Geografía Humana de Colombia
Región Andina Central
TOMO IV VOLUMEN II
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Seis indios más en condición de “ordinarios”, debían suplir al encomendero diariamente de servicio doméstico, compañía para viajar fuera de Santa Fe, mandadero, cargador, etc., residían en sus propias tierras y el cacique debía enviarlos al sitio de trabajo, cuidando de cambiarlos cada día, rotándolos entre los miembros de la comunidad.

Otros bienes que tributaban los indígenas eran productos para la construcción de la vivienda y el consumo personal del encomendero como madera, leña y carne de venado del que “comían y mataban en Gota”, y hierbas para el consumo de su cabalgadura, bueyes, mulas y ganado. Es posible que las mantas para vestir a los indios no fuesen de las mejores, ya que no se estipulaba; y que el alimento fuese maíz y no trigo o cebada, que se ajustaba mejor con la tradición local, y quizás era por ello el producto mayormente tributado.  

 

Tributación de los indios de la Encomienda de Cota Año 1555 

Encomendero  Bienes Cantidad  Especificaciones
Mantas  400 300 "buenas" de 6 V de largo x 2 y de ancho. 100 de «algodón»,anualmente.
Labranzas 23 3 hanegas de turmas,
8 hanegas de trigo,
4 hanegas de cebada,
8 hanegas de maíz, anualmente.
Servicios 10 2 indios pastores,
2 indios gañanes,
6 indios ordinarios cada día.
Otros productos:
Madera 124  4 estantes o vigas,
40 estantillos o vigas
cortas pero anchas,
80 varas largas anualmente.
Leña cargas cada día.
Yerba 4 de 1 3/4 varas de grueso el atado cada cabuya de la de Santafé, cada día.
Carne 2 venados cada mes.
Doctrinero Labranzas 48  4 hanegas de maíz cada mes.
Otros productos:
carnes 480  10 aves: 5 machos, 5 hembras cada semana, durante 11 meses. Pescado: diariamente, durante la cuaresma (40 días).
huevos 480 1 docena cada día, durante la cuaresma (40 días).
bebidas 365  1 cántara llena de chicha cada día del año.
leña
hierba

 

Mientras había diezmo se tasó provisionalmente la tributación debida al doctrinero, en productos semejantes a los del encomendero, con algunas diferencias en función de su investidura: maíz, carne, huevo, chicha, leña y hierba.

La mayor carga estaba representada en el cultivo de 48 hanegas de maíz al año, distribuidas de a cuatro por mes y sembradas en las tierras de los indios. La carne era de dos clases: de gallina, introducida por los españoles, y pescado, proveniente del río Funza y la Sabana.

Se exigía que diesen diez aves cada semana excepto los 40 días de la cuaresma, divididas en cinco hembras y cinco machos, pensando quizá en la reproducción de un gallinero, de manera que los machos sirviesen de carne para el consumo diario y las gallinas para la recolección de huevos. El número de 10 aves por semana indica que los indígenas debían estar en capacidad de aportar más de un ave por día, 40 al mes y 480 al año y, cada familia indígena, un promedio de 10 una vez al año.

Las gallinas traídas en 1537 se adaptaron rápidamente al ambiente de la Sabana y alcanzaron pronto un uso generalizado entre los indígenas. Los huevos diarios y el pescado durante la cuaresma suponen una actividad continua de recolección y pesca. La chicha, tasada en una cántara llena diariamente, era la principal bebida elaborada por los Muiscas mediante la fermentación del maíz; se consumía en el trabajo, festividades y momentos ceremoniales. No se especifica el monto de la tributación en leña y hierba pero debió ser de características semejantes a la otorgada al encomendero.

En total debían cultivar un área de 71 hanegas, de ellas 56 (79.7%) en maíz y 15 (21.3%) en los demás productos. En varas cuadradas castellanas esta área representaba un total de 380.5 hanegas, 365.5 (96%) en maíz y 15.0 (4%) en los demás productos.

Para cumplir con la tasa agrícola del encomendero y el doctrinero, los indios debían rotar entre sí la siembra, el cultivo y la cosecha de los productos en diferentes épocas del año; el maíz, por ejemplo, sólo produce una cosecha anual en la Sabana.

La tributación que recibía el encomendero era suficiente para suplir sus necesidades de vivienda y alimentación durante un año, y para cubrir los gastos de funcionamiento de la encomienda representados en insumos como semillas, herramientas, arados, bueyes y mulas; servicios; vestidos y comida; y aportes a la doctrina. El encomendero lograba acumular un pequeño excedente primario que podía aprovechar ventajosamente en el incipiente mercado de Santa Fe, donde era vecino, mediante su venta o intercambio. Las mantas constituían el producto más apreciado por los españoles después del oro por su valor comercial de medio peso cada una.

Por el contrario, el maíz tributado en abundancia tenía un bajo valor y constituía más bien un seguro para épocas de escasez y para el alimento de los animales. Aunque incipiente, la producción ganadera y agraria realizada en las tierras del encomendero, con una mayor explotación de la fuerza de trabajo de los indios pronto arrojaría un mayor excedente.

Al morir Tordehúmo la encomienda pasó a manos de su viuda, doña María de Santiago, sin dividir el cacicazgo y como la había poseído su esposo. El cacicazgo durante la visita del oidor Miguel de Ibarra, efectuada en 1595, tenía una población de 988 personas: 313 indios “tributarios”, 670 “chusma” (mujeres, ancianos, y niños no tributarios) y 5 indios “concertados” en las minas. La relación existente era de un tributario por cada 2.1 familiares; la proporción muestra un promedio muy bajo de individuos por familia y una reducción drástica de la población total, similar con la relación existente en otras 15 encomiendas de Santa Fe.

Sin embargo, en el contexto de toda la población tributaria de los corregimientos y pueblos de la provincia (Ruiz, 1974, 352-354) la encomienda ocupaba el puesto 16 entre 106, es decir una posición muy favorable. Dentro de las primeras 15 encomiendas la “chusma” de Gota se situaba en el quinto lugar, después de encomiendas importantes como Chocontá (765), Bogotá (673), Chía (553) y Fontibón (507).

Hacia 1563 existía ya una iglesia en las tierras de Cota y aunque en forma irregular, en 1566 concurría un doctrinero que evangelizaba también los indios de los cacicazgos vecinos de Tabio y Subachoque (AGN, C.O., T. XVII, f. 95). Pero sólo a partir de 1586 cuando el encomendero decidió fundar sobre el hato que tenía una capellanía en favor del convento de Santo Domingo, la iglesia entró a compartir realmente el poder local, y participar decisivamente en el manejo de los indios y de los asuntos de la región.

En 1590 tanto el cacique de Cota, “don Diego”, y sus capitanes, como la encomendera, se quejaron contra el aumento oneroso del estipendio de la doctrina. Los indios habían acordado con su difunto encomendero trabajar tres meses de balde fuera de los seis meses que tenían que pagar obligatoriamente, pero los dominicos le exigían pagar 56 pesos en oro de 13 quilates. Además debían “concertar” para su servicio y sin retribución 17 indios en el hato que tenían “junto”, como indios de “doctrina” para desyerbar, sembrar y laborar en obrajes de “esteras y cabuyas”, los indios del obraje producían 206 esteras y cabuyas por año que se vendían a buen precio con un rendimiento casi igual al de una manta de lana o algodón. Por una Cédula Real el valor de la doctrina se había establecido en 50.000 maravedíes que los indios pagaban al encomendero, el valor incluía la comida para el sostenimiento del doctrinero; pero a pesar de ello los dominicos no aceptaban las gallinas sino les entregaban también “bollos, chicha y otras cosas”.

La cesión del tributo no daba al encomendero el derecho de propiedad sobre la tierra de los indios, pero Francisco de Tordehúmos recibió en merced una estancia en calidad de vecino morador de la ciudad de Santa Fe, fundada 25 kilómetros en línea recta hacia el sudoeste. La tierra se encontraba al sur del área central del cacicazgo, al pie del cerro del Manjuy, donde hoy se localiza la hacienda “Bellavista”.

La encomienda tampoco le daba al encomendero derecho de usufructuar la tierra, pero éste optó por introducir ganado en las partes cenagosas y en proximidad a los cultivos de los indígenas, así como construir un bohío para aumentar su hacienda. Mediante este sistema de formación de pastos los indígenas terminaron perdiendo gran parte de sus tierras ancestrales. El encomendero fue acusado por ello en 1557, pero continuó la práctica hasta 1563, cuando el visitador Diego de Villafañe dispuso que trasladara el ganado a una zona frontera, situada a dos leguas de distancia, pero no por ello ajena al dominio del cacicazgo. El encomendero adujo que el ganado estaba separado de los cultivos por “cienagas brazos agua” en un sitio de poca utilidad para los indios; la zona de invasión se ubicaba al sudoeste de la estancia del encomendero, en el sitio la “Culebrera” en cuyos confines terminaba el cacicazgo y comenzaba el de Funza (AGN. E., T. XII, f.232-248).

La medida, en vez de salvaguardar las tierras de los indios, sirvió, por el contrario, para tender un puente entre las tierras del encomendero y abrir una nueva zona de pastaje.

Al comienzo del siglo XVII los indios de Cota continuaban viviendo en granjas dispersas como sus antecesores; la comunidad podía llegar a más o menos 700 individuos de los cuales 230 eran tributarios (Velandia, 1979, 785 V. II).

Al morir doña María de Santiago la encomienda quedó vacante, pero fue “compuesta” en 1621 por don Diego Maldonado de Bohórquez (AGN. E., T. IX, f. 72), vecino del pueblo de Suba, donde tenía varias estancias (Colmenares, 1968, 307). Maldonado poseyó la encomienda durante 40 años y al final la “compuso” por una vida más.

En el año 1663 la audiencia de Santa Fe tasó la encomienda nuevamente (AGN. E., T. IX, f. 72-131); entonces tenía “96 indios útiles” que se tasaron en: un peso de nueve reales, dos mantas de algodón y dos gallinas de demora al año; las mantas valían 40 pesos la docena, y una gallina un tomín, el importe total fue de 2.383 pesos, sin contar 58 pesos y un real del pago del impuesto de la media anata.

Al comparar la tasa con la de 17 encomiendas de Santa Fe, “compuestas” en la misma fecha, la tributación era baja al igual que la población en general. El empobrecimiento de las encomiendas arruinó a sus propietarios y su poder entró definitivamente en decadencia. Para superar la crisis se inició la anexión de partidos y capitanías, de esta manera se buscaba revitalizar la población de nuevas unidades productivas. Las anexidades pertenecían por lo general a los encomenderos más ricos e influyentes. A las 18 encomiendas existentes se agregaron 10 anexidades y el número de tributarios se dividió en “capitanías mayores”, que eran aquellas que tenían entre 100 y 500 tributarios y “capitanías menores” las restantes.

En este nuevo orden la encomienda de Cota ocupa el décimo lugar del grupo inicial y el decimonoveno en el grupo posterior. Su posición con respecto a 1595 desciende un poco pero se conserva en un nivel intermedio. La relación entre número de tributarios y la población total de cada encomienda oscilaba entre 1:3.6 y 1:1, aplicando el índice mayo; Cota tendría una población total cercana a 384 indios.

En el siglo XVIII las encomiendas persistieron a pesar de decretarse su extinción general el 25 de noviembre de 1718, los descendientes de los encomenderos insisten en su perpetuación. El heredero de la encomienda de Cota debió poseerla hasta el año 1700 o un poco más; después quedó “vaca” y estuvo en poder de la Corona hasta 1771, cuando le fue adjudicada al doctor Francisco Antonio Ladrón de Guevara, junto con las encomiendas de Usme, Zipaquirá y Tenjo (AGN, C.I., T. XXXI, f. 732).

 

Concertaje  

Veinte años después de introducida la encomienda en el Altiplano, se desarrolló otro sistema laboral denominado “concierto” o Mita. Consistía en una forma de trabajo obligatorio, al cual debía concurrir periódicamente la cuarta parte de los indios útiles de una encomienda, durante un determinado número de semanas, recibiendo en cambio un salario.

La primera distinción con los indios de reparto fue hecha en 1565 por el presidente de la Real Audiencia y el obispo Fray Juan de los Barrios, en 1575 se practicaba ampliamente en la provincia de Tunja pero como sistema de trabajo generalizado se impuso en el Nuevo Reino de Granada mediante una estricta reglamentación en 1598. El sistema se creó con el objeto de satisfacer la demanda de mano de obra indígena por parte de propietarios particulares de tierra, dueños de obrajes y minas, así como para abastecer las necesidades urbanas y el desarrollo de obras públicas y privadas de las ciudades. Los encomenderos empleaban a los indios prácticamente en forma exclusiva e indiscriminada demandándoles servicios adicionales a los pactados en las tasas.

Los indios de Cota fueron concertados para desempeñar trabajos agrarios, domésticos, urbanos e industriales. A comienzos del siglo XVII debían concertarse 56 de 230 indios útiles que tenían la encomienda. La distribución se hacía mediante sorteo teniendo en cuenta “el barrio o la parte” del cacicazgo de la cual procedían. Un testimonio consignado en 1625 deja conocer la forma de contratación. 

“Digo yo, Yusepe, tejedor del pueblo de Cota y de la parte de Chipo, que me concierto con Pedro Rico para tejer y tengo de acavar ocho varas o pañete o sayal o jergueta o de cualquier tela que me entregare (...) y yo, el dicho Pedro Rico, le tengo que dar por un año treinta y tres pesos de plata (...) y le tengo que dar ocho fanegas de maíz para su ración”. (AGN. E., T. XXXI, f. 618).  

Pero las cartas de concierto no pudieron impedir que los contratantes cambiaran el destino y el trabajo de los concertados. El caso del indio Yusepe refleja la situación: después de trabajar durante cuatro meses y tejer tres varas de “sayal” y una de “pañete”, Pedro Rico se lo llevó para tierra caliente junto con otros dos indios del repartimiento de labio y un mestizo. En 1657 el encomendero Diego Maldonado de Bohórquez utilizaba a los indios del repartimiento de Cota para trabajar en las estancias que tenía en Suba y luna, junto con indios concertados de estos pueblos para hacer sementeras de maíz, trigo y turmas, y en cuidar un hato de ganado vacuno.

La concertación de indios, de otras partes se dio también hacia Cota para trabajar en las haciendas. En 1639 concurrían al hato Santa Cruz, de los dominicos, indios provenientes del pueblo de Usaquén, y en 1657 a la hacienda “Noviciado”, recientemente creada por los curas jesuitas.

El concertaje se relacionó íntimamente con la encomienda como otra forma de servicio personal, que subsiste como trabajo forzoso del indio en cualquier actividad para la que fuera solicitado. Con el salario obtenido en el concierto los indios debían contribuir al pago de los tributos de sus parcialidades a sus encomenderos.

La explotación del indio se hizo doble pero al mismo tiempo implicaba intereses contradictorios: mediante el salario el indio tenía la posibilidad de liberarse del dominio absoluto del encomendero, a la vez que comenzaba a incorporarse a una economía mercantil, a través de unas relaciones sociales de contraprestación forzada.

En 1657 se emitió una nueva y última reglamentación del sistema de concertaje en las haciendas, que constituyó un verdadero código de trabajo. Las principales disposiciones fueron las siguientes:

1. Se limitó el número de indios que podían ser concertados a una cuarta parte de los tributarios de cada pueblo.

2. Debía remunerárseles cada seis meses, pagándoles 14 patacones por año: una y media fanegada de maíz en tusa cada quince días, seis pares de alpargatas y un sombrero basto.

3. El concierto debía durar seis meses y solamente podían ser los dueños de hatos que tuvieran de 200 reses hacia arriba, o con estancieros que sembraran 15 fanegas de sembradura de trigo o cebada 1½ fanega de maíz o 5 de papa. Para sembrar podían concertar gañanes por tres meses para cada 10 hanegas de sembradura, y para segar podrían disponer de un pueblo entero (incluyendo niños hasta de 10 años) repartidos por capitanías para cada estancia.

4. Los dueños de las sementeras de menor cantidad sólo podían contratar jornaleros, a quienes debían pagar un real y un cuartillo a los hombres y un real a las mujeres.  

5. Se prohibía que los indios acarrearan a cuestas lo que segaban y otras cargas; para ello debían emplear carretas y animales dados por el contratista.

6. No se debía permitir ocupar a los indios para oficios distintos para los cuales se daban. También se prohibía concertar indias solteras o niños para el servicio fuera del pueblo, el cual podían abandonar cuando salía la comunidad. Igualmente se obligaba a los indios casados a llevar a sus mujeres.  

Estas disposiciones responden a la nueva situación vivida en Nuevo Reino de Granada por la disminución de la mano de obra indígena, la formación de la hacienda y la consolidación de propietarios privados no encomenderos que buscaban un nuevo tipo de relaciones sociales como garantía de su existencia. Igualmente al desarrollo del “mestizaje” que fue tomando fuerza entre los indios, españoles pobres y sectores mestizos ya existentes desde el comienzo de la conquista. De este nuevo proceso surgiría, en el curso de los siglos XVIII y XIX, una nueva masa de habitantes rurales al lado de los indios, los “campesinos”.

En Cota el concertaje subsistió más allá de 1740, fecha dada por algunos autores para su extinción (González, 1974,541). En la hacienda Noviciado se concertaban todavía cinco indios en 1769, los oficios que desempeñaban eran los siguientes: uno hacía quesos, otro cuidaba las sementeras, el tercero hacia de “vaquero”, el cuarto traía leña y agua y el último hacía de “ovejero”, ganaban anualmente: el primero 20 pesos, los tres siguientes 15 pesos y el restante siete pesos y cuatro reales y todos recibían una y media ración de maíz (fanega) cada 15 días.

El sistema de concertaje en Cota llega a su fin con el remate de las tierras propiedad de los jesuitas, que comprendían las tres cuartas partes del territorio del antiguo cacicazgo indígena.      

Entonces se inicia el proceso del fraccionamiento de la tierra en manos de propietarios privados, acelerada posteriormente por el movimiento de independencia y la adopción del ideario demoliberal en los planos económico, político y cultural.

 

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