus ayudantes una tarde lluviosa, ante la puerta de las casas de los san franciscanos. Primero comenzaron con las casas situadas en torno de la irregular plaza del pueblo; en cada quicio, el dispar grupo entonaba una entrecortada letanía que se asemejaba de alguna ‘manera al discurso ceremonial de los mámas. Su destemplado coro cantaba un sonsonete que traducido al castellano decía algo como "no abandonen el pueblo", "tendremos nuestro festival, la fiesta de San Francisco", "todos los vasallos reúnan comida y leña y sus bueyes y burros para transportarlas". "Luego cocinaremos los alimentos y comeremos en la fiesta". "Quedémonos todos juntos en San Francisco". Las esposas de los anteriores seguían a sus maridos en el recorrido por las casas, cantando el mismo mensaje a las mujeres. Luego el desfile siguió por todo el laberinto de corredores y callejuelas del pueblo, visitando las casas de los demás san franciscanos de prestigio; en cada una de las paradas repitieron la letanía de invitación a las fiestas.

Cuando los cánticos se terminaron, los cabos empezaron a arengar a todos los hombres para que se dirigieran a la cansamaría: "¡nuhué, nuhué, vamos, vamos, nuhuañi, vamos!", gritaban entremezclando palabras en español y en koguian. Esa noche, como todas las noches cuando los hombres se congregan en el pueblo, los hombres debían ir a reunirse a la cansamaría y permanecer en su templo hasta el amanecer. La única diferencia era que ésa no era una noche normal, pórque los hombres tenían que practicar las canciones, bailes y la música para las fiestas. Hasta el alba pudieron oirse los sonidos de las flautas o carrizos de viento macho y hembra, de los tambores, las maracas y el sonido grave que se produce rasgando con la palma de una mano la boca de una concha de la tortuga morrocoyo. En medio de la música, los hombres también atendieron la larga sesión noctámbula de "consejos" —de "coger consejo" como dicen los kággaba— impartidos por los mayores y los comisarios presentes en la reunión: consejos sobre cómo un buen vasallo debe sembrar todas las cosechas; cómo ofrecer los "pagamentos" a los padres y madres de las plantas y a la misma Madre; cómo cuidar a sus esposas, hijos y al máma del pueblo; cómo se debe evitar el adulterio y el sexo en exceso, y todo el resto del decálogo de cómo ser un verdadero hermano mayor. A ninguno de los presentes se le permite dormir durante estas reuniones en el templo, pues ello no sería propio de la etiqueta que los hombres kággaba deben seguir. Entre tanto las mujeres se reunieron en sus casas en pequeños grupos para charlar y comer con sus hijos y también practicar sus propios bailes y canciones. Además, las mujeres todavía podían dormir bien pues aún no les había llegado el turno de "coger consejo".

Por seis tardes consecutivas se llevaron a cabo estos desfiles de convocación a las fiestas, y durante esas noches los hombres se reunieron como siempre en la cansamaría para sus sesiones musicales y de "coger consejo". En ese período sólo se dio un día y su noche de descanso, ya que los siguientes días serían muy intensos y agitados para todos los vasallos de San Francisco —en especial para los hombres, porque las fiestas en su conjunto son un evento en el que los hombres desempeñan el papel protagónico. A medida que los preparativos avanzaron, varios mayores de más prestigio comenzaron a asistir a las sesiones de consejos en el templo y asumir su papel de consejeros principales, ya que hasta ahora esta función la habían desempeñado algunos mayores de bajo rango. En estos primeros días máma don Juan Moskote no apareció por parte alguna. Como que estaba en su finca del páramo de Guamaka. En cambio, envió adelante a dos mámas de alto rango, uno de ellos su hijo mayor, quienes debían supervisar que todo se llevase a cabo de acuerdo con las reglas. Pero la llegada de don Juan era inminente, pues en la tarde del octavo día de separación por fin se trasladó a una de sus cansamarías cercanas al pueblo —la que se encuentra afuera de San Francisco, sobre el camino que conduce al páramo y a Pueblito, su centro ceremonial. Para el viaje entre Guamaka y Pueblito el comisario ofreció transportar al viejo sacerdote en una hamaca, gesto que el máma no aceptó —"después de todo, no estoy a punto de morirme", fue su explicación. No obstante, para el último tramo de su viaje, entre Pueblito y la cansamaría, sí aceptó montar una mula. Al llegar a ésta, el máma se sintió un poco enfermo, por lo cual decidió descansar durante dos días antes de dirigirse al templo del pueblo para iniciar de lleno su "trabajo".

Cuando llegó la noticia a San Francisco de que el máma estaba próximo a hacerse presente, la actividad se incrementó. Un grupo de hombres salió del pueblo al alba del décimo día, con el propósito de traer suficiente leña para cocinar la comida colectiva. Los hombres tuvieron que hacer un largo recorrido porque la buena leña es escasa en las vecindades de San Francisco. Algunos meses antes, en enero, los hombres ya habían hecho una excursión similar para recoger leña, y de pasada aprovecharon la ocasión para tener su propia fiestica con una buena cantidad de guarapo y chirrinche. Toda la leña se apiló con la anterior en una de las casas que son consideradas como las cantinas del pueblo. Durante la tarde, otro grupo de hombres se ocupó de limpiar y preparar el templo del máma para su llegada. Al caer la noche, se reiniciaron los anuncios convocatorios, así como las exhortaciones nocturnas a los hombres del pueblo en la cansamaría del comisario. Finalmente, en las horas de la mañana del día decimoprimero de preparación de las fiestas, el máma don Juan Moskote, el sacerdote principal de San Francisco, su máma, su "cacique", un verdadero "máma obispo", entró de forma sigilosa al pueblo, y de forma inmediata comenzó a atender a sus vasallos y a realizar sus deberes rituales en su cansamaría —el templo principal y su residencia en el pueblo.

Con el máma don Juan ya presente en el pueblo, la propia separación ritual comenzó su marcha acelerada. Primero que todo, el poste del sacrificio que se encontraba en frente del matadero en una esquina de la plaza había que prepararlo ritualmente, o como dicen los kággaba, "bautizarlo". Para el festival de ese año, don Juan había ordenado que se reemplazara el viejo poste por uno nuevo. Al despuntar el alba del decimosegundo día, unos sesenta o setenta hombres fueron a traer el tronco de un árbol que ya habían talado y preparado. A su llegada con la pesada carga, hacia el medio día, debieron esperar al máma antes de colocar el enorme poste en su lugar. Entre tanto, don Juan y sus hijos sacerdotes y otros mámas que asistían a las fiestas, se dirigieron en compañía de un grupo de músicos conformado por carrizos, tambores, morrocoyos y maracas, al sitio de adivinación que está localizado en las colinas que miran a San Francisco. Allí don Juan y sus acompañantes se dedicaron a "limpiar" de acuerdo con la "ley de la Madre", el área sagrada de la loma, como los kággaba llaman a ciertos lugares de adivinación situados en medio de las montañas. Entre los sonidos sagrados de los morrocoyos, máma don Juan se concentró a meditar —mientras que con la totuma de adivinación y las hojas de coca veía que "todo estuviera de acuerdo" y que la Madre estuviera contenta con las primeras etapas de la preparación. Porque todo y todos deben encontrarse en un estado de yúluka, en total armonía, equilibrio y de acuerdo: el esposo y la mujer, los padres y los hijos, los sacerdotes y los vasallos. Todos los "pecados" deben ser confesados; toda codicia, lujuria y deseo por la mujer ajena deben erradicarse, porque esa es la Ley de la Madre, y un buen kággaba, como el máma enseña, siempre sigue su Ley. Cuando la fiesta empiece no más sexo ni sueño, porque un buen kággaba puede controlar sus impulsos para estar más cerca de su Madre, la Madre del pueblo escogido y del universo. Ese es el camino señalado por los ancestros, eso fue lo que los mayores y los sacerdotes de otras épocas legaron y enseñaron. Esta es la forma en que debe ser y así será porque los festivales van a ser fructíferos y tendrán éxito. El sol se volteará de nuevo, y comenzará otra vez su curso hacia el solsticio de invierno, donde se encuentra su otro hogar, y entonces la tierra continuará su existencia.

Una vez que el máma y su grupo de mámas asistentes, al igual que de los músicos, terminaron la "limpieza" del área adivinatoria, todos iniciaron un desfile para dirigirse hacia el poste del sacrificio localizado en un costado de la plaza. Todos llevaban en la mano bastones de madera negra con cabezas de plata y borlas de lana roja, los símbolos de sus cargos y rangos. Los vasallos se ocuparon entonces de quitar el viejo poste y colocar el nuevo. Entre tanto los mámas, presididos por uno de los hijos máma de don Juan, empezaron a cantar y a danzar con pasos cortos, primero un pie sobre el piso y luego el otro, al son de los carrizos, maracas y tambores, agitando su bastón hacia los postes. Mientras esto ocurría, los oficiales y sus ayudantes repartían generosas totumadas de guarapo a los sacerdotes que oficiaban y a los músicos —y una gran masa de vasallos observaba desde lejos lo que ocurría pero sin participar de manera activa. Cuando los vasallos que colocaban el nuevo poste en su sitio terminaron su labor, los mámas que adelantaban el ritual, al igual que los músicos, se retiraron del sitio de sacrificio y se dirigieron a la cansamaría, no sin antes hacer un último desfile en torno a la plaza. Otro máma, también hijo de don Juan, quien había permanecido en la loma mientras sus colegas "bautizaban" el poste de sacrificio, se unió al resto del grupo. De esta manera terminó el ritual de purificación del lugar del sacrificio, un evento importante por cuanto su significado era que la primera "corrida de toros" podía tener lugar los próximos días.

El día decimotercero se dieron dos importantes preparativos para la fiesta. El evento primordial fue la "confesión" general de todos los vasallos de San Francisco, hombres, mujeres y niños, quienes se congregaron en la loma ya "limpia" desde el día anterior. Máma don Juan y sus cinco mámas asistentes presidieron la reunión y exhortaron a los vasallos para que cumplieran los papeles que les correspondían en la división del trabajo. En su sermón, el sacerdote recitó fragmentos de los textos sagrados, y para ilustrar algunos pasajes utilizó metáforas que comprendieran los vasallos. Cada uno de los vasallos confesó delante de los demás las ofensas que recientemente había cometido. Ya que la mayoría de las personas se conocen muy bien, es dificil dejar de confesar las transgresiones graves a la Ley —y la totuma adivinatoria de todas maneras estaba a la mano, para "leer’ la voz de la Madre en las burbujas de agua que las cuentas arqueológicas producen al ser arrojadas dentro de la misma.

El segundo episodio del día fue la "limpieza" del guarapo, evento en el cual los participantes no incluían a don Juan y a los demás mámas —esto por cuanto éstos todavía se encontraban ocupados en la loma con sus vasallos. Por consiguiente, sólo el mayordomo, el oficial y sus ayudantes y el comisario del pueblo se dirigieron a la cantina para verificar que el guarapo estuviera bien fuerte y bien fermentado —pues a no ser que el guarapo esté en buenas condiciones, los vasallos "se pueden enfermar". Esta "limpieza" no es considerada un evento ritual, sino más bien un procedimiento técnico. No obstante, el comisario se recitó ante las totumas, las botellas y demás recipientes donde se guardaba el guarapo sus fórmulas aprendidas de su abuelo. A medida que el comisario "limpiaba", bebía de aquí y de allá y los diligentes oficiales le ayudaban suministrándole más guarapo. Pasado un tiempo, el comisario estaba totalmente embriagado, pero "eso estaba bien, pues ésta es la única", y subrayaba la única, "borrachera". Según él, durante la fiesta debía permanecer sobrio para cuidar a sus vasallos y enviar a la cárcel a quienes peleen o molesten a las mujeres. Además, el comisario no deseaba, como decía, que "el gobierno colombiano se diera cuenta que los kággabas, especialmente los mámas y mayores, son un triste grupo de inservibles borrachos". "No", proseguía, "nosotros no somos borrachos, sólo consumimos nuestras bebidas alcohólicas durante las fiestas, tal y como la Ley prescribe". "Pero sólo durante las fiestas, nunca durante el resto del año, porque nosotros queremos que el gobierno entienda que nosotros, el pueblo kággaba, está cuidando el mundo con nuestras fiestas" (y en ese momento el comisario sólo hacía eco a una aprehensión compartida también por los demás mayores y mámas).

Los días decimocuarto y decimoquinto se dedicaron a la recolección y almacenamiento de las vituallas, especialmente de los plátanos que se utilizarían en la comida colectiva.

Al despuntar el alba, los cabos ordenaron a los vasallos que fueran a sus fincas a recoger los racimos de plátano verde; la cuota que debía aportar cada vasallo era entre quince y veinte kilos que debían cargarse en los bueyes y entregarse a los oficiales. Hacia el medio día, los vasallos empezaron a llegar con sus contribuciones a la plaza del pueblo, donde el mayordomo y el oficial con sus ayudantes los esperaban. Los oficiales de las fiestas recibieron los mochilones repletos de plátano para llevarlos luego a la cantina donde serían almacenados —antes entregaron unos pocos plátanos a cada vasallo como "pago" por haberse molestado en "prestar" sus bestias y por el viaje a la finca. Unas cuantas totumadas de guarapo reanimaron a los vasallos empapados por la lluvia durante el viaje. A pesar de que los plátanos se recogen de los cultivos particulares de los vasallos, este suministro se denomina como "el alimento del máma", y como tal es "alimento comunal". En estos dos días unos veintidós animales entre bueyes y caballos llegaron a San Francisco, algunos de ellos cargando las donaciones de varias familias para la fiesta. Quienes tuvieron que prestarle a un quito" la bestia, debieron traer alguna cantidad adicional de comida como reciprocidad por el favor.

Durante la tarde del segundo día de la entrega de plátanos, los preparativos de la fiesta ganaron un nuevo ímpetu. Aproximadamente a las 6:00 p.m. una procesión de músicos acompañó al máma en su trayecto iniciado en la cansamaría, y todos se dirigieron danzando a la plaza del pueblo. Don Juan llevaba sus insignias, el bastón de cabeza de plata con las borlas de lana rojas, y estaba solo sin ningún otro máma de su cortejo. Cuando el máma don Juan llegó a la plaza, le dio tres vueltas a la cruz de madera que se encontraba al frente de la iglesia católica del pueblo, siempre danzando a la manera de los kággabas, un pie en el piso y el otro en el aire, y vuelta a comenzar, para luego dirigirse a la iglesia —que ya habían barrido y desempolvado por completo los vasallos durante la tarde. Primero el máma bailó frente a la puerta cerrada de la iglesia, blandiendo su bastón ante ella sin dejar de bailar. Después de pasado un tiempo, se desplazó hacia un extremo de la fachada de la iglesia y luego al otro extremo, sin perder el paso, estampando un pie en el suelo y luego el otro, y agite el bastón hacia la iglesia recién edificada que estaba "bautizando".

Cuando abrieron la puerta de la iglesia, el máma y los músicos entraron danzando. Las campanas de la iglesia empezaron a repicar por primera vez al compás de la extraña cadencia de los carrizos, tambores y maracas —los vasallos se excitaron con el repique de las campanas y todos fueron a reunirse en la plaza, hombres, mujeres y niños, inclusive bebés que sus madres cargaban en las bolsas que utilizan para tal fin. Cuando esto sucedía, ya era de noche y la iglesia fue iluminada con lámparas de petróleo: la imagen de San Francisco seguía colocada sobre su plataforma de madera y amortajada con una cubierta de plástico. ("¿Y quién es este San Francisco, y qué fue lo que hizo?"). Dentro de la iglesia el máma procedió a bautizar el altar. Utilizó algodón para envolver pequeños fragmentos de cuentas arqueológicas, que luego depositó como pagamento, como ofrenda ritual para propiciar y "fertilizar" el edificio. Cuando esto sucedía, los cabos llamaron a los hombres para que ingresaran a la iglesia. Entre tanto las mujeres permanecieron afuera sentadas sobre el piso de la plaza o en los quicios de las puertas de las casas —por su condición de mujeres, fueron excluidas de nuevo del espacio ritual de los hombres.

Repentinamente cesó la música y el máma don Juan Moskote inició un canto ceremonial dentro de la iglesia con su cultivada y tersa voz. Cantaba en téijua, el lenguaje ceremonial que ningún vasallo comprende. Más adelante, los carrizos empezaron a sonar uno a uno y luego entraron las maracas que marcaron el ritmo, a medida que los hombres se iban uniendo al canto que había iniciado don Juan. En tanto en la iglesia proseguían los cantos y la música, algunos mayores de alto rango, entre ellos el comisario, salieron de la iglesia para contemplar la multitud integrada por las mujeres y los hombres que permanecían afuera. Lo que siguió fue una sesión de "consejos" que elaboraba sobre los textos antiguos que enseñan la Ley de la Madre a los vasallos. Al escuchar las letanías, algunas de ellas recitadas con voz ruda y pendenciera y otras como meros chistes mordaces de advertencia a los vasallos descarriados, los vasallos recibieron otro consejo; todos, esta vez, "cogían consejo". Sólo los hombres aconsejaban —mientras las mujeres escuchaban sentadas afuera, y reían de cuando en cuando con una cierta risita nerviosa, o murmuraban su aprobación.

Dentro de la iglesia los cantos y la música proseguían. A veces un discurso ceremonial aludía al nuevo cabildo-gobernador de la Organización Indígena Gonawindúa Tairona de los kággaba. Luego se tocó el morrocoyo por primera vez en esta reunión, acompañando a un cantor en téijua. El ritual continuó, dado que los mámas y vasallos "dormirían" esa noche en la iglesia católica. A media noche, cuando una hermosa luna llena resplandecía en el cielo de San Francisco, algunos vasallos se dirigieron a sus casas —casi todos mujeres. Mientras algunos hombres masticadores de coca observaban, un grupo de mujeres inició un baile al son de un pequeño tambor —una de las bailarinas tenía atado a su tobillo una sarta de semillas de kantúa, que producían un agradable sonido cuando ella se desplazaba por salticos en su baile. Un poco más tarde, las bailarinas entraron a la iglesia. Allí los mámas y mayores aún continuaban sus canciones y danzas.

Más tarde, hacia las 3:00 a.m., se formó una procesión de danzantes hombres y mujeres que se tomaron de la mano y salieron de la iglesia. El máma don Juan encabezó el desfile empuñando en una de sus manos el bastón con borlas de lana rojas, y siempre danzando, le dieron varias veces la vuelta a la cruz que se encontraba al frente de la iglesia, dirigiéndose luego hacia el cercano río, pero sin llegar hasta el pozo comunal. Dieron entonces media vuelta y retornaron a la capilla —momentos después del regreso, se repitió la procesión, primero rodeando la cruz varias veces, y luego dirigiéndose al camino que conduce al río. Luego parejas de hombres empezaron a danzar tomados de las manos, mientras las mujeres continuaban reunidas en torno a la mujer que tocaba el pequeño tambor y la mujer que bailaba con la sarta de semillas que parecían cascabeles. Los oficiales y sus ayudantes iban de un lugar a otro, mezclándose entre la escasa multitud y repartiendo con largueza guarapo. Algunos de los hombres que danzabn pronto sacaron una botella de chirrinche de una de las mochilas que siempre llevaban colgadas, y tomaron un largo y vigorizante trago del venenoso contenido —no era de extrañar así que la mayoría de los hombres estuvieran bastante embriagados, sus gritos y aclamaciones eran una indicación que estaban realmente contentos con la sesión de la noche.

Era casi el amanecer cuando algunos vasallos decidieron llevar una larga banca del interior de la iglesia a la plaza. El máma don Juan, sobrio y compuesto como siempre, se sentó por primera vez a observar a los pocos vasallos que aún permanecían bailando, cantando y bebiendo, hasta que el sol naciente apareció en el montañoso horizonte de San Francisco, su pueblo. La titilante luz de la lámpara de petróleo, apenas si alumbraba en la oscuridad de la ya vacía iglesia católica.

CONTINUAR

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