Tomo IV  -  Volumen I
Geografía Humana de Colombia 

Región Andina Central
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1.3 La lengua de los llamados Quillacingas  

Los diferentes planteamientos sobre el idioma que hablaron los llamados Quillacingas. se han formulado con base en los topónimos y antropónimos que aparecen en los documentos coloniales, únicos testimonios de la lengua que posiblemente se habló en el territorio. No existe un vocabulario sistematizado y se desconoce en qué época desapareció este idioma. Según los documentos de la visita del Oidor Luis de Quiñones, esta lengua aún se hablaba a comienzos del Siglo XVII. (Moreno Ruiz, 1971:193).  

 

Existen diversas hipótesis acerca de la lengua que hablaron los Quillacingas. Investigadores como Uhle (1929) y Buchwald (1919), consideran que la lengua hablada en el Valle de Sibundoy (Koche o Kamsá) debe ser considera como Quillacinga y está incluida dentro de la familia lingüística Chibcha. (Jijon y Caamano. 1939: 171). 

El padre Marcelino de Castellvi (1935), coloca el idioma Quillacinga en una familia lingüística independiente que el denomina Koche o Kamsá y que es la que se habla en el Valle de Sibundoy, apoyando la hipótesis de que este idioma es el de los antiguos Quillacingas (Ortiz, 1936: 144). Esta hipótesis descarta la teoría de que la lengua Quillacinga pertenece a la familia Chibcha al no encontrarse similitud con otra lengua americana. (Romoli 1962: 262). 

De los topónimos y antropónimos que aún subsisten en la región comprendida entre la margen derecha del río Guáitara y la población de la Cruz, anteriormente llamada Mamendoy, el límite norte de Departamento de Nariño, se han deducido las características de la lengua posiblemente hablada por los Quillacingas, destacándose la frecuencia de la terminación (-oy), (Genoy, Patascoy, Anganoy, Mamendoy, etc.). Como también los sufijos (-joa), (-uco), por ejemplo los antropónimos Jojoa, Botinajojoa, los topónimos Obonuco, Catambuco. (Moreno Ruiz. 1917: 203-204). La frecuencia del sufijo (-oy) en la toponimia y antroponimia del área considerada como Quillacinga, en la actualidad se conoce lingüísticamente como “la capa Kamsá”, ya que por carencia de descripciones lingüísticas no se puede determinar si los troncos son “Kamsás”, pertenezcan a otros idiomas. (Hooykaas, 1991: 51). 

Otras de las capas lingüísticas que se perciben en el territorio Quillacinga son las del llamado “Quechua Nativo”, el que se habla en Perú y Bolivia, cuyo predominio es significativo en el área Quillacinga y no se percibe en el área lingüística Pasto. (Hooykaas, 1991: 63).  

Clemencia Ramírez de Jara explica la presencia de la capa Quechua en el nororiente de Nariño y en Alto Putumayo, zona determinada como Quillacinga a través de la hipótesis de que grupos de piedemonte y selva tropical, hablantes de Quechua y provenientes del oriente ecuatoriano, penetraron por la vertiente oriental de los Andes y se asentaron en este territorio, lo que explicaría la presencia de la variante del Quechua de la zona Quillacinga, que se diferencia del Quechua en la zona Pasto. Al parecer, en épocas prehispánicas, el grupo conocido como Quillacinga. compartía el territorio con grupos de habla Quechua. (Ramírez de Jara. 1991: 24). Sin embargo, para autores como Ramón (1990), la difusión del Quechua no fue la causa de la desaparición de la lengua local sino hasta el Siglo XVI cuando el Quechua comienza a desplazarla. Eva Hooykaas (1991), por el contrario, considera que las variaciones lingüísticas que han sufrido los topónimos y antropónimos del área Quillacinga, sugieren que el idioma del cual procedían, ya estaba desapareciendo o había desaparecido.

 

1.4    Lo que dice el registro arqueológico  

El frecuente saqueo del material cultural arqueológico en el Departamento de Nariño, constituye uno de los factores limitantes de los estudios sistematizados en esta región. No obstante, las investigaciones arqueológicas realizadas en esta zona aportan
valiosos datos para la interpretación de la forma de vida de los grupos prehispánicos que se asentaron en este territorio.
 

El panorama de las investigaciones arqueológicas realizadas en la región catalogada como Quillacinga, muestra la existencia de los tres complejos cerámicos establecido para el altiplano de Ipiales: Capulí, Piartal y Tuza. (Uribe 1977:167).  

Se ha demostrado que la cerámica Capulí, anteriormente conocida como Quillacinga, se distribuye por el área que corresponde a los Pastos y no al área Quillacinga. Vestigios del complejo Piartal se han localizado en los alrededores de la ciudad de Pasto (Obonuco, Catambuco, Jongovito y Chachagui). El complejo Tuza tiene su distribución especial hacia la margen derecha del río Guáitara, en el altiplano de Pasto y hacia el norte del Municipio de Buesaco, territorio definido como Quillacinga, en los actuales Municipios de Consacá, Pasto y Buesaco, aunque este complejo también se ha encontrado en los Municipios de Cumbal, Ipiales, Iles, Pupiales en el territorio de Pasto. (Groot de Mahecha. 1991: 93-95). 

En la región de los llanos de Cumbitara y en el Municipio de El Tambo, en el norte del Departamento de Nariño, se encontró un tipo de cerámica diferente a los tres complejos antes mencionados, relacionada con la cerámica identificada como “Pintado”, reseñada por Cristóbal Gnecco y Diógenes Patiño (1984) en la región del Patía, Departamento del Cauca, para el alto río Patía-Guachicono. (Groot de Mahecha 1991: 95). 

Las excavaciones realizadas por Gilberto Cadavid y Hernán Ordóñez en la vereda de Tajumbina, Municipio de la Cruz en el nororiente de Nariño, sitios definidos como el límite norte del territorio Quillacinga en la cuenca del río Mayo, constituyen un aporte para el conocimiento del grupo de Quillacinga. (Cadavid y Ordóñez. 1992: 10-11). Algunas piezas encontradas por Cadavid y Ordóñez (1992) en la región de Tujunbiria, son del mismo tipo de las halladas en el Putumayo y al parecer, según arqueólogos del Ecuador, tienen semejanza con la cerámica de la región del río Ucayalí en el Amazonas Peruano (Ramírez de Jara, 1991: 20), acontecimiento que contribuye a corroborar la hipótesis de la existencia de relaciones políticas, económicas y territoriales entre los llamados Quillacingas y grupos de piedemonte y selva procedentes del Ecuador y Perú. (Ramírez de Jara. 1991: 37).

 

1.5  Actuales pobladores del Valle de Atrís  

Las comunidades que en la actualidad viven en áreas rurales y semiurbanas del Municipio de Pasto, enfrentadas a unas condiciones económicas, politicas y sociales específicas, hoy no se identifican con el etnónimo Quillacinga. Al respecto quizá el único elemento de enlace con el pasado Quillacinga son los nombres de los pueblos que hoy ocupan y los apellidos que ellos llevan, términos catalogados como topónimos y antropónimos de la lengua que posiblemente hablaron los llamados Quillacingas (Hooykaas, 1991: 34-35). Dentro de los topónimos así catalogados figuran nombres de pueblos hoy existentes tales como: Mocondino, Pegendina, Genoy, Obonuco, Jongovito, Catambuco, Jamondino, Pandiaco, Buesaquillo y Chachaguí. Existen además dos topónimos de origen Pasto: Gualmatán y Tescual.  

Los apellidos que hoy existen entre los habitantes de estos lugares corresponden en su mayor parte a antropónimos Quillacingas y en menor proporción a vocablos pastos: Achicanoy, Botina, Buesaquillo, Criollo, Matanche, Naspirán, Pinza, Sandarás, Timarán, Tulcán, Tumbaco, entre otros. 

El etnónimo Quillacinga desapareció en la época en que el Ministerio de Economía Nacional según el Decreto-ley 1421 de 1940, declara inexistentes los resguardos indígenas.  

En el Departamento de Nariño se extinguen la mayor parte de los 88 resguardos existentes, siendo el departamento de mayor población indígena en ese entonces, no sin antes suscitarse serias discusiones sobre su conservación o disolución. Entre 1943 y 1958 se parcelaron los resguardos catalogados como Quillacingas, entre ellos todos los resguardos del Valle de Atrís (Pandiaco, Buesaquillo, Genoy, Chachaguí, La Laguna Obonuco, Penjendino, Puerres, Tescual, Chanchala, Anganoy, Gualmatán, Mocondino Jongovito, Jamondino y Botanilla) quedando solamente 19 resguardos, en su mayoría pertenecientes a la etnia Pasto. (Zúñiga y Chávez:1987: 13-114). 

Los actuales habitantes del Valle de Atrís, hoy utilizan otros términos para identificarse como pueblos. Se distinguen tres formas específicas. La primera es la utilización del término “campesinos”, categoría utilizada por los habitantes de la ciudad de Pasto y pequeños centros de población nucleada para referirse a los habitantes de zonas rurales. 

Los habitantes de los pequeños pueblos que rodean a la ciudad de Pasto, se consideran pertenecientes al conglomerado urbano de la misma, haciendo notoria la diferencia entre quienes viven en estas áreas semiurbanas y los que habitan las áreas rurales de población dispersa.  

Pero la forma más utilizada para efectos de autoidentificación de los habitantes de los pueblos del Valle de Atrís, es la utilización del topónimo como gentilicio, de tal manera, ellos se denominan “Obonucos”, “Jongovitos”, “Mocondino”, “Catambucos”, etc.  

Los habitantes de las zonas rurales y semiurbanas en el Valle de Atrís, rechazan las categorías de “campesinos”, “pueblerinos” e “indios”, con los que se han tratado de forma peyorativa: “los del centro (Pasto), nos dicen indios, yo no sé qué cosa quiere decir indio, no nos gusta, ni campesinos, ni indígenas, nosotros somos hombres de Mocondino”. De esta manera los habitantes del Valle de Atrís se identifican como pueblo, únicamente dentro del contexto de cada localidad.

La actual forma de identificarse como grupos humanos se traduce en el reconocimiento de grupo dentro de sus espacios locales. No existe el reconocimiento de su identidad a nivel regional como un conjunto de pueblos unidos por elementos étnicos, ya sean fundamentados en la existencia de formas culturales o en la gestión de procesos organizativos.

 

2. LOS PUEBLOS DEL VALLE DE ATRÍS Y SU ECONOMÍA

 

Para las comunidades semiurbanas y rurales que hoy viven en las inmediaciones de la ciudad de Pasto, la tierra es el elemento fundamental en la construcción de su sentido de vida además de garantizar a estos pueblos su subsistencia, la tierra es el factor que hace posible la transformación de sus valores socioculturales, es el elemento que fortalece el sentido de cohesión social, coadyuvando a la reafirmación de la identidad sociocultural de estos pueblos. La tierra es el fundamento de los sueños, de los conflictos y de las transformaciones políticas, económicas y sociales de estas comunidades.

 

2.1 La colcha de retazos

Al llegar a las tierras de los Andes Nariñenses sorprende la variedad de colores, texturas y formas que se desprenden de los cultivos de papa, trigo, cebada, cebolla, zanahoria, repollo, etc., paisaje que comúnmente se ha comparado con una “colcha de retazos” y que impacta por su belleza al visitante desprevenido. Pero tras la pintoresca colcha de retazos, se esconde otra realidad, conflictos ocasionados por las difíciles condiciones de disponibilidad de tierra, la agricultura intensiva en condiciones de minifundio y microminifundio es lo que caracteriza al Valle de Atrís. 

La presión del aumento natural de población sobre la escasa tierra disponible, es un problema que ya venía gestándose en el altiplano nariñense, desde antes de la extinción de los resguardos, condiciones que obligaban a los indígenas a buscar otras opciones por fuera de los resguardos. 

El minifundio es el resultado de procesos sociopolíticos como el avance de las grandes haciendas sobre las tierras de resguardo, causando serias repercusiones en la dinámica social al interior de las comunidades lo que motivé la incorporación de indígenas a las haciendas como peones conciertos, amedieros y terrajeros. Estas condiciones resquebrajaron las garantías que representaba la propiedad colectiva de la tierra conllevando a la desintegración de los resguardos. (Fals Borda 1959: 11).  

Entre 1944 y 1958 se extinguieron los resguardos del Valle de Atrís quedando del reparto parcelas pequeñas, hecho que contribuyó a agudizar el problema del minifundio. En el resguardo de Anganoy y después de la repartición resultan lotes de 500 a 700 mts2. En Obonuco, 70 hectáreas fueron divididas entre 200 familias. En Jongovito 84 hectáreas fuero repartidas entre 100 familias, resultando parcelas de un cuarto de hectárea o una hectárea. Y en el resguardo de Gualmatán resultaron parcelas de 1 a 3 hectáreas. En este espacio aconteció una ola de violencia y conflicto entre los mismos indígenas. (Fals Borda, 1959: 12).  

Las difíciles condiciones de tenencia de la tierra en el Valle de Atrís, han incrementado. En Obonuco, una hectárea es la mayor cantidad de tierra que un propietario posee, siendo una de las zonas más afectadas por el avance de las haciendas: 

“Ahora estamos quitados de las tierras, esto había sido un pueblo grande, pero como aquí no hubo quién separe, aquí se dejaron ganar las tierras de los ricos, todas estas tierras eran de Obonuco y las quitaron los ricos. Los propietarios de las haciendas han cambiado, pero el problema del minifundio sigue. En esas haciendas cultivan la pura papa, la gente va a trabajar allí porque no le pagan. Ahora ellos ya son dueños, ya no se pueden recuperar esas tierras, a esos que tienen las haciendas compradas no se les puede ir a quitar. Así como ve, son los terrenitos que hay, tenemos que vivir así y que se le va a hacer!”.  

Mientras que la población aumenta, la cantidad de tierra disponible cada día se ve más reducida. Hoy, en Obonuco se comenta cómo hasta hace algunos años cada hijo podía disponer de 5 porciones de terreno. Ahora sólo es posible obtener la pequeña porción donde se construye la casa y una mínima parcela para el cultivo.  

La poca disponibilidad de tierras cultivables ha obligado a los habitantes de los pueblos del Valle de Atrís a buscar otras formas de trabajo que les garanticen los recursos necesarios para subsistir. Las difíciles condiciones que hoy viven las comunidades del Valle de Atrís, hacen que el significado de la tierra como factor de cohesión social, hoy se desvertebre. Estas comunidades están dejando su tradicional forma de vida basada en la agricultura, para vincularse al mercado de la fuerza de trabajo en las grandes ciudades que se convierten en pocos receptores de población migrante de estas zonas marginales.  

Un nuevo estilo de vida se gesta en tomo a este fenómeno: “como las parcelas ya no dan resultado, nos toca obligatoriamente salir a rebuscamos la vida porque aquí ya no da para nada".

 

2.2 “Entre la sierra y el guaico”: ejes de la economía de los pueblos del Valle de Atrís

 

En la economía de las comunidades Andinas, una de las características más importantes es la utilización de varios pisos térmicos en forma simultánea, como sistema que permite a los pueblos Andinos tener acceso a los distintos recursos que en cada clima es posible obtener.  

Esta forma de apropiación del ecosistema Andino, por parte de lo grupos humanos que en él convivan, se conoce como “microvertilidad” que en términos de Udo Oberem significa que los “habitantes de un pueblo tenían campos situados en diferentes pisos ecológicos, alcanzables, en un mismo día, con la posibilidad de regresar al lugar de residencia por la noche”. (Oberem. 1981: 51).  

La comunidades de Valle de Atrís comparten esta forma de apropiación del ecosistema Andino, contando así con la posibilidad de tener acceso a diferentes pisos términos simultáneamente y en los cuales se realizan actividades económicas específicas.  

Industria panelera de Sandoná

Existen unas denominaciones propias para identificar los diferentes pisos términos que son apropiados por estas comunidades. Las expresiones “Guaicos” o “Yunga” son los nombres con los que se conoce a las regiones cálidas y templadas comprendidas entre los 1500 y 2200 m, sobre el nivel del mar, aproximadamente. Son catalogadas como tierras del “Guaico” las regiones de Sandoná, Consacá, el Tambo, al noroccidente del Municipio de Pasto, como también el corregimiento de Chachaguí y la región de Buesaco hacia el nororiente. “La Sierra” es el nombre utilizado para referirse a las zonas de clima frío, comprendidas entre los 2200 y 3000 m, sobre el nivel del mar, donde se localizan los pueblos del Valle de Atrís. En estas condiciones, el sistema económico de los pueblos en mención trasciende los espacios locales originando un concepto de espacios económicos regionales.  

En las comunidades rurales y semiurbanas del Valle de Atrís, además de la pequeña parcela dentro de la zona de alto minifundio, los núcleos familiares procuran tener una parcela en zonas del “Guaico” o “Yunga”. Algunas familias de Obonuco poseen su finca de “Yunga” en regiones como Chachaguí, Bomboná, Sandoná, sitios donde las condiciones climáticas facilita la producción de cultivos como maíz, caña de azúcar, café, cabuya, frutales, plátano, yuca. Los habitantes de Genoy establecen estas relaciones con los pueblos de El Tambo, El Peñol al noroccidente del departamento. (Melo 1992: 127). 

 

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