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El Duda
Para nosotros el Duda era un sueño. Desde que comenzamos a estudiar las colonizaciones del Ariari y del Guaviare, los colonos nos hablaban de este río tan respetuosamente como si se refirieran a un personaje legendario de carne y hueso. El Dúa para unos, los más viejos, el Duda para los más jóvenes, era nombrado y renombrado; se referían a él más como a una fuerza poderosa, misteriosa y lejana que como a un río. De allí venían las corrientes y para allá iban las subiendas; por él bajaron los primeros colonizadores y por él subían los "muchachos" hacia La Uribe. Nuestra pasión por conocer el río aumentaba como su cercanía. No habíamos recorrido mucho trecho, cuando vimos el primero pero también el único caimán, de toda la travesía. Era pequeño, ciertamente, pero no era babilla. Don Nacho nos había contado que en verano podían verse los caimanes, que aún quedaban, asoleándose en las orillas de los ríos y caños, y ello había estimulado aún más nuestra sensación de internarnos en un paraje virgen. Pero poco a poco tuvimos que renunciar a esta ilusión. A lado y lado del río, los descumbres, las mejoras y los fundos, se repetían con desafortunada regularidad. Cerca a La Macarena, las fincas ganaderas; luego, los fundos sembrados con plátano, yuca y maíz; río arriba, las talas, y, más adentro, naturalmente, las chagras de coca. En la margen izquierda la colonización es menor, dado que la serranía cae abruptamente sobre el río como una muralla que los campesinos no pueden menos que respetar. La franja de tierra, entre el río y la peña, se va ampliando poco a poco, permitiendo abrir más la selva y homogeneizándose con el paisaje destrozado de la margen derecha. Las quemas cercanas al borde del río estaban en pleno furor por ser el fin del verano. A medida que remontábamos el Guayabero, sus aguas se hacían más claras y su fauna ribereña, compuesta por tortugas, garzas, pajarillos, patos y corocoras negras, más rica. Paralelamente, los fundos iban siendo menos frecuentes y más pequeños y distanciados entre sí. La mayoría de las mejoras, unas 50 en total, tenían "abiertos" menores de 5 hectáreas continuas y otras tantas dispersas como "derribas". Muchos colonos residían en la cabecera municipal y tenían las mejoras como unidades de producción complementarias. Los colonos suelen tener más de un predio. En el principal, que es generalmente el más antiguo, viven ,y trabajan y, por tanto, constituye su base económica. Pero también van abriendo mejoras, haciendo otras fincas secundarias, construyendo ranchos de yaripa y haciendo picas para señalar los linderos cíe la posesión. En estas fincas secundarias se acostumbra tener las chagras para evitar responsabilidades. Dado que el robo ha sido eliminado por la guerrilla, los colonos sólo aparecen por sus mejoras cuando los cultivos lo requieren. Estos "abiertos" son también considerados como una forma de ahorro que les permite ir "civilizando tierras" .y acumulando mejoras para el futuro. Nos causó una gran impresión observar que numerosos predios han sido abiertos conservando una franja de montaña de unos 200 metros a partir de la orilla del río. Según sabíamos, esta medida había sido adoptada hacía poco por las FARC. Los colonos la han respetado y la consideran razonable. Lo mismo se puede afirmar de la prohibición terminante del uso de la dinamita, del barbasco y de los trasmallos. En general, nos pareció que el colono ha desarrollado notablemente su conciencia ecológica. A medio día llegamos al Alto Raudal y nos entretuvimos con las historias de Pedro Ladino.
Pedro Ladino"Pedro Ladino -así comenzó el relato-me dijo que me fuera a ganar mano vuelta con el maíz del compadre Esaú, porque el arroz que habíamos sembrado estaba para reventar. El cielo estaba anunciando aguas, y yo tenía que subir a las bocas del Lozada por anos cauchos que sabíamos el indio Víctor estaba embadurnando. Víctor había aprendido a manejar la balata con el tío Barbas en el Vaupés, y con costales de harina, hacía encauchados. "Estando yo con Esaú le dije, por ahí a las tres y media de la. tarde: ¿Cómo será de triste cuando falla un mayor en la casa? me contestó que sí, que cuando al padre de él lo había matado don Luis Beltrán, matarife y peluquero de Chaparral, por cosas de política, había quedado solo haciéndole al finado el novenario completo. No hablamos mucho porque el arroz nuestro estaba doblando y teníamos que acabar con su maíz. "A las 8 de la noche, desde el cambuyón del compadre vi aletear una luz camino arriba. Pensé primero en la candileja, pero andaba muy bajita para ser ella que siempre cruza alta. No malicié más El tizón se arrimaba y se arrimaba. Era mi cuñada. Cuando la vi, ella se me tiró encima. Yo le dije: ¡Quieta mujer! ¿Qué le pasa? Entonces me cantó que mi. hermano y mi padre eran muertos. "Ellos habían cogido El Raudal, como alas tres y media, porque fracasaron como a las cuatro, según dice el papel que el mismo inspector de La Macarena escribió dándolos por finados. Bajaban como a esa hora en el potrillo. Mi hermano cogió, atravesado, un reventón y lo echó en la chipa y ahí trambucaron. El viejo quedó aferrado al potrillo y a mi hermano Antonio lo zambulló para adentro la moya de agua. Las oroyas son poderosísimas, porque cogen toda la fuerza del río. Antonio salió más abajo, donde estaba mi cuñada lavando ropa en las pocetas que hacen las lajas y alcanzó a decirle: adiós mija, cuide de los niños' y se refundió para adentro. No alcanzó a decirle nada de mi papá, cuando al rato ella vio bajar el potrillo solo. Don Pedro había firmado ya la ejecución. "Yo me vine de donde el compadre Esaú en carrera. Llegué a desgranarle las lágrimas á mi mamá. Alisté el motor de la canoa. para subir por El Raudal. Pensaba que de golpe el hambre podía estar vivo agarrado a una costa del río. Ella no me dejó: 'no vaya, con dos la cuenta pasa'. Cuando aclaró, me fui por la trocha hasta el bajadero y por ahí me escurrí hasta el río. El andaba como si nada, como si no fuera con él; no se dio por entendido. Tampoco había nadie. Es que de esas lajas no viven ni las arañas. Como poco Había dormido, me cogió el sueño. Soñando me topé con mi papá, me dijo: 'no mijo, si fracasé, su hermano sufrió y sufrió hasta que se lo tragó lo hondo. A mi me golpeó la piedra de la mitad, porque. yo bajaba bien, escurriéndome sin saltar el potrillo, pero entonces la piedra esa, me golpeó los sentidos'. Era verdad porque él estaba. echando sangre por la cabeza. Le limpié las hormigas que se le metían por la sangre y me dijo: 'en tres días nos miramos en Cristales'. 'Tal cual lo había dicho. A los tres días reventó en caño Cristales. Ya lo estábamos esperando. Venía que destilaba agua, pero sanitico. Gordo sí, pero sano No lo mordió pescado ni nada. Sólo la chamba ahí en la cabeza. Lo mandamos embalsamar. Había que sacarle el agua para acomodarlo en el cajón y darle tiempo a mi hermano para que se fueran juntos.Yo me puse enfermo de esperar a Antonio. A los seis días mi mamá mandó abrir el hueco porque mi papá no podía esperar más. Mi hermano orilló en el caño Yarumales a los mismos 6 días, pero don Carlos lo vio muy reventado y más bien lo empujó con una pata para que siguiera río abajo. El nos vino a contar eso al año, cuando ya no había nada qué decir y la pena amainaba. Ese mismo día en que nos contó, cumplíamos dos años de haber llegado a estas tierras. "A mi papá lo llamaban también Pedro 'Diablo' porgue sabía hacer fiestas le gustaba cantar joropos y tocar los capachos. Donde arrimaba la armaba. Era poético sabía hablarle a la mujer. Tuvo muchas y dejó Ladinos regados a la lata. Era propio de la provincia de Gutiérrez y siendo muy pelado -contaba él- un señor Corchuelo, que tenía una finca grande, se lo llevó para Bogotá. Le puso estudio y ahí fue haciéndose hombre. Cuando ya tuvo edad, enamoró a la profesora y le hizo un hijo que se llama Rosendo, y que lo vino a cambiar por el estudio, porque a don Pedro le tocó salir en pura... Se matriculó de soldado. Dijo, voy a pagar lo que debo, voy a pagar el servicio, y al cuartel fue a parar. Como soldado recorrió mucho porque la violencia andaba regada. Llegó a ser tan afamado que atravesó el mar de lado a lado para ir a pelear en Corea; por allá duró sus días. "Volvió de pacificador. Lo nombraron como pacificador del Llano. De entrada, el gobierno lo mandó organizar la guardia de la colonia penal de Acacías, porque los presos se volaban cuando se cansaban de la comida. Yo nací en ese año en la cama de la enfermería .Tengo .37 ruedas al pescuezo. Pero el hombre poco duró ahí, un año quizás y salió para Cubarral a fundar las guerrillas de paz para defender a la gente que los liberales de San Martín tenían sin resuello En san Martín dominaba Dúmar Aljure El tenía la misión de matar godos, de frente o por la espalda, como los encontrara. Le tenían mucho miedo y los godos no le podían parar el macho, los mantenía orillados. Pero los godos saben pelear también si topan caudillo. A eso fue mi papá, a hacerles levantar cabeza para que pudieran respirar. "El gobierno le dio tierra en Cubarral, le dio los medios y a poco, tenía organizada la gente en armas. Prohibido el paso por el Ariari, hizo trincheras en Angosturas y volteó la arepa: los godos eran los que le salían a los liberales. Desde que mi papá dijo: 'de aquí no pueden pasar los collarejos', no pudieron volver a entrar. ¡Qué 'Cotudo', ni qué Plinio! Una madrugada - contaba el viejo- se supo que Plinio había cruzado por el río, por la. garganta, para caer sobre el pueblo. Se organizó la gente y salieron a topetearse con él. Cuando llegaron ya había hecho de las suyas; había acabado a machete con los Alvarez. Se alcanzaron a tirotear un buen rato con la tropa de don Pedro Ladino, pero al fin los hicieron retirar hacia el río. Naufragaron varios liberales y el 'Cotudo' escarmentó, porque después de esa salida, no volvió a entrar. Amagaba desde la orilla pero no volvió a cruzar para el lado godo. En premio, el gobierno le dio al viejo modo de fundarse también en Humadea y allí, en el propio puerto, organizó otro equipo para defender a los godos, de Aljure, el mandamás. "Cuando el gobierno le quitó las armas a la chusma hubo paz. Ya se podía pasar el Humadea para ir a San Martín. El Ariari no, porque el viejo desconfiaba mucho de los comunistas de Plinio. El no abrió el paso sino hasta que se hizo el 'puente de la Amistad' durante Valencia. A San Martín llegó el hombre directamente con la misión de conseguir mujer. El tenía hijos pero no era casado. San Martín tenía nombre de hembras paridoras. Llegó al pueblo, se hospedó en la casa del cura Pacho, el que había ofendido los fameros de Boca de Monte, y al otro día, de madrugada, salió para el caño Camoa a buscar mujer. En esas vio cruzar una joven que iba para el cogedero de agua. Le gustó y él le preguntó: '¿Dónde anda su mamá? tengo deseos de charlar con ella', la muchacha, que vio la intención de don Pedro, le contestó que debía estar todavía en la casa, pero que como para qué sería. Ella maliciaba, 'no pues para hacer un negocio -dijo él- si usted me acepta amistades'. Ella no se corrió y le contestó: 'pues vaya y charle en la casa'. Por la tarde ya borrachín arrimó adonde la suegra: 'mire, le dijo, yo tengo como principios de una finca, si usted me ayuda con una vaca, para echar semilla, hacemos cadena La mujer convino. Al otro día los casaron. "Doña Rosalía, la suegra del viejo, era de los Ronderos del Apure ('mi coronel salve usted la patria, dijo Bolívar cuando estaba cansado). Era venezolana. había casado con un navegante del Orinoco, un hombre rico que negociaba en chocolate y balata con los indígenas. Así rebuscándose subió por el Guaviare hasta San José. Doña Rosalía venía preñada y eso la salvó; porque el marido murió en el propio puerto. Resulta que ellos subían llevados de la seca y al desembarcar un indio les ofreció una piña. Ella venía mareada y no quiso recibir sino agua, él en cambio se mandó la fruta, seguro caliente, y al otro día murió de colerín. La mujer no se dio a la pena. Vendió la falca y cogió ruta a salir por San José para Villavicencio, buscando el Meta, para regresar a Venezuela. Era un camino más corto. Pero al llegar a San Martín el invierno la demoró: cuando el tiempo se arregló, ella cogió cama y parió a la mujer de mi papá. Con familia no quiso moverse y se quedó a vivir en el pueblo. Fundó un buen hato. "Don Pedro se llevó su muchacha a vivir a Humadea. Hicieron casa, sembraron bambú y lo bautizaron Canaima. A ella le gustaba nadar; gran nadadora era por ser hija de navegante. Se pasaba las horas de los días nadando en el río. El era feliz mirándola nadar. No hacían más. Ella nadaba y él desde la orilla, la consentía. Hasta que le cayó a la mujer un chalgo porque se metió caliente al agua y murió de pecho. Dejó un hijo porque era su deber, pero don Pedro cayó de melancolía. Volvió a Cubarral a buscar la que fue mi. mamá. "Cubarral se llamaba ya San Luis, bautizado así en nombre del general Luis Carlos Turriago. Los liberales del otro lado ya se habían vuelto comunistas y habían derrumbado todo lo que hoy es El Castillo. "Mi mamá arrulló a don Pedro y lo entusiasmó con abrir una finca arriba de Angosturas. De allá se sacó mucha madera y sembró café porque era tierra templada. La llamaron Salsi-puedes. "Allí vivíamos tranquilos hasta que volvió el 'Cotudo'. Se entrevistó con el viejo y se fueron juntos a buscar a Dúmar Aljure que estaba enmontado haciendo de las suyas. A mi papá le tocó meterse por San Luis de Yamanes hacia Uribe, para embarcarse Duda abajo, buscando el Guayabero, donde decían que Aljure tenía su guarida. Nunca lo pudo encontrar porque el otro se esfumó. El día. que don Pedro volvió a Cubarral, ese mismo día 'Caballito', un soldado del 'Cotudo' mató a don Pepe Arellano a plana, y mi papá hizo con el hombre lo que no había podido hacer con Aljure. "Al viejo no lo persiguieron por eso, pero él se voló para El Doncello, Caquetá. De allí me llamó. Pusimos un asadero para hacer carne a la llanera mientras se calmaban los de Cubarral. Duramos dos años haciéndole a la mamona: nadie sabia preparar la carne como nosotros y hasta las autoridades nos buscaban para armarles piquete. La pasamos bien pero me dio como sentimiento por mi mamá y le puse la chicharra al viejo. Giramos los ahorros a Villavicencio y nos quedamos con lo del pasaje. Llegando a Bogotá se nos acabó el billete, porque íbamos como yendo a ferias. Nos sentamos en la estación de buses a ver si distinguíamos algún conocido. Yo aburrido, sin que cayera nadie, me puse a detallar una señora muy engallada pero como triste, como acabada. Me pillé que miraba al viejo de reojo y me le fui acercando, poco a poco, hasta que le hice conversa. Al rato le pedí canoa para. don Pedro. El tacó por su lado y se fueron. Yo me quedé esperando. Al rato el hombre vino con moneda. Nos alcanzó para el pasaje, para restaurante y hasta para regalos. El negocio estaba sano y volvimos a Salsipuedes. "Al poco llegó don Cayetano Calvario, dueño de la Dinamarca, un hato grande, orillero del Manacacías. Necesitaba sacar unas familias que dizque se le habían pasado a sus tierra . Contrató al viejo como civil, le consiguió un poco de reos de Acacias y se fueron. Don Cayetano quedó de pagar el servicio en ganado, cada familia valía una res. Trato hecho. La tarea era fácil, bastaba con echar una: madrina por delante y cuidar de que se comieran la yuca, el plátano y el arroz de la gente. Mi papá decía que le pagaban por dar de almorzar al ganado. El único problema lo tuvo con. los reos, que a veces se pasaban, de aviones y entonces había que hacerlos aterrizar. El sabía a mucho de eso y era muy delicado en cosas de trabajo. Con lo que le pagaron alcanzó a montar una finca en Fuente de Oro, a donde se fue aconsejado por mi mamá. "Don Pedro volvió a Cubarral a buscarnos, yo tenía ya 16 años y le dije: con perdón de usted papá, pero me voy a buscar a los hombres bravos de Colombia; me voy a minar a Muzo. El no se lastimó, y entonces me enfilé para Boyacá. Llegué a Bogotá al tiempo con Pablo VI, el Papa. Fui al aeropuerto a recibirlo y desde una terraza lo vi saludar al Presidente. Después me fui a pasear a la Feria de Exposición y a mirar la 'calavera que adivina' También fui a Monserrate, en funicular, porque no debía nada. Dejé el barrio San José, donde mataron a Efraín González, de último, para poder mirarlo despacio. Estuve en la casa donde lo pillaron y en la acera donde cayó. "Cogí una flota Reina con destino a Muzo. El viaje duró como 20 horas porque el chofer donde lo cogía el calor, paraba y se bañaba. Yo iba hecho: sombrero llanero Super Barbisio, de pelo de guama, botas texanas y un bobo Mido que parecía un florero. Llegué sin conocer a nadie como llega allá todo el mundo y como todo el mundo me emborraché en una cantina. Después de la primera de ron ya tenía amigos y estaba encuadrillado. Éramos 7. Dos conocían a Otanche y para allá salimos madrugados. En Otanche volví a montar un asadero de carne a la llanera, mientras los más baquianos buscaban el trabajadero para asentarnos a minar. La carne por allá es muy buena, puro pasto imperial. Hice unos pesos y con el primer plante compré un lechuzo para poder andar de trin-tran. Ya mancao, busqué la cuadrilla que estaba en la mina. Comenzamos a trabajar abajo de la raya porque arriba no dejaba entrar el Ejército. Trabajé y trabajé como puro morrallero. Poco sacábamos. Puro chisperón que no daba ni para el desayuno. En un mes junté sólo 2.000 pesos pero me había comido 4.000 pesos. Así tiré Cozcuez, como cinco meses, sin enguacarme. "Hasta que llegó el día. Aprendimos a jugarle gambetas al Ejército y nos metimos arriba de la raya. Yo andaba soñando mucho con el viejo y hasta pensé que él andaba en bretes. Una mañana amanecí animoso y lo primero que pensé fue: hoy lo que es me enguato. Llegué al trabajo con las pilas puestas, cogí un corte bonito, pero nada, ni chispas. Cogí otro fangoso y nada, pura morralla; volví para atrás y reparé en el Ejército; subía bregando. Yo asustado me dí el ancho no fuera a ser que me escarbaran las tapas. Me fundí por un lecho arriba, buscando un escampado, hasta que lo encontré y allí me solté. Era una comba de puro barro; me consumí y dejé las narices por fuera. Al rato vi que algo como que brillaba, como que me quemaba el ojo. Dije: Claro ahí está el florero. Mandé la mano pero la piedra se escondió; volví a tratar de agarrarla, pero ella, esquiva, se volvió a esconder. Al tercer intento la sentí viva entre la mano. Cuando oscureció salí del barro. En la primera agua que crucé, lave la gema y la envolví en un pañuelo para que la gente no pudiera mirarla. La vendí por 38.000 pesos y por una pistola de 7 milímetros. Ella valía más, pero para no botar escama, trancé. Al otro día salí de Cozcuez sin anoticiar a los compañeros de cuadrilla. Nadie puede saber que uno se enguató porque queda ejecutoriado. "Me bajé para Otanche a regar el billete. Uno bien mancado y hecho, cree que el mundo no se acaba. Me fui de corrido: beba aquí, beba allá, gaste. Estando en esas se formó un tropel. Un negro feo y malcaroso, que llamaban 'Falliruso', se puso celoso con una pelada y la batió en pleno baile; la atacó de las mechas y la arrinconó a palmadas. Entonces yo le salí al tipo: era un apache. Le dije: hágame el favor de no molestar a la niña con las manos. El otro me miró como si yo hubiera caído del techo. Una cosa va y otra viene, hasta que yo me toqué el lechuzo y le digo: esto es ley. Quedó humillado. La pelada lloraba y lloraba; le dije: desde hoy seremos novios. Nadie chistó nada. "Al otro día conversamos con ella. Yo le hice saber que lo que había pasado no era cosa del ron, que me quería casar con ella y que si me llevaba donde sus papás, yo les hablaba. Así fue. Fuimos y hablamos, ellos tenían una cantina, me la daban en compañía. Arreglamos y el domingo nos casamos en Chiquinquirá. La china era orgullosa y bonita, el papá era amigo del 'Ganso' Y había andado con Efraín. Eso me hacía sentir seguro: no las creía. Abríamos el negocio a las 8 de la mañana y lo cerrábamos a las 4 de la madrugada; ella me ayudaba de día y yo trabajaba por la noche. "En una de esas pillé un tipo sentado en una mesa sin hablar con nadie, vestía también como yo, a lo llanero. Callado el hombre. Cuando ya estaba con mis tragos, nos pusimos a conversar: hurgué por aquí y por allá. De golpe le pregunté cómo se llamaba, me dijo: 'Pedro Ladino, para los amigos'. ¿ Cómo que Pedro Ladino? Pedro Ladino soy yo, le contesté. Buena confusión, que usted quién es, de donde, tal y tal... así, hasta que dimos: El hombre era también hijo de don Pedro Ladino, mi papá: éramos hermanos, nos llamábamos igual. Terminamos en la misma cama. Se quedó a vivir con nosotros. "El tenía una cadena que trabajaba arriba de la raya en Peñas Blancas. El 'Ganso' lo había autorizado a chispear en lo fino. Me dijo que la cuadrilla con que él andaba, debía estar por bajar y que yo podía arreglar con todos para trabajar en sociedad. A mí me estaba cansando la bebedera de trago y ella estaba esperando, nos presentamos y convinimos. Celebramos. Ellos querían picarme para saber quién era yo: el que más tomara, el que más fino tuviera el pulso, el más verraco. Haciendo desafíos estuvimos los tres días. "La señora se quedó con la cantina. Lo único que le dije fue: Bueno, yo me voy y esto queda solo, no me van a tocar el tocadiscos. Aquí la música se acaba. El que quiera tomar, tome en seco. Porque para la gente minera enguacada, mancada y con ganas de llorar, la música mata. "Me fui con las ganas de volver a la patota y de conocer al 'Ganso'. Hicimos la socia bien repartidita. La quinta parte de lo que topáramos le correspondía al 'Ganso'; él tenía sus fieles de la cuadrilla y el resto de lo que sacábamos iba para nosotros, por parte iguales. El 'Ganso' arreglaba. con la ley. Comenzamos a excavar, había muy buen chispero, los túneles eran largos. Trabajamos las 24 horas, haciendo tres turnos; todos con macetas, lámparas de carbón para no ahogarnos, y claro, bien armados, porque allí las armas son la seguridad. Sí, todos andábamos enfierrados, todos somos iguales. Aunque ninguno llegó a enguacarse, se sacaba para la comida y el trago. En patota se bebe mucho; ahí quedan las utilidades. "Una tardecita estaba yo cuidando la boca del túnel, cuando me despertaron unas voces, venían 10 tipos, todos armados. Yo dije: me llevó el putas, don Pedro ampárame. Cuando ellos arrimaron les dije: aquí no pasa ninguno, me da pena, pero tienen que matarme para poder pasar. Uno de los que venía en la comisión, gordo y de bigote, me dijo: 'así se habla hombre, muy bien, machos es lo que necesitamos' y sin más ni menos me fue apartando. Yo iba a pelar el fierro, cuando otro de la comitiva me digo: 'ni se le ocurra amiguito que es el Ganso'. ¡Dios Santo, el mismo 'Ganso! Me dio tembladera. El entró y todos los que estaban adentro salieron. Entró con un par de los compañeros que traía, se demoró en el túnel dos horas y salió mostrando a todos la piedra que había encontrado: podía valer doscientos o trescientos mil pesos. Era una lechuga: el 'Ganso' tenía ese derecho por la derecha; la mina era de él porque el Ejército se la había arrendado. Pero lo más espantoso era saber cómo hacía para saber cuándo debía llegar al sitio para enguacarse. El duraba uno o dos meses sin arrimar, y cuando llegaba, con dos golpes, hacía saltar la chispa. El sabía mucho porque había mazamorreado, pero aún así uno quedaba espantado de que no llegara antes ni después. "Uno trabajaba dos meses directos en la chispa y cuando la iba a topar, tan-tan, llegaba él y coronaba. Mi suegro me dijo después, que el 'Ganso' había heredado el secreto de Efraín, que tenía pacto con el patas. ¡Sabrá Dios! "Así seguimos trabajando, ni mucho ni poco, todo regular hasta que la gana se me fue calmando. La mujer me había parido dos varones: al mayor le pusimos Pedro y al otro Segundo. La cantina con todo y ser que no tenía música, nos daba más que el morralleo. Convinimos con mi hermano en irnos a buscar al viejo. Arreglamos todo y ya saliendo echamos una suerte por no dejar: nos enguacamos, enguacamos; 100.000 pesos nos dieron por allá en 'la calle catorce', un sitio en Cozcuez en donde se venden las piedras. Así con más veras nos salimos. "Llegamos a Cubarral a buscar a don Pedro. Nos saludó como si nada -era zorro el viejo-; no se mosqueó cuando nos vio a los dos Pedros juntos. Viéndonos que veníamos coronados nos invitó a trabajar, a sacar un ganado adelante. Pusimos el billete a engordar. "Pasaron los días, fui por la familia, vendimos la parte de cantina que habíamos trabajado y nos acomodamos en las faldas de los viejos. La finca de Salsipuedes poco producía. Daba comida y daba café; el palo marfil se había acabado; el ganado daba, pero entonces, uno acostumbrado al movimiento y al ambiente, se aburría de mirar todo tan lento. A mí me entró la picadura por dentro; me dio por puyar al viejo para que vendiera la tierra y comprara más bien un carro. El hombre terco, pero un día desayunando, convino. Vendimos el ganado y feriamos la tierra. A los días se presentó un negocio por un Ford 600 y lo cerramos. Mi hermano Pedro manejaba y yo le ayudaba; las familias se fueron a vivir al pueblo en una casa que el viejo tenía en arriendo. Comenzamos a viajar de San Martín a Villavo y de Villavo a Bogotá, cargando lo que saliera. Hasta que mi hermano le puso el camión a un bus, de frente, en las curvas del Chirajara. Hubo muertos y heridos. El camión quedó para chatarra. Peleas van, peleas vienen; las autoridades no querían soltar a Pedro, porque decían que de él había sido la culpa y que tenía que pagar los muertos. En esas duramos un año, hasta que mi papá logró sacarlo libre. Mientras tanto yo me alquilé en la finca de don Willi, por el Humea. "Don Willi tenía ganado, pero se le morían las reses sin saber por qué. Yo me puse a observar y a observar hasta que le dije: es el barbasco, abramos una vaca muerta y verá que tiene el menudo morado. Sí, así fue. Examinamos bien. Pillamos que en los nacederos se daba el barbasco, y que las raíces llegaban al agua. Los nacederos estaban inundados de barbasco. Le dije: Don Willi, la cosa pinta mal, yo le aconsejo que venda la tierra o cambie a la agricultura. Le tocaba. Consiguió préstamos, vendió el ganado -mucho que tenía- y comenzó a sembrar palma africana. Me nombró administrador del personal. Ahí yo había podido progresar, pero yo sentí que me estaba cogiendo el día. "Hablé con Pedro y con el viejo, les puse de presente la situación en que habíamos quedado después del fracaso del camión. Mi papá dijo que me asistía la razón, que no podíamos seguir de alquilados. El recordaba el Duda y el Guayabero por donde andó, y nos entusiasmó a conseguir tierra propia, nos vinimos pues, buscando la vida. Arreglamos los pocos centavos y nos embarcamos en Concordia, río arriba buscando dónde echar raíces. Ya las costas del Guayabero estaban todas cogidas y las que estaban libres, eran tierras prohibidas, o eran tierras malas. De La Macarena para arriba abrimos bien el ojo. Por un lado, era peña, por el otro, haciendas; así llegamos aquí a la boca del Alto Raudal. El dueño era un señor polaco, muy formal el hombre, nos ayudó y nos acomodó en la caseta del Inderena, que estaba desocupada. Le contamos nuestra aspiración y nos dijo: 'casualmente yo quiero vender porque estoy muy viejo y este destino espera gente joven como ustedes'. Pero él pedía más de lo que nosotros teníamos. La ventaja era que conocía a don Pedro. Dijo: 'siendo ustedes hijos de don Pedro Malo -nosotros no sabíamos que lo llamaban así- no hay problema, ustedes cogen el corte que llevo y me van pagando : Le dimos la base y cerramos el negocio. Mi hermano se quedó a vivir en la caseta del Inderena y yo, en la del polaco. "El polaco tenía comida y un poco de chocolate. Nosotros sembramos arroz. Con eso hicimos una plata y salimos por las familias. Pedro trajo su mujer y yo a mi gente. El viejo nuestro no quiso moverse de Cubarral. El conocía este sitio, pero se sentía muy fecho para volver a comenzar. Dijo que más bien esperaba a que hubiera el cómo. "Poco a poco hubo de dónde, pero él no quería meterse acá. Le hacíamos viaje cada dos meses, cada tres meses, y el hombre ranchado. De seguro la veía. Nos aburrimos de salirle al invite. Pero un buen día se nos apareció aquí mismo. A los dos meses estaba ahogado" Con los cuentos de Pedro Ladino nos embarcamos de nuevo. El Alto Raudal, a diferencia del de abajo, está formado por un cajón más estrecho. El agua -nos pareció- tiene más fuerza. Si uno "trambucara" para usar el término local-, no podría agarrarse de ninguna orilla porque las rocas que la forman son totalmente perpendiculares. Todos íbamos muy nerviosos, incluyendo el piloto de la canoa, no obstante ser especializado "pasero". Cuando salimos del paso, el mundo se volvió a abrir. A partir del Alto Raudal, el Guayabero tiende a divorciarse cada vez más de la serranía. La colonización es realmente escasa y el agua cada vez más clara. El poblamiento de esta región lo dificulta enorme mente el Raudal por los obstáculos que opone al transporte. Cientos de colonos se han ahogado. La Junta de Acción Comunal y los "muchachos" habían construido hacía poco una trocha para evitar el paso por el Raudal. La junta convocó a la "minga", los guerreros anunciaron su apoyo a la iniciativa, y más de 200 familias, hombres y mujeres, se reunieron para hacer los trabajos.
Doña Carmen MaríaSobre una pequeña loma, desde donde se divisa todo el río, y en medio de la selva, vive doña Carmen María. A medida que conversamos con ella nos dimos cuenta de que todas las personas que habitaban la casa eran mujeres: desde la abuela hasta las seis nietas. -Doña ¿cuántas familias puede haber por aquí, ahora? -¿Por qué? -¿Quién no los deja? -¿ Y qué siembran? -Los que vienen río abajo, ¿por dónde vienen? -¿Qué zona está más abierta, la del Guayabero, o el
Duda? -¿ Cómo? -¿Cómo se llamaba el pueblo? ¿Quién lo hizo? -Bueno, doña Carmen María, ¿usted de qué vive aquí? -No exagere. -¿Cuánta tierra tienen? -No, no me chanceé, ¿cuánta tiene? -O sea, ¿cuánto? -Bueno ganó, ¿cuántas fincas tiene? -¿Cuántas hijas son? ¡Ay Dios...! ¿ Y son tierras buenas? -¿Pero sin hombres no sería aburrido todo? -¿Qué es una tierra buena? -¿Pero antes de sembrar uno puede saber si da? -A ver, explíqueme. -¿Cuánto vale la hectárea? -¿Cuánto se le mete? -¿Y qué papel hacemos? -¿El maíz que tiene lo sembró usted? -¿Los árboles grandes los tumban ustedes solas
también? -¿Pero entonces sí necesitan hombres? -¿Cuánto hace que viven solas? -¿Pero se fueron todos al tiempo o qué? -¿ Y con el suyo qué paso? -Volviendo a lo del Raudal, ¿entonces lo que aquí se
necesita es una carretera? -¿ Usted ha oído el cuento de la carretera que piensan
construir por aquí? -Hay dos rutas... -¿Por qué? -¿Es que es muy jodido por arriba, por Mesetas a San
Vicente? -¿Y usted ha andado todo eso? -¿Y de la coca qué? ¿ Cómo va? En ese momento, las hijas de doña Carmen nos llamaron a comer un sancocho, un guisado de lapa, que estaba exquisito. Remontamos el Duda hasta las bocas del río Santo Domingo y no quisimos seguir porque las sugerencias de doña Carmen María habían sido suficientemente claras. En una orilla del río Duda encontramos uno de los últimos colonos de la punta de colonización que sube aguas arriba. Era un hombre extraño pero locuaz y desenvuelto. Vive con una danta que llama con cariño La Mujer. Nos contó los motivos íntimos que lo habían traído al Duda.
Historia del Yagé "Yo vivía en Pereira, bien, pero como se oían cosas del Caquetá, me fui para Cartagena del Chairá a rebuscarme. Se oía hablar mucho del billete del Caquetá, que estaba regado, que había para todos, que era una fiesta. Como uno busca mejorar siempre, le dije a la mujer: nos abrimos o me acompaña. Viendo que había billete de por medio, se me pegó. "En Cartagena había modo. Se cultivaba la coca a dos manos, todos tenían chagra y el billete andaba venteando. Yo me presenté como oficial de albañilería, porque me di cuenta que había pocos. Yo no sabía del oficio, pero la necesidad tiene cara de perro. Me pusieron a reparar un techo de teja de barro, lo hice tan bien que le tomé una fotografía y cobré lana. Me llamaban de todo lado, porque todo mundo estaba haciendo casas. Me dediqué a trabajar sin mirar a nadie. Poco salía de mi trabajo. Cada 15 días me daba una vuelta por las calles. Ella sí salía todos los días. Hizo amigas muy rápido, y con ellas se iba. Yo me hacía el péndejo. Salía de noche. En Cartagena los perros no ladran de noche, y ella tenía la vía libre. "Cuando yo salía, todos me saludaban. Era muy popular. Me conocían como 'el marido de ella' y no lo podían creer, hasta el punto que me llamaban 'el hombre increíble' Pensaban que yo comía callado y que no me pillaba nada. La gente me saludaba pero no me miraba. Yo no disgustaba con ella, le daba la cuerda que necesitaba, sin chistar nada. Eso más la enverracaba. Yo hacía mi plata trabajando y eso era todo. El resto me valía huevo. Yo no le respondía. Fue pasando el tiempo. Noté que el pueblo no me saludaba como antes, me dejaban pasar; pero yo les sentía la rabia. Las mujeres hablaban de mí, pero yo no reparaba en ellas. Hasta que me echó la gente encima con embustes. Tener un pueblo de enemigo es feo, todo el mundo lo mira a uno como carne de cabeza. Y uno durmiendo con el enemigo en la misma cama... ¡Tampoco! Me mosquié y fue peor. Ahí sí me la montó. "Me cayó una comisión de 'muchachos', me citaron tal día en tal parte porque tenía que responder. Caí en cuenta que era ella, que hasta ahí había llegado su mano. Fui a la autoridad el día que era. El comandante me dijo: 'Dicen que usted es del F-2, que usted es sapo'. Sapo seré señor, porque trabajo en un chircal haciendo tejas de barro, porque yo con nadie trato. Poco salgo. '¿De dónde saca entonces tanta plata que tiene?' Cocinando teja -le dije-, trabajando en la construcción. '¿ Y dónde la mete entonces, que no la suelta?: Confirmé que era ella y que le ardía. Yo le expliqué. Sin haberlo convencido, el comandante me dijo que de todos modos tenía que esperar, porque una mujer vendría a acusarme y que yo debía descargarme, hacer un careo, para que ellos pudieran tomar una definitiva. Le dije: No se preocupe que habiendo justicia no hay problema. El comandante pilló el embuste. Esperamos una hora y de golpe dijo: 'Falta un cuarto para las 6; si a las 6 no llega su acusadora es que tiene miedo del cargo y entonces usted queda libre Llegaron las 6 y no se presentó la señora. "Que los 'muchachos' no me hubieran hecho nada, más rabia le dio. Pero yo como si nada. No le decía ni una palabra, la seguí tramando. Eso la hacía arder por dentro como si se alimentara de solo aguardiente de 90 grados de temperatura. Yo seguí mi vida igual. "A los pocos días comencé a sentirme débil, débil. Por la mañana no me podía parar. Creí que era el paludismo. Fui donde el médico y nada: estaba saludable. Pero la debilidad me seguía. Eché a sentir como si tuviera un ventilador dentro de la cabeza. Las aspas pasaban y cortaban en pedazos lo que yo estuviera viendo. Iba a comer y me cerraba todo por dentro, no me entraba ni un caldo de zuro. Me fui poniendo flaco, flaco; tan flaco que los calzoncillos tenía que amarrármelos con esparadrapo, y ese maldito ventilador en la cabeza dando vueltas, vueltas... pensé que me iba a morir loco. Los médicos no entendían ni acertaban con nada; los ahorros se fueron como si tuviera un hueco en el bolsillo. "Los indios del Putumayo son muy famosos; un conocido me dijo: 'Para como está, nada pierde en ir donde un curiaca'. Allí fui a parar. Le conté al curiaca todo lo que me pasaba. Antes de que él aceptara tratarme, duré como 8 días echándole carreta entre las orejas y él apenas meneaba la cabeza de un lado al otro, sin chistar nada. Al fin habló: lo curo por tanto. Acepté, me hice paciente del indio. Me dijo: 'Tiene usted que tomar yagé, el yagé es una historia que enseña sin enseñar, pero antes tiene que limpiarse el cuerpo'. Me llevó a coger un bejuco. Duramos metidos entre el monte tres días. El iba diciéndome: un pedazo de éste y otro de éste. Luego volvimos a la maloca y me puso a machacarlos. Machaqué y machaqué, esa mazamorra hasta que dijo: 'No más'. Eran las 11 de la mañana. Me encerró en un cuarto oscuro a descansar; no podía moverme. Acostado estuve hasta las 9 de la noche, en silencio, todo pintorreteado y con ojos que miraban sin hablar. Fuimos a sentarnos debajo de un árbol, prendió una libra de espermas y me hizo barrer debajo del árbol, hasta que no quedó ni una sola hoja seca. Todo en silencio. Llegaron después otros indios con la mazamorra. Se sentaron. y el curiaca comenzó a repartirles yagé. Me tocó a mí; me mandé el pocillado sin aliento. Yo nada sentí. Me miró el hombre y volvió a servirme otro. Me lo mandé. Me quedé mirando los ojos del curiaca. "Detrás del curiaca había una culebra muy grande, más detrás una tortuga más grande todavía. Comenzaron a pelear, la culebra a picar a la tortuga y ella a no dejarse. La culebra le hacía el viaje y ella se metía en la caparazón sin más. Uno ahí ve lo que necesita ver. Cuando los animales estaban por matarse, el curiaca fue y amarró a la serpiente. Yo me oriné en los pantalones y me comenzó un vómito por dentro que no me cabía. Sentí que iba a volar, pero el hombre me detuvo. El veía todo lo que yo veía y todo lo que yo iba a ver. El dominaba el tiempo. Miramos una guayaba que estaba por caerse y salió de ella un ángel azul, un elemental, que es el alma de las plantas. El curiaca lo llamó y él se sentó al lado de todos. La culebra comenzó a gritar, eran gritos como de ella, mi mujer, y entonces el hombre la azotó con un ramo de siempreviva, la azotó duro. Ella se soltó y él me dio otro pocillado de yagé. Sentí que me rociaba algo en la cabeza. La doña se levantó adolorida por los azotes y se fue para el cementerio. Allá caímos con el curiaca. Ella recogió una manotada de tierra de una tumba recién tapada, se arrancó unos pelos de sus partes y los quemó. Tenía mensual porque se la vimos. Mojó los pelos en sangre y luego los quemó. Mezcló las cenizas con un poco de tierra, hizo una bolita y al otro día me la echó en el chocolate al desayuno. El curiaca vio todo. Se dio cuenta de todo. Me dio un frío como si estuviera en el páramo de Sumapaz, con nada me alentaba. El ayudante me pasó una cobija y me arropé con ella. Entonces vomité hasta que me salió la bolita. Estaba mucho más chiquita que cuando ella la echó en el pocillo. A medida en que la bolita se iba derritiendo, yo me iba secando. Ese era el cuento. Me vine despertando a los 3 días. El curiaca no me había dejado solo. Me sentía aliviado, descargado. El yagé se encargó de limpiarme. Uno vive ciego y el yagé lo hace ver. "Regresé entonces a Cartagena y le di la boleta de libertad a la mujer, tal como me lo había pedido el curiaca. Volví a mi negocio, pero me iba mal, muy mal; cogía los $100, iba al baño, volvía y ya sólo había $80, sin sacármelos del bolsillo. La plata no se amañaba conmigo. Peso que cogía, peso que se iba; entonces volví al Putumayo a ver al curiaca. Me dio otra vez bejuco, en la misma forma que antes. La película era otra. En el sueño del yagé él me acompañó a una tierra solitaria y verde, llena de animales que cantaban y de aguas que brotaban; había sol y luna al mismo tiempo; todo el mundo se miraba alegre y con risa. El curiaca me la mostró desde lejos, y me dijo que para allí tenía que coger. Así fue como llegué al Duda, buscando lo que él me había mostrado. Aquí vi los mismos parajes que el hombre me había mostrado en el viaje, entonces me quedé a trabajar y a buscar la felicidad. Los curiacas son muy poderosos, no saben todo lo que tienen, o saben, pero como no son políticos, no les importa ese poder sino el otro, el de ellos". Con la historia del yagé dimos por terminado nuestro viaje. Habíamos recorrido la mayoría de la Reserva de La Macarena en un periplo verdaderamente alucinante. Si a través de la reconstrucción que hemos hecho logramos transmitirle al lector una nueva sensación de lo que es la colonización, de lo que busca y sueña el colono, habremos coronado nuestro intento.
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