Geografía Humana de Colombia
Región Andina Central
TOMO IV VOLUMEN II
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COYAIMAS Y NATAGAIMAS

Diana E. Oliveros

 

 

         INTRODUCCIÓN  

Remitirnos a las condiciones actuales de los Coyaimas y Natagaimas en verdad es acercarnos a una sola realidad, la de las Comunidades Indígenas del sur del Tolima, denominación que ellos mismos han apropiado para distinguirse de los campesinos y demás sectores sociales.

Ser Coyaima o Natagaima perdió la significación desde hace mucho tiempo, tanto que los abuelos no lo recuerdan; pero sí están presentes en su memoria los momentos de violencia, la pérdida de su tierra y en especial las mil y una razones que han esgrimido para que se les reconozca como indígenas; caracterización puesta en discusión por el desvanecimiento de una tradición lingüística propia, de rituales exóticos, parafernalias y en general de las costumbres de los antiguos pijaos.

¿Qué es ser indígena en el sur del Tolima? En el presente estudio no lo discutiremos; sin embargo muchos de los aspectos a los que hacemos referencia en este resumen etnográfico responden por sí mismos esta pregunta.

Este trabajo se basa principalmente en fuentes secundarias y en las anotaciones que he recogido durante mi trabajo de campo. Partiendo de un bosquejo histórico, pero ante todo de un recorrido por los espacios de ocupación de estos grupos, delineando su territorio, valoramos sus aspectos geográficos y las formas de adaptación económica y cultural que han establecido las Comunidades Indígenas del sur del Tolima, para así mismo, llegar a una aproximación de su quehacer actual.

 

                                            HISTORIA Y TERRITORIO 

Los Pijao 

Los Coyaimas y Natagaimas formaron parte de una gran sociedad tribal, a los que se les denominó Pijao. Este grupo estaba conformado por una serie de tribus que compartían características culturales y lingüísticas similares. Su territorio se extendía desde la actual ciudad de Ibagué hacia el sur, comprendiendo la artesa natural del Valle del Magdalena y gran parte de las cordilleras Oriental (principalmente en su costado sur occidental) y ambas vertientes de la Cordillera Central. (Triana, 1990, 21).

Este medio geográfico, bañado por caudalosos ríos como el Magdalena y el Saldaña, con una gran variedad de pisos térmicos, fauna y flora, fue el hábitat natural donde se desenvolvieron los Pijao. La distribución espaciada de sus viviendas permitía un manejo estratégico del territorio. La rotación de tierras de cultivo brindaba la posibilidad de desarrollar labores productivas de amplia diversidad agrícola, faunística, forestal, sin que ello significara el desmedro de su medio ambiente, el cual poseía características similares a los ecosistemas selváticos, o sea suelos vulnerables de bajo contenido orgánico y alta acidez que requieren cobertura boscosa para conservar su equilibrio.

Según estudios arqueológicos, toponímicos e históricos realiza dos en la zona, los Pijao pertenecen a un solo tronco lingüístico, el Karib. Las referencias de cronistas sobre el ejercicio de prácticas rituales como el canibalismo y la deformación craneana, su patrón de asentamiento disperso, los sistemas de rotación de tierras han sido evidenciados por los escasos trabajos arqueológicos desarrollados, igualmente se ha fundamentado la tesis sobre las posibles migraciones Karib de grupos selváticos y ribereños a la zona del Magdalena (Lathrap, 1970). Las investigaciones toponímicas infieren la presencia de vocablos Quechuas, como consecuencia de los contactos hechos con grupos del Valle del Cauca.

Las anteriores hipótesis sobre migraciones selváticas al Magdalena no explican cómo algunos grupos pijao, culturalmente similares a los del Valle, lograron adaptarse al medio geográfico cordillerano. (Triana, 1992, 37).

Actualmente no existen vestigios de la lengua ancestral, debido a los factores de aculturación y dominación durante la conquista y colonización. Sin embargo la apropiación del español no ha concluido y forma parte de un proceso activo donde las estructuras de pensamiento indígena se aplican a la sintaxis y semántica del español, creando palabras con múltiples significados y una forma particular de expresión oral.  

 

Los Coyaima y Natagaima  

Como anotábamos, dentro de este complejo Pijao, encontramos los grupos objeto del presente análisis. Los Coyaimas ocupaban los Valles del Saldaña y Magdalena, manteniendo dos zonas de concentración: una entre el Río Cucuana y la quebrada de Ortega; otra por las riberas del Río Magdalena y ambas bandas del Río Saldaña (Triana, 1992,56).

Se subdividían en comunidades o parcialidades que oscilaban entre 40 y 100 individuos, dispersos en un amplio medio geográfico que iba del llano a la montaña, logrando un apropiado manejo territorial y un buen aprovechamiento de los recursos naturales.

Los Natagaima presentaban las mismas características de poblamiento y manejo territorial que los Coyaima, pero ocupaban un ambiente cordillerano, la Serranía de los Organos en la Cordillera Central.

Establecieron lazos de intercambio económico y social con el anterior grupo. A comienzos del siglo XVII lograron constituir, al igual que los Coyaima, alianzas con Juan de Borja, accediendo a la posibilidad de sostener un territorio y cierta autonomía sobre su pueblo. Por esta razón fueron desplazados de la Cordillera Central a la región del Río Anchique (territorio tradicional Coyaima) donde posteriormente se les entregaron como tierras del resguardo.    

  LOCALIZACIÓN DE LOS RESGUARDOS COYAIMA  Y NATAGAIMA EN 1621

 

La Conquista  

Las tribus Pijao, en especial las de la Sierra, opusieron férrea resistencia a la conquista española. Su obstinación forzó a los españoles a declarar una guerra de exterminio. Esta guerra duró alrededor de sesenta años, entre los siglos XVI y XVII, durante los cuales se realizaron numerosas campañas de “pacificación” dirigidas a contrarrestar los continuos ataques de los Pijao a las poblaciones fundadas en su territorio y a los viajeros que iban de Popayán a Santafé y viceversa.

Paulatinamente los españoles consiguieron delimitar el espacio de los Pijao, fortaleciendo militarmente las nuevas poblaciones fundadas en su territorio. La resistencia indígena continuó hasta 1607, cuando Juan de Bola emprendió la campaña final contra éstos, combinando el poder de negociación y el de las armas. Aprovechando las rivalidades que sostenían los Coyaima contra los Pijaos de la Sierra, logró hacer alianzas en primera instancia con los Coyaima y luego con los Natagaima a cambio de la promesa de respetar su territorio y “no someterlos a encomendero alguno”.

La división de la nación Pijao, el debilitamiento de los guerreros de la Sierra originado por la crueldad de las “estrategias de pacificación” que incluían los métodos de tierra arrasada (quemar cultivos del enemigo) y el secuestro de mujeres y niños a cambio de la entrega de guerreros indígenas, la muerte de Calarcá, jefe de la confederación Pijao y símbolo de su lucha, fueron los principales factores que determinaron la derrota de la resistencia Pijao.  

 

El Resguardo  

Esta guerra llena de matices significó el genocidio de los Pijao de la Sierra y de algunos segmentos del valle, la esclavización perpetua de los pocos que sobrevivieron y la reducción en resguardos de los Coyaimas y Natagaimas, que para la segunda década del siglo XVII, conformaban dos resguardos: el de los Coyaimas: 

“Desde la iglesia de los Coyaima que llaman Saldaña hasta llegar al río de Saldaña y por él abajo hasta llegar a la quebrada que llaman Doyare y por la otra banda del mismo río de Saldaña abajo hasta el desemboque del río Cucuana en él; y de allí por la quebrada de Aico arriba hasta su nacimiento y del Saldaña arriba hasta donde entra el río Amoyá por una y otra banda del río Saldaña” (Poveda, 1981). 

Y el de los Natagaima: 

“desde la iglesia de Natagaima hasta el río Magdalena y por él arriba de esta banda del pueblo hasta la quebrada que llaman Paba, y por la otra banda del dicho río, desde la dicha iglesia, corriendo por el mismo río arriba, hasta donde desemboca el río Cabrera y desde la dicha banda donde desemboca el Magdalena abajo hasta donde desemboca la quebrada de Hilarco y hasta la isla que está enfrente de dicha quebrada” (Triana, 1983, 57).

Estos títulos fueron otorgados simultáneamente por Fernando Saavedra el 24 de abril de 1621 por encargo directo de la Real Audiencia de Santafé y como estimulación por la ayuda que algunos de estos grupos prestaron a los españoles.

La constitución de los resguardos redujo las tierras de los indígenas, al igual que sus derechos y autonomía. Sus mohanes o jefes se reemplazaron por los capitanes, elegidos muchas veces por los corregidores, curas doctrineros o la administración local con un carácter hereditario y vitalicio, ellos se encargarían de la recolección del tributo y encabezarían las solicitudes de las capitanías o parcialidades ante las autoridades locales y la Real Audiencia.

El control administrativo y social de las parcialidades se sustentaba en el poder interno del Capitán, muchas veces mediado por la acción directa de los curas doctrineros y corregidores, que con el fin de asegurar la evangelización, promovía “la vida en vecindad” y obtenía mayor dominio sobre las parcialidades tratando a sí de aglutinar a la población indígena alrededor de las parroquias de Coyaima y Natagaima, labor muy difícil puesto que los indígenas continuaron manteniendo patrones de asentamiento dispersos aun cuando su mano de obra fuera utilizada en labores de ganadería de los hatos y haciendas que para finales del siglo XVIII se convertirían en uno de los principales medios de nucleación de la población y de ocupación territorial en el sur del Tolima.

Para asegurar estas condiciones de dominio y apaciguar las protestas de los Coyaima y Natagaima contra el régimen impuesto, se construyó el presidio de Saldaña y posteriormente el de Purificación.

La creación de las parroquias, junto con la nucleación de los indígenas alrededor de las actividades ganaderas y la división territorial colonial, gradualmente fueron creando divisiones dentro de los resguardos. Claro ejemplo fue el resguardo de Coyaima que en el siglo XVII se fracciona administrativamente entre la jurisdicción de Mariquita y Neiva. En la segunda década del XIX con la formación de la parroquia de Ortega, los grupos Coyaima pertenecientes a la jurisdicción de Mariquita son nuevamente separados conformando los Resguardos de Ortega, Chaparral y Coyaima.

A pesar de las restricciones territoriales, económicas y sociales que connotaba la figura del resguardo, los Coyaima y Natagaima consiguieron sobrevivir étnicamente por medio de la adaptación socioeconómica y el sincretismo cultural: la apropiación de técnicas productivas de ganadería, la fusión de prácticas rituales indígenas con algunos ritos católicos, el mantenimiento de unidades familiares extensas, la endogamia matrimonial, etc. 

 

Quintín Lame  

La ley republicana de disolución de los resguardos coloniales fue una de las medidas que más afectó social y culturalmente a los indígenas del sur del Tolima, provocó una serie de reacciones en contra de los trabajos de mesura y de adjudicación de tierras de resguardo, pues un amplio sector indígena comprendía que el repartimiento iba dirigido a legalizar la venta de sus tierras a un “vil precio”. Pero las protestas fueron sordas, la tierra se repartió en títulos de hijuelas a los nativos o fue “regalada” a los terratenientes, las parcialidades indígenas se transformaron en “comunidades civiles”; es decir, comunidades (indígenas) integradas a la civilización que ocuparon su territorio ancestral; esto fue el principio de un sinnúmero de luchas agrarias indígenas que aún hoy día se siguen librando.

Al comienzo de estas luchas aparece, en 1882, la figura de Quintín Lame, quien junto con Gonzalo Sánchez se compromete a defender el territorio de las comunidades indígenas Coyaima y Natagaima. Sin embargo, el conflicto se centra en los municipios de Ortega y Chaparral, en donde se ubicaba la Gran Comunidad Indígena de Ortega y Chaparral.

Quintín Lame, amparado en la Ley 89 de 1890 y bajo el orgullo de “ser indio”, logró el reconocimiento del cabildo indígena de Ortega y Chaparral y la instauración del Supremo Consejo de Indias que tenía como objetivo defender los derechos y propiedades de las tribus indígenas de Colombia; a partir de este momento se iniciaron diez años de luchas y agitación en las zonas indígenas del Tolima y Huila.

El cabildo funcionaba en el recién fundado pueblo de “San José de Indias” (Llanogrande), centro de acción de Quintín Lame que gracias al poder conferido por las comunidades indígenas y mediante escritura 617 del 4 de julio de 1917 inscrita en la Notaría Cuarta de Bogotá, protocolizó los títulos de propiedad de las tierras que la Corona Española había dado a los indígenas de Ortega, Chaparral y parte de Coyaima.

La reconstrucción de este resguardo activó las protestas indígenas, que luego del ataque de los terratenientes al pueblo de San José de Indias (1931), sede del cabildo y núcleo de acción de Quintín Lame, víctima de numerosos encarcelamientos y persecuciones, fueron obligados a mantener luchas aisladas. Tal fue lo ocurrido a la comunidad indígena de Yaguará en Chaparral que se cohesionó en torno a una cooperativa agropecuaria y consiguió por más de veinte años resistir a las presiones de despojo y parcelación de sus tierras, hasta cuando en 1964 se ven forzados a emigrar a los llanos del Yari en el Caquetá, en donde fundan Yaguará II. 

 

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