GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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8.2 Un círculo dentro de otro círculo dentro de otro círculo

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La mañana del día decimosexto de la fiesta empezó lenta pues los vasallos no habían superado el cansancio de la noche anterior. No obstante, unos doce vasallos lograron llevar sus bueyes a las áreas agrícolas cercanas a Pueblo Viejo, para recoger las contribuciones de plátano para las próximas comidas colectivas. Hacia el medio día, el último de los bueyes con plátano entró a la plaza del pueblo, donde los oficiales recibieron a un vasallo que llegó totalmente mojado por la lluvia y al que le ofrecieron una merecida totumada de guarapo. Luego los frutos fueron trasladados a la cantina donde permanecerían almacenados. Al caer la tarde, y antes de que todos los hombres se reunieran en la cansamaría para otra sesión de "consejos", se realizó otra procesión que estuvo encabezada por el máma principal, los oficiales y sus esposas, convocando nuevamente a la población por el laberinto de las callejuelas de San Francisco.

Al amanecer del siguiente día, el decimoséptimo, el máma don Juan Moskote se dispuso a cumplir con una de sus tareas rituales —entre tanto, algunas familias salieron sigilosamente del pueblo para traer más vituallas. Acompañado del sonido de tambores, carrizos, maracas y del morrocoyo que tocaban músicos de alto rango, don Juan presidía una procesión de sacerdotes asistentes, comisarios, cabos y algunos mayores que salían de la cansamaría principal. Desde el templo, se dirigieron hacia una de las entradas del pueblo, la entrada más baja, la que da acceso al camino hacia Pueblo Viejo, no sin antes haber cruzado la plaza sin decir una palabra ni entonar canción. Allí permanecieron, frente al puente de madera que conduce a la puerta del pueblo, por cerca de media hora. Luego continuaron su marcha y se dirigieron al pasaje alto de acceso, otro puente cerca del pozo del río del pueblo, donde permanecieron un poco más de tiempo —mientras estuvieron allí, todos permanecían en silencio y sólo podía escucharse la voz entre dientes del máma. Los vasallos se encontraban cerca. Una vez que los eventos terminaron en este sitio, el desfile abandonó el lugar y regresó a la plaza del pueblo dándole dos vueltas a la cruz para luego marchar de nuevo en silencio, con don Juan a la cabeza, hacia el tercer puente, el del sendero que conduce a los pueblos de Guamaka y Pueblito. Allí el grupo permaneció por una hora y sólo podía escucharse la voz del máma y la música.

El ritual que el máma cacique y su grupo hacía era el siguiente: estaban "limpiando" el pueblo, sacando todos los "demonios", los "avisperos", "los espíritus malos" y toda la mala ralea de seres sobrenaturales que causan todos los males de la gente; asimismo, estaban "cerrando" el pueblo. En cada uno de estos tres sitios, el máma colocó pagamentos cerca a las grandes piedras que hacen las veces de "vigilantes" del pueblo, y en esta ronda cerraron las fronteras del pueblo. (Como mi amigo, el viejo Marcelo Conchangüe, me explicó, estaban "cerrando las cercas"). De esta manera ningún espíritu maligno podía infligir ningún mal sobre los pobladores de San Francisco mientras se llevaban a cabo las fiestas, y ningún extranjero peligroso e indeseable podía entrar al pueblo —como otrora hacían los odiosos colonos que "venían a nuestras fiestas para conseguir gratis una comida, carne de res, emborracharse y darle besos por la fuerza a las mujeres, mientras los maridos apenas si podían reaccionar por temor a que los mataran". Inclusive, esos espías del pueblo vecino rival, San Antonio, no se atrevían a acercarse, y debieron contentarse con observar desde lo alto de las montañas que rodean a San Francisco. De otro lado, se supone que los vasallos no pueden abandonar el pueblo una vez celebrado este ceremonial, y así tienen que permanecer en la fiesta hasta que el máma don Juan abra nuevamente las "puertas" (7) .

El pueblo del máma cacique don Juan Moskote se había convertido ahora en un anillo sagrado perteneciente a la quinta tierra del "huevo cósmico" del universo (cf. Reichel-Dolmatoff 1974; 1975; 1976). San Francisco era, además, un lugar potencialmente muy peligroso puesto que de ahora en adelante nada debía perjudicar las fiestas. El máma don Juan había separado finalmente su pueblo y sus habitantes del resto del mundo, y el lugar se transformó entonces en un adecuado altar de sacrificio. Y es que el desfile del máma don Juan alrededor de su pueblo y recorriendo cada una de las entradas, originó un espacio circular. Un círculo dentro de otro círculo, pues la Sierra Nevada es para los kogui un gran círculo cuyo epicentro es Cherúa, un lugar cerca al Cerro Maroma. Cherúa es así el punto focal del universo: fue allí en donde antes del primer amanecer que la Madre creó al hijo mayor, al padre de los hermanos mayores, los kággaba. Luego ella procedió a crear a los hermanitos menores, a los franceses, ingleses, colombianos y al resto de habitantes de las demás naciones. Una vez creó a la humanidad, la Madre depositó la Ley de los Hermanos Mayores en Cherúa, lo mismo que la ley que rige a los franceses, ingleses, colombianos y al resto de los hermanitos menores. Pasado un tiempo, los colombianos decidieran "quitar las cercas" que los encerraban en Cherúa, y por su propia iniciativa se dirigieron a Bogotá, donde ahora está situada su capital. La Madre los dejó partir, porque ella sabía que los colombianos regresarían en un futuro a la Sierra Nevada en búsqueda de la bien guardada Ley, así como para verificar que sus hermanos mayores sí practicaban sus propias leyes y por consiguiente vigilaban el universo. Ese tiempo ya llegó —entonces los hermanitos menores, los colombianos, han iniciado su regreso a la Nevada para aprender la Ley de la Madre, "para guardar la Ley en sus cabezas" y luego regresar a Bogotá y notificar a su gobierno que los kággaba aún practican sus costumbres, realizan sus fiestas del solsticio de verano como Sehukúkui les enseñó y ordenó. (Por esta razón se le permitió al etnógrafo estar ahora dentro del círculo "candente" de San Francisco —ignorante e inocente, sin saber nada sobre los ancestros, como los niños, tenía que aprender la tradición ancestral, y atestiguar sobre los kogui y sus festivales. Un mayor le fue asignado para que hiciera las veces de tutor, antes que partiera a encontrarse con sus semejantes y les contara que sus hermanos mayores estaban cumpliendo de forma cabal con los deberes a ellos impuestos. El etnógrafo tuvo suerte ya que la Madre había expulsado a los franceses e ingleses y a otros hermanitos menores, quienes nunca podrán regresar a Cherúa).

Antes de que se pudiera iniciar el sacrificio, debía llevarse a cabo dos cosas más. Primero, en la tarde en la que se aisló a San Francisco del resto del mundo, el camino que conduce al pozo principal del río fue reparado por una cuadrilla de hombres que bebían guarapo y chirrinche. Atendiendo a los invitadores gritos de los comisarios y cabos, tomaron palas y machetes para realizar la tarea solicitada. Como los vasallos que se enconfraban visitando sus fincas habían regresado, se unieron pronto a los que adelantaban los trabajos como si quisieran justificarse por haber salido del pueblo en búsqueda de alimentos justo cuando don Juan estaba cerrando las fronteras del pueblo. Más adelante, al caer de la tarde, tal y como era la costumbre en estos días, se hizo el llamamiento a la cansamaría. Los hombres se dirigieron al templo para participar en un "asunto de justicia". Esa noche el máma don Juan no quería correr ningún riesgo, debía "mantener" a sus vasallos en la cansamaría y evitar que cuando se emborracharan empezaran a ajustar cuentas a puñetazo limpio dándose en la cabeza. (Una tarea que no era fácil: ya algunos vasallos habían causado una serie de alborotos —y otra pelea tendría lugar al día siguiente en la que se vieron involucrados tanto el comisario, bien borracho a pesar de sus promesas, y un "riquito" de quien todo el mundo afirmaba "era más" de San Antonio).

Al alba del decimooctavo día del festival, los vasallos de San Francisco se dedicaron a rellenar los charcos de los pasajes y callejuelas del pueblo, dedicando su esfuerzo sobre todo a retirar la basura que se había acumulado en la plaza. Al terminar esta faena, de una de las cantinas salió un desfile encabezado por el mayordomo y el oficial, cada uno de ellos portando un sencillo bastón sin ningún otro adorno y las totumas para el guarapo. Detrás de ellos seguían sus asistentes y esposas, al igual que un grupo de hombres jóvenes, entonando una canción a capella. La ruta de su procesión conformó un sendero circular alrededor del pueblo; todos al cantar y brindar blandían sus cucharas de totuma hacia arriba —como en invitación al resto de habitantes a que se unieran y los acompañaran en su brindis. Pero hubo un hombre ya maduro, Manuel, hermano del comisario del pueblo, que se encargó de introducir el desorden en el desfile, evento que todo el mundo celebró con alborozo. Entre tanto, un grupo de hombres jóvenes y fuertes, salió del pueblo hacia el páramo para traer los primeros tres toros para el sacrificio —al día siguiente temprano, saldría otro grupo similar que traería de un lugar cercano al pueblo el resto de toros. Así, los seis toros que se iban a sacrificar estarían a tiempo en San Francisco, antes del medio día del día siguiente. Los seis toros les habían sido "prestados" a los oficiales de las fiestas: dos por los hijos del máma don Juan, uno por un prestigioso mayor y los dos restantes por una viuda rica.

Temprano en la mañana del decimonoveno día llegaron los primeros toros arriados por unos catorce o dieciséis hombres, cansados y embriagados, que halaban y empujaban a los enfurecidos animales enlazados por el cuello con fuertes lazos de cuero. Los cantos entonados por quienes corrían apenas si se oían en medio de la batahola que se formó entre los vasallos con la aparición de los toros. Tanto los oficiales de las fiestas como sus ayudantes y sus esposas corrían con dificultad detrás de quienes arriaban los toros, con sus totumas para el guarapo a medio llenar —su idea era unirse a los "toreros" en el último tramo de la correría. Desde un alto situado en una de las entradas de San Francisco, convenientemente protegido, el máma don Juan encabezaba un comité de recepción integrado por uno de sus hijos sacerdotes, otro máma especialista en danzas rituales, y la banda de músicos, el comisario y los cabos. Don Juan y su hijo especialista en bailes danzaban en turnos, mientras el guarapo y el chirrinche pasaban de boca en boca como un interminable río. Cuando los toros y los toreros pasaron frente a los músicos, éstos se unían a su turno a la carrera, hasta llegar al lugar de amarre de los animales.

El éxtasis de los vasallos no tenía ya límites. Todos los hombres bebían grandes tragos de guarapo o chirrinche, incluido el máma don Juan Moskote, "nuestro máma cacique". En tanto las mujeres observaban impasibles a sus esposos que gritaban, brindaban, bailaban como en trance, ya fuera solos o en parejas hasta que se les salían las lágrimas —para caer luego al suelo y revolcarse en el polvo, mientras las totumas repletas de guarapo y las botellas de chirrinche se les escapaban de las manos. Las mujeres trataban de no tomar parte y permanecían alejadas del alboroto de los hombres. Algunas ya habían abandonado el sitio para irse al pozo a lavar la ropa, asear a sus hijos y recoger el agua. No obstante, la inmensa mayoría de mujeres tejía sin cesar las mochilas de sus maridos mientras éstos seguían enfiestados. Sólo dos mujeres de edad y prestigio bebían sus traguitos. Los niños y niñas imitaban las danzas y cantos de sus padres. Nadie parecía preocuparse por poner orden a esta locura generalizada, mientras los embriagados oficiales y sus esposas atendían a los vasallos con raudales de guarapo y chirrinche para que brindaran. Los borrachos tirados en el suelo eran de cuando en cuando retirados a sus casas por los oficiales ayudados de sus cónyuges. Manuel una vez más parecía divertirse en la fiesta a sus anchas, a la vez que hacía toda clase de chanzas y travesuras a los que se encontraban cerca de él. De repente todo se acallaba un poco, sólo para recomenzar el bullicio, y el alboroto continuó durante el resto del día y parte de la noche.

En las primeras horas del vigésimo día de fiesta, los cabos ordenaron a los hombres que se dirigieran al templo del máma para llevar a cabo uno de los bailes masculinos. Todos los hombres se pusieron ese día sus mejores galas, sus nuevas mantas blancas de algodón y se colgaron varias, tal vez media docena, de mochilas alrededor del cuello y sobre la espalda. Sobre las mochilas, los hombres ataron bufandas de colores, especialmente rojas, aunque las había en toda la gama de colores —algunos hasta lucían bufandas de seda, indudablemente de contrabando y compradas en Riohacha. Tal fue el atavío de los hombres durante los días por venir.

La danza del templo tenía la forma de una larga fila de hombres tomados de las manos, encabezados por máma don Juan y Santos Moskote —el especialista en danzas hijo del máma mayor— y un novicio de máma, quienes bailaban al son de la música de los carrizos, tambores, maracas y morrocoyo. La fila de bailarines salía de la cansamaría, para regresar de nuevo al templo por la puerta oriental, cosa que hicieron varias veces. Después de un largo tiempo, iniciaron un desfile que partió de la cansamaría por la puerta oriental y se dirigió a la plaza. En el sitio donde se llevaría a cabo el sacrificio formaron un verdadero remolino humano, como también lo hicieron al frente de la fachada de la iglesia y de la cruz en una trayectoria que se asemejaba a un cordón umbilical; cuando terminaron el recorrido, regresaron a la cansamaría, entrando esta vez por la puerta occidental. La procesión de danzantes se repitió varias veces, siempre con el mismo serpenteo, entrando y saliendo del templo para ir luego a la plaza del pueblo. Después de este baile la cansamaría dejó de ser utilizada hasta el final de la fiesta.

En la plaza se conformó un nuevo desfile encabezado por don Juan y su hijo Santos, seguidos por los músicos, y los vasallos tanto hombres como mujeres. La parada daba vueltas un poco al azar en varios sitios, para congregarse por último en todo el centro de la plaza, en frente de la cruz. La danza estaba cerrando un nuevo círculo, "limpio" y "seguro", un círculo entre otro círculo entre otro círculo —una danza envolvente que creaba el escenario del "teatro" de la fiesta en la plaza del pueblo. Dos grupos de unas nueve o diez bailarinas hicieron su aparición en el teatro en ese mismo instante, ambos grupos presididos por mujeres mayores que eran las especialistas en danzas —la bailarina de más alto rango tenía su bastón con borlas rojas y una de las otras mujeres tenía un pequeño tambor de cuero abierto por un lado con el que marcaba el ritmo de la danza.

Era ya mediodía, y la casa que hacia la cocina comunal de San Francisco debía prepararse ritualmente. Tal preparación implicó que los hombres que estaban dentro de esa casa realizaran una danza, encabezada como de costumbre por don Juan y Santos que bailaban al son de carrizos, tambores y maracas. Terminada, los cabos empezaron a gritar a las cocineras —unas ocho mujeres de edad elegidas por don Juan—. Cuando el espacio físico de la cocina se encontró en orden, unos vasallos colaboradores trajeron ocho enormes calderos de hierro, junto con otros cuatro un poco más pequeños —implementos que naturalmente fueron "prestados" a los oficiales por sus dueños. Los calderos grandes serían utilizados para cocinar los alimentos y los demás para almacenar agua traída del río en dos enormes botellones de vidrio verde que eran cargados en una viga sobre los hombros de un par de hombres jóvenes. Los primeros ingredientes para la comida se trajeron entonces de una casa vecina donde se habían almacenado con dos días de anticipación —algunos vasallos cooperaron en traer los costalados de plátanos, cebollas, arracacha y cebollín. Estos productos serían cocinados como "fondo" de la carne y los plátanos, que son considerados como ingredientes básicos del sancocho colectivo. Uno de los vasallos, el mismo Manuel, estaba ahora vestido con harapos listo para desempeñar su papel anual de "burro de carga" y de bufón oficial de las fiestas. Manuel comenzó entonces con sus pantomimas, mientras movía los bultos de un lugar a otro. Hacia las tres de la tarde del día vigésimo de las fiestas, todo se encontraba dispuesto, gente, lugares e instrumentos, para el sacrificio de los toros.
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7. En otras épocas este ritual era más elaborado. Entonces el máma habría usado una de las máscaras sagradas, tal vez la máscara de Heiséi, la muerte, en las puertas del pueblo. Al ponerse la máscara el máma habría danzado y colocado pagamentos cerca a las grandes piedras que sirven de barreras —los "guardianes" tutelares del pueblo. No obstante, este ritual ya no se practica, al menos en San Francisco, aunque los mámas de otros pueblos, entre ellos el de San Miguel, aún guardan sus máscaras sagradas. (regresar a 7)

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