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El Güejar
Pero amanecimos en guerra. Cuando nos levantamos -muy temprano por lo demás- con la intención de continuar el viaje hacia Piñalito, escuchamos un gran bullicio. Oímos un murmullo creciente y nervioso que nos pareció extraño e insólito. Cuando salíamos, el portero del hotel nos preguntó: "¿Y para dónde es el viaje?". Le respondimos que para El Piñal. "Pues no van a poder -sentenció- porque el Ejército bajó a la una de la mañana y está haciendo ochas y panochas por allá abajo". No entendimos muy claramente la figura, pero sospechamos algo grave. En la calle, la gente, agitada y desconcertada, se agrupaba en corrillos, que se disolvían rápidamente para volverse a formar en otro lugar. Unos hablaban con rabia o miedo y otros escuchaban atónitos o escépticos. Había mujeres que lloraban. La mayoría mantenía un prudente silencio. Alguien, creyendo que nosotros éramos periodistas, nos dijo: "Hubo una matanza de gente en El Piñal; el Ejército acabó por allá hasta con el nido de la perra". Otra persona agregó: "Hay muertos y heridos a la lata, dejaron un reguero de sangre". Un tercero nos invitó a registrar, para el periódico, "la matazón de gente que los chulos hicieron y que después va a aparecer como un encuentro con la guerrilla". Nosotros nos comenzamos a ofuscar, no sólo porque nos trataban como periodistas sino porque cada versión era más dramática y apocalíptica que la anterior. Optamos por buscar al alcalde y al presidente del sindicato, pero ambos habían viajado hacia "el lugar de los hechos", tan pronto habían sido informados del suceso. Hacia las nueve de la mañana, cuando los corrillos amenazaban con transformarse en una manifestación, vimos pasar tres camiones del Ejército con rumbo a Granada. Serían 50 soldados, algunos con pasamontañas, otros con la cara tiznada, y todos con sus fusiles en posición de disparar. La gente hizo silencio mientras el convoy pasaba. Con el correr del día, las versiones aumentaron y los hechos sucedidos adquirieron un perfil monstruoso. Optamos por escuchar sólo versiones oficiales: la del sindicato y la del cura. Hacia las cuatro de la tarde llegaron, efectivamente, los cadáveres. Se trataba de cuatro hombres, tres jóvenes y uno mayor, todos de aspecto campesino y todos con la cabeza destrozada por los balazos. Los condujeron a la sede de la Junta de Acción Comunal, donde la gente comenzó a arremolinarse y donde oímos por primera vez gritos de "mueran los asesinos". Al poco tiempo llegó el cura. Nos impresionó a todos: pequeño, robusto, agitado. No usaba sotana sino un overol enterizo sobre el cual se había colocado despreocupadamente una estola. Rezó junto a los féretros, les dio una bendición y salió hacia la iglesia a preparar el entierro, que se había fijado para el día siguiente. Esa noche continuamos recogiendo versiones, testimonios y opiniones, una de las cuales, la del cura, nos causó una honda impresión. El sacerdote nos recibió en la Casa Cural, más exactamente en su alcoba, una celda austera pero extraña. Observamos baterías de varios tamaños, circuitos eléctricos que salían hacia el cielo raso, pasaban por la cama y se enrollaban en la mesa de noche o la biblioteca, y una moto Guzi -legítima, nos aclaró- que ocupaba el poco espacio libre que dejaban los alambres. Nos explicó que a partir de las baterías obtenía el fluido necesario para elevar el voltaje y lograr una buena señal en la televisión y una aceptable fidelidad del equipo de sonido, en el que escucha música barroca. Su gran afición. El cura es italiano, nacido en Turín, y hace 25 años reside en Colombia. Ha sido párroco del municipio de Mesetas y de Puerto Lleras. Nos declaró que veía venir "cosas muy negras", porque él había vivido el fascismo en Italia y "todo lo que aquí se está viendo es peor que lo que allá vivimos". Nos contó que siendo párroco de Mesetas denunció ante el alto, gobierno un atropello similar al que el Ejército había cometido en Piñalito, y que el propio presidente Turbay había firmado, como res puesta, su orden de expulsión del país. Su salida se frustró gracias a la intervención del general Henry García Bohórquez, en la puerta misma del avión. "Esta vez -agregó- puede suceder lo mismo, pero un cristiano no puede callar nunca... ¿Cómo es posible que el Ejército Nacional, el guardián de la Constitución y de la ley, entre agazapado, amparado por la noche, como si fuera un grupo de bandidos, a tomarse a un pueblo y a coger a bala a una gente que no lo ha ofendido? ¿Por qué el Ejército de Colombia hace esas cosas? Si se trata de hacer una ronda, de hacer una requisa o de poner preso a alguien, debe entrar a la luz del día, diciendo: somos el Ejército y venimos a tal y tal cosa. Pero, ¿por qué entran como bandidos, disparando? Ni cuando Mussolini se veía eso. Los soldados fascistas cogían a la gente y la hacían tomar un vermífugo que la dejaba con churrias una semana, pero nunca entraban a matara la gente así". Nos afirmó que iba a denunciar a la curia lo que calificó de "atropello vil" y que, "por cierto amigo" se lo haría saber a Juan Pablo II, que en esos días estaba por llegar al país. Describió de manera dramática la situación de violencia que se estaba viviendo a raíz de la producción de coca. "Mucha gente -decía- se bebe todo lo que produce. En el pueblo hay cientos de cantinas; aquí, frente a la iglesia, funcionan siete. Los arreglos de cuentas, las venganzas, hacen su cosecha de muerte todas las semanas. Si no fuera por la organización de 'los muchachos', nadie podría vivir. Esos son los únicos capaces de poner orden para poder vivir. Las guerrillas son las únicas que arreglan los problemas. Los colonos se ven obligados a sembrar coca porque el trabajo honrado no les alcanza para vivir por la inflación. En Italia el salario mínimo alcanza para vivir, un obrero o un campesino obtiene todo lo que necesita con su trabajo, el Estado lo defiende. Pero aquí, como no hay control de precios, el pobre trabajador gana cada día menos porque la inflación le roba su trabajo. Entonces deben recurrir a la coca. Una vez que se entra al negocio, todos deben seguirlo porque los precios se suben y sólo con coca se puede vivir". Las opiniones del cura nos causaron una gran impresión. El énfasis de su argumentación, la honradez de su actitud y el dolor que lo embargaba como cristiano, nos precipitó a un hondo silencio. Al día siguiente, hacia las diez de la mañana observamos los primeros movimientos que anunciaban el entierro. Las volquetas y los buses hacían sonar sus pitos al aire, el comercio cerraba sus puertas y la gente -vestida de domingo- se acercaba lentamente a la sede donde se velaban los cadáveres. Flotaba en el ambiente una gran tensión. Algunos sostenían que el Ejército no iba a permitir la realización del entierro y que ello podría dar lugar a otro problema. Otros decían que nada iba a pasar y que las consejas que corrían buscaban desorganizar la manifestación. Sin embargo el acto se llevó a cabo. El comercio y el transporte se paralizaron, de las veredas llegaron cientos de colonos y agricultores; de los municipios cercanos se hicieron presentes delegaciones de notables. A las cuatro de la tarde se inició el cortejo. Los concejales, liberales, conservadores y comunistas llevaban los féretros, la Unión de Mujeres Demócratas acompañaba a Margarita, la esposa de uno de los muchachos muertos, las juntas de acción comunal de todas las veredas alzaban coronas de flores de las que se desprendían cintas en que iba escrito el nombre de cada localidad, y miles de personas caminaban lentamente, en perfecto orden y compostura. A la entrada del cementerio se hizo "el último acto para despedir a los compañeros" en medio de los gritos de: "Uribe6 entiende, el pueblo está presente". Los discursos fueron varios. Más de dos horas los oradores estuvieron arengando a los cuatro mil acompañantes. Vamos a transcribir de las grabaciones hechas solamente fragmentos de las intervenciones que, a nuestro juicio, captaron más claramente la situación que se vivía: "Este vil asesinato que han hecho las balas criminales del militarismo no es ni más ni menos que la búsqueda de una violencia 'constitucionalizada' que se, viene extendiendo a lo largo y ancho del país... "Tenemos que decir que quienes quieren la. violencia, los señores militaristas, no podrán devolver la ruleta de la historia a su favor. Impondremos por encima de todo la paz. Hay que cerrar las filas para taparle las válvulas de escape a los militares. Con la paz ellos se ahogan. "Después de haber firmado la Tregua de Casa Verde, el militarismo sintió un golpe contundente en sus ideas fascistas. Yo quiero decir aquí duro y en. serio: No se equivoquen generales, no se vayan a equivocar, porque, aquí. estamos enterrando en paz a otros capitanes del pueblo. Nosotros no vamos a permitir que el militarismo haga cosecha con nosotros. "Compañeros caídos en la lucha, quiero decirles que vendremos algún día a interrumpir su sueño eterno con el mensaje de victoria y paz. "Compañeros caídos en la lucha: ¿Hasta cuándo? ¡Hasta siempre! "Como revolucionarios, compañeros, ustedes tienen derecho a la muerte. Los revolucionarios estamos convencidos que ésta es una lucha difícil, donde nosotros ponemos los muertos, pero sabemos también. cuál es nuestro deber. Para nosotros la violencia no es sólo las balas sino el hambre y la miseria; sabemos que quienes los asesinaron a ustedes, compañeros, son los mismos que asesinaron a los magistrados en el Palacio de Justicia, los mismos que tienen boleteado al Procurador, los mismos que llevan sus planes de guerra y de horror al Magdalena Medio, al Caquetá, a los Llanos. "No es el momento de salir corriendo, es el de combatir y eso se lo decimos al comandante de la Séptima Brigada y al capitán del batallón: Si es necesario pondremos 15 ó 20 mil compañeros en Villavicencio. "Hay que alejar a los enemigos de la paz. Unidos como un solo hombre tenemos que contrarrestar los planes de los altos mandos para tomarse la Casa Verde... porque no crean que lo que pasó en El Piñal es un caso aislado, es un plan que se viene armando para evitar nuestro avance, nuestra protesta, la protesta de todo el pueblo del Meta y de todo el pueblo del Guaviare. "Yo invito a todo el pueblo de los Llanos a que apoye la actitud prudente de los compañeros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Ellos con su. inteligencia y su conocimiento sabrán. conducir el proceso y sabrán derrotar a quien hoy nos asesina. Nuestro pueblo desde el año 48 ha hecho justicia a los asesinos de más de un millón de colombianos. Vivan las FARC, y viva la paz". El cura párroco dijo: "Lo que ha pasado no lo juzgaremos nosotros sino Dios. Yo he venido, hermanos, para orar por los difuntos, víctimas del atropello y para orar par todos nosotros los que vivíamos en un discreto clima de paz, favorecido por los acuerdos de tregua y cese al fuego. "Hace años protesté por la muerte de un campesino que fue víctima de un sargento que se creía con derecho a disponer de la vida ajena. Por- esa protesta corrí el riesgo de salir del país al que tanto amo. Por lo tanto, hermanos, siento este nuevo atropello y los invito a elevar la mente y el corazón al Señor supremo juez. Pero los invito también a que acudan a las autoridades, al gobernador, al comandante del batallón, a denunciar este hecho. Yo mismo le he escrito a monseñor para, que pida una investigación. Porque no hay que confiar sólo en la justicia última. de Dios, sino en la, actual, en la temporal. Les aseguro, hermanos, que el Santo Padre será informado y tendrá palabras fuertes contra la injusticia.. "Oremos entonces: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Padre Santo, Tú que estás aquí presente, gire todo lo ves y lo consideras, compadécete de nuestros hermanos, los difuntos, que han sido bárbaramente asesinados. Tú., que al buen ladrón dijiste: hoy mismo estarás conmigo en el paraíso, llámalos también a ellos porque creyeron combatir por una justa, causa. Tú sabes, Señor, que la justicia es algo muy difícil de realizar en esta tierra, pero fíjate en sus buenas intenciones y ayúdalos, Señor, a caminar por el camino del que dijo: Yo soy el camino de la verdad y de la vida Oremos. Dadles Señor el descanso eterno... ". Entre los oradores habíamos descubierto a Juan García, alias "Gavilán", renombrado dirigente agrario del norte del Tolima, cuyo nombre había aparecido en numerosas entrevistas. No quisimos continuar nuestro viaje sin conversar con él. García vive en las afueras de Vistahermosa y mientras nos dirigíamos a su casa, trabamos conversación con la persona que se ofreció a guiarnos hasta ella. Era un hombre pequeño, esquivo y torvo, "casanareño y. luchador en la guerra del Llano". Cuando ésta terminó organizó una cuadrilla para "arriar ganado, pero como las cosas se volvieron feas, nos pusimos de parte del DAS rural que ofrecía recompensas por la captura o eliminación de tanto maleante cómo quedó... En eso cobramos más de cuarenta cuentas, hasta que el mismo DAS me la echó a mí y tuve que salir corriendo a esconderme en Venezuela. De allá me vine hace diez años a trabajar formal en La Macarena". Juan García nos recibió con anteojos puestos y máquina de escribir lista como si fuera a dar una declaración o a elaborar un memorial. El viejo vive de redactar oficios, denuncias y manifiestos, Le hicimos ver que era más fácil y más rápido usar las grabadoras, Entonces se quitó las gafas, carraspeó y como si estuviera dictando sus memorias nos contó su historia:
Juan García, alias "Gavilán""Nací en Ibagué el 18 de enero de 1924 en una finca que tenían mi padre y mi tío Pablo y que hoy es el barrió más lindo de la ciudad, el 'López Galarza', Mi padre llegó a Ibagué siendo arriero. El arriaba recuas de Buenaventura a Bogotá. Salía del Pacífico por las cuevas de Salamanca hasta u n punto que llamaban Salento, donde tenía los campamentos y luego volteaba para Ibagué, que era una parada grande, El era agricultor, pero en la guerra de los Mil Días fue reclutado como guardaespaldas del coronel Bernardo Rodríguez, y por eso estuvo en varias peleas, El coronel era de la tierra de Aquileo Parra, de Barichara, y escribió un. libro que se llama Mis campañas y que yo me sabía de memoria porque me lo hacían leer mis padres y mis tíos todas las noches. Ellos no eran educados y yo había aprendido a distinguir lo, libros en un año de escuela; los vecinos me pagaban para que les hasta las nueve o diez de la. noche yeso me hacía sentir muy importante. Les leía en voz alta las historias del dicho coronel, El contaba que siendo el año de 1885, el liberalismo se levantó en armas, especialmente en Santander, La guerra duró apenas siete meses. Luego, como preparación para la guerra de los Mil Días, volvieron a levantarse en 1886, Este pronunciamiento duró menos, tan sólo una batalla, que perdieron porque un perro ladró y no lograron sorprender al enemigo, Después vino la guerra de verdad, la de los Mil Días: los combates de Gramalotal, Palonegro, la Puerta del Sol, Las Cercas, Majagual. Mi padre estuvo como edecán en los combates de El Naranjal yen. los de la Fija, donde perdió la vida el general Zavala, a raíz de la traición al liberalismo del supremo director de la guerra el cucho Vargas Santos. En Palonegro murió el general Ahumada y cayó el general Luis Valero, un hombre valiente y estratégico, el general Simón Figueredo, el general Daniel Hernández, el general Gaitán Obeso, todos lugartenientes de Uribe Uribe, que era el que mandaba de verdad, Recuerdo un pedazo del libro que me gustaba leer y releer. En él se contaba que en Campoalegre (Huila) había un capitán guerrillero cuyo nombre se me escapa., que combatía contra el general Casabianca. El tipo andaba con mujer al anca. Casabianca los tenía dominados y cuando mataron al capitán, la. muchacha, en vez de ponerse a llorar se puso la guerrera, se guindó el machete y la carabina, montó a caballo y gritó: Adelante muchachos, han matado al capitán, pero estamos vivos los que quedamos. A triunfar'. Se lanzó entonces a caballo sobre las trincheras de Casabianca y lo venció. La muchacha se, llamaba Lisa. "Mi padre siguió combatiendo, subieron por el río Magdalena. En Combao murió un tío que era comandante. Llegaron a Girardot para reorganizarse y allí supieron de la capitulación de los jefes liberales. Cuando el general Delgado, que era el comandante de mi padre, capituló, el viejo, derrotado, echó para Buenaventura. "En Ibagué crecí, pero cuando tenía nueve años nos fuimos para la vereda de Quebradanegra, municipio de Calarcá, Quindío. Allí estudié. Cuando cumplí los 14 años nos fuimos a vivir a Rovira y allá aprendí el trabajo material. Trabajamos en una hacienda de caña que él administraba. Después yo llegué a ser el administrador, porque el viejo andaba haciéndole política a Gaitán y llegó a ser concejal por sus listas. Para las elecciones del 46 dí mi primer- voto. El día que lo mataron yo estaba almorzando. Los trabajadores ya habían pasado y me había quedado de último. Era la una y media, recuerdo muy bien porque yo miré el reloj: el radio estaba dando la noticia: habían asesinado a Gaitán por la espalda y los jefes liberales habían declarado la guerra. Yo ya era un arrebatado. Boté lo que tenía en la mano, me cambié de ropa, montea caballo y me fu ¡para el pueblo. Cuando llegué a Rovira oí los vivas a Gaitán y al partido liberal. Me encontré con el alférez Ospina, comandante de policía que andaba en alpargates, vestido de campaña y con dos fusiles. Me llamó y me preguntó si yo sabía manejar el chopo. Le contesté que no. Entonces me enseñó: así se monta, as, se carga, así se dispara. Esa fue mi escuela militar. No nos tomamos la alcaldía, porque el alcalde era liberal. A las siete de la noche el alférez Ospina me mandó armar trinchera en el Alto de San Juan., que era el pronto más peligroso, porque daba a una vereda conservadora que mandaban Carlos Guerra y los Barragán, hombres ambos sumamente godos. "Allá duramos toda la noche pero no pasó nada. Al otro día nos mandaron llamar. Llegaban a Rovira camionados de personal, todos listos a ponerse a órdenes de la revolución. La comandancia se había organizado ya, la formaban un señor muy rico y muy afamado, Octaviano Susunga, Luis Serrano y mi padre, éstos dos por ser guerreantes de los Mil Días. A mí me nombraron reemplazante de don Octaviano. Me gustó el cargo. La orden era marchar sobre El Guamo, castigar al conservatismo y luego seguir sobre Girardot. Ese era el plan. Cuando íbamos todos aprestados a pelear, en la vereda, de Aguasclaras sobre el camino real de Rovira al Guamo, nos llegó un mensaje ordenando disolver todo el, personal, porque Darío Echandía se había tomado el poder. Don Octaviano renegaba y decía que eso Iba a ser mentira, que era para evitar que acabáramos con esos malditos, que íbamos a perder todo. En efecto así, fue. El plata se frustró y el personal liberal se desmovilizó. A los pocos días cambiaron al alférez Ospina y a toda la guarnición por chulavitas. Entonces comenzó la violencia. Asesinaron a una familia Rojas y luego a otros y a otros hasta que se generalizaron los asesinatos. En vista de la situación tocó trasladarme a la vereda de Andalucía. -después Villarrica- en el municipio de Cunday. Llegue allí porque me había acercado a los evangélicos y fueron ellos quienes me aconsejaron huir al norte del Tolima donde me defenderían. En Andalucía, rezando y cantando, trabajé congo amansador de caballos en la hacienda, de don Luis Arturo García" basta. que Pie reclutaron para el Ejército. Estuve en el Batallón Ayacucho No. 11 de Infantería en. Manizales. Luego me escogieron para un curso de suboficiales y fui trasladado a la Escuela de Infantería de Usaquén. Allí aprendí mucho sobre la guerra y conocí entre otras cosas el M-1. Llegué a, ser comandante de escuadra, pero el coronel Gustavo Sierra Ochoa, al iniciar la depuración de liberales del Ejército, me sacó contra mi voluntad y me vi obligado a, pedir la baja. "Volví a Villarrica y la encontré incendiada. Don Antonio López, un. hacendado liberal, me llamó como mayordomo y me pidió que, organizara un grupo para defender la hacienda y a, los pocos liberales que ya, quedaban. En pocos meses, formé un grupo de 80 hombres, les enseñé rudimentos de táctica., de estrategia y sobre todo, de disciplina. No teníamos sino escopetas de fisto y machetes. La mejor arma era la mía, una escopeta checa calibre 13 Steven. Cuando la Policía se dio cuenta de los movimientos en la hacienda San Isidro, mandó una comisión que tocó enfrentar en el primer combate de Santa Rita. Fue un roce sin trascendencia, pero sirvió para que Juan de la Cruz Varela se enterara de mis andanzas y me mandara llamar. Acepté. Me trasladé a El Palmar con 30 hombres y allí me esperaban los lugartenientes de Varela, Pablo Fique. Enrique y Cristóbal Cuéllar, hermanos de 'Vencedor'. Más tarde llegó el propio Juan de la Cruz y me nombró tercer comandante e inspector militar. "Las discrepancias entre los jefes no se hicieron esperar y a los pocos meses, antes de combatir, se disolvió el grupo. Salí entonces para Playarrica, un pueblo entre Rovira y Roncesvalles, y me uní a las guerrillas liberales que mandaba Juan Posada. Participé en varios combates, uno de los cuales, en el Alto Garabato, dio mucho prestigio a Posada. Yo fue: herido en acción y me trasladaron a Ibagué. Allá recibí. una comunicación de Juan de la Cruz Varela en que me invitaba a unirme de nuevo a la organización que para entonces comenzaba otra vez a guerrear. Yo acepté .y volví al Palmar. En ese momento conocí a Víctor Jiménez, alias 'Roncerías', .y a Luis Enrique Hernández, alias 'Solito, a 'Nerón', 'Rápido', 'Vencedor'. Me volvieron a nombrar inspector en la compañía de 'Chabelo'. En una de esas correrías conocí a la hermana de Eusebio Prada y me casé con ella. Los Prada eran de Icononzo, bastante acomodados y muy gaitanistas. Por esa razón habían huido a Villarrica. El primer combate de la nueva etapa. lo tuve con un chulavita que llamaban el chato Aúreliano, lo derroté y mi nombre comenzó a crecer. Participé en los combates de Mazanitas, El Roble Y el Alto del Roble; en este último con Belisario Prado, un primo de Eusebio, que por lo demás, también combatía en ese entonces. Dirigí los combates de El Alto Cielo, Mercadillos, y otros menos conocidos. Por razones que no son del caso, entré en conflicto con otro comandante y me trasladé al Carmen de Apicalá. Allá me contactaron de nuevo y me in citaron a Viotá, donde fui nombrado inspector militar de autodefensa de la zona de Brasil. Allí ingresé al Partido Comunista el 15 de marzo de 1953, y a los pocos días, me nombraron secretario de propaganda y encargado de la distribución del periódico Tierra. Fui nombrado para llevar armamento al Sumapaz y de allí, Juan de la Cruz no me dejó volver, porque me apreciaba mucho. Vino entonces el 13 de junio y la amnistía de Rojas. En esa ocasión fui el 'mensajero' entre Viotá y Sumapaz, y como tal me correspondió un papel destacado en la entrega de armas realizada en Cabrera el 31 de octubre de 1953. "Volví a trabajar esta vez en las tierras de mi suegro y allí me nombraron comandante de autodefensa y tesorero de la zona de El Roble. A pesar de la paz, nosotros seguimos organizando las masas, organizando la autodefensa, comprando los aparaticos... hasta que el Ejército se puso delicado y nos cogieron presos con el compañero Sanín, que mentaban también 'Mayor Lister', o sea, José Isauro Yosa. "Sobre esa cárcel no quiero declarar nada. Fue muy triste y miserable. "En diciembre de 1954, siendo las once de la mañana, el Ejército retomó la iniciativa, golpeó en Mercadillas e invadió la zona de Bélgica que estaba defendida. por 'Tarzán'. Por eso se rompió definitivamente la paz firmada en Cabrera. Nosotros sacamos a pelear al movimiento de autodefensa y se abrió el fuego. Eran los días en que Tarzán' hizo famosa una piedra grande que le servía de trinchera y de escondite y que quedaba sobre el río Cuinde en el camino de Villarrica a Villamontalvo. Se organizó también la famosa muralla o cortina que tenía 20 kilómetros de larga entre Villarrica y los límites de Dolores. La cortina era un fortín para detener el avance del Ejército. Fue la época en que se comenzaron a oír nombrar a Richard, a Luis Morantes -hoy Jacobo Arenas- y a Martín Camargo. "Se organizaron entonces dos grandes frentes de pelea, el de 'Tarzán' entre Villarrica y Villamontalvo, y el que organizamos con Richard, en el Alto del Roble con, 260 efectivos. "Por un lado yo tuve una diferencia con Luis Morantes y Martín Camargo sobre disciplina y organización. Me nombraron visitador de frentes y 'Rapidol, me reemplazó en el Alto Roble. Cuando yo salí a hacerla primera comisión, estalló la guerra en Villarrica y nos vimos obligados a organizar el desplazamiento de 1.500 familias hacia Galilea. La infantería, la artillería. y la aviación del enemigo nos cerraba, por todas partes y nos tenía derrotados. No sabíamos pelear en guerra regular. Nos pusimos a defendernos en la cortina, en vez de mandarla autodefensa a guerrear como guerrilla rodada. Cuando ya estábamos agotados fue cuando descubrimos el secreto que nos sacó con vida de aquel infierno. "De Villarrica salieron tres columnas de marcha con familias. Una hacia Galilea, que organizamos con Prada; otra hacia Prado comandada por Richard y otra hacia Cabrera. Cu anclo logramos salir del cerco, el movimiento ordenó convertir la cortina en guerrilla. rodada. Al principio eso fue el despelote, cada cual andaba por su lado, haciendo lo que le daba la gana, pero poco a, poco volvimos a concentrar la autoridad, arenque manteniendo la guerra de guerrillas. "En la Hoya de Palacio, en el Sumapaz, citaran una conferencia de comandantes para, organizar la retirada. Discutimos mucho hasta que salió la idea de formar comisiones de marcha hacia, el Nudo Central de los Andes donde formaríamos un ejército al mando de 'Charro Negro', 'Tirofijo' y el 'Mayor Ciro'. Se trataba de sal ir por Colombia, hacia El Pato y luego enrumbar por Resinas hacia el Cauca. A mi me encargaron de preparar las comisiones de marcha: 230 hombres distribuidos en tres contingentes. Richard salió para El Pato, yo comandé la marcha hacia el Alto Guayabero y una tercera. columna dirigida por Prada huyó por Cabrera hacia, el Duda. "La marcha de nuestra columna fue lenta y bregosa. Salimos de Galilea 250 familias y 100 efectivos armados hacia El Playón, en el Huila. Muchas familias se quedaron en el desplazamiento, agotadas y hambrientas. Yo coloqué una vanguardia de 30 hombres, los mejor armados, abriendo camino; a otros 30 los ubiqué en el medio, ayudando a los niños y a las mujeres, y el resto lo distribuí como ambulantes y en la retaguardia. Duramos casi un mes en llegar al Huila. porque no podíamos andar parejo. Avanzábamos un día y teníamos que descansar dos. Hubo dos o tres combates pequeños, pero al fin salirnos a lo limpio, al Alto Guayabero. "Pero allá nonos esperaba la paz sino la guerra. Dumar Aljure, un hombre muy estratégico, se nos había adelantado y había situado a sus hombres, pocos eso sí, en las cabeceras del río. Eran colonos fieles a él, armados y bien parapetados. Era, cosa de vida o muerte porque ellos se habían posado en las mejoras que encontraron y por- ahí no había nada más que comer. Nosotros llegábamos hambreados y necesitados. Nos vimos en la penosa obligación de sacarlos a bala limpia, para poder conseguir el dulce y la yuca. Aljure salió derrotado río abajo. "Estando nosotros en el Alto Guayabero, Richard en El Pato y Prada en el Duda, se formó el Frente Civil, para combatir la dictadura de Rojas Pinilla, y cuando cayó, se suspendieron las operaciones militares. La organización tomó contacto con la Junta Militar y con Alberto Lleras para celebrar una nueva amnistía en el año 59. Ese año iniciamos en firme la colonización del Guayabero, dirigidos por lo que se llamó la Comisión Agraria, que nos organizó en colectivos. Entregamos las armas y nos dedicamos al trabajo. A 'Tirofijo' lo nombraron inspector de carreteras de El Carmen y a mí me dieron el mismo puesto en Baraya. Ahí. trabajamos unos días sin que nos molestaran pero luego comenzaron los agravios, las amenazas y las vainas. Me despedí de la chanfa que me habían dado y me vine para el Llano. Me encontré con Luis Morantes en el Ariari, donde fundamos el Sindicato de Pequeños Agricultores del Alto Ariari. Pero como yo no me entendía bien con Morantes, recibí orden de trasladarme a San Juan de Arama a trabajar con Marcos Arenas. Con él fundamos otro sindicato y organizarnos el movimiento que invadió los hatos de San Juan. Desde ese tiempo ando luchando por aquí. "Lo más importante que tengo en mi vida es el Partido Comunista. El ha sido mi padre., m i, madre. y mi novia. Yo era un. joven liberal inquieto e incontrolable, hasta que ingresé a las filas del partido. Yo doy gracias al partido por haberme sabido controlar y dirigir. Gracias al partido estoy vivo. Sigo siendo tan pobre como siempre y no me da pena decir que no tengo con qué comprar panela. A mis hijos no les dejo plata, sino la herencia de haber luchado por ellos y de haber sido un combatiente". Al día siguiente, 23 de junio, continuamos nuestro viaje. En Piñalito nos detuvimos un día, para aclarar lo que había sucedido y realizar entrevistas sobre la colonización de esta región. Piñalito estaba aquel día todavía nervioso, la gente se mostraba esquiva y cautelosa. Los hechos estaban aún frescos y se esperaba, de un momento a otro, la llegada de las autoridades para iniciar la investigación exhaustiva de rigor, tal como lo habían prometido. Por nuestro lado, recogimos los más diversos testimonios sobre el insuceso y llegamos a la siguiente conclusión: El Ejército llegó hacia la una de la mañana en tres camiones y se situó a la entrada del pueblo. En ese momento se desarrollaban dos fiestas. Una en la gallera, en las afueras del pueblo, a la que asistían jugadores, campesinos, mujeres y negociantes. La otra fiesta tenía lugar en una cancha de tejo cubierta, que era a la vez salón comunal, y donde se bailaba y se tomaba cerveza, porque el evento tenía como fin recolectar fondos para terminar el acueducto de la localidad, adelantado por la Junta de Acción Comunal. El Ejército se tomó primero la gallera. Requisó primero a los presentes, decomisó algunas armas y ordenó que todo el mundo debía tenderse en el círculo de los gallos. En esa circunferencia de cinco metros de diámetro, obligó a permanecer a más de 100 personas hasta las seis de la mañana7. Mientras tanto, otra patrulla del Ejército salió para la caseta de la Acción Comunal y para el muelle. En este sitio cayeron dos guerrilleros vestidos de civil y armados con pistolas cuando trataban de huir. En la caseta cayó otro que opuso resistencia, y uno de los músicos que, borracho, no alcanzó a resguardarse del fuego cruzado. Controlada la situación, el Ejército metió los cadáveres en bolsas de polietileno, los subió en una de las volquetes del municipio y los botó encima de la tubería con que se estaba construyendo el acueducto. Con este recuento cerramos el caso y volvimos al tema que nos competía. Piñalito es un pequeño puerto sobre el río Güejar. La carretera que viene de Vistahermosa se interrumpe abruptamente al pie de los estribos de un puente, que con auxilios parlamentarios, comenzó a construir hace unos años el entonces senador Ortiz Bautista. Dicho sea de paso, Ortiz ha sido uno de los políticos más activos de la zona, ha estimulado la colonización, ha realizado obras de infraestructura a pesar de las prohibiciones explícitas relacionadas con la Reserva, y hasta hace cuatro años era el gamonal indiscutible. El viaje que habíamos hecho a Calamar (Guaviare) un año atrás nos enseñó a leer los síntomas de la bonanza de la coca8. Desde la entrada al pueblo iniciamos, apasionados y curiosos, su lectura. Sospechábamos que la incursión del Ejército podía tener relación con esta cuestión, pero a la postre nuestra hipótesis resultó insostenible. El movimiento comercial, en una región productora de coca, suele ser desproporcionado en relación con el tamaño de la población, y sobre todo, en relación con la situación de la agricultura y la ganadería. En el viaje que ahora realizábamos no habíamos observado grandes hatos ni extensiones cultivadas. Ciertamente se veían haciendas, pero sin mucho ganado, y también mejoras agrícolas, pero muy diseminadas. En síntesis, estas actividades no podían explicar la agitación comercial que teníamos ante nuestros ojos: los lujosos buses, el movimiento de camiones, las camionetas Ranger, los motores fuera de borda y las voladoras; los bares, las discotecas y los restaurantes, las grandes canchas de tejo, que parecen hangares, los hoteles y residencias, llenos de pasajeros, los almacenes de víveres, atestados de mercancías; las ventas de recipientes de plástico de mil tamaños y colores; los depósitos de productos químicos, de venenos, de fungicidas y de abonos; las ferreterías, panaderías, cacharrerías y sastrerías; el barrio de prostitución con más de 100 niñas carnetizadas; las droguerías, donde se "hidrata" a los convalecientes; las joyerías, donde se "engallan" los que "coronan"; y la oficina de Telecom, donde se hace cola de día y de noche. En las calles, hay también un movimiento permanente y vertiginoso de gente, que dan la sensación de estar haciendo siempre algo importantísimo e indeclinable, y que no pueden perder un minuto, porque todo minuto cuenta, cuenta y vale. Pero al lado de este mundo, están los colonos y sus penas.
Lery"Vine a nacer en Lérida, por eso el viejo me llamaba Lery. El era de Mariquita, nacido para un 7 de agosto de 1927. Ya iría a cumplir 60 años No fumaba. Nos casamos en Villavicencio en el 51. Veníamos huyendo del hambre. Mí padre tenía una finca que le dejó un hermano, pero también le dejó deudas ya la final salió una cosa por otra. Yo arranqué con el viejo porque esa es la vida de la mujer, pero sí le dije: eso por allá es malo, hay matazón, no vaya a ser que nos maten por el camino y no alcancemos a llegar. 'Nos echamos el arriesgón -me contestó-: vivos o muertos, cara o sello'. Así llegamos al Llano, sin rumbo alguno. Aventuras. Ya teníamos dos niños, José y María, porque los otros dos los vine a parir aquí y por aquí quedaron también. "Le dijeron a él que para Puerto López salía trabajo. Allá fuimos a templar. Pero nada. El se metía todos los días la mano al pantalón y sacaba para la comida, así, día de por día, día de por día, hasta que el pantalón se quedó solo con el bolsillo. Ocho o nueve meses duramos en eso. No había trabajo, nada. salía, la gente andaba de huida.. Un día se fue con unos amigos que le dijeron: 'Hombre, usted está escaso de recursos, camine que nada pierde : Me dejó lo del pasaje y lo de la yuca y se aventó con ellos. Eran desconocidos, pero qué importaba a la hora. del cuento. Yo sí pensaba: Dios no lo quiera, porque si le pasa algo yo quedo por aquí sola con dos huérfanos, hecha una boba. Le dije: ¿Cuándo vuelve? Me contestó: 'Por la tarde en quince días', y se fue. "Se pasaron los quince días y me comenzó el susto. Con dos guámbitos, el mayorcito no servía ni para hacer mandados, la otra ni para conversar. Cuando se cumplió el día, yo mandé a José al puerto a ver si. lo hallaba. Cada vez que se oía un motor salía el churo corriendo a mirar si el taita arrimaba. Nada. Llegaron los veinte días, tampoco. Cada motor que oía me abría, el corazón, pero nada. El hombre no aparecía. Se llegó el mes, tampoco. Ya no teníamos nada para comer, hacíamos yuca y yuca. El día treinta y uno estaba lavando ropa con los muchachos, ese día no mandé al niño. Dije, no llega. Cuando en esas arrima a la casa y me saluda desde adentro sin dejarse ver. Dije ¿ahora sí qué voy a hacer? Me estoy volviendo loca. Pero no, era él. Me dijo: 'camine vieja me ayuda a traer el bastimento que traje': yuca, plátano, choclos, maíz. Trajo hasta gallina. A mí se me había olvidado a qué sabían. Me dio como impresión comerme un animal. Traía también billete. "Nos fuimos juntos para Puerto Lleras, llamado en ese tiempo Puerto Sáenz. Allá duramos trabajando como lo años sin hacer nada. Dos niños se dieron ahí. El otro vino a nacer aquí. "Después nos embarcamos para Piñalito. El ya conocía porque había venido de marisca, que en ese tiempo era mucha. Yo quería tierra. de banqueta, porque lo sabanoso me tenía aburrida. Compramos una remesa ,grande, de todo a todo: bulto de arroz, bulto de arveja, bulto de papa, todo por bultos. Nos embarcamos para fundarnos. "Esto era pura montaña. Yo miré ya tarde unas matas de palma en una banqueta y le dije al viejo: 'yo quiero ahí' El miró. No había peligro porque el río no subía mucho. Dijo sí. Bajamos el equipaje y los niños, ya los mayores ayudaban. Esa noche, tendimos plásticos y nos guarecimos. No dormí porque el tigre se oía rondar. Yo pensaba, donde ese animal se mande, ¿qué hacemos? Pero después pensaba: el tigre le tiene miedo al plástico, no se manda. Al otro día supe que lo que molestaba no era el tigre sino los churucos. "Temprano nos levantamos a cortar madera y palma para parar el rancho, un caney de dos tapas. Al tercer día estaba el viejo encaramado, acabando el caballete, cuando oí como si partieran palos y vi que venía un mono altotote. Le dije al viejo: mire que viene un hombre. Me contestó: 'Déjelos que arrimen, no mire, y ponga a calentar el tinto'. Cuando arrimó el mono dijo todo trabado como si tuviera la lengua envuelta en estopas. '¿Ustedes cuándo llegaron? El viejo le contestó: 'No hace nada, señor. Somos muy pobres y vinimos a buscar vida por aquí, somos del Tolima'. ¿Quién les dio permiso?', volvió a preguntar el gringo. 'Pues nadie -contestó el viejo-, vimos la banqueta bonita y como nadie nos dijo que no, nos metimos a trabajar'. "Nos quedamos, no volvieron a molestarnos nunca más. Comenzarnos a trabajar y a hacer la finca. "Entonces, a los días comenzó a entrar gente a tumbar montaña. Todo era montaña, y habiendo gente por fuera sin hacer nada, se junta el hambre con las ganas. Llegó mucha gente, es que la ,memoria ya olvida. Pero había del Tolima, de Girardot, del Huila, de La Dorada.. "El viejo no quiso sacar madera, toda la quemaba para que sustentara las cosechas de arroz y de maíz, que fue lo primero que echamos. El arroz no se dio bonito porque le cayó hielo y quedó como si le hubieran soltado agua hirviendo, seco, achicharrado. El macho sí produjo, pero entonces, cuando acordábamos, un pasador lo trozaba de lado a lado, y cualquier medio ventarroncito tumbaba la caña, y él en el suelo ya no da. "Por eso a la larga fue el plátano el que nos dio el modo. A los años ya nos sosteníamos de él. El daba para la casa y para la remesa. Tal cual chancho criamos, no mucho porque el marrano es bueno pero da disgustos. La carne nos la solventaba el monte y el río, por eso sí no se sufría. Dantas había harás unas, uno volteaba a mirar ,y las veía pasando el río; había saínos, cafuches, y buena. subienda. Como el monte era todavía monte había de todo: eran los lotes de guacamayo, guayabete, caimo, jarajara, bobo, laurel. "Sufrimos fue por otra cosa. "Vistahermosa estaba todavía en Paroid; de eso hace como 16 años, aquí empezaban apenas a entrar carros desbaratados. Habíamos logrado u n maíz bonito, ocho o diez cargas. Yo le dije al anciano: viejo, por qué no ensayamos a vender, oigo un camión, hagámosle. El me contestó: 'Mija, pero carro de dónde, si no hay carretera'. Le dije: por ahí están entrando, por la sabana, de pronto arriman hasta aquí. El viejo fue y miró, y, sí, había bajado un chéchere. Yo cuadré; le pregunté al chofer que si salía al otro día; me contestó que sí; entonces yo le, dije: es que yo tengo unas carguitas de maíz para ver si usted me las saca hasta Vistahermosa, pueda, ser que las venda ahí, o si no las llevo para Granada. Todo es que usted me ayude a salir de aquí. 'Bien puede', me dijo el chofer. Yo no era tanto por sacar el maíz, sino por sacar la familia a conocer. "Al otro día, arreglé a los muchachos, los lavé bien, los peine y nos fuimos. El del camión echó el maíz y dijo: 'La señora puede ir allá encima de las cargas con los niños. Yo con la felicidad de salir, no reparé en nada. Allá nos encaramamos todos. Iba más gente también. Llegamos a la loma del Fastidio. Subió despacio, rezongando, pero salió arriba. Cuando comenzó a bajar, en un estirón, dio el bote y salimos todos disparados. Como nosotros éramos los que íbamos encima, nos cayeron los bultos. Yo quedé ahí. Me abandonó el sentido. Muerta. No supe más Así me llevaron hasta Villavicencio. Los niños quedaron todos reventados por dentro. De eso yo no supe izada nada, en ese momento. Así me entraron al hospital y ni cuenta me dí. A los días murió María, la hembrita. Yo seguía sin volver, el viejo la enterró solo. Y solo le tocó volverse para acá. Quedaron ellos solteros, haciendo de comer, porque yo seguía en el hospital. Al mes me sacaron. Ese fue el paseo a Vistahermosa. "Salí hasta con bordón del hospital, la pierna quedó sonsa y se hincha como para reventarse. Me quedó como floja. En el hospital no lo arreglan a uno. Como llega así sale. "Salimos de esa menguados y tristes, porque las hembritas hacen la casa. "Después vino el tifo negro, una enfermedad terrible. Se muere la gente sin poder contarla. A mí se me fueron dos o tres muchachos en menos de un mes. Casi nos enloquecemos. Aquí no se conseguía pasta de ninguna. A las criaturas les cogió una fiebre, un escalofrío, un dolor de cabeza y una sed que vivían a los alaridos. Para no darles agua cruda., se, les hervía por la noche para que amaneciera fresca, y todo el día se les daba agua. No pasaban sino eso. La comida la devolvían como se les daba. Yerbas no conocíamos. Vistahermosa estaba lejos, tocaba ir a pie porque carro no se conseguía. sino en. verano, y eso. ¿Y plata? ¿De dónde.? Si era que la tierra no daba sino para comer. ¡Sufrimos mucho, Virgen Santísima del Carmen! A la gente la sacaban en camareta enferma hasta Vistahermosa y la traían en la misma camareta muerta. El cementerio de aquí se hizo fue en esa época. El tifo no perdona. La fiebre los quema por dentro y les pone las uñas de los pies y de las manos negras. Es una enfermedad que la da la guadua cuando florece. Ella sólo echa. a floriar cada 99 años y se lleva lo que por delante se, topa. "El viejo se fue enfermando de pena. No salía ni a marisquear, que era su gusto. No se dejaba sacar para donde el médico. Cuando lo llevaron al hospital de Villavicencio, murió en el viaje. No quería seguir viviendo. Cuando a uno le da esa enfermedad, lo mata, porque para vivir hay que tener ganas".
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