Ficha bibliográfica
Titulo:
Aproximación cultural al concepto del territorio
Publicado: Biblioteca virtual del Banco de la República
Creador: Restrepo, Gloria
Notas: Texto de Gloria Restrepo, acerca de como la especie humana se incorpora y domina el territorio

 

Aproximación cultural al concepto de Territorio
Gloria Restrepo
Revista Perspectiva Geográfica

© Derechos Reservados de Autor

APROXIMACION CULTURAL AL CONCEPTO DE TERRITORIO [1] 

Por: Gloria Restrepo[2]

 

RESUMEN: El territorio es un concepto entendido de diversas maneras. El presente artículo lo aborda desde una perspectiva  cultural, como espacio construido por los grupos sociales a través del tiempo, a la medida y a la manera de sus tradiciones, pensamientos, sueños y necesidades, territorios que significan mucho más que espacio físico poblado por distintas formas de vida que se relacionan, cooperan y compiten entre sí; lo que permite concebir al territorio como un campo relacional.

Palabras claves: territorio, territorialidad, espacio social. 

 

“El concepto de territorio y sus derivados, territorialidad y desterritorialidad tienen un uso antiguo en las ciencias sociales y naturales. Para las ciencias naturales el territorio sería el área de influencia y dominación de una especie animal, la cual lo domina de manera más intensa en el centro y va reduciendo esta intensidad en la medida en que se aproxima a la periferia, donde compite con dominios de otras especies”[3]

Las ciencias sociales  incorporan el concepto de territorio para la especie humana como el espacio de dominación, propiedad y/o pertenencia, de los individuos o las colectividades, sean éstas naciones, estados o pueblos, es decir, como espacio sometido a unas relaciones de poder específicas; ésta fue la herencia que recibió la Geografía del Estado-nación como proyecto y como cultura política.

 

En esta tradición cultural, el territorio es espacio dominado por los sujetos (sean individuales o colectivos), al revés de otras culturas, donde los sujetos pertenecen al territorio, forman parte de él, como se expresa en el hecho de que los U’wa se niegan a negociar el Bosque Samoré, porque para ellos vender el territorio sería igual que vender la madre, es algo que simplemente no está en venta. Esta concepción resulta incomprensible desde cualquier concepción antropocéntrica, como la judeocristiana por ejemplo, que asume a los seres humanos como los “amos y señores del universo”, y, en consecuencia, como los propietarios del territorio.

 

En el momento actual de desarrollo de la ciencia y el pensamiento, la “Teoría de sistemas” y la “Teoría de la Complejidad”, han traído consigo la reconceptualización del territorio como campo relacional, multivariado y complejo y han permitido el desarrollo de nuevas metodologías para la producción de conocimiento sobre el territorio acordes con su nuevo estatuto ontológico, entre ellas, la Cartografía Social, diseñada y aplicada por Fundaminga[4] para propiciar la participación de las comunidades en los procesos de ordenamiento territorial.

 

La territorialidad se ha expresado, institucionalizado y conceptualizado de maneras muy distintas a lo largo del tiempo. El concepto mismo de territorio fue aportado por la biología como escenario de la vida; la Geografía lo incorporó, reelaborándolo y diferenciándolo de los conceptos de lugar, espacio y paisaje desde distintas perspectivas teóricas. En el presente, a medida que va ganando terreno en las ciencias la concepción compleja del universo, de la vida y del pensamiento y todas ellas asumen y reconocen la espacio – temporalidad de los fenómenos que estudian, se le demanda a la Geografía  aportar instrumentos teóricos y metodológicos para producir conocimiento sobre el territorio como realidad sistémica y multivariada,. “inmersa en relaciones y conexiones, conexiones entre la gente y el entorno, conexiones entre y a lo largo de lugares, conexiones entre la gente y los lugares”[5].

 

El territorio que habitamos es producto de un paciente y largo proceso de conformación que ha tomado muchos años y muchas vidas, que tiene las huellas de los antepasados pero también nuestras propias huellas; por eso descifrarlo puede convertirse en apasionante aventura de descubrimiento de nosotros mismos.

El territorio no es simplemente lo que vemos; mucho más que montañas, ríos, valles, asentamientos humanos, puentes, caminos, cultivos, paisajes, es el espacio habitado por la memoria y la experiencia de los pueblos. Por eso aprender a leerlo y descifrarlo puede enseñar mucho sobre cómo resolver los problemas y los conflictos, las dudas y las incertidumbres que enfrentamos en el presente.

 

El territorio es espacio construido por el tiempo, cualquier región o cualquier localidad es producto del tiempo de la naturaleza y del tiempo de los seres humanos y los pueblos; es decir, en lo fundamental, el territorio es producto de la relación que todos los días entretejemos entre todos nosotros con la naturaleza y con los otros.

A la manera de los antiguos mayas hay dos formas de medir el tiempo que configura el territorio: el de cuenta larga y el de cuenta corta. El de cuenta larga mide los grandes ritmos que alteran la realidad original, transforman la naturaleza y le dan nacimiento a la sociedad; la cuenta corta mide el acontecimiento, el momento, la cotidianidad y las personas. Con la  cuenta larga se entiende el comienzo; con la corta, la situación actual. Ambos tiempos conforman la realidad que podría compararse con un tejido, labor de muchas manos que sin concertarse, sin saber exactamente lo que hacen, mezclan hilos de todos los colores hasta que aparece sobre el territorio una sucesión de nombres, figuras y lugares familiares; los lugares tienen nombres en cuyo significado generalmente no pensamos, aunque ese nombre pueda decirnos mucho sobre sus características, uso, historia y memoria de los acontecimientos con él relacionados.

El territorio es pues espacio y tiempo que fluyen y permanecen, es decir que cambia; se parece a cada uno de nosotros, que de alguna manera somos también espacio y tiempo materializados en el pequeño territorio de nuestro cuerpo. Visto así, el territorio es una relación entre vida natural y vida humana, entre pasado y futuro. Para Einstein el espacio no existe por sí mismo, sino a medida que se establecen relaciones, es decir, es un campo relacional, mutable, cambiante. Como está configurado por relaciones, cuando ellas cambian, se transforman el territorio y sus posibilidades de representación. Eso explica por qué  al introducir la variable tiempo las distancias empiezan a cambiar.

En su devenir, las sociedades construyen territorios a la medida y a la manera de sus tradiciones, pensamientos, sueños y necesidades, territorios que significan mucho más que espacio físico poblado por distintas formas de vida que se relacionan, cooperan y compiten entre sí; en la medida en que el territorio es espacio construido por los distintos pueblos que conforman la humanidad, que  siempre está habitado por sueños y memorias y que, a su vez, construye a la gente que lo habita dándole color, rasgos, palabras y consciencia, es decir, una manera de ser y de sentir que se marca en el rostro. Por eso no es difícil decirle a una persona que acabamos de conocer: “usted debe ser de tal lugar”, porque cada uno de nosotros lleva el lugar de origen en su propia cara.

 

El territorio es pues, un texto que hay que saber leer, un texto que nos conforma, que nos descifra. No solo porque “dentro de cada persona y cada cosa, en cada resquicio y grieta del mundo, hay sabiduría”[6], sino porque ya nos enseñó la semiología que los procesos de enunciación son procesos de configuración de sujetos. El primer saber que nos trasmite el territorio es unidad y diversidad:

 

“Todas las criaturas vivientes constituyen una unidad fundamental gracias a su origen común, cierto protoplasma primordial que presumiblemente surgió de la materia hace más de tres mil millones de años y que desde entonces no ha dejado de diversificarse y evolucionar. Pero estas importantes abstracciones no reflejan el mundo al que yo respondo. Lo que yo aprecio no es la universalidad abstracta, sino más bien que cada piedra es diferente de cualquier otra, que cada región o estación tiene una calidad de luz que solo a ella le pertenece, que la sonrisa de cada persona en un momento concreto constituye un acontecimiento único en la historia de la humanidad. Me inclino a hacer resaltar lo particular antes que lo universal, las diferencias más que las semejanzas; del mismo modo me interesa mucho más lo que una persona concreta tenga que decir que el hecho de que todas las personas normales sean capaces de hablar”[7]

 

A pesar de la globalización que tiende a uniformarlo todo, logra de alguna manera permanecer lo propio de cada lugar; a veces, hasta podría decirse que reforzado más. “He vivido y trabajado en diversos países, he viajado repetidas veces de un continente a otro, y he llegado a la conclusión de que, lejos de ganar en uniformidad, la gente y los lugares se diferencian cada vez más, como lo han venido haciendo desde las grandes dispersiones de la Edad de Piedra. Me alegro de que la Tierra albergue muchos mundos en lugar de uno solo, porque la diversidad enriquece la vida humana y facilita la aparición de nuevas culturas y de nuevos valores. Creo firmemente que si aprendemos a practicar la tolerancia, los numerosos mundos de nuestro planeta, cada uno de ellos orgulloso de su propio carácter, tienen más probabilidades de producir un estado de paz real y creador que las que tendría un homogéneo y anónimo mundo único” [8].

 

bajo la forma de numerosas individualidades”[9]. Y lo mismo puede plantearse en relación con la resistencia que ofrece la singularidad de los lugares, los pueblos y las culturas a la homogeneidad de lengua, religión y cultura impuesta por el Estado-nación y por el proceso de globalización.

 

“Cierto que hay leyes incuestionablemente universales que se aplican a toda forma de materia y de vida, pero hay también fuerzas que hacen que cada persona y cada lugar sean la expresión única de dichas leyes. Para mí, la expresión “un dios interior” simboliza el conjunto de las fuerzas capaces de crear mundos privados a partir de la materia universal del Cosmos, permitiendo que la vida se exprese

Estamos considerando que el territorio es un fractal del universo  y que “El universo es unión. La unión de los propósitos individuales y universales”[10]. Por eso, en el territorio se cumple también aquella ley fundamental de la ecología, de que cada cosa está relacionada con todas las demás, propiedad que caracteriza a los sistemas abiertos y complejos y al territorio como uno de ellos. 


[1] Este trabajo fue elaborado como parte del marco teórico del proyecto de tesis “Dimensión conceptual del territorio”, propuesto como trabajo de grado ante la Maestría que edita esta Revista.

[2] Estudiante del Programa de Maestría en Geografía, Convenio UPTC-IGAC, Santafé de Bogotá

[3] Correia de Andrade, Manuel, 1996. 

[4] Fundaminga es un colectivo interdisciplinario del cual forma parte la autora de este artículo. Es una de las entidades que conforman el grupo COAMA, recientemente galardonado con el NOBEL ALTERNATIVO, por su trabajo en defensa de las culturas amazónicas. La Cartografía Social parte del concepto de “campo relacional”, asume el territorio como referente espacio temporal de la vida colectiva y  hace de la construcción colectiva de mapas su herramienta para representarlos. Ella ha sido elaborada a partir de una conceptualización básica del territorio como campo relacional, a la que se quiere dar más desarrollo y elaboración teórica con el trabajo de tesis de Maestría al que se hizo referencia al comienzo de este trabajo.

[5] Hanson, Susan, 1997

[6] Chopra, 1995, pag. 201

[7] Dubos, 1986, pag 14.

[8] Ibid., pág. 21

[9] Ibid,. pág. 23

10Ibid., pág.

 


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