GEOGRAFÍA HUMANA DE COLOMBIA
Nordeste Indígena
(Tomo II)
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2.6 Aspectos de la vida cotidiana, las costumbres y las creencias actuales

2.6.1 Aspectos y problemas de la socialización y la identidad wayuu de hoy

El núcleo de las relaciones familiares dentro del Apüshi da lugar al sistema de identificación primario y a los procesos de socialización wayú, pero los cambios en los roles familiares tradicionales derivados del desarrollo del trabajo asalariado entre los wayuu, han introducido transformaciones en ese esquema primordial.

Sin embargo, los dos ejes de esos procesos: la madre (eyu maama) y su hermano, el tío materno o Alaula, conservan su papel tradicional, en el contexto también tradicional del linaje, la riqueza y otros factores de prestigio que determinan la fuerza de sus figuras identificatorias.

El ser de un linaje de prestigio sirve de fundamento a una sólida identidad y a una imagen de respeto entre los wayuu para hombres y mujeres. La riqueza es el segundo factor de reconocimiento social; en el caso de los hombres ésta se centra en el ganado; los vehículos automotores; las armas modernas; y el número de esposas (poligamia). Y en el de las mujeres ésta se concreta en ganado, prendas, chinchorros, y respaldo de los hombres de su grupo.

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Otros factores de ese reconocimiento son para el hombre el ser trabajador y honrado; contar con gran número de sobrinos (recurso social, económico y militar); y experiencia política y tacto en relación con los conflictos. Los hombres wayuu más recordados son aquellos que han sabido administrar y mantener la paz de y entre los suyos.

Para el caso de las mujeres, otros elementos de su identidad y figura social son el haber sido reconocido su valor entre los suyos al momento de casarse, o haber sido pagada debidamente al quedar embarazada sin estar casada aún. En este sentido no existe el madresolterismo en la sociedad wayú, pues el pago resuelve un reconocimiento social entre los suyos, así evidentemente no logre equipararse nunca al de la casada.

Otros factores del perfil de la mujer son el saber tejer; conocer a los suyos y a sus aliados; tener hijos; y en algunos casos, cada vez más frecuentes, desempeñar roles de liderazgo en su grupo, en la relación con la sociedad nacional. Problemas estos últimos en los cuales los hombres tienden a actuar sólo cuando el conflicto no puede resolverse mediante la concertación...

De modo general puede decirse que el lugar tradicional del hombre wayú ha sido más afectado por los cambios culturales, que la mujer, gracias a la condición central de ésta en la filiación, y a su fijeza en la estructura cultural wayú (recuérdese su identidad primordial con Mma, la tierra). Su prestigio, y con él su manejo de la memoria del grupo y de la tradición, aún se mantiene a partir de su función social básica: aumentar su propio grupo; y del sistema de valoración social que implica el ser "pagada" al momento de formalizar la alianza matrimonial. Otras formas tradicionales de su identidad como el conocimiento del tejido, han podido cambiar en los sectores urbanizados, pero sin afectar esos aspectos centrales.

El hombre, en cambio, móvil y vinculado tradicionalmente a formas de prestigio derivadas de su originaria condición de guerrero (cazador), en términos generales ha sido más afectado por los cambios en su actividad económica, sobre todo si ésta se realiza de forma subordinada en el jornaleo o el trabajo asalariado; o por el desarrollo de la institucionalidad política y jurídica en las zonas aledañas al territorio tradicional, que afectan su rol central de representación "pública" de sus sobrinos.

En cualquier caso esta generalidad no da cuenta de las formas específicas que revisten estos procesos en cada uno de los sectores de la sociedad wayú. Para el efecto, se expondrán seguidamente algunos aspectos de las costumbres y formas cotidianas de vida de hombres y mujeres, especialmente en el territorio ancestral, para finalmente en cada caso hacer algunas referencias a la vida urbana.

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El niño de la sabana pastorea. En la mañana saca los chivos y ovejos a pastar y tomar agua, y los acompaña durante el día para evitar que se pierdan, o en cercanías a los centros urbanos, que se los roben. Cuando la ranchería está lejos sólo regresa en la tarde para llevarlos al corral, después de contarlos. Desde los cinco años empieza a acompañar al tío, al abuelo o al hermano en sus tareas, y cada uno va asumiendo sus responsabilidades, que van desde el pastoreo hasta el sacrificio del ganado, pasando por su marca, selección, etc., y por la construcción de la vivienda, corrales, jagueyes y casimbas, y en la roza, preparando el terreno para la siembra cuando ha llovido.

El verano dificulta las tareas de pastoreo porque los desplazamientos por el agua deben ser cada vez mayores, y se va muriendo el ganado; y cuando se acrecienta la sequía, la familia migra, generalmente un grupo de hombres y jóvenes acompañados por algunas mujeres, hacia el "veraneo" u onowa, asumido por todo el grupo si éste es pobre, o por una parte sólo con el ganado mayor, si tiene más recursos. Los primeros se instalarán en las cercanías de parientes o amigos que poseen mejores pastos y agua; los segundos, en su vivienda de verano.

Los pastores acompañan su actividad con la música, con instrumentos como el masi o canutillo-flauta (más parecido a un pífano), la trom’paa, o pitos de diversas confecciones (conocimos en la Media Guajira una especie de ocarina construida con un limón seco, con tres orificios y dos notas de agudo sonido similar al de un pájaro...). De otra parte, ciertos niños son entrenados como jinetes para las carreras de caballos, que aún perduran; su técnica como jinetes es motivo de gran prestigio social... La caza de conejo y otras especies menores, es aún el tema de uno de sus juegos.

El niño de los grupos de pescadores se inicia en tareas de apoyo a las mujeres en la recolección y en el transporte del pescado hasta la ranchería, y sólo el joven es iniciado en la pesca en mar abierto o en el buceo, actividad de cierto prestigio entre su grupo.

En las zonas aledañas a los poblados, o afectadas por actividades industriales como en el caso de Manaure, los niños participan en otras actividades socioeconómicas como la extracción de sal, venta de chivos y pequeño comercio familiar (alimentos; algunas artesanías); o combinan su actividad económica con la asistencia a la escuela: en algunos casos, por ejemplo, asisten en la mañana a sus clases escolares, y en la tarde pastorean... Generalmente esta dualidad concluye cuando ya han aprendido lo básico del idioma español, a sumar y a restar, algo de lectura y a firmar; entonces abandonan la escuela y vuelven a la sabana y/o a las otras formas de trabajo...

No hay un ritual especial para señalar los ciclos de vida en el hombre, aunque el acceso a ciertos instrumentos de trabajo o a las armas denotan estas transiciones: el tránsito de la cauchera y aún en ciertas zonas del arco y las flechas a las armas de fuego, por ejemplo, dentro de las cuales también hay su gradación, según su modernidad. El aprender a manejar vehículos automotores, y el acceder a esa actividad, también representa un avance hacia la condición de adulto, y un factor de prestigio. El matrimonio, obviamente, es el gran umbral en este sentido, ahora asumido normalmente en edades cercanas a los 18 años.

"La ropa es testimonio de antiguos contactos con la sociedad de los alijuna; de un largo recorrido en común durante el cual los elementos del vestido fueron tomados prestados o impuestos, después incorporados a la tradición, alejándose así cada vez más de la actual forma de vestir nacional" (30) .

El niño y el hombre se visten con el "wayuco" o pequeño taparrabo, sostenido por la siira (faja) y usan "wayreñas" o sandalias rústicas con suela de cuero o de caucho y correas de cuero o cubiertas sobre el empeine y el talón de tejidos de material sintético. Son elaboradas por los hombres en aparatos especiales de tejer que normalmente son de metal. El niño y los jóvenes suelen usar cachuchas vistosas; el mismo joven o el hombre agrega a esa vestimenta la kamisaa, de confección alijuna, a veces las gafas oscuras, y el sombrero de enea o de fieltro. De la faja todos se cuelgan pequeñas mochilas tejidas por las mujeres, que sirven como monederos o para guardar dinero o, algunos, los papeles de identidad al salir a los centros urbanos.

Los viejos, a manera de distinción, cubren su wayuco con una manta especial, generalmente de seda e importada de contrabando, que enrollan varias veces alrededor del cuerpo, abultando a veces exageradamente las caderas. Suelen usarla para salir a reuniones familiares o a los centros urbanos; parece que esta prenda procede de la prohibición colonial de entrar al poblado en wayuco...

Para los muchachos de pueblos como Manaure, Uribia o Nazaret, estos ciclos están ligados a la escolaridad, que en términos generales los despoja de sus sistemas de valoración y hasta del idioma, subestimado por la escuela (salvo los procesos de recuperación cultural que se están iniciando...). Su problemática social y de identidad tiende a ser la de la sociedad de consumo: medios de comunicación (radio y t.v.); discotecas; barras o grupos callejeros, etc.; desempleo... Pero las limitaciones del mercado de trabajo local los empujan hacia un "rebusque" en actividades como tareas de apoyo al comercio de contrabando, o de la sal o el talco, o el transporte, y los devuelve hacia la sabana, donde encuentran mujer y las exigencias culturales tradicionales del pago para el matrimonio, y todo el esquema de prestigio social tradicional. Es dramático en algunos, el aferrarse a una expectativa de vida urbana sin horizonte de resolución posible...

El wayú adulto asumirá sus deberes de reciprocidad en el trabajo con sus grupos afines; y en sus compromisos de sangre ante las muertes, los conffictos o las alianzas: participará en los cobros, y aportará a sus sobrinos su cuota en los pagos de éstos. Si su condición de hermano mayor o de su hermana casada así se lo exige, asumirá la representación de su grupo, y las responsabilidades políticas correspondientes, según el tenor de lo expuesto atrás; y podrá convertirse en Putchipü si su prestigio y su disposición y saber se lo propician. Tendrá tantas mujeres como su riqueza y su tacto se lo permitan; y en sus tragos recordará a los suyos, los grandes matrimonios y pagos, los velorios memorables, los veraneos y los viajes, las batallas en que participó, las grandes yonnas y carreras de caballos, sus rebaños y animales, y las mujeres que le quebraron el alma... Y si tiene ese talento wayú, esos recuerdos los contará cantando, a través del jayeechi, en frases reiterativas y rítmicas que aún reúnen entusiasmados a los wayuu amigos y familiares.

Sus correrías de comercio y de trabajo le exigirán y permitirán permanecer varios días conversando en la ranchería de alguna de sus mujeres, comiendo y bebiendo, poniéndose al día de los nuevos acontecimientos de la comarca y de los suyos, y decidiendo los nuevos quehaceres...

La niña crece también al lado de sus mayores, esta vez las mujeres, ayudando en tareas como la recolección de frutos silvestres o del mar, o la traída del agua (generalmente en burro, a veces en recorridos hasta de dos horas, tarea asumida desde muy jovencita). Durante el día participa en las tareas de la casa, como lavar, cocinar o cuidar los niños. Sus juegos durante un buen período se centran en reproducir la ranchería en barro y materiales de madera y paja, etc., con sus habitantes humanos o animales...

Al nacer le ponen en la muñeca una pulsera de chaquiras que permitirá que la niña sea fina; y lavarán su cabeza y su cuerpo en agua tibia para evitar malformaciones. Su vestido será una especie de chaleco y un guayuco sostenido por el sirapo, o con el torso desnudo y un calzón bombacho que llega hasta las rodillas.

La primera menstruación será el momento de la primera y definitiva transición, señal para el llamado "encierro", una de las pautas culturales tradicionales más seriamente afectadas por los procesos de cambio actuales. Este rito de paso, que en todo caso se mantiene, consiste básicamente en el retiro de la vida social de la niña, y su encierro por un buen período en función de su purificación en el primer momento, y luego su aprendizaje del tejido, de sus deberes con su grupo familiar, de su condición de mujer adulta...

Hoy puede durar días o en algunos casos semanas; antes hasta dos o tres años... Siempre acompañada de su madre o abuela, hasta el momento de salir, que generalmente es ocasión de una fiesta familiar, especie de presentación en sociedad entre los suyos de una nueva mujer apta para el matrimonio... Entonces ya estará ataviada con collares sobre la "manta" (sushein) o vestido amplio de una sola pieza que cae hasta el suelo, de mangas anchas y generalmente con escote, de gran versatilidad; deja pasar el viento y transpirar con facilidad; es abrigo completo: se meten los brazos dejando sueltas las mangas, y se sube el vestido sobre la cabeza cubriendo completamente a la mujer en los viajes a pleno sol en los camiones o camionetas, o en la espera al borde de carretera; y permite el baño del cuerpo en plena sabana, sin quitársela... En los pies las wayreñas, esencialmente las mismas de los hombres (algunas con borlas grandes de lana, para protegerse de las tunas al caminar o al ir montadas en burro).

La manta es un distintivo étnico de las mujeres wayuu ya reconocido y ponderado nacionalmente en parte por sus colores vivos y variados, en parte por su comodidad y distinción... También parece derivarse del contacto con occidente, aunque los cronistas dan cuenta de las mantas de algodón, más cortas (a la rodilla) de las mujeres de la zona. Sin embargo, existen fotografias de algunas mujeres wayuu de los años veinte sin ella, con el torso desnudo (aunque también las había entonces con las mantas actuales).

Muchos de los pasos tradicionales del encierro (corte de pelo; purificación mediante abstinencia total de comida y luego ingiriendo bebidas especiales en los primeros días; etc. (31) , hoy son añoradas por las jóvenes urbanizadas, desde su preocupación por su belleza, por la calidad de la piel, o por su duración, condiciones todas otorgadas por aquellos rituales...

Ser mujer wayú es ser tejedora en sentido simbólico y material. Alrededor de ella, de su localidad y residencia, de sus partos y de su memoria se tejen, como se dijo las relaciones de su grupo; y ella confecciona los chinchorros o hamacas, que son el centro de la vida social y familiar wayú. Sus tejidos serán una de sus primeras conexiones con el mundo social, pues serán motivo de prestigio por su calidad y tradición, y símbolo de su maduración como mujer; y el espacio de su telar será el espacio de socialización de la niña, escenario de charlas interminables entre las más viejas y las niñas, entreverando temas y puntadas...

Adulta, será la encargada de la casa, hasta que tenga la suya propia. Ahora será tejedora, y viajará a vender sus productos y principalmente a traer comestibles manufacturados o hilos para su tarea, desde los centros urbanos.

Las que residen en éstos, o son escolarizadas en los internados religiosos (dos en su territorio, con un total de casi 2.000 alumnos), han perdido en mayor medida su propia tradición cultural (idioma, el arte del tejido, expectativas tradicionales); aunque en los últimos dos años ha habido reformas en estos centros escolares, y se ha rescatado el uso de la manta y el aprendizaje del tejido tradicional, y se permite el uso del idioma.

Para ellas, nuevos patrones de identificación y nuevos imaginarios son recreados por los medios de comunicación: nuevas pautas de belleza, de prestigio y de comportamiento sexual y social chocan abiertamente con lo tradicional y dejan también a las jóvenes en un limbo cultural. Rechazan la poligamia tradicional, pero padecen la infedelidad de su hombre; y se hacen susceptibles de maltrato por éste, también desadaptados dentro de la ciudad, a partir de la caída de las formas de control familiar, de la violencia por desvalorización de ella ante su grupo, y por el desarraigo, la depresión y las dificultades económicas de ambos...
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30. Michel Perrin. "Creaciones míticas y representación del mundo: el hombre blanco en la simbología guajira", en Antropológica, No. 72, Caracas, Fundación La Salle, 1989, pp. 41-60. (regresar a 30)

31. Ver Virginia Gutiérrez de Pineda. "Organización social en la Guajira", en Revista del Instituto Etnológico Nacional, Vol. III entrega 2a., Bogotá, 1950, pp. 51-59. (regresar a 31)

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