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El Guayabero
La nueva etapa del trabajo de campo la llevamos a cabo a final del verano, para estar seguros de que el agua no volviera a detenernos. San JoséDesde que aterrizamos en San José del Guaviare, una mañana llena de luz, observamos el escaso movimiento aéreo. Había sólo dos avionetas al pie de la pista y en el nuevo terminal aéreo, la soledad era manifiesta: crisis de coca, pensamos. Paulatinamente la hipótesis se fue confirmando: el servicio de taxis hacia el pueblo era nulo, la Policía se mostraba desentendida, las cantinas a esa hora -las 10 de la mañana- estaban todavía cerradas, las calles principales, desiertas. Una vez hospedados, iniciamos un recorrido de información. Ninguno de nuestros habituales amigos estaba en San José: estuvimos sentados en el bar La Bohemia hasta el medio día, hora en que usualmente uno podía encontrarse con la persona que estaba buscando. Pero nadie apareció. Hacia la una de la tarde vimos a Miguel Rojas, el nuevo alcalde y vocero de la UP, atravesar cabizbajo el parque. Lo abordamos. Nervioso pero cortés, nos dijo que por la tarde nos atendería en su despacho. Más que aturdido lo notamos triste. A las cuatro estuvimos en la Alcaldía. Miguel nos atendió, nos ofreció un tinto frío y dulce, como de costumbre, .y nos dijo: "Viejitos, la cosa está muy jodida, esto se acabó. Aquí nadie puede vivir ya, la semana pasada hubo 9 levantamientos, entre ellos los de una familia de la trocha Nueva Tolima, que apareció en el basurero municipal. Se salvó un pelado de unos 12 años que la Policía está interrogando. Esto es un verdadero infierno. Todo el mundo se fue. Yo no me voy porque no puedo abandonar a mi gente, pero quién sabe cuál será mi suerte. Hace 15 días asesinaron a un amigo; un policía, que andaba muy de madrugada entrenando, vio que dos sujetos le disparaban a otro ciudadano. Valiente el policía, intervino, desarmando a uno y persiguiendo al otro. El pueblo se dio cuenta y salió a ayudarle: el primero era empleado de la Comisaría y el segundo un ex agente del DAS. Así estamos". Nos contó también del atentado del que había sido víctima pocos días antes. Lo relató con lujo de detalles. Estaba amargado, y, hasta cierto punto, desmoralizado. Un mes después de conversar con nosotros lo asesinaron, exactamente -según supimos- en la forma como él nos lo había descrito. Para comprobar lo que sabíamos, salimos esa noche a dar una vuelta. Las calles estaban, naturalmente, mas desoladas; aún en los bares, otrora rebosantes de clientela, se veían dos o tres parroquianos borrachos y mudos; las ventas nocturnas de comida -cenaderos- estaban cerradas. Daba miedo aquel espectáculo. Derrotados en nuestra aspiración de volver a ver el pululante San José nocturno, nos dirigimos al hotel. En el camino se nos atravesó un niño que vendía gallina. Nos contó que nadie salía después de las 8 de la noche, porque había carros fantasmas que pasaban ametrallando todo lo que se moviera; que él salía a vender porque de lo contrario no comía. Había llegado con sus hermanos mayores -el niño tendría 12 años- a raspar, pero de un momento a otro, los cortes se acabaron y ahora no había empleo. Sus hermanos lo habían dejado abandonado, y él, arrimándose a una señora conocida, había logrado que ella le cambiara "la comida y la dormida" por la venta de gallina. Le compramos dos presas, verdes ya, para "colaborarle", como él mismo nos pidió, y cancelamos por ese momento nuestras indagaciones.
El RaudalSalimos temprano a embarcarnos en una voladora para El Raudal, primera etapa de nuestro itinerario. El puerto estaba más triste aún que las calles en la noche anterior. No había voceros anunciando las próximas salidas de las lanchas, ni coteros descargando mercancías, ni vendedores de alhajas. Los puestos de buñuelos y de jugo de naranja habían desaparecido. Nos informaron, con todo, que a las 10 de la mañana podía salir una voladora hacia nuestro destino "pero eso sí -nos advirtieron- sólo arranca cuando se llena". A la hora anunciada estuvimos cumplidamente en nuestros asientos de proa. Pasó una hora y el cupo estaba lejos de completarse. Otra hora y seguimos esperando. A las 12 desistimos de la línea regular, y optamos por contratar una de las pequeñas naves que desganadamente se balanceaban atadas en el muelle. El valor del servicio nos hizo saber, una vez más, que las leyes de oferta y demanda tienen en el Guaviare sus modalidades particulares: pagamos mucho más de lo que hubiéramos pagado en plena bonanza. El escaso tráfico por el río continuó corroborando los síntomas de la decadencia observada en San José. En las bocas del Ariari, el Ejército había instalado un retén móvil, servicio que antes no existía. Los soldados al principio toscos y déspotas, se tornaron amables cuando nos identificamos como investigadores de la Corporación del Araracuara y nos permitieron continuar el viaje, no sin antes -la verdad sea dicha pedirnos regalados los cigarrillos que llevábamos. En El Raudal se prolongaba la agobiante soledad de San José. Este pequeño atracadero que habíamos conocido en plena actividad se hallaba tristemente sombrío. Comenzando por el nivel del río. Hacía seis meses, como dijimos, el agua había tapado los instrumentos de medición de caudales instalados por el Himat. Ahora, cuatro o cinco personas nos observaron desde los barrancos con indiferencia. Antes, la llegada de una voladora recorría el puerto y la gente ansiosa se arremolinaba en el muelle a la espera de compradores. No podíamos creer que sólo cuatro meses antes habíamos visto desembarcar dinero en costales para pagar "la mercancía"; que una sola joyería vendiera un millón de pesos diarios en oro; y que los "muchachos" estuvieran ejerciendo plena soberanía sobre el lugar. Todo era distinto: los bares y hoteles se hallaban desocupados, la joyería había cerrado sus puertas; los compradores de "merca" se habían esfumado. De los "muchachos" sólo existía una pancarta que decía: Bienvenidos al Guayabero: VII Frente. Nos instalamos provisionalmente en una cafetería, cuyos balcones dan sobre el puerto y sobre la calle principal, para observar lo poco que podía verse. Teníamos la esperanza de que algún conocido hiciera su aparición para indagarle sobre las verdaderas causas de semejante postración. Recordábamos -con cierta nostalgia- las épocas de esplendor, haciendo todo tipo de cábalas. ¿Será -nos preguntábamos- que el verano acabó con las plantaciones? ¿Será que la represión al narcotráfico tuvo por fin éxito? ¿Será éste el precio de la tregua? ¿Será que todos los cultivadores se volvieron ricos y todos los comerciantes honrados? Con estos interrogantes en mente, iniciamos la segunda parte de nuestro viaje.
Agustín PérezEn las horas de la tarde apareció, por fin, un viejo conocido, Agustín Pérez: ex consejero comisarial, prestigioso empresario, candidato a la Alcaldía de San José. Lo habíamos conocido en nuestra primera visita al Raudal en el año 85, grabándole en esa oportunidad una extensa entrevista que, por desgracia, se extravió. Don Agustín nos aclaró muchas de las conjeturas que habíamos elaborado aquella mañana. De un lado, la depresión de los precios se debía en su opinión a la excesiva oferta. Miles de cultivadores habían entrado en producción a pesar del verano, de la fumigación de cultivos y, de los operativos de la Policía. Por el contrario, estas acciones habían contribuido a que todavía el precio de la pasta fuera rentable: 280 pesos por gramo. Subrayó también la función del Pacto de San José, relatándonos cómo numerosos colonos habían desistido del cultivo de la coca. De otro lado, don Agustín se mostraba profundamente indignado por el curso que estaba tomando la acción de los sicarios. El mismo-nos confesaba-, siendo un liberal de izquierda, temía por su vida. La UP le había ofrecido hacía pocos días la candidatura del movimiento para la Alcaldía de San José -cargo que ambicionaba desde hacía mucho tiempo-, pero la rechazó radicalmente respondiendo: "gracias, prefiero vivir". Más aún, añadió clon Agustín: "Yo no soy una excepción, la gente le está sacando el cuerpo a la UP. No sólo los candidatos sino los electores: al proselitismo armado que se alega, se está oponiendo algo peor, la intimidación armada v quién sabe a qué hondura vamos así". Estas dramáticas observaciones de nuestro amigo nos hicieron reflexionar sobre la amarga verdad que contenían: un gran sector del país político no permite la existencia de una oposición real, lo que tarde o temprano lleva a la acción armada. Ese fue el origen de la violencia de los años 50 y, hoy se repite el mecanismo, encerrando terribles presagios. En la noche conocimos a un hombre, ya pasado de copas, que sus contertulios llamaban cariñosamente "Vitriolo" y que se ofreció a llevarnos al otro día a conocer las pinturas rupestres del Guayabero, que sabíamos existían, pero que nunca habíamos podido observar de cerca. Muy temprano salimos con "Vitriolo" hacia las afamadas pinturas. El verano había hecho bajar considerablemente el nivel del río permitiéndonos contemplar un raudal distinto. Cuando se pasa por ahí en tiempos normales, no se sospecha la gran cantidad de caminos que las piedras obligan a hacer al agua y que explican los remolinos que forman las corrientes. El paso era en extremo peligroso, esta vez por la merma del río: lo hicimos lentamente.
El indio LucasSaliendo de El Raudal encontramos el remanso llamado Pozo Tonina, en el que las embarcaciones que bajan esperan turno para pasar y las que suben pueden atracar unos momentos, para que los motores y los pasajeros recuperen el aliento. Sobre los barrancos, en una pequeña altiplanicie vive el indio Lucas y su tío, reputados peseros de la tribu tucana que conocen, como los que más, el paso del Raudal. Si ellos no pasan -nos habían dicho en el invierno-, nadie pasa. Recordamos la respuesta de Lucas, cuando 6 meses atrás y angustiados por continuar el viaje le preguntamos: "¿Y cuándo bajará el río:'". Nos contestó como refiriéndose a Dios: "Cuando El quiera". El agua para los tucanos, como para la mayoría cíe las tribus amazónicas, es la fuerza, el principio de actividad al que la vida está sujeta .y del cual depende. En el Raudal esa fuerza es sobrecogedora y por eso sin duda "los indios antiguos", como Lucas llama a sus predecesores, decoraron la entrada o la salida del estrecho, con símbolos que permanecen aún indescifrados por la arqueología. Las pinturas no se hallaban lejos de la casa de Lucas. Las piedras en que se encuentran son monumentales, no menos de 30 metros de altas, y los dibujos se extienden a lo largo de unos 50 metros. Con la ayuda de nuestro guía pudimos distinguir culebras, micos, toninas, venados, tortugas, pájaros extraños, dantas, osos palmeros, sapos, lunas y soles. Descubrimos también algunas secuencias: toninas saltando del agua, hombres cazando, mujeres pariendo, y, sobre todo, misteriosos símbolos del infinito. En una palabra, toda la gama de la creación. Lamentablemente hay fragmentos del gran mural muy deteriorados, no por el tiempo según el indio Lucas, sino porque hace unos años, ciertos curiosos habían prendido fuego a la vegetación que cubría la piedra para despejarla. Hay además testimonios de turistas o viajeros que han pintado letreros celebrando amores, fechas y banalidades de toda índole. Produce verdadera pena la indiferencia del Estado frente a tales monumentos. El indio Lucas fue muy parco. No pudimos saber casi nada de su vida o de sus aventuras por el río. Supimos, sin embargo, que durante mucho tiempo fue "pescador y secador de pescado" que vendía a las Catalinas que acuatizaban en el Guaviare frente a San José. En aquella época -años 50- había tanto pescado, que sólo utilizaban el anzuelo, no se conocía el trasmallo, ni el barbasco. Los negociantes de pescado "avanzaban" dinero, ropa o trago y luego los pescadores entregaban el "seco" y se descontaba lo adelantado. Sobra decir que excepcionalmente quedaba un saldo a favor del pescador. Con todo, la vida era para él llevadera porque tenía pocas necesidades y porque en el río abundaban los peces de 10 arrobas. Nos habló también de la tonina. Para él este mamífero es un animal sagrado por el parecido de la hembra con la mujer y por la inteligencia que posee. Según el indio "se aparean como nosotros", la tonina debajo y el tonino encima, por eso tienen la cola al contrario de todos los demás peces. "De otra manera, las hembras no podrían sostenerse bocarriba mientras el macho las goza". El tío de Lucas fue más pródigo. Se había criado huérfano en el Internado de Mitú, hasta que se escapó cuando tenía 12 años. Más viejo que Lucas, trabajó en las caucherías del tío Barbas en el Vaupés, "en donde el sistema de trabajo era igual al que los esmeralderos trataron de imponer cuando la coca llegó a Miraflores". En efecto, el tío Barbas fue un rico cauchero que poseía balateras en los raudales de Yuruparí hacia los años 40. Comenzó siendo contrabandista de la Rubber Development Company y después se independizó, montando un verdadero imperio. Llegó a tener 400 hombres prácticamente esclavos en sus balateras puesto que "a nadie le pagaba y sólo daba la comida". Para asegurar la permanencia y rendimiento de esta mano de obra, sostenía un ejército de secuaces armados. Los trabajadores vivían en enormes barracas, trabajaban de sol a sol, y cualquier indisciplina o indisposición era sancionada con la muerte. El tío de Lucas nos dio por primera vez noticias de un tal Hernando Palma, feroz bandido expulsado por Guadalupe de sus filas y que dio en azotar la región del Guayabero, asesinando indígenas a diestra y siniestra. Nos contó también que había conocido a Dúmar Aljure y que en el sitio donde estábamos "precisamente aquí -nos indicó con el dedo- el finado hizo rancho y cama, sembró maíz y limones, y un día desapareció río abajo en una balsa". Finalizado el diálogo con los indígenas, "Vitriolo" nos invitó a guindar en su casa. Había mostrado interés creciente en nuestro trabajo y no disimuló su aspiración de ser entrevistado. Acogimos con agracio la invitación porque ella indicaba su disposición a responder: no estábamos equivocados.
"Vitriolo"Oriundo de la región del río San Bartolomé, municipio de Puerto Berrío (Antioquia), "Vitriolo", cuyo nombre de pila es Rafael, tendría unos 50 años. Se crió en La Dorada y fue testigo el 9 de abril de los enfrentamientos liberales y del asalto a la base aérea de Palanquero¿ dos años más tarde. Sobre este período dice que después del asesinato de Gaitán "el pueblo había quedado dividido en dos: la mayoría, dirigida por unos liberales incapaces y traidores¿ y la minoría¿ que dio en defenderse echando para el monte". Poco a poco los últimos, las guerrillas, se extendieron luchando contra las "fuerzas armadas del gobierno que eran los chulavitas-macheteros al mando de Laureano Gómez. Hasta que llegó el momento en que las guerrillas se sintieron en capacidad de hacerle un intento a la base de Palanquero". El asalto, bien preparado de antemano, se frustró, según "Vitriolo", porque los comandantes Héctor Morales¿ el mayor Larrota y un tal teniente "Calzones"¿ se emborracharon -"como decir nosotros aquí"- y llegaron cinco minutos más tarde¿ cuando la guardia que estaba de acuerdo con los asaltantes ya había sido cambiada¿ dando lugar a una balacera en la cual los rebeldes resultaron derrotados. "Donde la gente alcance a entrar -reflexionaba 'Vitriolo' con melancolía- este país no existiría como existe". En La Dorada jornaleó durante cinco años de hacienda en hacienda hasta que, ganándose la confianza de un patrón, logró aprender a manejar tractor. En este oficio pasó otros dos años, pero no viendo mayores perspectivas¿ volvió a la casa de sus padres y pidió su herencia con miras a comprar su propia máquina. El padre se opuso¿ y "Vitriolo" muy contrariado, optó por volver a ser asalariado¿ "hasta que la vida me aplacó". Entonces volvió a la casa paterna: trabajando allí, oyó hablar por primera vez de la "tal liberación" y un buen día se presentó en la finca el propio Fabio Vásquez Castaño "con un pañuelo rabo de gallo al cuello y un tronco de fierro al hombro". El ideario político de la "liberación" era bastante sencillo según "Vitriolo". "Si usted compra una libra de azúcar -explicó el jefe guerrillero- es explotado¿ si compra un paquete de cigarrillos¿ también. Todo lo necesario que usted compra es explotación. ¿Por quién? Por el gobierno. El ELN quiere que los campesinos se unan, tengan una unidad para hacer más tarde una masa, una sola masa para enfrentarla al gobierno, al explotador". "Vitriolo" confiesa que no entendió mucho¿ pero que siendo Vásquez la autoridad, no discutió nada. Los muchachos solían pasar de tiempo en tiempo preguntando sobre movimientos de gente o de tropa y familiarizándose con los campesinos. "Pero llegó el día en que no arrimaron las guerrillas sino el Ejército". "Vitriolo" comprendió que la región se iba a dañar, porque los rumores sobre encuentros¿ capturas, torturas y muertes se hacían cada vez más regulares y crudos. Con este argumento decidió presionara la familias para venderla tierra. Una vez hecho el negocio¿ el padre llamó a todos los hijos-eran de Sonsón-y les entregó rigurosamente lo que les correspondía en herencia. El viejo sin saber por qué o cómo, se vino al Guayabero¿ y "Vitriolo", con su hijuela¿ compró una camioneta Ford 50. Trabajó con ella un tiempo en Caldas, hasta que borracho la estrelló y el negocio se fue a pique; optó entonces por buscar nuevamente al padre y viajó al Guaviare. El hombre ya tenía una buena mejora arriba del Raudal¿ en la margen derecha del río. Allí volvió a comenzar, y al poco tiempo se independizó abriendo un pedazo de selva. Durante los primeros cinco años la suerte de "Vitriolo" fue análoga a la de cualquier colono; vivía del maíz¿ la ,yuca¿ la pesca. Hasta el año 78. En esa fecha apareció la marihuana y decidió hacerse rico con el cultivo. Así nos relató "Vitriolo" esta experiencia. "La marimba, como dice él dicho, la trajeron los mafiosos: ellos resaltaron con la, semilla. Se la vendían a uno y se la enseñaban a cultivar. Se estableció poco a poco. La semilla -que era igualita a la del cilantro-¿ valía .$3.000 el kilo, ron poco de" plata. Todo el mundo sembró; yo fui de los últimos. La yerba se sembraba sin mucho misterio en abiertos lechos como para sembrar maíz; no se le botaba abono ni nada; errando ya las matas estaban volando florecían. Ese era un problema, porque había que saber cuáles eran los machos y cuáles eran las hembras. El macho traía un moñito junto a la flor y la hembra no. Había que sacar los machos, y botarlos, porque esa yerba no servía y perjudicaba a las hembras. Cuando ellas florecían había que tener el ojo bien abierto. "La siembra qué eché me dio 200 bultos, más de 400 arrobas, más las onzas de grasa que le quedaban a lino en las manos cuando arranca los moños de las hembras, que eran los que se vendían. "Cuando brotó la primera cosecha, encaleté la yerba y me fui a vender él ;¡ocho' o sea las onzas de grasa que quedan en las marros y que raro cuida aparte. Me dieron $70.000. Estaba contento porque el comprador iba a venir por las 200 ó 400 arrobas el lunes siguiente. Dedos nos veíamos felices y hasta compramos buen whisky. Al otro día, es decir, él domingo -¡en qué guayabo qué andábamos! -, me despertaron los perros. Yo me asomé por la ventana y vi eso verde, verde, pero de puros tombos !El tomberío regado! Yo dije: me llevó él frutas. ¿Qué hacemos ahorre ! Será abrirles antes de que se animen a romper el rancho. Desperté a la costilla y al hermano que me estaban ayudando -mi papá ya se había ahogado- y abrirnos las puertas. Entraron como bestias en un corral, con los chopos apuntando a lo que se moviera: 'contra la pared, hijueputas, malparados, niños y todo'. Yo le traté de decir al que nos gritaba -calculando que era el que mandaba- que esa no era manera de entrar a una casa. donde había niños y mujeres. No alcanzamos a decir mujeres, cuando uno de los soldados me dio con la culata en la boca y me saltó las muelas. Me dije: así no se puede conversar, y me callé. "Ellos patasarribaron todo y como no encontraban nada, me sacaron por delante, para el caño. Allí, me 'colgaron' hasta que les dije donde estaba la coleta. El que mandaba fue a mirar y como a la hora volvió y me dijo: Bueno, malnacido, si mañana vuelco, y encuentro esa yerba ahí, las tiene conmigo. Tiene que quemarla y para arreglarnos los dos, desde hoy en adelante debe llevar al puesto dos bultos de yuca y dos de plátano: Yo sí tenía yuca., bonita que estaba., pero no tenía plátano, así se lo hice saber. Me contestó: pues cómprelo o róbeselo!'. "Al otro día, todo desmueletado y despresado, fui a quemar mi trabajo. Me daba pena, pero tocaba porque los 'tigres' iban a volver; comencé a quemar poco a poco. Cuando llevaba dos bultos, me dio como una moridera, coma un abandono del cuento que no podía tenerme en pie. Me acosté, las piernas comenzaron a crecerme y a crecerme y a crecerme; abrí los ojos y no era embuste: las patas estaban lejísimos, tenían metros .y metros. Traté de levantar una, parecía de paja; se subió por el cielo y cuando cayó, despacio, despacio, hizo temblar el suelo. Sentí el temblor en la cabeza. Entonces comenzó la torre; el temblor se me quedó dentro, y hacía vueltas por una parte y otra, se volvía verde y rojo. Cuando vi el rojo comencé a sentirla sangre por todo el cuerpo, alocada y desbocada, de un lodo a otro. De la cabeza a los pies, de los pies a las manos, al cuello, corriendo, como si la estuvieran persiguiendo. La cosa debió seguir, porque cuando yo volví, estaba ya de noche. Me despertó la seca y el filo. Me sentía capaz de comerme todo el yucal y de tomarme todo el caño. Entendí que la yerba me había vuelto loco, y también, por qué el cabo no había quemada él mismo la yerba, ¡sino que me había mandado a mí! "Al otro día llegaron a ver si yo había hecho la quemazón. Les di razones y no entendieron. Volvieron a tratarme mal y me dieron un nuevo plazo. Tocó obedecer, pero esta vez solté el fósforo y me fui para la casa". La marihuana, pues, nada dejó a "Vitriolo", salvo la alucinante experiencia. No volvió a sembrar no por miedo al Ejército -nos explicó- sino porque el precio se derrumbó. Volvió al cultivo del maíz y de la yuca, a la caza y a la pesca. En esos días, año 78, comenzaron a llegar paisanos de Puerto Berrío huyendo de la violencia del Magdalena Medio, que por aquellos días estaba en pleno furor; los encuentros entre el ELN y el Ejército eran muy frecuentes. Cientos de campesinos emigraron. De San Pablo a Nare y de San Vicente de Chucurí a Puerto Boyacá, los desalojos voluntarios u obligatorios se hicieron regulares. Muchas familias se trasladaron a los territorios nacionales buscando sustituir al Magdalena por el Arauca, por el Vaupés o por el Guaviare. En El Raudal se instalaron unos pocos buscando vivir de la pesca, del trabajo del río, del pilotaje de embarcaciones, del cargue y descargue de mercancías, de la reparación de motores y de la fabricación de pequeñas barcas o de la agricultura. "Vitriolo" ayudó a muchos de sus paisanos a instalarse en el Guayabero. Los colonos suelen ser ejemplarmente solidarios con los recién llegados; les facilitan plátano, yuca y maíz, hasta que los nuevos colonos comienzan a producir su propia "comida", como se llama en áreas de colonización al pancoger. Suelen prestarles trabajo bajo la modalidad de "mano vuelta" o "brazo prestado"; les enseñó también algunos trucos propios de la región. Así recuerda "Vitriolo" esos años: "Resulta que cuando llegué, mi papá, alma bendita que, en paz descanse, me dijo que en la margen derecha del Guayabero no me podía: hacer porque era dizque Reserva. El era muy antiguo y muy respetuoso de la ley. Yo le contesté que mejor, que si eso era Reserva, quería decir que, estaba reservado para los pobres, y así, me. metí. A los años llegó el Inderena a decirme que tenía una multa de 20.000 pesos porque estaba dentro de la Reserva. Yo les alegué y les alegué. Les dije que yo no sabía que era Reserva, que nadie me había dicho, que no había ninguna seña. Se pusieron furiosos y me amenazaron con la ley, con la. Policía y con hacerme efectiva la multa. Mientras el jefe fue a Bogotá y volvió, yo había caramboliado que era una dicha. De cada timbolazo despejaba la 1/2 hectárea, porque ésta era. una selva muy tupida, muy amarrada por arriba, y entonces un. palo arriero se llevaba por delante todo lo que uno hubiera desnucado. Así mismo quemaba, yen la ceniza botaba el maíz y sembraba el plátano. Cuando sacaba el maíz, ya el plátano se miraba. Total, cuando el hombre volvió con los papeles, yo ya tenía un abierto extenso porque se demoró más de un año. No me pudo sacar porque yo había convidado a otros y a otros a hacer lo mismo y sacarnos a todos quedaba muy verriondo. "El tipo del Inderena. siguió pasando, cada dos meses, cada tres meses, pero como no se bajaba de la voladora, sino donde yo estaba, nos pillamos que si no descumbrábamos al pie del río, él pensaría que vio había, colonos. Entonces decidimos no tumba r el borde del río. Dejamos una franja de unos 200 metros y de ahí para adentro hacíamos la finca. Los del Inderena son muy flojos, no se desacomodan ni para hacer su trabajo. Ellos pasaban y miraban todo bonito, y nosotros adentro, trabajando". Ese fue el consejo que "Vitriolo" les dio a los recién llegados. Así abrieron las vegas del río poco a poco, y cuando éstas se acabaron los nuevos colonos se ubicaron detrás de los primeros. Hasta el año 80 u 81 la colonización siguió el curso de las corrientes de agua, pero con la afluencia de nuevos colonos que impulsó la coca, se tendió a colonizar las áreas más secas, llamadas "banquetas", y más distantes por lo tanto de los ríos .y de los caños. Como es explicable, estas banquetas son menos fértiles que las vegas y por lo tanto mayor superficie se veían obligados a tumbar para obtener una producción similar. "Vitriolo" estableció un aserrío para sacar "partes de cuyubí" que es una madera que sirve para construir ranchos, pero especialmente para hacer cercas. En los bosques del Guayabero, cercanos al Raudal, había también gran cantidad de cedro macho, pero esta madera no la pudieron explotar dada la reglamentación del Inderena. La explotación del cuyubí, dicho sea de paso, da a entender que por aquella época, 1978-1980, hubo no sólo un intenso poblamiento de las riberas, sino un gran desarrollo de la ganadería. A la explotación del cuyubí, "Vitriolo" sumó la fabricación de canoas. "Así siguió mi vida trabajando poco a poco, poco a poco, déle allá, déle acá. De pronto un día, estando en el yucal, vi llegar unos policías. Allí vienen otra vez, maldita sea mi. suerte. Yo todavía les mandaba la yuca y el plátano todas las semanas al puesto, así. que, se me hizo raro que vinieran a: rondar. Los saludé, me contestaron. No miré a ninguno de los conocidos y se me hizo más raro. '¿Qué anda. haciendo?', me preguntaron; 'no, pues aquí a los empujones. con paciencia o si no. no se anda, Yo los vi como raros. como que eran otros y les pregunté: Señores, ¿y ustedes en qué misión andan? ¿Ustedes no serán de esos que llaman guerrilleros? 'Sí. exactamente -me contestaron-, somos de las FARC y queremos tales y tales cosas: que no haya. más desaveniencias entre los campesinos, que haya progreso en la región, que nadie se crea más que otro'. Me preguntaron qué hacía yo, con Breé me la ganaba. Les respondí que haciendo poste de cuyubio. pero que el negocio estaba malo. Le pregunté al comandantes si él sabía con quién podía yo hacer un contrato, porque la situación estaba mala. muy mala. Dijo: 'Mire, espere ocho días y le doy razón'. Así, fue. a los ocho cías mandó decir que sacara a la orilla 2.000 estacones, que don fulano los compraba a 250 pesos. Pero sacar- tanta madera en una sola bestia no era posible, ¿de dónde iba yo a sacar. tanto palo con una, sola ranga? Le mandé decir que el negocio me convenía. pero que con una sola bestia. no podía sacar la madera para la fecha, que don fulano quería,. Pasaron los días y cuando menos pensé, llegó el mismo comandante: 'Mire, pues ahí tiene ese macho, trabájelo y cuando acabe me comenta'. Yo miré al macho, me puse comento. ¡Juepucha macho! Le cargaba seis estacones por cada lado y bailaba con ellos. Saqué el encargo: 35.000 pesos pulpitos y quedé con la fama. Me pidieron más estocones. El comandante no me pidió el macho y habiendo trabajo, la vida está hecha. Contraté dos trabajado¡-es y ligué. Hice un capitalito de 180 mil pesos, con eso compré unas novillas que fueron la semilla de la ganadería. De esa plata no me gasté una, cerveza mal gastada. "Al poco tiempo empezó eso de la coca. Aquí, al Guayabero, llegó tarde. Cuando ya era negocie viejo por Mitú, Calamar y Miraflores. El kilo de semilla valía 20.000 pesos. pero un amigo me regaló una manotada para cultivar. Hice los semilleros. eché nula, abrí un boquete y boté las maticas. Eso sí, había que abonar. Hasta ese entonces porque aquí no conocíamos lo que era el abono. Cuando saqué el primer corte estaba a 700 el gramo, era buena plata. Daba la base. Después llegó la peruana, era mejor. Tumbé una montaña y sembré con unos socios. "Ellos ponían los colinos y yo ponía el trabajo, la siembra y la comida. Trabajé como un burro con la mujer y con los hijos; cuando ya la matica estaba más o menos. el gramo se preso a 80 pesos, se descolgó, torció la puerca el rabo. Quedamos con la sola platanera. porque el trabajo se perdió, Después volvió a coger precio y esperanzados sembramos otra vez, Los tajos que había los dí al 70%, sembré seis hectáreas, el primer corte me dio de 900 gramos por hectárea. ¡Nos dio la mano la matica! ¡La suerte del ministro! Yo dije: bueno. de erguí no sólo sale para la comida, y me puse a meter ganado. Cada 45 días podía comprar 4 ó .5 novillos, Hice cercas. voltié la yaripa del rancho y compré una grabadora y un motor. La plata se veía. Podía uno comprar su botellita y venir a tomársela a la casa. La mujer ayudó mucho. Ella cuando vio que la. cosa, daba, vio por dónde se podía ir, Cuando vendíamos, ella misma compraba uno botella de whisky y me decía: 'Camine para la casa y allá nos la tomamos'. No me dejaba quedar en el pueblo sino queme provocaba para que me viniera. Así. me daba gusto pero no me dejaba botar lo que habíamos agarrado. "Seguimos porfiando. El comandante llegó un día. vio el nuevo rancho y me dijo: 'Bien, Vitriolo, bien. Así se anda, lo importante es que usted no vaya a desperdiciar el progreso, porque de la noche a la mañana el negocio se acaba y ya no vuelve a tocarla como ahora' Le dije: no viejito, tranquilo que el hombre aprende, mire el ganadito que ya comienza a mover el rabo". "Vitriolo" logró pues aprovechar la bonanza de la coca y con ella montar una ganadería, No oculta que el cultivo de la hoja le permitió salir adelante y se muestra orgulloso de su trabajo y confiado en el futuro. Apoyándonos en su sinceridad decidimos aclarar algunas cuestiones que teníamos a oscuras. Con mucho ánimo nos respondió, -Hombre "Vitriolo", ¿por qué están en
quiebra los del Raudal? El comercio está caído, ¿ya no llegan
compradores? -¿Pero era, que había mucho movimiento? -Supongamos, "Vitriolo", que el gobierno
estuviera dispuesto a colaborar con ustedes, ¿qué tendría que
hacer? -¿Qué otra cosa podría hacer? Tendría también que limitar el tamaño de las tierras. No es posible que los grandes entren a hacer fincas como les dé la gana, que entren a coger tierras sin pensaren nosotros. Si aquí no fuera Reserva, esto serían puros potreros de hacienda y nosotros estaríamos quién sabe dónde. Tiene que hacer carreteras y rías porque no se puede seguir sacando el producto a fuerza materia 1; tiene que poner escuelas y hospitales. En fin, tiene que hacer cosas. Si las hace, se acaba la coca, pero el gobierno no está en capacidad de hacer esas vainas. -¿Por qué? -¿ Y ahora, que usted está hecho, a qué aspira? Cuando nos encontrábamos en este momento de la entrevista, el ganado comenzó a inquietarse. "Vitriolo" dijo: "Viene alguien, cuidado". Era cierto. A los pocos minutos aparecieron en el corral tres guerrilleros. Nos saludaron y se acercaron lentamente, uno de ellos se quedó atrás y los otros nos abordaron: querían saber quiénes éramos y qué hacíamos. "Vitriolo" les aclaró. No se mostraron satisfechos con la explicación y tuvimos que ahondar en razones. Después de una hora larga de interrogatorio, nos dijeron que podíamos seguir, pero que ellos nos vigilarían constantemente. La condición no nos era nueva. Sin embargo, "Vitriolo" no quiso continuar el diálogo. Al día siguiente nos despedimos de "Vitriolo" y de su familia y nos embarcamos nuevamente.
La CarpaA dos horas de El Raudal se halla la población de La Carpa. La componen unas 50 casas dispuestas en calles bien trazadas: posee puesto de salud, escuela, un internado a medio terminar, un atracadero. Fue construido, según los vecinos, en el mismo sitio donde alguna compañía petrolera, hace ya algunos años, dejó abandonada una carpa durante una campaña de exploración. Hoy todavía se pueden ver pilones de cemento hechos por la compañía. Durante el verano, a La Carpa suelen llegar camiones para transportar pasajeros y carga por la trocha que la Junta de Acción Comunal del Guayabero ha abierto. A raíz de la marcha a San José en diciembre de 1986, el gobierno se comprometió, dentro de los programas del PNR (Plan Nacional de Rehabilitación), a construirlos puentes y a terminar el internado. Un año después, estas obras indispensables para el progreso de la región son aún una esperanza. Hasta la fecha de nuestro viaje, sólo se habían hecho realidad dos de los acuerdos pactados: el levantamiento de la Reserva Forestal de la margen derecha del río Guayabero y la iniciación de programas de fomento llevados a cabo por la Corporación de Araracuara con apoyo del gobierno de Holanda. El levantamiento de la Reserva Forestal por parte del Inderena ha permitido la acción del Incora y por tanto la titulación de baldíos. Por su parte, la Corporación ha comenzado a estimular las siembras de cacao, ha impulsado la asistencia técnica a la ganadería y el fomento de tiendas comunales, con programas básicos enderezados a mediar la sustitución de cultivos de coca. La Carpa es uno de los pequeños caseríos que los colonos han hecho surgir de la noche a la mañana. En dos años, La Carpa, Puerto Nuevo, El Silencio, Nueva Colombia y Cachicamo, han crecido vertiginosa mente. La primera vez que visitamos el Guayabero eran simples atracaderos, donde se había fundado una bodega con cancha de tejo y a donde los colonos llegaban a vender sus productos, hacer sus transacciones y a comprar su mercado. Poco a poco se han ido construyendo casas de habitación, instalado comercios, abriendo bares, hospedajes, sastrerías y misceláneas. Hoy, la mayoría de estas agrupaciones son inspecciones de Policía y congregan entre 500 y 1.000 habitantes cada una. Es una forma de poblamiento singular para una colonización campesina, pues estos pueblos son centros residenciales, de mercado y de servicio, pero no centros de trabajo. Los colonos más prósperos poseen dos residencias: una en el sitio de trabajo y otra en el centro del poblamiento, donde concurren cada 2 ó 3 semanas a realizar sus actividades y a divertirse. Muchas mujeres con niños pequeños residen en estos centros, mientras sus maridos, acompañados por los hijos mayores, trabajan en la finca. En la mayoría de las colonizaciones del país el lugar de trabajo y el lugar de residencia son el mismo. En el Guayabero esto es cierto para los colonos pobres, pero tan pronto comienzan a progresar -;y algunos a qué velocidad lo logran!- trasladan su residencia habitual a los poblados en formación. El fenómeno tiene una doble explicación. De un lado muchos colonos tienen experiencia urbana, han vivido en las capitales de los departamentos o en centros urbanos mayores, en segundo lugar, los colonos del Guayabero viven en una condición legal irregular por decir lo menos: muchos cultivan la coca, algunos simpatizan con la causa guerrillera y otros -muchos- han invadido la Reserva Biológica de La Macarena. Esta situación jurídica ilegal los lleva, por supuesto, a buscar formas de agrupación y asociación para sentirse defendidos y protegidos.
Pompilio CifuentesEn La Carpa tuvimos ocasión de entrevistar a Pompilio Cifuentes. Nació don Pompilio en Candelaria, Valle del Cauca, y comenzó a trabajar al lado de su padre en el ingenio Mayagüez "como ayudante de montería" es decir, como encargado de picar caña para alimentar a las mulas. Tan pequeño estaría, que tuvieron que hacerle un machete pequeño para que pudiera trabajar. Cuando tenía edad de manejar una herramienta regular fue "cartero" del Ingenio Providencia. Allí fundó con otros compañeros lo que a la sazón se llamaba un "Consejo privado" o comisariato, que con el tiempo derivó en cooperativa, y, más tarde en sindicato. Treinta años trabajó el señor Cifuentes en la caña. Liquidado por la empresa, optó por buscar nuevos horizontes, pues en su opinión "todavía me quedaba vida''. Instaló a su familia en Palmira y siguió tras la leyenda del Llano, llegó a Puerto Lleras el 19 de agosto de 1968. En Puerto Lleras se dedicó a jornalear en las arroceras durante dos años. Pero la tierra baldía lo tentó. Con unos pocos ahorros viajó a San José, compró un potrillo, un hacha y una pala, unos colinos de plátano, semillas de maíz, sal, aceite, panela, plástico, municiones, una escopeta y se embarcó, río abajo. La imagen legendaria del colono. Viajó tres días sin encontrar una costa que le gustara. Por fin, abajo de El Mielón, se tropezó con un antioqueño que lo invitó a quedarse al lado de la pica que llevaba. Así lo hizo. El paisa le ayudó a derribar montaña con brazo prestado y a hacer un cambuyón. A los cuatro meses ya tenía mazorcas y al año, yuca y plátano. Mientras estas cosechas se daban "ganaba trabajo" con los vecinos. Hizo una compañía con el antioqueño para sembrar maíz. La cosecha fue abundante pero se malogró el resultado porque no tuvieron cómo sacarla a vender. La fecha coincidió más o menos con "la época de la abundancia": una o dos cosechas excepcionales que se dieron en el Guaviare en los primeros años de los setenta. Confundidos, los socios optaron por buscar otro lugar más accesible. Don Pompilio lo encontró aguas arriba de El Raudal. Volvió a comenzar. Sembró yuca, maíz y plátano, crió cerdos. En cinco años logró hacer como él mismo dice "un capitalito gracias a que en el internado de San José, me compraban todo el plátano que parieran las matas". Llego a tener más de cinco mil matas de plátano en plena producción. Entonces trajo a la familia. Hizo casa en La Carpa, compró dos motores y se dedicó al comercio por río. Todo iba viento en popa hasta que la mujer se aburrió y lo abandonó. Desde ese día don Pompilio se dio a la pena. No volvió a la platanera, vendió los motores, no sembró una mata de coca durante la bonanza, y hoy, vendiendo gaseosa, espera la muerte. Tiene 70 años y no sabe dónde está su esposa ni dónde viven sus hijos.
Don NicanorDon Nicanor, para más veras, Duarte -como él mismo se presenta-, es un hombre manso por la figura y por el genio. Transcribimos el diálogo que sostuvimos con él tal cual. -¿De dónde Tino usted, dora Nicanor? -¿Dice usted el movimiento de Eliseo Velásquez? -¿Y el 9 de abril qué pasó en Puerto López? -¿Guadalupe Salcedo sí estuvo? -¿ Y a usted nunca, le dio por meterse en la guerra? -¿Por qué no, don Nicanor? -¿Por qué dejó su finca en Tucuragua? -¿Y usted que hizo? ¿No se quejó a las autoridades? -¿ Usted qué hizo entonces? -¿Y...? A pescar y a vender para sostener a la familia. Así duré 8 años. Estando en eso un hermano me invitó a caminar por el Guayabero. Salirnos el 24 de diciembre de 1967. El había acabado con los caimanes del Meta, del Manacacías, del Humea del Humadea Traficó con pieles mucho tiempo. El pescado era ya poco en el Meta porque con la llegada de todas esas .fincas y de los venenos, el pescado se ahuyenta. Y uno de pobre ni a eso tenía derecho. Mi hermano me entusiasmó nos vinimos. -A cazar caimán... -¿Sólo caimán y babilla? -¿Morracos? -¡Ah!... ¿ Y había mucho tigre en esa época? -¿En qué sitio se amañaba más el tigre? -Dicen que el tigre tiene su propio territorio. -Bonito, ¿no? -¿De manera, don Nicanor, que usted llegó fue acabando la
fauna? -¿En ese tiempo esto cómo era? -¿ Y cómo intentó la colonización? -¿Por qué llegaron tantos de allá? -¿Cuáles? -¿Gente armada? -¿Y usted, qué hace? -¿ Y la familia? -Pero ¿y la, familia suya? -¿A trabajar parejo...? -¿ Usted sembró? -¿Qué hizo -Hablando de maíz, ¿Cuánto le daba una hectárea recién
derribada, es decir, nueva? -¿ Y si volvía a sembrar en el mismo sitio? -¿ Y la tercera en el mismo sitio? -¿ Y la cuarta ? -Y la quinta? -¿Eso suponiendo que el rastrojo cree en 2 ó 3 años? -¿Qué es lo primero que crece después de tumbar la
montaña? -Y en veinte años que lleva aquí, ¿cuánto ha
descumbrado? -¿Pero en un solo globo? -¿ Se metió en sitios prohibidos, don? -¿Y el pasto? -¿Y cacao? -¿A quién le vende? -¿Y cómo consiguió el motor? -¿Con la Coca? -¿Cuántas hectáreas tiene la chacra? -¿Aquí o al frente? -¿Por qué allá? -¿Por qué no cambia y se mete con cacao? -¿Y con ganado? -¿Pero ya hizo el intento? Ahora que levantaron "la
forestal" hay modo. -¿ Por...? -¡Ay Dios ... !¿Y qué va a hacer? -¿Y lo que se puede sembrar, a cómo está? -Pero así y todo, ¿la gente siembra? -Dónde la están vendiendo, ahora que en El Raudal se acabó
la compra? -¿Pero cómo, allá no hay puesto del Ejército? -Ah... -¿La guerrilla no pone problemas para venderla ahora? -¡Cuándo llegó la guerrilla por aquí? -¿Qué pasó cuando llegó? -¿Y, por la otra parte? -Todo eso... ¿Qué es todo eso? -¿Mucho comité? -¿Y la. gente está obligada a ir a las reuniones? -¿Hay gente que le ha tocado salir? -¿Cobran multa si no se asiste? -¿Y los hijos tienen que pagar servicio militar? -¿Usted fue a la, última marcha? -¿A cómo está el gramaje? -¿Si los muchachos quisieran, podrían acabar con la
coca? La entrevista con don Nicanor aclaró muchas cosas. Es un hombre ingenuo y directo, no tiene sentido político .y expone los temas con claridad. Seguros de haber realizado una buena entrevista, continuamos nuestro viaje. Eran las tres de la tarde y no habíamos desayunado.
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